¡Clamé Desde la Profundidad!

Jonas2.2(Out of the Depths I Cried!)
Por David Wilkerson
13 de Septiembre del 1999

De los profundos, oh Jehová, a ti clamo. Señor, oye mi voz; Estén atentos tus oídos a la voz de mi súplica. JAH, si mirares a los , ¿Quién, oh Señor, podrá mantenerse? Empero hay perdón cerca de ti, para que seas temido. (Sal. 130:1-4).

David sufrió increíblemente bajo la vara del Señor. Por todos lados, las cosas iban horriblemente mal en su vida. El enfrentó problemas abrumantes, enfermedades, tragedia tras tragedia, un reino tumultuoso. Sus problemas se remontaban tan alto que él no creía sobrevivir. Y clamó, “Sálvame, oh Dios, porque las aguas han entrado hasta el alma. Estoy hundido en cieno profundo, donde no hay pie: He venido a abismos de aguas, y la corriente me ha anegado. (Sal. 69:1-2).

Sin embargo sus problemas exteriores no le molestaban tanto como sus horrores internos. Él temía que el Señor le había abandonado. Él escribió, “Hazme puesto en el hoyo profundo, en tinieblas, en honduras” (88:6). “Sobre mí se ha acostado tu ira…” (Verso 7). “…he llevado tus terrores…” (Verso 15). “Sobre mí han pasado tus iras…” (Verso 16).

David creía que Dios le había abandonado por su pecado-un pensamiento insoportable. Le suplicó al Señor, “No me anegue el ímpetu de las aguas, ni me suerba la hondura, ni el pozo cierre sobre mí su boca.” (69:15). El estaba diciendo, “¡Oh, Señor, por favor-no permitas que descienda tan profundo que no pueda salir!”

David también sufría por el escándalo que había causado en Israel. Su pecado fue descubierto, y todo el mundo lo sabía. Su pesar y su vergüenza eran tan abrumantes que le rogó a Dios, “…No me pongas por escarnio del insensato.” (39:8).

David temía que Dios le iba a quitar la vida como juicio por su pecado. Cada momento de su vida estaba lleno de pensamientos de ser derivado en ira. El clamó, “Jehová, no me reprendas en tu furor, ni me castigues en tu ira.” (38:1).

Mientras que todas estas ansiedades caían sobre David, su corazón estaba lleno de temor de Dios. El confesó, “Acordábame de Dios,… y desmayaba mi espíritu.” (77:3). Esto es algo desconcertante. ¿Por qué se sentía molesto si todos sus recuerdos de la obra de Dios en su vida le habían dado y felicidad? ¿Qué podía molestarle ahora?

David estaba ansioso porque todos sus pensamientos estaban concentrados en como Dios iba a tratar con su pecado. El sentía la vara del Señor sobre su carne, las flechas de la verdad penetraban en su alma con ferocidad: “Porque tus saetas descendieron a mí,…” (38:2).

La conciencia de este hombre se había convertido en una carga pesada. El sabía que había pecado contra todo el amor y luz que había recibido del cielo. El Señor en su misericordia le había librado una y otra vez de sus errores pasados. Y esta vez, David sabía que merecía ser echado a un lado. Así que cayó aún más profundo en tristeza y confusión, escribiendo, “Hanme comprendido mis maldades, y no puedo levantar la vista: Hanse aumentado más que los cabellos de mi cabeza…” (40:12).

Conozco un sin número de cristianos que son igual que David. Aman a Jesús-más sin embargo han pecado horriblemente contra la luz que les fue dada. Han escuchado miles de sermones, han leído la diariamente por años, y han pasado innumerables horas en oración. Sin embargo han pecado contra todas las bendiciones de Dios. ¿Cómo? ¡Tienen un pecado que no han confrontado!

Con el , su pecado ha cortado su comunión con Jesús. Y ahora el ha señalado su hábito, poniéndolo en alto ante ellos. Él les está advirtiendo, “¡Basta ya-este pecado tiene que salir! No aceptaré que continúes en él. Desde ahora, estás bajo plazo. He expuesto tu pecado ante ti-¡pero pronto puede ser expuesto ante el mundo! Ahora cada vez que entran en la casa de Dios, no pueden levantar el rostro. Y lloran como David, “ ¡Mis pecados son muy numerosos para contar! ¡Mi iniquidad se ha apoderado de mi, ni siquiera puede levantar mi rostro al cielo!”

Han perdido todo el gozo y la libertad que una vez disfrutaban. Ni siquiera pueden orar ni cantar con vida o poder. Y llevan a su alrededor un sentir de fracaso. Están débiles, enfermos en alma, encorvados, listos para desmayar. ¡Y saben que su pecado ha cortado su comunión con Dios!

¿Es ésta una descripción de la condición de tu alma en este momento? Si es así, dale gracias a Dios por su misericordia. ¡El está implantando en ti un temor santo del Señor! Por eso es que te estas hundiendo en la profundidad de la convicción. ¡Estas bajo el peso de una conciencia atribulada!

Muchos Creyentes Sinceros Son Diligentes en Sus Esfuerzos al
Volver su Gracia en una Licencia-¡Sin Embargo Se Dan Cuenta
Que Su Caminar No Da la Medida Con Sus Normas Santas!

Muchos cristianos se sienten aliviados al saber que no están incluidos en la lista de ofensas de Pablo: “No sabéis que los injustos no poseerán el reino de Dios? No erréis, que ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los robadores, heredarán el reino de Dios.” (1 Cor. 6:9-10).

Más cuando leen el verso que sigue, sienten la penetrante flecha de la verdad: “Y esto erais algunos: mas ya sois lavados, mas ya sois santificados, mas ya sois justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios.” (verso 11). De repente, recuerdan un pecado que no pueden sacudir. Piensan, “Espera un minuto-he sido libertado y santificado. Así que, ¿por qué no puedo dejar este mal hábito? ¡No estoy verdaderamente libre!”

Quizás recientemente has regresado a una vieja lujuria. A lo mejor has visitado un sitio web pornográfico en el “internet”, o estas involucrado en adulterio o pecado homosexual. O quizás has robado a tu jefe, o estas bebiendo a escondidas a tu casa del trabajo. Cualquiera que sea tu mal hábito, tú sabes que no eres libre en esa área. Más Dios ha dicho claramente, “¡No entrarás a mi reino si sigues pecando!”

No te sorprendas si te sientes como David. Cada vez que el Señor ve a uno de sus hijos luchando con lujuria o con ataduras, Él se mueve rápidamente para traernos al camino de la obediencia, paz y descanso. ¿Cómo hace esto? ¡El trae condiciones a nuestra vida que nos obligan a confrontar nuestro pecado!
A menudo esto significa llevarnos a la profundidad, como Dios hizo con Jonás. El permite que sintamos su reprensión y que seamos tragados por nuestras circunstancias. Mientras cuando estuvo en la oscura profundidad Jonás clamó a Dios. ¡Y el Señor respondió rápidamente al clamor de su siervo, restaurándolo a su bendición y voluntad!

¡La Oración de David Fue
Más Intensa en la Profundidad!

En desesperación, David clamó, “Señor, oye mi voz; estén atentos tus oídos a la voz de mi súplica.” (Sal. 130:2). Esto me suena al ruego de un hombre moribundo. Es obvio que David no estaba haciendo oraciones con el pensamiento. El estaba con el rostro en -quebrantado, contrito, rogando a Dios desde lo más profundo de su corazón:

“¡O, Santo Dios Jehová-debes oír mi clamor! No puedo continuar. Mi pecado está ante mí, y me estoy hundiendo con temor y miedo. ¡Por favor, Dios, ten misericordia de mí!”

David sabía que su alma necesitaba liberación. Y él se volvió sólo a Dios para encontrar esa libertad. Él concluyó, “Estoy en una condición tan desesperada que sólo el Señor puede ayudarme. No puedo depender en consejeros, amigos, hasta familia. Mi única esperanza está en la oración. ¡Así que voy a clamar día y noche hasta que Dios escuche mi súplica!” Muchos matrimonios cristianos necesitan la liberación que David buscaba desesperadamente. Por toda la tierra, veo parejas hundidas en la desesperación. Cónyuges que dicen amarse uno al otro, pero ni siquiera tienen consideración cuando se dirigen la palabra. Demuestran más bondad a un extraño que a su cónyuge. Con el tiempo, su se ha convertido en un congelador de maldad. No se dan cuenta, pero están cayendo en destrucción, perdiendo todo control en su relación.

Quizás tu matrimonio ha caído. Tú y tu cónyuge han caído a lo profundo, y te despiertas pensado si habrá esperanza. Últimamente, has sido tentado a dejar la relación por completo.

Amado, ¡necesitas despertar y reconocer tu condición! Has caído en un hoyo oscuro, lleno de actitudes impías. Y esta condición no desaparecerá sola. Si no tomas control, empeorará hasta que finalmente terminará con tu matrimonio.

¡Despierta ahora a la voz del Espíritu Santo! Hay pecado en tu matrimonio-y es cometido por ambos, tú y tu cónyuge. Tienen que confrontarlo, ¡o permanecerán en el fondo de la oscuridad para siempre!

Así que, ¿a quién estás llevando tus penas? ¿Te estás desahogando con tu mejor amigo? Si es así, ¿estás creando un caso contra tu cónyuge? Si estas viendo a un consejero, ¿estarás buscando una justificación para terminarlo todo?

Por favor no se confundan-yo creo en la consejería matrimonial. Pero si quieres llegar al fondo del problema, sólo existe un donde ir. No tienes que mirar más lejos que tu propio corazón. Y, como David, ¡necesitas clamar al Señor por misericordia!

¿Te encuentras tan desesperado como David? ¿Te has encerrado con el Señor, te has postrado y has gemido ante Él? Una oración aburrida, callada y haragana no logrará nada. Si no estás descargando tu corazón ante Dios, realmente no quieres sanidad-¡quieres alejarte de Él!

David testificó, “…Bramo a causa de la conmoción de mi corazón. …Y mi suspiro no te es oculto.” (Sal. 38:8-9). Tienes que clamar a toda voz, como David, “¡Señor, escucha mi súplica! ¡No te dejaré hasta que me contestes!”

Déjame ilustrarte la clase de desesperación que David experimento. Suponte que vas camino a casa. Al doblar la esquina de tu calle, ves camiones de bomberos estacionados frente a tu casa. Humo negro está saliendo de las ventanas, todo el lugar está a punto de encenderse en llamas. Y tú sabes que tu cónyuge e hijos están atrapados adentro.

Dime-¿cuán calmado y callado estarías en ese momento? ¿Cuánto tiempo estarías sin hacer nada, ¿esperarás que el fuego se apague por sí solo? Te sentarías ahí calladamente orando, “¿Jesús, espero que tú apagues el fuego?” ¡No! Si tuvieras amor en tu corazón, ¡correrías a tu casa a través del humo y tratarías de hacer algo!

Si tu matrimonio está en problemas, entonces tu hogar se está quemando-¡y tu relación está ardiendo en llamas! Y si tú permites que este fuego continúe, ¡vas a perderlo todo! Pues, ¿tienes el temor de Dios por tu matrimonio? ¿Te sientes cargado con culpabilidad y condenación acerca de tu parte en su desintegración? Si es así, no trates de calmar tu conciencia. Dios te está mandando Su palabra fuerte porque te ama. En forma misericordiosa, Él te está advirtiendo, tratando de despertarte antes que te autodestruyas. Así que corre a Él, y ora con toda diligencia. Es ahí donde comienza la sanidad-¡llamando Su Nombre con urgencia!

David Sabía que No Podía Permanecer en la
Profundidad de la Desesperación Por Mucho Tiempo,
O Sería Destruido

David sabía que necesitaba una palabra que cambiaría su vida, o toda esperanza sería perdida. Así que clamó, “JAH, si mirares a los pecados, ¿Quién, oh Señor, podrá mantenerse?” (Sal. 130:3).

Si yo interpretara las palabras de David en el idioma moderno, sonarían así: “Oh, Señor-yo te veía como el gran investigador privado en el cielo-trazando todos mis movimientos del día, tomando nota de todos mis fracasos, grabando mis llamadas telefónicas, escuchando cada uno de mis pensamientos, grabando en video cada uno mis pasos, desarrollando un caso diariamente contra mí. Y has acumulado suficiente prueba para condenarme para siempre.

“Señor, con toda la evidencia que has acumulado, ¿qué oportunidad tengo? ¿Cómo podré mantenerme, cuando mis propias palabras malignas y hechos secretos testifican contra mí? ¿Qué otra cosa puedo hacer sino esperar ser juzgado y condenado?

“Todos los días despiertos temiendo tu horrible ira contra mi pecado ¿Quién puede mantenerse ante un Dios santo que castiga la iniquidad? Ni siquiera el alma más santa, humilde y confiada puede escapar tu juicio. Y si ellos no dan la medida con tu ley, ¿qué oportunidad tengo yo? ¡He pecado más que todos ellos!

“Yo sé que mi pecado no te agrada, Señor. Y sé que no permitirás que continúe. Pero si no veo aunque sea una señal de tu misericordia, pronto, seré destruido. Mi alma está desecha, sin esperanzas. ¡No puedo seguir!”

Muchos cristianos luchan como David. Cuando el temor santo y justo de Dios es implantado en su alma, Su terrible majestad acampa sobre ellos. Ríos de Su ley señalan directamente a su corazón, y comienzan a languidecer en agonía. Como David, claman, “Señor, ¿quién puede estar delante de ti? ¿Quién puede soportar tu santidad?”

Nuestro recibe cartas regularmente de cristianos sinceros que luchan contra la homosexualidad. El tono de sus escritos suena como la agonía de David. Muchas de estas personas preciosas han crecido en la iglesia, y aman a Jesús con todo su corazón. Pero no pueden liberarse de su lujuria homosexual. Terminan en la desesperación, destrozados bajo la culpabilidad y la condenación. Un desesperado joven escribió, “Pastor David, si no encuentro una liberación rápida de esta atadura, no tengo otra opción. Me voy a quitar la vida.”

Trágicamente, una gran multitud de homosexuales, lesbianas, alcohólicos, y drogadictos se han quitado la vida porque han caído tan hondo en la profundidad. No podían escapar saber que le estaban fallando a Dios continuamente. Y constantemente pensaban, “Debo tener el poder para vencer esto, pero no lo tengo. ¿Cómo podré librarme?”

Jonás hizo la misma pregunta. El estaba literalmente en el fondo, en el piso del océano, sin poder escapar su dilema. El también clamó, “Echásteme en el profundo, en medio de los mares, Y rodeóme la corriente; Todas tus ondas y tus olas pasaron sobre mí. Descendí a las raíces de los montes…” (Jonás 2:3-6).

Según Jonás, ¿quién lo lanzó a la oscura profundidad? ¡El Señor! Ciertamente, fue Dios quien llevó al profeta al mismo fondo y preparó un gran pez para que se lo tragara. Cuando Jonás llamó sus problemas “tus ondas y tus olas,” él se estaba refiriendo al Señor.

Sin embargo, Dios no estaba enojado con Jonás, solamente contando sus pecados. Entonces, ¿por qué permitió que esto le sucediera a él? ¿Por qué lo envió a lo profundo? ¡El quería detener a su siervo de huir de Su voluntad! El quería que Jonás siguiera su plan, para que fuera bendecido. En resumen, ¡Dios llevó a Jonás a las profundidades para restaurarlo!

Jonás 2:2 nos dice exactamente lo que Dios buscaba: “Clamé de mi tribulación a Jehová, Y él me oyó; del vientre del sepulcro clamé, Y mi voz oíste.” El Señor estaba esperando que Jonás se volviera a Él-¡que clamara sólo a Él! “Y yo dije: Echado soy de delante de tus ojos: Mas aun veré tu santo templo.” (verso 4). “Cuando mi alma desfallecía en mí, acordéme de Jehová…” (verso 7).

En la actualidad, el Señor hace lo mismo con nosotros: Él nos liberta al permitirnos descender a la profundidad. Él permite que nos hundamos en la desesperación acerca de nuestro pecado hasta que no tenemos otra alternativa que recurrir a Él. Y finalmente, desde el vientre de nuestro infierno clamamos, “¡Oh Señor, por favor escuchamos! He llegado al fondo, sin esperanzas. ¡Tienes que liberarme!”

Quizás has llegado al fondo de tu pecado. No puedes obtener la victoria sobre esa lujuria o amargura que te asedia. Y ahora el Señor ha permitido que desciendas a las profundidades. Sin embargo, todo es con un propósito. El espera que, como Jonás, tu “mires hacia Él.”

Tenlo por seguro, que cuando Jonás clamó al Señor, Dios lo libró rápidamente: “Y mandó Jehová al pez, y vomitó a Jonás en tierra.” (verso 10). Dios le dijo al pez, “Basta ya-ahora vomítalo. ¡Mi siervo me ha llamado, y le voy a contestar!”

Tu padre celestial no quiere que permanezcas en el fondo, desmayando bajo la pesada carga de la culpa y condenación. Su deseo es que aprendas tu lección allí-¡y que dependas de Él!

Demasiados Cristianos Permanecen en
la Profundidad, en Desaliento Total.

Para muchos creyentes, hundirse hasta el fondo significa el final. Se abruman tanto por sus fracasos que desarrollan un sentido de que no son dignos. Y con el tiempo se sienten atrapados sin esperanzas de ayuda alguna. Isaías escribió acerca de tales creyentes, “Pobrecita, fatigada con tempestad, sin consuelo…” (Isaías 54:11).

A veces algunos se enojan con Dios. Se cansan de esperar a que Él se mueva. Así que claman en forma acusante, “Señor, ¿dónde estabas cuando te necesitaba? Clamé a ti para que me libraras, pero nunca contestaste. Hice todo lo que puedo hacer, mas no he sido liberado. ¡Estoy cansado de arrepentirme y de llorar, sin ver el cambio!” Muchos creyentes sencillamente dejan de luchar y se entregan a su lujuria.

Otros caen en neblinas de apatía espiritual. Están convencidos que Dios no se interesa por ellos. Se dicen a si mismos, “…Mi camino es escondido de Jehová, y de mi Dios pasó mi juicio…” (40:27). “…Déjome Jehová, y el Señor se olvidó de mí.” (49:14).

Aún otros terminan poniendo toda su atención en su pecado, tratando de mantenerse en un estado de constante convicción. Sin embargo, esto sólo hace que estén desconcertados, clamando, “…Nuestras rebeliones y nuestros pecados están sobre nosotros, y a causa de ellos somos consumidos: ¿cómo pues viviremos?” (Ezequiel 33:10) El hecho es que sentir convicción no es un fin en si mismo. Cuando somos humillados por la culpabilidad y la tristeza acerca de nuestro pecado, no estamos supuestos a quedarnos con esos sentimientos. Están supuesto a llevarnos al final de nosotros mismos-¡y a la victoria en la !

¡David Fue Sacado de la Profundidad al
Recordar la Naturaleza Perdonadora de Dios!

Después de tanto llorar y clamar al Señor, David terminó testificando, “Empero hay perdón cerca de ti, Para que seas temido.” (Salmo 130:4). El Espíritu Santo comenzó a inundar su alma con recuerdos de la misericordia de Dios. Y repentinamente, David recordó todo lo que había aprendido acerca de la naturaleza perdonara del Padre. “…Tú empero, eres Dios de perdones, clemente y piadoso, tardo para la ira, y de mucha misericordia,…” (Neh. 9:17).

David comenzó a regocijarse, recordándose a si mismo, “Porque tú, Señor, eres bueno y perdonador, Y grande en misericordia para con todos los que te invocan.” (Salmo 86:5). “El es quien perdona todas tus iniquidades,…” (103:3).

Esta es una de las promesas fundamentales del Nuevo Pacto. Jeremías declara, “…porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado.” (31:34). Y Pablo añade en el Nuevo Testamento: “…perdonándoos todos los pecados,” (Colosenses 2:13). ¡Dios nos ha prometido perdón para cada pecado!

Sin embargo, esta promesa de perdón está limitada a ciertas personas. ¡Solamente se aplica aquellos que han sido aplastados y están enfermos por sus pecados…quienes han llegado a la profundidad de culpabilidad…quienes han soportado el examen del alma por el Espíritu Santo…quienes se han arrepentido y se han vuelto a Cristo en fe!

Jesús mismo dice que no todo el que dice, “Señor, Señor,” entrará al reino de Dios. Tristemente, multitudes de cristianos no sienten molestia alguna por su pecado. Sus malos hábitos no le molestan en lo más mínimo. Se han convencidos a si mismos que Dios es tan misericordioso y tan lleno de gracia, que les perdonará aunque continúen tercamente en pecado.

No – ¡nunca! ¡Se han apropiado de una paz falsa! Han ahogado las convicciones, búsquedas y tratos del Espíritu Santo. ¡Han buscado perdón antes que la culpabilidad madure y se convierta en tristeza piadosa!

Al mismo tiempo, el perdón de Dios se puede obtener tan sólo a través de la fe. No podemos razonarlo. El don de la sangre expiatoria de Cristo es tan profundo, tan lleno de gracia, tan misterioso, que está más allá de la capacidad del entendimiento humano. Podemos ver la ley claramente aplicada a nuestro pecado. Podemos sentir condenación, temor y culpa por nuestras deudas. Pero nuestro Padre celestial está amorosamente a nuestro lado todo el tiempo, listo para perdonar. La sangre de Cristo, el amor del Padre, el deseo de perdonar del Señor-todas estas bendiciones son conocidas sólo por fe: “…Que el justo por la fe vivirá.” (Gálatas 3:11).

Quizás piensas – ¿cuántas veces te perdonará el Señor por cometer el mismo pecado una y otra vez? Esta seguro, que Su increíble perdón es ilimitado. Cada vez que pecas, puedes ir a Jesús y encontrar liberación. Sin embargo el perdón del Señor no es ciego. Puedes estar seguro que nuestro Padre celestial nos perdona-pero hasta cierto punto, Él nos castiga para que no sigamos en ese pecado.

Cuando mis cuatro hijos estaban creciendo, tuve que castigarlos por portarse mal. Los llamaba a mi habitación para pegarles-y cuando veían la correa en mis manos, comenzaban a llorar. Gritaban, “¡No, papi! Lo siento. ¡Por favor, perdóname!”

Yo los perdonaba. Pero eso no quitaba que les aplicara la correa. Yo sabía que si no les pegaba, iba a perder significado para ellos-se convertiría en un chiste en vez de una fuente de disciplina. De igual manera, la ley de Dios existe para recordarnos sus normas santas. Es una lumbrera de Su santidad, recordándonos de Sus caminos – ¡y que Él hace lo que dice!

Déjame dejarte con una palabra de esperanza. Si estás en las profundidades ahora mismo por tu pecado-si estás llorando porque la vara del Señor esta en tus espaldas-anímate. El te está castigando por Su tierno amor. ¡El te está hundiendo porque El quiere que conozcas Su temor!

Exactamente, ¿qué significa temer al Señor? Significa poder decir, “Sé que mi Padre me ama. Estoy seguro, le pertenezco, y sé que El nunca me abandonará. El siente mi dolor cada vez que lucho. Y El es paciente conmigo mientras lucho contra el pecado. El siempre está listo para perdonarme cada vez que le llamo. Pero también sé que El nunca va a permitir que continúe desobedeciendo Su palabra. Mi Padre celestial no me librará de la corrección-¡porque Él me ama profundamente!”

Ese es el punto final de todo. Dios quiere que aceptemos Su perdón para que le temamos. “Empero hay perdón cerca de ti, Para que seas temido.” (Salmo 130:4). Una vez que temamos al Señor, querremos más que obedecerle. Querremos agradarle, poner una sonrisa en Su rostro. ¡Ese es el resultado bendito del temor santo de Dios!

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