¡Entregado a la muerte!

entregado a la muerte(Handed Over To Death!)
Por David Wilkerson
29 de marzo del 1999

El día de Pentecostés, el apóstol Pedro declaró a la multitud en Jerusalén: “…Jesús Nazareno,… entregado por determinado consejo y providencia de , prendisteis y matasteis por manos de los inicuos, crucificándole.” (Hch. 2:22-23).

¿Qué quiso decir Pedro con esto? Un diccionario griego traduce sus palabras como sigue: “Jesús entregado a los enemigos, entregado a la muerte según el plan determinado por Dios.”

Qué acto más extraño e incomprensible por un supuesto amante Padre Celestial. ¡Dios deliberadamente entregó su Hijo a la muerte! Es como si dirigiera a Jesús entre las manos de sus peores enemigos y dijera: “Aquí está mi Hijo-hagan con él como quieran.” Entonces observó, haciendo nada por detener que los enemigos mataran a su Hijo.

¿Qué clase de plan determinado era éste? ¿Por qué Dios entregaría su hijo amado a la muerte? Pedro nos da la respuesta en el verso que sigue: “porque era imposible que la muerte lo mantuviera bajo su dominio.” (verso 24).

Dios sabía que era imposible que Jesús fuera tomado permanentemente en las garras de la muerte. Así que no había riesgo en entregar a su Hijo a la muerte. ¡Él sabía que Jesús saldría de la tumba un vencedor glorioso sobre la muerte-levantado por el poder viviente del Espíritu Santo!

Es importante entender los tiempos en los cuales Pedro habló estas palabras. Hasta el Calvario, la muerte era algo muy temeroso para la humanidad. Aún estaba bajo el dominio del diablo, bajo su reino y señorío. Por lo tanto, la muerte era un enemigo a quien temerle.
Dios sabía que el poder de la muerte debía romperse. Y por eso él entregó su hijo a la muerte: “…él también participó de lo mismo, para destruir por la muerte al que tenía el imperio de la muerte, es a saber, al diablo.” (He. 2:14).

“…él también compartió esa naturaleza humana para anular, mediante la muerte, al que tiene el dominio de la muerte –es decir, al diablo–,” (He. 2:14). Dios quería quitar el aguijón de la muerte, para romper el poder de Satanás sobre la muerte una vez por todas. Así que él permitió que Jesús descendiera a la muerte para que destruyera su poder.

Mientras Jesús yacía silencioso en la tumba, Satanás y los suyos se alegraban. Pensaron que habían ganado una gran victoria. Pero todo el tiempo el plan preordenado por Dios estaba en operación-¡un plan de resurrección!

El envió su Espíritu Santo a lo más profundo de la muerte. Y allí el Espíritu reanimó el cuerpo de Jesús, levantándolo de la muerte. Entonces nuestro bendecido Salvador salió de la tumba, penetrando la piedra más gruesa. Y él salió con este testimonio:

“Y el que vivo, y he sido muerto; y he aquí que vivo por siglos de siglos, Amén. Y tengo las llaves del infierno y de la muerte.” (Ap. 1:18). está diciendo: “¡Yo soy el que tiene vida eterna! Estaba muerto, pero mira-estoy vivo, ahora y por siempre. ¡Tengo las llaves de la vida y de la muerte en mis manos!”

En el momento en que Jesús salió de la prisión de la muerte, se convirtió en la resurrección y la vida. Y él no sólo hizo esto por sí mismo, sino por todos aquellos que creen en él desde ese día. ¡Él nos fue entregado como resurrección totalmente más allá del poder de la muerte!

Por lo tanto, no hay razón por la cual un cristiano debe temer la muerte o verla como un enemigo. Nuestro Señor la ha vencido por completo: “…Dios lo resucitó, librándolo de las angustias de la muerte…” (Hch. 2:24).

Si has aceptado a Jesús como tu salvador y Señor, entonces él reside en ti como el poder de resurrección. Y él mismo poder de resurrección que lo sacó de la tumba te sostendrá. “…¿No os conocéis a vosotros mismos, que está en vosotros? (2 Co. 13:5) ¡Tienes en tu ser todo lo que está Cristo-una poderosa fuerza de vida que Satanás no puede destruir!

Pablo nos dice que nosotros también
somos entregados a la muerte,
¡como Jesús, nuestro Señor!

El apóstol Pablo escribe: “Porque nosotros que vivimos, siempre estamos entregados a muerte por Jesús, para que también la vida de Jesús sea manifestada en nuestra carne mortal.” (2 Co. 4:11).

Cuando Pablo dice: “Nosotros que vivimos…,” él está repitiendo las palabras de Jesús en Apocalipsis 1:18: “Y el que vivo,…” Pablo le está hablando a cristianos-aquéllos que confían en Cristo y tienen su vida en ellos. Sin embargo, ¿que está diciendo Pablo acerca de nosotros en este verso? ¡Él nos está diciendo que nosotros también somos entregados a la muerte!

Eso es: como el padre entregó su hijo a la muerte, de igual manera él entrega a todos los que están en Cristo. Dios guía a cada uno de nosotros de mano a las mismas puertas de la muerte y dice: “Toma, muerte-coje a este también. ¡Haz lo que quieras con él!” Y en ese momento, la mano de Dios no nos protege. ¡Al contrario, nos lleva a las mismas garras de la muerte!

Te preguntarás: ¿por qué hace Dios esto? Él lo hace por la misma razón que él entrego su hijo a la muerte. Él sabe que la muerte no nos puede agarrar. El dolor y pena de la muerte no nos puede tragar o destruir. Tenemos un poder de vida más poderoso que la muerte-¡la vida de Cristo mismo!

Dios sabe que no hay riesgo para nosotros, como tampoco lo había para Jesús. Y él tiene un plan determinado para nosotros, como también lo tuvo para su propio Hijo. Este plan va a ganar para nosotros la victoria más grande que hayamos conocido. Sin embargo, esta victoria sólo puede cumplirse en nosotros a través de la muerte.

Pablo nos advierte: “Si tienes la vida de resurrección de Cristo en ti, Dios te va a lanzar en la muerte-¡todos los días de tu vida!” “Porque nosotros que vivimos, siempre estamos entregados a muerte…” (2 Co. 4:11).

El apóstol añade: “Como está escrito: Por causa de ti somos muertos todo el tiempo: Somos estimados como ovejas de matadero.” (Ro. 8:36). El significado griego es: “Todos los días somos entregados a la muerte.” En resumen, Pablo está diciendo: “Todos los días confronto una nueva situación de muerte.”

Favor entienda: Pablo no se refiere a la muerte física. Él está hablando de un tipo de muerte que nos sucede diariamente en nuestro caminar con Cristo. Cuando él testifica: “…cada día muero.” (1 Co. 15:31), él se está refiriendo a tribulación, dolor, persecución, peligro, y toda clase de .

En esencia, Pablo está diciendo: “Nosotros que tenemos la vida de Cristo en nosotros somos entregados constantemente a “situaciones de muerte.” Todos los días, alguna prueba nueva, crisis o persecución es lanzado sobre nosotros. Así que si tienes la vida del en ti, ¡puedes esperar que algún tipo de situación de muerte entre a tu vida diariamente!”

Cada vez que los amigos de Pablo lo veían,
él estaba en problemas.

El piadoso apóstol Pablo estaba lleno del Espíritu Santo y conocimiento. Él oraba fervientemente y caminaba diariamente en comunión íntima con Jesús. Sin embargo, él admitió que diariamente era abofeteado, difamado, despreciado e insultado. Lo calumniaban, atacaban su carácter, y su nombre era reprobado. Y encima de toda esta angustia mental, era atormentado por poderes satánicos, sufrió naufragios, fue agolpeado y apedreado.

Pablo sufrió tanto y tan a menudo, que hasta sus hijos espirituales se preguntaban por qué enfrentaba problemas y persecución constantemente. Cada vez que lo veían, su cara estaba amoratada, o sus huesos estaban rotos, o su cuerpo estaba cubierto de marcas.

No podían evitar preguntarle a su padre espiritual: “¿Dónde están las promesas de Dios para ti, Pablo? Tú predicas que Dios libra y protege. ¿Por qué esto no sucede en ti? ¿Por qué siempre traes un corazón tan cargado cuando nos visitas? Pensaban que Pablo era culpable de algún pecado.

Por supuesto, que esto hería a Pablo profundamente. Aquí estaba un predicador poderoso y sincero de la gracia y liberación de Dios-y por dondequiera que iba era insultado y difamado. Finalmente, la calumnia estaba tan fuerte, que Pablo clamó en una carta dirigida a Timoteo: “¡Todos en Asia están contra mí! Fundé todas estas iglesias, levantando líderes. Pero ahora, ¡hasta ellos están contra mí!

El apóstol dijo que le quedaba un sólo amigo, Onesíforo, quien “…no se avergonzó de mi cadena” (2 Ti 1:16). Pablo dijo de su amigo: “Este hombre no se avergüenza de mi encarcelamiento. ¡Él sabe bien que en mi vida no hay pecado escondido!”

Pablo también dijo que estaba animado por un grupo de creyentes quienes “…Porque de mis prisiones también os resentisteis conmigo, …” (He. 10:34). Él dijo: “Esta gente siente lo que yo estoy sintiendo.”

¿Por qué estaban todas estas personas del lado de Pablo en sus pruebas? Porque ellos habían “…con vituperios y tribulaciones fuisteis hechos espectáculo; y por otra parte hechos compañeros de los que estaban en tal estado.” (verso 33).
Estos creyentes se habían convertido en “compañeros de aflicción” para el apóstol-¡porque lo mismo que le estaba pasando a Pablo le había pasado a ellos! Ellos no podían mirar las pruebas del apóstol y acusarlo de estar bajo juicio por pecado. Después de todo, habían sufrido los mismos vituperios. ¡Ellos tenían compasión de Pablo-de lo contrario, tendrían que examinar su propia espiritualidad!

Conozco un ministro profundamente espiritual quien por años sufrió ataques satánicos y persecución por otros creyentes. Cada vez que lo veía, pedía la oración por sus problemas. Yo acedía gustosamente-pero al pasar el tiempo, mientras sus pruebas persistían, me molesté. Finalmente, le pregunté: “No entiendo por qué siempre eres atormentado. ¿Por qué eres un blanco constante para ataques satánicos? Tú eres un de los pastores más consagrados que conozco. Tienes intimidad con el Señor, siempre en oración, estudiando su palabra continuamente. ¿Por qué el Señor permite que enfrentes problemas constantes?

No pude evitar pensar: “Yo tengo pruebas y temporadas malas, también-pero no los tengo todo el tiempo, como él.” Por un tiempo dudé de la espiritualidad de ese hombre.

Pero ahora yo sé porque este hombre fue entregado a la muerte diariamente. ¡Era porque él estaba lleno de la vida de resurrección! Dios lo quería usar en una forma poderosa-así que Él lo entregaba a la muerte en cada área de su vida. Dios no quería que nada impidiera la bella manifestación de Cristo en él.

Por eso es que Pablo fue “entregado a la muerte diariamente.” Por eso era abofeteado, difamado, perseguido, robado, encarcelado, sufría naufragio, odiado, y mal entendido. Satanás estaba decidido a destruir su testimonio. ¡Él sabía que una gran manifestación de Cristo iba a brillar en la vida de Pablo!

Exactamente, ¿a qué debemos morir?

Pablo dice que somos entregados a la muerte “…para que también la vida de Jesús sea manifestada en nuestra carne mortal.” (2 Co. 4:10). ¡Dios nos pone en situaciones de muerte para que la vida de Cristo en nosotros sea revelada a los demás!

El apóstol también dice: “Porque a lo que pienso, Dios nos ha mostrado a nosotros los apóstoles por los postreros, como a sentenciados a muerte: porque somos hechos espectáculo al , y a los ángeles, y a los hombres.” (1 Co. 4:9).

Dicho sencillamente, cuando santos piadosos llenos de la vida de Cristo son llevados a situaciones de muerte, nunca es asunto privado. Las Escrituras dicen que somos un espectáculo a tres inteligencias diferentes: ángeles, demonios y la humanidad.

Ahora mismo, puedes estar luchando en las mismas garras de la muerte. El enemigo ha venido contra ti, trayendo problema sobre problema, abrumándote con temor. A veces te sientes solo en tu lucha.

Pero no estas envuelto en una guerra secreta. Tu batalla no está tomando lugar en una esquina oscura. Al contrario-tres reinos te están observando con gran interés. Los demonios te están observando, los ángeles te están observando, y la gente te está observando. Y todos estan pensando: “¿Cómo responderá este siervo de Dios a esta prueba?”

¿De qué se tratan estas pruebas espectaculares? ¿Por qué tenemos que pasar por estas muertes? ¿Qué busca Dios en nosotros?

Nuestro Padre Celestial sabe que ciertas áreas en nuestras vidas que no hayamos entregado impiden la manifestación plena de la vida de Cristo en nosotros. Él conoce nuestros impedimentos, nuestros temores, nuestras ambiciones, nuestras lujurias-todo lo que es un obstáculo para que Jesús brille plenamente. Así que él permite entremos en “situaciones de muerte” para librar nuestros corazones de impedimentos.

Considera estos ejemplos:

1. Si tu impedimento es temor al hombre, Dios puede dirigir a alguien en tu vida cuya te paraliza de temor. Todo lo que esa persona diga o haga añadirá a tu temor, hasta que sea insoportable. Con el tiempo comienzas a sentirte vencido, sin valor, casi sin fuerzas para seguir.

He visto como tal temor causa dolor físico en los santos de Dios. ¡Algunos han terminado perdiendo la respiración a causa de la “persona dura” en su vida!

¿De dónde sale esa persona que se enseñorea sobre los otros? ¿Por qué Dios permite que tal hombre o entre en tu vida? ¡Sucede porque tu amante Padre te está entregando a la muerte! Él te está diciendo: “Tu temor al hombre impide el fluir precioso de la vida de Cristo en ti. Así que no puede producir vida en otros. Este temor en ti tiene que terminar. ¡Tienes que morir a él!”

Quizás clamas: “¡Señor, sácame de esto!” Pero Dios responde: “No-voy a permitir que la muerte haga su obra. ¡He arreglado todo esto para que seas llevado a la muerte!”

2. Si tu impedimento es ambición, Dios puede abrir una tremenda puerta de oportunidad para ti. Puede ser una bendición tan obvia y prometedora, que no la podrás evitar. Podrá ser el proyecto más grande y ambicioso de tu vida. Y Dios permitirá que entres en él, pensando: “¡Esto es! Al fin ha llegado mi gran oportunidad.”

Entonces el Señor permitirá que todo caiga a . Terminarás entre las ruinas del sueño de tu vida, llorando: “¡Señor, yo pensé que este proyecto era tu voluntad! Pensé que tenía tu bendición. Oré a ti acerca del asunto, y me llevaste hasta aquí. ¿Cómo pudiste permitir que fracasara tan miserablemente?”

¡Has sido entregado a muerte! El fracaso de tu proyecto es para que tu ambición muera-una muerte a todo lo que impida que la vida de Cristo se manifieste en ti.

3. Tu impedimento puede ser la increíble revelación que recibes de la palabra de Dios. Preguntarás: “¿Cómo puede ser que una revelación fresca pueda ser un impedimento para un amante de Jesús?” ¡Créelo, esto le sucede a muchos seguidores de Jesús-y te puede pasar a ti!

Una día puedes estar pensando en las nuevas verdades que te han sido reveladas. Doctrinas profundas están más claras que antes. Y tu confianza está aumentando, porque constantemente aplicas cada revelación nueva a tu caminar con nuestro Señor. Estás tan seguro de tu lugar en Cristo, que piensas: “¡Al fin he encontrado los principios bíblicos para vivir una vida victoriosa!”
De repente, por ninguna razón aparente, tu alma entra en una etapa de sequía. Pronto tu gozo y seguridad dan lugar a un sentir de fragilidad e inutilidad. Una depresión inexplicable llena tu alma, y cada día se convierte en una carga para ti.

Las Escrituras que una vez estaban tan vivas en tu corazón ahora parecen un libro cerrado. En vez de recibir revelación, piensas si alguna vez podrás aprender algo. Piensas: “Ni siquiera puedo echar mano de los pasajes más claros en las escrituras. No puedo recibir una simple palabra de Dios. ¡Debo ser un ignorante espiritual!”

El problema no es tu intelecto. ¡Has sido entregado a muerte! Tu sequía es para apresurar la muerte a toda confianza en tu carne. Es una muerte a tu tendencia de gloriarte en la revelación que te ha sido entregada, en vez de recibir tu gozo de Cristo.

El hecho es que la revelación tiende a producir orgullo. Esta es la razón por la cual Dios permitió un aguijón en la carne de Pablo. Él estaba frenando a Pablo de gloriarse en sus grandes revelaciones. ¡Dios quería que su fiel siervo se mantuviera humilde en todo!

Todo este proceso de soportar “situaciones de muerte” puede ser cruel. Sin duda, es uno de los aspectos más dolorosos de seguir a Jesús. Pero si permitimos que la muerte termine su obra en nosotros, la vida de resurrección de Cristo fluirá de nosotros. Si, por otro lado, resistimos la obra de muerte, ¡nunca tendremos la vida de Cristo en nosotros!

Cuando hablo de morir, me refiero a
que eso no debe tener poder
ni dominio sobre nosotros.

Cuando morimos a algo, cualquiera que haya sido el impedimento en nuestra vida pierde sus garras sobre nosotros. No es nuestro amo, ni razón de distracción para nuestra mente y espíritu. Mas sin embargo, los cristianos tienen una variedad de reacciones cada vez que Dios los entrega a situaciones de muerte. Muchos murmuran y se quejan. Claman a Dios, “¡Señor, sácame de esto! Ya es suficiente. ¡Es demasiado para mi!”

Pero con cada situación de muerte que enfrentamos, Dios sabe que no hemos terminado. Él sabe que estamos descendiendo a la muerte para siempre. La muerte que vamos a experimentar no nos puede retener o destruir. ¡El plan divino de nuestro Padre es que su Espíritu Santo nos saque victorioso de la prueba, llenos de vida de resurrección!

Sencillamente, nuestras situaciones de muerte son para terminar ciertas luchas personales. Nuestro padre quiere llevarnos al lugar donde nos demos cuenta que tenemos que depender en Cristo completamente, o nunca venceremos. Él quiere que digamos, “Jesús, si tú no me libras, no hay esperanza. ¡Pongo mi confianza en ti para que lo hagas todo!”

Pablo experimentó este tipo de muerte. En un tiempo en su vida, él dejó de buscar alivio para su situación de muerte. Estoy seguro que en los primeros días de su caminar con Cristo, él soportó tiempos horribles. Y como muchos de nosotros, espero que si tan sólo confiaba suficiente en el Señor, el lo protegería de todo problema.

La primera vez que echaron a Pablo en la cárcel, por ejemplo, quizás clamó para ser liberado: “Señor, abre estas rejas. ¡Sácame de aquí, por causa del evangelio!” De igual manera, su primer naufragio probó su fe en forma severa. Y su primera golpiza le hizo cuestionar la habilidad de Dios para mantener su palabra: “Señor, tú prometiste protegerme. ¡No entiendo porque estoy soportando esta horrible prueba!”

Pero las cosas siguen empeorando para Pablo. Las Escrituras ofrecen poca evidencia de que el apóstol encontrara alivio alguno de sus problemas.

Yo creo que en su segundo naufragio, Pablo pensaría: “Yo sé que el Señor habita en mí. Por lo tanto, el debe tener alguna razón por esta prueba. Él me ha dicho: ‘Todo obra para bien para aquéllos que aman a Dios y son llamados según sus propósitos.’ Si esta es la forma en que él va a traer una manifestación mayor de la vida de Cristo en mí, que así sea. ¡Me hunda o nade, mi vida esta en sus manos!”

Por su tercer naufragio, es probable que Pablo dijera: “¡Mírenme, todos los ángeles en gloria! Mírenme, todos los demonios del infierno. Mírenme, todos los hermanos y pecadores. Una vez más, me hundo en las aguas oscuras y profundas-en las garras de la muerte. ¡Soy un espectáculo, en exhibición para que todos vean!

Quiero que todos sepan-¡Dios sabe que la muerte no puede aguantarme! Él me ha dicho que no he terminado, y no me doy por vencido. No voy a interrogar a mi Señor acerca del porque soy probado de esta manera. Yo sé que esta situación de muerte va a terminar en gran gloria para él. Así, que todos ustedes que me ven-¡observen como mi fe sale tan pura como el oro!”

Me hubiese gustado conocer a Pablo en los últimos días de su caminar con el Señor. Le hubiese preguntado: “Hermano, ¿qué te ha librado de desmayar y darte por vencido? Constantemente, eras presionado por todos lados.”

Yo creo que Pablo me hubiera contestado: “Si fui presionado. Pero no desesperado.”

“Pero tú escribes que te quedas perplejo por tus pruebas”, diría yo.

“Cierto-pero nunca me dí por vencido en la desesperación”, contestaría él.

“También fuiste perseguido más que nadie.”

“Si, es cierto. Pero el Señor nunca me desamparó.”

“Fuiste asediado muchas veces por enfermedades y problemas.”

“Claro. Pero ninguna me destruyó.”

Hoy Pablo le testifica al mundo: “Estando atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperamos; Perseguidos, mas no desamparados; abatidos, mas no perecemos.” (2 Co. 4:8-9). Él quiere que el pueblo de Dios sepa: “Porque lo que al presente es momentáneo y leve de nuestra tribulación, nos obra un sobremanera alto y eterno peso de gloria.”
(verso 17).

Pablo resume el propósito eterno de Dios
en nuestras situaciones de muerte con una
afirmación poderosa.

Pablo nos dice: “…De manera que la muerte obra en nosotros, y en vosotros la vida.” (2 Co. 4:12). El apóstol afirma claramente: “Esta es la razón por la cual Dios nos entrega a muerte. ¡Él lo hace para que la vida de Cristo fluya de nosotros a los demás! Si permitimos que la muerte termine su obra en nosotros, la vida de Cristo se manifestará en nuestra vida. ¡Y nuestro testimonio producirá vida en todo aquél que escuche!”

El Señor nos entrega a la muerte-muerte a toda lujuria, pecado, ambición, la carne y el orgullo-para que de lo más profundo de nuestro ser fluyan las aguas pura de vida. Él nos dice: “La muerte a la que te he llevado es para traer vida aquellos a tu alrededor. ¡Sólo un siervo que está muerto al mundo puede llevar la vida de Cristo en su esfera de influencia!”

Recuerda-cuando vienen los problemas financieros, cuando los dolores físicos te impactan, cuando tu nombre y carácter son difamados-todo ojo está sobre ti. Tus colegas, los miembros de tu familia, tus hermanos y hermanas en Cristo, hasta los extraños te están observando y están esperando tu reacción.

¿Qué ven ellos fluir de ti en tales momentos? ¿Ven fe, confianza y entrega? ¿O ven a un cristiano desesperado y murmurando que no se entrega al poder de resurrección de Jesús?
Amado, ¡permite que la muerte termine su obra en ti! Deja que quite todo lo que impida que la vida de Cristo fluya en ti hacia otros.

Dile al Señor: “Padre, yo sé que estos problemas no me están sucediendo porque estas enojado conmigo. Están sucediendo porque tú estás tratando de alcanzar algo en mi alma. Trata con eso, Señor. ¡Llévalo a la muerte-y de esa muerte, trae vida!”

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