¿Como incrementar nuestra comunión con Dios? II

¿Cómo pasar el día con Dios?
«En ti he esperado todo el día »
(Salmo 25:5)

¿Quién de nosotros puede decir esto? ¿Quién vive esta vida de comunión con Dios, que es nues­tra ocupación principal y la mayor parte de nues­tra bienaventuranza? ¡Cuan cortos nos quedamos del espíritu del santo David, aunque tenemos mu­cha más ayuda en nuestro conocimiento de Dios del que tenían los santos de entonces, a causa de la presente meditación de Cristo! Con todo, los cristianos débiles que son sinceros no tienen por qué desanimarse, sino que recuerden que el mismo David no siempre estaba en la misma dispo­sición para poder decir esto; tenía sus flaquezas. Era, a pesar de ellas, un hombre conforme al co­razón de Dios. Nosotros tenemos nuestras flaque­zas, aunque si son lamentadas sinceramente, si nos esforzamos contra ellas y si nos inclinamos de modo habitual hacia a Dios y el cielo, seremos aceptados por medio de Cristo, porque no esta­mos bajo la ley, sino bajo la gracia.

Sin embargo, la profesión que hace David en el texto nos muestra cuál debería ser nuestra actitud: el esperar en Dios todo el día. Esto implica dos cosas: una expectativa paciente y una espera constante.

El texto habla de esperar en Él para obtener misericordia, y, además, todo el día debe ser to­mado de modo figurado, pues es el tiempo en que queremos y deseamos misericordia que es diferi­do. David en la primera parte del versículo pide ser encaminado en la verdad de Dios y enseñado; estaba perdido, y deseaba conocer lo que Dios quería que hiciera, y estaba preparado a hacerlo, pero Dios le mantenía en suspense; no era claro, todavía, lo que Dios quería, el curso que debía se­guir, y lo que debía hacer; ¿podría seguir adelan­te sin la dirección divina? No: En ti he esperado todo el día. Así empezó Abraham que velaba so­bre el sacrificio desde la mañana hasta el atarde­cer, antes de que Dios le diera la respuesta a sus preguntas respecto a su simiente (Génesis 15:5, 12), y Habacuc, que estaba en la torre del vigía para ver qué respuesta le daba Dios cuando él le consultó. Aunque esta respuesta no venga al mo­mento, al fin llegará y no faltará.

David, en las palabras que preceden al texto, ha llamado a Dios, el Dios de su salvación, el Dios en quien dependía para su salvación, temporal y eterna, del cual esperaba liberación de sus pre­sentes angustias, de las tribulaciones de su cora­zón, que habían aumentado (ver versículo 17), de las manos de aquellos enemigos que estaban a punto de triunfar sobre él (versículo 2), y de los que le odiaban con odio violento (versículo 19). Esperando que Dios será tu Salvador, resuelve es­perar en Él todo el día, como un hijo genuino de Jacob, el cual al morir dijo que había esperado del Señor su salvación. (Génesis 49:18.) A veces

Dios manda sus bendiciones a los suyos antes de que ellos se las pidan. «Dios la ayudará, la ciudad de Dios, al clarear la mañana.» (Salmo 46:5.) Pero en otras ocasiones parece que está distante, que demora su liberación y los hace esperar, sí, los tiene en suspense; la luz no es ni brillante ni au­sente, es de día, pero está nublado y oscuro, y no es hasta el atardecer que viene la luz y el consuelo que habíamos estado esperando todo el día; es más, quizá no llega hasta la noche y es a media­noche que se oye el grito: He aquí el que viene. La liberación a la iglesia de sus tribulacio­nes, su triunfo en la lucha, el descanso y rescate de la opresión de los malos, y el cumplimiento de todo lo que Dios le ha prometido es lo que hemos de continuar esperando humildemente de Dios, sin desconfianza ni impaciencia; y hemos de se­guir esperando todo el día.

Aunque sea un día largo; aunque hayamos de estar esperando mucho tiempo, mucho más de lo que pensábamos. Aunque hayamos esperado mu­cho, todavía hemos de esperar más, y como el siervo del profeta, tenemos que ir siete veces (1.a Reyes 18:43) antes de percibir el menor signo de que la misericordia se acerca. Esperábamos que la liberación de Israel tenía que venir de esto o de aquello, pero hemos quedado decepcionados; la siega pasó, el verano acabó, y nosotros no hemos sido salvos (Jeremías 8:20). Se prolonga el tiem­po, las oportunidades se deslizan, la época de la siega termina, cuando nosotros pensábamos que podíamos cosechar el fruto de nuestras oraciones y esfuerzos, y la paciencia se está agotando y es­tamos tan lejos de la salvación como antes; el tiempo en que el arca se queda en Quiryat-jearim es largo, mucho más largo de lo que habíamos esperado cuando fue llevada allí; fue veinte años, de modo que toda la casa de Israel se lamentaba en pos de Jehová, y empezaron a temer que tendrían que permanecer en aquella oscuridad. (1.a Samuel 7:2.)

Pero aunque fue un período muy largo, es sólo como un día, y su fin es sólo conocido por el Se­ñor (Zacarías 14:7). Parece largo mientras esta­mos esperando, pero el final feliz nos permitirá reflexionar sobre el hecho de que es corto, sólo un momento. No es más largo de lo que Dios ha de­cidido, y podemos estar seguros de que su tiempo es el mejor, y de que vale la pena que esperemos sus favores. El tiempo es largo, pero no es nada comparado con los días de la eternidad, cuando aquellos que tuvieron paciencia serán recompen­sados por ello con la salvación eterna.

Aunque sea un día oscuro, esperemos en Dios todo el día. Aunque mientras esperamos lo que Dios hará estemos a oscuras sobre lo que Él hace y lo que es mejor para nosotros, estemos conten­tos esperando en la oscuridad. Aunque no veamos ninguna señal, aunque no haya nadie que nos diga cuánto durará, sigamos esperando el tiempo que sea, pues, aunque no sepamos lo que Dios hace ahora, lo sabremos después, cuando se haya desvelado el misterio de Dios.

No hubo nunca un hombre más desconcertado que Job en sus tratos con Dios. «Me dirijo al Oriente y no lo hallo; y al Occidente, y no lo per­cibo; si muestra su poder al Norte yo no lo veo; al Sur me vuelvo y no lo encuentro.» (Job 23:8.) Con todo, espera confiado en que «Él conoce mi cami­no; me examinará y saldré como el oro» (versícu­lo 10), o sea aprobado y mejorado. Dios está espe­rando como el refinador, y cuando el oro no necesite ser más refinado no volverá a ser metido en el horno. «En el mar te abriste camino, y tus sendas en las muchas aguas, y tus pisadas no dejaron rastro», con todo, estamos seguros de que su ca­mino es en el santuario, de modo que podemos confiar en Él. (Ver Salmo 77, versículo 13 y 19.) Y aun cuando las nubes y la oscuridad le rodean, con todo, la justicia y el juicio son la habitación de su trono.

Aunque el día sea tempestuoso, tenemos que esperar en Dios todo el día. Aunque estamos in­móviles, sin poder avanzar, y el viento nos es con­trario y nos empuja hacia atrás, y nos rodea la tempestad, y estamos a punto de hundirnos, no hemos de perder la esperanza; hemos de esperar y capear la tormenta con paciencia. Nos consuela saber que Cristo está en la barca, que la causa de la Iglesia es la causa de Cristo, pues Él la ha he­cho suya; Él se halla junto a su pueblo, y por tan­to, no hemos de temer; no cabe duda de que la barca llegará al puerto; aunque el presente Cristo parezca dormir, las oraciones de sus discípulos le despertarán y El increpará los vientos y las olas. Y esto no es todo, Cristo no sólo está en la barca, sino que está al timón; sea lo que sea lo que ame­nace a la Iglesia, el Señor Jesús lo permite o lo hace, y Él hará que redunde para su bien. Esta idea está expresada por las palabras de George Herbert:

Nunca desanimados, puesto que Dios escucha. Cuando el viento y las olas abofetean mi quilla Él preserva la barca, puesto que se halla dentro. Aunque ahora parezca que está zozobrando, no hay tormenta furiosa que no sea amansada cuando Jesús la increpa. Y Él no duerme, que vela.

Son unas palabras apropiadas para el día de hoy. Lo que Dios hará de nosotros no lo podemos de­cir, pero de una cosa estamos seguros, Él es un Dios de juicios, infinitamente sabio y justo, y por tanto, benditos son aquellos que esperan en El. (Isaías 30:18.) Él hará su obra a su tiempo y a su manera, y aunque nos veamos empujados otra vez al desierto, cuando pensábamos que ya está­bamos en la frontera de Canaán, sufrimos justa­mente por nuestra falta de fe y nuestras murmu­raciones, pero Dios obra sabiamente, y veremos que es fiel a su promesa; el momento en que juzga a su pueblo y cambia el curso de las cosas es cuando ve que la fuerza de ellos está agotada. Esto se vio antaño en el monte del Señor, y se verá otra vez. Y por tanto hemos de continuar en una actitud de espera. Resiste con fe y paciencia porque es bueno que el hombre tenga esperanza y espere tranquilo la salvación del Señor.

El texto nos habla también de un esperar constante en él en el sentido de un deber. Y así comprendemos el «día» de modo literal; David te­nía la costumbre de esperar en Dios todo el día. «Murlb» significa cada día y todo el día; lo mis­mo ocurre en la orden de Proverbios 23:17: «No tenga tu corazón envidia de los pecadores, sino permanece en el temor de Jehová todo el día.»

No basta con que empecemos cada día con Dios, sino que en Él hemos de esperar cada día y todo el día.

Para empezar con esto vamos a mostrar en primer lo que es esperar en Dios, y en se­gundo que hemos de hacerlo cada día y todo el día.

En cuanto a lo primero, inquiramos lo que es esperar en Dios. Ya habéis oído que es nuestro deber por la mañana hablarle en oración solemne. Pero ¿basta con esto para el resto del día? No, he­mos de seguir esperando en Él, como con alguien con quien tenemos estrechos vínculos de paren­tescos y tenemos una fuerte obligación. El esperar en Dios es vivir una vida de deseo hacia Él, de de­leite en Él, y devoción a Él.

Es vivir una vida de deseo hacia Dios; esperar en Él, como el mendigo espera en su benefactor con intenso deseo de recibir provisiones de él; como un paralítico en el estanque de Bestesda es­peraba que las aguas fueran removidas para ser curado. Cuando el profeta hubo dicho: «Én el ca­mino de tus juicios, ¡oh, Jehová!, te hemos espera­do; tu nombre y tu memoria son el deseo de nues­tra alma.» Sigue a continuación explicando: «Con mi alma te he deseado en la noche, y con todo el aliento de mi pecho madrugo a buscarte.» (Isaías 26:8, 9.) Nuestro deseo tiene que ser no sólo hacia las buenas cosas que Dios nos da, sino hacia Dios mismo, su favor y amor, la manifestación de su nombre a nosotros, y las influencias de su gracia sobre nosotros. Entonces esperamos/ en Dios, cuando nuestras almas suspiran por Él, y su fa­vor, cuando estamos sedientos de Dios, del Dios vivo; ¡oh, quién pudiera contemplar la hermosura del Señor! ¡Oh, quién me diera a probar su bon­dad! ¡Oh, quién pudiera llevar su imagen y ser moldeado conforme a su voluntad enteramente! Porque no hay nada en el cielo o en la tierra que desee en comparación con Él. ¡Oh, quién pudiera conocerle más, amarle más, ser llevado cerca de Él y ser hecho más apto para Él! Así, sobre las alas del santo deseo, nuestras almas deberían ele­varse hacia Dios, siempre más arriba, siempre ha­cia el cielo.

No sólo hemos de orar solemnemente por la mañana, sino que el deseo que es la vida y alma de la oración, como el fuego sobre el altar, tiene que ser mantenido siempre ardiendo, presto para los sacrificios que han de ser ofrecidos sobre él. La tendencia e inclinación del alma en todos sus movimientos es hacia Dios el servirle en todo lo que hacemos y gozar de Él en todo lo que tene­mos. Y esto se refiere de un modo especial a las órdenes que se nos dan para que oremos siempre, que oremos sin cesar, que continuemos orando. Incluso cuando no nos estamos dirigiendo real­mente a Dios hemos de tener la inclinación acos­tumbrada hacia Él, como un hombre en salud, que aunque no esté constantemente comiendo, tiene una disposición, sin embargo, hacia la nutri­ción y los deleites del cuerpo. Así que debemos es­tar siempre esperando en Dios como nuestro sumo bien, y movernos en dirección a Él.

Es vivir una vida de deleite en Dios, como el amante espera a la amada. El deseo es el amor en movimiento, como un pájaro sobre el ala; el delei­te es el amor en reposo, como un pájaro en el nido. Aunque nuestro deseo tiene que seguir sien­do hacia Dios, como tenemos que estar deseando más de Dios, nuestros deleites también tienen que ser en Dios, hasta el punto que no tenemos que te­ner ningún otro deseo sino a Dios.

Al creer que es un Dios suficiente totalmente, hemos de estar enteramente satisfechos en Él; nos basta con tenerle a Él. ¿Queremos amar a Dios? Es un placer para nosotros pensar que haya un Dios así; que Él es tal como se nos ha revelado, que Él es nuestro Dios por habernos creado y que puede disponer de nosotros según le plazca, nues­tro Dios por el pacto, para disponer de nosotros según nuestro bien; esto es esperar en nuestro Dios, esperar en Él con placer.

De una forma u otra el alma tiene aquello de que se precia, algo en lo cual reposa; y ¿qué es? ¿Dios o el mundo? ¿En qué ponemos nuestro or­gullo? ¿De qué nos jactamos? Es lo natural en las personas del mundo que se jacten de la multitud de sus riquezas (Salmo 49:6), y de su poder, y del poder de sus manos, que consideran les han con­seguido estas riquezas. Las personas piadosas, por su parte, se caracterizan en que se enorgulle­cen de Dios todo el día. (Salmo 44:8.) «En Dios nos gloriábamos todo el día.» Esto es esperar en Dios; tener la vista siempre sobre Él con una se­creta complacencia, como los hombres la tienen en aquello que es su gloria, en que pueden glo­riarse.

¿En qué es que nos complacemos, que abraza­mos con la mayor satisfacción, sobre lo que recli­namos nuestra cabeza y de cuya posesión nos fe­licitamos, como si lo tuviéramos todo? El rico mundano, con sus graneros llenos de trigo dijo a su alma: Huélgate, come, bebe y alégrate. El hombre piadoso no puede decir palabras así hasta que tiene su corazón lleno de Dios, de Cristo y de su gracia; y entonces dice: vuelve a tu reposo, oh, alma, descansa. El alma que ha recibido la gracia reposa en Dios, que es su hogar, y en Él se com­place perpetuamente, y aunque hay muchas cosas en el mundo que la desazonan, halla bastante en el Señor para compensarlo.

Es vivir una vida de dependencia en Dios, como el niño depende de su padre, en quien tiene confianza, y sobre quien echa todos sus cuidados. El esperar en Dios es esperar todo el bien que nos llega de Él, como quien obra todo bien en nosotros y por nosotros, el que nos da toda buena dá­diva y el que nos protege de todo mal. Así lo dice David en el Salmo 62:5. Mi alma espera sólo en Dios, y sigue haciéndolo porque mis expectativas son de Él; no miro a otro para el bien que nece­sito porque sé que las criaturas, lo creado, son para mí sólo aquello que Él quiere que sean y nada más, y es Él quien controla todo juicio de los hombres. ¿Levantaremos nuestros ojos a los montes? ¿Viene de allí nuestro socorro? ¿No va más allá de las cumbres de las colinas el rocío que suaviza el valle? ¿Iremos más allá, y levanta­remos nuestros ojos a los cielos, a las nubes? ¿Pueden darnos lluvia? No, si Dios no escucha a los cielos, los cielos no escuchan a la tierra; he­mos, pues, de mirar más allá de los montes, más arriba de los cielos, porque nuestro socorro viene del Señor. Esto lo reconoció un rey que era un modelo de reyes. Si el Señor no te ayuda, ¿cómo podré ayudarte desde el granero o desde el lagar? Y nuestras expectativas de Dios en tanto que son guiadas por la palabra que Él ha pronunciado y basadas en ella, tendrían que ser en humilde confianza y con plena seguridad de fe. Tenemos que saber y estar seguros de que ninguna palabra de Dios quedará colgando, que las expectativas de los pobres no perecerán. Las personas del mundo dicen al oro: tú eres mi esperanza; y al oro fino: tú eres mi confianza; y la riqueza es la fortaleza del rico, pero Dios es el único refugio y porción del hombre piadoso en la tierra de los vivientes; y es sólo a Él que dice con confianza: «Tú eres mi esperanza, Tú eres mi confianza.» Los ojos de todas las criaturas esperan en Él porque es bueno para todos, pero los ojos de sus santos lo hacen de modo especial porque Él es también, de un modo peculiar, bueno para Israel, bueno para ellos. Co­nocen su nombre y por ello confían en Él y triun­fan en Él, como los que saben que no serán aver­gonzados de su esperanza.

Es vivir una vida de devoción a Dios, como el siervo sirve a su amo dispuesto a observar su volun­tad y hacer su trabajo, y en todo tiene en cuenta su honor y sus intereses. El esperar en Dios es estar atento de modo completo y sin reservas en su santa y sabia dirección, sus disposiciones, y estar alegre­mente conforme en ellas y cumplirlas. El siervo que sirve a su amo no escoge la manera en que lo hace, sino que sigue a su amo paso a paso; de esta forma tenemos que servir a Dios, como los que no tienen voluntad suya propia, sino sólo la de Él, y se esfuer­zan para amoldarse a ella. El carácter de los redi­midos del Señor es que siguen al Cordero donde­quiera que va, con una fe y obediencia implícitas. Así como los ojos del siervo miran la mano de su amo, nuestros ojos deben mirar al Señor para hacer lo que nos manda. «Padre, hágase tu voluntad; Se­ñor, sea hecha tu voluntad.»

El siervo sirve a su maestro no sólo para pres­tarle servicio, sino para hacerle honor; y así he­mos de servir a Dios para que podamos ser moti­vo de alabanza a Él. Su gloria debe ser nuestro objetivo último, al cual hemos de dedicar todo lo que somos, tenemos y hacemos; hemos de llevar su marca, esperar en sus atrios, y seguir sus mo­vimientos, como sus siervos, con miras a que Él sea glorificado en todas las cosas.

El esperar en Dios es hacer de su voluntad nuestra regla.

El hacer de su voluntad expresada en el precepto la regla de nuestra conducta y hacer todo deber nuestro pensando en ella. Hemos de esperar en Él para recibir sus órdenes, decididos a cumplirlas por más que a veces contradigan nuestras inclina­ciones corruptas o nuestros intereses seculares. Hemos de esperar en Él, como los santos ángeles que contemplan siempre la faz de su Padre, como todos los que están a su disposición, preparados a ejecutar la menor sugerencia de su voluntad. Así pues, hemos de hacer la voluntad de Dios, como la hacen los ángeles en el cielo, ministros suyos de su agrado, siempre alrededor del trono para ha­cerla, nunca apartados de él.

David ruega aquí que Dios quiera mostrarle su camino, y guiarle, y enseñarle, y guardarle, y en­viarle a su deber; y así el texto viene como un rue­go a poner en vigor la petición, «porque en Ti es­pero todo el día», listo para recibir la ley de tu boca, y en todo observar tus órdenes. Y luego im­plica esto; que sólo pueden esperar ser enseñados de Dios aquellos que están dispuestos y prepara­dos a hacerla como se les dice. Si alguno quiere hacer su voluntad, si está resuelto en la fuerza de su gracia a ejecutarla, conocerá cuál es esta vo­luntad. David ruega: «Señor, dame entendimien­to», y luego se dice a sí mismo: «Guardaré tu ley, sí, la observaré» como el siervo espera en su se­ñor. Los que van a la casa de Jehová con la expec­tativa de que Él les enseñará sus caminos deben hacerlo con la humilde resolución de que camina­rán por sus sendas. (Isaías 2:3.) Señor, que la co­lumna de nube y de fuego vaya delante de mí, porque estoy totalmente decidido a seguirla, y así a esperar en mi Dios todo el día.

El hacer de la voluntad de su providencia la re­gla de nuestra paciencia y soportar toda aflicción con miras a hacerla. Sabemos que es Dios quien ejecuta todas las cosas por nosotros, y Él lleva a cabo lo que nos es asignado; estamos seguros de que todo lo que hace Dios está bien, y redundará para bien de aquellos que le aman; con miras a esto tendríamos que estar de acuerdo y ajustamos a toda la voluntad de Dios. El esperar en el Señor es decir: Es el Señor, que Él haga conmigo como bien le pareciere, puesto que no hay nada que le parezca bueno a Él que no lo sea realmente. Y así lo veremos cuando podamos contemplar esta obra bajo plena luz, es decir: No como yo quiero, sino como Tú quieres. ¿Por qué tendría que ser se­gún mi opinión? Con ello llevamos nuestra mente a una condición en que podemos conservar la cal­ma y tranquilidad por más que ocurran cosas que nos las harían perder.

Y por ello hemos de sobrellevar la aflicción, sea lo que sea, porque es la voluntad de Dios; es lo que Él ha destinado o permitido, Aquel que obra según el consejo de su propia voluntad. Esto es la paciencia cristiana: quedé mudo y no abrí mi boca, no porque no hubiera servido de nada el quejarme, sino porque Tú lo hiciste y por tanto yo no tenía razón de hacerlo. Y esto nos reconciliará con toda aflicción, sea la que sea, pues siempre está dentro de la voluntad de Dios, y en conse­cuencia, no sólo debemos permanecer en silencio porque se trata de la soberanía de su voluntad, ¡ay de aquel que se enfrenta con su hacedor!, sino que debemos estar satisfechos debido a la sabidu­ría y bondad de ello. Cualquiera que sea la dispo­sición de la providencia de Dios sobre aquellos que esperan en Él, hemos de estar seguros de que así como no quiere su daño, tampoco los perjudi­ca; es más, deben decir, como el salmista, que incluso cuando era acosado todo el día y disciplina­do cada mañana, decía que Dios era bueno, y por tanto, como Job: «Aunque me matare, en Él espe­raré.»

Podríamos ampliar este deber de esperar en Dios citando otras expresiones de la Escritura que hablan de lo mismo, y que también hacen énfasis sobre el homenaje que debemos a Dios y la comu­nión que hemos de tener interés en conservar con Él. Verdaderamente nuestra comunión es con el Padre y con el Hijo .

«A Jehová he puesto delante de mí.» (Salmo 16:8.) Es esperar en Él como a alguien que está cerca de nosotros, alguien siempre a nuestra dies­tra, y que tiene su mirada sobre nosotros, donde­quiera que estemos y hagamos lo que hagamos; es más, como a uno en quien vivimos, nos movemos y somos, ante el cual somos responsables. Esto es impartido en nosotros como el gran principio de la obediencia del Evangelio: «anda delante de mí rectamente». En esto consiste la rectitud que es nuestra perfección evangélica; en andar en todo tiempo delante de Dios y en procurar ser aproba­dos por Él.

Es tener nuestros ojos siempre dirigidos al Se­ñor, como se nos dice aquí. (Salmo 25:15.) Aun­que no podemos verle, por razón de la distancia y la oscuridad, con todo, podemos mirar hacia Él, hacia el lugar en que reside su honor, como aque­llos que desean el conocimiento y voluntad suyas, y lo dirigen todo a su honor como el blanco al que apuntan, esforzándose en esto para que, presentes o ausentes, puedan ser aceptados por Él. El espe­rar en Él es seguirle con nuestros ojos en todas aquellas cosas que Él se complace en manifestar­nos, y admitir los descubrimientos de su ser y perfecciones.

Es reconocer a Dios en todos sus caminos (Pro­verbios 3:6), en todas las acciones de la vida, y en todos los asuntos de la vida hemos de andar de su mano y seguir en sus pasos. En todas nuestras empresas hemos de esperar en Él para conseguir su dirección y ser prosperados, y por fe y oración encomendarle nuestro camino, y hemos de llevarle con nosotros dondequiera que vayamos. Si tu pre­sencia no ha de ir con nosotros no nos muevas de aquí. En todas nuestras consolaciones hemos de ver su mano que nos las proporciona, y en todas nuestras cruces hemos de ver la misma mano po­niéndolas sobre nosotros para que podamos aprender a recibir lo bueno y lo malo, y bendecir la mano del Señor, tanto por lo que da como por lo que quita.

Es seguir al Señor plenamente como hizo Caleb. (Números 14:24.) Es poner por obra las pala­bras del Señor; respetar todos sus mandamientos y procurar poner por obra toda su voluntad. Don­dequiera que Dios nos guíe, yendo delante de no­sotros, hemos de seguirle como hijos queridos; he­mos de seguir al Cordero y tomarle por nuestro guía dondequiera que vaya.

Esto es esperar en Dios, y aquellos que lo ha­cen pueden esperarle alegremente porque apare­cerá sin falta a su debido tiempo para su gozo, y esta palabra de Salomón les será aplicable: «El que mira por los intereses de su Señor tendrá honra.» (Proverbios 27:18.) Porque Cristo ha di­cho: «Donde yo estoy, allí estará mi servidor.» En cuanto a lo segundo: Habiendo mostrado lo que es esperar en Dios, voy a continuación a mostrar que hemos de hacerlo cada día.

Hemos de esperar en nuestro Dios cada día. Ésta es una obra de cada día que debe ser hecha en su día porque el deber de cada día lo requiere. Los servidores en las cortes de los príncipes tie­nen sus semanas y meses de servicio asignados, y están obligados a servir sólo en ciertas ocasiones. Pero los siervos de Dios nunca están fuera de ser­vicio: todos los días de nuestro tiempo designado, el tiempo de nuestro trabajo y nuestra campaña aquí en la tierra, hemos de esperar (Job 14:14), y no esperar o desear ser dados de alta de servicio hasta que lleguemos al cielo, donde estaremos sir­viendo a Dios, como hacen los ángeles, más cerca y constantemente.

Hemos de esperar en Dios cada día. Tanto los domingos como los días de entre semana. El día del Señor fue instituido y designado con el propó­sito de acudir a los atrios de la casa de Dios para servirle y esperar en Él allí, para darle gloria, re­cibir órdenes y favores de Él. Sus ministros deben servir en su ministerio (Romanos 12:7), y el pue­blo debe esperar en Él también, diciendo como Cornelio de sí mismo y de sus amigos: Ahora es­tamos todos aquí, en la presencia de Dios, para oír todas las cosas que Dios nos ha mandado. (He­chos 10:33.) Es para el honor de Dios, para ayu­dar a llenar las asambleas de aquellos que espe­ran y sirven en el estrado de su trono, para au­mentar su número. Todo el tiempo del día del Se­ñor, excepto el que se emplea en obras de necesi­dad y de misericordia, debe ser empleado en espe­rar y servir a Dios. Los cristianos son sacerdotes espirituales, y como tales, su ocupación es servir en la casa de Dios las horas designadas.

Pero esto no es suficiente; hemos de esperar en Dios durante la semana porque cada día de la se­mana queremos sus misericordias y tenemos trabajo que hacer para Él. Nuestro esperar en Él en los deberes públicos religiosos el primer día de la se­mana, está planeado para establecernos y equi­parnos para la comunión con Él durante la sema­na que sigue, de modo que no respondemos a las intenciones del Día del Señor a menos que perdu­ren en nosotros las impresiones del mismo, y en­tren con nosotros en los negocios de la semana, y permanezcan siempre en la imaginación de los pensamientos de nuestro corazón. Así, de un do­mingo al otro, y de una nueva luna a la otra, he­mos de mantenernos en un marco de gracia y san­tidad. Tiene que ser así en el Espíritu del Día del Señor, para andar en el Espíritu toda la semana.

Tanto en los días de como en los de acti­vidad hemos de estar esperando en Dios. Algunos días de nuestra vida serán días de trabajo y de prisas cuando se nos exige diligencia en nuestra vocación, pero no hemos de pensar que esto haya de ser una excusa válida de nuestro constante es­perar en Dios. Aunque nuestras manos estén ocu­padas en sus tareas, nuestro corazón puede estar esperando en Dios por medio de una inclinación habitual hacia Él, a su providencia como nuestra guía, y a su gloria como nuestro fin en nuestros negocios del mundo, y por ello nosotros debemos permanecer con Él en ellos. «Por demás es que os levantéis de madrugada y que retraséis el descan­so, y que comáis pan de fatigas» (Salmo 127:2), la labor es en vano, es trabajo tirado al fuego.

Algunos días en la vida descansamos de nues­tros asuntos y tomamos un recreo. Muchos tenéis vuestro tiempo para , pero cuando po­néis aparte otros negocios, este esperar en Dios no puede ser puesto de lado. Cuando tú pones a prue­ba la alegría, como hizo Salomón, y dices que quieres gozar un poco del placer, con todo, la sa­biduría debe permanecer contigo (Eclesiastés 2:1, 3), que tus ojos se levanten a Dios, y procura que no pierdas la comunión con Él por causa de lo que tú llamas una conversación agradable con tus amigos. Tanto si es un día de la semana o un día de descanso, no hallaremos nada como el esperar en Dios para iluminar la tarea y endulzar el repo­so. De modo que tanto si tenemos mucho que ha­cer o poco, en el mundo, todavía tenemos que se­guir esperando en Dios para ser preservados de la tentación que acecha a los dos.

Tanto en los días de prosperidad como en los de adversidad tenemos que esperar en Dios. ¿Nos sonríe y nos festeja el mundo? A pesar de ello no nos olvidemos de Él para rendirle tributo y aten­ción. Por más que tengamos mucha riqueza de este mundo no podemos decir que no tenemos ne­cesidad de Dios ni ocasión para hacer uso de él, imitando en eso a David que se atrevió a decir, en su prosperidad, que nunca sería conmovido, pero pronto se dio cuenta de su error cuando Dios le escondió el rostro y entró en tribulaciones. (Sal­mo 30:6.) Cuando nuestros asuntos prosperan y Dios pone prosperidad en nuestras manos, hemos de esperar en Dios como nuestro dueño y confesar nuestras obligaciones a Él. Hemos de esperar en la bondad y gracia de Dios para usar lo que tene­mos en el mundo con miras a los fines para los que se nos ha confiado, sabiendo que tenemos que rendir cuentas y que esto será pronto. Y por más que tengamos buenas cosas de este mundo y que se nos haya provisto de ellas en abundancia para que disfrutemos, todavía tenemos que esperar en Dios para que nos dé cosas mejores, no sólo de las que el mundo da, sino de las que Él mismo da en este mundo. Señor, no me basta con esta porción.

Y cuando el mundo frunce el cejo sobre noso­tros y las cosas nos van al revés no tenemos por qué inquietarnos de su ceño, o asustarnos, y por ello apartarnos de esperar en Dios, sino más bien ser llevados a ello. Las aflicciones nos son envia­das con este objetivo para llevarnos al trono de la gracia, para enseñarnos a orar, y para hacer la palabra de la gracia de Dios más preciosa para nosotros. En el día de nuestra aflicción hemos de esperar en Dios para que nos dé el consuelo que será suficiente para compensar nuestra pena. Job, estando en lágrimas, caía sobre su rostro y adora­ba a Dios, tanto cuando le quitaba lo que tenía como cuando le añadía. En el día de nuestro te­rror debemos esperar en Dios para recibir el áni­mo suficiente para apaciguar el miedo. Josafat, en su angustia, esperó en Dios y no esperó en vano, pues su corazón fue corroborado al hacerlo; y lo mismo ocurrió a David, con frecuencia, que hizo la resolución que fue un ancla para su alma: «En tiempo de temor en ti confiaré.»

Tanto en los días de la como de la ancianidad tenemos que estar esperando en Dios. Los que son jóvenes deben empezar a hacerlo des­de muy temprano: el niño Samuel ministraba al Señor, y en la historia de la Escritura se pone un énfasis particular en el honor de hacerlo, y Cristo se complació sobremanera con los hosanas de los niños que le esperaban cuando cabalgaba en triunfo hacia Jerusalén. Cuando Salomón, en su , después de su acceso al trono, esperaba que Dios le diera sabiduría, se nos dice que agra­daba al Señor. «Me he acordado de ti, del cariño de tu , del amor de tus desposorios cuan­do andabas en pos de mí en el desierto, en una tierra no sembrada.» (Jeremías 2:2.) El esperar en Dios, el acordarse del Creador, y el momento oportuno para hacerlo son los días de la . (Eclesiastés 12:1.) Los que esperan en Dios bien son aquellos que han empezado a hacerlo desde muy pronto; los cortesanos más cumplidos son los que han sido criados en la corte.

¿Y podríamos eximir a los antiguos siervos de Jesús de esperar en Él? No, su dedicación es nece­saria todavía, y todavía serán aceptados; no serán echados por su Maestro en la hora de la vejez, y por tanto, no se quedarán sin recibir el mereci­miento de su servicio. Cuando a través de las fla­quezas y achaques de la edad no pueden ser obre­ros activos en la familia de Dios, todavía pueden ser siervos que esperan. Son, como Barzillay, ya incapaces de gozar de los placeres de la corte de los príncipes de la tierra, con todo, disfrutando de los placeres de la corte celestial como siempre. Los levitas, pasados los cincuenta, eran eximidos de los deberes gravosos de su ministración, pero seguían esperando y sirviendo a Dios, quietamen­te, para darle honor y para recibir su consuelo. Aquellos que han hecho la voluntad de Dios y su obra activa ha llegado a su final tienen necesidad de paciencia para que puedan esperar a heredar la promesa, y cuanto más cerca se hallan de la fe­licidad que esperan, más acendradamente deben esperar, aguardando estar pronto con Él eterna­mente.

Hemos de esperar en nuestro Dios todo el día, morir en Él como se nos dice. Cada día, de la ma­ñana a la noche, tenemos que continuar esperan­do en Dios cualesquiera que sean los cambios que haya en nuestra ocupación; ésta debe ser la cons­tante disposición de nuestra alma, el estar esperando en Dios y tener nuestros ojos siempre di­rigidos a Él; no debemos permitirnos el alejarnos de Dios, o que otras cosas tengan prelación res­pecto a Él; hemos de estar subordinados a su vo­luntad y subordinados a su gloria. Hemos de echar nuestros cuidados diarios sobre Él. Cada día trae consigo nuevos problemas. Más o menos, éstos están a nuestro lado cuando nos desperta­mos por la mañana, y no tenemos que apresurar­nos a buscar los problemas que tendremos maña­na, pues le basta al día su propio afán. Los que te­néis grandes problemas que atender en el mundo todo el día, aunque os los guardéis para vosotros mismos, con todo, están en vuestro regazo, y con vosotros se levantan, y os siguen, y los que hablan con vosotros apenas se dan cuenta de la carga que representan para vosotros. Algunos, por la debili­dad de sus espíritus, apenas pueden hacer decisio­nes sino con miedo y temblando.

Echad esta carga sobre el Señor creyendo que su providencia se extiende sobre todos vuestros asuntos, todos los sucesos que os afectan, y todas las circunstancias de los mismos, incluso las más pequeñas que parecen accidentales; que vuestra situación está en su mano y todos los caminos a su disposición; creed en su promesa de que todas las cosas redundarán para bien de aquellos que le aman, y presentadle a Él todas las cosas para que haga con vosotros y con los vuestros como parez­ca bien a sus ojos, y descansad satisfechos des­pués de hacerlo y decidid estar tranquilos. Llevad vuestros cuidados a Dios en oración por la maña­na, presentádselos a Él, y luego, que se vea duran­te el día, por lo compuesto y alegre de vuestro es­píritu, por vuestro ánimo y sosiego, que habéis hecho como Ana, cuando después de haber orado su rostro ya no aparecía triste. (1.a Samuel 1:18.) Encomienda tu camino al Señor y sométete a su disposición aunque contradiga tus expectativas, y guarda la seguridad que Dios te ha dado, que El cuidará de ti como un padre cuida a su hijo tierno.

Hemos de administrar nuestros negocios dia­rios para Él con miras a su providencia, ponién­donos en el lugar que nos corresponde según nues­tra vocación y empleo, y haciendo de su precepto nuestro deber con diligencia, con miras a tener su bendición, como algo necesario para hacerlo prós­pero y apropiado, y para su gloria como nuestro objetivo final. Esto santifica nuestras acciones co­munes ante Dios, las suaviza y nos las hace agra­dables. Si Gayo va con sus amigos, de los que se despide, un trecho del camino, no se trata nada más que de una muestra de cortesía, pero si lo hace de modo piadoso, en esto les rinde homena­je, porque pertenecen a Cristo y lo hace por amor a Él, para que haya una oportunidad de comuni­cación más provechosa con ellos, y entonces pasa a ser un acto de piedad cristiana (3.a Juan 6). Es una regla general por la cual debemos regirnos en los negocios de cada día. Todo lo que hagamos, sea de palabra o de hecho, hagámoslo en el nom­bre del Señor Jesús (Colosenses 3:17), y así, por medio de nuestro Mediador, esperamos en nues­tro Dios.

Esto se recomienda de modo especial a los siervos, aunque sus empleos sean humildes y es­tén bajo las órdenes de sus señores según la car­ne; con todo, tienen que hacer sus oficios humil­des como siervos de Cristo, como al Señor y no a los hombres; que lo hagan con sinceridad de cora­zón como a Cristo, y que sean aceptables a Él, de quien recibirá la recompensa de la herencia. (Efesios 6:5, 6, 7, 8; Colosenses 3:22, 24.) Que esperen en Dios todo el día, cuando están haciendo su tra­bajo cotidiano, haciéndolo con fidelidad y a con­ciencia, para que puedan adornar la doctrina de Dios, nuestro Salvador, pensando en su gloria, in­cluso en las cosas ordinarias: trabajan para ganar el pan, y lo ganan para poder vivir, para que pue­dan vivir no para ellos mismos y agradarse, sino para que puedan vivir para Dios y agradarle. Tra­bajan para poder llenar el tiempo, y ocupar un lu­gar en el mundo, y porque Dios, que nos ha crea­do y nos mantiene, nos ha asignado que trabajá­ramos con quietud y nos ocupáramos de nuestras obligaciones.

Hemos de recibir nuestra consolación y bie­nestar diario de Él; hemos de esperar en Él como nuestro benefactor, como los ojos de todas las criaturas esperan en Él para que les dé su comida en sazón, y lo que les da ellos lo recogen. En Él es­peramos para nuestro sustento diario, y a Él de­bemos pedírselo según se nos manda, aunque lo tengamos en nuestra casa, aunque esté encima de la mesa. Hemos de esperar en Él como un derecho del pacto para conseguir permiso para usarlo, para que sea bendecido, para que nos nutra, para que nos conforte. Es en la palabra y la oración que esperamos en Dios y guardamos comunión con El, y por medio de ellas, todo lo creado de Dios es santificado para nosotros (1.a Timoteo 4:4, 5), y sus características y propiedades son cambiadas; para el puro todo es puro; lo tienen por el pacto, no por la providencia común que hace que lo poco que tiene el justo sea mejor que las riquezas del malvado, y mucho más valioso y provechoso.

No hay incentivo más poderoso para hacernos procurar que lo que tengamos lo consigamos hon­radamente y lo usemos con sobriedad y demos a Dios el mérito de ello, que esta consideración; que todo lo que tenemos procede de la mano de Dios y nos es confiado como a un mayordomo, y por lo tanto, tenemos que dar cuenta de ello. Si tenemos este pensamiento como un hilo de oro, que enlaza todas las comodidades del día, que nos hace ver que son dones de Dios, cada bocado, cada sorbo, cada resuello, y que cada paso que damos, todo, se lo debemos a su misericordia, esto nos guarda­rá esperando continuamente en Él, como la caba­llería en el pesebre espera en su amo, y nos cau­sará un doble placer cuando disfrutemos de ello. Dios nos enviará sus misericordias renovadas, cada día, de la cantera de su compasión, nuevas cada mañana, y por tanto, no es una vez a la se­mana que esperamos en Él, como los que van al mercado a adquirir provisiones para la semana, sino que tenemos que esperar en Él cada día, para aquel día, como los que viven al día.

Hemos de resistir nuestras tentaciones cotidia­nas y hacer nuestros deberes diarios en la fuerza de su gracia. Cada día acarrea sus tentaciones; nuestro Maestro lo sabía cuando nos enseñó que tal como oramos para nuestro sustento diario, de­bemos también pedir que no seamos llevados a la tentación. No hay asunto del que nos ocupamos ni diversión de que participamos que no tenga en sí sus trampas y acechanzas; Satán nos acecha en ellas, y se esfuerza para arrastrarnos al pecado; ahora bien, el pecado es el gran mal del cual ten­dríamos que guardarnos constantemente, como hacía Nehemías (6:13). «Para hacerme temer así, y que pecase.» Y no tenemos manera de asegurar­nos contra ello sino esperando en Dios todo el día; no sólo debemos ponernos bajo la protección de su gracia por la mañana, sino que hemos de per­manecer bajo su cobijo, y debemos proseguir ade­lante sólo dependiendo en esta gracia que se nos ha dicho será suficiente para nosotros, para que no seamos tentados más allá de lo que podamos resistir. Nuestro esperar en Dios nos proporciona los mejores argumentos de que hacer uso para re­sistir las tentaciones con fuerza, según el día. Sed fuertes en el Señor y en la fuerza de su potencia, y entonces esperaremos en el Señor todo el día.

Tenemos el deber y la oportunidad de hablar buenas palabras y hacer buenas obras, y hemos de darnos cuenta y confesar que no nos bastamos por nosotros mismos para hacer nada bueno, ni aun de tener un buen pensamiento; por tanto, de­bemos esperar en el Señor para recibir la luz y el fuego, la sabiduría y el celo que nos son necesa­rios para cumplir con nuestro deber del día para que, por su gracia, podamos ser fortificados con­tra toda palabra y obra mala, y ser provistos de obras y palabras buenas. De la que hay en Jesucristo hemos de sacar constantemente, por fe, gracia sobre gracia, gracia para todos los ejer­cicios y actividades piadosas, gracia para tener ayuda en tiempo de necesidad. Hemos de esperar esta gracia, hemos de seguirla, cumplir con las operaciones de la misma y ser receptivos a la mis­ma como la cera al sello.

Hemos de llevar nuestras aflicciones diarias con sumisión a su voluntad. Tenemos que esperar tribulaciones en la carne, una cosa u otra que va a ocurrir que nos duela, algo en nuestras relacio­nes, sucesos referentes a la familia o amigos, o a la vocación, todos ello a causa de aflicción. Quizá tengamos cada día dolor corporal o enfermedad, o alguna o contrariedad en nuestros asuntos. En todo ello hemos de esperar en Dios. Cristo re­quiere de todos sus discípulos que lleven su cada día (Mateo 14:24). No nos hemos de cargar por nuestra propia decisión cruces sobre las es­paldas, pero hemos de aceptarlas cuando Dios las pone allí, y no tratar de evadir nuestro deber. No basta con llevar la , hemos de cargárnosla, hemos de acomodarnos a ella y estar conformes con la voluntad de Dios en ella. No diciendo: esto es un mal y tengo que soportarlo, no puedo evi­tarlo, sino esto es un mal y lo llevaré porque ésta es la voluntad de Dios.

Hemos de considerar cada aflicción que nos viene de nuestro Padre celestial, y, detrás de ella, la mano correctora, y por tanto, hemos de esperar en Él para conocer la causa que la ha motivado y la falta por la que somos disciplinados con aque­lla aflicción, para que podamos aprender de esta aflicción y con ello llegar a ser partícipes de su santidad. Hemos de prestar atención a todas las acciones de la providencia, tener la vista sobre nuestro Padre cuando frunce el ceño, para descu­brir lo que piensa y qué pauta de obediencia he­mos de aprender por las cosas que sufrimos. He­mos de esperar en Dios para que nos dé sostén para nuestras cargas. Hemos de ponernos en los brazos eternos y quedarnos en ellos, que están ex­tendidos para los hijos de Dios cuando la vara de Dios los visita. Y hemos de esperar ser librados; no hemos de tratar de escabullimos por métodos pecaminosos ni buscar alivio en otras criaturas, sino esperar en el Señor hasta que tenga miseri­cordia de nosotros, contentos con la carga hasta que Dios nos la quita y nos alivia en su misericor­dia (Salmo 123:2). Si la aflicción dura hemos de seguir esperando en Dios, aun cuando esconda su rostro (Isaías 8:17), esperando que sólo sea «un arranque de ira que dure un momento» (Isaías 54:7, 8).

Hemos de esperar las noticias y sucesos de cada día con una resignación animosa y total a la providencia divina. Mientras estamos en este mundo estamos esperando bienes y temiendo ma­les, no sabemos lo que nos traerá un día o una no­che (Proverbios 27:1), pero nos traerá algo, y no­sotros somos propensos a pensar en vano sobre cosas futuras, que acontecen de modo muy distin­to a como nos las habíamos imaginado. Ahora bien, en todas nuestras perspectivas debemos es­perar en Dios.

¿Estamos esperando buenas noticias, un buen resultado de algo? Esperemos en Dios como el da­dor del bien que esperamos y estemos preparados para tomarlo de su mano y recibirlo con el afecto apropiado cuando viene a nosotros en el camino de la misericordia. Cuando esperamos algún bien, es sólo de la bondad, poder y sabiduría de Dios que debemos esperarlo. Y por tanto nuestras es­peranzas deben ser humildes y sencillas y regula­das por su voluntad. Lo que Dios nos ha prometi­do es lo que podemos prometernos a nosotros mismos, y no más. Si esperamos así en Dios, en todas nuestras esperanzas, en caso de que se de­moren, no nos quebrantaría el corazón, aunque sufra una decepción, porque el Dios en que espe­ramos va a hacer que al final redunde todo para nuestro bien, pero cuando se cumple el deseo para conseguir el cual hemos estado esperando en el Señor, vemos que viene de su amor, y será ár­bol de vida. (Proverbios 13:12.)

¿Tememos recibir malas noticias, sucesos penosos y un resultado desagradable de un asunto pendiente? Esperemos en Dios para que nos libre de todos nuestros temores, de las cosas que teme­mos y de los temores mismos. (Salmo 34:4.) Cuan­do Job temía a su hermano Esaú, y tenía buenas razones, para temerle esperaba en Dios, y le pre­sentó sus temores y consiguió ser librado. Cuando esté espantado —dice David—, confiaré en Ti, es­peraré en Ti, y esto afirmará mi corazón, lo forta­lecerá y lo pondrá por encima del temor de las malas noticias.

Si estamos en suspense, entre temor y espe­ranza, prevaleciendo a veces la una, a veces la otra, esperemos en Dios, ya que es a Dios a quien pertenecen las cuestiones de vida o muerte, de bien y mal; de Él procede nuestro juicio y el de todo hombre, y tranquilicémonos en una sosega­da expectativa del suceso, sea el que sea, con la decisión de acomodarnos al mismo: espera lo me­jor, y prepárate para lo peor, y luego, acepta lo que Dios te envía.

 

Aplicación práctica

Primero permitidme que insista en este deber de esperar en Dios todo el día, en algunos casos particulares más, según lo que tengáis que hacer durante el día, en los asuntos ordinarios del mis­mo. Somos débiles y olvidadizos y necesitamos que se nos recuerde nuestro deber, en general, en toda ocasión para hacerlo, y por tanto, deseo ser un poco particular, y así recordároslo.

Cuando te reúnes con tu familia por la maña­na espera en Dios para que te dé una bendición sobre ellos, y preséntale una acción de gracias por las misericordias que vosotros y los vuestros ha­béis recibido conjuntamente durante la noche pa­sada; tú y tu casa tenéis que servir al Señor. Ve que es por su bondad, de Aquel que es el padre de las familias de los justos, que estáis juntos, que la voz de gozo y salvación está en vuestras tiendas, y por tanto, espera en Él para que podáis conti­nuar juntos, para que podáis corroboraros el uno al otro, para capacitaros a hacer el deber de toda relación, y prolongar los días de vuestra tranqui­lidad. En toda la conversación que tenemos con nuestras familias, la provisión que hacemos por ellas y las órdenes que damos respecto a las mis­mas, hemos de esperar en Dios, como el Dios de todas las familias de Israel. (Jeremías 31:1.) Y tengamos la mira puesta en Cristo, puesto que en Él son bendecidas todas las familias de la tierra.

Cada miembro de la familia que participa en las misericordias familiares debe esperar en Dios para recibir la gracia, a fin de contribuir a los de­beres de la familia aunque haya desavenencias en las relaciones familiares, y en vez de tener el es­píritu cargado por ella, que sea un incentivo a es­perar en Dios, el cual puede o bien enderezar el agravio o compensarlo, dándonos la gracia para aguantarlo.

Cuando estás procurando educar a tus hijos o a otros que haya bajo tu cargo, espera en Dios y su gracia para que ésta haga el proceso educativo próspero y provechoso. Cuando les instruyes res­pecto a cosas de la vida o de la piedad, su voca­ción general o particular, cuando los envías a la escuela por la mañana o les mandas respecto a al­gún asunto durante el día, espera en Dios para que les dé conocimiento y buena capacidad para sus negocios. De un modo especial, su negocio principal, porque es Dios quien da sabiduría. Si son lentos, que esperen en Dios para que El los sa­que adelante y les dé su gracia a tiempo, y mien­tras estás esperando con paciencia en Él, esto te estimulará a esforzarte con ellos, y asimismo te hará paciente y manso.

Y que los niños y los jóvenes esperen en Dios, en todos sus esfuerzos diarios, para estar equipa­dos para el servicio de Dios en su generación. Tú deseas ser un consuelo para los tuyos, ser bueno para algo en este mundo. Le pides a Dios que te dé un corazón sabio y entendido, como hizo Salo­món, y esperas en Él todo el día, para que puedas todavía crecer en sabiduría como lo haces en es­tatura, y en favor de Dios y de los hombres.

Cuando te dedicas a tus negocios o profesión propios, espera en Dios para tener su presencia contigo. Tus negocios requieren tu atención cons­tante, cada día, y todo el día, pero tu atención a Dios en tus actividades diarias ha de ser tan cons­tante como la que das a tus deberes. Considera la providencia de Dios en toda clase de ocurrencias. Si tienes una tienda, la abres por la mañana con este pensamiento: Ahora estoy a punto de hacer mi deber y dependo de Dios para que me bendiga en él. Cuando estás esperando clientes, espera en Dios para que te dé algo para hacer por él en la vocación u oficio al que te ha llamado. Aquellos que tú consideras clientes casuales, más bien de­berías llamar clientes providenciales y considerar que el Señor te los trajo.

Cuando compres y vendas, ve la mirada de Dios que te está observando, por si eres honrado en tus tratos y no perjudicas a los que los tienen contigo, y está alerta, esperando, porque Dios ins­truye no sólo al que trabaja la tierra, sino al comerciante (Isaías 28:26). Espera la prudencia que dirige el camino, y con la cual se le promete al hombre bueno que pondrá en orden sus asuntos; espera su bendición, que es la que enriquece y no añade tristeza con ella, la ganancia moderada y legal, que se puede esperar como resultado de la actividad diligente y honrada.

Cualquiera que sea tu oficio y ocupación en los negocios de la nación, ciudad, el mar, la casa… hazlo todo con el temor de Dios, dependiendo en Él para hacerlo bien, prósperamente, y con ello te fortificarás contra todas las tentaciones que se te presentan en el mundo de los negocios; al esperar en Dios serás librado de los cuidados que van siempre con las muchas actividades; elevará tu mente de las cosas pequeñas, de los sentidos y del tiempo; servirás a Dios aun cuando estés activo en las cosas del mundo, y tendrás a Dios en tu co­razón, aun cuando tengas las manos llenas del mundo.

Cuando tomas un libro en las manos, sea el Libro de Dios o cualquier otro libro útil, espera en Dios para que te mande su gracia que te permitirá hacer buen uso del mismo. Algunos pasan mucho tiempo cada día leyendo, y deseo que ninguno de vosotros deje pasar el día sin leer algunas porciones de la Es­critura, sea solo o con la familia. Procura que el tiempo que dedicas a leer no sea perdido; lo es si lees lo que es ocioso, vacío y vano, incluso si lees la pala­bra de Dios misma y no prestas atención, para po­nerla por obra, o procurar que te sea de algún bene­ficio. Espera en Dios, que nos da ayuda para nuestro lema, para hacerla más útil para ti. El eunuco etío­pe hizo eso, cuando estaba leyendo en el libro del profeta Isaías en su carro, y en realidad Dios le envió a uno que podía entender lo que leía.

De vez en cuando es posible que leas las histo­rias de los tiempos de antaño. Al familiarizarte con ellas tienes que contemplar a Dios y esta pro­videncia graciosa y sabia que gobierna al mundo desde antes de que naciéramos, y preserva la igle­sia en ella, y por tanto, aún podemos confiar en Él para que haga que todo redunde en lo mejor, por­que es el antiguo rey de Israel.

Cuando te sientas a la mesa, espera en Dios. Mira su mano que dispone y prepara la mesa de­lante de ti, a pesar de tus enemigos o en la socie­dad de tus enemigos. Revisa con frecuencia la concesión que Dios hizo a nuestro primer padre Adán, y en él a todos nosotros, de los productos de la tierra. (Génesis 1:29.) «Mira, yo te he dado toda planta que lleva semilla, pan de trigo, de modo especial.» Y la concesión que más adelante fue he­cha a Noé, nuestro segundo padre, y en él a noso­tros. (Génesis 9:3.) Todo lo que se mueve y vive será comida, incluso las hierbas verdes, y procura ver en ellas cuan generoso benefactor es para la humanidad, que espera en Él en consecuencia.

Hemos de comer y beber de modo que sea para la gloria de Dios, y esperamos en Él en nuestra comida y bebida. Hemos de recibir nutrición para nuestros cuerpos, a fin de que estemos equipados para servir a nuestras almas en el servicio de Dios, para su ho­nor en este mundo. Hemos de disfrutar del amor del pacto en las misericordias corrientes, y gozarnos del Creador en tanto que usamos lo creado; hemos de depender de la palabra de bendición de la boca de Dios para que el alimento nos nutra, y si nuestras provisiones son escasas hemos de compensar su fal­ta con la fe en la promesa de Dios, y regocijarnos en Él, como el Dios de nuestra salvación, aunque la hi­guera no florezca y no haya fruto en la vid.

Cuando visitas a tus amigos o recibes sus visi­tas, espera en Dios, séle agradecido por tus ami­gos y conocidos, de los que recibes consolación, agradece que tu habitación no sea el desierto o un lugar solitario, que tengas comodidades no sólo en tus casas, sino también el solaz de tus vecinos, con los cuales eres libre de poder conversar, y que no eres expulsado de entre los hombres y hecho una carga y terror a los que te rodean. Que tienes vestidos no sólo para la necesidad sino para ador­narte con decoro, lo cual es una misericordia, y de la cual no nos hemos de jactar, sino que hemos de tomar nota que viene de Él. «Te atavié con ador­nos y puse brazaletes en tus brazos y collar en tu cuello», dice Ezequiel. De que tengas casas, mue­bles, diversiones, no sólo para los tuyos, sino tam­bién los amigos, lo cual es una merced que hay que reconocer a Dios.

Y cuando estamos en compañía de otros, he­mos de esperar en Dios para comportarnos con sabiduría, de modo que podamos hacer mucho bien a aquellos con quienes conversamos, y no mal. Espera de Dios la gracia con que nuestra conversación ha de estar sazonada, por medio de la cual es eliminada y prevenida toda comunica­ción impropia, y puedas abundar en lo que es bueno, y usarlo para la edificación, para que dé gracia a los oyentes, para que tus labios puedan alimentar a muchos.

Cuando das limosna o haces algún acto de ca­ridad, espera en Dios, hazlo como para Él, da a un discípulo en nombre de un discípulo, y al po­bre porque pertenece a Cristo; no lo hagas por alabanza de los hombres, sino para la gloria de Dios, con ojo simple y corazón recto, y entonces tus limosnas, como tus oraciones, cual las de Cornelio, subirán como un memorial delante de Dios. (Hechos 10:4.) Pide a Dios que acepte lo que haces para el bien de los otros, para que tus limosnas puedan ser ofrendas. (Hechos 24:17.) Para que sean olor de suavidad, un sacrificio aceptable, agradable a Dios. (Filipenses 4:18.)

Tienes que desear la bendición de Dios sobre lo que das como caridad, a fin de que sea conve­niente para aquellos a quienes lo has dado, y que, aunque lo que has podido dar sea poco, como la viuda que dio dos blancas, con todo, tienes que desear que la bendición de Dios pueda doblarlo y que cunda mucho, como la harina del costal y el aceite de la vasija de la viuda.

Tienes que esperar en Dios para que Él te compense por lo que entregas en buenas obras, y te recompense en abundancia en la resurrección de los justos; es más, se te anima a esperar en Él, para que te devuelva otro tanto ya en esta vida. Es pan echado sobre las aguas, que es hallado al cabo de muchos días. Y observarás cuidadosa­mente la providencia de Dios, que te hará abun­dante compensación por tus buenas obras, según su promesa, para que puedas comprender la gene­rosidad del Señor y la fidelidad de la palabra que ha hablado.

Cuando inquieras sobre cosas que afecten al bienestar público, espera en Dios. Hazlo siempre mirando a Él, por esta razón, que tú estás since­ramente interesado en los asuntos de este reino y del mundo, y los tienes cerca de tu corazón, por­que tienes compasión de la humanidad, por las vidas y almas de los hombres, y especialmente por el pueblo de Dios. Pregunta: ¿Qué noticias? No como los atenienses, sólo para satisfacer su curiosidad, para pasar una hora ociosa o dos, sino para que puedas saber cómo dirigir tus oraciones y alabanza, y cómo equilibrar tus esperanzas y te­mores, y cómo ganar una comprensión tal de los tiempos que puedas saber qué es lo que tú y los otros tenéis que hacer.

En lo que se refiere a los asuntos públicos, si son agradables y prometedores, espera en el Se­ñor para que en Él perfecciones su obra, y no de­pendas de tu sabiduría o la fuerza de ningún me­dio; si son oscuros y desconsoladores, espera en Dios para prevenir los temores de su pueblo, y que Él aparezca para hacerse cargo cuando la fuerza de ellos está agotada. En medio de los más grandes triunfos de la iglesia y las sonrisas opti­mistas de los hechos, no hemos de creer innecesa­rio el esperar en Dios, y en medio de los mayores desastres, cuando los asuntos han sido llevados a un extremo, no hemos de creer inútil el esperar en Dios, porque las criaturas no pueden pasarse sin Él, y Él puede ayudarlas aunque ellas no hagan nada.

Cuando vayas de viaje, espera en Dios; ponte bajo su protección, encomiéndate a su cuidado y confía en que Él pondrá a sus ángeles a cargo de ti, para que te lleven en sus brazos y acampen sus tiendas alrededor de ti cuando tú descanses. Mira hasta qué punto estás en deuda con la providen­cia por sus bondades respecto a las comodidades y conveniencias de que estás rodeado cuando via­jas. Él es quien te ha puesto en el país en que vives y no en el desierto de Arabia, sino en un lu­gar con carreteras seguras y transitadas, y que, en medio de los terrores de la guerra, las carreteras están libres; a Él le debes que se te preste servi­cio, y que cuando salgas y entres seas preservado; que cuando estás en el extranjero no estés deste­rrado, sino que tienes libertad para regresar a tu país, y que cuando estás en tu país no estás con­finado, sino que tienes libertad para ir al extran­jero.

Por tanto, debemos mantener nuestros ojos fi­jos en Dios cuando partimos y para que Él venga con nosotros donde vayamos; bajo su cobijo pode­mos viajar, confiando en que cuida de nosotros, y animarnos con la idea de que en todos los peli­gros está con nosotros; y a nuestro regreso debe­mos reconocer su bondad, y nuestros huesos de­ben decir: «¿Señor, quién es como tú, que guar­das nuestros huesos y ninguno de ellos ha sido quebrado?»

Cuando nos retiramos a la soledad para estar solos, andando en los campos, o nos quedamos en nuestro aposento, debemos esperar en Dios; toda­vía debemos mantener nuestra comunión con Él, cuando estamos a solas con nuestros corazones. Cuando estamos solos no hemos de estar solos, sino que el Padre debe estar con nosotros y noso­tros con Él. Hallaremos tentaciones incluso en la soledad, de las que necesitamos ser preservados. Satán acechó a nuestro Salvador cuando estaba solo en el desierto, pero allí tenemos también la oportunidad, si sabemos cómo usarla, para la contemplación divina devota, que es la mejor conducta, de manera que nunca estamos menos solos que cuando estamos solos. Si cuando esta­mos solos y en silencio, aislados del bullicio y la conversación tenemos la gracia de llenar aquellos minutos vacíos con meditaciones piadosas sobre Dios y las cosas divinas, recogeremos los frag­mentos de tiempo que quedan, de modo que no se pierda nada, y así nos hallaremos esperando en Dios todo el día.

En segundo lugar, dejadme usar algunos argumentos para persuadiros de que viváis una vida de comunión con Dios, esperando en Él todo el día.

Considera que los ojos de Dios están constan­temente sobre ti. Cuando estamos con nuestros superiores y observamos que nos miran, esto nos mueve a mirarles a ellos. ¿Y no miraremos a Dios, cuyos ojos nos están contemplando siempre y cuyos párpados prueban a los hijos de los hom­bres? Él ve los movimientos de nuestro corazón y ve con placer los movimientos de los corazones hacia Él, que deberían instarnos a ponerle a Él siempre delante de nosotros.

El siervo, aunque sea descuidado en otras oca­siones, cuando está bajo el ojo del amo se hallará en su lugar, cumpliendo con su deber. No necesi­tamos más para convencernos de ser diligentes y para hacer nuestro trabajo con celo que el que el amo nos mire, y entonces nunca nos distraemos.

El Dios en que esperas es un Dios con el que tienes cuentas pendientes (Hebreos 4:13). Todas las cosas, incluso los pensamientos y los intentos del corazón, están descubiertas ante los ojos de Aquel con quien tenemos tratos: con quien tenemos que ver, con quien tene­mos palabras, que tiene algo que decirnos, o, como algunos lo leen, con quien tenemos cuentas; hay una cuenta entre nosotros y Él y se refiere a todo lo que hacemos cada día; tiene que ver con esta cuenta entre Él y nosotros para que sea he­cho en la sangre de Cristo, que es quien salda la cuenta. Si consideramos cuánto dedicamos a Dios cada día tendríamos más diligencia y cuidado en la forma en que esperamos en Él.

El Dios en quien nosotros hemos de esperar está esperando continuamente para darnos su

 gracia; está siempre bendiciéndonos, siempre col­mándonos de bondades, de beneficios, y no deja pasar ninguna oportunidad para mostrarnos sus cuidados cuando nos hallamos en peligro; nos abastece cuando necesitamos; se muestra tierno cuando estamos apenados. Su providencia nos da lo que necesitamos cada día, «aguarda para otor­garnos su gracia» (Isaías 30:18), para preservar nuestra entrada y nuestra salida, para aliviarnos y socorrernos en el momento oportuno, que es vi­sible en el monte del Señor. Su gracia está aguar­dando todo el día para ayudarnos en la necesidad, según lo que ocurre durante el día. Si Dios está dispuesto y se ofrece a hacernos bien, ¿nos retrae­remos nosotros de prestarle servicios?

Si esperamos en Dios, sus santos ángeles serán enviados para guardarnos. Todos ellos son espíri­tus mensajeros para ministrar para el bien de los herederos de la salvación, y nos ayudan en mu­chas más maneras de las que nos damos cuenta. ¡Qué honor y qué privilegio el que los ángeles nos vigilen y guarden; el ser llevados en sus brazos; el ser rodeados por sus tiendas; qué seguridad es el ser defendidos por estos buenos espíritus en con­tra de la malicia de los espíritus malos! Este ho­nor lo tienen todos los que esperan en Dios todo el día.

Esta vida de comunión con Dios y de espera constante en Él es un cielo en la tierra. Es hacer la obra de los cielos y la voluntad de Dios, como la hacen los que están en el cielo, cuya ocupación es contemplar constantemente la faz de nuestro Padre. Es un anticipo de la bienaventuranza del cielo, es una preparación y un preludio al mismo; es tener nuestra presencia en el cielo, de donde es­peramos el Salvador. Al verle como nuestro Salvador le vemos como nuestro guía en la vida, y ello muestra que nuestros corazones están allí, y tenemos buena base para esperar que nosotros es­taremos allí pronto.

En tercer lugar, y para terminar, vamos a con­siderar algunas cosas que tenéis que hacer para que podáis esperar a Dios todo el día.

Ve a Dios en todo lo creado, ve su poder y sa­biduría en lo que son las criaturas y donde están colocadas, en su bondad y en su utilidad. Mira al­rededor y ve la gran variedad de maravillas, la abundancia de bienestar que nos rodea, y deja que cada cosa te lleve al que es la fuente del ser, el dador de todo bien; nuestra fuente está en Él y de Él fluye nuestra corriente; esto nos hará espe­rar en él, puesto que todo lo creado es para noso­tros lo que Él quiere que sea. Así, las mismas cosas que apartan a un corazón carnal de Dios se­rán las que nos atraerán a Él, y como todas sus obras le alaban, sus santos tendrán en adelante ocasión continua de bendecirle.

Se dice que los devotos de antaño te­nían la costumbre de dar la gloria a Dios por todo aquello en que se deleitaban; cuando olían una flor se dice que bendecían al que había hecho su fragancia; si comían un pedazo de pan, bendecían al que había puesto en el poder para darnos fuer­za. Si en todo vemos la gracia del Señor y sabo­reamos la satisfacción de su abundancia, nos sen­tiremos constantemente empujados a depender de Él, como el niño se abraza al pecho de su ma­dre y se nutre de él.

Ve que la criatura no es nada sin Dios; cuanto más nos damos cuenta de la vanidad y vacío del mundo, y de nuestros goces en él, y su incapaci­dad total para hacernos felices, más nos unimos a Dios, y más íntimamente estamos en tratos con Él para poder hallar satisfacción en el Padre de los espíritus, a quien hemos buscado en vano en las cosas de los sentidos. ¡Qué locura es el cortejar a las criaturas, hacer antesala a su puerta, de donde seremos enviados con las manos vacías, cuando podemos acudir al mismo Creador, el cual es rico en misericordia para con todos los que le invocan, lleno, rico, gratuito, fiel. ¿Qué podemos esperar de la vanidad? ¿Por qué hemos de apoyarnos en cañas cascadas, cuando tenemos la roca de los si­glos, el fundamento seguro de nuestras esperan­zas? ¿Y por qué hemos de sacar nada de cisternas rotas, cuando tenemos a Dios, fuente de toda con­solación y fundamento de nuestros gozos?

Vive por fe en el Señor Jesucristo. No podemos con confianza esperar en Dios si no es por medio de un Mediador, porque es a través de su Hijo que Dios nos habla y nos escucha; todo lo que pasa entre un justo Dios y los pobres pecadores tiene que pasar por las manos de Jesús, que nos pone en contacto; es en la faz del ungido que Dios nos mira, y en la faz de Jesús contemplamos la gloria y gracia de Dios; es por medio de Cristo que tene­mos acceso a Dios, y nuestras oraciones son escu­chadas, y por tanto, tenemos que hacer mención de su justicia, y sólo de ella; y en esta espera ha­bitual hemos de estar todo el día viviendo en Dios, dependiendo de Él, que siempre aparece en la presencia de Dios por nosotros; siempre está dispuesto a presentarnos a Él.

Expresa con frecuencia y seriamente tu pie­dad. Al esperar en Dios hemos de hablarle con fre­cuencia, hemos de usar toda clase de ocasiones para hablarle, y cuando no tengamos oportunidad de dirigirnos solemnemente a Él, aceptará nuestra comunicación improvisada y espontánea por proceder de un corazón sincero. En esto David es­peraba en Dios todo el día, como vemos en el ver­sículo 1: «A Ti, oh, Jehová, levantaré mi alma; Dios mío, en Ti confío.» A Ti me dirigiré en tanto que respire. Deberíamos pedir brevemente per­dón por nuestros pecados, en lo que se llamaba antes jaculatorias, fuerza contra corrupción, vic­toria contra la tentación, y no lo haremos en vano. Esto es lo que podemos llamar orar sin ce­sar, orar siempre; no es la longitud de las pala­bras de la oración lo que Dios mira, sino la since­ridad del corazón, y ésta será aceptada, aunque la oración sea corta y los gemidos no puedan ser oí­dos.

Espera en Dios cada día, como si el día en que estás pudiera ser el último, que no lo sabes. En el momento menos pensado puede venir el Hijo del Hombre, y por tanto, no podemos estar seguros ninguna mañana de que vamos a vivir hasta la noche de aquel día. Sabemos de muchos que han sido arrebatados de repente, lo cual nos dice cuan santa debería ser nuestra conducta y nuestra pie­dad. Aunque no podemos decirlo, tenemos que vi­vir como si supiéramos que el día que hemos em­pezado hubiera de ser el último, y además, por­que no sabemos el día en que vendrá el Señor y, por tanto, estamos en necesidad de esperar en Él. ¿En quién tienen que esperar las criaturas morta­les sino en un Dios vivo?

La muerte nos llevará a todos a Dios para ser juzgados por Él; llevará todos sus santos a Él para verle y gozar de Él; a Él nos apresuramos, con Él esperamos estar para siempre, por lo que hemos de cultivar nuestros tratos con El. Si pen­sáramos más en la muerte entraríamos en conversación más frecuente con Dios; nuestro morir dia­rio es una buena razón para adorarle a diario y, por tanto, doquiera que estemos, procuremos es­tar cerca de Dios, porque no sabemos dónde nos encontraremos con la muerte; Enoc andaba con Dios y fue transportado al cielo sin morir; y esto nos proporcionará lo que permanecerá con noso­tros en el otro lado de la muerte y de la tumba. Si seguimos esperando en Dios cada día y todo el día, aumentará nuestra experiencia, y por tanto, estaremos más familiarizados con el gran miste­rio de la comunión con Dios, y así nuestros últi­mos días serán los mejores, nuestras últimas obras serán las mejores, y nuestro consuelo será dulce; en consideración a ello tomamos el consejo del apóstol (Oseas 12:16): «Tú, pues, vuélvete a tu Dios; guarda misericordia y juicio, y espera siem­pre en tu Dios.»

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