Espera en Dios

“¿Por qué te abates, oh mía, y te turbas dentro de mí? Espera en ; porque aún he de alabarle, salvación mía y mío”.       Salmos 42:5

 

Todos los creyentes pasan por momentos en que sienten que el mundo, literalmente, se desmorona debajo de sus pies; a veces tenemos que enfrentar situaciones tan difíciles y abrumadoras que nuestro ánimo desfallece casi al punto de desfallecer. Sentimos que nuestras fuerzas son drenadas y que todo aliento de esperanza se desvanece. Es en momentos como esos cuando la Palabra de Dios, con sus consoladoras promesas nos reaniman, vivifican y sostienen para que continuemos confiando en Dios, y nos suple las energías necesarias para que nos pongamos de pie y sigamos hacia adelante a través de las pruebas y de los tráfagos de esta vida.

 

Esa fue la experiencia del salmista en el perla de hoy; no sabemos exactamente las circunstancias apremiantes por las que estaba atravesando el autor sagrado, pero de algo podemos estar seguros, y es que él no se dejó abatir por el momento de angustia y de depresión contra el cual batallaba.  Noten cómo el texto de hoy nos abre la posibilidad de que un creyente pase por un trance tan agudo que pueda sumirlo en un profundo desánimo: “¿Por qué te abates, oh alma mía, y te turbas dentro de mí? …” Tres veces repite el salmista esta misma expresión (Sal 42:5,11; Sal 43:5), indicando el grado de turbación que consumía su alma. Amados, no es pecado que un creyente se encuentre librando una lucha agónica como esta; eso es algo que viene no sólo de Satanás, como muchos piensan. Podemos encontrar casos en que por razones muy particulares que escapan al control y la capacidad de un verdadero creyente, este caiga en un abismo profundo de dolor y desesperación.

 

Cristo era el perfecto Dios y el perfecto hombre, y conocía a profundidad la naturaleza humana, porque fue Él quien la creó; no obstante, en Getsemaní, frente al panorama desolador del Calvario que se cernía delante de su ojos, nuestro amado Señor sintió una ingente presión sobre sus hombros y tuvo que exclamar: “Mi alma está muy triste, hasta la muerte” (Mt 26:38). Si Cristo sintió tal , ¿acaso no podemos los creyentes experimentar también una angustia semejante? Por supuesto que sí. Pablo era un gigante espiritual, sin embargo, él mismo da testimonio de cómo la providencia divina le reservó una prueba de dimensiones tan colosales, que su frágil humanidad se vio quebrantada y resentida, de modo tal que: “… fuimos abrumados sobremanera más allá de nuestras fuerzas, de tal modo que aun perdimos la esperanza de conservar la vida” (2 Co 1:8).

 

Ahora bien, ¿cómo enfrentaron los hombres de la Biblia esos momentos de turbación, y aún de gran depresión como fue el caso de Elías? El salmista nos da la respuesta: “Espera en Dios; porque aún he de alabarle, salvación mía y Dios mío”. Mis amados, hay momentos en los que tenemos que resistir esos movimientos sísmicos del corazón; frente al temor del futuro incierto, el dolor desgarrante y la incertidumbre de pensamientos sombríos que asaltan nuestras mentes, debemos dar la orden a nuestras almas de que esperen en Dios, porque Él nunca nos habrá de fallar. No podemos permitir que esas corrientes de inseguridad que brotan de nuestro interior nos postren por más tiempo; cuando la realidad es que tenemos a Dios de nuestra parte. Echemos mano a todas las gloriosas promesas reveladas en su Palabra y que Dios ha dispuesto para nuestra consolación, y reprendamos firmemente nuestras almas diciéndoles: ¿por qué te abates, oh alma mía? Espera en Dios, porque Él es tu fuerza y tu salvación.  Y en vez de prorrumpir en llanto, alabemos al  Señor por su grandeza, majestad, poder y  gracia. Amén

 

Cristianismo Conforme a las Escrituras

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