Acceso ilimitado al Padre

(Unrestricted Access to the Father)
Por David Wilkerson
8 de enero de 2001

“Conforme al propósito eterno que hizo en Cristo Jesús nuestro , en quien tenemos seguridad y acceso con confianza por medio de la fe en él.” (Efesios 3:11-12).

Los hijos de Dios tienen uno de los más grandes privilegios que se le haya concedido jamás a la humanidad. Tenemos el derecho, la confianza y la libertad de irrumpir a nuestro Señor en cualquier momento.

Nuestro Padre Celestial se sienta en un trono en la eternidad. Y su Hijo, Jesús, nuestro bendito Señor y salvador, se sienta a su derecha. A las afueras de su trono están las puertas que abren para todos aquellos que están en Cristo. En cualquier momento, del día o de la noche, a cualquier hora, podemos ir más allá de los ángeles guardianes, los serafines y todos los ejércitos celestiales para entrar valientemente por estas puertas y acercarnos al trono de nuestro Padre. Cristo nos ha provisto acceso directo al Padre, para que recibamos la misericordia y la gracia que necesitamos, sin importa nuestra circunstancia.

Esto no siempre fue así. En el Antiguo Testamento, ninguna persona podía tener acceso al Padre, salvo algunas excepciones. Por ejemplo, sabemos que Abraham disfrutó cierta medida de acceso al Señor. Este hombre consagrado fue llamado amigo de Dios. Él escuchó al Señor, le habló, tuvo comunión con él.

Aún así, Abraham permaneció “fuera del velo”. Aún cuando era amigo de Dios, él nunca tuvo acceso al Lugar Santísimo donde Dios habitaba. El velo espiritual de separación aún no había sido rasgado en dos.

En un punto de la historia de Israel, Dios declaró que él hablaría a los profetas por visiones y sueños: “Cuando haya entre vosotros profetas de Jehová, le apareceré en visión, en sueños hablaré con él.” (Núm. 12:6).

Esto era un acceso a Dios muy limitado. Sin embargo, nuevamente hubo otra excepción: Moisés, el líder de Israel. Dios dijo sobre él: “No así a mi siervo Moisés, que es fiel en toda mi casa. Cara a cara hablaré con él, y claramente, y no por figuras; y verá la apariencia de Jehová.” (12:7-8). Como Abraham, Moisés habló con Dios y Dios habló con él. Él esperó cuarenta días y cuarenta noches en la presencia del Señor, hasta que su cara resplandeció. Claramente, Moisés tuvo una gran medida de acceso.

Pero el resto de Israel nunca conoció esta clase de acceso. El Señor les dijo: “Esto será el holocausto continuo por vuestras generaciones, a la puerta del tabernáculo de reunión, delante de Jehová, en el cual me reuniré con vosotros, para hablaros allí. Allí me reuniré con los hijos de Israel.” (Éxodo 29:42-43).

No se le permitía a nadie entrar al Lugar Santísimo, donde la presencia de Dios habitaba. Solamente el sumo podía entrar, un sólo día al año, el día de la expiación. Por lo tanto, el pueblo tenía que traer sus sacrificios a la puerta del tabernáculo. Podían mirar a hurtadillas desde la puerta, pero no podían ver nada completamente. Tan sólo podían imaginarse la majestad de la gloria de Dios que moraba allí.

Otra vez, este era un acceso muy restringido. Era como si Dios les hubiese estado diciendo: “Vengan hasta el frente de mi puerta y allí me encontraré con ustedes. Entonces podremos hablar.” No habían sido invitados a entrar. El Señor les hablaba desde el otro lado de la puerta del tabernáculo. ¿Te puedes imaginar tratando de comunicarte de esta manera con un amigo cercano?

Dentro del tabernáculo, un velo separaba al Lugar Santo del Lugar Santísimo. El sumo sacerdote debía ir temblando según se iba acercando al velo. El tener acceso a la gloria de Dios era una cosa impresionante, temible. Podía caer muerto con tan sólo haber cometido una deshonra en su presencia. En la santa presencia de Dios no podía habitar el pecado de ninguna clase.

Qué gran evento debía haber sido el día de la expiación. En ese día, el pueblo de Israel se reunía alrededor de la puerta del tabernáculo. Esta era la misma puerta en la que Dios había enjuiciado a Miriam cuando cuestionó el liderato de Moisés, y a Datán y a Abiram por levantarse contra Moisés.

Ahora las multitudes estaban paradas, pasmadas, mientras Aarón, el sumo sacerdote, entraba a la habitación mística para encontrarse con el Dios Todopoderoso. A ellos se les pudo haber dado ilustraciones de lo que ocurría en el interior. Pero se quedaban preguntándose: “¿Cómo será estar allá adentro? ¿Tendrá el Señor una forma visible? ¿Es su voz como la que oímos en el Sinaí, una voz que inspira tanto temor? ¿Es bueno y amable, o atemorizante?

Aún David, el dulce salmista de Israel, tenía acceso limitado al Padre. Las Escrituras dicen que él tenía comunión con Dios. Él conocía a Dios como su defensor, su refugio, su cuidador, su fuerza. Nadie habló más majestuosamente o poderosamente de Dios que este hombre. Aún así, David no tuvo el privilegio de entrar al Lugar Santísimo. A través de los salmos David habla de anhelar y buscar a Dios. Él clamó por poder ir más allá del velo, por algo que él no podía lograr: “Un abismo llama a otro.” (Salmo 42:7).

Salomón también expresa esta clase de anhelo insatisfecho de poder llegar al Señor: “Mi amado metió su mano por la ventanilla, y mi se conmovió dentro de mí. Yo me levanté para abrir a mi amado… Abrí yo a mi amado; pero mi amado se había ido, había ya pasado… Lo busqué, y no lo hallé; lo llamé, y no me respondió.” (Cantares 5:4-6). Aquí está la expresión de anhelo divino: “Lo busqué, lo anhelé, lo quise. Pero no le pude encontrar.”

Israel vio a Dios habitando en el templo
en una habitación llamada Lugar Santísimo.

Salomón construyó un templo majestuoso en Jerusalén para la gloria de Dios. Cuando se terminó la estructura: “Metió Salomón las cosas que David su padre había dedicado; y puso la plata, y el oro, y todos los utensilios… y llevaron el arca… en su lugar.” (2 Cró. 5:1,5,7). Después de haber colocado cada cosa en su sitio, Salomón invitó a Dios a entrar y santificar el Lugar Santísimo con su presencia. Y Dios lo hizo, descendiendo en una nube y llenando el templo.

Todos en Israel creían que Dios habitaba en el gran templo en Jerusalén. Por lo tanto, los israelitas dirigían todas sus oraciones hacia el templo. Salomón le pidió a Dios: “Si tu pueblo saliere a la guerra contra sus enemigos por el que tú les enviares, y oraren a ti hacia esta ciudad que tú elegiste, hacia la casa que he edificado a tu nombre, tu oirás desde los cielos su oración y su ruego, y ampararás su causa.” (2 Cró. 6:34-35).
Salomón estaba pidiendo: “Señor, cuando nuestros ejércitos salgan para luchar contra nuestros enemigos, escúchalos cuando oren hacia a ti aquí, en tu templo. Dáles éxito en la batalla.” No pensaban que Dios estaba en el campo de batalla, sino que estaba en la santa habitación en Jerusalén. Más aún, si se llevaban a Israel en cautividad, ellos iban a orar “hacia la que tú diste a sus padres… y hacia la casa que he edificado en tu nombre… tú oirás desde los cielos.” (6:38-39). Esta es la razón por la que Daniel abría su ventana en Babilonia y oraba hacia Jerusalén (vea Daniel 6:10). Hoy en día los judíos todavía se ponen en dirección a Jerusalén para orar. En una ocasión estaba viajando en un avión cuando un judío ortodoxo se puso su manto de oración, se puso de pie en el pasillo y oró en dirección a Jerusalén.

Sin embargo, a pesar de la gloria de Dios en el templo – a pesar de las visiones y sueños dados a los profetas, a pesar de las visitaciones de ángeles – el pueblo de Dios se mantenía fuera del velo. La puerta del Lugar Santo aún no se había abierto. Y acceso a él aún era restringido.

Jesús trajo consigo una mayor medida de acceso.

La de Cristo en un cuerpo humano nos proveyó un mayor acceso al Padre. Aún entonces, el acceso estaba muy limitado. Cuando Jesús vino al como un bebé, tan sólo unas pocas personas estaban presentes, unos pocos pastores y los magos. El resto de la humanidad no estaba al tanto de su venida. Allá en el templo de Jerusalén, los sacerdotes estaban llevando a cabo sus tareas y la gente estaba diciendo sus oraciones, todos siguiendo las rutinas acostumbradas.

Cuando Jesús fue niño, unas cuantas personas le vieron en el templo. En su mayoría eran sacerdotes y escribas que se maravillaron de su conocimiento de la palabra de Dios. Pero el público en general no sabía de él. Más tarde, otros le conocieron en el taller de carpintería donde trabajaba. Pero, ¿quién podía creer, mientras le veía reparar sus sillas rotas, que Jesús era Dios encarnado? Él era simplemente el hijo de José, un buen jóven que sabía mucho de Dios.

Cuando Jesús comenzó su ministerio, él dirigió sus palabras a una pequeña cantidad de personas en un país muy pequeño; esto es, a las ovejas perdidas de Israel. Y como sólo podía estar en un lugar a la vez, el acceso a él estaba limitado por sus logísticas.

Tenías que llegar hasta Judá si querías llegar hasta Jesús. Si vivías fuera de Israel, tenías que viajar por días o semanas por bote, camello o a pie. Entonces tenías que localizar en qué pueblo estaba, encontrar allí una multitud y preguntarle dónde él estaba. O, si ya él se había ido del pueblo, tenías que escuchar los rumores para saber a dónde se dirigía. A lo mejor hubieras necesitado alquilar un bote para llegar al otro lado del lago, o caminar todo el día para llegar al desierto donde estaba enseñando a las multitudes.

Una vez encontraras a Jesús, tenías que estar físicamente cerca de él para escuchar su voz, recibir su toque, ser bendecido con su santa presencia. Tu podías tratar de acercártele haciéndote paso por la multitud, pero todos querían acercársele también.

Esto era un acceso muy limitado. Para llegar al Señor tenías que estar en el lugar correcto en el momento correcto. Considera el ciego que escucho que Jesús estaba pasando. Cuando supo quién era, él clamó: “Jesús, sáname, para que pueda recibir mi vista.” Solo entonces Cristo le restauró.
O considera la mujer con el flujo de sangre. Tuvo que empujar y arrastrarse para hacerse paso entre la multitud para tocar el borde del manto de Jesús. Mientras tanto, todo el mundo también estaba tratando de tocarle a él.

También estaba la viuda de Naín, que iba en la procesión fúnebre para enterrar a su hijo. Cuando Jesús se cruzó con ella, tocó el féretro y resucitó al jóven.

O piensa en el paralítico en el estanque de Betesda, en el mercado de las ovejas. Muchos enfermos y afligidos se habían congregado allí para ser sanados. Pero este hombre estuvo en el lugar correcto en el momento correcto. Cuando Jesús pasó por allí le sanó también.

Tenías que calcular o planificar el para lograr acceso al Señor. Zaqueo lo hizo subiéndose a un árbol para ver a Jesús. Cuatro hombres tuvieron que resolvérselas también en favor de un amigo enfermo. Cuando localizaron el edificio lleno de gente donde Cristo estaba enseñando, abrieron un hueco en el techo y bajaron su amigo frente a los ojos de Jesús.

Finalmente, en un momento glorioso, Jesús proveyó acceso total, ilimitado al Padre. La Biblia dice que en el Gólgota, en una cruz manchada de sangre “Jesús, habiendo otra vez clamado a gran voz, entregó el espíritu. Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo.” (Mateo 27:50-51).

Al momento de la muerte de Jesús, el velo del templo en Jerusalén fue literalmente rasgado. En ese momento se selló nuestro destino. En el instante que nuestro Señor entregó su espíritu, se nos dio acceso total e ilimitado al Lugar Santísimo: “Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne.” (Heb. 10:19-20).

El rasgado del velo fue una representación de lo que ocurrió en el mundo espiritual. Finalmente, podíamos disfrutar de algo que no pudieron lograr por generaciones. Tuvimos el privilegio que aún Abraham, Moisés y David no tuvieron. Tenemos acceso al Lugar Santísimo, al mismo trono del Dios Todopoderoso. Ya la puerta no estaba cerrada para nosotros. Ahora cualquiera puede asomarse y entrar. Se hizo posible tener acceso ilimitado.
Más aún, con su muerte Jesús se convirtió en nuestro sumo sacerdote. Él subió a la Nueva Jerusalén, a un templo no hecho por manos. Allí tomó el papel de sumo sacerdote. Caminó directamente a la santa presencia de Dios y, con el incienso de sus propias intercesiones, presentó su sangre en el propiciatorio. Entonces se sentó a la derecha del Padre, con todo poder, fuerza y autoridad.

En ese punto, Jesús reclamó su derecho por el pacto de recibir en un cuerpo espiritual a todo el que se arrepienta y le reciba como Señor. Y envió al Espíritu Santo para convocar a sus hijos: “He abierto la puerta al Padre. Ahora eras acepto simplemente por estar en mi por fe. Así que te puedes acercar confiadamente al trono. Te llevaré a la presencia de mi Padre, quien ahora es tu Padre. Tienes acceso ilimitado a él, día y noche.”

Aquí está la angustia, el dolor y el sufrimiento
del alma de Jesús.

¿Cuál es el mayor sufrimiento que puede experimentar el alma de Cristo? Creo que es una generación, que ha recibido total e ilimitado acceso a Jesús, no viene a él.
Por siglos el pueblo de Dios ha rogado y suplicado por ir más allá del velo. Ansiaron y anhelaron ver la bendición que tenemos hoy. El acceso que disfrutamos hoy es el mismo acceso que anheló Moisés. Es el mismo acceso que el corazón de David anheló pero que no pudo lograr. Este es el acceso que Daniel nunca tuvo aunque oraba al Señor tres veces al día. Nuestros antepasados vieron que este acceso iba a estar disponible en nuestros días y se regocijaron por nosotros.

Sin embargo, nosotros que hemos recibido el derecho a tener este maravilloso regalo lo tomamos por garantizado. La puerta se ha abierto para nosotros, sin embargo, rehusamos entrar por días y hasta por semanas. ¡Qué crimen! Cada vez que ignoramos este acceso que Jesús compró para nosotros, pasando casualmente por la puerta, tomamos ligeramente su sangre. Nuestro Señor nos dijo que teníamos todos los recursos que necesitábamos con tan sólo venir a él. Sin embargo, continuamos menospreciando su precioso regalo.

La Escritura nos amonesta: “Acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe… Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió.” (Heb. 10:22-23). Este pasaje habla claramente sobre la oración. Dios nos anima: “Entra a mi presencia frecuentemente, diariamente. No puedes mantener tu fe sino te acercas a mí. Si no entras confiadamente a mi presencia, tu fe va a fluctuar.”

Puede ser que conozcas cristianos que una vez estaban encendidos por el Señor. Siempre separaban tiempo de calidad con el Señor, escudriñando su palabra y encerrándose con él. Sabían que tenían que acercarse a él para mantener su fe viva.

Sin embargo, esos mismos cristianos simplemente “piensan” sus oraciones. O entran apuradamente a la presencia del Señor por unos minutos, tan sólo para decirle: “Hola, Señor. Te bendigo. Por favor, guíame hoy. Te amo, Jesús. Adiós.” Perdieron su corazón que buscaba a Dios. Ya no tienen la comunión sin prisas que una vez disfrutaron. Cuando le preguntas por su abandonada vida de oración, argumentan que están “reposando en fe”.

Te digo, las personas que no oran se convierten pronto en personas sin fe. Mientras más descuidan el regalo del acceso, rehusando echar mano de la provisión de Dios, más se alejan.

Jesús sufrió por Jerusalén antes de subir al cielo.

Cuando Jesús caminó por la tierra, él se hizo accesible a la gente. Él enseñó en las sinagogas, en los montes, en los botes. Él sanó a los enfermos, hizo maravillas y milagros. El alzó la voz en las fiestas, llorando: “Yo soy el agua viva. Vengan a mí y yo saciaré su alma sedienta.” Cualquiera podía acercarse a él y ser saciado.

Pero la invitación de nuestro Señor fue ignorada. El lloró por la gente: “¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta a sus polluelos debajo de sus alas, y no quisiste!” (Mateo 23:37). Le estaba diciendo a Israel: “Estoy aquí. Estoy disponible para tí. Te he dicho que vengas a mí para ser sanado y para que se satisfagan tus necesidades. Pero no vendrás a mí.”

¿Cómo respondió Jesús al rechazo de la gente? Él declaró: “He aquí vuestra casa os es desierta.” (23:38). La palabra que Jesús utiliza para “desierta” aquí significa soledad, sin la capacidad de dar fruto, desperdicio. Él dijo; “Tu vida en la iglesia, tu familia, tu caminar espiritual, todos ellos se secarán y morirán.”
Piensa en esto. Si los padres no buscan a Dios diariamente, ciertamente sus hijos tampoco lo harán. En lugar de esto, su casa se llenará de mundanalidad, esterilidad espiritual, una soledad más allá de toda descripción. Eventualmente, esa familia terminará en desolación total.

Mantén esto en mente: Jesús hizo estas advertencias en un día de gracia. Él añadió: “Porque os digo que desde ahora no me veréis, hasta que digáis: Bendigo el que viene en el nombre del Señor.” (23:39). El significado de esto es: “Te he dado todo el acceso que necesitas para vivir una vida victoriosa. Pero has ignorado mi oferta. Lo siento, pero tu decisión va a traer desolación a tu vida y a tu . Y no me volverás a ver más hasta la eternidad.”

¿Cuándo fue la última vez que viniste a Dios para encontrar todo lo que necesitabas en tu vida? ¿Estabas en problemas, confrontando una crisis en tu familia, en tu trabajo, con tu salud? No hay nada malo en que nos apropiemos de este acceso a Dios en tiempos de necesidad severa. Isaías escribe: “Jehová, en la tribulación te buscaron; derramaron oración cuando los castigaste.” (Isaías 26:16). El salmista testifica: “Con mi voz clamaré a Jehová; con mi voz pediré a Jehová misericordia. Delante de él expondré mi queja; delante de él manifestaré mi angustia.” (Salmo 142:1-2).

Nuestro Señor es una padre que se preocupa por todos los problemas de sus hijos. Cuando confrontamos momentos difíciles, nos anima a acercarnos a él, diciendo: “Ven, derrama ante mí todos tus problemas, necesidades y quejas. Escucharé tu clamor y te contestaré.”

Sin embargo, para muchos cristianos estos son los únicos momentos en los que van al Padre. Te pregunto: “¿Dónde esta el anhelo por Dios que David describe, la sed de estar en la presencia de Dios? ¿Dónde está la ministración a él diariamente, el derramar nuestro corazón en amor y adoración?

Los cristianos que no oran no se dan cuenta
del peligro en que se encuentran.

Podrías argumentar: “Bueno, ¿y qué si algunos cristianos no oran? Todavía siguen siendo creyentes: han sido lavados por la sangre, han sido perdonados y van para el cielo. ¿En dónde está el peligro si se entibian un poco?”

Yo creo que el Señor se da cuenta que vivimos en una era muy ocupada, con muchas cosas que nos demandan tiempo y energía. Y los cristianos están también atrapados en el ajetreo y las actividades como los demás. Sin embargo, no puedo creer que Dios toma ligeramente nuestro rechazo al acceso a su presencia, que le costó la vida a su único Hijo.

Dios ha hecho a Cristo nuestra torre fuerte. Pero sólo aquellos que “corren a él” están seguros (vea Prov. 18:10). Si no vas a él, entonces todavía estás afuera de la puerta. Estás parado donde Israel se paró. Pero Dios ya no se encuentra con nadie en la puerta. Toda la provisión que necesitamos está adentro: perdón de , misericordia en el tiempo de necesidad, poder para vencer.

Imagínate el dolor que sienten el Padre y el Hijo por el rechazo. Yo me imagino esta conversación entre ellos:
“Hijo, fuiste golpeado, burlado, crucificado y enterrado. Me dolió tanto verte, que cerré mis ojos. Sin embargo, cumpliste el pacto eterno. Proveíste aceptación y acceso para todos aquellos que confían en ti. Por ti, el pueblo de los últimos días podrá venir a mí. Y crecerán poderosos en mi fuerza, construyendo reservas de fe contra el diablo que les tentará y les probará como no lo ha hecho en ningún otro tiempo.”

“Sin embargo, ¿dónde están nuestros amados hijos? Pasa el lunes y nunca les vemos. Llega el martes y todavía no le vemos. Llega el miércoles sin verlos. Pasan el jueves, viernes y sábado y no les vemos. Sólo se acercan a nosotros el domingo mientras están en la iglesia. ¿Por qué no vienen? ¿No nos aman?”

Dios le hizo a Adán la misma pregunta cuando Adán se escondió de Dios en el jardín del Edén: “¿Dónde estás tú?” (Gén. 3:9). El Señor supo todo el tiempo dónde estaba Adán. Él en realidad le estaba preguntando a Adán por qué había rechazado su compañía. Y le estaba mostrando a Adán que era peligroso esconderse de su presencia.

De hecho, muchos cristianos que no se apropian del acceso al Padre terminan en la misma condición de Sardis. El Señor instruyó a Juan: “Escribe al ángel de la iglesia en Sardis: El que tiene los siete de Dios… Yo conozco tus obras, que tienes nombre de que vives, y estás muerto.” (Apoc. 3:1).

Jesús está diciendo: “Puede que seas una buena persona, alguien que podría hacer cualquier cosa por otra persona. Tienes una buena reputación tanto en la iglesia como en el mundo. Se te conoce como que estás verdaderamente vivo en Cristo, bendito de Dios. Pero ha entrado en tu vida un elemento de muerte. Algo del mundo te ha contaminado.”

“Pero tienes unas pocas personas en Sardis que no han manchado sus vestiduras.” (3:4). ¿A qué mancha se refiere aquí? Se refiera a la falta de oración. Y aquí es que Jesús nos advierte: “Sé vigilante, y afirma las otras cosas que están por morir; porque no he hallado tus obras perfectas delante de Dios.” (3:2).

Los creyentes en Sardis no habían estado vigilantes. No habían estado en oración, esperando en el Señor, buscándole como lo habían hecho antes. En vez de esto, se habían permitido descuidarse, no estaban viniendo al Señor diariamente para que les ayudara. Ahora estaban manchados. La palabra que el Señor Jesús usa aquí para “manchado” significa una mancha de pecado, una mancha negra en una vestidura blanca. El Señor nos está diciendo: “Si no oras, no tienes defensa contra el enemigo. Tu negligencia permite que se te manchen tus vestiduras.”

Sin embargo, Jesús dice sobre unos pocos: “Pero tienes una pocas personas en Sardis que no han manchado sus vestiduras; y andarán conmigo en vestiduras blancas, porque son dignas.” (3:4). Él está diciendo: “Todavía tienes una llamita de deseo por mí. No quieres perderte mi presencia, no quieres darte a la soledad. Ahora, rápidamente, aviva nuevamente tu hambre. Ve nuevamente a tu cuarto secreto y llámame. Dispón tu corazón como un pedernal. Aviva la llama de la fe antes de que muera, antes que llegue la muerte a tu alma, como le ha pasado a muchos a tu alrededor.”

No ignores el gran regalo del acceso a la presencia. Tu futuro eterno depende de este acceso. Ora y busca al Señor. Él te ha provisto este acceso. Y él te promete satisfacer cada necesidad.

(Unrestricted Access to the Father)
Por David Wilkerson
8 de enero de 2001

“Conforme al propósito eterno que hizo en Cristo Jesús nuestro Señor, en quien tenemos seguridad y acceso con confianza por medio de la fe en él.” (Efesios 3:11-12).

Los hijos de Dios tienen uno de los más grandes privilegios que se le haya concedido jamás a la humanidad. Tenemos el derecho, la confianza y la libertad de irrumpir a nuestro Señor en cualquier momento.

Nuestro Padre Celestial se sienta en un trono en la eternidad. Y su Hijo, Jesús, nuestro bendito Señor y salvador, se sienta a su derecha. A las afueras de su trono están las puertas que abren para todos aquellos que están en Cristo. En cualquier momento, del día o de la noche, a cualquier hora, podemos ir más allá de los ángeles guardianes, los serafines y todos los ejércitos celestiales para entrar valientemente por estas puertas y acercarnos al trono de nuestro Padre. Cristo nos ha provisto acceso directo al Padre, para que recibamos la misericordia y la gracia que necesitamos, sin importa nuestra circunstancia.

Esto no siempre fue así. En el Antiguo Testamento, ninguna persona podía tener acceso al Padre, salvo algunas excepciones. Por ejemplo, sabemos que Abraham disfrutó cierta medida de acceso al Señor. Este hombre consagrado fue llamado amigo de Dios. Él escuchó al Señor, le habló, tuvo comunión con él.

Aún así, Abraham permaneció “fuera del velo”. Aún cuando era amigo de Dios, él nunca tuvo acceso al Lugar Santísimo donde Dios habitaba. El velo espiritual de separación aún no había sido rasgado en dos.

En un punto de la historia de Israel, Dios declaró que él hablaría a los profetas por visiones y sueños: “Cuando haya entre vosotros profetas de Jehová, le apareceré en visión, en sueños hablaré con él.” (Núm. 12:6).

Esto era un acceso a Dios muy limitado. Sin embargo, nuevamente hubo otra excepción: Moisés, el líder de Israel. Dios dijo sobre él: “No así a mi siervo Moisés, que es fiel en toda mi casa. Cara a cara hablaré con él, y claramente, y no por figuras; y verá la apariencia de Jehová.” (12:7-8). Como Abraham, Moisés habló con Dios y Dios habló con él. Él esperó cuarenta días y cuarenta noches en la presencia del Señor, hasta que su cara resplandeció. Claramente, Moisés tuvo una gran medida de acceso.

Pero el resto de Israel nunca conoció esta clase de acceso. El Señor les dijo: “Esto será el holocausto continuo por vuestras generaciones, a la puerta del tabernáculo de reunión, delante de Jehová, en el cual me reuniré con vosotros, para hablaros allí. Allí me reuniré con los hijos de Israel.” (Éxodo 29:42-43).

No se le permitía a nadie entrar al Lugar Santísimo, donde la presencia de Dios habitaba. Solamente el sumo sacerdote podía entrar, un sólo día al año, el día de la expiación. Por lo tanto, el pueblo tenía que traer sus sacrificios a la puerta del tabernáculo. Podían mirar a hurtadillas desde la puerta, pero no podían ver nada completamente. Tan sólo podían imaginarse la majestad de la gloria de Dios que moraba allí.

Otra vez, este era un acceso muy restringido. Era como si Dios les hubiese estado diciendo: “Vengan hasta el frente de mi puerta y allí me encontraré con ustedes. Entonces podremos hablar.” No habían sido invitados a entrar. El Señor les hablaba desde el otro lado de la puerta del tabernáculo. ¿Te puedes imaginar tratando de comunicarte de esta manera con un amigo cercano?

Dentro del tabernáculo, un velo separaba al Lugar Santo del Lugar Santísimo. El sumo sacerdote debía ir temblando según se iba acercando al velo. El tener acceso a la gloria de Dios era una cosa impresionante, temible. Podía caer muerto con tan sólo haber cometido una deshonra en su presencia. En la santa presencia de Dios no podía habitar el pecado de ninguna clase.

Qué gran evento debía haber sido el día de la expiación. En ese día, el pueblo de Israel se reunía alrededor de la puerta del tabernáculo. Esta era la misma puerta en la que Dios había enjuiciado a Miriam cuando cuestionó el liderato de Moisés, y a Datán y a Abiram por levantarse contra Moisés.

Ahora las multitudes estaban paradas, pasmadas, mientras Aarón, el sumo sacerdote, entraba a la habitación mística para encontrarse con el Dios Todopoderoso. A ellos se les pudo haber dado ilustraciones de lo que ocurría en el interior. Pero se quedaban preguntándose: “¿Cómo será estar allá adentro? ¿Tendrá el Señor una forma visible? ¿Es su voz como la que oímos en el Sinaí, una voz que inspira tanto temor? ¿Es bueno y amable, o atemorizante?

Aún David, el dulce salmista de Israel, tenía acceso limitado al Padre. Las Escrituras dicen que él tenía comunión con Dios. Él conocía a Dios como su defensor, su refugio, su cuidador, su fuerza. Nadie habló más majestuosamente o poderosamente de Dios que este hombre. Aún así, David no tuvo el privilegio de entrar al Lugar Santísimo. A través de los salmos David habla de anhelar y buscar a Dios. Él clamó por poder ir más allá del velo, por algo que él no podía lograr: “Un abismo llama a otro.” (Salmo 42:7).

Salomón también expresa esta clase de anhelo insatisfecho de poder llegar al Señor: “Mi amado metió su mano por la ventanilla, y mi corazón se conmovió dentro de mí. Yo me levanté para abrir a mi amado… Abrí yo a mi amado; pero mi amado se había ido, había ya pasado… Lo busqué, y no lo hallé; lo llamé, y no me respondió.” (Cantares 5:4-6). Aquí está la expresión de anhelo divino: “Lo busqué, lo anhelé, lo quise. Pero no le pude encontrar.”

Israel vio a Dios habitando en el templo
en una habitación llamada Lugar Santísimo.

Salomón construyó un templo majestuoso en Jerusalén para la gloria de Dios. Cuando se terminó la estructura: “Metió Salomón las cosas que David su padre había dedicado; y puso la plata, y el oro, y todos los utensilios… y llevaron el arca… en su lugar.” (2 Cró. 5:1,5,7). Después de haber colocado cada cosa en su sitio, Salomón invitó a Dios a entrar y santificar el Lugar Santísimo con su presencia. Y Dios lo hizo, descendiendo en una nube y llenando el templo.

Todos en Israel creían que Dios habitaba en el gran templo en Jerusalén. Por lo tanto, los israelitas dirigían todas sus oraciones hacia el templo. Salomón le pidió a Dios: “Si tu pueblo saliere a la guerra contra sus enemigos por el camino que tú les enviares, y oraren a ti hacia esta ciudad que tú elegiste, hacia la casa que he edificado a tu nombre, tu oirás desde los cielos su oración y su ruego, y ampararás su causa.” (2 Cró. 6:34-35).
Salomón estaba pidiendo: “Señor, cuando nuestros ejércitos salgan para luchar contra nuestros enemigos, escúchalos cuando oren hacia a ti aquí, en tu templo. Dáles éxito en la batalla.” No pensaban que Dios estaba en el campo de batalla, sino que estaba en la santa habitación en Jerusalén. Más aún, si se llevaban a Israel en cautividad, ellos iban a orar “hacia la tierra que tú diste a sus padres… y hacia la casa que he edificado en tu nombre… tú oirás desde los cielos.” (6:38-39). Esta es la razón por la que Daniel abría su ventana en Babilonia y oraba hacia Jerusalén (vea Daniel 6:10). Hoy en día los judíos todavía se ponen en dirección a Jerusalén para orar. En una ocasión estaba viajando en un avión cuando un judío ortodoxo se puso su manto de oración, se puso de pie en el pasillo y oró en dirección a Jerusalén.

Sin embargo, a pesar de la gloria de Dios en el templo – a pesar de las visiones y sueños dados a los profetas, a pesar de las visitaciones de ángeles – el pueblo de Dios se mantenía fuera del velo. La puerta del Lugar Santo aún no se había abierto. Y acceso a él aún era restringido.

Jesús trajo consigo una mayor medida de acceso.

La vida de Cristo en un cuerpo humano nos proveyó un mayor acceso al Padre. Aún entonces, el acceso estaba muy limitado. Cuando Jesús vino al mundo como un bebé, tan sólo unas pocas personas estaban presentes, unos pocos pastores y los magos. El resto de la humanidad no estaba al tanto de su venida. Allá en el templo de Jerusalén, los sacerdotes estaban llevando a cabo sus tareas y la gente estaba diciendo sus oraciones, todos siguiendo las rutinas acostumbradas.

Cuando Jesús fue niño, unas cuantas personas le vieron en el templo. En su mayoría eran sacerdotes y escribas que se maravillaron de su conocimiento de la palabra de Dios. Pero el público en general no sabía de él. Más tarde, otros le conocieron en el taller de carpintería donde trabajaba. Pero, ¿quién podía creer, mientras le veía reparar sus sillas rotas, que Jesús era Dios encarnado? Él era simplemente el hijo de José, un buen jóven que sabía mucho de Dios.

Cuando Jesús comenzó su ministerio, él dirigió sus palabras a una pequeña cantidad de personas en un país muy pequeño; esto es, a las ovejas perdidas de Israel. Y como sólo podía estar en un lugar a la vez, el acceso a él estaba limitado por sus logísticas.

Tenías que llegar hasta Judá si querías llegar hasta Jesús. Si vivías fuera de Israel, tenías que viajar por días o semanas por bote, camello o a pie. Entonces tenías que localizar en qué pueblo estaba, encontrar allí una multitud y preguntarle dónde él estaba. O, si ya él se había ido del pueblo, tenías que escuchar los rumores para saber a dónde se dirigía. A lo mejor hubieras necesitado alquilar un bote para llegar al otro lado del lago, o caminar todo el día para llegar al desierto donde estaba enseñando a las multitudes.

Una vez encontraras a Jesús, tenías que estar físicamente cerca de él para escuchar su voz, recibir su toque, ser bendecido con su santa presencia. Tu podías tratar de acercártele haciéndote paso por la multitud, pero todos querían acercársele también.

Esto era un acceso muy limitado. Para llegar al Señor tenías que estar en el lugar correcto en el momento correcto. Considera el ciego que escucho que Jesús estaba pasando. Cuando supo quién era, él clamó: “Jesús, sáname, para que pueda recibir mi vista.” Solo entonces Cristo le restauró.
O considera la mujer con el flujo de sangre. Tuvo que empujar y arrastrarse para hacerse paso entre la multitud para tocar el borde del manto de Jesús. Mientras tanto, todo el mundo también estaba tratando de tocarle a él.

También estaba la viuda de Naín, que iba en la procesión fúnebre para enterrar a su hijo. Cuando Jesús se cruzó con ella, tocó el féretro y resucitó al jóven.

O piensa en el paralítico en el estanque de Betesda, en el mercado de las ovejas. Muchos enfermos y afligidos se habían congregado allí para ser sanados. Pero este hombre estuvo en el lugar correcto en el momento correcto. Cuando Jesús pasó por allí le sanó también.

Tenías que calcular o planificar el tiempo para lograr acceso al Señor. Zaqueo lo hizo subiéndose a un árbol para ver a Jesús. Cuatro hombres tuvieron que resolvérselas también en favor de un amigo enfermo. Cuando localizaron el edificio lleno de gente donde Cristo estaba enseñando, abrieron un hueco en el techo y bajaron su amigo frente a los ojos de Jesús.

Finalmente, en un momento glorioso, Jesús proveyó acceso total, ilimitado al Padre. La Biblia dice que en el Gólgota, en una cruz manchada de sangre “Jesús, habiendo otra vez clamado a gran voz, entregó el espíritu. Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo.” (Mateo 27:50-51).

Al momento de la muerte de Jesús, el velo del templo en Jerusalén fue literalmente rasgado. En ese momento se selló nuestro destino. En el instante que nuestro Señor entregó su espíritu, se nos dio acceso total e ilimitado al Lugar Santísimo: “Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne.” (Heb. 10:19-20).

El rasgado del velo fue una representación de lo que ocurrió en el mundo espiritual. Finalmente, podíamos disfrutar de algo que no pudieron lograr por generaciones. Tuvimos el privilegio que aún Abraham, Moisés y David no tuvieron. Tenemos acceso al Lugar Santísimo, al mismo trono del Dios Todopoderoso. Ya la puerta no estaba cerrada para nosotros. Ahora cualquiera puede asomarse y entrar. Se hizo posible tener acceso ilimitado.
Más aún, con su muerte Jesús se convirtió en nuestro sumo sacerdote. Él subió a la Nueva Jerusalén, a un templo no hecho por manos. Allí tomó el papel de sumo sacerdote. Caminó directamente a la santa presencia de Dios y, con el incienso de sus propias intercesiones, presentó su sangre en el propiciatorio. Entonces se sentó a la derecha del Padre, con todo poder, fuerza y autoridad.

En ese punto, Jesús reclamó su derecho por el pacto de recibir en un cuerpo espiritual a todo el que se arrepienta y le reciba como Señor. Y envió al Espíritu Santo para convocar a sus hijos: “He abierto la puerta al Padre. Ahora eras acepto simplemente por estar en mi por fe. Así que te puedes acercar confiadamente al trono. Te llevaré a la presencia de mi Padre, quien ahora es tu Padre. Tienes acceso ilimitado a él, día y noche.”

Aquí está la angustia, el dolor y el sufrimiento
del alma de Jesús.

¿Cuál es el mayor sufrimiento que puede experimentar el alma de Cristo? Creo que es una generación, que ha recibido total e ilimitado acceso a Jesús, no viene a él.
Por siglos el pueblo de Dios ha rogado y suplicado por ir más allá del velo. Ansiaron y anhelaron ver la bendición que tenemos hoy. El acceso que disfrutamos hoy es el mismo acceso que anheló Moisés. Es el mismo acceso que el corazón de David anheló pero que no pudo lograr. Este es el acceso que Daniel nunca tuvo aunque oraba al Señor tres veces al día. Nuestros antepasados vieron que este acceso iba a estar disponible en nuestros días y se regocijaron por nosotros.

Sin embargo, nosotros que hemos recibido el derecho a tener este maravilloso regalo lo tomamos por garantizado. La puerta se ha abierto para nosotros, sin embargo, rehusamos entrar por días y hasta por semanas. ¡Qué crimen! Cada vez que ignoramos este acceso que Jesús compró para nosotros, pasando casualmente por la puerta, tomamos ligeramente su sangre. Nuestro Señor nos dijo que teníamos todos los recursos que necesitábamos con tan sólo venir a él. Sin embargo, continuamos menospreciando su precioso regalo.

La Escritura nos amonesta: “Acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe… Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió.” (Heb. 10:22-23). Este pasaje habla claramente sobre la oración. Dios nos anima: “Entra a mi presencia frecuentemente, diariamente. No puedes mantener tu fe sino te acercas a mí. Si no entras confiadamente a mi presencia, tu fe va a fluctuar.”

Puede ser que conozcas cristianos que una vez estaban encendidos por el Señor. Siempre separaban tiempo de calidad con el Señor, escudriñando su palabra y encerrándose con él. Sabían que tenían que acercarse a él para mantener su fe viva.

Sin embargo, esos mismos cristianos simplemente “piensan” sus oraciones. O entran apuradamente a la presencia del Señor por unos minutos, tan sólo para decirle: “Hola, Señor. Te bendigo. Por favor, guíame hoy. Te amo, Jesús. Adiós.” Perdieron su corazón que buscaba a Dios. Ya no tienen la comunión sin prisas que una vez disfrutaron. Cuando le preguntas por su abandonada vida de oración, argumentan que están “reposando en fe”.

Te digo, las personas que no oran se convierten pronto en personas sin fe. Mientras más descuidan el regalo del acceso, rehusando echar mano de la provisión de Dios, más se alejan.

Jesús sufrió por Jerusalén antes de subir al cielo.

Cuando Jesús caminó por la tierra, él se hizo accesible a la gente. Él enseñó en las sinagogas, en los montes, en los botes. Él sanó a los enfermos, hizo maravillas y milagros. El alzó la voz en las fiestas, llorando: “Yo soy el agua viva. Vengan a mí y yo saciaré su alma sedienta.” Cualquiera podía acercarse a él y ser saciado.

Pero la invitación de nuestro Señor fue ignorada. El lloró por la gente: “¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta a sus polluelos debajo de sus alas, y no quisiste!” (Mateo 23:37). Le estaba diciendo a Israel: “Estoy aquí. Estoy disponible para tí. Te he dicho que vengas a mí para ser sanado y para que se satisfagan tus necesidades. Pero no vendrás a mí.”

¿Cómo respondió Jesús al rechazo de la gente? Él declaró: “He aquí vuestra casa os es desierta.” (23:38). La palabra que Jesús utiliza para “desierta” aquí significa soledad, sin la capacidad de dar fruto, desperdicio. Él dijo; “Tu vida en la iglesia, tu familia, tu caminar espiritual, todos ellos se secarán y morirán.”
Piensa en esto. Si los padres no buscan a Dios diariamente, ciertamente sus hijos tampoco lo harán. En lugar de esto, su casa se llenará de mundanalidad, esterilidad espiritual, una soledad más allá de toda descripción. Eventualmente, esa familia terminará en desolación total.

Mantén esto en mente: Jesús hizo estas advertencias en un día de gracia. Él añadió: “Porque os digo que desde ahora no me veréis, hasta que digáis: Bendigo el que viene en el nombre del Señor.” (23:39). El significado de esto es: “Te he dado todo el acceso que necesitas para vivir una vida victoriosa. Pero has ignorado mi oferta. Lo siento, pero tu decisión va a traer desolación a tu vida y a tu hogar. Y no me volverás a ver más hasta la eternidad.”

¿Cuándo fue la última vez que viniste a Dios para encontrar todo lo que necesitabas en tu vida? ¿Estabas en problemas, confrontando una crisis en tu familia, en tu trabajo, con tu salud? No hay nada malo en que nos apropiemos de este acceso a Dios en tiempos de necesidad severa. Isaías escribe: “Jehová, en la tribulación te buscaron; derramaron oración cuando los castigaste.” (Isaías 26:16). El salmista testifica: “Con mi voz clamaré a Jehová; con mi voz pediré a Jehová misericordia. Delante de él expondré mi queja; delante de él manifestaré mi angustia.” (Salmo 142:1-2).

Nuestro Señor es una padre que se preocupa por todos los problemas de sus hijos. Cuando confrontamos momentos difíciles, nos anima a acercarnos a él, diciendo: “Ven, derrama ante mí todos tus problemas, necesidades y quejas. Escucharé tu clamor y te contestaré.”

Sin embargo, para muchos cristianos estos son los únicos momentos en los que van al Padre. Te pregunto: “¿Dónde esta el anhelo por Dios que David describe, la sed de estar en la presencia de Dios? ¿Dónde está la ministración a él diariamente, el derramar nuestro corazón en amor y adoración?

Los cristianos que no oran no se dan cuenta
del peligro en que se encuentran.

Podrías argumentar: “Bueno, ¿y qué si algunos cristianos no oran? Todavía siguen siendo creyentes: han sido lavados por la sangre, han sido perdonados y van para el cielo. ¿En dónde está el peligro si se entibian un poco?”

Yo creo que el Señor se da cuenta que vivimos en una era muy ocupada, con muchas cosas que nos demandan tiempo y energía. Y los cristianos están también atrapados en el ajetreo y las actividades como los demás. Sin embargo, no puedo creer que Dios toma ligeramente nuestro rechazo al acceso a su presencia, que le costó la vida a su único Hijo.

Dios ha hecho a Cristo nuestra torre fuerte. Pero sólo aquellos que “corren a él” están seguros (vea Prov. 18:10). Si no vas a él, entonces todavía estás afuera de la puerta. Estás parado donde Israel se paró. Pero Dios ya no se encuentra con nadie en la puerta. Toda la provisión que necesitamos está adentro: perdón de pecados, misericordia en el tiempo de necesidad, poder para vencer.

Imagínate el dolor que sienten el Padre y el Hijo por el rechazo. Yo me imagino esta conversación entre ellos:
“Hijo, fuiste golpeado, burlado, crucificado y enterrado. Me dolió tanto verte, que cerré mis ojos. Sin embargo, cumpliste el pacto eterno. Proveíste aceptación y acceso para todos aquellos que confían en ti. Por ti, el pueblo de los últimos días podrá venir a mí. Y crecerán poderosos en mi fuerza, construyendo reservas de fe contra el diablo que les tentará y les probará como no lo ha hecho en ningún otro tiempo.”

“Sin embargo, ¿dónde están nuestros amados hijos? Pasa el lunes y nunca les vemos. Llega el martes y todavía no le vemos. Llega el miércoles sin verlos. Pasan el jueves, viernes y sábado y no les vemos. Sólo se acercan a nosotros el domingo mientras están en la iglesia. ¿Por qué no vienen? ¿No nos aman?”

Dios le hizo a Adán la misma pregunta cuando Adán se escondió de Dios en el jardín del Edén: “¿Dónde estás tú?” (Gén. 3:9). El Señor supo todo el tiempo dónde estaba Adán. Él en realidad le estaba preguntando a Adán por qué había rechazado su compañía. Y le estaba mostrando a Adán que era peligroso esconderse de su presencia.

De hecho, muchos cristianos que no se apropian del acceso al Padre terminan en la misma condición de Sardis. El Señor instruyó a Juan: “Escribe al ángel de la iglesia en Sardis: El que tiene los siete espíritus de Dios… Yo conozco tus obras, que tienes nombre de que vives, y estás muerto.” (Apoc. 3:1).

Jesús está diciendo: “Puede que seas una buena persona, alguien que podría hacer cualquier cosa por otra persona. Tienes una buena reputación tanto en la iglesia como en el mundo. Se te conoce como que estás verdaderamente vivo en Cristo, bendito de Dios. Pero ha entrado en tu vida un elemento de muerte. Algo del mundo te ha contaminado.”

“Pero tienes unas pocas personas en Sardis que no han manchado sus vestiduras.” (3:4). ¿A qué mancha se refiere aquí? Se refiera a la falta de oración. Y aquí es que Jesús nos advierte: “Sé vigilante, y afirma las otras cosas que están por morir; porque no he hallado tus obras perfectas delante de Dios.” (3:2).

Los creyentes en Sardis no habían estado vigilantes. No habían estado en oración, esperando en el Señor, buscándole como lo habían hecho antes. En vez de esto, se habían permitido descuidarse, no estaban viniendo al Señor diariamente para que les ayudara. Ahora estaban manchados. La palabra que el Señor Jesús usa aquí para “manchado” significa una mancha de pecado, una mancha negra en una vestidura blanca. El Señor nos está diciendo: “Si no oras, no tienes defensa contra el enemigo. Tu negligencia permite que se te manchen tus vestiduras.”

Sin embargo, Jesús dice sobre unos pocos: “Pero tienes una pocas personas en Sardis que no han manchado sus vestiduras; y andarán conmigo en vestiduras blancas, porque son dignas.” (3:4). Él está diciendo: “Todavía tienes una llamita de deseo por mí. No quieres perderte mi presencia, no quieres darte a la soledad. Ahora, rápidamente, aviva nuevamente tu hambre. Ve nuevamente a tu cuarto secreto y llámame. Dispón tu corazón como un pedernal. Aviva la llama de la fe antes de que muera, antes que llegue la muerte a tu alma, como le ha pasado a muchos a tu alrededor.”

No ignores el gran regalo del acceso a la presencia. Tu futuro eterno depende de este acceso. Ora y busca al Señor. Él te ha provisto este acceso. Y él te promete satisfacer cada necesidad.

2 comentarios

  1. ermano estoy interesado que me isisera un blog para poner tanbien cosas cristianas pudiera ser digame repondame con un comentario ok en barrioazul

    1. saludos, he tratado de comenatar en su blog pero no me deja

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