El predicador ideal según Martín Lutero

Los  predicadores no deben atormentar y detener a sus oyentes con sermones largos y tediosos, porque de esa manera hacen desaparecer la delicia del escuchar, y perjudican a sí mismo.

El ideal: primero, enseña sistemáticamente; segundo, tiene buen sentido de humor; tercero, es elocuente; cuarto, tiene buena voz; quinto, tiene buena memoria; sexto, sabe cuándo terminar; séptimo, está seguro de su doctrina; octavo, está dispuesto a perder, por la palabra de Dios, su honor y sus riquezas, su cuerpo y su sangre.

 La primera cosa que se descubre  en un predicador son sus defectos. Si tiene diez virtudes y sólo un defecto, éste eclipsará a aquellas; tan malo así es el  mundo en estos días. El doctor  Justus Jonas posee todas las virtudes y cualidades que un hombre pueda tener; sin embargo, solamente porque habla en voz muy baja, la gente no lo puede soportar.

 Hay muchos predicadores parlanchines que no tienen nada adentro, sino palabras. Pueden hablar mucho sin enseñar nada. El mundo siempre ha padecido la carga de estos charlatanes vanidosos.

 Todo predicador  debe saber la diferencia correcta entre los pecadores; entre el impenitente y el confiado, el afligido y el penitente. De otra manera, la Escritura permanece sellada para él.

 Lo  mejor para el predicador  es hablar deliberadamente y lentamente, porque de esta manera puede predicar su sermón con mayor eficacia y dejar una impresión más duradera.

 Debemos aplicarnos a predicar de acuerdo con la condición nuestro auditorio; muy pocos predicadores saben hacer esto bien. Predican lo que no edifica a la gente sencilla y humilde. Predicar con sencillez y claridad es un arte inapreciable. Cristo mismo habló sobre el cultivo de la tierra, las semillas de mostaza, etc., usando ilustraciones sencillas y fácilmente comprensibles.

 Todo predicador debe saber usar bien la lógica y la retórica. Cuando predique sobre algún asunto, primero debe designarlo; después definirlo, describirlo y mostrar de que se trata. En tercer lugar, debe mencionar pasajes bíblicos que lo corroboren y confirmen. Cuarto, debe de explicarlo con ejemplos. Quinto, debe adornarlo con figuras. Y por último, debe amonestar a los indolentes a levantarse y trabajar; debe exhortar a los desobedientes y condenar toda doctrina falsa, con sus autores, pero sin malicia ni envidia, sólo para la gloria de Dios y la salvación de quienes lo escuchan.

 Una gran maldición puede caer sobre la cabeza de todos los predicadores que usan el púlpito para alcanzar puestos elevados, o cosa difíciles,  Y menosprecian la salvación de los humildes e ignorantes por buscar su propia gloria y fama, y satisfacer de esa manera su propia ambiciosa vanidad.

 

 

 

 

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