¿Dónde estaba Dios?

asssIntroducción:

Según datos facilitados por Worldwatch Institute, 1998 ha sido el peor año del siglo pasado en desastres naturales. Un total de 700 catástrofes en todo el mundo han causado 50.000 muertos y pérdidas valoradas en 90.000 millones de dólares (12,4 billones de pesetas). La amenaza de estos números supone que el futuro originará más muertos y agravará la incapacidad para hacer frente a los daños provocados por los desastres.

La zona más afectada fue Centroamérica. Esta región, donde están los países más pobres del continente americano después de Haití, es tierra de tragedias y desastres. Por no alargar la memoria a tiempos lejanos, recuerdo aquí que en diciembre de 1972 un seísmo arrasó la ciudad de Managua, en Nicaragua, dejando más de 20.000 muertos. En febrero de 1976 una serie de terremotos devastó Guatemala, afectando a 20 de los 22 departamentos de la nación. Los muertos ascendieron a 25.000. En octubre de 1986, 18 movimientos sísmicos que sacudieron la ciudad de El Salvador acabaron con la de 2.000 personas.

Pero lo del huracán “Mitch” –nombre de perro- con sus violentas tempestades que destruían y trastornaban todo lo que encontraban a su paso, fue distinto, fue más trágico. También la tragedia tiene dimensiones.

Lo que ya se conoce como el fenómeno atmosférico más devastador de la historia moderna inició su carrera de el viernes 30 de octubre de 1998. Durante ocho días consecutivos cuatro países de

Centroamérica, honduras, Nicaragua, Guatemala y EL Salvador, unos más que otros, sufrieron las consecuencias de vientos huracanados, lluvias torrenciales, lodos mortales.

Cuando los vientos aplacaron su furia y las lluvias redujeron su precipitación a escasas gotas de agua,

Centroamérica ofrecía un panorama desolador. Un dantesco escenario que de la noche a la mañana borró años de sacrificios en los que se pusieron en marcha reformas de ajuste que permitieron un lento crecimiento económico. El desastre se cebó en las grandes ciudades, destruyendo las vías de comunicación, en las áreas rurales y en centenares de insignificantes pueblos del interior. Un manto negro lleno de llanto, destrucción y desesperación cayó sobre los habitantes pobres de estos pobres países. El dolor produjo escenas desgarradoras. Madres llorando por la muerte de sus hijos. Niños buscando desesperadamente a sus padres. Cadáveres enterrados en cualquier sitio, despidiendo el insoportable e inconfundible olor a muerte. La impotencia y la desesperación se apoderaron de la población superviviente, testigo del horror.

Aun cuando las cifras siguen siendo confusas, las estadísticas hablan de 25.000 muertos, 15.000 desaparecidos, cuatro millones entre heridos y personas afectadas directamente, de las cuales la mitad perdió completamente sus hogares, dos millones de evacuados, daños por valor de unos 3.000 millones de dólares (420.000 millones de pesetas).

Los números son fríos, impersonales, carentes de sentimiento. Explican las consecuencias, pero no interpretan las profundas heridas que sangran hacia adentro. La tragedia está en los ojos del que la contempla, en el corazón del que la sufre, no en aquél que la lee desde la distancia.


Sufrir y llorar significa vivir

La frase que da título a esta sección la he tomado del gran novelista ruso Dostoievski.

Sufrimos, simplemente porque estamos vivos. Los muertos no sufren. EL drama del sufrimiento ha sido compañero y tortura de la raza humana. El sufrimiento es una realidad universal, misteriosa casi siempre, ineludible y desconcertante. Todos los seres humanos, en un momento u otro, hemos de enfrentarnos con él.

La historia del mundo es la historia del sufrimiento. Sufrimos al nacer. Vivimos sufriendo. La vejez es portadora de sufrimiento. Los últimos alientos del sufrimiento los exhalamos en la tumba. El sufrimiento es tan universal como el sol, como la luna, como las estrellas; está en todas partes: en el palacio del rico todopoderoso y en la chabola miserable del pobre.

He recorrido una gran parte de este mundo. He viajado por 76 países de los cinco continentes. Por todos los caminos he visto levantarse la silueta negra y pertinaz del sufrimiento. Es el pan que no falta en ninguna mesa. Este parece ser el misterio y el destino de la existencia humana.

Me he enfrentado al sufrimiento en tantas ocasiones como cabellos aún tengo en mi poblada cabeza. Y todavía no he aprendido a enjugar lágrimas, ni a extraer espinas, ni a ahuyentar sombras, ni a liberar del dolor a la persona que sufre.

No he vivido la tragedia humana causada por el huracán “Mitch” en Centroamérica. Pero tengo plena conciencia de su magnitud. He sido testigo de otras catástrofes causadas por los mismos agentes, aunque menores en intensidad, más reducidas y no tan graves en consecuencias.

En todos los casos, de los desgarrados brota la misma queja y la misma pregunta: “¿por qué ha de pasarme esto a mí?”. El sufrimiento lleva aparejado una ola de “porqués” que expresan el deseo de encontrar una razón lo que está sucediendo.

¿Por qué el sufrimiento ha llegado a mi vida, a mi casa, a las personas que quiero?

¿Por qué esta invasión del dolor ahora, cuando n mi fragua se estaban apagando anteriores fuegos?

¿Por qué ha tenido que suceder esto?

¿Por qué todas las desgracias caen sobre mí?

¿Por qué el agua violenta, ancha y fangosa, se ha llevado mi barca?

¿Por qué esta tormenta que ha destrozado mi vida para siempre?

¿Tiene algún sentido todo esto?

La profundidad del dolor lleva a la pregunta sobre el significado de la vida y de las cosas. Son interrogantes inquietantes que brotan de la quiebra, del desgarro íntimo del afligido y que sólo él siente y padece en su sentido más hondo.

El sufrimiento humano está ahí, nos rodea, nos invade. No lo queremos, no lo hemos convocado, pero nos sigue como una sombra maldita. ¿Cuándo desaparecerá? Cuando haya desaparecido el último ser humano de la tierra. Nunca antes. Podemos sublimar el sufrimiento, podemos mitigarlo, pero jamás podremos eliminarlo. Es el problema fundamental de la Humanidad. El destino del hombre en la .

 

 ¿Por qué permite Dios el sufrimiento?

El sufrimiento constituye con frecuencia un interrogante para el incrédulo. ¿Por qué permite Dios que sufran sus criaturas? Esta es la roca del ateísmo.

Ante el dolor provocado por las enfermedades o por los desastres naturales, como es el caso que estamos considerando, los protagonistas sientan a Dios en el banquillo y le dirigen preguntas inquietantes.

¿Por qué Dios ha permitido todo esto? ¿Por qué permite Dios que sufran los inocentes’. ¿Por qué no castiga a los malos?. ¿Por qué no intervino Dios en el huracán que arrasó Centroamérica, deteniendo los vientos o haciendo que lloviera hacia arriba’.

La letanía de los “porqués” no termina nunca. Tampoco encuentra respuestas definitivas. El filósofo y teólogo italiano Romano Guardini, poco antes de morir confesó a un amigo que en el día del no se dejaría interrogar sólo por Dios. También él plantaría preguntas al , especialmente relacionadas con el sufrimiento humano.

La protesta frente al sufrimiento llega a la negación de Dios. En diciembre de 1942, en plena guerra mundial, un pastor evangélico alemán recibió una carta de su hijo, quien luchaba en el frente de Stalingrado, en la antigua Unión Soviética. El contenido de la carta es estremecedor. El joven soldado decía a su padre:

“Plantear el problema de la existencia de Dios en Stalingrado, significa negarlo. Debo decirlo y me pesa doblemente. Tú me has educado, porque faltaba mi madre y siempre me has puesto a Dios ante mis ojos y mi alma. Y me pesan estas palabras doblemente, porque serán las últimas mías y ya no podré decir otras que las corrijan o anulen. Tú eres pastor de almas, padre, y en la última carta digo la o lo que creo que es la . He buscado a Dios en toda zanja, en toda casa destruida, en mis camaradas, cuando estaba en las trincheras y en el cielo.

Dios no se ha manifestado cuando mi corazón clamaba por él. Las casas están destruidas, los camaradas eran tan heroicos o viles como yo, en la tierra había hambre y homicidios y del cielo caían bombas y fuego. Dios es el que me falta.

No, padre, no hay Dios alguno. Lo repito y sé que es una cosa terrible y para mí irreparable. Y si existe

Dios, sólo está cerca de vosotros en el libro de los salmos y en las oraciones, en las palabras devotas de los sacerdotes, en el repique de las campanas y en el perfume del incienso. Pero en Stalingrado, no”.

En lugar de rechazar estos razonamientos, haríamos bien en considerar seriamente los argumentos que brotan del sufrimiento. Estos argumentos no constituyen, en modo alguno, pruebas de la inexistencia ni de la indiferencia de Dios. Pero nos ponen frente a las lágrimas y la sangre que salpican las vidas humanas.

En el caso del joven soldado alemán, he de decir que las guerras no las provoca Dios. Es el resultado macabro del pecado, la maldad humana puesta en acción hasta límites de crueldad. Ahora mismo se despilfarran cada día 4.000 millones de dólares (560.000 millones de pesetas) en la inversión y producción de máquinas mortíferas cada vez más sofisticadas. ¿Tiene Dios la culpa de esta barbarie? Si esas armas, como ocurrió en Hiroshima y Nagasaki, matan el día de mañana a miles o a millones de inocentes, ¿es justo culpar a Dios de ello?.

Se dice: ¿No es omnipotente? ¿No podría evitarlo? ¡Claro que es omnipotente, que todo lo puede! Pero la omnipotencia de Dios no es la de un dictador férreo que impone su voluntad a capricho. Ha y que entender esto bien. La omnipotencia de Dios, la que está en el origen de la historia, es una omnipotencia que a la vez crea la libertad y la autonomía de la persona y por lo tanto las respeta, tanto si las usa para el bien como si las emplea para el mal. Omnipotencia no significa que el poder de Dios debía imponerse contra tu libertad y por encima de ella. Un Dios omnipotente no puede oprimir a sus criaturas. La grandeza de la omnipresencia de Dios consiste en dejarte a tu libertad y a ti iniciativa. Entre el bien y el mal, que tú conoces perfectamente, porque los llevas impresos en la conciencia, Dios te aconseja que hagas el bien. Pero si eliges hacer el mal, Dios no va a borrar de tu mente los malos pensamientos ni a encadenar tus manos para que no obedezcas a la razón. Si hiciera esto no sería Dios; sería un tirano. ¿Lo comprendes?

Si Dios hubiera de intervenir en todos los casos en los que se dispara la maldad humana, ¡no estaría invirtiendo el orden mismo de la creación! ¿Y qué criterio de justicia tendría que seguir Dios?. ¿No estaría beneficiando a unos y perjudicando a otros? Si las almas son libres, Dios no les puede impedir que traten de resolver sus problemas con enfrentamientos que causan dolor, en vez de hacerlo con gestos de paz. La madera de un árbol puede ser utilizada para construir la cuna de un niño o para golpear la cabeza del vecino y matarlo. Si sabemos hacer lo uno y lo otro, ¿por qué culpar a Dios cuando elegimos la senda del mal? Sea cual sea el sentimiento y la orientación de la libertad humana, Dios no puede interferirla, pues estaría tratando a la persona como simple marioneta. ¿O no?

Cuando el salmista escribe que no habrá en ti dios extraño, la Cábala judía implica que precisamente hay dioses extraños dentro de ti. No se trata de dioses en su sentido propio de “El Infinito”. Son los dioses del mal, las fuerzas negativas que acarrean el sufrimiento en el mundo. Esos dioses extraños están en mí, están en ti, están en todos nosotros. Cuando los activamos causamos el mal, el dolor y el sufrimiento en nuestro entorno. El caos no proviene de Dios. Viene de los monstruos que luchan en nuestro propio interior. Los dioses extraños son el símbolo de nuestras batallas. De esas batallas no es responsable Dios.

Somos nosotros, que contamos con las energías suficientes para orientarlas hacia la paz u orientarlas hacia el dolor, el vacío, la confusión.

 

 Dios y la naturaleza

El texto del primer libro de los Reyes, en la , y fijado en el encabezamiento de este trabajo, forma parte de una amarga experiencia que tuvo en profeta Elías en tiempos del rey Acab y de la reina Jezabel, unos 900 años antes de , si bien el libro se escribió 300 años después, según la tradición hebrea.

Ante la amenaza de Jezabel, quien juró matarlo, Elías huye al desierto y se refugia en el interior de una cueva. Allí experimenta lo que n griego se conoce como teofanía, la aparición o revelación de la divinidad. Leemos otra vez el párrafo bíblico. Estando el profeta en la cueva, “he aquí Jehová que pasaba, y un grande y poderoso viento que rompía los montes y quebraba las peñas delante de Jehová; pero Jehová no estaba en el viento. Y tras el viento un terremoto; pero Jehová no estaba en el terremoto. Y tras el terremoto un fuego; pero Jehová no estaba en el fuego. Y tras el fuego un silbo apacible y delicado. Y cuando lo oyó Elías, cubrió su rostro con un manto, y salió, y se puso a la puerta de la cueva. Y he aquí vino a él una voz diciendo: ¿Qué haces aquí, Elías?” (1ª de Reyes 19.11 -13).

Esta escena es el centro nuclear de todo el libro. Lo mismo que Moisés advirtió la de Dios en el monte Sinaí en medio de terroríficos fenómenos naturales, Elías asiste a un espectáculo parecido, pero de otro signo.

La teofanía propiamente dicha, al pasar del Señor por delante de la cueva donde se escondía el profeta, víctima de una gran depresión, es descrita en términos sorprendentes, no exentos de polémica.

Sucesivamente se niegan tres fenómenos naturales. Dios no estaba en el huracán. Dios no estaba en el fuego. Dios no estaba en la tormenta. Dios no estaba en la brisa acariciadora. Estaba en el susurro apacible y delicado. La presencia de Dios no se hallaba en los fenómenos tumultuosos y extraordinarios, causantes de tantos desastres. Se encontraba en la voz casi silenciosa que sobrecoge, en la turbada intimidad del profeta.

Con la autoridad que me da este texto de la Biblia, y otros muchos de idéntico significado, digo que Dios no estaba en el huracán que azotó El Salvador, Guatemala, Honduras y Nicaragua. Dios no estaba en las lluvias cargadas de impurezas que inundaron los campos y las ciudades. Dios no estaba en el lodo convertido en sepultura de inocentes. Dios no estaba en las entrañas del huracán “Mitch” que sembró de muertos pueblos de Centroamérica.

Fue una sublevación de la naturaleza en la que Dios no tomó parte alguna.

El cosmos está hecho de orden y de desorden. Esas montañas que son teatro de encantador a armonía lo son también de avalanchas catastróficas. Pasamos un día de campo y regresamos a casa felices del contacto mantenido con la naturaleza, dando gracias a Dios por ella. Esa misma naturaleza, esas montañas, provocan un desprendimiento de tierra que causan centenares o miles de muertos. ¿Por qué ha de tener Dios una intervención más directa en un caso que en otro? ¿Por qué atribuimos a la naturaleza el placer y a Dios el dolor?

Esa madre naturaleza, como se la llama frecuentemente, se convierte a veces en peligros amenazantes: aludes, inundaciones, huracanes, desbordamientos de ríos y mares. ¿Con qué derecho decimos que la naturaleza es una buena madre cuando nos proporciona el bien y responsabilizamos al Padre cuando se vuelve hostil y enemiga del hombre?

No es justo agradecer a la naturaleza todo cuanto signifique plenitud, alegría, felicidad, y culpar a Dios cuando se transforma en dolor, angustia, lágrimas, sufrimientos, muerte.

La naturaleza no tiene siempre un mismo comportamiento. El fuego que alivia el frío cuando el cuerpo está situado a conveniente distancia, lo destruye cuando la distancia se suprime. Sus propias leyes impiden a la naturaleza ser igualmente agradable para cada uno de los seis mil millones de habitantes que ya poblamos el planeta. El camino cuesta arriba para quien va en una dirección se torna cuesta abajo para quien va en dirección contraria. La naturaleza es un baile. Cuando se muestra benigna lo atribuimos a sus leyes inmutables. Cuando se subleva y destruye, culpamos a Dios. Totalmente injusto.

La imagen del jardín del Edén, donde tuvo lugar el primer pecado cometido por el ser humano, es una impresionante indicación de que el mundo, que ahora nos rodea en estado de naturaleza pura, es poco paradisíaco. Estamos expuestos a la amenaza de una potencia superior que aparece como ciega. El que Dios, como causa primera, dirija los acontecimientos de la naturaleza y sucesos del mundo, no suprime una cierta necesidad propia de otras causas secundarias, como las llama la teología y la filosofía.

El encargo del Creador a los seres humanos es: “Llenad la tierra y sojuzgarla” (Génesis 1.28). Pero en la realización de esta tarea dominadora el hombre experimenta la humillación de quedar él mismo dominado por la naturaleza.

Es cierto que a lo largo del tiempo el hombre ha llegado a conocer mejor los mecanismos de la naturaleza y los ha transformado, poniéndolos a su servicio. Los fenómenos devastadores de la naturaleza han podido ser despojados, hasta cierto punto de su peligrosidad. Unos países lo han logrado más que otros.

Pero todo esto, ¿nos ha liberado verdaderamente de la amenaza de la naturaleza? Al contrario, lo que el hombre ha puesto a su servicio se convierte en una nueva y mayor amenaza. Y se encuentra indefenso ante esas fuerzas indomables en el seno de la naturaleza que nos rodea, dura y amenazadora.

Hay otra cuestión que hemos de tener en cuenta: la responsabilidad de los seres humanos, en este caso de los líderes políticos y sociales, en las catástrofes naturales como las que azotaron los cuatro países de Centroamérica ya mencionados.

Un periodista ateo me preguntó en cierta ocasión: ¿Por qué permite Dios que mueran cada día en el mundo cincuenta mil niños de hambre?

Mi respuesta fue una contra pregunta: ¿Por qué lo permitimos nosotros, tú, yo y los demás?

Se ha dicho que cada niño que nace tiene un pan para comer. Si muere de hambre es porque otro niño, en algún lugar de la tierra, ha comido dos panes y ha dejado a un niño sin el que le corresponde. Y en los países ricos hay niños que comen dos, tres y más panes.

La injusta distribución de la riqueza es la causante de muchos males. Se ha comprobado que con la sobra de comida que los restaurantes de Nueva York tiran a diario a la basura se podría alimentar a toda la población hambrienta de Haití y aún sobraría comida.

El hambre, las enfermedades, la falta de asistencia médica, el analfabetismo, todas esas plagas de miseria que afectan principalmente –no únicamente- a muchos millones de seres en África, en Asia, en América Latina, tendrían solución si fuésemos más equitativos en el reparto de la riqueza y de los recursos naturales. ¿Por qué culpar a Dios de lo que únicamente nosotros somos responsables?

Si el huracán “Mitch” hubiera elegido para su acción devastadora países de Europa, o Japón, o Estados Unidos, las consecuencias no habrían sido las mismas. Cuando en 1998 el ciclón El Niño –que suele seguir en destrucción a su hermana La Niña –penetró en Estados Unidos y Canadá, dejó unos tres centenares de muertos, frente a los 25.000 producidos por el “Mitch” en Centroamérica. Apena s hubo consecuencias sobre la población ni sobre la economía de los dos países afectados. Sí las hubo para México cuando “El Niño” puso rumbo mortal hacia el país de los aztecas.

Las razones están claras: Europa, Estados Unidos y Japón poseen unas estructuras que les permiten hacer frente a esas catástrofes naturales, en tanto que otros países, como los centroamericanos, carecen de ella.

¿También tiene Dios la culpa de esto?

Es verdad que ni Honduras, ni Nicaragua, ni El Salvador, ni Guatemala, tienen presupuestos para crear las condiciones de defensa y seguridad que exigen las amenazas de la naturaleza. Pero es verdad también que la corrupción económica, la inestabilidad política, la desgana de la administración, hacen imposible la puesta en marcha de las necesarias estructuras. Sobre esto se ha escrito mucho e incluso se ha denunciado a los posibles responsables con nombres y apellidos.

Si se respetaran las normas ecológicas, si no se hiciera violencia a las selvas, a los bosques, a los ríos y a los mares, si el ser humano comprendiese que él mismo es parte de la naturaleza, entonces las catástrofes naturales serían menos numerosas. Cuando las almas se vuelven malvadas y se empeñan en hacerse daño mutuamente, cuando la avaricia humana se dispara, la pobreza se duplica. No es Dios, ni siquiera la naturaleza: somos nosotros los verdaderos culpables de tantos desastres.

Dios ha elegido el mejor de los mundos posibles. Un mundo que no es completamente bueno, que no ha conseguido todavía la perfección. La naturaleza tiene en sí misma la posibilidad de ir perfeccionándose y ésa es nuestra tarea, ya que solamente nosotros somos capaces de contener su furia y de transformarla totalmente para el bien.

Los sufrimientos de Cristo

Creo firmemente que este trabajo sobre el sufrimiento humano quedaría incompleto sin una referencia a los sufrimientos de Cristo.

En realidad, las preguntas que surgen del sufrimiento están presentes en toda la Biblia, desde el Génesis al Apocalipsis. La primera sentencia divina a causa del pecado habla de una tierra de dolor, abundante en espinas que se clavan en el alma y en abrojos que dificultan la acción humana. A partir de ahí, cada página de la Biblia está teñida de dolor, cada personaje bíblico participa de la amarga experiencia del sufrimiento. Hasta que llegamos al Apocalipsis, done un misterioso caballo amarillo, con la palabra “muerte” escrita sobre la frente de su jinete, asume la potestad “sobre la cuarta parte de la tierra, para matar con espada, con hambre, con mortandad, y con las fieras de la tierra”. El clímax de sufrimiento en la Biblia alcanza su máximo en el libro de Job, donde el protagonista, un hombre profundamente creyente, moralmente bueno e inocente de pecado, grita de dolor:

“Mi carne está vestida de gusanos, y de costras de polvo; mi piel hendida y abominable” (Job 7.5).

“Mi rostro está inflamado con el lloro, y mis párpados entenebrecidos” (16.16).

“Mi piel y mi carne se pegaron a mis huesos, y he escapado con sólo la piel de mis dientes” (19.20).

“La noche taladra mis huesos, y los dolores que me roen no reposan” (30.17).

Se han alzado algunas voces diciendo que lo ocurrido en Centroamérica es un castigo de Dios. Blasfeman los que esto creen. Blasfeman en contra de Dios y blasfeman en contra de la persona humana. Decir que sufrimos porque Dios nos castiga es desconocer el carácter de Dios. En el caso de Job está demostrado que el sufrimiento no es necesariamente la consecuencia del pecado. Por otro lado, mantener que el dolor proviene de la ira divina no resuelve el problema del sufrimiento.

El dolor, el sufrimiento y la decadencia de la vida humana han sido patentes en todas las épocas, en todas las civilizaciones desde el principio de los tiempos.

En el corazón de la religión cristiana está la cruz, el símbolo del amor de Dios que da sentido al sufrimiento. Jesús no vino al mundo para suprimir el sufrimiento. Vino para asumirlo en su propia persona y para transformarlo en medio de salvación.

El libro del profeta Isaías contiene las canciones del de Jehová, Cristo. El capítulo 53 del libro trata del sufriente. Es la cuarta canción. El profeta, seiscientos años antes de que tuvieran lugar los acontecimientos del , presenta a Jesús en la figura del justo sufriente, portavoz de todas las llagas humanas.

Cristo puede liberarnos del sufrimiento porque Él habitó anteriormente en la región del dolor y lo conocía por experiencia propia.

El sufrimiento persigue a Cristo desde el instante mismo de su venida al mundo. Los años de vida que pasó en la tierra fueron años de sufrimientos. ¡Y era el Hijo de Dios! ¡Y era Dios humanizado! El suyo fue un sufrimiento que nacía de la lucha contra el sufrimiento. En este sentido hemos de entender la bella frase del “Kempis”: “Toda la vida de Cristo fue una cruz”.

No era el sufrimiento lo que Jesús buscaba en su caminar hacia la muerte, sino cumplir la voluntad del Padre en la salvación del género humano. La Cruz para Jesús fue el precio de la obediencia fiel a la misión que le había traído al mundo. “De un bautismo tengo que ser bautizado; y ¡cómo me angustio hasta que se cumpla!” (Lucas 26.39). “Pero no sea como yo quiero, sino como tú”, se apresuraba a aclarar.

Y el Padre quiso a su manera. Exponiéndole a todo tipo de torturas morales y físicas, permitiendo que apurara hasta la última gota en la copa del dolor, dejando que manos de hombres laceraran su cuerpo hasta la sangre, permitiendo en su cabeza inmaculada una corona de espinas, consistiendo que fuera clavado en la cruz, muriendo de muerte horrible.

El sufrimiento de Jesús fue como la tormenta desencadenada por el huracán “Mitch”. Una tormenta que se formó allá lejos, en el principio de la creación, en otro escenario. Una tormenta que crece, que se mueve, que avanza incontenible hasta que descarga toda su violencia en el sufrimiento y la muerte.

Los veinticinco mil muertos por el huracán de Centroamérica ya sólo cuentan para Dios. No escribo para ellos. Escribo para los supervivientes, para quienes todavía se desgarran de dolor por la pérdida de los seres que amaban y por los perjuicios causados a sus pequeñas tierras y a sus humildes pertenencias. Para ellos y pensando en ellos he redactado este trabajo.

El sufrimiento de Cristo, que fue definitivamente vencido en la resurrección, genera un bien: la redención del mundo. Sobre los escombros dejados por el huracán “Mitch” hay que elevar la dignidad humana y transformar el sufrimiento en alegría. El dolor y la alegría tienen un mismo calado. La hondura que alcanza el sufrimiento la alcanza también el gozo. Jesús, varón de dolores, víctima continua del sufrimiento, fue también un pozo de alegrías. Frescas llamas de alegría. Si no le tienes aún como Redentor y Salvador de tu vida, búscale, está cerca de ti, vive en ti. Él quiere sacarte del pozo de la angustia y compartir tu dolor. Tu sufrimiento tiene una esperanza. Tu pequeña o grande historia, con todo su fondo de sufrimientos, están en las manos de un Dios solidario, que entregó la vida de Su Hijo a la muerte, para que tu muerte resulte en vida. En vida eterna.


Resumen

¿Dónde estaba Dios cuando el huracán “Mitch” devastó Centroamérica? ¿Dónde? Dios no estaba en el viento. No estaba en la lluvia. No estaba en el lodo. No estaba en el terremoto. No estaba en el fuego.

Dios estaba donde ha estado siempre, donde está ahora. En el susurro apacible y delicado. En la cercanía de tu corazón. En el fondo de tu alma. Al alcance de tus deseos. En las puertas mismas del llanto, del dolor, del sufrimiento, con la esperanza de limpiar cada lágrima de tus ojos con su manto de amor.

12 comentarios

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    • Alberto en 31 mayo, 2014 a las 12:28 pm
    • Responder

    Esta es una pregunta que mucha gente se hace a menudo, me alegra encontrar este artículo.
    Dios les bendiga a todos.

    1. si Alberto, esta es una pregunta que mucha gente se hace cuando está psando por momentos de crisis, pero sore todo cuando piensan que no hayrazón para que les esté sucediendo lo que les está pasando.

      • Alberto en 31 mayo, 2014 a las 12:34 pm

      jejeje, sobre todo cuando la gente cree que no se merecen lo que están pasando.

    2. si, pero hasta nosotros mismos (cristianos) llegamos a creeos que no nosmrecemos lo que nos pasa, y la verdad es que nos merecemos más de lo que nos puede pasar…

    • Isabel Castillo en 31 mayo, 2014 a las 12:36 pm
    • Responder

    Anibal, es verdad que lanzas tremendos artículos, mira que me he encontrado ente que cuando hablan de sus probemas siempre se pregunta, ¿dónde estaba Dios cuando a mi……?, pero lo que no nos damos cuenta es que Dios no tiene compromisos con nadie, y no somo snadie para rclmarle nada a Dios, pero la gente no quiere entender eso.

    • Marín en 31 mayo, 2014 a las 12:38 pm
    • Responder

    muy bonito el debate pero es verdad, ¿dónde está Dios cuando atan niños, cuado matan mujeres, cuando gente muere de hambre…..?, no importa lo que digan, si Dios es Dios porqué pasan esas cosas. y no me digan nada porque ninguno de ustedes tiene una justificación pra eso.

      • Evelyn en 24 octubre, 2014 a las 2:26 pm

      Yo si tengo una: DIOS ES SOBERANO y hace lo que quiere y solo el sabe por que permite las cosas, ademas dice la palabra que hay misterios que al hombre no le es dado saber y ni tu ni yo somos quien para cuestionar a nuestro creador, donde se ha visto eso?, acaso la computadora puede cuestionar al hombre cuando un virus le daña el sistema operativo? de la misma forma no nos corresponde cuestionar la voluntad de Dios, aunque nos cueste en nuestra naturaleza humana

    • Edysnel Tejeda en 14 junio, 2014 a las 11:55 am
    • Responder

    Hermanos no se han preguntado porque el ser humano y principalmente los no creyentes siempre le hechan la culpa a DIOS del resultado de sus herrores y sus malas desiciones, poniendo a DIOS en el banquillo de los acusados cuando en ese banquillo debemos estar nosotros. es verdad que DIOS tiene el control de todas las cosas pero ÉL no es ningún dictador, decimos que Él es malo cuando en verdad los malos y despresiables somos nosotros, la palabra de DIOS dice que no hay bueno, siquiera uno y que todos estamos muertos al pecado, ¿cómo se entiende entonces que nosotros que si no fuera por DIOS estaríamos diambulando por la vida sin rumbo, pudieramos tomar sabias desiciones para el bien de la humanidad cuando en realidad nuestras obras y pensamientos ban dirigidos diariamente a hacer el mal y no el bien y solo DIOS puede rescatar al ser humano de esa vida y aún siendo cristianos queremos seguir en la práctica del mal. Además la biblia dice que todas estas cosas iban a ocurrir, es decir, ya estábamos en sobreabiso de que antes de la benida de nuestro Señor Jesucristo iban a suceder todas estas cosas, esto lo que nos debe dar es más firmeza y Fé en nuestro DIOS y esperar en su benida que cada vez está más cerca. Que DIOS les bendiga.

    • Elly en 17 febrero, 2015 a las 8:48 pm
    • Responder

    Es asi pero no trato de justificarlo, aunq de igual forma no lo cuestiono…seguidora intento ser y creo que a su tiempo todo se sabrá y preguntas de esta indole no se haran mas, pero no intento justificarlo porque nuestra mente es finita y no tiene porq entender esto mas creo que El tiene su propia voz…Quien a leido Job sabe lo que digo…

    • jesus S en 18 febrero, 2015 a las 10:46 am
    • Responder

    Porque ustedes , lps cristianos, agradecen a Dios cuando les suceden cosas buenas , y sin embargo , cuando existen el odio , la muerte , la tortura , el hambre , la miseria , el racismo , la xenofobia, no eso no es obra de dios , y el , que es omnipotente , entre tantas omni , no puede hacer nada para impedirlo.
    En el mundo musulman , hoy cristianos asesina a los islamistas , y a sus hijos , mujers y madres. Entonces , cuando fanaticos terroristas responde , y asesinan a unos pocos , ustedes , fariseos , se rasgan las vestiduras , y condenan. Ven la paja en ojo ajeno , pero no la viga en el suyo..
    Donde estaban ustedes ,” cristianos”cuando asesinaban niños en Gaza, bombardeaban escuelas y hospitales ?

    Puah, que asco , la doble moral !!!!

    • jolly en 18 febrero, 2015 a las 1:45 pm
    • Responder

    Donde estaba Dios. Siempre nos preguntamos. Una vez vi un video de un barbero que le hacia esa pregunta a un cristiano, y le decia Dios no existe por que si existiera no pasaría todo eso.todo el mal y dolor. El hombre cayo en ese instante y no dijo nada, si Dios permite eso, para que Dios si no toma el control. Cuando el hombre salio de la barberia vio a un hombre en la puerta con un pelo largo despeinado y una barba bien descuidada y le pidio que lo acompañara un momento. Le dijo al barbero, sabes los barberos no existen. Como puedes decir eso aqui estoy yo. Mira este hombre los barberos no existen si existiera no hubieran gente asi. El barbero le dijo, es que ese hombre no viene a mi. Y es el punto estaba asi porque no habia pedido ayuda al barbero, no porq no existiera.
    Dejamos a un lado a Dios y le decimos no te metas en mi vida dejame vivirla a mi manera, y producto a nuestras malas intenciones y nuestras equivocaciones hay hambre, egoismo, maltrato… pecados y decimos Dios es el cumpable porque lo permite.
    Ahora lo hace si pero no por estar sin importarle, sino para que todos angeles y humanos vean las consecuencias de una vida sin Dios, cuanto sufren por vivir NUESTRA VIDA a como queremos.
    Pero el que ahora no intervenga no significa que no lo hara, hay una lucha mas alla que no conocemos o no recordamos a veces. Satanas acuso a Dios ante todo el universo de gobernar mal…. si Dios lo eliminaba en el acto… pareciera que tenia razon, el le dejo a el y a todos, vivir a su manera, paraq ue demostrara su refutacion.No le gusta que nadie le sirve por obligacion sino por amor, nosotros como humanos tambien cada dia le entregamos el poder a Satanas y a nuestros propios malos deseos para que vivamos en pecado….
    tenemos bien claro ahora quien es el que gobierna mal, Dios ,Satanas o nosostros tratando siempre de tener un mundo mejor y cada vez autodestruirnos mas.
    Donde estaba Dios… donde mismo estaba cuando Jesus murio… a su lado , sufriendo su dolor pero aguantando sabiendo que era el unico camino…esperando que nuestro destino final a causa de nuestros pegados no fuera contado con la mayoria. Dios nos acompaña en los sufrimentos pero no nos saca de este mundo. Debemos aprender a vivir con el a pesar de ellos. Pero al menos tenemos a donde correr por apoyo y consuelo sabiendo que nos entiende… el sufrio como nostros hambre dolor.. problemas. El siente empatia.
    LLegara un dia donde todo este gran conflicto termine y Dios sea finalmente vindicado ante todos, y no se le heche mas la culpa de nuestros propios errores. Y entonces si estara el al control de todo y no habra más sufrimiento dolor ni muerte.

  1. Hermanos aun cuando no lo entendamos, recuerden que Dios tiene TODO BAJO CONTROL, Bendiciones

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