El carácter santo de Dios

12541. Concepto de santidad

Resumiendo lo que ya hemos dicho en otro ‘, nos limitaremos a hacer notar que toda la Ética cristiana, por comportar una participación de la naturaleza divina (cf. 2.a Ped. 1:4), se basa en el carácter santo de Dios. Ahora bien, el concepto de santidad en Dios incluye dos elementos que se complementan mutuamente: A) una majestad trascendente, por la que Dios es totalmente distinto y distante de todo ser creado, por estar infinitamente exento de toda mancha, de todo defecto y de toda limitación. El es el Ser Puro (cf. Ex. 3:14-15), sin mezcla de no-ser; por tanto, la Perfección infinita, sin mezcla de imperfección; B) una bondad inmanente, por la que Dios es el autor de todo bien infinitamente cercano a todo ser salido de sus manos, especialmente a toda debilidad y miseria de los hombres (Hech. 17:25-28; 2.a Cor. 12:9; Sant. 1:17). Su infinita lejanía del pecado le permite una infinita cercanía al pecador: puede siempre condescender sin rebajarse. Resumiendo: DIOS ES EL ÚNICO SALVADOR NECESARIO Y SUFICIENTE ¡ESTA ES SU GLORIA! (cf. Jer. 17:5).

2. La santidad divina, exigencia de nuestra santidad

A lo largo del Antiguo Testamento, campea como un slo¬gan insoslayable para el pueblo de Dios la frase que, desde el Levítico —el libro de la santidad y de los sacrificios—, viene repitiéndose constantemente en la Revelación Divina: “Y SERÉIS SANTOS, PORQUE YO SOY SANTO” (Lev. 11:44; 19:2; 20:26; etc.). De manera parecida, el Juan dice de los creyentes que aguardan expectantes la 2.a Venida del : “Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro.” (1.a Jn. 3:3). La final comunión con Dios exige una pureza absoluta, como se recalca en Apoc. 21:27: “No entrará en ella (en la nueva ciudad de Dios) ninguna cosa inmunda, o que hace abomina¬ción y mentira.”
Esta santidad no acaba en una mística unión con Dios, en una relación vertical, al margen de nuestro quehacer coti¬diano y de nuestra relación con el prójimo, sino que es de un pragmatismo tremendamente concreto. El teólogo Juan no duda en asegurar: “Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? (1ª. Jn. 4:20). Y Santiago expresa admirablemente cómo ha de reflejar el creyente la infinita lejanía del pecado y la infinita cercanía a la miseria, que constituyen el carácter santo de Dios: “La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es ésta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones (acercamiento), y guardarse sin mancha del (alejamiento) 2 (Sant. 1:27). He aquí un magnífico resumen de conducta cristiana: condescender con misericor¬dia hasta el fondo de la miseria del prójimo, sin mancharse con su pecado. El apóstol Judas lo expresa de esta otra mane¬ra: “A algunos que dudan, convencedlos. A otros, salvad, arrebatándolas del fuego; y de otros, tened misericordia con temor, aborreciendo aun la ropa contaminada por su carne.” (Jud. vv. 22-23).

3. Dos clases de santidad

Resumiendo lo que explicamos con más detalle en otro lu¬gar 3, diremos que es preciso distinguir dos clases de santidad: A’) de posición legal ante Dios, mediante la justificación de pura gracia por la fe en el que justifica al impío (Rom. caps. 3 y 4). Con esta posición, todo verdadero creyente es santo según el concepto primordial de santidad, o sea, queda separado, puesto aparte por Dios, para quedar consagrado a El mediante el injerto en (Rom. 6:3-11). Este con¬cepto está simbolizado en el bautismo de agua, la cual lava por fuera. Al imputársenos la justicia de , quedamos exentos del reato de culpa que comportaban nuestros actos pecaminosos, y nuestro anterior estado de aversión a Dios se torna en estado de gracia o de conversión a Dios. Dios nos mira ya como amigos; más aún, como hijos: B’) de pose-sión real, mediante la obra santificadora del Espíritu Santo, que comienza en la regeneración espiritual, por la que nace¬mos de nuevo, adquiriendo una semilla de divina, la participación de la naturaleza divina, en constante renovación moral de nuestra conducta (cf. Rom. 6:11-22; 8:29; 12:2; Flp. 3:12ss.). Así se lleva a la perfección la sustitución des¬crita en 2.a Cor. 5:21, para que nuestro interior se transforme a imitación del Postrer Adán (1.a Cor. 15:49; 2.a Cor. 4:16; Heb. 7:26; 1.a Jn. 3:3; etc.). Este concepto está simbolizado en el bautismo de fuego, que consume por dentro.

4. Santificación por fe

Queda, pues, clara la distinción entre justificación legal (instantánea, en el momento de la conversión) y santificación moral (progresiva, a lo largo de toda la vida). Una persona es salva por fe (Rom. 3:28), no por obras, aunque sí para obras buenas (Ef. 2:8-10; Sant. 2:14-19). En el proceso de nuestra salvación, TODO ES DE GRACIA Y POR FE. Hay creyentes que saben muy bien que la justificación es por fe, pero piensan que la santificación es por obras, lo cual trae funestas de orden práctico, puesto que ponen un equi¬vocado énfasis en el esfuerzo por cumplir la voluntad de Dios y se deprimen ante las dificultades y las continuas caídas, pudiendo fácilmente adquirir un complejo de culpa por lo pasado, de fracaso por lo presente, o de miedo ante la amena¬za de una tentación o de un peligro. Esta actitud está basada en un error teológico. Debemos persuadirnos de que también la santificación es por fe y de pura gracia; no depende de nues¬tro esfuerzo, sino de la docilidad al Espíritu Santo (Rom. 8: 14); esta actitud está simbolizada en la parábola de Mr. 4:26-29, en que la semilla brota y crece sin que el sembrador se percate siquiera de ello. La santidad es una vida de origen di¬vino, una planta que crece desde el interior por impulso divino (1.a Cor. 3:6-9). Un labrador planta, riega y limpia el suelo, pero no se le ocurre tirar de las hojas, de los tallos, de las ramas, para que las plantas crezcan más deprisa. Sólo cuando nos olvidamos de nuestra debilidad y de nuestros re¬cursos, podemos asirnos al poder de Dios que nos fortalece (2.a Cor. 12:9-10). Mientras Pedro tenía fija la mirada en Cristo, caminaba con seguridad sobre las olas; sólo cuando bajó la vista al mar encrespado, comenzó a hundirse por su propia impotencia (Mt. 14:28-31).

5. ¿Cómo encontrar meta y camino de santidad?

Siendo la santidad una participación de la vida divina, de la conducta de Dios, sólo el Espíritu de Dios, el soplo por el cual Dios es ineludiblemente impulsado hacia el Bien, puede mostrarnos la meta y el camino de la santidad. Lo hace con¬venciéndonos de nuestra miseria. Al principio, le basta con infundir un sentimiento de hallarse perdido, destituido de auxilio y necesitado de salvación; pero el reconocimiento profundo de la íntima miseria sigue, no precede, al recono¬cimiento de la santidad de Dios. Sólo después de contemplar la gloria de Dios en el Templo, se percató Isaías de su radical indignidad (cf. Is. 6:1-6). Por eso, en realidad, el verdadero arrepentimiento sigue lógicamente al acercarse por fe a la cruz del . No se convierte uno primero de los ídolos y después se acerca a Dios, como puede sugerir la versión corriente de 1.a Tes. 1:9, sino que al acercarse a Dios, se vuelve a El desde los ídolos, como da a entender el texto original.

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