Las tentaciones de los justos

tentaciones de los justos(The Temptations of the Righteous)
Por David Wilkerson
25 de septiembre de 2000

“Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo.” (Mateo 4:1). Qué versículo increíble. Mateo audazmente dice que el Espíritu de llevó a a una experiencia en el desierto donde tendría que sufrir severas tentaciones.

Aun más asombroso, este verso directamente sigue una escena de gran gloria. Jesús recién había sido bautizado en el Jordán. Cuando él salió del agua, los cielos se abrieron, y el Espíritu descendió como una paloma y descansó sobre su hombro. Entonces una voz del cielo declaró: “Éste es mi Hijo amado en quien tengo complacencia” (Mateo 3:17).

Quizás estas pensando: Si Dios estuviera tan contento con Jesús, diciéndole a todo el mundo que éste era su Hijo amado, ¿por qué entonces llevó a Cristo a una experiencia en el desierto?

Permíteme recordarte que Jesús es el modelo para nuestras vidas como creyentes. Juan escribe: “como él es, así somos nosotros en este mundo.” (1 Juan 4:17). Es más, Cristo fue “tentado en todo según nuestra semejanza.” (Hebreos 4:15). El mensaje de la Escritura es claro: Todos los que están en Cristo–el “amado” de Dios, sobre quien su Espíritu descansa–sufrirá una experiencia de prueba en el desierto, así como Jesús. Y esa experiencia estará acompañada por tentaciones satánicas.

Nota — este principio no aplica a los creyentes de tibio o frío. Tales pruebas vienen solamente a aquellos que caminan en el Espíritu y en comunión con el Señor. De hecho, mientras mayor es la pasión de una persona por Jesús, más intensas serán sus pruebas en el desierto.

Aún, cuando el Espíritu Santo nos lleva al desierto, Dios tiene un propósito eterno en mente para nosotros. No te equivoques, sin embargo– Dios no nos tienta. Es el diablo quien tienta: “Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie.” (Santiago 1:13).

Para descubrir el propósito de Dios para nosotros en nuestras pruebas en el desierto, necesitamos examinar la experiencia de Cristo. Fuera del desierto, las multitudes enfrentaron sus propias tentaciones. Estas tentaciones eran bajas, tenían que ver con la codicia, el adulterio, la violencia, el robo, la bebida, las apuestas. Esas personas vivieron en un plano más bajo en todo sentido.

Y Jesús estuvo por encima de todo. Él no sería tentado por tal totalidad de pecado. Porque él era justo, amado, escogido, sus tentaciones vendrían a un nivel más alto. Serían más profundas, misteriosas, e intensas que los pecados bajos de la . Sus tentaciones estarían en el reino espiritual–y tendrían consecuencias eternas.

Lo mismo es verdad para nosotros hoy. Una persona verdaderamente espiritual no es tentada a lo largo de la totalidad de la carne. Por ejemplo, él no sería tentado a salir furtivamente a un bar para beber probablemente, o para alquilar un cuarto de hotel para fornicar con una prostituta, o para desear a la esposa de otro . Ni habría él considerado alguna vez las apuestas, el uso de drogas o maldecir.
Al contrario, su deseo diario es estar más cerca del Señor. Él hace a Jesús Señor de toda su vida–devorando la Palabra de Dios diariamente, buscándole en oración, su alma llora: “Señor, quiero ir más profundo contigo. Quiero caminar más cerca de ti que nunca.”

¿Esto te describe a ti? En ese caso, tus tentaciones serán más como las del tipo que Cristo soportó. Tendrán que ver con tu obediencia a Dios, y con tu dependencia en su Palabra. Y Satanás hará todo lo que esté a su alcance para tentarte. Él quiere separarte del destino de Dios para ti. Él intentará minar tu llamado, robar tu , y convencerte de que la aprobación y bendición de Dios en tu vida es mentira.

1. Después de cuarenta días y noches de
ayuno, Jesús tuvo hambre.

En un momento cuando Jesús estaba físicamente vulnerable, el diablo trajo su primera tentación. La Escritura dice de Cristo: “Y después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, tuvo hambre. Y vino a él el tentador, y le dijo: Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan” (Mateo 4:2, 3).

No hay ningún pecado en estar hambriento. Así que, ¿Cuál es el aquí? Satanás estaba desafiando a Jesús: “Si eres totalmente Dios, entonces tienes el poder de Dios en ti. Y ahora mismo, estás en una posición difícil. ¿Por qué no usas el poder que Dios te dio para librarte a ti mismo? ¿No te dio ese poder para ver si tú lo usarías apropiadamente?

“Tú no hiciste nada para estar en esta circunstancia de prueba. Y tú sabes que a Dios no le gusta ver a sus hijos sufrir. Así que, no tienes necesidad de soportar otra hora de esto. Y no hay nada malo con satisfacer tu propia necesidad. Simplemente di la palabra, y ordena salir de esto.”

Aquí está una de las tentaciones más insidiosas que enfrentan las personas verdaderamente piadosas. Como tu ejemplo, Jesús, tu tienes una pasión por Dios. Has dispuesto tu corazón para estar rendido totalmente a él. Entonces el Señor te lleva a una experiencia en el desierto–y soportas un período largo de prueba y sequedad. Después de un momento, las preguntas se levantan. Comienzas a perder tu rumbo, preguntándote por los propósitos eternos de Dios en tu vida. Y mientras tratas de orar y ganar la victoria, las tentaciones de Satanás parecen más feroces que nunca.

Ésta fue la experiencia de David. El Espíritu Santo llevó a este hombre piadoso a una prolongada experiencia en el desierto. Con el tiempo David llegó a estar tan descorazonado, que pensó que el mundo entero se había vuelto loco. Él clamó: “se acabaron los piadosos… han desaparecido los fieles de entre los hijos de los hombres.” (Salmo 12:1). “Habla mentira cada uno con su prójimo… Hablan con… doblez de corazón.” (12:2).

David estuvo en dolor por un largo tiempo, comenzó a moverse en el espiral de la desesperación. Él dijo “Con tristezas en mi corazón cada día” (ver Salmo 13:2). Y se preguntaba cuándo iba a terminar: “¿Hasta cuándo, Jehová? ¿Me olvidarás para siempre? ¿Hasta cuándo esconderás tu rostro de mí? ¿Hasta cuándo pondré consejos en mi alma, con tristezas en mi corazón cada día? ¿Hasta cuándo será enaltecido mi enemigo sobre mí?” (13:1-2). Estaba preguntándole a Dios: “¿Por qué tengo que seguir intentando salir de esto solo? No puedo encontrar la causa.”

En el Salmo 35, David habla de una trampa que sus enemigos le habían puesto: “Sean avergonzados y confundidos los que buscan mi vida… Porque sin causa escondieron para mí su red en un hoyo; Sin causa cavaron hoyo para mi alma” (Salmo 35:4,7). ¿Qué es esta trampa oculta?

Es la misma tentación que Satanás lanzó a Jesús. El enemigo quiere que actúes independientemente del Padre. Cuando estás en medio de tu prueba, el diablo dice: “Tu sufrimiento no es de Dios. No tienes que pasar por esto. Tienes el poder de Dios en ti, a través del Espíritu Santo. Así que no tienes que aguantar esto otro día más. Di la palabra–libérate de tus profundas perturbaciones. Satisface tu propia hambre.”

El primer esquema de Satanás fue crear una falla en el poder. Estaba esperando que Dios no honraría el clamor de Jesús por pan, si él debía pedir. Si el poder celestial fallaba, entonces Cristo podría dudar de su divinidad y apartarse de su propósito eterno en la tierra.
Segundo, Satanás sabía que Jesús fue enviado a hacer tan sólo lo que el Padre le dijera. Así que trató de convencer a Cristo a desobedecer aquí para su propio bienestar. De esa forma, si Jesús usaba su poder ahora para evitar el sufrimiento, podría hacer lo mismo después para evitar la cruz.

El diablo ha usado esta misma tentación en multitudes de seguidores de Cristo. Tales creyentes una vez tuvieron una verdadera hambre de Dios. Eran ungidos, llenos de oración, y llenos del poder del Espíritu Santo. Pero entonces fueron llevados a un desierto de sufrimiento, necesidad y desesperación. Y Satanás les tentó a dudar que su prueba era dirigida por Dios, y usar el poder de Dios para salvarse a sí mismos.

El enemigo susurró: “Estás cansado de todos estos problemas financieros. Y Dios no está contestando ningunas de tus oraciones. Todos los días, te desesperas por lo que esta te prueba te ha traído a ti y a tu familia. Y ahora no puedes soportarlo más.”

“Tienes la Palabra de Dios en tu corazón. Y él te ha dado poder a través del Espíritu Santo. ¿Por qué no ejerces ese poder para terminar con este sufrimiento? Descansa en la promesa de Dios, y habla para salir de esta prueba, ahora mismo. Es por una buena causa.”

Creyeron la mentira de Satanás. Y buscaron descansar en una sola promesa de liberación, para tratar de terminar con su sufrimiento. Dejaron de confiar, y en cambio comenzaron a “ordenar” a las finanzas a llegar a su . Pero sus órdenes no fueron validadas por el Espíritu Santo–y sus planes fallaron.

Así que tomaron el asunto en sus propias manos. Sobrepasaron el límite en sus tarjetas de crédito y tomaron préstamos. Contrajeron deudas profundas, mientras alardeaban: “Dios está bendiciéndome.” Pero con el tiempo, todo se estrelló Ahí fue cuando se amargaron. Finalmente, perdieron interés en la Palabra de Dios y se descarriaron. He sido testigo de esto una y otra vez.

Estas personas terminaron abortando el plan de Dios para su prueba. El Señor había deseado traerles a una total dependencia y confianza en él. Él quiso que la prueba les despojara de toda confianza en el hombre y en sus propias habilidades. Él también quiso producir en ellos una compasión como la de Cristo por otros en pruebas similares. La Escritura dice que éstos eran los propósitos de Dios para con su propio hijo: “Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia” (Hebreos 5:8). “Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados.” (2:18).

Entonces, ¿cómo respondió Jesús a la tentación del diablo? “Él respondió y dijo: Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mateo 4:4). Cristo dijo, en esencia: “Mi venida a la tierra no es por mis necesidades, heridas o descanso físico. Vine a dar a la humanidad–no a salvarme a mí mismo.”

Incluso en la plenitud de su sufrimiento, Jesús no perdió de vista su propósito eterno. Y si nuestro Señor aprendió dependencia y compasión a través de una experiencia en el desierto, así será con nosotros también. De hecho, los creyentes que yo conozco, que tienen la verdadera compasión de Cristo son aquellos que han soportado el sufrimiento y han salido con un testimonio de la fidelidad de Dios. Pueden decir con Pablo: “yo traigo en mi cuerpo las marcas del Señor Jesús” (Gálatas 6:17).

2. En segundo , Satanás llevó a
Jesús al pináculo del templo.

Cuando Jesús estaba de pie en el punto más alto del templo, Satanás le susurró: “Adelante–salta. Si realmente eres el hijo de Dios, él te salvará. Su Palabra dice que los ángeles acampan alrededor tuyo para protegerte, así que, nunca sufrirás heridas” (Mateo 4:5,6).

¿Ves la desviación de Satanás en esto? Él aisló una simple promesa de la Escritura–y tentó a Jesús para lanzar su vida entera sobre ella. Él estaba sugiriendo: “Dices que Dios está contigo. Bien, pruébalo. Tu Padre ya me ha permitido molestarte. ¿Dónde estaba su presencia en eso? Puedes probar que él está ahora mismo contigo saltando. Si Dios está contigo, proporcionará un aterrizaje suave. Entonces puedes basar tu confianza en eso. Si no, es mejor que mueras que seguir preguntándote si estás por tu cuenta. Necesitas un milagro para demostrar que el Padre está contigo.”

Una vez más, David soportó una prueba similar. Él había testificado al mundo de la fidelidad de Dios para con él. Aún ahora mismo David se encontraba en un hoyo de desesperación. Y Satanás vino a él con burlas acusadoras: “Mírate. Estás derribado, y ni siquiera sabes por qué. Dices que Dios es fiel, y sin embargo, estás espiritualmente seco. Oras mañana, mediodía y noche. Pero todos los días te levantas con un anhelo inexplicable, desconocido. ¿Dónde está Dios en todo esto?”

David clamó: “Mis enemigos me afrentan, diciéndome cada día: ¿Dónde está tu Dios?” (Salmo 42:10). Entonces agregó estas palabras a su lamento: “Mira, respóndeme, oh Jehová Dios mío; Alumbra mis ojos, para que no duerma de muerte; Para que no diga mi enemigo: Lo vencí. Mis enemigos se alegrarían, si yo resbalara” (13:3-4).

La batalla que rugía en la mente de David es común a todas las personas piadosas. A veces Dios parece callado. Podemos encontrarnos en luchas que no entendemos. Como David, lloramos: “¿Cuánto tiempo, Señor? ¿Cuándo me mostrarás que estás conmigo? Por favor, dame una señal, una prueba del bien.”

A estas alturas, puedes preguntarte: ¿Qué hay de malo en confiar en las promesas de Dios? La Biblia dice que todas las promesas de Dios son ‘sí y amén’ para aquellos que creen” (vea 2 1:20). De hecho, somos libertados por las promesas fieles de nuestro Señor.

Pero existe un serio peligro para cualquiera que saca un versículo del resto de la Escritura y coloca su fe entera en él. Permíteme darte un ejemplo. Conozco una mujer que estaba desesperada totalmente por sus finanzas. Necesitaba una serie de milagros para sobrevivir. Así que puso toda su fe en una sola promesa bíblica: “Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde.” (Malaquías 3:10).

Esta mujer se lanzó del templo y descubrió que no había ninguna red. El diablo tuvo éxito destruyendo su fe. ¿Cómo? La convenció para que ignorara el consejo completo de la Escritura.

Sí, Dios promete abrir el cielo a los dadores. Pero él también requiere una cierta condición del corazón de aquellos que diezman: “Si los cielos se cerraren y no hubiere lluvias, por haber pecado contra ti” (2 Crónicas 6:26). Esta mujer nunca trató con otros pasajes que requieren su necesidad de perdonar. Albergó envidia y celos en su corazón.

La mayoría de la falsa doctrina, error y sectas religiosas salen de tales intentos desviados. Cuando las personas intentan aislar una promesa de la Escritura, quieren obligar a Dios a que demuestre ser fiel a esa promesa. Sin embargo, ignoran lo que el resto de la Escritura demanda y las condiciones requeridas. Ésta es la razón de la respuesta previa de Jesús a Satanás: Él respondió y dijo: Escrito está: “No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mateo 4:4).

Ahora, en el techo del templo, encuentro profundo que Dios permitiera que su Hijo fuera llevado a tal peligroso punto de decisión. Y, porque Jesús era totalmente humano así como totalmente Dios, debe haber tenido preguntas. ¿Preguntó: “Padre, sé que me has llamado a entregar mi vida? Y lo acepto alegremente. Pero, ¿dónde estás en todo esto? ¿Por qué me has permitido estar puesto en tal prueba?”

¿Cómo respondió Jesús? Declaró: “Escrito está también: No tentarás al Señor tu Dios” (Mateo 4:7). ¿Qué exactamente Jesús quiere decir aquí por “tentar a Dios?”

El antiguo Israel es un ejemplo. Diez veces el Señor se mostró fiel a los israelitas, el pueblo de Dios recibió pruebas visibles de que su Señor estaba con ellos. Sin embargo, todas las veces, el pueblo hizo la misma pregunta: “¿Está Dios entre nosotros o no?” Dios llama a esto “tentarle”. Si Dios lo hubiera permitido, no habría fin a su búsqueda de “pruebas.”

Ahora Jesús usa esta misma frase –“tentar a Dios”– en su respuesta a Satanás. ¿Qué nos dice esto? Nos muestra que es un grave pecado dudar de la presencia de Dios, no debemos preguntar si él está con nosotros.

Muy a menudo, todos los cristianos ponen a Dios a prueba en sus experiencias del desierto. Dicen: “Señor, no puedo seguir a menos que me des evidencia de que estás conmigo. Satanás está acusándome, y no puedo dejar de sentir que él tiene la ventaja. ¿Estás conmigo o no? Si no me libras pronto, o me das una señal de tu bendición, dejaré la lucha.”

Sin embargo, como con Israel, Dios ya nos ha dado un cuerpo entero de evidencias. Primero, tenemos en su Palabra múltiples promesas de su cercanía. Segundo, tenemos nuestra propia historia personal con Dios–un testimonio de sus muchas liberaciones pasadas en nuestra vida. Tercero, tenemos una Biblia llena de testimonios de la presencia de Dios en siglos pasados de pruebas y penalidades. Sin duda, nuestro Señor se ha mostrado a nosotros una y otra vez. Pero todavía exigimos evidencias físicas–con condiciones.

La Biblia es clara: debemos caminar con Dios por fe y no por vista. De otra manera, terminaremos como la infiel Israel.

3. Jesús fue llevado a lo alto de la montaña desde
donde se le mostraron los reinos de este mundo.

En la montaña, Satanás tentó a Jesús con esta oferta: “Todo esto te daré, si postrado me adorares” (Mateo 4:9). Esto suena tan extraño, tan ridículo: ¿Cómo podría ser considerada una tentación? ¿Satanás creyó que Jesús realmente sería tentado por esto?

Créalo o no, esta era una poderosa e incitante oferta. Satanás estaba desafiando a Jesús, diciendo: “Dios te ha llamado a entregar tu vida por un mundo perdido. Y has venido a libertar de mis manos a los prisioneros. Jesús, te digo, puedes lograr todo eso ahora mismo, en un instante.

“Te prometo que si te postras simplemente bajo mis pies, en un sencillo acto de adoración, dejaré la pelea. Entregaré todo mi poder sobre estos reinos. No poseeré o esclavizaré a nadie más. No más esclavitud demoníaca, no más hostilidad de mis principados y potestades. Sé que amas a la humanidad lo suficiente como para ser maldito por Dios por su causa. Así que, ¿por qué esperar? Puedes sacrificarte ahora mismo, y libertar al mundo desde este mismo momento.”

Esto hace eco de las palabras del apóstol Pablo: “Porque deseara yo mismo ser anatema, separado de Cristo, por amor a mis hermanos, los que son mis parientes según la carne” (Romanos 9:3). Satanás estaba jugando con la compasión humana de Cristo aquí. Estaba tentando a Jesús con una visión de un mundo dónde el diablo renunciaba a su dominio sobre la gente malvada– todo a cambio de un acto.

¿Por qué el diablo estaba dispuesto a renunciar a todo su poder por esto? De nuevo, él estaba tratando de salvar su propio pellejo. Satanás sabía que su destino eterno se sellaría en el Calvario. Así que, si él podía impedir que Jesús fuera a la cruz, podría librarse de ese destino. Y convenciendo a Cristo que rindiera su vida ahora, la cruz nunca podría ocurrir. El diablo estaba diciendo, en esencia: “Sé maldito, Jesús, por salvar el mundo ahora.”

Puedes preguntarte: “¿Cómo puede relacionarse esto conmigo?” Satanás todavía tienta al justo con una oferta similar. Permíteme explicarte.

Primero, Satanás sabe que los creyentes consagrados nunca se postrarían a él en ningún acto de adoración. Así que, en cambio, viene a nosotros con amenazas y acusaciones. Nos dice: “No tienes que adorarme–porque ya tengo acceso a tu carne. Conozco todas tus debilidades y tendencias. He estado nutriéndolas desde que eras un niño. Y puedo llenarte con ellas a mi voluntad.”

No hay ninguna victoria en la cruz para ti. Las promesas del pacto son todas mentiras. Tengo control total de tu naturaleza adámica, tus pecados ocultos. Te lo he demostrado una y otra vez. Sabes que puedo agobiarte cuando quiera, cuando menos lo esperas.

“Así que, sigue adelante y testifica de tu libertad en Cristo. En el momento que cantes tus alabanzas en voz más alta, doblegaré tu mente con el mal. Traeré tu pecado tan poderosamente a ti que, desesperarás por ser libre. Tú eres impotente. Aún ahora cedes ante mi tentación más ligera.”

Conozco ministros que fueron libres de la esclavitud del pecado durante décadas. Entonces, más tarde en su vida, en un momento de gran unción o bendición, su vieja lujuria apareció. El enemigo lo puso ante ellos para tratar de asustarlos y traerles pensamientos de condenación. Esto me ha pasado a veces durante mi ministerio. El enemigo me ha perseguido con malos pensamientos y me ha dicho que el pacto era mentira– que era impotente contra el dominio del pecado, y mi pecado siempre se levantaría sobre mí.

¿Cómo respondemos a las acusaciones de Satanás? “Resistid al diablo, y huirá de vosotros” (Santiago 4:7). No importa cuántas tentaciones Satanás te lance. No necesitas temer ningún pecado del pasado. Si la sangre de Cristo lo ha cubierto, entonces el diablo no puede hacer nada para separarte del Padre.
Claro, siempre enfrentarás sorpresas repentinas de pecado. Pero el Espíritu Santo es fiel para exterminar todas esas viejas lujurias mientras clamamos a él para mortificarlas. Él no permitirá que nos destruyan. Las promesas del pacto de Dios nos libertan del poder y del dominio del pecado.

4. El diablo le dejó y los ángeles le ministraron.

Suponte que vino a Jesús en día cuarenta y uno–el día siguiente de su tentación en el desierto. Su cara está brillando, porque los ángeles han refrescado su espíritu. Él se está regocijando, alabando al Padre, porque ha ganado una gran victoria. Él ha vencido las tentaciones del enemigo.

Ves a Jesús irradiando vida y confianza. Ahora está listo para enfrentar los poderes de infierno. Así que se prepara audazmente hacia las grandes ciudades que están en tinieblas. Predica el evangelio, seguro de la Palabra de Dios. Y sana a los enfermos, sabiendo que su Padre está con él.

Ahora, cuando examinas tu propia vida, ves justamente lo contrario. Todavía estás enfrentando tu propia experiencia de sequedad en el desierto. Has soportado los fieros ataques de Satanás, y tu alma está postrada. No puedes dejar de pensar: “Jesús nunca pasó por pruebas como las mías. Él estaba por encima de todo esto.”

Vas a la iglesia con este marco en tu mente–tentado, probado, desesperado. Ahora ante ti está de pie tu pastor–un hombre que parece fuerte en la fe. Parece tan seguro de la presencia de Dios, como si hubiera sido visitado por el ministerio de los ángeles. Tú piensas: “Él nunca ha tenido problemas como los míos.”

Si sólo supieras. No estabas allí cuando Dios llamó a este hombre a predicar. El Espíritu Santo le dio un llamamiento glorioso–e inmediatamente lo llevó a un desierto para ser tentado penosamente. No sabes nada de esos días, semanas y meses que él fue plagado por un hambre profunda por Dios que no fue saciada. Nunca has experimentado las mentiras que Satanás puso en su mente, los malos pensamientos que le han presionado a veces. No estabas allí en los días que fue reducido a nada, postrado en desesperación. Y no te das cuenta que a menudo sus mejores sermones han salido de las pruebas de su propia vida.

Pablo nos advierte de no medir nuestra justicia por lo que pensamos de los otros: “Porque no nos atrevemos a contarnos ni a compararnos con algunos que se alaban a sí mismos; pero ellos, midiéndose a sí mismos por sí mismos, y comparándose consigo mismos, no son juiciosos.” (2 Corintios 10:12).
No podemos leer los corazones de otros. ¿Quién habría imaginado que en el día cuarenta y uno Jesús había salido de una larga y horrible tentación? ¿Quién habría imaginado que la gloria que vieron en él salió de la peor lucha que cualquiera podría soportar?

Debemos mirar sólo a Jesús. Y debemos confiar sólo en su justicia, su santidad. Él nos ha dado a todos igual acceso a esto.

Dios te ama en tus tiempos de prueba. Su propio Espíritu te ha llevado al desierto. Aún su propio Hijo ha estado allí–y él sabe exactamente por lo que estás pasando. Déjale completar su obra de formar en ti la dependencia y confianza absoluta en él. Saldrás con confianza–y compasión piadosa y fortaleza para ayudar otros.

Deja un comentario

Tu email nunca se publicará.

MaranataCubaTV

Ya estamos en Youtube, únete al canal