Esperanza en casa de pan

“Casa de pan”, significado en hebreo del nombre de la ciudad de la cual profetizara Miqueas: “… pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel; y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad”, es decir, que el nacimiento del Mesías en su seno haría imperecedera su fama, por lo que hoy ha alcanzado aclamación universal, que en sí mismo era tan poco favorable como lo era Belén antes de su nacimiento.

Si retrocedemos en el tiempo unos aproximadamente 1000 años A.C, vamos notar que la ciudad de Belén, situada a unos 8 Km al sudoeste de Jerusalén, el área de las colinas de Judá, sería testigo de parte de la vida del más grande rey de Israel, David.

Siendo aún Saúl rey de Israel pero desechado ya por Dios, pues había dado pruebas, por más de un acto insensato, de que no se consideraba sujeto a las instrucciones de Dios, comenzó a experimentar constantes ataques de un espíritu malo de parte de Jehová que le atormentaba; como solución, sus criados le sugirieron buscar un músico que tocara bien el arpa de tal manera que el rey recibiera alivio.

Mientras tanto en los campos de Belén, Dios había permitido que la persona indicada y en el momento indicado, escuchara una melodía sin igual, que armoniosamente acompañaba dulces canciones hacia un Pastor Sublime, brotando de labios de quien llegara a ser el “”dulce cantor de Israel” (2 Sam 23:1). Este era David, quien sin alardes ni orgullo y en plena juventud, ya gozaba de fama y prestigio por su valentía y temor a Dios, como bien lo describiera aquel criado que sugirió su presencia ante la necesidad de Saúl “…He aquí yo he visto a un hijo de Isaí de Belén, que sabe tocar, y es valiente y vigoroso y hombre de guerra, prudente en sus palabras, y hermoso, y Jehová está con él” (1Sam 16:18). Aún cuando David era, tal vez, el hijo menos tenido en cuenta de la familia (1Sam 16:10-11), la Palabra lo presenta como un personaje excepcional, con cualidades espirituales tan grandes que el mismo Dios habla de él como un hombre con un corazón conforme al suyo (1Sam 13:4, Hch 13:22).

David permanecería en una relación tan estrecha con Dios que disfrutaba a plenitud el adorarlo y contemplar su grandeza, aún hasta su corrección (Sal 19). En su tiempo de aparente soledad, mientras cuidaba las ovejas de su padre Isaí, cantaba a Dios y meditaba en su Ley y sus obras, y así iba en el anonimato, desarrollándose en su interior los fundamentos primordiales de un verdadero hombre de Dios, lo que le permitiría llevar adelante en un futuro, el propósito divino en su vida y para con su pueblo, de manera eficaz.

En muchas ocasiones lo que manifestamos exteriormente en nuestras relaciones sociales, familiares, congregacionales y demás, estará caracterizado en gran medida por el resultado de nuestra intimidad con Dios, la Biblia nos dice en Mateo 12:34 que “…de la abundancia del corazón, habla la boca”. Si llenamos nuestro corazón de la Palabra de Dios, separando tiempo para meditar en ella y escudriñarla; si anhelamos y buscamos el ser llenos del Espíritu Santo, si nuestra prioridad son las cosas espirituales, eso será lo que primero brotará de nuestros labios al compartir con otros, cristianos o no cristianos. Si por el contrario saturamos nuestras mentes de programas televisivos (películas, novelas, etc.), si nos dejamos dominar por las tecnologías, si las nubes de problemas y retos que a diario se nos presentan en la vida, eclipsan nuestra esperanza en Dios, serán esas cosas las que moverán nuestro barco hacia un rumbo completamente opuesto al que Dios nos ha trazado.

Nos dice la Palabra que habiendo cumplido el propósito de Dios, “…murió David en buena vejez, lleno de días, de riquezas y gloria” (1Cr 29:28), sin embargo parecería que el resplandor de Belén o “Efrata” (en hebreo, tierra fructífera) como también se le pudo haber llamado, quedaría solapado en las raíces de la historia, pero no a los ojos de Dios, cuyos planes para ella apenas habían comenzado y el nacimiento de David en aquella tierra marcaría la primera parte de una profecía que se cumpliría en el nacimiento de Jesucristo, el Hijo de Dios entre nosotros. “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz. Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre. El celo de Jehová de los ejércitos hará esto” (Is 9:6-7).

El historiador Philip Schaff en “The Person of Christ” (toma del libro Evidencias que Exige un Veredicto pág. 26), describe el impacto mundial que ha tenido la persona de Jesús de la siguiente manera: “Este Jesús de Nazaret, sin dinero ni armas, conquistó mas millones que Alejandro, César, Mahoma y Napoleón; sin ciencias y si erudición, derramó más luz sobre las cosas divinas y humanas que todos los filósofos y eruditos combinados; sin la elocuencia de las escuelas, habló tales palabras de vida como nunca antes o después fueron dichas, y produjo efectos que yacen más allá del alcance del orador o del poeta; sin escribir ni una sola línea, puso en movimiento más plumas y proporcionó temas para más sermones, oraciones, discusiones, volúmenes de erudición, obras de arte y cánticos de alabanza que el ejército completo de grandes hombres de los tiempos antiguos y modernos”.

Hoy, el legado de la casa de pan es transmitido a cada vida que con corazón sincero dé la oportunidad de que el mismo Jesús vuelva a nacer, no importa cual profundo te halles en el pecado, El tiene el poder para cambiar tu vida de manera radical con solo entregar tu corazón al Señor y arrepentirte de tus pecados, cuando esto sucede dice la Biblia en Is 1:8 “…si vuestros pecados fueren como la grana, como nieve serán emblanquecidos, si fueren rojo como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana”. Además en el Evangelio de Juan 3:16 tenemos una hermosa y fiel promesa cuando expresa: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”. Cuando dice “todo aquel”, significa que no excluye a nadie en lo absoluto, no importa si el mundo no te perdona y si te han dicho o hasta has creído que tu caso es único, extremo e imperdonable, si te consideras extremadamente enfermo en el pecado y un verdadero pecador, entonces para ti vino Jesús, como El mismo dijera en Lucas 5:31-32 “…Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento“.

No vaciles más, abre tu corazón a Jesús y dale la oportunidad de entrar en tu vida y desde ese instante tu nombre formará parte de la lista de los invitados al Reino de Dios.

Hno. Raidel Quezada Santos.
Iglesia Cristiana Pentecostal de Cuba. Guisa

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