¿Como incrementar nuestra comunión con Dios? III

EN QUE SE MUESTRA
¿ Cómo terminar el día con ?
 «En paz me acostaré, y asimismo dormiré; porque sólo Tú, Jehová, me haces vivir confiado.» (Salmo 4:8)

Esto puede ser entendido, de modo figurado, del del en la seguridad de la gracia de Dios, o literalmente, del del cuerpo bajo la protección de la providencia. Me gusta dar am­plitud a la interpretación de la Escritura y, por tanto, creo que las dos son válidas.

El salmista, después de haber dado preferen­cia al favor de Dios sobre todo otro bien, hecha su elección y tomada su porción, expresa aquí su complacencia en lo que ha decidido, en tanto que ve a muchos inquietos e inquiriendo constante­mente: ¿Quién nos mostrará el bien? David sigue diciéndose: «Estos se preocupan de cosas vanas. En tanto, Él se halla en completa paz y seguri­dad; ha tomado su parte con la voluntad divina, y el Señor mostrará la luz de su rostro a los suyos; ningún bien, aparte del favor de Dios, pue­de servirnos de nada, pero basta con él, sin necesidad de las sonrisas del mundo. La luna y las es­trellas, con todos los fuegos y velas encendidos en el mundo, no hacen que sea de día si no da el sol, pero el sol se basta, sin necesidad de los otros. Los santos en todas partes están de acuerdo con los sentimientos que expresa David. No hallando des­canso en parte alguna, la paloma del arca regresó a la misma arca: éste es el tipo de Cristo, volvien­do a su descanso, porque éste es el significado del nombre Noé: descanso. «Recobra, ¡oh, alma mía!, tu calma.» (Salmo 116:7.)

Si Dios levanta la luz de su rostro sobre noso­tros, al llenarnos de su santo gozo, nos pone su contento en el corazón, más que los que tienen abundancia de mosto y de grano (versículo 7); Él nos lleva a un santo descanso, y ahora me acosta­ré y dormiré. Dios es mi Dios y yo me siento com­placido, satisfecho, no busco más, no deseo más, estoy seguro, y estoy confiado: cuando ando a la luz del Señor no necesito nada, no temo nada, no me falta nada, no tengo aprensión de ningún pe­ligro. El Señor es mi sol y mi escudo; un sol que ilumina y conforta, un escudo que protege y de­fiende.

Así pues, sabe que los que cuentan con la segu­ridad del favor de Dios pueden gozar y obtener una santa serenidad y la tranquilidad de la men­te. Tenemos las dos en esta preciosa promesa (Isaías 32:17): «Y el resultado de la justicia será la paz; y el producto de la rectitud, tranquilidad y seguridad para siempre.» La obra de la justicia será la paz, y hay una satisfacción presente en ha­cer el bien; el efecto de la justicia será la tranqui­lidad y la seguridad para siempre; tranquilidad en el goce del bien, y seguridad al ser librado del mal.

El bendito fruto del favor de Dios es una santa serenidad; en paz me acostaré y dormiré. Cuando estamos bajo el ceño de Dios o en duda respecto a su favor, ¿cómo podemos tener goce alguno? Mientras este punto está , el alma no puede estar satisfecha. ¿Tienes alguna controver­sia con Dios? No des sueño a tus ojos ni dejes caer los párpados sobre ellos hasta que hayas puesto fin a la discrepancia; humíllate y vuelve a la amistad de tu mejor amigo, y cuando hayas hecho las paces con Él y tengas la evidencia confortado­ra de que eres aceptado, entonces di con pruden­cia y justicia lo que dijo el alma carnal y necia: «Alma, tienes muchos bienes en reserva para mu­chos años» (Lucas 12:19). ¿Han sido perdonados tus pecados? ¿Tienes ganada la mediación de Cristo? ¿Acepta ahora Dios tus obras en Cristo? «Sigue tu camino, come tu pan con gozo, y bebe el vino con el corazón alegre.» (Eclesiastés 9:7.) Que esto calme toda tempestad y dé la calma a tu alma.

Teniendo a Dios como nuestro Dios del pacto, tenemos bastante, pues lo tenemos todo, y aunque el alma en gracia todavía desea más de Dios, nun­ca desea más que Dios; en Él reposa con perfecta complacencia; en Él se halla en casa, descansan­do, si nosotros estamos satisfechos en su amante bondad, abundantemente satisfechos. «Porque sa­tisfaré al alma cansada y saciaré a toda alma en­tristecida.» (Jeremías 31:25.) Hay bastante para llenar al hambriento, y una vez satisfecho de bue­nas cosas, tiene que haber descanso, descanso para siempre, y su sueño será dulce.

Una santa seguridad es también el bendito fruto del favor de Dios. «Porque Tú, ¡oh, Jehová!, bendecirás al justo.» Cuando la luz de tu rostro brilla sobre mí estoy seguro y, además, sé que lo estoy. «Como un escudo lo rodearás de tu favor.» Habiendo sido puesto bajo la protección del divi­no favor, «aunque un ejército acampe contra mí, no temerá mi corazón; aunque contra mí se le­vante guerra, yo estaré confiado». (Salmo 27:3.) Lo que Dios me ha prometido puedo prometérme­lo a mí mismo y esto basta para llevarme incólu­me a través de todas las dificultades y peligros que pueda encontrar en el camino de mi deber. «Aunque la tierra sea removida, no temeremos, aunque se traspasen los montes al corazón de la mar» (Salmo 46:2), no temeremos ni en el valle de sombra de muerte, en el territorio del rey de los terrores, porque Tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento. «Torreón fuerte es el nombre de Jehová, a él se acogerá el justo, y es­tará a salvo.» (Proverbios 18:11, 12.) Todo esto es Dios para el justo. El Poderoso será tu tesoro y tu defensa. (Job 22:25.)

No hay nada más peligroso que la seguridad en un camino pecaminoso, y que los hombres pro­clamen paz, paz entre sí, mientras continúan bajo el poder de una mente vana y carnal: ¡Oh, si los pecadores que se sienten tranquilos y seguros em­pezaran a temblar! No hay nada más insensato que fundar uno su seguridad en el mundo, en sus promesas, porque todas ellas son vanidad y men­tira, pero nada más razonable en sí mismo, y tan ventajoso para nosotros, como que las personas buenas edifiquen su seguridad en las promesas de un buen Dios, a saber, los que se mantienen en el sendero del deber, para estar tranquilos del temor del mal; así como a los que no hacen el mal no les acontecerá nada realmente malo, sino que todas las cosas redundarán en su bien, a los que siguen fieles a Dios como su rey, están bajo la protección del Omnipotente, que les permite desafiar a los poderes del mal: Si Dios es con nosotros, ¿quién será contra nosotros? Esta seguridad es la que los paganos consideraban que las personas virtuosas merecían, esto es, y pensaban que si el mundo tenía que saltar en pedazos, el justo no tenía por qué participar en la ruina: con mucha más razón los cristianos que están firmes en su integridad pueden recla­mar esta garantía, porque, ¿quién es el que daña­rá a los que siguen a Aquel que es bueno en su bondad?

Ahora bien, el privilegio de los buenos es que estén tranquilos y satisfechos. Esta santa sereni­dad y seguridad de la mente la poseen porque Dios les permite estar tranquilos y animosos; es más, se les ha prometido que Dios hablará paz a su pueblo y a sus santos, El los llenará de gozo y paz al creer; su paz guardará su corazón y su mente; los guardará seguros y tranquilos. Hay un método designado para obtener esta serenidad y seguridad prometidas. Las Escrituras han sido es­critas para ellos, para que su gozo sea pleno, y que por medio de la paciencia y el consuelo de ellas puedan tener esperanza. Las ordenanzas o sacramentos han sido instituidos para ser pozos de salvación de los cuales podamos sacar agua con gozo. Los ministros han sido ordenados para ser consoladores y ayudar en el gozo. «Por lo cual, queriendo Dios mostrar más abundantemente a los herederos de la promesa la inmutabilidad de su designio, interpuso juramento, para que por medio de dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta, tengamos un fuerte consuelo los que nos hemos refugiado para asir­nos de la esperanza puesta delante de nosotros.» (Hebreos 6:17, 18.)

El salmista, terminando el trabajo del día, y probablemente cansado por el mismo, siendo ya la hora de acostarse y habiendo dado buenos con­sejos a aquellos a quienes deseaba una buena no­che para que comunicaran con su propio corazón en la cama, y que ofrecieran sacrificios de justicia (versículos 4, 5), se retira ahora a su cámara con estas palabras: «En paz me acostaré, y asimismo dormiré.» El propósito por el que he escogido este texto me conduce a entenderlo literalmente, como los discípulos entendieron al Maestro cuando dijo: «Lázaro duerme»; que descansaba en el sue­ño. (Juan 11:12, 13.) Y así tenemos aquí el pensa­miento piadoso de David, cuando se va a la cama: «Del mismo modo que cuando me despierto toda­vía estás conmigo, también cuando me acuesto todavía estás conmigo.» El día concluye tal como había empezado, con meditaciones sobre Dios y en dulce comunión con Él.

Parece que David escribió este salmo cuando estaba afligido y era perseguido por sus enemi­gos; quizá fue escrito con ocasión de su huida de Absalón, su hijo, como el salmo anterior; por fue­ra había luchas, y no es de extrañar que por den­tro hubiera temor; con todo, pone su confianza en la protección de Dios de que se irá a la cama al tiempo acostumbrado y con la quietud y ánimo usual, se comportará como otras veces; sabe que sus enemigos no tienen poder contra él si no les es dado desde arriba, y no les será dado poder, sino que se hallan bajo la restricción divina; ni se les permitirá que ejerzan su poder hasta el punto de hacerle algún daño grave, y por tanto, se retira al aposento secreto del Altísimo, y habita bajo la sombra del Omnipotente, y su mente está en paz. Lo que puede partir el corazón de un hombre del mundo no puede tocar el sueño de un hombre pia­doso. «Que hagan todo lo que quieran —dice Da­vid—, que yo me acostaré y dormiré; hágase la voluntad de Dios.» Ahora bien, observemos aquí:

La confianza en Dios: Tú, Señor, me haces mo­rar en seguridad, no sólo me tienes seguro, sino que me haces saber que lo estoy; me das seguri­dad; es la misma palabra que se usa respecto al que anda rectamente, que anda seguro (Prover­bios 10:9). Sigue adelante decidido; lo mismo que David aquí al retirarse a la cama. No de modo ocioso, como los de Lais (Jueces 18:7), sino des­cansando en Dios, como los hijos de Sión, en la ciudad de las fiestas solemnes, «morada de quie­tud, tienda que no será desmantelada» (Isaías 33:20).

Hay una palabra en esta parte del texto que hemos de hacer notar: Es Dios el que nos da la se­guridad. Aun cuando estoy solo, ni tengo a ningu­no de mis consejeros para aconsejarme, ni a mis guardias para defenderme —dice David—, no ten­go aprensión alguna, porque Dios está conmigo. El Hijo de David se consoló también con esto, cuando todos sus discípulos le abandonaron; le dejaron solo, pero no estaba solo, porque el Padre estaba con Él. Algunas personas débiles tienen miedo de estar solas, especialmente en la oscuri­dad, pero la creencia firme en que la presencia de Dios está con nosotros en todas partes, y en la di­vina protección bajo la que están los suyos, haría desaparecer estos temores y nos haría ruborizar. No, el que Dios nos haya puesto aparte para Él, como el pueblo escogido (ver versículo 3) nos basta para nuestra seguridad. El ser algo aparte es nuestra seguridad, como lo era para Noé en el mundo antiguo; es un pueblo que morará solo y no será contado entre las naciones, las cua­les le serán antagónicas, pero, con todo, morará confiado (Números 23:9). habitará confiado (Deuteronomio 33:28). Cuanto más solos estamos, más seguros. Pero nuestra traducción lo hace re­ferir a Dios: Tú solo me haces vivir confiado. ¡Sólo Tú eres el que lo hace! Dios no necesita ayu­da alguna para proteger a su pueblo, aunque a ve­ces usa medios distintos. Y cuando todos los otros refugios fallan, con sus propios brazos nos puede dar la salvación. «El amado de Jehová habitará confiado cerca de Él; lo cubrirá siempre, y entre sus hombros morará.» (Deuteronomio 33:12.) Y esto no es todo, yo confío sólo en que Tú lo harás, por tanto, estoy tranquilo y me considero seguro, no porque hay ejércitos a mi lado, sino simple­mente porque Tú eres el Señor de los ejércitos que está a mi lado.

Tú me haces morar en seguridad; esto puede considerarse hacia atrás o hacia adelante, o los dos: Tú me has hecho morar en seguridad todo el día, de modo que el sol no me ha herido de día, por lo que es el lenguaje de agradecimiento por las mercedes recibidas; o Tú me harás descansar en seguridad toda la noche, de modo que la luna no me hiera con su rayo durante la noche; y éste es el lenguaje de la dependencia en Dios para mercedes futuras, y ambos casos van juntos, y nuestros ojos deben seguir puestos en Dios, como siempre, antes y después, el cual nos ha libertado en el pasado y lo hará en el futuro.

Observamos también que está tranquilo y po­demos inferirlo de esto: me acuesto y dormiré: Los que tie­nen abundancia de trigo y de vino, y que aumenta con las nuevas cosechas, tienen abundancia de ri­queza y placer de este mundo, se acuestan y duer­men tranquilos, como Booz, a un lado del mon­tón. (Rut 3:7.) Pero, aunque yo no tengo lo que ellos tienen, puedo acostarme en paz y dormir como ellos. Juntamos aquí los dos, el acostarse y el dormir; no sólo me acostaré, sino que también dormiré.

De la misma forma que hemos de empezar el día con Dios y esperar en Él todo el día, también hemos de procurar terminarlo con Él.

Este deber de terminar el día con Dios y en buen espíritu, no creo que pueda ser demostrado mejor que entrando en los detalles del texto, y re­comendando seguir el ejemplo de David.

Primero. Retirémonos para acostarnos; la na­turaleza nos llama para el descanso como para el alimento; el hombre va a su trabajo y se desplaza activamente durante el mismo, pero sólo hasta la noche, entonces llega el momento de acostarse. Leemos de Isboset que estaba durmiendo la siesta al mediodía (2ª. Samuel 4:5, 6), y la muerte le al­canzó mientras dormía; y también de David, que al caer de la tarde, salió de su lecho y se metió en un pecado peor que la muerte (1Samuel 11:2). Hemos de trabajar durante el día para hacer la obra que nos ha sido mandada, porque viene la noche, en la cual el hombre no trabaja, y éste es el momento apropiado para acostarse; esto nos ha sido prometido (Sofonías 2:7). Se acostarán por la noche y con esta promesa hemos de considerar que la noche es el momento apropiado para el descanso; y no hemos de hacer del día noche y de la noche día, como algunos intentan hacer.

Algunos se levantan para maquinar contra sus vecinos: para matar, robar y destruir; en la oscu­ridad minan las casas que de día para sí señala­ron (Job 24:16). David se queja de sus enemigos de que por la noche rondan por la ciudad (Salmo 59:6). Los que obran mal aborrecen la luz. Judas, el traidor, fue a buscar a su Maestro, con su pan­dilla, cuando tenía que haberse retirado a la cama. En Proverbios 4:16 se nos habla de los que «no duermen si no obran el mal, y pierden el sue­ño si no han hecho caer a alguno».

Otros maquinan en sus afanes de conquistar el mundo y sus riquezas. No sólo se levantan de ma­drugada, sino que retrasan el descanso, para con­seguir ejecutar sus planes (Salmo 127:2), y no tie­nen inconveniente en negarse el sueño necesario, y ésta es su locura, pues se privan de aquello de que pueden disfrutar, con miras a obtener más. Salomón habla de aquellos que ni de día ni de no­che ven sueño en sus ojos (Eclesiastés 8:16), con miras a adquirir sabiduría y ver todas las cosas que se hacen sobre la tierra. Lo cual se nos dice no es más que vanidad y de espíritu. Consideremos, pues, la locura de estas cosas, y no trabajemos por la carne que perece, y la abundan­cia que impide el sueño, sino trabajemos para lo que pertenece a la eterna, y la gracia que es la anticipación de la gloria, cuya abundancia hará dulce nuestro sueño.

Otros se quedan en vela para dedicarse a los placeres; no se acuestan a su debido tiempo, por­que no pueden hallar en sus corazones descanso a menos que prosigan en sus vanos pasatiempos y diversiones, su música, su baile, sus juegos, nai­pes y dados, o lo que es peor, orgías y excesos, porque los que se emborrachan, se emborrachan por la noche. Es malo que estas satisfacciones de los bajos instintos, o por lo menos de la mente vana, consigan devorar la velada y luego nos de­jen en sopor el alma, como acostumbran hacer de modo solapado; de modo que no hay tiempo en el corazón para las devociones nocturnas, sea en el propio aposento o con la familia, pero es peor aún, porque socavando las horas de sueño, lo más probable es que tampoco haya oportunidad para ningún ejercicio religioso a la mañana siguiente. Los que pueden permitirse pasar la noche en jol­gorio, cosas necias o inmundas, considerarían que se les somete a un trato duro si se les ocupara el tiempo con un sermón más largo de la cuenta, cuando algún predicador hiciera lo que Pablo, se­guir hablando hasta la media noche. (Hechos 20:7.) ¡Y cuan poco dispuestos se sentirían a hacer como David, levantarse a medianoche para dar gracias a Dios, o, como su Maestro, continuar orando toda la noche!

Hay que mortificar estos afectos pecaminosos, no satisfacerlos. Los que se permiten estas irregu­laridades, si dedican unos momentos a reflexión imparcial, no podrán por menos que ver los in­convenientes de los mismos y que son un daño a la prosperidad de su alma, y que deberían negar­se a ellos para su propio bien. Una buena regla para el final del día es no dilatar demasiado la hora del descanso: todo es bueno a su sazón. He oído decir desde hace mucho, y voy a repetirlo:

Hay que ir pronto a la cama y salir de ella temprano. De este modo se está sano, riqueza y fama se gana.

Vamos, pues, a dar por sentado que a menos que interfiera algún asunto inesperado y necesa­rio, o alguna obra de misericordia, o algún acto especial de devoción, seguirás en vela hasta el momento apropiado y entonces irás a acostarte. Y has de hacerlo con agradecimiento a Dios, dedi­cando pensamientos a la muerte, reflexiones peni­tentes por los pecados del día y humildes suplica­ciones de misericordia durante la noche.

Acuéstate con agradecimiento a Dios. Cuando te retiras a tu aposento has de elevar tu corazón a Dios, el Dios de toda misericordia, y hacerle ob­jeto de tu alabanza cuando te vas a la cama. Es­toy seguro de que no nos faltan asuntos para dar­le alabanza, si no nos falta corazón. Por tanto, di­rijámonos a este agradable deber, este trabajo que es en sí su propia remuneración. El sacrificio de la noche había de ser un sacrificio de alabanza.

Tenemos razones para estar agradecidos por las muchas mercedes del día que ha pasado, que tendríamos que revisar ahora, y decir: bendito sea el Señor que me ha colmado el día de benefi­cios. Observa la serie ininterrumpida de miseri­cordias durante todo el día. Observa los ejemplos particulares de misericordias con que algunos días quedan destacados. Es el que nos concede vida y favor, y su presencia que mantiene nuestro espíritu. Piensa en las calamidades de que te guarda cada día; las calamidades a que estás ex­puesto, y de cuyo peligro inminente te ha librado, y aquellas, desconocidas, por las que no hemos sentido aprensión, de las cuales sufren muchos que son mejores que nosotros. Todos nuestros huesos tienen motivos de decir al Señor: ¿Quién como Tú? Porque Dios ha guardado nuestros hue­sos y ninguno de ellos ha sido fracturado. Es por su misericordia que no somos consumidos. Piensa también en los beneficios que te rodean y que debes a su divina providencia, lo que comes y bebes, los pasos que das y el aire que respiras, todas las satis­facciones que hacen tu vida placentera, la sociedad y los amigos, los éxitos en la profesión y el placer que tienes en ellos. Todo el gozo de que disfruta­mos, como se dice de Zabulón en sus salidas, y de Isacar en sus tiendas, es por lo que hemos de estar agradecidos y dar alabanza a Dios.

Es posible que el día haya pasado con algún accidente, algo que nos ha afligido y decepciona­do, pero esto no nos ha de indisponer para la ala­banza; como sea, Dios es bueno y es nuestro deber darle gracias y bendecir su nombre: el Señor dio, el Señor quitó. Sea alabado el nombre del Señor. Nuestras aflicciones son pocas y merecidas; nues­tras mercedes muchas y ninguna merecida.

Tenemos motivos para agradecer las sombras del atardecer, que nos llaman a retirarnos, a des­cansar. La misma sabiduría, poder y bondad que hace la mañana, hace la noche también para go­zarnos, y nos da motivo para agradecer el cerrar los ojos como el abrirlos por la mañana. Dios di­vidió la luz de las tinieblas, e hizo que se alterna­ran; esto era bueno. Agradezcamos, pues, a Dios las dos cosas, y así como en las revoluciones del tiempo, en las de los sucesos en el tiempo, la os­curidad de la aflicción es necesaria a su sazón, como la luz de la prosperidad. Si el mercenario espera ansioso que las sombras se alarguen por­que con ellas viene el descanso, que lo agradezca, y sepamos que el calor y la carga del día no son perpetuos.

Tenemos razones por el aposento quieto en que nos echamos. Nabucodonosor se echaba entre las bestias del campo. Y aunque nacemos desnu­dos como los animales, no dormimos como ellos en cuevas o desiertos o páramos o montañas. Mu­chos santos y siervos de Dios han tenido que ha­cerlo, aunque el mundo no era digno de ellos. Pero el Buen Pastor nos hace echar en verdes pra­dos y nuestra almohada no es una dura piedra como la de Jacob.

Hemos de estar agradecidos de que no nos ve­mos forzados a permanecer en vela; que se nos da permiso para descansar y aún se nos manda ha­cerlo. Muchos van a la cama, pero no a descansar, debido a enfermedades penosas y de tal naturale­za que no pueden echarse y respirar. Muchos tie­nen familiares enfermos, muchas veces sus pro­pios hijos, a los que tienen que cuidar. Muchos te­men: enemigos, ladrones, soldados. Nuestro sue­ño no es perturbado por alarmas de guerra.

Hemos de acostarnos pensando en la muerte y en el gran cambio que tendrá lugar en nosotros al morir. El día tendría que concluir poniendo en nuestra mente la conclusión de todos nuestros días. Es bueno pensar con frecuencia en la muer­te, especialmente al ir a la cama. Esto aligerará nuestras fatigas y cruces, nos protegerá contra las tentaciones, nos familiarizará con la muerte y nos hará perder el miedo a la misma.

Al morir nos retiraremos, como hacemos al acostarnos. «El hombre yace y no vuelve a levan­tarse; hasta que pasen los cielos no despertará ni se levantará de su sueño.» (Job 14:12.) Salimos para ver y ser vistos, y algunos pasan su vida sin mayor interés hasta que viene la muerte y pone fin a los dos. «No veré a Jah, a Jah en la tierra de los vivientes; ya no veré a ningún hombre con los moradores del mundo.» (Isaías 38:11.) «Los ojos de los que me ven no me verán más; fijarás en mí tus ojos, y habré dejado de existir.» (Job 7:8.) Nos esconderán en la tumba y seremos cortados de en­tre los vivos. Morir es decir adiós a los amigos, poner un punto en nuestra conversación con ellos. Pero gracias sean dadas a Dios, no es una despe­dida eterna. Esperamos verlos otra vez la mañana de la resurrección para no despedirnos más de ellos.

Al morir nos despertamos del cuerpo, como ahora nos quitamos los vestidos cuando vamos a descansar. El alma es el hombre, el cuerpo es su vestido; al morir seremos desnudados, la casa te­rrenal de este tabernáculo será disuelta, y el ves­tido del cuerpo será puesto de lado; la muerte nos desnuda y nos envía fuera del mundo tal como llegamos a él; limpia el alma de todos los disfra­ces con que aparece ante los hombres, y así nos envía a Dios. La carga de los vestidos en un día caluroso, el tabernáculo bajo el cual gemimos y que estorba nuestras satisfacciones espirituales, todo ello será puesto de lado. Quedaremos libres para ser revestidos de la gracia de Cristo y de in­mortalidad. Nuestro vestido será un cuerpo glo­rioso como el de Cristo.

Al morir descansaremos en la tumba, ya que nuestro cuerpo descansará en el polvo (Job 20:11). Para los que se mueren en pecado e impenitentes, la tumba es un calabozo, sus iniquidades están sobre sus huesos y yacen con ellos, pero para los que mueren en Cristo, en la fe, la tumba es un lu­gar de descanso donde no hay inquietudes hasta la mañana del gran día; donde no hay pesadillas y visiones nocturnas de terror; donde hay paz y descanso (Isaías 57:2). El santo Job se consuela con esto en su agonía, que pronto tendrá su lecho en la oscuridad, y allí tendrá descanso. Es un le­cho suave, cual rosa de Sarón, cual lirio de los va­lles.

Puedes decirte, pues, que la tumba es un lugar de descanso para el cansado, cuando te vas a la cama, con esta consolación, además, que poco después despertarás descansado para reunirte con el amado de tu alma, para estar siempre con Él. Te despertarás a un día que no renovará tus cui­dados, sino que te proporcionará gozo eterno y sin mezcla. ¡Cuan confortables podemos echarnos a dormir, pues, con estos pensamientos en nues­tra mente! ¡Y cuan confortables cuando nos eche­mos para morir, habiéndonos acostumbrado a estos pensamientos!

Echémonos con la reflexión penitente de nues­tros pecados del día que ha transcurrido. Alabe­mos a Dios y deleitémonos en Él, pero por desgra­cia, esta labor de los ángeles no es la única a que nos dedicamos. Nos solazamos en la bondad de Dios, pero nos afligimos, pues es necesario tam­bién que nos arrepintamos de muchas cosas por nuestro atrevimiento y nuestros desmanes; los dos es necesario que vayan juntos; hemos de reco­nocer todo lo que hacemos.

No debe cabernos duda: nuestra naturaleza si­gue corrompida, hay en ella raíces amargas. Nuestras ofensas son persistentes, ya que no hay justo ni aun uno. Estamos en medio de un mundo corrupto, y no podemos pasar por él sin mancha. Si decimos que no tenemos pecado o que hemos pasado un día sin pecar, nos engañamos a noso­tros mismos, y no hay verdad en nosotros. Hemos de pedir, pues, ser limpiados de nuestras faltas, incluso de aquellas de las que no nos hemos dado cuenta. Tendríamos que aspirar a una perfección sin pecado, vigilando cuidadosamente por alcan­zarla, pero después de todo hemos de reconocer que nos quedamos cortos, que no la hemos conse­guido, y que no somos perfectos. Ésta es nuestra experiencia triste pero constante, y no hay día que, al cerrarse, no nos obligue a ponernos de ro­dillas.

Hemos de examinar nuestras conciencias para hallar las transgresiones particulares del día transcurrido. Examinemos nuestros caminos, pensamientos, palabras, acciones, y comparémos­las con las reglas de la Palabra. Miremos nuestros rostros al espejo y veamos las manchas que hay. Preguntémonos: ¿Qué he hecho hoy? ¿En qué he faltado? ¿Qué deberes he descuidado? ¿Qué pasos falsos he dado? ¿He cumplido con los deberes res­pecto a mis relaciones particulares y me he ajus­tado a la voluntad de Dios en todas sus providen­cias? Al hacerlo llegaremos a conocernos bien, lo cual contribuirá más que ninguna otra cosa a la prosperidad de nuestra alma.

Tenemos que renovar nuestro arrepentimiento en todo cuanto hemos hallado pecaminoso en no­sotros. Hemos de arrepentimos, y lamentarlo sin­ceramente, y avergonzarnos de ello, y dar gloria a Dios haciendo confesión. Si hay algo en particular que parece más malo que de ordinario, tenemos que lamentarlo de modo especial, y en general, hemos de mortificarnos por pecados debidos a flaquezas diarias, que no deberíamos tomar lige­ramente, porque son recurrentes, y por tanto de­beríamos avergonzarnos más de ellos y de su causa.

Es bueno no demorar el arrepentimiento; hay que hacerlo antes de que el pecado consiga enga­ñarnos y nos endurezcamos. Las demoras son peligrosas; las heridas recientes se curan fácilmente, pero si tardan en curarse se dañan, hieden y su­puran (Salmo 38:5). Aunque durante el día entre­mos en pecado por debilidad de la carne, pode­mos ser restablecidos antes de acostarnos si nos arrepentimos. No tenemos, pues, que desanimar­nos. El pecado que nos humilla no será nuestra ruina.

Hemos de hacer una aplicación reciente de la sangre de Cristo a nuestras almas para la remi­sión de nuestros pecados, y la aceptación por la gracia de nuestro arrepentimiento. No hemos de pensar que sólo tenemos necesidad de Cristo para la primera conversión. Tenemos necesidad diaria de Él como nuestro abogado ante el Padre, y por tanto, como tal, siempre aparece ante la presen­cia de Dios por nosotros y se ocupa continuamen­te de nosotros. Incluso nuestros pecados diarios rutinarios serían nuestra rutina si Él no hubiera hecho satisfacción por ellos y no hiciera interce­sión ahora por nosotros. El que ha sido limpiado, todavía necesita lavarse los pies de la suciedad que se le pega por el camino, y bendito sea Dios que hay una fuente abierta para que nos lavemos, y está abierta siempre.

Hemos de dirigirnos al trono de la gracia pi­diendo perdón y paz. Los que se arrepienten de­ben orar que los pensamientos de su corazón sean perdonados (Hechos 8:22). Y es bueno que seamos particulares en nuestras oraciones pidiendo el perdón del pecado, como Ana, que oraba por un hijo, Samuel. Así que tenemos que decir: pido perdón de esto o de aquello. Sin embargo, la ora­ción del publicano es siempre apropiada: «Dios, sé propicio a mi pecador.»

Postrémonos con humildes suplicaciones en favor de las misericordias de la noche. La es necesaria al anochecer como era por la maña­na, porque tenemos la misma necesidad del favor y cuidado divino para hacer la salida del día tan hermosa como fue la mañana.

Hemos de orar para que nuestro hombre exte­rior esté bajo el cuidado de los santos ángeles de Dios que son los ministros de su providencia. Dios ha prometido que dará sus ángeles para que cus­todien a aquellos que hacen del Altísimo su refu­gio, y que éstos acamparán alrededor de ellos para defenderlos; lo ha prometido y podemos pe­dirlo. En Cantares 3:7, 8 vemos que la tierra de Salomón era guardada por sesenta valientes, todos ellos llevando espada al cinto y diestros en la guerra. Mucho más segura es la guardia que dan las huestes de ángeles que rodean nuestras camas y nos preservan de los espíritus malignos. Jesús dice a Pedro: «¿No puedo ahora rogar a mi Padre para que ponga a mi disposición más de doce legiones de ángeles?» Estos ángeles están también a nuestra disposición.

Hemos de orar para que el hombre interior esté bajo la influencia del Espíritu Santo, que es el Autor y fuente de su gracia. Las ordenanzas sa­gradas públicas son oportunidades en las cuales el Espíritu obra en los corazones de los hombres, y por tanto, cuando asistimos a ellas hemos de pe­dir las operaciones del Espíritu, y lo mismo en el retiro privado, hemos de hacer la misma oración. Hallamos que «Cuando el sueño cae sobre los hombres… entonces revela al oído de los hombres y les señala su consejo.» (Job 33:15, 16.) Dios ins­truye al hombre cuando el sueño cae sobre él. Y David concuerda con esta experiencia, pues halló que Dios le visitaba de noche. «Me has inspeccionado de noche, me has puesto a prueba y nada inicuo hallaste.» (Salmo 17:3.) Y que Dios le da consejo: «Aun en las noches me enseña mi con­ciencia.» (Salmo 16:7.) Halló que la noche era un momento apropiado para recordar a Dios y medi­tar en Él, y para mejorar la sazón de este conver­sar con Dios en la soledad, necesitamos la influen­cia del Espíritu Santo, cuya presencia hemos de pedir al acostarnos y al cual nos hemos de some­ter. No sabemos en qué forma obra la gracia de Dios cuando dormimos, pero no cabe duda de que el Espíritu del Señor tiene libertad para influir en nosotros. Tenemos razones para orar no sólo que nuestra mente no sea perturbada por malos sue­ños en que pueden actuar espíritus malignos, sino para que sea aquietada por buenos sueños. He co­nocido a hombres que oraban cada noche pidien­do buenos sueños.

Segundo. Cuando nos acostamos hemos de procurar hacerlo en paz. A Abraham se le prome­tió que iría a la sepultura en paz (Génesis 15:15), y esta promesa es válida para toda su simiente es­piritual, porque el fin del justo es paz; Josías mu­rió en paz, aunque murió en una batalla. Se dice que los malvados yacerán en dolor (Isaías 50:11). A los justos se les promete que yacerán y nadie les atemorizará. (Levítico 26:6; Job 11:19.) Por tanto, entremos en este descanso, y no nos quedemos cortos de poder hacerlo.

Acostémonos en paz con Dios porque sin esta paz no puede haber ninguna. No hay paz —dijo Dios con los malos— con quienes Dios está en guerra. El estado de pecado es un estado de ene­mistad contra Dios; el que continúa en pecado está bajo la ira y la maldición de Dios y no puede acostarse en paz. Apresúrate, pues, pecador, a hacer la paz con Dios en Jesucristo, por medio del arrepentimiento y la fe; echa mano de su fuerza y tendrás paz. Acepta las condiciones de paz que se te ofrecen. No difieras el momento, no te entre­gues al sueño en estas condiciones, no sea que mueras.

El pecado está procurando enturbiar las rela­ciones con Dios y nuestras almas, provocando a Dios y alejándonos a nosotros de Él. Es necesario que nos reconciliemos con Él por medio de su Es­píritu y la intercesión de su Hijo; nada debe inter­ponerse entre Dios y nosotros, entre su misericor­dia que desciende a nosotros y nuestras oraciones que ascienden a Él. Justificados, pues, por la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo. Entonces no sólo nos acostamos en paz, sino gozosos en la esperanza de la gloria de Dios.

Acostémonos en paz con los hombres. Los que tienen muchos negocios en el mundo raramente pasan un día en que no sufran algún agravio de alguien, o por lo menos así lo creen. Al retirarse por la noche y reflexionar sobre ello es posible que el fuego arda, crezca el resentimiento y di­gan: Le haré como Él me ha hecho (Proverbios 24:29). Es el momento de meditar la venganza; por ello es necesario que la sabiduría y la gracia apaguen este fuego del infierno y la mente se dis­ponga a perdonar la injuria. Si otros se inclinan a disputar o reñir con nosotros, sea nuestra resolu­ción que no pelearemos con ellos. Hemos de amar a nuestros prójimos como a nosotros mismos, y por tanto, no podemos albergar malicia contra nadie. Y hallaremos que es mucho más fácil y agradable el perdonar veinte agravios que el ven­gar uno.

Si hemos echado todos nuestros cuidados del día sobre Dios podemos acostarnos en paz. El pensar en el día de mañana es un gran obstáculo para la paz de la noche. Aprendamos a vivir sin inquietud y a referir todos nuestros sucesos a Dios, que puede, según su voluntad, hacer lo me­jor para aquellos que le aman: «Padre, sea hecha tu voluntad.» Nuestro Salvador insiste sobre esto a sus discípulos, que no se acongojen pensando en qué comerán o beberán, o con qué se vestirán, porque el Padre celestial sabe que tienen necesi­dad de todas estas cosas, y Él se las proporciona­rá. Por tanto, echemos de nosotros esta carga.

Tercero. Habiéndonos acostado en paz, esta­mos dispuestos para dormir. Me acostaré y dor­miré. Dormir por dormir es el rasgo del holgazán, pero el sueño que restaura nuestras fuerzas es una misericordia igual al alimento, y por ella tenemos que estar agradecidos. Y podemos disponernos a dormir con estos pensamientos.

Nuestros cuerpos requieren descanso y alivio, pues se cansan, incluso sin hacer nada o casi nada. El hombre, a diferencia de los animales, anda derecho, pero nosotros no podemos perma­necer así durante mucho tiempo. Al cabo de pocas horas hemos de renunciar a este privilegio, ya que nos es imposible continuar despiertos, y hemos de echarnos. Que el sabio no se gloríe en su sabidu­ría, ni el fuerte en su fuerza, puesto que ambos yacen una cuarta parte de su vida totalmente pri­vados del uso de su fuerza o de su sabiduría, dé­biles e inertes.

Qué lástima perder tanto tiempo durmiendo, incapaces de servir a Dios o al prójimo, de hacer obra alguna de piedad o de caridad. Por ello mu­chos desean pasar durmiendo tan poco tiempo como pueden, y se avivan para redimir el tiempo mientras están despiertos, y desean llegar al día en que no hay sueño, sino que como los ángeles de Dios no descansarán de día ni de noche haciendo la bendita obra de alabar a Dios.

El buen amo a quien servimos nos deja tiempo para dormir y nos proporciona lo conveniente para ello, y hace que el sueño nos renueve y vivi­fique. Dios, pues, tiene consideración para nues­tro cuerpo y es conveniente que lo presentemos como sacrificio vivo a Él, y con él le glorifique­mos. El sueño es prometido a los santos: «A sus santos da Dios el sueño.» (Salmo 127:2.) ¡Que di­ferencia entre el sueño del pecador, a un paso del infierno, y el sueño que Dios da a sus amados!

¡Cuan triste es el caso de aquellos de cuyos ojos huye el sueño a causa de dolor del cuerpo o inquietud de la mente, y que esperan noches de insomnio y que dicen al acostarse: ¿Cuándo nos levantaremos?! Al pensar que cierto rey francés empleaba como tortura a sus súbditos protestan­tes, para que renunciaran a su religión, el privar­les del sueño por la violencia, nos damos cuenta de la necesidad inexorable del sueño y sentiremos compasión por aquellos que, por alguna razón, se ven privados de su consuelo, y oraremos por ellos.

¡Cuan desagradecidos somos a Dios al permi­tir que el sueño nos impida a veces hacer lo bue­no! El holgazán pierde a veces la hora de oración por la mañana o renuncia a ella por la noche, o cuando hemos dormido durante el servicio de Dios, como Eutico cuando Pablo predicaba, o como los discípulos en la agonía de Cristo en Getsemaní. Los que quieren dormir y no pueden, pueden pensar en las ocasiones en que habrían querido estar despiertos y durmiendo.

Tenemos ahora un día menos para vivir que cuando nos despertamos por la mañana; el hilo del tiempo se va enrollando; la arena va descen­diendo a medida que pasa el tiempo y la eterni­dad se acerca; nuestros días pasan más rápida­mente que la lanzadera del tejedor, que va y vuel­ve en un instante. ¿Y qué hacemos con el tiempo? ¿Qué diremos al dar cuenta de él? ¡Ojala que nos acostáramos siempre pensando en la muerte, para que esto nos ayudara a redimirlo!

Voy a dormir para la gloria de Dios, como al ha­cer todo lo demás. Para que mi cuerpo sea más apto para servir al alma, y esté mejor dispuesto para el servicio de Dios mañana. Así, las acciones comunes han de estar dirigidas a nuestro gran objetivo; son hechos en forma piadosa y puestas a nuestra cuen­ta; son santificadas. Para el que es puro todas las cosas son puras, y sea que estemos despiertos o dur­mamos, vivimos juntos con Cristo (1Tesalonicenses 5:10).

Me encomiendo ahora a tu gracia, Señor. Es bueno dormir, habiéndonos entregado a ti, cuerpo, alma y espíritu. «Vuelve al descanso de Dios, ¡oh, alma!, que te he mostrado sus bondades.» Nos en­comendamos a Él al dormir, como dijo David en el Salmo 31:5: En tus manos encomiendo mi espíritu. Como hizo Esteban: Señor Jesús, recibe mi espíri­tu. El dormir parece la muerte, y a veces es su puer­ta de entrada: muchos no se despiertan después de haberse dormido.

Y que cuando me despierte esté todavía con Dios. Que el paréntesis del sueño no quiebre el hilo de la comunión con Dios, sino que se resuma al des­pertar. Que mis pensamientos al despertar vuelvan a Dios, sin haberse perdido durante la noche. Que con ellos esté mi corazón sazonado todo el día.

Y que pueda entrar en un descanso mucho me­jor que el descanso en que estoy entrando ahora. El apóstol habla de un descanso en que entrare­mos los que hemos creído, el pueblo de Dios (He­breos 4:9). Los creyentes tienen descanso del pe­cado en este mundo, tienen a Cristo y el pacto de la gracia, y también el descanso de la otra vida, el gozo con el Señor en toda su plenitud.

Cuarto. Hemos de hacer todo esto en una de­pendencia confiada en Dios y su poder, su provi­dencia y su gracia. Por tanto me acuesto en paz y me dispongo al sueño, porque el Señor me guar­da. David ve los ojos de Jehová sobre él cuando se retira a su aposento, en la oscuridad, y cuando nadie más le ve. Ve su mano protectora que le li­bra de mal y le mantiene seguro.

Es por medio del poder de la providencia de Dios que estamos seguros durante la noche. Es Él que preserva al hombre y a la bestia (Salmo 36:6), que sostiene todas las cosas por la palabra de su poder. La muerte pronto habría destruido a todos si Dios no protegiera a las criaturas contra sus fle­chas que vuelan en todas direcciones. Nosotros no podemos verlas, pero estamos expuestos a ellas en la noche. Nuestros cuerpos llevan consigo la si­miente de todas las enfermedades; la muerte está trabajando siempre en nosotros, una cosa minús­cula puede interrumpir sea la circulación de la sangre o el resuello, y viene el fin, y ya no nos des­pertamos. El pecado nos somete a otros riesgos; asesinatos durante el sueño; muchos mueren en sus camas en incendios; y lo peor, la malicia de los espíritus malignos que procuran devorarnos.

Nosotros no podemos protegernos, ni nuestros amigos, no podemos prever lo que se nos echa en­cima, y por tanto, cómo guardarnos. Cuando el sueño cae sobre nosotros somos totalmente inde­fensos. Nuestros amigos duermen también.

Es, pues, la providencia de Dios la que nos protege durante la noche. Es una valla como la que rodeaba a Job, que ni el mismo Satán puede penetrar ni halla brecha alguna en ella. Hay una protección secreta para el pueblo de Dios, escon­dido en su pabellón, en el secreto de su taber­náculo, bajo la protección de su promesa (Salmo 37:5), son suyos y Él los guarda como la niña de su ojo (Salmo 17:8). Él los rodea como las montañas rodean a Jerusalén (Salmo 125:2). Él protege su habitación como las tiendas de Israel en el desier­to. «Y creará Jehová sobre toda la morada del monte de Sión… nube y oscuridad de día, y de no­che resplandor de fuego… y habrá un toldo para sombra contra el calor del día para refugio y es­condedero contra el turbión y contra el aguace­ro.» (Isaías 4:5.) Así bendice Dios las habitaciones de los justos, para que no caiga sobre ellos ningún verdadero mal, ni ninguna plaga se les acerque.

Este cuidado de la divina providencia sobre no­sotros y nuestras familias, de las que dependemos, es tal que cualquier provisión que hagamos noso­tros para nuestra seguridad no será suficiente a me­nos que haya bendición de Dios sobre ella, a menos que el Señor guarde la ciudad, en vano velan sus guardas. La casa nunca está bastante bien construi­da, las puertas y ventanas nunca están bastante bien atrancadas, los siervos nunca vigilan bastante a menos que el que guarda a Israel, que no se duer­me ni descansa, se haga cargo de su seguridad, y si Él es el protector, « de la destrucción y del hambre te reirás, y no temerás a las fieras del campo… sa­brás que hay paz en tu tienda, visitarás tu morada y nada echarás de menos» (Job 5:22, 24).

Es por el poder de la gracia de Dios que pode­mos considerarnos seguros, y de esta gracia de­pendemos continuamente. El temor del peligro, aunque sea sin base, resulta tan pernicioso como si fuera justificado. Y por tanto, para completar la merced de hacernos morar seguros, es un re­quisito que la gracia de Dios nos libre de nuestros temores (Salmo 34:4), así como de las cosas mis­mas de las que tenemos miedo; de las sombras que nos aterrorizan, así como de los males reales.

Si por la gracia de Dios podemos mantener la conciencia libre de ofensa y preservamos nuestra integridad, si hemos eliminado la iniquidad y no hemos permitido que la maldad habite en nuestro tabernáculo, entonces levantaremos nuestros ros­tros sin mancha, y seremos fuertes, y nada teme­remos (Job 11:14, 15), porque el temor viene con el pecado y se va con él. Si nuestro corazón no nos condena, tenemos confianza en Dios y en los hom­bres, y vivimos en seguridad, porque nada nos puede dañar, sino el pecado, de todo lo que nos puede dañar el pecado es el aguijón, y por tanto, si el pecado ha sido perdonado no hemos de te­mer nada.

Si por la gracia de Dios hemos podido vivir por la fe, la fe que pone a Dios siempre delante de nosotros, la fe que nos aplica las promesas y las pone delante del trono de gracia, la fe que purifi­ca el corazón vence al mundo y apaga los dardos del maligno, la fe que realiza cosas nunca vistas y que es la sustancia y evidencia de ellas. Si actua­mos gobernados por esta gracia podemos vivir se­guros y desafiar a la misma muerte y todos sus te­rrores: ¿Dónde está! oh, muerte!, tu aguijón? Esta fe no sólo puede acallar todos los temores, sino que abre nuestros labios en santo triunfo, porque si Dios es con nosotros, ¿quién es contra nosotros? Echémonos a descansar en paz y durmamos, no en la fuerza de la resolución natural contra el temor, o con argumentos racionales contra él, sino por depender de la gracia de Dios que obra la fe en nosotros y nos llena de la obra de fe. El que tal hace va a dormir como un cristiano, bajo la sombra de las alas divinas, y será para nosotros una anticipación del morir en la fe, porque la misma fe que nos lleva a través de la corta muer­ta del sueño, nos llevará a través del largo sueño de la muerte.

Aplicación práctica

Primero. Consideremos hasta qué punto nos preocupamos de llevar nuestra religión con noso­tros dondequiera que vamos, y de tenerla siempre a nuestra mano derecha, porque en todo momen­to tenemos ocasión para ella, al acostarnos, al le­vantarnos, al salir y al entrar, y los que son cris­tianos verdaderamente son los que no confinan su religión a las lunas nuevas y los sábados, sino que llevan su influencia en todas las acciones y ocu­rrencias comunes de la vida cotidiana. Hemos de sentarnos a la mesa y echarnos a la cama y levan­tarnos con la vista en la providencia y promesa de Dios. De esta manera viviremos una vida de co­munión con Dios, aunque estemos viviendo nor­malmente en este mundo.

Y para hacer esto es necesario que tengamos un principio vivo en nuestros corazones, un prin­cipio de gracia, que como un manantial de agua viva esté manando continuamente para vida eter­na. (Juan 4:14.) Es necesario, asimismo, que vigilemos nuestros corazones, y los guardemos con diligencia, y que seamos estrictos con sus movi­mientos y que nuestros pensamientos estén bajo mano, con más rigor, me temo, de lo que ocurre con la mayoría de los cristianos. Hemos de procu­rar tener provisiones constantes de la gracia divi­na, y mantenernos en unión con Cristo para que por la fe podamos participar de la raíz y de la grosura de la oliva continuamente.

En segundo lugar, hemos de ver que la vida de los cristianos buenos está escondida, y no se ve bajo la observación del mundo. La parte más im­portante se halla entre Dios y el alma, en la dis­posición de su espíritu, y en la obra realizada en su corazón en su secreto, de todo lo cual ningún ojo puede ver nada, excepto Aquel que es todo ojo. Justamente son llamados los santos, los es­condidos de Dios, y su secreto está con ellos por­que tienen comida que el mundo no conoce, y gozos y penas y cuitas de los que un extraño no tiene idea. Grande es el misterio de la piedad.

Y ésta es una buena razón por la que debemos considerarnos jueces incompetentes cuando he­mos de juzgarnos unos a otros, porque no conoce­mos el corazón del otro, ni somos testigos de lo que ocurre en su intimidad. Es de temer que hay muchos cuya religión yace en la superficie, como un espectáculo de feria en la carne, y quizá con gran ruido, y con todo, son extraños a la comu­nión secreta con Dios, en la cual consiste gran parte del poder de la piedad. Y por otra parte, es de esperar, que hay muchos que no se distinguen en nada observable por su profesión religiosa, sino que pasan sin que el mundo los note, y con todo, conversan mucho con Dios en la soledad, y andan con Él a un nivel constante de devoción y conducta de modo regular. El reino de Dios no es observable. Muchos mercaderes prosperan en ne­gocios que no son observables al público. Es apro­piado, pues, que el juicio del hombre proceda del Señor, que es el que conoce los corazones y ve en lo secreto.

En tercer lugar, fíjate hasta qué punto se per­judican a sí mismos los que continúan bajo el do­minio de una mente vana y carnal, y viven sin Dios en el mundo. Mucho me temo que de los ta­les se puede decir que el secreto de la comunión con Dios es algo desconocido, y que están dispues­tos a decir de sus ministros, cuando éstos les ha­blan de ella, que están hablando en parábolas. Se acuestan y se levantan, salen y entran, en cons­tante búsqueda de los beneficios o los placeres del mundo, pero Dios no está en sus pensamientos, ni en mucho ni en poco; viven de El, de sus dones, pero no le tienen en cuenta, ni confiesan su de­pendencia de Él, ni se preocupan de asegurarse su favor.

Los que viven una vida así, en un plano mera­mente animal, no sólo desprecian a Dios, sino que se causan mucho daño a sí mismos; dependen de ellos mismos, y se privan de los consuelos más va­liosos de que se puede disfrutar a este lado del cielo. ¿Qué paz pueden tener los que no tienen paz con Dios? ¿Qué satisfacción pueden sacar de sus esperanzas si no están edificadas sobre el fun­damento eterno de Dios? ¿O en sus gozos, que no se derivan de la fuente de la vida y de la vida eter­na? ¡Oh, que pudieran ser sabios y recordar a su Creador y Benefactor!

En cuarto lugar, ve lo agradables y sosegadas que podrían ser las vidas de los que forman el pueblo de Dios si no fuera por sus propias faltas.

Hay algunos que temen a Dios y obran justicia, y son aceptados por el Señor, pero andan con la ca­beza caída y desconsolados todo el día, llenos de cuitas y temores y quejas, y en continua inquie­tud, y es porque no viven la vida de deleite en Dios y dependencia de Él, que podrían y deberían vivir. Dios ha provisto para que puedan morar en paz y sosiego, pero no hacen uso de esta provisión preparada para ellos.

¡Oh! Si todos los que parecen tener conciencia y temen al pecado pudieran mostrar contento y no temer nada; si todos los que llaman Padre a Dios y procuran agradarle y mantenerse en su amor pudieran aprender a echar sus cargas sobre Él y encomendarse a Él como Padre. Él escogerá nuestra herencia y sabe lo que es mejor para no­sotros. Tú, Señor, contestarás por mí. Esto es lo que he dicho con frecuencia y a lo que me atengo. Que la vida santa celestial basada en el servicio de Dios y en comunión con Él es la vida más pla­centera y satisfactoria que se puede vivir en este mundo.

En quinto lugar, procura hallar la mejor pre­paración que podemos hacer para los cambios que pueden ocurrir en éste, nuestro estado pre­sente, la cual es el mantenernos en trato y comu­nión constante con Dios, el mantener conversa­ción con Él diariamente, el guardar los momentos apropiados para invocarle, para que cuando llega la tribulación pueda hallar las ruedas de la ora­ción ligeras. Y luego, que podamos ir a Dios con humilde confianza y esperar ayuda rápida cuando entremos en aflicción si no hemos sido extrañados para con Dios en otras ocasiones, sino que en nuestra paz y prosperidad nuestros ojos han esta­do dirigidos a Él.

Incluso cuando llegamos al mayor grado de santa seguridad y serenidad, y nos acostamos en paz, todavía hemos de esperar problemas de la carne. Nuestra seguridad no debe estar fundada en la estabilidad de la criatura; si es así, nos en­gañamos y acumulamos tribulaciones para el fu­turo. No hemos de confiar en nosotros mismos, sino en la fidelidad de Dios que es inmutable. Nuestro Maestro nos ha dicho que en el mundo tendremos tribulación, mucha tribulación, y que tenemos que contar con ello, y que sólo en El po­demos tener paz. Pero si cada día es para nosotros, como debería ser, un día de reposo en el Se­ñor, y de comunión con Él, nada nos puede ocurrir ningún día que nos trastorne por grave que sea.

En sexto lugar, asegúrate también de cuál es la mejor preparación que puedes hacer para el mundo inmutable que se halla delante de noso­tros. Sabemos que Dios nos llevará hasta la muer­te, y nuestro interés principal es estar preparados para ella. Ésta debería ser nuestra de cada día, el estar preparados para nuestro úl­timo día, y lo mejor que podemos hacer para no­sotros con miras a la muerte es el retirarnos con frecuencia para la comunión con Dios, el despren­dernos más y más de este mundo que hemos de dejar al morir, y familiarizarnos más con el otro al que seremos llevados después de la muerte. Al ir a nuestra cama, como si fuera nuestra tumba, haremos que la muerte nos sea familiar, y será tan fácil para nosotros cerrar los ojos y morir como el cerrarlos en paz y dormir.

Esperemos que Dios nos llevará al cielo, y al mantener la comunión diaria con Dios, nos hace­mos más y más aptos para participar de esta herencia y aclimatarnos a la atmósfera del cielo. Es indudable que todos los que van a ir al cielo des­pués empiezan su cielo ya aquí y tienen sus cora­zones allí; si, pues, entramos en el reposo espiri­tual cada noche, esto será una garantía de nuestro bienaventurado descanso en los brazos del amor divino, en aquel mundo en que el día y la noche dejarán de existir, y ahora no dejaremos ni día ni noche de alabar a Aquel que es y será nuestro des­canso eterno.

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