La Adoración y La Biblia

adybiblia (Algunas consideraciones bíblico-teológicas)

Miguel Angel Darino[1]

     Se ha dicho, y con acierto, que la adoración es la razón de ser de la Iglesia de . W. T. Conner escribió: “El primer negocio, pues, de la iglesia no es la evangelización, ni las misiones, ni la benevolencia; es la adoración. La adoración a Dios en , debería estar en el corazón de todo lo que la iglesia hiciera. Es el resorte principal de toda la actividad de la iglesia”.[2] Esto concuerda con  la revelación bíblica donde se nos dice muy enfáticamente que la iglesia existe “para la alabanza de Su gloria” (Efesios 1:6)[3]

     La iglesia, por otro lado es llamada a rendir una liturgia (Adoración) continua a Dios, que es camino hacia el crecimiento espiritual, tanto personal como corporativo (Romanos 12:1-2, I Pedro 2:9-10). Personal porque el trato primario de Dios es a nivel individuo y corporativo porque la experiencia de adoración involucra no sólo aspectos psicológicos, sino sociales, culturales e históricos. Estas dos cosas son inseparables. Muchas veces la vida litúrgica, es decir, la práctica cultual de nuestro pueblo no es una manifestación de la realidad de la vida, sino que se reduce a un conjunto de prácticas religiosas separadas de la realidad, que no son otra cosa que una artificiosidad, es decir, solamente una actividad que realizamos por costumbre. Se pierde muchas veces de vista el hecho de haber sido llamados para vivir “para alabanza de su gloria”. No debiéramos adorar para mantener una actividad en la iglesia, ya que esto estaría colocando la actividad como el asunto de primer orden y la adoración como secundaria.[4]  Primordialmente la adoración es nuestro reconocimiento de lo que Dios es; es nuestra respuesta por amor y no por el bien que El nos pueda hacer. Para los bautistas, adoración cristiana es encuentro con Dios. Esto es, diálogo-revelación y respuesta. Dios se revela a sí mismo al ser humano y éste responde a esa revelación.[5] Revelación que puede darse a través de la lectura de la Biblia, la predicación, los himnos, el bautismo y la comunión y que, entre los bautistas, es fundamentada y reafirmada por el concepto de la adoración corporativa, es decir, la adoración congregacional. En otras palabras para el bautista, el desarrollo de la vida espiritual tiene su base más fuerte en el concepto doctrinal del sacerdocio de todo creyente, que adquiere sentido y práctica dentro del marco de la congregación local.

    Es entonces, muy importante y significativo mencionar la constante lucha de los bautistas desde sus orígenes por mantener la centralidad de la Biblia como base de toda autoridad y fe, tanto en lo referente a doctrinas como a la práctica de la adoración congregacional.

     Aunque ha habido en los últimos años algunos esfuerzos en este sentido como podrían ser  cursos de adoración en seminarios; conferencias sobre el tema, algunas tan importantes como las de Berlin (1998), Niteroi, Brasil (2000) y esta en la cual nos encontramos hoy, es imposible hablar de una teología bautista de adoración, no porque no exista, sino más bien porque no ha habido ni hay una comprensión litúrgica común a todos los bautistas. Se podría decir que desde antes de sus comienzos formales, allá por la mitad del siglo XVI, la adoración entre los bautistas se ha caracterizado por tener como base de su desarrollo, un ambiente de reacción a los sistemas litúrgicos establecidos y avalados por el estado. A eso se debe que  la adoración entre nosotros se distinga por una amplia gama de estilos y formas. Estos van de lo tradicional a lo contemporáneo, es decir de lo heredado a lo actual, a lo que surge ahora, como así también de lo puramente anglo a lo más hispano y de lo más litúrgico a los más espontáneo. Creo que es importante mencionar aquí el excelente trabajo que el hermano Noel Vose escribiera y que se presentó en Berlin como base para el inicio de nuestra reflexión: “Towards a Balanced Theology Of Worship For Baptists” (Hacia una teología balanceada de adoración para los bautistas). El tema nos ayudó a  iniciar un diálogo que apunta hacia un entendimiento más claro de la naturaleza bíblica de la adoración.

     Lamentablemente en los últimos años se está experimentando un “desapego” a la Biblia como fundamento y guía. Puede ser algo inconsciente, pero es real. Es probable que los “aires postmodernos” estén ayudando a esta realidad. Se habla mucho de “experiencias”, de sentir, de gozar, de adoración contemporánea, de adoración tradicional, de adoración contextual, de adoración balanceada, de adoración “conectada”, de revelaciones, etc. pero poco de la Biblia. Pareciera ser más importante la experiencia con Dios que el conocimiento de la Palabra. En no pocos casos se realiza una práctica cultual más intuitiva que fundamentada en la Escritura.  Un análisis que C. Peter Wagner hiciera de la adoración en nuestro tiempo resalta lo siguiente: “la adoración actual está conectada a tres fuentes importantes: 1) al sistema de amplificación de sonido; 2)  al Espíritu Santo y 3) a la cultura contemporánea”.[6]   La pregunta que entonces surge es:  ¿ Qué se le da a la Biblia en la adoración actual ? . No es posible una genuina guía del Espíritu Santo sin inspiración y acción sobre la Palabra revelada de Dios. Bien lo afirmó el Dr. Samuel Escobar en Niteroi: “La búsqueda de formas bíblicas y evangélicas de adoración para el mañana tiene que ir a las fuentes permanentes de la vida espiritual: Dios el Espíritu, la Palabra de Dios, el Pueblo de Dios. Dios sigue hablando hoy como en los tiempos del salmista: en el libro de su creación y de la historia, y en la palabra de los profetas y los apóstoles”.[7]

     Si queremos experimentar una adoración legítimamente cristiana, es necesario reconocer el fundamento de la Palabra de Dios, la Biblia, como vital en el conocimiento y revelación del Dios a quien pretendemos adorar. Reconocer la Biblia, como la autoridad, que nos informa, que nos advierte, que nos comparte la experiencia de tan “grande nube de testigos” que en su tiempo, contexto y cultura adoraron genuinamente a Dios de acuerdo a Su deseo.

         A través de toda la Biblia observamos paradigmas o esquemas litúrgicos en los cuales resaltan principios aplicables al contexto y tiempo de cada ser humano. En el Antiguo Testamento hay dirección precisa y detallada de Dios para el pueblo que adora. Un ejemplo claro es el libro de Levítico donde hasta el mínimo detalle es indicado por Dios. Levítico es por excelencia el “libro del culto” en la Biblia. Otros ejemplos los encontramos en las direcciones explícitas para los levitas, los músicos en el Templo, los cantores etc.. El Nuevo Testamento no provee ejemplos específicos y detallados como el Antiguo acerca de la adoración. La información parece ser mucho más vaga[8], sin embargo todavía prevalecen principios normativos. A este tema volveremos más adelante en este trabajo.  Antes de citar dos textos, que a mi entender trascienden la cultura, la historia y el tiempo y  que nos ubican en el umbral de nuestra búqueda de la coherencia, fundamento y excelencia en la adoración, quisiera remarcar el hecho de que aunque en el Nuevo Testamento el culto tiene un carácter diferente, la función sacerdotal está bajo los mismos principios, al ser considerada la Iglesia como una “comunidad sacerdotal” (1 Pedro 2:5, 9; Ap. 1:6; 5:10; 20:6). Es necesario recalcar, sin embargo que el sacerdocio de la Iglesia no es un sacerdocio independiente del de Cristo, sino que se da por, y como parte de éste.[9]

A mi entender los textos siguientes indican claramente las condiciones para que se de en la práctica una adoración genuina:

     “Al Señor tu Dios adorarás, y a El sólo servirás”  – Deuteronomio 6:13

     “Santos seréis, porque santo Soy Yo, Jehová tu Dios” – Levítico 19:2

     “Al Señor tu Dios adorarás y a El sólo servirás” – Lucas 4:8

     “Sed santos, porque Yo soy santo” – 1 Pedro 1:16

     He aquí la clave de una adoración legítimamente bíblica. Acción y vida. Actitud y comportamiento. Corazón y mente. Contemplación y ofrenda.

     Es muy probable que muchas veces se ignoren vivencialmente los presupuestos básicos del culto, no se esté atento al deseo del corazón de Dios y por esto se vea restringida una conciente y gozosa entrega a Dios en adoración.

     La prioridad número uno es adquirir una comprensión más clara de la naturaleza del culto.

     A. Cuestiones semánticas

        Decimos que cada iglesia tiene su liturgia y su estilo de adoración. Esto no deja de ser una verdad. Es imposible adorar a Dios sin algún tipo de liturgia, aunque sea la que prescinda de formas convencionales. “En este sentido hasta los cultos así mal llamados “no litúrgicos” contienen elementos de este tipo. Todo parece ser dejado a la espontaneidad, pero la espontaneidad tiene ya sus canales fijos de expresión y forma”.[10]

        1. Liturgia. ¿ Qué es liturgia ?  La historia del término comienza en una palabra compuesta: “Leitourgia” de “ergón” (obra) y “leitos” (adjetivo derivado de “leos” o “laos” – pueblo). Este término significaba o indicaba en las democracias griegas (según el griego clásico y helénico): “la prestación de un servicio por parte de los ciudadanos de clase acomodada en el beneficio de la colectividad”.[11]

           El término se usa de esta manera también para referirse a un servicio público, incluso pagado, en el Egipto tolomaico e imperial. En el período helenístico se extiende a la prestación de un servicio por parte de privados o esclavos y desde el Siglo II a.C. también al servicio público.

           La Septuaginta emplea el término “leitourgía” y sus derivados para designar el servicio del templo por parte de los sacerdotes y levitas, mientras que los correspondientes términos hebráicos son usados también para servicios no cultuales.[12]  El término que tiene aspectos míticos, políticos, ideológicos y religiosos, fue evolucionando en su uso. Pasó de lo mítico a lo cultural y más tarde específicamente a lo religioso. En realidad, si analizamos la historia del concepto, vemos que aparecen las primeras definiciones en el Siglo XVII.[13]

           Según un enfoque puramente semántico, literalmente puede significar fiesta, celebración, aún culto (Latreia). En el Antiguo Testamento, lo equivalente para liturgia es fiesta (“Hag”: danza y “Saret”: servicio) y “Aboda” (obra, servicio) que también se usa para actos litúrgicos.

           De acuerdo a Von Allmen, tanto el uso de esta palabra en el Antiguo Testamento y en el Nuevo, como su acepción profana, dan dos indicaciones interesantes sobre el culto: 1) Por una parte, designa una acción del pueblo o comunidad; no del clero. Es decir, reivindica una secularización del culto. 2) Por otra parte, designa un acto político, civil, en que los ricos sustituyen, por sus acciones o contribuciones, a los pobres que no pueden pagar.

           Este término indicaría que la iglesia por medio de la liturgia sustituye al que no sabe ni puede adorar o glorificar al Dios verdadero;[14] así, por medio del culto,”la iglesia reemplaza al delante de Dios y lo protege”.[15] De ningún modo esto reemplazaría la responsabilidad de cada ser humano de buscar a Dios, pero, la comunidad cristiana con su “liturgia” estaría presente en el como “luz” y testimonio (Mateo 5:14).

           Resulta muy significativo notar que el Nuevo Testamento al referirse a actos cultuales desconoce o evita los términos “pre-cristianos”, pero usa “leitourgía” cuando se refiere a la acción mediadora de Cristo como sacerdote y a la acción comunitaria. Entonces deducimos que el término es usado sin distinción o indistintamente de su paralelo “latreia” que puede significar o incluir, como veremos, el aspecto más profundo y espiritual del culto (Hebreos 8:5, 13-14, 9:9). Liturgia es así el culto comunitario de la iglesia, que prolonga el sacerdocio de Jesucristo y tributa a Dios la más alta gloria por medio de El.

           Aunque en nuestro pueblo hay prejuicios hacia la liturgia, el término debe ser comprendido. El rechazo no evita que usemos liturgia. En la mayoría de los casos la liturgia se interpreta como “forma de culto” y por supuesto que la forma en sí no asegura la realidad espiritual del culto, pero la falta de forma tampoco. La forma debiera servir como ayuda a los fieles en la adoración a Dios.

           Quisiera proponer una definición muy sencilla para el término, con el fin de poder usarlo con mejor entendimiento y efectividad en el contexto hispano. Por lo general, cuando pensamos en nuestra relación con la iglesia, lo hacemos en término de adquirir, de obtener algo, sea esto el bienestar o el cumplimiento de los anhelos del corazón. Y no está mal; pero desde la perspectiva de la liturgia, descubrimos que la relación en la iglesia tiene mucho más que ver con dar y ofrecer que con buscar u obtener. Esta es otra realidad en el contexto hispano que lo muestra desde la perspectiva  religiosa como una cultura dependiente. Propongo que liturgia es aquello que tenemos a la mano para ofrecer a Dios un culto aceptable, genuinamente auténtico y que expresa nuestro sometimiento, dependencia y servicio a El.

           Esta puede venir a ser una propuesta correctiva del concepto de liturgia y adoración, ya que desafortunadamente, como lo afirmamos, el término se ha limitado al identificarse con el modo particular de celebración cultual de ciertas confesiones. El concepto se refiere más bien a estructura que a servicio ofrecido. Pero en realidad la liturgia va más allá de “breviarios o formularios litúrgicos que no pueden ser alterados. Liturgia quiere decir aquello que se dice en el culto público… de la misma manera que ritual significa aquello que se hace en el culto público….[16] Un adecuado entendimiento del término deberá llevarnos a anhelar una práctica cultual equilibrada, sólidamente fundamentada en la Palabra, “evitando lo extravagante y extremo por un lado y lo árido y descolorido por el otro”.[17]

        2. Culto. Etimológicamente la palabra significa más o menos lo mismo que liturgia. Los dos términos son usados en relación a la expresión religiosa tanto individual como corporativa. Culto viene de “latreia” (que simplemente denota el culto de adoración a Dios). En Hebreos se habla de “oficios del culto”, es decir, adoración  corporativa, pero también, por su uso en el Nuevo Testamento se refiere a consagración. En otras palabras, el culto descansa en última instancia en un profundo compromiso personal con Dios en amor y temor (Hebreos 6:9, Romanos 12:1). Es significativo que, a pesar de que “latreia” tiene estos dos usos y de que también se refiere “al homenaje que se le rinde a la divinidad” (Mateo 4:10, Lucas 1:74), aflora de nuevo un principio básico de la genuina adoración cristiana que es la “base de la relación individual con Dios”. Es decir que, tanto el culto personal como el corporativo se fundamentan, no en un sistema o ritual (aunque el ser humano lo necesite como medio de expresión), sino en la relación personal con Dios.

           Orlando Costas sugiere lo siguiente:

 “…se hace claramente evidente que, para los autores del Nuevo Testamento, el hecho de que la y resurrección de Cristo abrogó la vieja alianza, no significa esto la abrogación de las celebraciones litúrgicas, o sea, la necesidad de tener un sistema de adoración religiosa. Es que el culto es tan parte del nuevo como lo fue del viejo. Así como la Ley y los Profetas no han sido destruidos con la aparición de Cristo, así tampoco desaparece la idea de un sistema de adoración pública. En Cristo ese sistema ha sido juzgado, recreado y transformado”.[18]

           Sin la intención de reafirmar o justificar un sistema específico de práctica cultual, se hace necesario por lo menos mencionar algunas razones que muestren la necesidad de tener una práctica cultual corporativa. La mayoría de los que asistimos a la iglesia cada domingo, si somos sinceros, confesaremos que lo hacemos, en parte al menos, porque sentimos la necesidad de hacerlo. Las necesidades para la práctica cultual varían, pero hay algunas básicas que en cierto modo lo justifican:

1) Las necesidades sociales. El ser humano es un ser social  por naturaleza. La necesidad es básica en cuanto a amistad y compañía. Todas las clases y condiciones humanas pueden hallar lazos en el culto que trasciende las divisiones sociales, de raza, de nacionalidad,  académicas o de estado social.

2) Las necesidades intelectuales. El culto ofrece guía en medio de la perplejidad y confusión que se crea en la vida. El culto ofrece lo que se busca en la vida: significado, perspectivas y propósitos sólidos para  vivir.

3) Las necesidades psicológicas. La práctica cultual desarrolla una sólida afirmación de fe que garantiza la seguridad frente a la inseguridad de los postulados de la sociedad.

4) Las necesidades religiosas. No negamos la presencia de  Dios en todas partes, pero es evidente que el culto colectivo ofrece solución a estas necesidades. El hambre  y la sed de un contacto con Dios, pueden ser saciados y mitigados a través del culto comunitario.

           Por otro lado es innegable que la devoción del ser humano busca expresiones externas audibles y visibles. Estas pueden llegar a ser simplemente manifestaciones separadas de la vida cotidiana, acciones religiosas. Sin embargo, un buen entendimiento de lo que es en realidad el culto integra a la vida las expresiones auténticas, autóctonas y debidamente encauzadas.

           Es importante aclarar aquí que, si bien es cierto que los términos liturgia y culto pueden tener similaridad desde la perspectiva etimológica, como ya se ha dicho, no necesariamente es así en la práctica religiosa. Ambos están relacionados con la “expresión religiosa”. Pero en su experiencia vivencial el ser humano puede hacer liturgia sin que en realidad esté rindiendo culto. Y puede realizar una práctica cultual donde la liturgia no sea más que una formalidad. Como anteriormente hemos dicho, podemos tener práctica cultual simplemente como parte de las actividades de la iglesia. Liturgia y práctica cultual pueden quedar simplemente en formas, frías y “sin corazón”. Pero para rendir auténticamente culto (Adoración) es necesario una entrega al ser al cual ofrecemos culto.

           La heterogeneidad de la iglesia se refleja en su práctica cultual, de tal manera que no podemos hablar de un culto o sistema litúrgico homogéneo. Como hemos dicho, cada iglesia tiene su liturgia o forma, pero estas formas debieran ser un factor de unidad en la diversidad, un factor formador del mosaico de las diferentes culturas, sentimientos y riqueza  de los pueblos. En la práctica cultual de la Iglesia Primitiva existen factores de unidad. Esos mismos factores dan a nuestras celebraciones litúrgicas el carácter de homogeneidad: Santa Cena, cantos, oraciones, lecturas bíblicas, predicación, ofrendas, etc.[19]  El culto con sus formas debe ayudar a los fieles en la adoración a hacer una aportación hacia la unidad en la diversidad, que es principio bíblico, eliminando las divisiones producidas por ciertas formas litúrgicas (Romanos 12:4-16, Efesios 4:1-15).  Los calcos y copias de cultos en diversas partes del mundo han hecho mucho mal; de manera especial al hispano evangélico, que sufre muchas veces el trasplante territorial y la imposición de formas litúrgicas que son de otras culturas y que ahogan su expresión más auténtica.

        3. Adoración. Esta palabra viene del griego koiné “Proskuneo” que significa reverenciar u homenajear. Es usada unas 59 veces en el Nuevo Testamento para indicar el homenaje que se le rinde a una persona al postrarse a sus pies. También indica el hecho de prestar homenaje o tributo divino (Mateo 4:10, Juan 4:20-21, Hebreos 1:6). Su traducción literal sería: “Besar la mano o el piso delante”. En este sentido es más clarificador que el vocablo usado en el Antiguo Testamento más de 170 veces para indicar adoración, “Shachah” y que se traduce literalmente como inclinarse, caer delante, postrarse, arrodillarse.[20] Besar denota contacto, cercanía, relación. Se puede reverenciar u homenajear a distancia, pero el beso requiere cercanía, contacto.

           También consideramos importantes otros dos términos usados en el Nuevo Testamento para indicar adoración: “Sebomai” (usado 8 veces), que tiene su raíz en la palabra “Sebas” (temor) y “Latreia”, el cual ya hemos analizado.

           En nuestra lengua el uso más común de “proskuneo” (Pros: hacia adelante y Kuneo: besar) es el que se refiere a la reverencia que se le rinde a una persona, específicamente la reverencia y honra que se le deben rendir a Dios. A pesar de que en nuestra mentalidad la adoración tiene más la connotación de una experiencia “subjetiva y personal” en oposición a un “sistema litúrgico”, el término se usa como equivalente de la palabra sajona weordhscipe (inglés antiguo), que se refiere a “dar tributo de dignidad o valor a un objeto o persona”.[21] Actualmente en inglés se usa la palabra worship que no es más que una contracción del viejo término anglo-sajón mencionado. Pero worship transmite a la mentalidad hispana la idea de sistema litúrgico o formas más que de relación personal con Dios. Cuando nos referimos al culto público o reunión pública, generalmente traducimos el término como “servicio de adoración”, worship service, que no indica en nuestra mentalidad necesariamente adoración como experiencia espiritual. De ahí la necesidad de comparar el término en inglés. Más aún, en nuestra propia lengua muchos no tienen plena de que adoración cristiana, en el sentido bíblico más profundo, indica postración, reconocimiento de autoridad y relación con esa autoridad. Pero esto hace resaltar la experiencia por encima del sistema (Génesis 24:48, Exodo 4:31, 2 Reyes 17:35s, Salmos 5:7, 95:6-7, Juan 4:23). Donald  P. Hustad enfatiza esto cuando define adoración cristiana como “la respuesta afirmativa del ser humano a Dios, quien se revela a sí mismo como Trino Dios”.[22]  Nosotros no le buscamos a tientas o en el vacío. El da el primer paso revelándose, mostrándose a sí mismo en poder y amor. El ser humano le reconoce y le responde afirmativamente convirtiéndose a El y comienza así una relación experimental que es prioritaria en la adoración cristiana.

           Por otro  lado, cuando denominamos al culto cristiano como servicio de adoración, somos conscientes que nos estamos refiriendo a una reunión pública y regular de la iglesia, en la que el pueblo de Dios reconoce su valor y le atribuye la gloria que le pertenece. W. T. Conner dice: “Cuando decimos que la adoración es el primer negocio de la Iglesia, debemos usar la palabra en el sentido más amplio. La adoración incluye la salida, o el anhelo, del alma en respuesta a la revelación que Dios nos hace de sí en Cristo. Incluye el canto, la oración, la lectura de las Escrituras, las ofrendas, el sermón, las ceremonias: toda fase de la entrega del alma, individualmente y como cuerpo, a Dios en respuesta a su gracia”.[23] Por eso es que, mucho más importante que el entendimiento semántico de estos términos en nuestra lengua, es poder entender con claridad su uso bíblico a fin de que nos ayude a no encasillar nuestra adoración, sino a buscar equilibrio y madurez en su expresión.

           Liturgia, culto y adoración son tres términos importantes en relación a la práctica religiosa que, de ser bien comprendidos, enriquecerán nuestra experiencia espiritual. Nuestras formas, actitudes y sentimientos son básicos en la expresión del tributo que debemos a Dios y liturgia, culto y adoración tienen que ver con ellos. La liturgia tiene que ver más con nuestras formas; culto, con nuestras actitudes y adoración, más con sentimientos y comprensión de la relación de dependencia y sentido de temor de Dios a quién adoramos. Esto de ningún modo es absoluto y conclusivo, pues de hacerlo, caeríamos en una rigidez ajena a la auténtica experiencia de adoración cristiana.

           Una mirada retrospectiva a la práctica cultual en el primer siglo puede ayudarnos a clarificar nuestro concepto.

     B. La realidad novotestamentaria.  Aunque no tenemos una vista muy clara del desarrollo de la adoración y del culto de los primeros cristianos, sí hay algunas referencias que nos pueden ayudar en el propósito de nuestro trabajo.

        1. La adoración y los primeros cristianos. Es imposible negar que el culto de la sinagoga fue de gran influencia en la adoración de los primeros cristianos. Ellos, que eran en realidad, no inauguraron un nuevo sistema de adoración. Rayburn afirma: “Jesús y sus discípulos adoraron en ambos lugares, en el Templo y en la Sinagoga. Después de la ascensión, la comunidad cristiana continuó observando muchas cosas de ambos cultos”.[24] Por supuesto que las formas fueron cambiando a través de los años y es justamente aquí donde notamos la ausencia de fuentes que nos clarifiquen el desarrollo de esos cambios.

           Había una gran diferencia entre ambos lugares en cuanto a sus celebraciones o cultos. Las sinagogas fueron centros de estudio de la Palabra y oración para el pueblo judío (Hechos 6:9). Funcionaban como una institución laica, donde no se hacía necesaria la presencia de sacerdotes para oficiar, sino que cualquier persona podía participar (Lucas 4:16-20, Hechos 9:20, 18:4). No así en el Templo, donde por la realización de sacrificios era necesaria la presencia del oficiante.

           Los primeros cristianos se encontraron en este sentido, en una situación muy significativa. Ellos tuvieron que desarrollar una nueva forma de adoración, teniendo como marco de referencia la liturgia de la sinagoga, los rituales y liturgias del templo y el cumplimiento de las Escrituras por medio de la presencia y obra redentora de Jesús. Es posible que esto los llevó, en los primeros tiempos, a adorar no sólo en las casas, sino también en las sinagogas (Hechos 2:46, 3:1). De esta manera conformaban un grupo especial de judíos que creían en el Mesías. Con el tiempo esta dualidad en la práctica cultual se hizo intolerable, lo que los llevó a reunirse sólo en sus templos.

        2. Liturgia y adoración. Es evidente que la comunidad cristiana copió el estilo del culto de la sinagoga, poniendo énfasis en la enseñanza de la Palabra y en la oración. La enseñanza llegó a ser su mayor característica en la medida que se separaban aquellos judíos “celosos de la ley”, que continuaban con las costumbres de la ley, de los que se “convertían” de corazón a Cristo (Hechos 21:20-21).

           Es, de todas maneras, bien claro que la adoración de los primeros cristianos estaba basada en los fundamentos de los escritos del Antiguo Testamento. En la a los Hebreos, se nos muestra con mayor claridad la continuidad entre la adoración de Israel y nuestra propia adoración cristiana. Aunque también se demuestra claramente que lo antiguo está bien contrastado con el cumplimiento del plan de redención de Cristo, por su muerte y resurrección. Aquellos elementos de la adoración en la sinagoga que no reflejaban a Cristo como el y único y suficiente salvador, fueron quitados. Por ejemplo, no se encuentra ninguna referencia al uso, en la adoración cristiana, del “shema”, que era una confesión de fe en el Dios Único de Israel, con lo que comenzaba el culto en la sinagoga. Robert Rayburn dice: “El shema enfatizaba el conocimiento formal de Dios a través de señales externas, mientras que Cristo hizo énfasis en la actitud del corazón, advirtiendo el peligro de la mera formalidad y señales externas”.[25]  El “shema” no reflejaba al Dios Trino, que intervino en la historia enviando a Jesucristo como el Salvador y estableciendo su reino, como lo enfatizaban los cristianos primitivos, en el corazón de los hombres. Ellos llamaban al arrepentimiento y fe y a mostrarlo por medio del bautismo; señal externa de algo establecido en el corazón (Hechos 2:38). Por eso la liturgia cristiana fue purgada de los elementos que eran inconsistentes con la plena revelación de Dios en Cristo.

           Por otro lado, es necesario destacar otro aspecto de la adoración en la Iglesia Primitiva que demuestra su sencillez y simpleza, pero también la profunda convicción que la movía a celebrar la nueva vida. Lucas nos dice: “…perseveraban …partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón” (Hechos 2:46). Esto demuestra que vivían bien conscientes del gran cambio que Cristo había obrado en ellos, pero también refleja la búsqueda de algo totalmente distinto a la ley y el ritualismo judío.

        3. Adoración cristiana ¿ sistema o experiencia ?. Aunque la adoración cristiana, como lo hemos visto, tiene sus raíces en las prácticas judías, no podemos decir que los primeros cristianos se aferraron a un sistema específico de adoración. Tres formas litúrgicas se entremezclaron, es decir: la adoración en el Templo, la adoración en la sinagoga y lo que Jones llama “la semiprivada adoración en los hogares y otros lugares…”.[26] Estas formas hicieron de los primeros cristianos un grupo distintivo que celebró la nueva vida en Cristo por medio de elementos litúrgicos que trascendieron un sistema.

           La adoración cristiana es primariamente la celebración de los actos de Dios manifestados en Jesucristo. Sin embargo, si examinamos la relación que tenía Jesús con el Templo, la sinagoga y las demás celebraciones religiosas judías, concluiremos que El no rechazó el sistema. Lucas registra que Jesús iba regularmente a la sinagoga a enseñar y adorar (Lucas 4:16-21). También por los evangelios sabemos que Jesús participó en las fiestas del pueblo judío (Juan 7:2,  10:22). Otros detalles, por ejemplo, de cómo celebró la última cena, son una clara evidencia de que Jesús conocía y apreciaba la mayor fiesta de Israel y sus formas (Mateo 26:1-30, Marcos 14:1-26, Lucas 22:1-23, Juan 13:1-30). En otras palabras “no hubo discontinuidad radical entre la adoración del Antiguo Testamento y la que comenzó en el Nuevo”.[27]

           Por otra parte, Jesús presentó una nueva opción que destruyó algunos elementos de la liturgia antigua. El veía las instituciones de adoración del Antiguo Testamento señalando hacia El. Por ejemplo, la limpieza del Templo tuvo que ver con el punto de vista de Jesús en cuanto a los sacrificios. Se señaló a sí mismo como el culto sacrificial, lo que hizo del rito sacrificial del Templo un acto obsoleto. También le señaló a los fariseos que le increpaban acerca del día de reposo que “uno mayor que el templo” estaba allí (Mateo 12:6). Todo eso muestra que Jesús asumió el derecho de “reinterpretar” las costumbres de adoración judías. De esta manera El preparó el camino para cambios significantes que habían de ocurrir en la adoración y que observamos en los primeros cristianos. La práctica cultual fue desarrollándose en una adoración que describía el cumplimiento del Antiguo Testamento en Jesucristo.

           La adoración cristiana se desarrolló no rivalizando con lo antiguo, sino más bien manifestando la vida nueva, con los elementos litúrgicos que ayudarían a una celebración concordante con la obra de Dios en Cristo. La experiencia de celebración del Cristo victorioso y resucitado no pudo ser encasillada en un sólo sistema litúrgico realizado en un lugar específico. Las implicaciones de la nueva concepción u opción por la presencia de Cristo son tremendas, pues ahora se puede adorar a Dios en cualquier lugar y no solamente en el Templo o sinagoga. Su presencia es respaldada por la Palabra: “Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre allí estoy yo en medio de ellos” (Mateo 18:20). La adoración pues, no es sólo un sistema o una experiencia. Es en realidad una profunda experiencia espiritual, que en parte sistematizamos con elementos que nos ayudan a revitalizar continuamente esa experiencia.

            En la mayoría de las iglesias bautistas existe un fervor y entusiasmo creciente en cuanto a la expresión de la adoración. Es de esperar que durante este tiempo de transición y búsqueda se pueda, por lo menos, lograr dos cosas: 1) un equilibrio en los estilos y formas de adoración, donde todos se beneficien y 2) descubrir que la riqueza de la adoración no está en quitar o sacar algo de una liturgia determinada, ni en imitaciones superficiales de liturgia. La evidencia de la presencia de Dios y del Espíritu Santo en la adoración está en la transformación del ser humano que ocurre por una práctica cultual, servicio y compromiso que se hace realidad después de adorar. Más allá de las formas y estilos confiamos que este entusiasmo sea el resultado de lo que se vive. Que sea respuesta honesta al Dios que ha impactado la vida.

             Vivir una experiencia de adoración, tradicional o contemporánea, balanceada o “libre”, no importa; lo que importa es que ésta exprese claramente al mundo, no un estilo o forma, sino una relación real, viva, bíblicamente fundamentada con el Dios a quien se adora y que el ser humano sigue necesitando.

[1] Este trabajo fue presentado en el Congreso Bautista de Adoración, Denia, España (Agosto17-19,2001), organizado por la UEBE (Unión Evangélica Bautista Española) y la BWA (Alianza Mundial Bautista). El autor es argentino, pastor Bautista ordenado. Es actualmente el  Ministro de Recursos para los Ministerios Hispanos en American Baptist Churches of the Pacific Southwest, Covina, California, Estados Unidos. También es Adjunct Professor en Azusa Pacific University, California.

[2] W. T. Conner, El Evangelio de la Redención, Casa  Bautista de Publicaciones, El Paso, TX, traducido por  Lemuel C. Quarles, sin fecha, pág. 300

[3] Para las citas bíblicas indicadas en este proyecto, se  usará la Biblia de Referencia Thompson, revisión 1960 de la versión                                 Reina-Valera. En caso de una referencia de otra versión, se hará la mención correspondiente.

[4] W. T. Conner, Op. Cit., pág. 301

[5] G. Thomas Albrooks, The Comp;lete Library of Christian Worship, Vol.2, Twenty Centuries of Christian Worship, Robert E. Weeber, Editor, Star Song Publishing Group, Nashville, TN, 1994, Pag. 293

[6] C. Peter Wagner, ¡Terremoto en la Iglesia!, Editorial Betania, Nasville, TN, 2000, Pag.158

[7] Samuel Escobar, Ponencia: “Formas históricas de renovación y alabanza”, Niteroi, Brasil. Marzo 15-18, 2000

[8] En el Nuevo Testamento nos encontramos ante el comienzo de un largo proceso. La adoración cristiana se fue desarrollando y creciendo a través de los siglos en y/o como respuesta a toda clase de estímulos y presiones. Por ejemplo el “símbolo de la ”, es adoptado allá  por el cuarto siglo por la influencia de Constantino. Los edificios de iglesias se originaron entre el III y IV Siglo. Las iglesias del Nuevo Testamento se localizaban en las “casas” (Col. 4:15, 16; 1 Cor. 16:19; Filemón 2). Los líderes de alabanza y adoración se conocen en el N.T. por deducción (Fil. 1:1; 1 Tes. 5:12; Heb. 13:17).

[9] En el libro “Hacia una  Teología de la Evangelización”, varios autores, editado por el Dr. Orlando Costas, se encuentra un exahutivo estudio acerca de la función sacerdotal de la Iglesia. Editorial Caribe, 1984, Pag. 140

[10] Carlos Valle, Culto: Crítica… Op. Cit., pág. 22

[11] Conceptos Fundamentales de Teología, varios autores,   Ediciones Sígueme, Salamanca, España, 1976, pág. 919

[12] Ibid., pág. 918

[13] Ibid., pág. 919

[14] El culto de la Iglesia substituye al culto que el mundo, en virtud de su creación, ha sido llamado a rendir  al  creador. Génesis establece claramente el llamamiento liitúrgico del ser humano (y del resto de la creación). Dios, al crear al mundo, lo convoca para que conducido y ofrecido por el ser humano, se realice y encuentre paz celebrando a Dios y conociendo su reposo (Gen. 1:1-2:4)

[15] Juan Martín Velasco, La Religión en Nuestro Tiempo, Verdad e Imagen, Ediciones Sígueme, Salamanca, España,   1978, pág. 43

[16] Ronald A. Ward, Diccionario de la Teología Práctica:    Culto, Editorial T.E.L.L., Grand Rapids, Michigan, 1977,  pág. 3

[17] Ibid., pág. 3

[18] Orlando Costas, “El Culto en su Perspectiva Teológica”, Seminario Bíblico Latinoamericano, San José, Costa Rica, 1971, mimeografiado, 22 págs., pág. 3

[19] Aunque cada comunidad eclesiástica elige sus propias  formas litúrgicas, estos elementos y algunos otros como los bautismos y la música le dan carácter de homogeneidad al culto evangélico.

[20] W. E. Vine, Expository Dictionary of Old and New  Testament Words, Revell Co., New Jersey, 1981

[1][21] Robert G. Rayburn, O Come, Let Us Worship, Baker Books,  Grand Rapids, Michigan, 1980, pág. 23

[1][22] Donald P. Hustad, Jubilate ! Church Music in the  Evangelical Tradition, Hope Publishing Co., Carol  Stream, IL, 1981, pág. 64

[1][23] W. T. Conner, Op. Cit., pág. 302

[1][24] Robert G. Rayburn, Op. Cit., pág. 18

[1][25].  Ibid., pág. 79

[26] Ilion T. Jones, A Historical Approach To Evangelical Worship, Abingdon Press, Nashville,  TN, 1954, pág 61

[1][27] Franklin M. Segler, Christian Worship: Its Theology and Practice, Broadman Press, Nashville, TN, 1967, pág. 24

http://www.convencionbautista.com/dr__darino.htm


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