El secreto de la fortaleza espiritual

fortaleza espiritual00(The Secret of Spiritual Strength)
Por David Wilkerson
29 de enero de 2001

El profeta Isaías pronunció un ay sobre el pueblo de Israel: “¡Ay de los hijos que se apartan, dice Jehová.” (Isaías 30:1). La palabra hebrea para “ay” aquí significa un sufrimiento y una tristeza profunda. ¿Qué ha hecho el pueblo del para herirle a él tan profundamente? ¿Y por qué les llamó rebeldes? Después de todo, ellos no eran paganos; eran su propio pueblo. ¿Qué pecado tan terrible cometieron que él les llamó rebeldes?

Esta palabra que utiliza Isaías en este verso para referirse a rebelión significa apartarse, terquedad, alejarse. ¿Exactamente de qué se había apartado el pueblo de Israel? ¿Y qué causó que se apartaran?

Encontramos la respuesta en la próxima frase: “Para tomar consejo, y no de mí; para cobijarse con cubierta, y no de mi espíritu.” (30:1). La frase ” cobijarse con cubierta” aquí significa que hicieron sus propios planes. Puesto de manera simple, dijo: “Mi pueblo ya no me consulta. No me buscan para recibir dirección y consejo. En vez de esto, descansan en el brazo de carne. Y cada vez que actúan sin buscarme, yendo al a buscar ayuda, amontonan pecado sobre pecado. Han dejado su confianza en el brazo fuerte de Dios.”

Hoy en día pensamos que los rebeldes son aquellos que rehúsan obedecer la Palabra de Dios y que se van a las drogas, al alcohol, fornicación y otros pecados. Pero la rebelión a la que Dios se refiere aquí es mucho más dolorosa que estas cosas. El propio pueblo del Señor estaba diciendo: “No molestemos al Señor con esto; tenemos la sabiduría y la voluntad para hacerlo por nosotros mismos.”

Sin embargo, el pueblo de Dios sabía muy bien que debían confiar en Dios en cualquier situación por más insignificante que ésta fuera. Los salmos constantemente les recordaban a ellos esto: “¡Cuán preciosa, oh Dios, es tu misericordia! Por eso los hijos de los hombres se amparan bajo la sombra de tus alas.” (Salmo 36:7). “Porque en ti ha confiado mi , y en la sombra de tus alas me ampararé.” (57:1). “Porque has sido mi socorro, y así en la sombra de tus alas me regocijaré.” (63:7).

Ahora el pueblo de Dios estaba enfrentando una gran crisis. Los asirios le habían declarado la guerra a Judá y el poderoso enemigo se estaba acercando rápidamente con miles de carros. Para Judá, esta era la de todas las crisis. Parecía que su situación no tenía esperanza.

Sin embargo, Judá no recurrió al Señor en su crisis. Ignoraron a Dios y descansaron en sus propios ingenios. Primero, enviaron embajadores a Egipto para pedirle al ejército del Faraón que les prestara caballos para la batalla. Entonces trataron de sobornar a Egipto para que peleara por ellos contra Asiria. En resumen, buscaron fortaleza de los malos: “Que se apartan para descender a Egipto, y no han preguntado de mi boca; para fortalecerse con la fortaleza del Faraón, y poner su esperanza en la sombra de Egipto.” (Isaías 30:2).

Me pregunto si ninguno de los líderes de Judá cuestionó: “¿Qué hacían nuestros padres en situaciones tan amenazantes como estas? Después de todo, tenemos un gran historial de ocasiones en las que fuimos liberados. ¿De dónde buscaban consejo? ¿Cómo encontraban ayuda en los tiempos de necesidad?”

Pudieron haber recordado la situación de David, cuando el ejército filisteo se extendió por el valle de Refaim. Fue justo cuando David había sido ungido como rey de Israel y él no sabía qué hacer. La Biblia dice: “Entonces David consultó a Dios, diciendo: ¿Subiré contra los filisteos? ¿Los entregarás en mi mano?” (1 Crónicas 14:10).

David buscó dirección solamente de parte de Dios. No le pidió consejo a ningún consejero, aún cuando tenía muchos hombres sabios a su alrededor con los que podía contar (y las Escrituras dicen hay mucha sabiduría en los muchos consejeros). Pero David fue a Dios en oración, pidiendo por dirección específica. Y el Señor se la dio: “Y Jehová le dijo: Sube, porque yo los entregaré en tu mano.” (14:10). Dios bendijo a David con una grande victoria porque David le consultó.

Pero los filisteos de repente se reagruparon. Ahora vinieron para atacar nuevamente a Israel con un ejército fresco. En este momento, David pudo haber razonado: “La estrategia que Dios me dio contra este enemigo funcionó la primera vez. Vamos a seguir el mismo plan otra vez.” Pero David rehusó confiar en otra cosa que no fuera la palabra fresca de Dios. “David volvió a consultar a Dios, y Dios le dijo: No subas contra ellos.” (14:14, itálicas mías).

Creo que no hay dos planes de Dios que sean iguales. Y el Señor tenía una nueva estrategia para David. Dios le dio estas instrucciones: “Rodéalos, para venir a ellos por delante de las balsameras. Y así que oigas venir un estruendo por las copas de las balsameras, sal luego a la batalla, porque Dios saldrá delante de ti y herirá al ejército de los filisteos.” (14:14-15).

Te pregunto: ¿Qué consejero militar le hubiese podido dar ese consejo? ¿Y quién hubiese creído tal plan, si le hubiese escuchado? Me imagino a los capitanes israelitas diciendo: “David, ¿me estás diciendo que se supone que nos sentemos a oír el viento soplar en las copas de los árboles? ¿Es entonces cuando se supone que ataquemos a los filisteos y esperemos a que Dios nos los ponga en nuestras manos? ¿Te has vuelto loco?”

Nuestro Dios tiene maneras que van más allá de nuestras maneras. Sus planes pueden parecer absolutamente necios a los ojos de los hombres. Pero nuestro Dios obra sobrenaturalmente a través de nuestra obediencia a su Palabra por fe: “Hizo, pues, David como Dios le mandó, y derrotaron al ejército de los filisteos desde Gabaón hasta Gezer.” (14:16).

El rey Asa es un ejemplo diferente.

Asa era rey cuando un ejército de un millón de etíopes atacó, trayendo cantidades de carros y hombres a caballo. “Y clamó Asa a Jehová su Dios, y dijo: ¡Oh Jehová, para ti no hay diferencia alguna en dar ayuda al todopoderoso o al que no tiene fortalezas! Ayúdanos, oh Jehová Dios nuestro, porque en ti nos apoyamos, y en tu nombre venimos contra este ejército.” (2 Crónicas 14:11).

En esencia, Asa estaba clamando: “Señor, en ti confiamos.” Aquí tenemos un rey devoto que “hizo lo bueno y lo recto ante los ojos de Jehová su Dios.” (14:2). De hecho, Asa “mandó a Judá que buscase a Jehová el Dios de sus padres, y pusiese por obra la ley y sus mandamientos.” (14:4).

Cuando llegó la crisis, Asa fue directamente a Dios en oración. Él no tenía que reunir un comité para pasar días para maquinar y planificar. Tenía mucha gente sabia a su disposición (, políticos, estrategas, consejeros), pero él buscó primero a Dios. Asa oró: “Señor, ¿qué debo hacer?” Dios respondió dándole una palabra a Asa y liberando a Judá milagrosamente. “Y Jehová deshizo a los etíopes delante de Asa y delante de Judá.” (14:12).

Entonces surgió otra crisis. Creo que esto fue para probar la fe de Asa. De acuerdo a la Escritura: “Subió Baasa rey de Israel contra Judá” (16:1), capturando la ciudad de Ramá. Pero Asa no recurrió otra vez a Dios como hizo David. En vez de esto, formuló su propio plan. Él razonó: “Ese ejército de un millón de hombres de Etiopía era una cosa diferente. En aquella ocasión necesité a Dios. Pero este ejército de Israel no es gran cosa. Lo puedo manejar por mi cuenta.”

¿Cómo Asa trató de resolver su problema? Él trató sobornando a Siria para que luchara contra Israel. Asa tomó oro y plata del tesoro del templo y de sus propias cuentas para pagar el soborno. Entonces envió embajadores para persuadir a Ben-adad, el rey de Siria, a que rompiera su acuerdo de paz con Israel y le atacara.

Parecía que el plan funcionó. Siria se levantó contra Israel, los israelitas abandonaron a Ramá, y Asa tomó la ciudad nuevamente. Parecía que el plan que Asa concibió, en el que ignoró a Dios completamente, había sido exitoso. Y el rey se felicitó a sí mismo por su habilidad.

Pero el Señor estaba contristado. Le dijo a Asa: “Por cuanto te has apoyado en el rey de Siria, y no te apoyaste en Jehová tu Dios, por eso el ejército del rey de Siria ha escapado de tus manos. Los etíopes y los libios, ¿no eran un ejército numerosísimo, con carros y mucha gente de a caballo? Con todo, porque te apoyaste en Jehová, él los entregó en tus manos… Locamente has hecho esto; porque de aquí en adelante habrá más guerra contra ti.” (16:7-9).

En resumen, Dios le estaba diciendo: “Asa, en un tiempo confiaste en mi. Y por tu confianza, yo entregué un gran ejército en tus manos. Pero ahora has confiado en tu propio ingenio y en los sirios. Sabes que esa no era mi manera. Y no lo voy a permitir. Has actuado locamente, Asa. Y de ahora en adelante, no tendrás paz sino guerras.”

Muchos de nosotros somos como Asa. Somos librados por Dios y le damos las gracias con voz en cuello. Prometemos: “Señor, de ahora en adelante, no voy a ir a ningún sitio ni voy a hacer nada hasta que te consulte. Voy a presentar todo en oración.” Pero entonces surge otra crisis y, de repente, todas las cosas son diferentes. Pensamos que podemos confiar en nuestros viejos planes y éxitos. Así que terminamos tomando los asuntos en nuestras manos. Puede ser que el Señor permita que los planes que hemos hecho funcionen por un tiempo. Pero eventualmente, terminamos en total confusión.

Podrías objetar: “Dios me ha dado una buena mente que se supone que use. Él quiere que yo resuelva las cosas.” Sí, pero solamente después de que hayas recibido su dirección mediante la oración. No podemos alcanzar la mente de Dios confiando en nuestro propio razonamiento. El Pablo nos dice que la mente carnal no puede entender la mente espiritual (vea Romanos 8:5-7).

Digamos que eres soltero y que has estado orando a Dios por un cónyugue. Eso es bueno. Pero con el tiempo te has impacientado con el plan y los tiempos del Señor. Has esperado en Dios pero no ha llegado aún la persona correcta. Así que fijas tus ojos en una persona y de repente te encuentras maquinando como atraparlo. Puede ser que logres tener tu cónyugue. Pero como Asa, vas a pagar un precio muy alto con el que no habías contado, tal como ira, malos entendidos y confusión.

Peor aún, harás sufrir al Señor. Escucharás su ay para ti: “Pero la fortaleza de Faraón se os cambiará en vergüenza, y el amparo en la sombra de Egipto en confusión.” (Isaías 30:3). Te dirá: “Confiaste en el brazo de carne aún cuando te advertí que eso era necedad. Ahora vas a pagar el precio por no confiar completamente en mí en todas las cosas. Terminarás en sufrimiento y confusión.

Dios le dijo a Isaías que escribiera su dolor por
la rebelión de Judá.

“Ve, pues ahora, y escribe esta visión en una tabla delante de ellos, y regístrala en un libro, para que quede hasta el día postrero, eternamente y para siempre.” (Isaías 30:8). En esencia, Dios estaba diciendo: “Quiero que todas las generaciones, desde ahora hasta el fin de los tiempos, sepan de mi profunda tristeza por este tipo de rebelión. Escribe esto, Isaías, para que toda la gente, de todos los tiempos, entiendan mi tristeza cuando confían en la provisión del mundo y no en mí.”

La rebelión que Dios describe aquí es un acto de desafío, una resistencia a su dominio y autoridad total en nuestras vidas. Es rehusar buscar su mente en todas las cosas. Esto no incluye solamente las grandes cosas de la vida, sino también en las cosas pequeñas: asuntos familiares, heridas, preocupaciones personales. Y conlleva cada aspecto de nuestro ser: espiritual, físico, mental, todo. La rebelión contra el dominio de Dios dice: “Lo puedo hacer por mí mismo. No necesito molestar a Dios.” Pero Dios quiere que le molestemos.

Puesto de una manera simple, si no estás buscando al Señor para que te dé toda tu dirección – si no le estás clamando por dirección, si no estás confiando en su fidelidad, si estás tratando por ti mismo que las cosas ocurran – estás en rebelión. Dios declara: “Extendí mis manos todo el día a pueblo rebelde, el cual anda por camino no bueno, en pos de sus pensamientos.” (Isaías 65:2).

A la luz de la advertencia de Dios, pregúntate: “¿Es posible que estés en rebelión contra Dios, a pesar de tu devoción, adoración y de tu caminar recto? Puedes orar, ayunar y asistir fielmente a la iglesia. ¿Pero será esta la razón por la que estás confrontando confusión o batallas en tu casa, tu familia, tu trabajo?

Les planteo la misma pregunta a ministros. Cuando Dios les mira, dice: “Mi hijo, a veces todavía haces cosas en el ministerio sin buscarme a mí. Quiero estar involucrado en todo, desde tu cabello hasta las plantas de tus pies. Si no me pides a mi boca o confías en la sombra de mis alas, estás en rebelión.”

Nuestro Señor quiere ser nuestro guardador. “He aquí no se adormecerá ni dormirá el que guarda a Israel. Jehová es tu guardador.” (Salmo 121:4-5). La palabra hebrea para guardador aquí significa guarda, protector, director, guía. Nuestro Señor es un padre vigilante, protector que tiene mucho gozo en guardar y preservar a sus hijos.

De hecho, en Éxodo Dios se reveló a sí mismo a Israel por un nombre nuevo: Celoso. “Porque no te has de inclinar a ningún otro dios, pues Jehová, cuyo nombre es Celoso, Dios celoso es.” (Éxodo 34:14). Fíjate que este nombre fue revelado en el contexto de una advertencia: “No te has de inclinar a ningún otro dios.” En ese tiempo, muchos israelitas iban a “lugares altos”, o altares idólatras, para encontrar dirección. Servían al Señor meramente de labios en cuanto a lo que se refería a buscarle para obtener su dirección.

Esto, simple y llanamente, era idolatría. Sólo Dios conoce el futuro. Y cuando una persona recurre a algo que no sea Dios en busca de dirección, esa persona esta adorando ese objeto. Esto es cierto en lo que se refiere a confiar en astrólogos, horóscopos o en leer las estrellas. Cuando dependes en algo para ayuda, lo adoras. Lo conviertes en un dios.

Nuestro Dios es absolutamente celoso en lo que tiene que ver con mantener su poder. Y le menospreciamos cuando no vamos a él en busca de ayuda. Dios mató al rey Saúl por este mismo pecado de rebelión: “Así murió Saúl por su rebelión con que prevaricó contra Jehová, contra la palabra de Jehová, la cual no guardó, y porque consultó con una adivina y no consultó a Jehová; por esta causa lo mató, y traspasó el reino a David hijo de Isaí.” (1 Crónicas 10:13-14). La Palabra de Dios lo hace claro: la transgresión de Saúl estuvo en buscar consejo de otro en lugar de consultar a Dios. Y Dios le mató por eso.

Ahora venimos al secreto del poder espiritual.

Isaías hizo una lista de las terribles consecuencias que tendría para Judá el haber rehusado confiar en Dios como su guardador: “Tu rebelión causará que cierres tus oídos a la palabra de Dios. Ya no oirás las advertencias de los profetas. En lugar de esto, clamarás por un evangelio ‘suave’, una predicación engañosa que justifique tu rebelión. Y como desprecias toda corrección, te apartarás del camino de santidad.” (vea Isaías 30:9-10).

Finalmente, Isaías declaró que Dios rompería todos sus muros de protección: “Por tanto, os será este pecado como grieta que amenaza ruina… cuya caída viene súbita y repentinamente. Y el lo romperá como se quiebra un vaso de alfarero, que sin misericordia lo hacen pedazos.” (Isaías 30:13-14). Dios estaba diciendo: ” Voy a hacer pedazos todas las cosas falsas en las que has confiado. Tus planes se van a derrumbar.”

Pero entonces Isaías reveló el de Dios lleno de compasión hacia su pueblo. Él urgió a Judá: “No tienes que vivir más en confusión. Y no tienes que pasar por este quebrantamiento súbito y repentino. Dios ha provisto una salida para nosotros.” “Porque así dijo Jehová el Señor, el Santo de Israel: En descanso y en reposo seréis salvos; en quietud y confianza será vuestra fortaleza.” (30:15).

Aquí está el secreto de Dios para la fortaleza espiritual: “En quietud y confianza será vuestra fortaleza.” La palabra para quietud en significa reposo. Y reposo significa calma, relajado, de toda ansiedad, estar tranquilo, acostarse sobre algo que le apoye.

En estos días, no muchos cristianos tienen este tipo de quietud y confianza. Multitudes de creyentes están involucrados en el frenesí de actividad, precipitándose como locos para obtener riquezas, posesiones, placeres. Aún en el ministerio, siervos de Dios corren preocupándose, temiendo, buscando respuestas en las conferencias, seminarios y en los libros de mayor venta. Todos quieren dirección, soluciones, algo que calme sus espíritus. Sin embargo, lo buscan en todos sitios menos en el Señor. No se dan cuenta que Dios ya les ha dado una palabra en Isaías: si no se vuelven al Señor como su fuente, sus luchas terminarán en confusión y sufrimiento.

Isaías describe lo que se supone que logre en nosotros la justicia de Dios: “Y el efecto de la justicia será paz; y la labor de la justicia, reposo y seguridad para siempre.” (32:17). Si de caminamos en justicia, nuestras vidas darán como fruto un espíritu calmado, quietud de corazón y paz con Dios.

Pedro habla del “ornato de un espíritu afable y apacible, que es de grande estima delante de Dios.” (1 Pedro 3:4). Ese espíritu no tiene nada que ver con el temperamento o la personalidad. Después de todo, algunas personas son naturalmente más susceptibles a ser calmadas y tímidas, mientras que otras son simplemente morbosas. No, el espíritu manso, quieto al que se refiere Pedro tan sólo puede implantarlo en nosotros el Espíritu Santo. Y él lo da a cada uno que confía completamente en el Señor en todas las cosas.

Sin embargo, cuando Isaías miró a su alrededor, el vio que el pueblo de Dios estaba huyendo a Egipto buscando ayuda, confiando en el hombre, confiando en caballo y carros. El profeta advirtió: “Y los egipcios hombres son, y no Dios; y sus caballos carne, y no espíritu; de manera que al extender Jehová su mano, caerá el ayudador y caerá el ayudado, y todos ellos desfallecerán a una.” (Isaías 31:3).

Los embajadores iban y venían. Los líderes estaban teniendo reuniones estratégicas de emergencia. Todos estaban en pánico, lamentándose: “¿Qué podemos hacer? Los asirios nos van a hacer desaparecer.”

Pero Isaías le aseguró: “No tiene que ser de esta manera. Vuelvan. Arrepiéntanse de su rebelión de confiar en otros. Vuélvanse al Señor y él les cubrirá con un manto de paz. Les dará quietud y descanso en medio de todo lo que están enfrentando.”

El Espíritu Santo nos da fortaleza cuando depositamos
todas nuestras necesidades en las manos de
Dios y confiamos en su poder.

Rut es un ejemplo de este tipo de confianza. Después de la muerte de su esposo, Rut vivió con su suegra, Noemí, quien ya era anciana. Noemí estaba preocupada por el bienestar de Rut y quería asegurar el futuro de su nuera. Así que le aconsejó a Rut que se acostara a los pies del rico Booz y que le pidiera a él que cumpliera su obligación al ser pariente cercano de ella.

Esa noche, después que la siega había terminado, Booz “se retiró a dormir a un lado del montón.” (Rut 3:7) y haló la cobija sobre él. Al despertar la mañana siguiente se encontró una mujer a sus pies. (No había nada inmoral con el hecho de que Rut estuviera allí; ésta era la costumbre de esos días.)

Rut le dijo: “Extiende el borde de tu capa sobre tu sierva, por cuanto eres pariente cercano.” (3:9). En esencia le estaba diciendo: “¿Tomarás la responsabilidad de pariente cercano por mí? ¿Proveerás para mí?”. En resumen, le estaba diciendo: “¿Te vas a casar conmigo?”

Ahora, esto no fue un esquema de manipulación. Rut y Noemí lo habían hecho todo de acuerdo al orden divino. Podemos estar seguros de esto porque Jesús salió del linaje de Rut. Cuando Rut volvió a su casa esa mañana, Noemí le preguntó: “¿Qué hay, hija mía?” (3:16). En otras palabras, le estaba preguntando: “¿Te debo llamar Rut, la comprometida? ¿O eres todavía Rut, la viuda?”

Rut le contó a Noemí todo lo que había ocurrido. Ahora escucha el consejo de esta suegra devota: “Espérate, hija mía, hasta que sepas cómo se resuelve el asunto; porque aquel hombre no descansará hasta que concluya el asunto hoy.” (3:18). Noemí había orado sobre este asunto, buscando la dirección de Dios. Y Dios le había dado consejo. Le recordó la ley de la redención del pariente cercano (que fue un tipo y sombra de Cristo). Así que Noemí estaba segura que ella y Rut habían hecho su parte. Ahora era tiempo de quedarse quietas y confiar que Dios iba a cumplir lo que había prometido. Ella estaba diciendo: “Ahora todo está en las manos del Señor, Rut. Relájate y ten calma. Dios se moverá sobrenaturalmente por ti, así que no tienes que preocuparte, temer o manipular las cosas. Permite que la quietud y la confianza sean tu fortaleza. Dios no permitirá que Booz descanse hasta que ponga una sortija en tu dedo.”

Hubo calma y paz en casa de Noemí. Nadie estaba en frenesí, mordiéndose las uñas y cuestionándose: “¿Lo hará Dios? ¿Cuándo pasará?” Estas dos fieles mujeres se pudieron relajar, cantar y alabar al Señor por su bondad.

¿Qué en cuanto a tu hogar? ¿Hay calma y paz en tu casa? ¿O es un lugar de dudas, preguntas, ansiedad, inquietud? ¿Corres de aquí para allá, temiendo: ” ¿Cómo voy a pagar las facturas?”? Cuando vienen los problemas, ¿buscas al Señor diligentemente antes de recurrir a cualquier otra fuente? ¿Obedeces entonces todo lo que él te dice que hagas? Finalmente, ¿estás tranquilo, descansado, confiando los resultados en Dios? Si es así, tu hogar debe ser un lugar de calma y paz.

Isaías enumera las cosas buenas que vienen
a aquellos que esperan en el Señor en todas las cosas.

“Bienaventurado todos los que confían en él… nunca más llorarás; el que tiene misericordia se apiadará de ti; al oír la voz de tu clamor te responderá… Entonces tus oídos oirán a tus espaldas palabra que diga: Este es el camino, andad por él; y no echéis a la mano derecha, ni tampoco torzáis a la mano izquierda… Vosotros tendréis cántico como de noche… y alegría de corazón.” (Isaías 30:18-19, 21, 29). Isaías estaba diciendo: “Si tan sólo esperas en el Señor – si clamas a él nuevamente y vuelves a confiar en él – él hará por ti todo lo que he dicho y más.”

Dios puede simplemente dar una palabra y el enemigo se tambaleará ante nosotros: “Porque Asiria que hirió con vara, con la voz de Jehová será quebrantada.” (30:31). Amados, no hay ningún asunto que nuestro Padre no pueda resolver, ninguna batalla que él no pueda ganar por nosotros, con simplemente una palabra de sus labios. Isaías dice que “el soplo de Jehová” consumirá todo lo que esté en nuestro camino (vea 30:33).

Sin embargo, este proceso de confiar en Dios en todas la cosas no es fácil. Recientemente, busqué al Señor en oración con relación a una situación con el edificio de nuestra iglesia aquí en la ciudad de Nueva York. Era posible que una compañía construyera un hotel de 50 pisos encima de nuestro edificio. (El problema tiene que ver con los que llamamos “los derechos del aire” en la ciudad – esto es, el espacio sobre los edificios existentes, que constituye espacio potencial para la construcción de edificios. Nosotros no tenemos los derechos del aire sobre nuestro edificio – era muy caro para nosotros poderlo comprar – así que no podíamos detener a esta compañía legalmente. El espacio es muy escaso en Manhattan, así que aún el espacio sobre los edificios se puede vender como propiedad.)

Yo había orado para que ni siquiera un ladrillo del edificio fuera removido. Le dije a Dios:
“Yo confío en ti con relación a este asunto, Padre. Te he buscado y estaré en paz.” Dios me contestó así: “David, me asombra que puedas confiar en mí con relación a tus propiedades, tus finanzas y otras cosas materiales. Sin embargo, todavía no puedes confiar en mí para tu bienestar físico.”

He estado muy consciente de que pronto llegaré a los setenta años. Y he estado demasiado preocupado sobre lo que pasará con mi familia cuando me halla ido. Ahora estas palabras del Señor me provocaron convicción y me pegaron como un rayo. Había puesto todas mis preocupaciones materiales en sus manos, pero no los asuntos eternos. Concluí: “Señor, lo que quieres es que te confíe todo, ¿verdad?”

Sí, querido santo, él lo quiere todo – tu salud, tu familia, tu futuro. Él quiere que le confíes todos tus asuntos. Y quiere que vivas en quietud, confianza y reposo. Así que, ve a tu habitación secreta y quédate a solas con el Señor. Tráele todo a él. Él ha prometido: “Vas a oír mi voz a tu espalda, diciéndote por dónde ir. Este es el camino – ahora, camina en él.”

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