El Espíritu Santo (Parte 3)

esp217: La Obra de Santificación Misma.
La santificación es la purificación de nuestras naturalezas de la contaminación del pecado. Es la obra principal del Espíritu Santo (Pr. 30:12; Ez. 36:25-27; Is. 4:4; Nm. 31:23; Mal. 3:2, 3). La obra del Espíritu Santo de santificación o purificación de nuestras almas es hecha por su aplicación de la y sangre de a ellas (Ef. 5:25, 26; Tito 2:14; 1Juan 1:7; Ap. 1:5; He. 1:3; 9:14). Sin embargo a los creyentes también se les manda que se purifiquen a si mismos de los pecados (Is. 1:16; Jer. 4:14; 2Co. 7:1; 1Juan 3:3; Sal. 119:9; 2Ti. 2:21).
El bautismo es la grandiosa señal externa del ‘lavamiento interno de regeneración’ (Tito 3:5; 1P. 3:21), es el medio externo de nuestra iniciación hacia el Señor Cristo y la insignia de nuestra lealtad al evangelio. Simboliza el purificación interna de nuestras almas y conciencias por la gracia del Espíritu Santo (Col. 2:11).
Hay un ensuciamiento espiritual en el pecado. El pecado en la Escritura es comparado a la sangre, a las heridas, llagas, lepra, escoria, enfermedades odiosas y a semejantes cosas malas. Del pecado debemos ser lavados, purgados, purificados y limpiados. Los creyentes encuentran al pecado vergonzoso, y se aborrecen y se odian ellos mismos por él. Se regocijan en la sangre de Cristo la cual los limpia de todo pecado y les da valor para acercarse al trono de gracia (He. 10:19-22).

La naturaleza de el ensuciamiento del pecado
Algunos piensan que el ensuciamiento del pecado descansa en la culpabilidad con vergüenza y temor. Es de esto que Cristo nos purga (He. 1:3). Algunos pecados tienen efectos especialmente contaminantes en las almas (1Co. 6:18). La santidad se opone a esta contaminación (1 Ts. 4:3). La contaminación del pecado directamente se opone a la santidad de Dios, y Dios nos dice que su santidad se opone a el ensuciamiento del pecado (Hab. 1:13; Sal. 5:4-6; Jer. 44:4). La santidad de Dios es la infinita y absoluta perfección de su naturaleza. Él es el eterno patrón de verdad, justicia y comportamiento recto en todas sus criaturas morales. Dios nos manda que seamos santos, así como él es santo. Por lo tanto él detesta el pecado y el ensuciamiento del pecado el cual es revelado por la ley.
La ley moral revela la autoridad de Dios en ambos sus mandamientos y amenazas. La trasgresión de ello produce ambos el temor y la culpa.
La ley revela la santidad de Dios y su verdad. El no ser santo como Dios es santo es pecado. El pecador, a la luz de la santidad de Dios, se ve a si mismo sucio y por lo tanto se avergüenza. Adán miro su desnudez y se avergonzó. Esta es la suciedad del pecado la cual es purgada en nuestra santificación, para que una vez mas seamos hechos santos.
Por medio del temor se le enseña al la culpabilidad del pecado. Por medio de la vergüenza se le enseña al la suciedad del pecado.
Por medio de los sacrificios de expiación, Dios enseñó a su gente la culpabilidad del pecado. Por medio de las ordenanzas para purificación, Dios enseñó a su gente la suciedad del pecado. Por medio de estas leyes levíticas, los sacrificios y purificaciones, las cosas internas y espirituales eran simbolizadas. Eran la figura de Cristo y su obra, el cual trajo verdadera y real limpieza espiritual (He. 9:13, 14). Así toda la obra de santificación es descrita por ‘una fuente abierta para el pecado y la inmundicia’ (Zac. 13:1).

La vergüenza y el ensuciamiento del pecado
La belleza espiritual y atracción del alma descansa en que sea como Dios. La gracia da belleza (Sal. 45:2). La iglesia, adornada con gracia, es bella y hermosa (Cnt. 1:5; 6:4; 7:6; Ef. 5:27). El pecado produce manchas, marcas y arrugas en el alma.
Es la santidad y el ser como Dios que hace a nuestras almas verdaderamente nobles. Todo lo que es opuesto a y en contra de la santidad es bajo, vil e indigno del alma del hombre (Is. 57:9; Jer. 2:26; Job 42:5, 6; Sal. 38:5).
Esta depravación o desorden espiritual, el cual es el ensuciamiento vergonzoso del pecado, es revelado en dos formas. Es revelado por la inmundicia de nuestra naturaleza la cual es gráficamente ilustrada por un infeliz, contaminado infante (Ez. 16:3-5). Todos los poderes y habilidades de nuestras almas son desde el nacimiento vergonzosamente y detestablemente depravados. De ninguna manera obran para hacernos santos como Dios es santo. Esta depravación es revelada también por la perversidad de nuestro comportamiento que sale del alma depravada y ensuciada.
El Pecado trae ensuciamiento
Cualquier pecado que sea, siempre hay contaminación en el. Por lo tanto Pablo nos amonesta que nos ‘limpiemos de toda inmundicia de carne y de espíritu’ (2Co. 7:1). Los pecados espirituales tales como la soberbia, amor propio, codicia, incredulidad y justicia propia todos tienen un efecto contaminante, así como lo tienen los pecados carnales y sensuales.
Esta depravación de nuestras naturalezas hace aun a nuestros mejores deberes inmundos (Is. 64:6). Cada persona nacida a este mundo esta contaminada por el pecado. Pero con el pecado actual hay grados de contaminación. Entre más grande el pecado, de su naturaleza o circunstancia, más grande es el ensuciamiento. (Ez. 16:36, 37). La contaminación es peor cuando la persona entera es ensuciada, tal como en el caso de la fornicación. La contaminación se hace aun peor cuando la persona se tira a un continuo curso de pecar. Es descrito como ‘revolcarse en cieno’ (2P. 2:22).
El juicio final en contra de pecadores obstinados los pone para siempre en ese estado de contaminación (Ap. 22:11).
Teniendo un conocimiento claro del pecado y su contaminación nos ayuda a entender más claramente la naturaleza de la santidad.
El lavamiento es vital
Donde esta inmundicia queda sin purgar, no puede haber verdadera santidad (Ef. 4:22-24). Donde no hay purificación en absoluto, ninguna obra de santidad se ha empezado. Pero donde la purificación del pecado ha empezado, será continuada a través de la vida del creyente. Cualquiera que no está purgado de la inmundicia de su naturaleza es abominación al Señor (Tito 1:15). Al menos que la inmundicia del pecado sea purgada fuera, jamás podremos gozar de Dios (Ap. 21:27). Ni-uno por sus propios esfuerzos puede librarse de la la contaminación del pecado. Solo lo puede hacer con la ayuda de Dios el Espíritu Santo. Ningún hombre puede librarse del habito de pecar, ni tampoco puede limpiarse a si mismo de la contaminación de sus pecados.
Aunque se nos manda que ‘nos lavemos’, que ‘nos limpiemos de los pecados’, que ‘nos purguemos de todas nuestras iniquidades’, sin embargo el imaginarnos que podemos hacer estas cosas por nuestro propio esfuerzo es pisotear la cruz y gracia de Jesucristo. Lo que sea que Dios obre en nosotros por su gracia, él nos manda que lo hagamos como nuestro deber. Dios obra todo en nosotros y por medio de nosotros. La inhabilidad del hombre para hacerse limpio es vista por ambos Job y Jeremías (Job 9:29-31; Jer. 2:22).
La ley ceremonial impotente para limpiar.
Esas ordenanzas de la ley ceremonial de Dios dadas a Moisés para purificar la inmundicia no podían de sí mimas verdaderamente limpiar a la gente de la contaminación de sus pecados. Solo purificaban al inmundo legalmente. La ley pronunciaba a la persona que se había sometido a la ordenanza purificadora limpio y apto para tomar parte en la adoración santa. La ley solo los declaraba limpios, reconociéndolos como si verdaderamente hubieran sido limpios (He. 9:13). Pero ninguna persona por el uso de estas ordenanzas podía realmente limpiarse de la contaminación del pecado (He. 10:1-4). Estas ordenanzas ceremoniales de purificación bajo el Antiguo Testamento solo simbolizaban como el pecado seria purgado. Así Dios promete abrir otro camino por el cual los pecadores podrían realmente y verdaderamente ser limpiados de la contaminación del pecado (Zac. 13:1).
Enseñanzas Falsas
La iglesia Católica Romana ha inventado muchas maneras por las cuales pretende que el hombre puede ser limpiado de la contaminación del pecado. Pero todas son vanidades necias. Enseña que el bautismo quita toda inmundicia de nuestras naturalezas de ambos el pecado original y todo pecado real cometido hasta nuestro bautismo. ¡Pero esto no paso con Simón Mago (Hch. 8:13, 18-24)!
Otras maneras por las cuales se supone que el pecado puede ser limpiado de las almas contaminadas son roseando agua bendita, confesarse a un sacerdote haciendo penitencias y por medio de ayunos.
Pero aun después de hacer todas estas cosas y más, los Católicos Romanos todavía no pueden encontrar paz y satisfacción del alma. Todavía sienten la culpabilidad y contaminación del pecado. Así que dicen que después de la muerte deben ir al purgatorio y allí ser purificados por fuego.
Es innecesario decir que ninguna de estas cosas será encontrada en las Escrituras. Son los perversos inventos de una falsa y ilegitima Cristiandad.

18: La Obra del Espíritu en Purificar a los Creyentes del Pecado.
El Espíritu Santo es el obrero principal de santidad en nosotros en el fundamento de la sangre derramada por Cristo en la cruz por la cual el derecho del Espíritu Santo para obrar la santidad en nosotros fue comprado.
Esta santidad, o santificación, es producida en nosotros por dos medios: fe y los problemas o aflicciones.
Somos purgados del pecado por el Espíritu de Dios. Es de nuestras naturalezas depravadas que el pecado sale con toda su contaminación. Así que es por la renovación de nuestras naturalezas vueltas a la imagen de Dios que somos hechos santos (Ef. 4:23, 24; Tito 3:5). El Espíritu Santo nos limpia fortaleciendo nuestras almas por su gracia para cumplir nuestros deberes y para resistir a los pecados actuales. Pero si pecamos, es la sangre de Cristo que nos limpia (1Juan 1:7-9).
Es la sangre de Cristo aplicada a nuestras almas por el Espíritu Santo que verdaderamente purga a nuestras almas de los pecados (1Juan 1:7; Ap.1:5; He. 9:14; Ef. 5:25, 26; Tito 2:14), como Zacarías lo anticipó (Zac. 13:1).
La sangre de Cristo aquí es la sangre de su sacrificio, juntamente con su poder, virtud y efectividad.
La Sangre en el Antiguo Testamento
La sangre de un sacrificio era considerada como una ofrenda a Dios para hacer expiación y reconciliación. Era rociada en las cosas para su purificación y santificación (Lv. 1:11; 16:14; He. 9:19, 20, 22). Así la sangre de Cristo es considerada como el ofrecimiento de sí mismo por el eterno Espíritu a Dios para hacer expiación por el pecado y para procurar redención eterna. Es rociada por el mismo Espíritu en la conciencia de los creyentes para purificarlos de obras muertas (He. 9:12-14; 12:24; 1P. 1:2). Pero la sangre de Cristo en su sacrificio todavía siempre esta en la misma condición que estaba en esa hora en la cual fue derramada. Es la misma en fuerza y en efectividad.
La sangre fría y coagulada no era de uso para rociar. La sangre fue señalada para expiación, porque la vida del animal esta en la sangre (Lv. 17:11). Pero la sangre de un animal pronto se enfriaba y entonces se cuajaba. Pero la sangre de Cristo siempre esta caliente y nunca se cuaja, porque tiene el mismo Espíritu de vida y santificación todavía moviéndose en ella. Así tenemos un nuevo camino vivo hacia Dios (He. 10:20). Siempre esta viviendo, sin embargo siempre como si recién muerto.
Había diferentes clases de ofrendas propiciatorias donde la sangre era rociada. Había la ofrenda de fuego continuo. Por medio de esta y el esparcimiento de su sangre, la congregación era purificada para ser santa al Señor. Así es como el lavamiento de pecados secretos y desconocidos era simbolizado.
En el día del sábado, el sacrificio era doble en ambos la mañana y en la tarde. Esto enseñaba un derramamiento especial y más abundante de misericordia y de gracia purificante.
Había un gran sacrificio anual en la fiesta de expiación cuando por medio del sacrificio de la ofrenda por los pecados y del chivo expiatorio la congregación entera era purificada de todos los pecados grandes y conocidos y eran traídos a un estado de santidad legal.
Había sacrificios ocasionales para todos de acuerdo a cada sentido de necesidad de cada persona. Había un camino continuamente listo para la purificación de cualquier hombre al traer una ofrenda.
Ahora la sangre de Cristo debe continuamente y en todas ocasiones llevar a cabo espiritualmente lo que estos sacrificios cumplían legalmente (Heb 9:9-14). Y asi lo hace.
La vaca bermeja
En el libro de Números leemos de otra manera por la cual el pueblo de Dios bajo el Antiguo Testamento era purificado. (Nm. 19). Una vaca bermeja era sacrificada. La sangre era llevada y rociada en el tabernáculo, pero la vaca era quemada. Las cenizas de la vaca entonces eran guardadas y cuando alguno deseaba ser purificado de contaminaciones legales, algunas de las cenizas eran mezcladas con agua y rociadas en la persona inmunda. Ahora, así como las cenizas de la vaca bermeja siempre estaban disponibles para la purificación, así es la sangre de Cristo ahora para nosotros. Cualquier persona inmunda que no se purificaba con las cenizas de la vaca debía de ser cortada de su gente (Nm. 19:20). Y así es también con aquellos que rehúsan ser purificados por la sangre de Cristo como el ‘manantial abierto para el pecado y la inmundicia’ (Zac. 13:1).
La sangre limpiadora de Cristo.
Ahora la sangre de Cristo nos limpia de todos nuestros pecados. La sangre de Cristo quita del pecador toda la odiosidad del pecado en la vista de Dios. Ahora el pecador es visto como uno que es lavado y purificado y apto para estar en su santa presencia (Is. 1:16-18; Sal. 51:7; Ef. 5:25-27). La sangre de Cristo quita la vergüenza de la conciencia y dá al alma libertad en la presencia de Dios (He. 10:19-22). Cuando estas cosas son hechas, entonces el pecado es purgado y nuestras almas son limpiadas.
¿Pero cómo venimos a ser participantes de esa sangre limpiadora? Es el Espíritu Santo quien nos enseña y nos convence espiritualmente de el ensuciamiento causado por el pecado (Juan 16:8). Solo cuando vemos como el pecado nos a ensuciado seremos llevados a la sangre de Cristo para limpieza.
El Espíritu Santo nos propone, declara y presenta el único verdadero remedio para nuestra limpieza. Si se nos deja a nosotros, nos volteamos a los medios equivocados (Os.5:13). Es el Espíritu Santo quien nos enseña las cosas de Cristo (Juan 16:14).
Fe y limpieza
El Espíritu Santo también obra la fe en nosotros por la cual somos hechos participantes de la virtud purificante de la sangre de Cristo. Por la fe recibimos a Cristo y por fe recibimos todo lo que Cristo nos da (Sal. 51:7; Lv. 14:2-7; Nm. 19:4-6; Hch. 13:39; He. 9:13, 14; 10:1-3).
La verdadera aplicación por medio de la fe de la sangre de Cristo para limpiar descansa en cuatro cosas. Primero, debemos mirar por fe a la sangre de Cristo así derramada en la cruz por nuestros pecados, así como los antiguos Israelitas miraron a la serpiente de bronce en la bandera para ser sanados del veneno de las víboras que los mordían. (Is. 45:22; Nm. 21:8; cf. Juan 3:14). Segundo, la fe de hecho confía y descansa en la sangre de Cristo para limpieza de todo pecado (Ro. 3:25; He. 9:13, 14; 10:22). Tercero, la fe ora fervientemente para que esa sangre limpiadora sea aplicada (He. 4:15, 16). Y cuarto, la fe acepta la veracidad y fidelidad de Dios de limpiar por la sangre de Cristo.
El Espíritu Santo realmente aplica la virtud purificante y limpiadora de la sangre de Cristo a nuestras almas y conciencias para que seamos libres de vergüenza y tengamos libertad hacia Dios.
Es por la fe que nuestras almas son purificadas (Hch. 15:9). La fe es la mano del alma que se agarra de la sangre de Cristo para limpieza.
Hay dos evidencias indefectibles de una fe sincera. Internamente, ella purifica el y externamente, ella obra por amor (1P. 1:22; Tito 1:15).
Somos purificados por fe porque la fe es la gracia mayor por la cual nuestra naturaleza es restaurada a la imagen de Dios y así librada del ensuciamiento original (Col. 3:10; 1Juan 3:3). Es también por fe de nuestra parte que recibimos la virtud purificante e influencias de la sangre de Cristo (Dt. 4:4; Jos. 23:8; Hch. 11:22). Y aún mas, es mayormente por fe que nuestras codicias y corrupciones las cuales nos ensucian son muertas, sometidas y gradualmente conducidas fuera de nuestras mentes (He. 12:15; Stg. 1:14; Juan 15:3-5).
La fe se agarra de los motivos que nos son presentados para provocarnos a la santidad, y para usar todo los caminos que Dios nos a dado por los cuales podemos evitarnos de ser ensuciados por el pecado, y por los cuales nuestras mentes y conciencias pueden ser limpiadas de obras muertas.
Dos motivos excelentes nos son presentados. El primer motivo excelente viene de las maravillosas promesas de Dios que ahora se nos dan (2Co. 7:1). El segundo motivo viene del pensamiento de ser como Cristo cuando le veamos así como él es en la gloria eterna (1Juan 3:2, 3).

Aflicciones y santidad
Dios nos envía problemas para purificarnos del pecado (Is. 31:9; 48:10; 1Co. 3:12, 13).
Cuando estamos bajo el dominio del pecado y de su juicio, las penas son una maldición y a menudo resultan en más actos pecaminosos. Pero cuando la gracia reina en nosotros, las penas son un medio para santificarnos y son el medio por el cual las gracias son fortalecidas, resultando en santidad. La cruz de Cristo arrojada a las aguas de aflicción las hace saludables y un gran medio de gracia y santidad (Ex. 15:22-25). Todo el dolor y sufrimiento que su pueblo experimenta, él lo siente primero (Is. 63:9; Hch. 9:5; Col 1:24).
Todas nuestras penas y aflicciones son los medios de Dios para hacernos mas y mas como su Hijo (Ro. 8:29). Ellas nos ayudan a tener un sentido mas profundo de la vileza del pecado así como Dios lo ve. Las penas son usadas por Dios para disciplinar y corregir a sus hijos. Así como tales, no deben de ser despreciadas (He. 12:3-11). Las penas nos ayudan a depender menos y menos en las cosas creadas para nuestra comodidad y de regocijarnos mas en las cosas de Cristo (Ga. 6:14). Las penas nos ayudan a matar nuestras codicias o deseos corruptos. Somos liberados mas y más de las contaminaciones del pecado y somos hechos mas y mas santos, así como él es santo (2Co. 4:16-18). Las penas son la manera de Dios para sacar de todos nosotros las gracias del Espíritu para que sean constantemente y diligentemente ejercitadas.

El camino a la fuente limpiadora
Trata de entender la odiosidad del pecado con sus efectos sucios y el gran peligro de no ser limpiado del pecado (Ap. 3:16-18). Escudriña las Escrituras y considera seriamente lo que enseña sobre nuestra condición después que perdimos la imagen y semejanza de Dios (Sal. 53:3). El que há recibido el testimonio de la Escritura sobre su estado contaminado tratará y encontrará la razón para ello. Él descubrirá sus propias llagas y gritará, ‘¡Inmundo! ¡Inmundo!’
Ora también por luz y orientación sobre tu contaminación y para como tratar con ella. La luz natural no es suficiente para conocer la profundidad de tu depravación (Ro. 2:14, 15).
Para ser purificado de la contaminación del pecado, debemos de avergonzarnos de la suciedad del pecado (Esdras 9:6; Jer. 3:25). Hay dos clases de vergüenza. Hay vergüenza legal la cual es producida por una convicción legal del pecado. Por ejemplo, Adán, después de su caída, sintió una vergüenza la cual lo llevo al miedo y al terror. Así que corrió y se escondió de Dios. Hay también vergüenza evangélica la cual sale de un sentido de vileza del pecado y de las riquezas de la gracia de Dios al perdonarnos y purificarnos de este (Ez. 16:60-63; Ro. 6:21).
Tristemente, sin embargo, muchos son completamente insensitivos a su verdadera condición. Están mas avergonzados de cómo se ven delante de los ojos de los hombres que de cómo parecen sus corazones a la vista de Dios. Algunos son puros delante de sus propios ojos (Pr. 30:12), e.g., los Fariseos (Is. 65:4,5). Algunos todavía se jactan abiertamente de su vergüenza y pecado. Proclaman su pecado como Sodoma (Is. 3:9; Jer. 6:15; 8:12) y no solo se jactan de su pecado, sino aprueban y se deleitan en los que pecan como ellos (Ro. 1:32).
Nuestro deber de entender la manera de Dios de limpiar
La importancia de este deber se nos enseña por Dios mismo. Las instituciones legales del Antiguo Testamento nos enseñan la importancia de este deber, porque cada sacrificio tenia algo en ello para purificar de la inmundicia. Las mas grandes promesas del Antiguo Testamento se enfocan en la limpieza del pecado (e.g. Ez. 36:25, 29). En el evangelio, se nos enseña que la necesidad más grande es de ser limpiado del pecado.
El poder limpiador de la sangre de Cristo y la aplicación del Espíritu de esa sangre a nuestros corazones nos es presentada en las promesas del pacto (2P. 1:4). La única manera para gozar personalmente de las cosas buenas presentadas en las promesas es por fe (He. 4:2; 11:17; Rom. 4:19-21; 10:6-9).
Dos cosas hacen a esta fe efectiva. La primera es la excelencia de la gracia o del deber mismo. La fe desecha cualquiera otra manera de limpieza. Da toda la gloria a Dios por su poder, fidelidad, bondad y gracia a pesar de todas las dificultades y oposiciones. La fe glorifica la sabiduría de Dios por obrar este camino para que nosotros seamos limpiados. Glorifica la gracia infinita de Dios al proveer esta fuente para toda inmundicia cuando estábamos perdidos y bajo su maldición. De este modo somos unidos a Cristo del cual solo de él viene toda nuestra limpieza.
Los deberes de los creyentes
El primer deber es de estar en una continua negación de si mismo. En tu propia estimación, ponte en el asiento mas bajo, así como Cristo les dijo a los que hicieran cuando estuvieran en un banquete. Recuerda el estado sucio y contaminado del cual has sido liberado (Dt. 26:1-5; Ez. 16:3-5; Sal. 51:5; Ef. 2:11-13; 1Co. 6:9-11; Tito 3:5).
El segundo deber es de estar continuamente agradecido por esa liberación de la contaminación original del pecado la cual Cristo te ha dado (Lc. 17:17; Ap. 1:5, 6). Debemos valorizar el rociamiento de la sangre de Cristo en la santificación del Espíritu. Estar consciente de ese y satisfacción interna que puedas tener porque has sido liberado de esa vergüenza la cual nos privaba de todo valor y confianza para venir a Dios, y estar agradecido. Alabad a Dios por estas cosas.
Debemos, entonces por eso, cuidar en contra del pecado, especialmente con sus estímulos tempranos en el corazón. Recuerda su peligro y castigo. Considera el terror del Señor y las amenazas de la ley. No te hundas en el temor servil que anhela deshacerse de Dios, sino busca ese temor el cual te detiene del pecado y hace al alma mas determinada a agarrarse de Dios. Considera el efecto contaminante y odioso del pecado (1Co. 3:16, 17; 6:15-19).
Anda humildemente delante del Señor. Recuerda que las mejores obras que hacemos son como trapos de inmundicia (Is. 64:6). Y cuando hagamos hecho todo lo que se nos a mandado a hacer, todavía debemos vernos como siervos inútiles (Lc. 17:10). Mata de hambre a la raíz del pecado (Stg. 1:13-15). No alimentes a tus deseos pecaminosos.
Ven continuamente a Cristo para limpieza por su Espíritu y el rociamiento de su sangre en tu conciencia para purgarla de obras muertas esas obras por las cuales el alma, descuidando la fuente establecida para su limpieza, intenta limpiarse a si misma del pecado y su contaminación.
Pregunta. ¿Pero como el que es santo, inofensivo, sin mancha y apartado de los pecadores puede ser unido y tener comunión con aquellos que están contaminados y en un estado de oscuridad? ¿No nos dice la Escritura que no puede haber compañerismo entre la justicia y la injusticia, ni comunión entre la luz y las tinieblas (2Co. 6:14)?
Respuesta. Los que están enteramente bajo el dominio de su suciedad original no tienen ni tampoco pueden tener unión o comunión con Cristo (1Juan 1:6). Ninguna persona no regenerada puede ser unida a Cristo.
Cualquiera que nuestra suciedad sea, Cristo que es luz no es ensuciado por ellos. La luz no es contaminada al alumbrar un montón de estiércol. Una llaga en la pierna no contamina a la cabeza, aunque la cabeza sufre con la pierna.
El propósito de Cristo al unirse con nosotros es de purgarnos de todos nuestros pecados (Ef. 5:25-27). No es necesario que para que seamos unidos a Cristo seamos completamente santificados. Somos unidos a Cristo para ser completamente santificados (Juan 15:1-5). De este modo, donde la obra de santificación y limpieza espiritual ha verdaderamente empezado en alguien, allí la persona entera ahora es considerada ser santa. Nuestra unión con Cristo es directamente por la nueva creación en nosotros. Esta nueva creación la cual esta unida a Cristo fue formada en nosotros por el Espíritu de santidad y es entonces en si misma santa.
Hay muchos pecados por los cuales los creyentes son ensuciados. Pero hay un camino de limpieza todavía abierto para ellos. Si continuamente usan ese camino de limpieza, ninguna suciedad de pecado puede estorbar su comunión con Cristo.
Bajo el Antiguo Testamento, una provisión fue hecha para la suciedad. Si una persona no hacia uso de esta provisión cuando era ensuciada, era cortada de su pueblo. Dios nos ha proveído con la sangre de Cristo para limpiarnos de toda suciedad del pecado, y él espera que los creyentes la usen. Si no hacemos uso de ella no podemos tener comunión con Cristo, ni tampoco podemos tener verdadero compañerismo con otros creyentes (1Juan 1:6, 7).
Debemos orar como David lo hizo (Sal. 19:12, 13). Su oración era un constante reconocimiento humilde de sus pecados. ‘¿Quién puede entender sus errores?’ El busco una limpieza diaria de esos ensuciamientos los cuales los pecados más pequeños y secretos traen. ‘Líbrame de los que me son ocultos’. Él oró que fuera guardado de ‘pecados de soberbia’ o pecados intencionales cometidos deliberadamente en contra de la luz conocida. Mientras los creyentes sean guardados dentro de los límites puestos en la oración de David, aun aunque son ensuciados por el pecado, sin embargo hay en ellos nada inconsistente con su unión con Cristo. Nuestra bendita cabeza no solo es pura y santa, él es también misericordioso y bueno. Él no cortara a un miembro de su cuerpo porque esta enfermo o tiene una llaga.
Conclusión. Hay, entonces, una gran diferencia entre la verdadera santidad forjada en nosotros por el Espíritu Santo y una vida moralmente decente producida por un esfuerzo-propio. Aun más, la vida de santidad forjada en nosotros por el Espíritu Santo necesita ser mantenida pura y sin ensuciar por el Espíritu de Dios y la sangre de Cristo, mientras que la vida moralmente decente, producida por un esfuerzo propio, se esfuerza por mantenerse pura por ‘buenas resoluciones’.

19: La Obra del Espíritu al Renovar la Vida Espiritual de los Creyentes.
Cuando el Espíritu Santo santifica a los creyentes, él hace una obra completa en ellos. Les pone en sus mentes, voluntades y corazones, un principio sobrenatural de gracia el cual los llena con un deseo santo de vivir para Dios. Toda la vida y el ser de santidad descansan en esto. Esta es la nueva creación.
La Santidad Consiste de Obediencia a Dios
La santidad es actual obediencia a Dios de acuerdo a los términos del pacto de gracia. De acuerdo a esos términos Dios promete escribir su ley en nuestros corazones para que le temamos y guardemos sus estatutos.
Dios ha dado una norma o nivel, seguro y fijo para esta obediencia. Esta es su voluntad revelada en la Escritura. (Mi. 6:8). Todo lo que Dios ha mandado en la Escritura debemos hacer. No debemos agregarle o quitarle (Dt. 4:2; 12:32; Jos. 1:7; Pr. 30:6 Ap. 22:18, 19). Debemos obedecer porque Dios lo ha mandado (Dt. 6:24, 25; 29:29; Sal.119:9).
La luz natural no es suficiente (Ro. 2:14, 15). La luz natural no es la norma del evangelio. La Palabra de Dios es la norma del evangelio y Dios prometió a su Espíritu junto con su Palabra. Ha prometido que el Espíritu traiga nueva vida a nuestras almas y su Palabra para que nos guíe (Is. 59:21).
La Palabra de Dios es nuestra norma en tres formas. Primero, requiere que seamos restaurados a la imagen de Dios. La santidad no es nada más que la Palabra cambiada a gracia en nuestros corazones. Somos nacidos de nuevo por la semilla incorruptible de la Palabra de Dios. Esta semilla es implantada en nuestras almas por el Espíritu Santo, quien nada obra en nosotros excepto lo que la Palabra primero nos requiere. Segundo, todos nuestros pensamientos, deseos, y hechos deben de ser regulados por la Palabra de Dios. Y tercero, todos nuestros hechos y deberes externos, ambos privados y públicos, deben ser ordenados por la Palabra de Dios. Así como la Escritura es la norma de obediencia a Dios, así la norma para que Dios acepte nuestra obediencia son los términos del nuevo pacto (Gn. 17:1).
En el estado de justicia original, la norma de nuestra aceptación con Dios era obediencia a la ley y al pacto de obras. La obediencia debía de ser perfecta. Ahora, aunque verdaderamente y realmente renovados por gracia a la imagen de Dios, todavía no somos perfectos. Todavía tenemos en nosotros mucha ignorancia y pecado en contra del cual debemos pelear (Ga. 5: 16, 17). Dios en el pacto de gracia le agrada aceptar esa obediencia santa la cual hacemos sinceramente. Cristo llevó acabo una obediencia perfecta por nosotros, por lo tanto nuestra obediencia evangélica no nos hace aceptados por Dios. Es solo la fe en Cristo que hace eso. La obediencia evangélica es la forma de enseñar nuestra gratitud a Dios.
Por la tanto aprendemos dos grandes doctrinas:
(1) Aprendemos que en la mente y alma de todos los creyentes esta forjada y preservada por el Espíritu de Dios una obra sobrenatural de gracia y santidad. Es por esta obra, que los creyentes son hechos aptos para Dios y capacitados para vivir para Dios. Por esta obra los creyentes también son capacitados para realizar esa obediencia la cual Dios requiere y acepta por medio de Cristo en el pacto de gracia.
(2) Aprendemos también que en cada acto de obediencia, ya sea interna solamente, tal como creer y amar, o externa también, en buenas obras, una obra directa de gracia por el Espíritu Santo en el creyente es necesaria.
Hay una obra tan sobrenatural creada en los creyentes por el Espíritu Santo la cual siempre habita en ellos. Esta obra del Espíritu Santo inclina la mente, la voluntad y el corazón a obras de santidad y así nos hace aptos para vivir para Dios. Esa obra también da poder al alma capacitándola para vivir para Dios en toda obediencia santa. Esta obra se diferencia específicamente de todos los otros hábitos, intelectuales o morales, que podamos lograr por nuestros esfuerzos, o por dones espirituales que se nos puedan dar.

La verdadera vida espiritual un habito sobrenatural de gracia
¿Que queremos decir con un habito sobrenatural? No es cualquier acto individual de obediencia a Dios. Actos individuales de obediencia pueden comprobar la santidad pero no crearla (1Co. 13:3; Is. 1:11-15). Un habito sobrenatural es una virtud, un poder, un principio de vida espiritual y gracia forjada en nuestras almas y todas nuestras facultades. El habito sobrenatural constantemente habita en los creyentes; existe antes qué cualquier obra actual de santidad sea hecha, y es en si mismo la causa y origen de toda verdadera obra y santidad.
Este hábito sobrenatural en nosotros no produce obras de santidad por su propia habilidad innata, así como en los hábitos físicos ordinarios. Lo hace por el Espíritu Santo capacitándolo para producirlos. Todo el poder e influencia de este hábito sobrenatural es de Cristo nuestra cabeza (Ef. 4:15, 16; Col. 3:3; Juan 4:14). Está en nosotros así como la savia está en la rama. Aún más, varía en fuerza y florece más en unos creyentes que en otros. Y mientras no es adquirido por obras de obediencia, sin embargo es nuestro deber de cuidarlo, ayudarlo a crecer dentro de nosotros y de fortalecerlo y mejorarlo. Debemos de ejercitar nuestras gracias espirituales así como ejercitamos a nuestros cuerpos.
Hay un hábito espiritual o un principio gobernante de vida espiritual forjado en los creyentes del cual viene toda la santidad (Dt. 30:6; Jer. 31:33; Ez. 36:26, 27; Juan 3:6; Ga. 5:17; 2P. 1:4). El Espíritu de Dios crea en el creyente una naturaleza nueva la cual se expresa a sí misma en todas las actividades de la vida de Dios en nosotros (Ef. 4:23, 24; Col. 3:10). Y por esta vida espiritual forjada en nosotros estamos continuamente unidos a Cristo.
Unión con Cristo
El Espíritu Santo que mora en nosotros es la causa de esta unión con Cristo, pero la naturaleza nueva es el medio por el cual somos unidos a Cristo (Ef. 5:30; 1Co. 6:17; He. 2:11, 14). Nuestra semejanza a Dios esta en este hábito nuevo espiritual creado en nosotros, porque por él la imagen de Dios es reparada en nosotros (Ef. 4:23, 24; Col. 3:10). Y es por esta vida espiritual nueva en nosotros que somos capacitados para vivir para Dios. Este es el principio gobernante interno de vida del cual todos los actos vitales en la vida de Dios vienen. Esta es la vida la cual Pablo describe, como ‘escondida con Cristo en Dios’ (Col. 3:3). Él así de este modo cubre con un velo esta vida espiritual, sabiendo que somos incapaces de ver firmemente a su gloria y belleza.
Por lo tanto aprendamos a no satisfacernos a nosotros mismos, ni a descansar en ninguno de los actos o deberes de obediencia, ni tampoco en ninguna obra buena, por mas buena y útil que sea, las cuales no salgan de este principio vital de santidad en nuestros corazones (Is. 1:11-15).
En lo que toca a estos deberes, ya sea de moralidad o de religión, son buenos en si mismos, y deben ser aprobados y alentados. Pueden hacerse de motivos equivocados (Ro. 9:31, 32; 10:3, 4). Pero el mundo necesita hasta las buenas obras de hombres malos, aunque debamos persuadirlos de no confiar en estas obras buenas sino solo en Cristo para la salvación.
Donde exista este principio gobernante de santidad en el corazón de los creyentes adultos, se manifestará en el comportamiento externo (Tito 2:11, 12).
Todos los Cristianos concuerdan, cuando menos en palabras, que la santidad es absolutamente necesaria para salvación por Cristo (He. 12:14). Pero muchos piensan que haciendo lo mejor que podamos para vivir una vida moralmente decente es santidad (1Co. 2:14). No se dan cuenta que es una obra más grande el ser verdaderamente y realmente santo que lo que la mayoría de la gente piensa.
La santidad es la obra de Dios el Padre (1Tes. 5:23). Es una obra tan grandiosa que solo el Dios de paz la puede hacer. Para que podamos nacer de nuevo, la sangre de Cristo tiene que ser derramada y el Espíritu Santo ser dado. Vamos, entonces, a no contentarnos con solo el nombre de Cristiano, pero estemos seguros que tengamos la realidad de una verdadera vida Cristiana.
Los Deberes del Creyente.
Ahora si hemos recibido este principio gobernante de santidad, entonces somos llamados a los siguientes deberes.
Debemos cuidadosamente y diligentemente apreciar y cuidar de esta nueva vida espiritual nacida en nosotros. Ha sido confiada a nosotros y se espera de nosotros que cuidemos de ella, la amemos y que fomentemos su crecimiento. Si nosotros de buena gana, o por descuido, permitimos que sea lastimada por tentaciones, debilitada por corrupciones, o no ejercitada en todos sus deberes conocidos, nuestra culpa y nuestros problemas serán grandes.
Es también nuestro deber demostrar convincentemente que tenemos esta nueva vida. Debemos dejarla que se revele por sus frutos. Los frutos de esta vida son la matanza de deseos corruptos y el ejercitar de todos los deberes de santidad, justicia, amor y devoción a Dios en este mundo. Una razón porque Dios nos dio esta nueva vida fue para que fuera glorificado. Y al menos que esos frutos visibles de santidad sean vistos, nos exponemos a cargos de hipocresía. Vamos entonces a revelar en nuestras vidas lo que hemos recibido.
Esta gracia de santidad forjada en nosotros lleva a un hábito nuevo de vida, inclinándonos y empujándonos a obras y actos de santidad. Hábitos morales nos llevan a acciones morales. Pero esta gracia de santidad nos capacita para ser santos y para vivir para Dios. El hombre natural es ajeno a esta vida (Ef. 4:18; Ro. 8:6). El hombre natural encuentra a la santidad aburrida y trabajosa (Mal. 1:13). Aborrece la santidad porque su actitud hacia Dios es una de enemistad, y por lo tal no puede agradar a Dios (Ro. 8:7-8).
La naturaleza nueva, por la otra parte, se comporta muy diferente. Da un nuevo deseo e inclinación al corazón el cual la Escritura llama temor, amor y deleite (Dt. 5:29; Jer 32:39; Ez. 11:19; Os. 3:5). La nueva naturaleza da a la mente una perspectiva y dirección nueva. Esta nueva perspectiva y dirección se llama inclinación espiritual (Ro. 8:6; Col. 3:1, 2; Sal. 63:8; Fil. 3:13, 14; 1P. 2:2).
Por este principio gobernante de santidad en nosotros, el pecado es debilitado y gradualmente quitado y el alma constantemente desea ser santa.
El corazón santificado desea llevar acabo cada deber conocido de santidad porque está involucrado en obedecer todos los mandamientos de Dios. La santidad falsa del príncipe joven rico fue expuesta cuando Cristo lo llamo a vender todo lo que tenia y darlo a los pobres. Se fue triste porque tenía muchas posesiones.
Naaman el Sirio, después de ser sanado de su lepra por Eliseo, todavía quería agradar a sus amos terrestres al inclinarse en la casa de Rimmon (2R. 5:18). La santidad verdadera a veces puede resbalar y volver atrás, pero no volverá a todo el curso de pecado. El corazón santificado sigue en la santidad cual sea la oposición. La persona santa teme al señor todo el día. La santidad es como un torrente corriendo constantemente cual sea la obstrucción. (Juan 4:14).
Simple moralidad externa es como un barco velero dependiendo en los vientos externos para soplarlo a lo largo. Pero la persona que tiene este principio gobernante de santidad en él es como un barco con su propio poder interno moviéndose independientemente de cualquier viento que pueda o no soplar.
La gracia de santidad es permanente y habita para siempre. Nunca dejara de alentar al alma entera para cada deber hasta que venga al completo gozo de Dios. Es esa agua viva que mana a la vida eterna (Juan 4:14). Está prometida en el pacto (Jer. 32:40). Capacita al creyente a no descuidar ningún deber (He. 6:11; Is. 40:31).

No perfectos todavía
Todos los que tienen esta gracia de santidad también tienen dentro de ellos la naturaleza vieja con sus deseos pecaminosos. Este es el pecado que mora en nosotros. También es llamado el cuerpo de muerte (Ro. 7:24). En los creyentes estas disposiciones contrarias, la gracia de santidad y el cuerpo de pecado están en las mismas facultades. De este modo la carne pelea contra los deseos espirituales y la naturaleza nueva bajo el principio gobernante de santidad pelea contra los deseos carnales (Ga. 5:17).
El pecado y la gracia no pueden llevar el dominio en el mismo corazón al mismo . Ni tampoco pueden ser igual en fortaleza, si no entonces ninguna obra fuera posible. En el hombre natural, la carne o naturaleza depravada lleva el dominio (Gn. 6:5; Ro. 8:8). Pero cuando la gracia es introducida, este hábito de pecado es debilitado y su fortaleza incapacitada para que no pueda llevar a la persona al pecado así como lo hacia antes (Ro. 6:12). Sin embargo, todavía hay restos del pecado en los creyentes los cuales buscan ser entronados.
En el estado natural, el pecado dominaba, pero las dos luces, a saber la conciencia y la mente, se oponían. En el estado de regeneración, la gracia de santidad domina, pero se le oponen los restos del pecado que aún mora. Y así como la conciencia y el razonamiento paran mucho a un pecador de pecar asi los restos del pecado estorban la naturaleza regenerada de hacer muchas cosas buenas.
La gracia de santidad inclina al alma a todo acto de obediencia. El deseo de obedecer las reglas de Dios está en el regenerado- su corazón esta fijo para la santidad así como la aguja del compás apunta al norte, aunque a veces en la presciencia del hierro la aguja puede ser desviada.
La gracia de santidad se revelara a si misma en su resistencia a todo lo que trate de desviarla de su meta, la cual es el perfeccionamiento de la imagen de Dios en el ama. Donde esto no pasa, allí no hay santidad.
La adoración religiosa, emparejada con el comportamiento moral, decente y honrado no es santidad auténtica, al menos que el alma entera sea dominada por deseos para eso que es espiritualmente bueno y todo el comportamiento es producido por la nueva naturaleza regenerada la cual es la imagen de Dios renovada en nuestra alma.
Deberes externos que salen de la luz y de la convicción pueden ser muchos, pero si no brotan de la raíz de la gracia en el corazón, pronto se marchitan y mueren (Mt. 13:20, 21).
La evidencia mas clara que nuestras almas han sido renovadas es de que la mente y el alma desean ser santas. Este deseo es gratis, genuino y no forzado. Es un deseo firme para obedecer y hacer todo lo que es santo. Es un deseo que rompe toda oposición a la santidad y mira hacia ese día cuando sea perfeccionado en la santidad.

Pregunta. ¿Porque David ora que Dios incline su corazón a los testimonios de Dios (Sal. 119:36)? ¿Esta David buscando un nuevo acto de gracia, o no sale esta inclinación del corazón a los testimonios de Dios, del hábito de gracia ya implantado en el alma?
Respuesta. A pesar de todo el poder y obra de este hábito de gracia, también hay un requerimiento de una obra adicional del Espíritu Santo para capacitar a este hábito de gracia para que actualmente lleve sus deberes en casos especiales.
Dios inclina nuestros corazones a deberes y a la obediencia mayormente por fortaleciendo, incrementando y activando la gracia que hemos recibido, y la cual está en nosotros. Pero ni tenemos ahora, ni tampoco tendremos en este mundo, tal reserva de fortaleza espiritual que ya no necesitaremos orar por mas.
El poder de este hábito de gracia no solo capacita al creyente a vivir una vida santa, sino también estimula en él deseos para mas santidad (Ez. 36:26, 27). En nuestro estado no regenerado estábamos sin fuerzas (Ro. 5:6). Éramos impíos y no teníamos poder para vivir para Dios. Pero ahora en y por la gracia de regeneración y santificación tenemos una habilidad que nos capacita a vivir para Dios (Is. 40:31; Col. 1:11; Ef. 3:16; Fil. 4:13; 2P. 1:3; Juan 4:14; 2Co. 12:9). Donde hay vida, hay fuerza.
¿Cuál es entonces esta fuerza espiritual, y de donde viene ya que el hombre natural esta totalmente incapacitado para hacer cualquier bien espiritual?
Hay tres facultades en nuestras almas las cuales son capaces de recibir fuerza espiritual. Son el entendimiento, los deseos y la voluntad. Así que cualquier habilidad espiritual que tengamos debe ser porque ha sido impartida a estas facultades.
La fuerza espiritual en la mente descansa en una habilidad y luz espiritual para entender las cosas espirituales de una manera espiritual. Los hombres en su estado natural están totalmente desprovistos de esta habilidad. Solo el Espíritu Santo imparte el principio de vida espiritual y santidad (2Co. 4:6; 3:17, 18; Ef. 1:17,18). No todos los creyentes tienen el mismo grado de habilidad y luz espiritual (He. 6:1-6). Pero no hay excusa para ninguno (1Co. 2:12; 1Juan 2:20, 27; He. 5:14).
La fuerza espiritual en la voluntad descansa en su libertad y habilidad de acordar con, escoger y abrasar las cosas espirituales. Los creyentes tienen libre voluntad para escoger lo que es espiritualmente bueno, porque son libres de esa esclavitud al pecado a la cual estaban sujetos antes que fueran regenerados.
Una libre voluntad que hace al hombre totalmente independiente de Dios es desconocida en la Escritura. Somos totalmente dependientes en él para todas nuestras buenas acciones y para esa raíz y fuente de santidad en nosotros de la cual todas las acciones espirituales salen.
En el estado natural, todos los hombres están esclavizados al pecado. El pecado domina su mente, sus corazones y voluntades para que ni deseen ni hagan algún bien espiritual. Pero de acuerdo a la Escritura, cuando una persona es regenerada tiene una libre voluntad, no para escoger lo bueno o lo malo imparcialmente (como si no importara que escogiera) sino para que le guste, ame, escoja y se aferre de Dios y su voluntad en todas las cosas. La voluntad ahora libre de la esclavitud del pecado e iluminada por la luz y amor, desea y escoge libremente las cosas de Dios. La voluntad hace esto porque há recibido fuerza espiritual y habilidad para hacerlo. Es la verdad que deja a la voluntad libre (Juan 8:32, 36).

Algunas verdades de la escritura sobre la libre voluntad
El hombre no puede, independientemente de Dios, desear hacer cualquier cosa si Dios no desea esa cosa también. Es Dios el que controla todas las acciones del hombre. Es Dios el que gobierna sobre todas las cosas por su voluntad, poder y providencia. Es Dios quien determina que o que no pasará en el futuro. Si el hombre pudiera llevar acabo al máximo todo lo que desea hacer sin importar la voluntad de Dios de que no debería hacerlo, entonces seria inconsistente con el preconocimiento, autoridad, decretos y dominio de Dios y pronto probaría ser ruinoso y destructivo para nosotros.
El hombre no regenerado es totalmente incapaz de cualquier bien espiritual o creer y obedecer a la voluntad de Dios. El hombre no regenerado no tiene libertad, poder o capacidad para escoger y hacer la voluntad de Dios. Si pudiera, entonces la Escritura está errónea y la gracia de nuestro Señor Jesucristo seria destruida.
La verdadera libertad de voluntad dada a los creyentes descansa en una libertad de gracia y habilidad para escoger, desear y hacer lo que sea espiritualmente bueno, y rechazar lo que sea malo. La libertad de voluntad dada a los creyentes no significa que tienen el poder para escoger el bien o el mal y hacer bien o mal así como la voluntad determine. Esto es una voluntad libre ficticia e imaginaria. Al contrario la voluntad libre dada a los creyentes es consistente con la doctrina de Dios como la primera causa soberana de todas las cosas. La verdadera libertad piadosa de la voluntad se sujeta a la gracia especial de Dios y a la obra del Espíritu Santo. Es una libertad por la cual nuestra obediencia y salvación son aseguradas. Es una voluntad libre que responde a las promesas del pacto por el cual Dios escribe sus leyes en nuestros corazones y pone su Espíritu en nosotros, para capacitarnos para andar obedientemente.
En la regeneración los deseos y sentimientos los cuales son naturalmente los primeros sirvientes e instrumentos del pecado, son vueltos a amar y desear a Dios (Dt. 30:6).
En la santificación el Espíritu Santo crea en nosotros un principio de gracia nuevo, espiritual y vital. Este reside en todas las facultades de nuestras almas. A este el Espíritu Santo lo abriga, preserva, incrementa y fortalece continuamente por suministraciones efectivas de gracia de parte de Jesucristo. Por este principio de gracia el Espíritu Santo dispone, inclina y capacita al alma entera a hacer esa obediencia santa por la cual vivimos para Dios. Por esta gracia espiritual, el Espíritu Santo se opone, resiste y finalmente conquista a toda oposición pecaminosa.
Por su gracia espiritual y poder el Espíritu Santo hace listo al creyente para cualquier deber santo y él hace la obediencia espiritual fácil para el creyente. El Espíritu Santo da esta disposición al quitar todas esas cargas las cuales están aptas para tapar nuestras mentes y estorbarlas en su disposición para obedecer y ser santos. Estorbos especiales a la mente son el pecado, el mundo, pereza espiritual e incredulidad (He. 12:1; Lucas 12:35; 1P. 1:13; 4:1; Ef. 6:14; Mr. 14:38).

Estorbos a la santidad
En el no regenerado, esta el pecado de procrastinar (Pr. 6:10). Pero en el regenerado la pereza y el procrastinar también son evidentes (Cnt. 5:2, 3). Para superar estos pecados debemos de poner nuestra mente en las cosas de arriba (Col. 3:2). Debemos de agarrar una idea de la belleza y la gloria de la santidad. Debemos despertar nuestros deseos para deleitarnos en la santidad. Esto crea una facilidad en obediencia espiritual porque hemos recibido una nueva naturaleza. En este sentido, así como es natural para nosotros ser un ser humano, así ahora es ‘natural’ ser un ser humano espiritual.
Dios escribe sus leyes en nuestros corazones. Por naturaleza las cosas de la ley de Dios son ajenas a nosotros (Os. 8:12). Hay en nuestra mente enemistad en contra de ellas (Ro. 8:7). Pero todo esto es quitado por gracia. Los mandamientos de Dios ya no son penosos (1Juan 5:3). Todos los caminos de Dios ahora son placenteros. (Pr. 3:17). La gracia guarda el corazón y así a la persona entera continuamente activa en la santidad, y la repetición hace a los deberes más fáciles. Es un manantial de agua viva continuamente burbujeando en nosotros, revelándose a si mismo en la oración, lectura de la Biblia, y comunión santa. Se muestra a si mismo en misericordia, bondad, caridad y bondad fraternal hacia todos los hombres. La gracia trae la ayuda de Cristo y su Espíritu. Cristo el Señor cuida de esta naturaleza nueva y la fortalece por las gracias del Espíritu Santo, para que su yugo sea fácil y su carga liviana (Mt.11:30).
Algunos creyentes no encontraran los deberes espirituales livianos y fáciles, sino pesados y dificultosos. Si ese es el caso necesitamos examinarnos a nosotros mismos y ver de donde sale esa carga. Si sale de desgana interna para llevar el yugo de Cristo y nuestra religión se mantiene por miedo y convicciones de pecado, entonces todavía no estamos regenerados. Pero si sale de deseos internos y añoramos ser libres del pecado y vivir para Dios en obediencia santa, para que solo estemos muy contentos de tomar el yugo de Cristo y pelear contra todo el pecado conocido, entonces si somos verdaderamente regenerados. Debemos, entonces, examinarnos a nosotros mismos si hemos sido constantes y diligentes en hacer todos los deberes que nos son más difíciles.
La gracia primero nos hace ser constantes en los deberes espirituales. La gracia después nos hace ser diligentes en todos los deberes y de encontrar a todos los deberes fáciles y placenteros.
Las dificultades pueden ser causadas por tentaciones de preocupación las cuales cansan, perturban y distraen la mente.
. ‘¿Hay verdadera santidad en mí o estoy siendo engañado por algo falso?’
Repuesta. Estamos engañados si pensamos que la verdadera santidad son las intenciones buenas y ocasionales para dejar el pecado y vivir para Dios las cuales son traídas por problemas, enfermedades, culpabilidad o miedo a la muerte. (Mr. 6:20 véase también Sal. 78:34-37; Os. 6:4).
Estamos engañados si pensamos que teniendo los dones del Espíritu prueba que somos santos de corazón. Los dones son del Espíritu Santo y deben valorarse grandemente. Conducen a los hombres a hacer deberes los cuales tienen una grande apariencia de santidad, oran, predican y mantienen un compañerismo espiritual con los verdaderos creyentes. Pero los deberes hechos por el estimulo de los dones espirituales no es verdadera obediencia santa. En los verdaderos creyentes, los dones promueven santidad pero son siervos para santidad. Ni tampoco la moralidad y deberes meramente morales es santidad.
Así que aprendemos que este principio o hábito de santidad es lo bastante distinto de todos los otros hábitos de la mente cualquiera que sean, ya sea intelectual o moral, congénito o adquirido. Es también diferente de la gracia común y sus efectos, de la cual los no regenerados también pueden ser participantes.
El principio de santidad es motivado por un deseo para la gloria de Dios en Cristo Jesús. Ningún hombre puede tener tal deseo al menos que sea regenerado. Aquí hay un ejemplo. Un hombre dando dinero a los pobres es primero motivado por un deseo de ayudar al pobre; pero en el fondo su motivo si él no es regenerado es si mismo, un deseo de ganar merito, un deseo de ganar un buen nombre para si mismo, un deseo por la alabanza del hombre, o un deseo de una expiación por sus pecados. Pero nunca es movido por el deseo de glorificar a Dios en Cristo Jesús.
La santidad sale del propósito de Dios en la elección (Ef. 1:4); tiene una naturaleza especial dada sólo a los escogidos de Dios (2Ts. 2:13; Ro. 8:29, 30; 2P. 1:5-7, 10; Ro. 9:11; 11:5, 7). Si nuestra fe fracasa en producir santidad no es la fe de los escogidos de Dios (Tito 1:1).
Aquí hay tres maneras por las cuales podemos saber si nuestras gracias o deberes son verdaderamente los frutos y evidencias de la elección:
(i) ¿Están estas gracias creciendo en nosotros (Juan 4:14)?
(ii) ¿Nos estimula el sentir del elegido amor de Dios para un uso diligente de estas gracias (Ro. 5:2-5; Jer. 3:13)? Un sentido del amor eterno de Dios nos acerca a Dios en fe y obediencia. Los deberes activados meramente por miedo, asombro, esperanza y una conciencia despertada no son del amor escogido.
(iii) ¿Están esas gracias de santidad haciéndonos mas como Cristo? Si somos escogidos en Cristo y predestinados para ser come él, las verdaderas gracias santas obraran en nosotros la imagen de Cristo. Tales gracias son la humildad, mansedumbre, negación propia, menosprecio al mundo, una disposición para pasar los males hechos a uno mismo, de perdonar a nuestros enemigos y amar y hacer bien a todos.

Cristo nuestra santificación
La santidad fue comprada para nosotros por Cristo Jesús. Es él quien ‘nos ha sido hecho por Dios santificación’ (1Co. 1:30). Cristo nos ha sido hecho por Dios santificación por medio de su oficio sacerdotal. Somos limpios de nuestros pecados por la sangre de Cristo en ambos su ofrecimiento y su aplicación a nuestras almas (Ef. 5:25-27; Tito 2:14; 1Juan 1:7; He. 9:14).
Cristo en realidad santifica nuestras almas al impartirnos santidad. Esta inpartición de santidad a nosotros es el resultado de su intercesión sacerdotal. La oración de Cristo es la bendita raíz de nuestra santidad (Juan 17:17). Todas las gracias santas en nosotros son por esa oración. Si en verdad tenemos intenciones de ser santos, es nuestro deber constante de resonar la oración de Cristo para el incremento de santidad. Esto es por lo que los apóstoles oraron y así también debemos nosotros (Lc. 17:5).
Cristo, por su Palabra y doctrina por medio de su oficio profético, nos enseña santidad y la obra en nosotros por su verdad. La doctrina del evangelio es el único estándar adecuado de santidad y el único medio por el cual podemos ser santos. El evangelio requiere la muerte al pecado, dolor piadoso y el lavamiento diario de nuestros corazones y mentes. El evangelio también requiere los actos más espirituales de comunión con Dios por Cristo, juntamente con toda esa fe y amor la cual se nos requiere dar a Cristo.
Solo el evangelio engendra fe en nosotros (Ro. 1:16; Hch. 20:32; Ro. 10:17; Ga. 3:2). Es por la Palabra que somos engendrados en Cristo Jesús (1Co. 4:15; Stg. 1:18; 1P. 1:23-25).
Ahora aquí hay dos maneras por las cuales podemos saber si nuestra santidad es o no es santidad evangélica.
(1) ¿Nos es difícil obedecer los mandamientos del evangelio o son fáciles y placenteros?
(2) ¿Son las verdades del evangelio ajenas a nosotros? Si son entonces no tenemos verdadera santidad evangélica.
Cristo es hecho para nosotros santificación como el ejemplo perfecto de santidad (Ro. 8:29; 1P. 2:9). En la pureza de sus dos naturalezas, la santidad de su Persona, la gloria de sus gracias la inocencia y utilidad de su vida en el mundo, él es nuestro gran ejemplo. Él solo es el patrón perfecto, absoluto y glorioso o el cianotipo de toda gracia, santidad, virtud y obediencia. Este patrón debe ser preferido por encima de todos los otros. En él esta la luz y en él no hay nada de tinieblas. Él no hizo pecado, ni engaño fue encontrado en su boca. Es nombrado por Dios para este mismo propósito, para ser un patrón de santidad para nosotros. Debemos de contemplar a Cristo (Is. 45:22; Zac. 12:10; 2Co. 3:18; 4:6).
Debemos ser conmovidos por el ejemplo de Cristo para ser como él. Ya que todo lo que hizo fue hecho por amor a nosotros (1Juan 3:3; Fil. 3:21; He. 2:14, 15: Fil. 2:5-8; Juan 17:19; Ga. 2:20). Todo lo que hizo fue por nuestro bien; imitarlo será la mejor cosa que podamos hacer para nuestro bien (Ro. 5:19).
Debemos de imitar la mansedumbre de Cristo su paciencia, negación propia, el silencio a soportar reproches, desprecio para el mundo, celo por la gloria de Dios, compasión por las almas de los hombres y el soportar las debilidades de todos.
No solo debemos de creer en Cristo para justificación, también debemos creer en él como nuestro ejemplo para santificación. Si camináramos como Cristo caminó, entonces debemos pensar mucho de Cristo, lo que él era, lo que él hizo, y como en ambos deberes y en pruebas se comportó con los de alrededor de él. Esto debemos de hacer hasta que hayamos implantado en nuestras mentes la imagen de su santidad perfecta.
Lo que mayormente distingue la santidad evangélica con respecto a Cristo como nuestra santificación es que de él como nuestra cabeza se deriva la vida espiritual de santidad. También en virtud de nuestra unión con él, verdaderas provisiones de fuerza y gracia espiritual (por la cual la santidad es preservada, mantenida e incrementada) están constantemente fluyendo de él a nosotros. Cualquier gracia que Dios promete a cualquiera, cualquier gracia que Dios otorga a cualquiera, cualquier gracia que Dios obra en cualquiera, todo es hecho por y por medio de Cristo Jesús como el mediador. Dios es la absoluta fuente infinita, la causa suprema de toda gracia y santidad. Solo él es ambos, originalmente y esencialmente santo. Solo él es bueno y así la primera causa de toda santidad y bondad para otros. Él es el Dios de toda gracia (1P. 5:10). Él tiene vida en si mismo (Juan 5:26). En él esta la fuente de vida (Sal. 36:9). Él es el Padre de las luces (Stg. 1:17).
Dios, de su llenura, derrama su gracia a sus criaturas, ya sea naturalmente o por gracia. Por naturaleza él implantó su imagen en nosotros en perfecta justicia y santidad. Si el pecado no hubiera entrado, la misma imagen de Dios hubiera pasado por propagación natural. Pero desde la caída, Dios ya no implanta la santidad en nadie por medio de propagación natural de otro modo no habría necesidad de nacer de nuevo. Ahora ya no tenemos en nosotros nada de la imagen de Dios por naturaleza.
Dios no imparte nada por el camino de la gracia a nadie sino por Cristo como mediador y cabeza de la iglesia (Juan 1:18). En la vieja creación, todas las cosas fueron hechas por la palabra eterna, la Persona del Hijo como la sabiduría de Dios (Juan 1:3; Col. 1:16). Cristo también ‘sostiene todas las cosas por la palabra de su poder’ (He. 1:3). Así también en la nueva creación Dios no hace nada ni otorga nada excepto por y por medio de su Hijo Cristo Jesús como mediador (Col. 1:15, 17, 18). Es por Cristo que la nueva vida y santidad son dadas en la nueva creación (Ef. 2:10: 1Co. 11:3).
Dios obra en los creyentes una verdadera, efectiva y santificadora gracia, fuerza espiritual y santidad. Por medio de esta obra de gracia Dios los capacita para creer, para ser santos y para perseverar hasta el fin. Por esta obra también los mantiene ‘sin mancha hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo’. Lo que sea forjado en los creyentes por el Espíritu de Cristo, es por medio de su unión a la Persona de Cristo (Juan 16:13-15) al cual somos unidos por el Espíritu.
Pregunta: ¿Recibimos entonces el Espíritu del evangelio de la Persona de Cristo o no?
Respuesta: Recibimos el Espíritu por la predicación del evangelio (Hch. 2:33).
Objeción: Si es por el Espíritu Santo que estamos unidos a Cristo, entonces debemos ser santos y obedientes antes de que le recibamos a él por el cual somos unidos a Cristo. Cristo no une a pecadores impíos e impuros a si mismo. Eso seria para él la más grande deshonra imaginable. Debemos por eso entonces ser santos, obedientes y semejantes a Cristo antes que podamos ser unidos a él por su Espíritu.
Respuesta: Primero, si esto es cierto, entonces no es por la obra del Espíritu Santo que somos santos, obedientes y semejantes a Cristo. Debemos entonces purificarnos sin la sangre de Cristo y santificarnos nosotros mismos sin el Espíritu Santo. Segundo, Cristo el Señor por su Palabra verdaderamente prepara las almas hasta cierto punto para que el Espíritu Santo more. Tercero, Cristo no une a pecadores impuros e impíos a si mismo para que puedan continuar siendo impuros e impíos. Si no en el mismo momento y por el mismo acto en el cual son unidos a Cristo, son verdaderamente y permanentemente purificados y santificados. Donde esta el Espíritu de Dios, hay libertad pureza y santidad.
La obra adicional del Espíritu Santo es de impartirnos todas las gracias de Cristo por virtud de esa unión que tenemos con Cristo. Hay un cuerpo espiritual y místico del cual Cristo es la cabeza y la iglesia sus miembros (Ef. 1:22, 23: 1Co. 12:12). Esta unidad esta ilustrada en muchos lugares de la Escritura: Cristo es la vid y nosotros sus pámpanos (Juan 15:1, 4, 5: Ro. 11:16-24). Nosotros somos piedras vivas edificados en una casa espiritual (1P. 2:4, 5). Cristo vive en nosotros (Ga. 2:20).
Conclusión. Toda gracia y santidad viene de Cristo, nada de nosotros. La causa directa de toda la santidad evangélica es el Espíritu Santo. La santidad evangélica es un fruto y un efecto del pacto de gracia y su propósito es de renovar en nosotros la imagen de Dios.

20: Las actividades y deberes de la santidad
Hemos visto en los capitulo pasados que la santidad sale de un principio gobernante impartido a nosotros por el Espíritu Santo. Pero lo que ahora debemos aprender es que no hemos tenido este nuevo principio gobernante impartido a nosotros para que lo podamos usar como lo deseemos. Es Dios el que obra en nosotros el querer como el hacer por su buena voluntad no la nuestra (Fil. 2:12, 13).
Todas las actividades y deberes de santidad pueden ser clasificados bajo dos encabezamientos. Hay esas actividades y deberes en cuanto a la obediencia a los mandamientos positivos de Dios y hay esos en cuanto a las cosas que nos ha prohibido hacer. Ambos nos conciernen en nuestra oposición diaria al pecado.
Necesitamos ver que tan dependientes somos del Espíritu Santo si vamos a llevar acabo estas actividades y deberes aceptables a Dios.

Deberes internos y externos
Primero, hay esos deberes internos los cuales conciernen actos de fe, amor, confianza, esperanza, temor, reverencia y deleite hacia Dios, pero no se revelan en ningún deber externo. Estas actividades verdaderamente prueban que tenemos vida espiritual impartida a nosotros. Cuando estas actividades están fuertes, sabemos que nuestra vida espiritual esta fuerte. Cuando están débiles, entonces sabemos que nuestra vida espiritual esta débil. Así por estas podemos probar que tan espiritualmente saludables estamos y que tan preocupados estamos de crecer en santidad. Es posible de hacer muchos deberes externos que pueden ser vistos por los hombres, y sin embargo que nuestros corazones estén ajenos a Dios. Así que podemos tener ‘un nombre para vivir, pero en realidad estar muertos’ (Is. 1:11-15). Pero cuando la fe, temor, confianza y amor abundan en nosotros, prueban que nuestras almas están fuertes y saludables.
Segundo, hay esos deberes externos los cuales son hechos a Dios y para su gloria. Estos deberes son oraciones y alabanzas para la santificación del nombre de Dios en adoración santa. Entonces hay esos deberes los cuales debemos a los hombres los cuales también son hechos para la gloria de Dios. Estos deberes son sumados por Pablo. ‘Porque la gracia de Dios que trae salvación a todos los hombres, se manifestó, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos vivamos en este siglo templada, justa, y piamente (Tito 2:11,1 2). En todos estos deberes, ya sean hechos a Dios o a los hombres, si son verdaderos actos de santidad, y si son aceptados por Dios, entonces salen de una obra especial del Espíritu Santo en nosotros. Esto aprendemos de las siguientes verdades.
Por este nuevo principió gobernante de vida espiritual impartida a ellos por el Espíritu Santo, los creyentes ahora están dispuestos a hacer la voluntad de Dios. Ningún creyente puede, de si mismo, hacer algo agradable a Dios. La ayuda del Espíritu Santo es indispensablemente requerida para cualquier acto de obediencia santa, ya sea que salga de la mente o de la voluntad del corazón. A pesar del poder o habilidad la cual los creyentes han recibido de este nuevo hábito de gracia implantado en ellos, estarán en necesidad de gracia actual para que los capacite realmente a llevar acabo los deberes de santidad hacia Dios.

La nueva creación
Cuando Dios hizo al hombre lo formó ‘del polvo de la tierra, y sopló en su nariz el aliento de vida; y el hombre vino a ser un alma viviente’ (Gn. 2:7). Por este principio de vida dado por Dios, el hombre estaba capacitado y apto para llevar acabo todas las actividades relacionadas con esa vida física. Pero esto no significa que el hombre pueda actuar independientemente de Dios. Si Dios quita este principio de vida, el hombre viene a ser un cuerpo muerto. Un cuerpo muerto solo puede ser movido por una fuerza externa, y es cambiado diariamente por un decaimiento y corrupción interna.
Es lo mismo con el alma del hombre. Si al alma del hombre le falta este principio gobernante de vida espiritual es como un cuerpo muerto. Esta ‘muerto en delitos y pecados’ (Ef. 2:1). El alma en este estado solo puede ser movida para buenas obras por fuerzas externas tales como convicciones de pecados y terrores de juicio, y es diariamente alterada para lo peor por corrupciones internas. Pero aquellos en quien este nuevo principio de vida espiritual existe están capacitados para llevar acabo todos los deberes santos que salen de esta vida, aunque nunca independientemente de Dios. Jesús dijo, ‘Sin mí nada podéis hacer’ (Juan 15:5). Pablo dijo, ‘En Dios vivimos, y nos movemos, y somos’ (Hch. 17:28). Si alguno pudiera actuar independientemente de Dios, entonces él mismo debe ser absolutamente la primera y única causa de esa acción, lo cual significa que debe ser el de un nuevo ser. ¿Pero que dice la Escritura? ‘Porque somos hechura suya, criados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó para que anduviéremos en ellas’ (Ef. 2:10).
En el principio Dios crió todas las cosas de la nada. Pero Dios entonces no las dejó por si solas y a sus propios poderes y habilidades. Él continuó confirmándolas, sosteniéndolas, y preservándolas de acuerdo a los principios de sus seres y obró poderosamente en y por ellas de acuerdo a sus naturalezas. Sin el continuo sustento de Dios para ellas por su divino poder, toda la fábrica de la naturaleza se disolvería en confusión y en nada. Así que, sin la influencia de Dios y su obra continua con sus criaturas, capacitándolas para actuar, todas las cosas estarían muertas y ni un acto natural se podría llevar acabo.
Es lo mismo en esta obra nueva de creación por Jesucristo ‘Somos hechura de Dios’. Él nos a formado y labrado para si mismo al renovar nuestras naturalezas una vez mas a su imagen. Nos ha hecho aptos para buenas obras y para producir los frutos de justicia, los cuales a señalado como la manera que debemos de vivir para él. Esta nueva criatura, esta naturaleza divina en nosotros, Dios la sostiene y preserva. Sin su continuo poder obrando en nosotros e influenciándonos, esta nueva vida espiritual en nosotros perecería. Pero esto no es todo. Dios también en verdad causa esta nueva vida a moverse y actuar y llevar acabo cada deber santo agradable a él por continuas provisiones nuevas de gracia. Así que lo que ahora probaremos es, que hay una verdadera obra del Espíritu Santo en nosotros la cual es absolutamente necesaria para capacitarnos a llevar acabo cualquier acto o deber de lo que sea de santidad. Sin esta obra del Espíritu Santo, estamos totalmente incapacitados para producir o hacer un deber santo o actividad. Esta es la segunda parte de su obra de santificación en nosotros.

La necesidad por la obra del espiritu
Que esta obra indispensable del Espíritu Santo es necesaria se ve en los siguientes puntos:
La Escritura enseña la inhabilidad total del hombre para hacer cualquier bien espiritual (Juan 15:5; 1Co. 15:10; 2Co. 3:4, 5; 9:8; 12:9; Ga. 2:20). También enseña que todas las obras de gracia y todos los buenos deberes son en realidad del Espíritu Santo.
Hay muchos lugares donde se nos dice ser llevados, guiados y capacitados para actuar por el Espíritu Santo. Vivimos, caminamos y hacemos cosas por el Espíritu Santo quien mora en nosotros. ¿Que más aprendemos de estas Escrituras sino que el Espíritu Santo actúa en nuestras almas y por sus actividades en ellas somos capacitados para actuar?
Se nos dice ‘andad en el Espíritu’ (Ga. 5:16). Esto es de andar en obediencia a Dios dependiendo en las provisiones de gracia las cuales el Espíritu Santo nos da. Si andamos en el Espíritu ‘no daremos lugar a las concupiscencias de la carne’. Esto solo puede significar que seremos guardados por el Espíritu en obediencia santa y capacitados por el mismo Espíritu para evitar el pecado.
Se nos dice sed ‘guiados por el Espíritu’ (Ga. 5:18). Esto significa que el Espíritu ha obrado en nosotros y nos a influenciado de tal manera como para ser guardados de ser influenciados y ser obrados por principios depravados y viciosos que salen de nuestra naturaleza corrupta. Pablo habla de algunos ‘que no andan conforme a la carne sino conforme al Espíritu’ (Ro. 8:4). El andar en pos de la carne es tener el principio del pecado que mora en nosotros obrando en nosotros para producir pecados actuales. Así que, andar de acuerdo al Espíritu es tener al Espíritu obrando en nosotros para producir todas las actividades y deberes santos.
Así que también se nos manda a atender los deberes particulares por medio ‘del Espíritu Santo quien mora en nosotros’ (2Tim. 1:14). Porque sin la ayuda del Espíritu Santo, no podemos hacer nada.
Y como se nos dice que somos guiados y capacitados para llevar acabo todas las actividades santas por el Espíritu Santo, por lo tanto él es declarado ser el autor de todas las obras de gracia en nosotros (Ga. 5:22, 23). Es el Espíritu Santo quien produce sus frutos en nosotros. Es su fruto no el nuestro. Otros ejemplos de él produciendo sus obras de gracia en nosotros se ven en los siguientes textos de la Escritura: Efesios 5:9; Filipenses 1:19; Ezequiel 36:27; 11:19-20; Jeremías 32:39-40.
Toda la obediencia y santidad que Dios requiere de nosotros en el pacto, todos los deberes y actividades de gracia, son prometidas de ser forjadas en nosotros por el Espíritu. Pero primero necesitamos estar convencidos de que por nosotros mismos no podemos hacer nada.
Las gracias particulares y sus actividades son atribuidas al Espíritu Santo obrándolas en nosotros. ‘Porque nosotros por el Espíritu esperamos la esperanza de la justicia por la fe’ (Ga. 5:5). Todo lo que esperamos en este mundo o en el otro es por la justicia de la fe. Nuestro esperar silencioso por esto es una gracia especial evangélica y un deber. Pero esta gracia y deber solo podemos llevarlo acabo ‘por medio del Espíritu’. Otras actividades que hacemos en, por o mediante el Espíritu se ven en los siguientes textos de la Escritura: Filipenses 3:3; Colosenses 1:8; 1Pedro 1:22. De la fe se dice expresamente que ‘no es de nosotros; es un don de Dios’ (Ef. 2:8). Debemos ‘ocuparnos en nuestra salvación’ porque es ‘Dios quien obra en nosotros el querer como el hacer, por su buena voluntad’ (Fil. 2:12, 13).
Para llevar acabo este deber, se requieren dos cosas. Primero, necesitamos el poder y la habilidad para llevar acabo todos los deberes y actividades de santidad que se nos requieren y segundo, necesitamos actualmente ejercitar la gracia que hemos recibido. ¿Pero como haremos esto?
Primero debemos darnos cuenta que toda la obra de gracia descansa en las actividades internas de nuestras voluntades que causan actividades y deberes externos correspondientes. Pero se nos enseña que de nosotros mismos no podemos hacer nada santo y aceptable a Dios. Así que miramos a Dios quien obra efectivamente en nosotros todas esas actividades de gracia y deberes de nuestras voluntades que causan los deberes y actividades santas correspondientes. Cada actividad de nuestras voluntades, siempre y cuando sea de gracia y que sea santa, es el resultado del Espíritu Santo obrando en nosotros. Él obra en nosotros para producir el mero acto de querer. El decir que él solo nos persuade, o nos excita y provoca nuestras voluntades por su gracia para actuar por nuestro propio esfuerzo y habilidad, es decir que el Espíritu Santo no hace lo que Pablo dice que hace. Si podemos querer por nuestro propio esfuerzo sin el Espíritu Santo, entonces él no obra en nosotros el querer, sino solo nos persuade a querer. Pero Pablo refuta esta idea cuando dice ‘antes he trabajado mas que todo ellos, pero no yo, sino la gracia de Dios que fue conmigo’ (1Co. 15:10). Por lo tanto nos enseña que todas sus labores no eran de él mismo y de sus propios esfuerzos, sino forjados por la gracia de Dios en él y obrando con él. La libre voluntad, al contrario, diría, ‘No gracia sino Yo.’

La Obra Eficaz del Espíritu Santo
Cuando el Espíritu Santo obra en nosotros el querer, así también obra en nosotros el hacer, esto es, eficazmente para llevar a cabo esos deberes requeridos por las actividades de gracia en nuestras voluntades.
De esto aprendemos dos cosas. Primero, aprendemos que todas las actividades santas y deberes que estamos capacitados para hacer son hechos solamente por la obra efectiva del Espíritu Santo. No hay nada bueno en nosotros, y nada de lo que es bien hecho por nosotros en cualquier actividad santa y obediente, sino que la Escritura expresamente y frecuentemente lo atribuye a la obra directa del Espíritu Santo en nosotros. No se enseña mas plenamente en la Escritura que Dios crió el cielo y la tierra, y él sostiene y preserva todas las cosas con su poder, sino también que él crea la gracia en los corazones de los creyentes la preserva y la capacita para actuar y actuar eficazmente. En otras palabras, Dios obra todas nuestras obras por nosotros y todos nuestros deberes en nosotros.
La verdadera santidad es una obra sobrenatural en nosotros. Todas las actividades santas en nuestras mentes y almas, ya sean solamente internas, en fe, amor o deleite, o externas, son forjadas en nosotros por la obra directa del Espíritu Santo. Estas actividades y deberes forjados directamente por el Espíritu Santo en nosotros y por nosotros se diferencian radicalmente de todos los deberes morales producidos por nuestros propios esfuerzos. Los deberes meramente morales son despertados por convicciones, razones y exhortaciones. Son obras naturales que proceden de los esfuerzos naturales del hombre. Pero eso que es forjado en nosotros por la gracia especial del Espíritu Santo es sobrenatural. No puede ser producido por nuestros esfuerzos y habilidades naturales sino solamente por el poder sobrenatural de Dios. Así que la sola razón porque Dios acepta y premia los deberes de obediencia en los que son santificados, y no pone atención alguna a esas obras hechas por los no santificados por medio de sus habilidades naturales, es porque estas obras que salen de los santificados son forjadas por su gracia. Y esas que salen de los no santificados salen de la habilidad natural.
Caín trajo su ofrenda del fruto de la tierra la cual Dios había maldecido. Por lo tanto su ofrenda fue rechazada. Así todas las obras buenas que salen de la naturaleza pecaminosa, depravada y corrupta del hombre, por mas externamente bonita que parezca al hombre, son maldecidas por Dios, porque salen de la tierra que está maldita. Solo las buenas obras que salen de tierra santa, bendecida y forjadas en nosotros por gracia son aceptables con Dios. Por lo tanto la ofrenda de Abel fue aceptada porque salió de un corazón santificado y fue ofrecida por fe (Gn. 4:4,5; cf. He. 11:4).

21: Tratando con el Pecado.
Hay otro aspecto a nuestra santificación por el Espíritu Santo: el dar muerte al pecado. Hemos tratado de como el principio gobernante de gracia impartida a nosotros puede crecer en nosotros, y ahora debemos aprender como el principio opuesto del pecado y sus acciones externas deben de ser tratadas. La Escritura en todas partes nos dice que el Espíritu Santo nos santifica, pero a nosotros se nos manda y se nos enseña constantemente de dar muerte a nuestros pecados. La santificación es gracia impartida a nosotros y recibida por nosotros. La mortificación es el obrar de la gracia santificadora para un propósito particular.
Necesitamos entonces, aprender dos cosas sobre este deber de amortiguar el pecado. Debemos saber lo que el deber es en sí mismo y como este deber es forjado en nosotros por el Espíritu Santo.

El deber del amortiguamiento
Este deber de amortiguar el pecado es frecuentemente puesto para nosotros en la Escritura. Pablo dice: ‘Amortiguad pues, vuestros miembros que están sobre la tierra: fornicación, inmundicia, malicia, mala concupiscencia y avaricia que es idolatría’ (Col. 3:5). Lo que Pablo está diciendo es, dar muerte a tus corruptos deseos terrenales evitando la fornicación, inmundicia, etc. Por lo tanto una distinción es hecha entre los deseos corruptos terrenales y sus frutos. Estos frutos inmorales salen de malos deseos corruptos los cuales les gustaría cometer fornicación. Así que los pecados especiales mencionados son los deseos dentro de nosotros los cuales, si se les permiten, producen estos pecados reales. Estos deseos también se llaman nuestros ‘miembros’.
Son llamados nuestros ‘miembros’ porque salen de un principio gobernante de pecado llamado ‘el cuerpo de pecado’ o ‘el cuerpo de los pecados de la carne’ (Ro. 6:6; Col. 2:11). Estos deseos son como brazos y manos agarrando a nuestros cuerpos físicos y llevándolos a cometer estos pecados de hecho. Así que cuando Pablo dice, ‘Amortiguad pues vuestros miembros que están sobre la tierra’ (Col. 3:5), él no quiere decir la verdadera destrucción de alguno de nuestros miembros físicos, como algunos piensan quienes se imaginan que amortiguad se refiere a castigar el cuerpo, sino el dar muerte a nuestros malos deseos pecaminosos al no permitir a nuestros cuerpos llevarlos acabo.
Ahora así como el cuerpo naturalmente usa su varios miembros físicos, por lo tanto el cuerpo del pecado dentro de nosotros naturalmente usa estos deseos malos, y por estos deseos malos atrae al cuerpo físico para el servicio al pecado. Así que Pablo nos advierte de no dejar al pecado reinar en nuestros cuerpos mortales (Ro. 6:12). Y prosigue diciendo, ‘Que como para iniquidad presentasteis vuestros miembros a servir a la inmundicia… así ahora para santidad presentéis vuestros miembros a servir a la justicia’ (Ro. 6:19).
¿Cuál voy a hacer? ¿Presentar mi cuerpo al servicio para malos deseos, o a deseos santos?
Habiendo sido redimido por Cristo, cada parte de mí incluyendo cada miembro de mi cuerpo, ahora pertenece a Cristo y para su servicio. ‘¿Quitaré pues los miembros de Cristo y los haré miembros de una remera?’ (1Co. 6:15).
El amortiguad quiere decir destruir. Así que se nos llama al deber de destruir todos los deseos pecaminosos, corruptos y terrenales que están en nosotros que se oponen y resisten a esa vida espiritual la cual nos capacita a vivir para Dios (Ro. 8:13). En este verso, ‘amortiguad’ esta puesto en el tiempo presente para enseñar que es una obra la cual siempre debemos de estar haciendo. ‘Si tu amortiguas’ quiere decir ‘Si siempre estas empleado en esa obra’.
Otra palabra usada es ‘crucificad’ (Ro. 6:6). Nuestro viejo hombre esta crucificado con Cristo. (Véase también Ga. 2:20; 5:24). Pablo dijo, ‘Mas lejos este de mi gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por el cual el mundo me es crucificado a mi, y yo al mundo’ (Gal 6:14). Aquí el deber de ‘amortiguad’ esta relacionado a la muerte de Cristo, porque nosotros y nuestros pecados es dicho estar crucificados con Cristo. Nosotros y nuestros pecados están así crucificados por virtud de su muerte (2Co. 4:10). Así como una persona crucificada toma un largo tiempo para morir, así también el ‘cuerpo del pecado’ dentro de nosotros. Pero el hombre crucificado en la cruz vivirá mucho mas si se le alimenta bien y se le cuida que si pasa hambre y le quiebran las piernas.
Pero el significado mayor de que nuestro ser halla sido crucificado con Cristo es de que cuando venimos a la fe en él, por virtud de su muerte, nuestra naturaleza pecaminosa y corrupta fue ‘crucificada’ en nosotros. Su poder en nosotros fue roto. El pecado no tiene más dominio sobre nosotros. Así que ahora este ‘cuerpo de pecado’ crucificado dentro de nosotros no debe de ser alimentado y cuidado, sino mejor dicho, cada esfuerzo se debe hacer para apresurar su muerte. Esta naturaleza corrupta crucificada que está dentro de nosotros amaría ser popular entre los hombres y realizar todos sus deseos codiciosos, así como la gente mundana lo hace. Pero cuando amortiguamos estos deseos y rehusamos dejar al pecado salirse con la suya en nosotros, estamos inmediatamente siendo vistos diferentes por el mundo, y nuestras vidas santas que resultan los convencen de sus caminos pecaminosos. Por lo tanto el cristiano es aborrecido y vilipendiado y tratado así como Cristo fue tratado. Por lo tanto Pablo dijo que él siempre llevó en su cuerpo la muerte del Señor Jesús (2Co. 4:10). El poder de Cristo crucificado obró dentro de él la amortiguación del pecado y lo trajo a experimentar externamente la muerte del Señor Jesús a causa del trato que recibió del mundo.
La Oposición al amortiguamiento
El amortiguamiento es un deber siempre puesto en nosotros. Cuando ya no es un deber el crecer en gracia, entonces ya no sigue siendo un deber el amortiguamiento al pecado.
El hecho de que el amortiguamiento es siempre un deber puesto en nosotros implica que siempre hay un principio gobernante de pecado que todavía mora en nosotros. La Escritura llama a esto ‘el pecado que mora en nosotros’; ‘el mal que esta presente con nosotros’; la ‘ley en nuestros miembros’; ‘deseos malos’, ‘codicias’, ‘carne’. De este principio gobernante de pecado sale la necedad, engaño, tentación, seducción, rebelión, guerras, y lo parecido.
El pecado que mora adentro es lo que se debe amortiguar. La raíz o el principio dominante de pecado deben ser amortiguados. El ‘hombre viejo’ (así opuesto al ‘nuevo hombre’ el cual es creado a la imagen de Dios en justicia y verdadera santidad) debe de ser muerto.
La inclinación, el hábito actual y la disposición, y las obras externas de este hábito, llamados el cuerpo de pecado con sus miembros, debe de ser amortiguado (Ga. 5:24: Ef. 2:3; 4:22).
Los pecados actuales producidos también deben de ser amortiguados. Estos pecados actuales son de dos clases. Hay pecados internos. Estos son las imaginaciones y las ideas y los deseos del corazón (Gn. 6:5; Mt. 15:19). Hay también pecados externos (Col. 3:5; Ga. 5:19-21). Este principio gobernante de pecado con todos sus deseos y pecados actuales está opuesto directamente al principio gobernante de santidad en nosotros por el Espíritu Santo.
El pecado y la santidad son opuestos en lo que desean llevar acabo (Ga. 5:17; Ro. 7). Son opuestos en las obras y acciones que producen (Ro. 8:1) Andando de acuerdo a los deseos del pecado lleva a condenación. Andando de acuerdo a los deseos del Espíritu lleva a vida eterna (Ro. 8:4). Andando de acuerdo a los deseos de la carne pecaminosa lleva a la desobediencia de las leyes de Dios. Andando de acuerdo a los deseos del Espíritu lleva a la a obediencia de las leyes de Dios.
No le debemos nada a la naturaleza corrupta y pecaminosa. Solo trae problemas y muerte. Por lo tanto amortiguad esta naturaleza corrupta, porque si no lo haces morirás (Ro. 8:12, 13).
Andando de acuerdo a la carne significa estar de acuerdo con los deseos de la carne y permitirles que obren en nuestros cuerpos (Ro. 8:5). Andando de acuerdo al Espíritu significa el ser dado a su dominio y guianza, y el comportarse como él desea que nos comportemos. Los frutos y actividades externas de estos dos principios se oponen (Ga. 5:19-24).
El deber de amortiguar es el de hacerse al lado de la gracia en contra del pecado. Esto significa apreciar y fortalecer el principio gobernante de santidad implantado en nosotros por el Espíritu Santo. Significa dejar a la gracia obrar en nosotros libremente todos los deberes, ambos internos y externos. De este modo las actividades de la carne son derrotadas. Significa aplicando la gracia apropiada, con todo su poder y actividad, en contra de aquel pecado particular el cual desea ser llevado acabo. Así como hay pecados particulares los cuales desean llevarse acabo, así hay una gracia particular para oponerse a cada pecado. Cuando amortiguando un pecado en particular, esa gracia particular diseñada para oponer a ese pecado particular debe ser traída al juego. Es en esta aplicación correcta de la gracia apropiada para el pecado particular que el secreto de la amortiguación descansa.
Este deber de debilitar al pecado al fortalecer la gracia para oponerse al pecado se llama amortiguación, o dar muerte; primero, porque es dar muerte en verdad al pecado que mora, y segundo, porque es un deber violento. Todos los otros deberes pueden ser hechos de una manera mas fácil y gentil, sin embargo en este deber debemos de luchar, pelear y matar. Tercero, es llamado amortiguamiento porque el propósito entero de este deber es la destrucción final y completa del pecado que mora adentro.

Cómo amortiguar el pecado
Determina que vas, cada día y en cada deber, a abolir y destruir este principio gobernante de pecado. No morirá al menos que sea gradualmente y constantemente debilitado. Pásalo por alto, y se cura sus heridas y recupera su fuerza. La negligencia permite al pecado a recobrar tal poder que tal vez jamás podremos recuperar nuestro estado anterior mientras vivamos.
Debemos tener cuidado continuamente con el levantamiento de este principio gobernante de pecado e inmediatamente dominarlo. Esto debe ser hecho en todo lo que somos y hacemos. Debemos de ser cuidadosos en nuestro comportamiento con otros, cuidadosos cuando estamos solos, cuidadosos cuando estamos en problemas o en gozo. Debemos de ser cuidadosos particularmente en el uso de nuestros tiempos de placer y en las tentaciones.
Determina que ya no vas a servir al pecado (Ro. 6:6). Míralo como el peor servicio el cual una criatura racional es capaz. Si sirves al pecado te traerá a un fin pavorisante. Determina que aunque el pecado está en ti, sin embargo no lo servirás. Recuerda, que si el ‘viejo hombre’ no está crucificado con Cristo, todavía eres un del pecado, no importa lo que pienses de ti.
Date cuenta que no es una tarea fácil el de amortiguar al pecado. El pecado es un enemigo poderoso y terrible. No hay ninguna cosa viva que no haga todo lo que está en su poder para salvar su vida. Por lo tanto también el pecado pelea para salvar su vida. Si al pecado no se le caza diligentemente y se trata con violencia santa, se escapara a todos nuestros intentos de matarlo. Es un gran error el pensar que podemos en cualquier momento descansar de este deber. El principio gobernante del pecado que debe ser asesinado esta en nosotros, y por lo tanto tiene asimiento de todas nuestras facultades. El pecado no puede ser muerto sin un sentido de dolor y pena. Por lo tanto Cristo lo comparó a ‘cortar la mano derecha’ y ‘sacar el ojo derecho’. La batalla no es en contra de una codicia en particular sino en contra de todas las codicias pecaminosas las cuales combaten en contra del alma.
El amortiguamiento que sale de las convicciones de la ley solo lleva a tratar con pecados particulares, y siempre prueba ser infructuoso. El verdadero amortiguamiento del pecado trata con el cuerpo entero del pecado. Va al corazón del asunto y pone el hacha a la raíz del árbol. Este es el amortiguamiento el cual el Espíritu Santo lleva al creyente a hacer.
El amortiguamiento de pecados particulares sale de una conciencia culpable. Pero el amortiguamiento que sale de principios evangélicos trata con todo el cuerpo del pecado en su oposición a la renovación de la imagen de Dios en nosotros.

El ministerio del espíritu santo
Aunque el amortiguamiento es nuestro deber, es por la gracia y la fuerza del Espíritu Santo que podemos hacerlo.
Que el deber de amortiguamiento es la obra del Espíritu Santo es afirmado por Pablo (Ro. 8:13). Debemos de amortiguar las obras de la carne. Pero solo podemos hacer esto por el Espíritu Santo. No lo podemos hacer con nuestro poder y habilidad. Esto es claramente enseñado por Pablo (Ro. 8:2-13). En el capitulo siete de Romanos, Pablo enseña la naturaleza, propiedades y poderes del pecado interno el cual permanece en los creyentes (Ro. 7:7-25).
Pero dos conclusiones erróneas pueden ser sacadas.
La primera es que el pecado interno tiene gran poder y a menudo predomina en nosotros. Cuando queremos hacer bien, hace todo lo que puede para impedirnos. Este pecado interno nos lleva al mal. Así que ¿que será de nosotros al final? ¿Como responderemos por todo el pecado al cual nos ha llevado a cometer? ¿Seguramente debemos perecer bajo su culpa?
El segundo es que el poder del pecado interno en nosotros es demasiado fuerte para nosotros resistirlo. Somos lo bastante incapaz para vencerlo. Debe al final vencernos y traernos bajo su dominio, a nuestra ruina eterna.
Pablo contesta a estas inquietudes de cuatro maneras. Primero, estas dos conclusiones serán ciertas para todos los que viven bajo la ley e ignoran a Cristo. ‘Ahora pues, ninguna condenación hay’ pero es solo ‘para los que están en Cristo Jesús’ (Ro. 8:1). Segundo, hay una liberación de esta condenación y de toda responsabilidad para el, por medio de justificación gratis por medio de la fe en la sangre de Cristo (Ro. 8:1). Tercero, nadie podrá abusar de esta grande doctrina de justificación y convencerse de que pueden seguir pecando y no perecer. Pablo nos dice que los que verdaderamente son justificados no andan de acuerdo a la carne, sino de acuerdo al Espíritu (Ro. 8:1). Solo aquellos que se entregan para ser guiados por el Espíritu de santidad son verdaderamente santificados. Cuarto, Pablo enseña como y por que medios el poder del pecado será quebrantado, su fuerza debilitada, sus intentos por destruir la santidad frustrados y finalmente como el pecado mismo será destruido. Él enseña como nosotros seremos la muerte al pecado y no el pecado la muerte de nosotros. Podremos destruir al pecado por la ley o poder del Espíritu de vida el cual está en Cristo Jesús (Ro. 8:2). Y Pablo prosigue a declarar que es por la obra efectiva del Espíritu Santo en nosotros solamente que somos capacitados para vencer a nuestro enemigo espiritual.
El fundamento de todo el amortiguamiento del pecado en nosotros es del Espíritu Santo morando en nosotros (Ro. 8:11). Así que cuando Pablo habla del Espíritu dando vida a nuestros ‘cuerpos mortales’ él quiere decir nuestros cuerpos físicos los cuales están sujetos a muerte por causa del pecado. El dar vida a estos cuerpos mortales es el ser liberado del principio gobernante del pecado y de muerte por el principio gobernante de vida y justicia. Somos liberados de estar ‘en la carne’ para que pudiésemos estar ‘en el Espíritu’ (Ro. 8:9). En este verso el Espíritu Santo es visto ser, igualmente el Espíritu del Padre y del Hijo.
La obra del Espíritu Santo en nuestra santificación es similar a la obra de Dios en nosotros al levantar a Cristo de los muertos, porque esta obra forjada en nosotros es hecha por virtud de la resurrección de Cristo (Efe. 1:19, 20).

El camino al amortiguamiento
¿Entonces como Dios hace esta obra de amortiguar el pecado en nosotros? Él lo hace por medio de su Espíritu que mora en nosotros (Ro. 8:11). Como es una obra de gracia, es dicho que es forjada en nosotros por su Espíritu. Como es nuestro deber, se nos dice de amortiguar las obras de la carne por medio del Espíritu (Ro. 8:13). Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo morando en él, no ha amortiguado ningún pecado, sino todavía anda de acuerdo a la carne, y si continua haciéndolo, morirá.
Hay dos cosas que debemos recordar en este deber de amortiguamiento. Es el Espíritu Santo quien amortigua nuestras corrupciones. Es el Espíritu Santo quien nos vivifica a una vida de obediencia santa. El Espíritu Santo mora en nosotros para preparar un lugar digno de él. Así que debe ser nuestro deber de mantener su morada pura y santa. El negar hacer esto es profanar el templo del Espíritu Santo.
Objeción. ¿Si todavía queda pecado en nosotros, como puede suponerse que el Espíritu Santo more en nosotros o en alguno que no es perfectamente santo?
Respuesta. El Espíritu Santo se opone al pecado para que él pueda gobernar en nuestros corazones (Ro. 6:12-14). El asunto en cuestión es, ‘¿Quien o que tendrá el gobierno en nosotros?’ (Ro. 8:7-9). El Espíritu Santo mora en aquellos en quienes él a puesto el pecado en sujeción. Las almas y mentes de aquellos que verdaderamente son santificados son continuamente rociadas con la sangre de Cristo. Así que por este continuo esparcimiento, los santificados son continuamente purificados. Así que, por virtud del sacrificio de Cristo, los creyentes nunca son moradas inadecuadas para el Espíritu Santo.
El pecado que debe ser amortiguado en nosotros es el peligroso y corrupto hábito y tendencia a pecar lo cual está en nosotros por naturaleza. Es ‘el hombre viejo el cual está corrompido de acuerdo a las codicias engañosas’. El Espíritu Santo implanta en nuestras mentes y en todas nuestras facultades un principio de vida espiritual y santidad. Este principio gobernante resiste a todo el cuerpo de pecado y a cambio trae los frutos de santidad.
Así que si vamos a luchar contra el pecado, debemos tener algo en nosotros el cual sea capaz de tomar armas en contra del pecado y destruirlo. ‘Porque los que son de Cristo, han crucificado la carne con sus afectos y concupiscencias’ (Ga. 5:24). Los cristianos han crucificado a la carne con sus deseos malos, clavándola a la cruz donde a lo largo debe morir.
‘Si vivimos en el Espíritu, andemos también en el Espíritu’ (Ga. 5:25). Si tenemos este principio espiritual de vida, el cual es vivir en el Espíritu, entonces actuemos y trabajemos de ese principio y así incrementarlo y fortalecerlo para la ruina y amortiguamiento del pecado.
Nuestro deber es de trabajar junto con este principio espiritual, y bajo el Espíritu Santo, amortiguar al pecado al amar y alentar al principio de santidad en nosotros. Entre mas abundemos en los ‘frutos del Espíritu’ estaremos menos preocupados con las ‘obras de la carne’. Pablo nos dá su propia experiencia y nos enseña que la ley por si misma solo sirve para incrementar el poder del pecado interno y su culpabilidad (Ro. 7:7-9).
El Espíritu Santo lleva acabo esta obra en nosotros por gracia, y nos capacita para llevar acabo este deber nosotros mismos. Por lo tanto Pablo nos enseña el secreto de la liberación del cuerpo del pecado el cual trae muerte (Ro. 7:25). Es Dios quien por medio de Jesucristo nos suministra con ayuda de gracia en contra de este poder de pecado (2Co. 12:9; Fil. 1:19; He. 4:16). Es con Dios a donde debemos ir por provisiones de gracia por medio de Jesucristo. Así que, si vamos a realizar exitosamente este deber de amortiguamiento, debemos prestar atención a lo siguiente.
Debemos hacer cada esfuerzo durante todas nuestras vidas para buscar estas provisiones de gracia. Debemos de esperar por ellas en todas las maneras por las cuales Dios nos las da. Si descuidamos la oración, la meditación, leer y escuchar la Palabra y atender a las ordenanzas de adoración, no tenemos ninguna razón para esperar alguna gran ayuda.
Debemos de hacer cada esfuerzo para vivir y abundar en el verdadero ejercer de esas gracias las cuales resisten mas directamente a esas codicias especiales que continuamente acosan nuestros pasos.
Debemos de hacer cada esfuerzo para recordar que es el Espíritu Santo quien nos dirige a, y nos ayuda a hacer todos esos deberes los cuales Dios ha señalado para el amortiguamiento del pecado.
Dos cosas se requieren de nosotros si vamos a llevar acabo estos deberes correctamente.
Debemos de conocer cuales son estos deberes y como deben de llevarse acabo si vamos amortiguar efectivamente al pecado.
El conocimiento de estas dos cosas debe aprenderse del Espíritu de Dios. Es su deber de instruir a los creyentes por la Palabra, no solo lo que sus deberes son, sino también como llevarlos acabo. Estos deberes solo se pueden aprender por las enseñanzas del Espíritu de Dios y se hacen correctamente solo si se hacen en fe y para la gloria de Dios. Los deberes que se nos requieren hacer de esta manera son la oración, la meditación, la vigilancia, el abstenerse de codicias carnales y el ser sabio al tratar con las tentaciones. Todos estos deberes deben de ser hechos de tal manera que lleve a la vida santificada y a al amortiguamiento del pecado (Sal. 18:21-23).
Oración y meditación. Estos son deberes requeridos cuando el peligro sale solamente de nosotros mismos y de nuestros deseos perversos, emociones rebeldes o el estallido de un mal temperamento.
Vigilancia y abstinencia. Estos deberes se requieren cuando somos tentados a pecar y cuando las inquietudes y cuidados de negocios del mundo amenazan el crecimiento de santidad.
Sabiduría. ‘Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, demándela a Dios, el cual da a todos abundantemente, y no zahiere, y le será dada’ (Stg. 1:5). Una sabiduría especial se necesita en varias aflicciones, para que sean usadas eficazmente en el desarrollo de paciencia y en el amortiguamiento de la impaciencia. Todos estos deberes, usados correctamente, obran para ayudarnos a amortiguar el pecado.

Oración
Hay dos clases de oraciones que se necesitan cuando se trata con el pecado y su poder.
La primera clase es la oración de lamento. Este es el titulo del Salmo 102: Oración del pobre, cuando estuviere angustiado, y delante de Jehová derramare su lamento. Encarado con el poder prevaleciente del pecado el alma se derrama en lamentos (Sal. 55:2; 142:2; Ro. 7:24).
¿Que puede ser más aceptable a Dios de que sus hijos, que por puro amor a él y a su santidad, y que por deseos fervientes de agradarlo por medio de una vida de obediencia santa y de conformidad a la imagen de Cristo, vengan con sus lamentos a Dios? Su lamento es que el pecado los retiene de ser santos. Se lamentan de su debilidad. Se lamentan en humildad profunda de todos los males que aun quedan en ellos (Jer. 31:18-20).
La Segunda clase de oración es la oración de petición. Estas son oraciones a Dios para administraciones de gracia para luchar y conquistar al pecado. Es en nuestras peticiones que el Espíritu Santo nos ayuda.
La oración provoca a todas las gracias a producir el fruto de la santidad y así debilita el poder del pecado. El alma de un creyente nunca es levantada a una determinación mas alta de espíritu que cuando esta en oración. Es en la oración que el amor por y el deleite del alma en la santidad son incrementados. Es en la oración que el creyente crece mas santo. La mejor manera para perseverar en la santidad es de perseverar en la oración.

La muerte de cristo
El Espíritu Santo continúa esta obra de amortiguar el pecado en nosotros aplicando la muerte de Cristo a nuestras almas. En quien la muerte de Cristo no es la muerte al pecado, morirá en sus pecados.
La muerte de Cristo tiene una influencia especial en el amortiguamiento del pecado. Si no fuera por la muerte de Cristo, el pecado nunca seria amortiguado.
Por la cruz de Jesús, esto es, su muerte en la cruz, somos crucificados al mundo (Ga. 6:14; Ro. 6:6). El pecado en nosotros es amortiguado por virtud de la muerte de Cristo.
La muerte de Cristo es la muerte del pecado. Considera su ofrecimiento de si mismo por el cual nuestros pecados fueron expiados y su culpa quitada. Considera también la aplicación a nosotros del ofrecimiento de sí mismo de Cristo en la cruz. Es por su aplicación que el poder de nuestros pecados es sometido (Ro. 6:3, 4).
El viejo hombre es dicho haber sido crucificado con Cristo. Esto quiere decir el pecado debe ser amortiguado por la muerte de Cristo.
Cristo es la cabeza, el principio, el original o el plano de la nueva creación. Es el primogénito de toda criatura (Col. 1:15). Así como seremos transformados perfectamente en la resurrección a su semejanza, así ahora somos conformados a esa misma semejanza, porque para esto hemos sido predestinados (Ro. 6:5; 8:29; Fil. 3:10; Col. 2:20).
Una virtud sale de la muerte de Cristo para la destrucción del pecado. La muerte de Cristo no fue diseñada para que fuera un ejemplo muerto, pasivo e inactivo de cómo morir, sino mejor dicho un medio poderoso para transformarnos a su semejanza. La muerte de Cristo es la ordenanza de Dios para este propósito. Dios por lo tanto da poder a la muerte de Cristo para obtener los resultados que fueron diseñados para producir (Fil. 3:10). Como la cabeza del cuerpo, Cristo da poder y gracia necesaria a cada miembro del cuerpo.
¿Como entonces es la muerte de Cristo aplicada a nosotros? Y ¿como nos aplicamos la muerte de Cristo para el amortiguamiento del pecado?
La muerte de Cristo nos es aplicada y nosotros nos aplicamos la muerte de Cristo por fe. Debemos tocar a Cristo por fe (cf. Mt. 9:20-22).
Debemos mirar por fe a Cristo y su muerte en la cruz para la muerte del pecado interno. ¿Pero como nuestro pecado interno va a ser amortiguado al mirar por fe a la muerte de Cristo en la cruz? ¿Como fueron sanados los que miraron a la serpiente de bronce (Nm. 21:4-9)? Porque era una ordenanza la cual Dios hizo efectiva para sanar. Así que la muerte de Cristo mirada para la muerte del pecado, también será hecha efectiva a nosotros como la ordenanza de Dios. Al contemplar a Cristo por fe, asi somos transformados a su imagen (2Co. 3:18).
La muerte de Cristo nos es aplicada y nosotros nos aplicamos a la muerte de Cristo por amor. Cristo como crucificado es el grandioso objeto de nuestro amor. Para los pecadores arrepentidos, él es completamente precioso. En la muerte de Cristo, su amor, gracia y humildad al bajarse a nuestro nivel muy gloriosamente brilla.
El objeto de nuestro amor es Cristo, su gracia inescrutable, su amor inexplicable, su humillación infinita de si mismo por causa nuestra, su sufrimiento paciente y su poder victorioso al morir por nosotros.
Hay varias maneras por las cuales este amor de Cristo puede ser presentado a nuestras mentes. Los hombres pueden hacerlo por sí mismos por medio de sus imaginaciones. Pero ningún amor por Cristo será producido. Otros pueden hacerlo en descripciones emocionales de la parte externa de los sufrimientos de Cristo. Pero tampoco ningún amor verdadero para Cristo sale de esta manera. Se hace en el papado y entre otros por medio de imágenes, crucifijos y retratos tristes. Pero también estos no tienen poder para producir amor verdadero para Cristo.
Solo es hecho efectivamente por el evangelio porque solo en el evangelio es ‘Jesucristo claramente descrito como crucificado ante nuestros ojos’ (Ga. 3:1). Y el evangelio hace esto al poner nuestra fe en la gracia, amor, paciencia, la condescendencia voluntaria, la obediencia y todo el propósito de la muerte de Cristo.

Los efectos del amor verdadero por Cristo
El primer efecto del amor verdadero por Cristo es nuestro aferramiento a él. El alma del creyente esta ligada al alma de Cristo así como la de David estaba con la de Jonatan (1S. 18:1). El amor produce un aferramiento firme a Cristo crucificado que hace al alma en algún sentido siempre presente con Cristo en la cruz.
El segundo efecto de un amor verdadero por Cristo es nuestra conformidad a él. El amor desea ser como el amado. El amor por el amado engendra un parecido entre la mente amante y el objeto amado. Una mente llena con el amor de Cristo como crucificado será transformada a su semejanza, por el amortiguamiento efectivo del pecado y por el poder y gracia derivada de la muerte de Cristo para amortiguar el pecado.
El Espíritu Santo lleva adelante esta obra de amortiguar el pecado interno en los creyentes de tres maneras.
Primero, al enseñar a los creyentes la verdadera naturaleza del pecado y su paga, la cual es muerte. Segundo, al enseñar a los creyentes la belleza, excelencia, utilidad y la necesidad de la santidad; y tercero, al enseñar a los creyentes que Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios el Espíritu Santo y el evangelio están todos concernidos de que debamos ser salvos del pecado y ser hechos santos, así como Dios mismo es santo.

por  John Owen

Deja un comentario

Tu email nunca se publicará.

MaranataCubaTV

Ya estamos en Youtube, únete al canal