Martín Lutero, Su vida y Obra

 

El Justo por su fe vivirá –Rom. 1:17

Datos biográficos de Martín Lutero

 

1483 Nace Martín Lutero el 10 de Noviembre en Eisleben.
1501/05 Estudios en Erfurt.
1505 Ingreso en el convento de agustinos en Erfurt.
1507 Ordenación sacerdotal
1510/11 Viaje a Roma.
1512 Doctorado en Teología; profesor en Witenberg.
1516 Editado por Erasmo, aparece en Basilea el primer Nuevo Testamento griego impreso.
1517 Las Noventa y cinco tesis (31 de Octubre); comienzo de la discusión sobre las indulgencias.
1518 Lutero ante el Cardenal Cayetano en Augsburgo.
1519 Gran discusión en Leipzing con el profesor Eck-Ingolstadt.
1520 Bula con la amenaza de excomunión “Exsurge Domine”, lutero quema la bula públicamente el 10 de diciembre.
1521 Dieta de Worms, orden de destierro a Lutero; Lutero en Wartburg hasta 1522.
1522 Desórdenes en Wittenberg (iconoclastas), aparece en septiembre el Nuevo Testamento traducido al alemán por Lutero.
1524 La Dieta de Nurenberg acuerda celebrar un concilio nacional, que el emperador Carlos V prohibe.
1525 Guerra de los campesinos. Muere el príncipe Federico el Sabio, protector de Lutero.     Matrimonio de Lutero con Katherin von Bora.
1529 Conversación religiosa de Lutero con Zwinglio en Marbur/Lahn.
1530 Dieta de Augsburgo; “Connfesio Augusta” (Confesión de Augsburgo) Lutero en la fortaleza de               Caburgo.
1531 Unión de los príncipes protestantes en la Liga de Esmalcalda, que duró hasta 1546.
1534 Lutero termina su traducción de la .
1540 Aprobación por el Papa Pablo III de la Orden de los Jesuitas; la orden se dedicó especialmente a perseguir a los herejes.
1541 Fundación del Estado Eclesiástico de Ginebra por el Reformador Juan Calvino (1509-1564)
1545 Convocatoria del Concilio de Trento, que duró hasta 1563 y formuló la contratesis a la Reforma.
1546 Muere Martín Lutero en Eisleben el 18 de Febrero.

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Nacimiento, infancia y juventud de Lutero

LutherEl 10 de Noviembre de 1483, a las once de la noche, en Eisleben dio a luz Margarita Ziegler, esposa de Juan Lutero, minero de Moehra, un niño que fue bautizado al día siguiente en la iglesia de San Pedro del mismo pueblo, y recibió el nombre de Martín. Nació el pequeño Martín en circunstancias especiales porque habían ido sus padres a Eisleben poco antes de que viniera al mundo tal hijo. La humilde casa en que nació, se ve aún hoy en Eisleben. Sobre la puerta hay un busto del Reformador, alrededor del cual se lee la inscripción siguiente:

 La palabra de Dios es la enseñanza de Lutero: por eso no perecerá jamás

 Hoy se emplea dicha casa como escuela para los pobres de Eisleben; en ninguna parte mejor podía y debía establecerse un centro de enseñanza, que allí donde nació el que más tar­de, con su reforma, había de dar tanto impulso a la ciencia, y especialmente a la pedagogía.

 Cuando en este edificio tan sencillo, y en la hora silenciosa de la media noche, la pobre dio a luz aquella criatura, ¿quién hubiera pensado entonces que este niño, hijo de padres tan pobres, habría de libertar un día a más de la mitad del mundo, de las tinieblas en que estaba sumergido, y con el poder de la Palabra de Dios haría vacilar el trono de los papas? Pero éste es el camino ordinario de la Providencia: los prin­cipios y los instrumentos son muy humildes, pero el fin es glorioso. Dios, para hacer grandes cosas, se sirve generalmente de hombres humil­des y de poca nombradía. El reformador de Sui­za, Zuinglio, nació en la choza de un pastor de los Alpes; Melanchton, el teólogo de la Reforma, en la tienda de un armero, y Lutero en la choza de un minero pobre.

 Su padre, que era natural de Moehra, pequeño pueblo de Turingia, trasladó, medio año después del nacimiento de Martín, su domicilio a Mans­feld, tres horas distante de Eisleben. Allí, en un hermoso valle donde serpentea el río Wipper, se deslizó también suavemente la infancia de Lutero; allí recibió la primera instrucción. Al principio, sus padres se encontraron en tal esta­do de pobreza que la madre recogía leña y la llevaba a las espaldas para venderla y poder ayudar al sostén de sus hijos. El pequeño Martín la acompañaba muchas veces, y ayudaba en esta humilde faena. Pero poco a poco mejoraron las circunstancias. Dios bendijo el trabajo del padre de manera que más tarde llegó a tomar en arriendo dos hornos de fundición en Mansfeld; y ya en 1491 le eligieron sus conciudadanos con­cejal del Ayuntamiento.

 Hallándose Juan Lutero en esta posición más desahogada, tuvo ocasión de cultivar la amistad de los que entonces eran tenidos por sabios, los eclesiásticos y maestros, a quienes con frecuen­cia convidaba a su mesa, y con quienes conver­saba sobre las cosas del saber humano. Tal vez estas conversaciones, oídas por Martín desde sus más tiernos años, excitaron en su corazón la ambición gloriosa de llegar algún día a ser un hombre docto.

 Como personas piadosas, educaron los padres a Martín desde la niñez en el santo temor de Dios; usaban con él, al estilo de aquellos tiem­pos, de bastante severidad, en términos que le tenían muy amedrentado. El mismo dice: Mi padre me castigó un día de un modo tan violen­to, que huí de él, y no quise volver hasta que me trató con más benignidad. Y mi madre me pegó una vez por causa tan leve como una nuez, hasta hacer correr la sangre.

 A pesar de esta severidad de sus padres, Lutero los tuvo siempre en la mayor estima porque sabía que habían procurado sólo su bien. Melachton dice de la madre de Lutero que era una, a la cual todas las otras podían y debían tomar como ejemplo y dechado de virtud. Martín dedicó más tarde a su padre un libro sobre la ‘disciplina de los conventos’, y quiso perpetuar la memoria de sus padres poniendo sus nombres en el formulario de matrimonio bajo la fórmula: «Juan, ¿quieres tomar a Margarita por tu esposa legítima?», dando así un testimonio público de su amor filial. El padre murió el 29 de Mayo de 1530, y Lutero se entristeció mucho de su . Estaba a la sazón ausente de Wittemberg en el Castillo de Coburgo, donde permaneció mientras se celebraba la dieta de Augsburgo; y su esposa Catalina le envió entonces, para consolarle, el retrato de su pequeña hijita, Magdalena, la cual murió pocos años después. Margarita no pudo sobrevivir mucho tiempo a la pérdida de su . Un año después pasó ella también a la patria mejor. Su gran hijo estaba a la hora de su muerte también lejos de ella; trabajos importantes le impedían hacer un viaje largo para acudir al lado de su querida madre; pero no por eso olvidó sus deberes de hijo. Cuando tuvo noticia de la enfermedad de su madre y comprendió que seria la última, quiso consolarla por una carta, ya que no le era posible hacerlo de palabra.

Hemos querido insertar íntegra esta carta, que se ha conservado providencialmente entre sus obras, porque en ella se revelan los sentimientos de aquel hombre a quien sus adversarios pintan con los rasgos y colores de un monstruo.

Mi querida madre:

He recibido la carta de mi hermano Jacobo sobre vuestra enfermedad, y en verdad siento mucho no poder estar con vos personalmente, como son mis deseos. Dios, Padre de todo consuelo, os dé por su santa palabra y su Espíritu una fe firme, gozosa y agradecida, para que podáis vencer esta necesidad, como todas, con bendición, y gustar y experimentar que es mucha verdad lo que él mismo dice: “Confiad, porque yo he vencido al mundo.” Yo recomiendo vuestro cuerpo y alma a su misericordia. Amén. Piden por vos todos vuestros nietos y mi Catalina. Unos lloran, otros cuando están comiendo dicen: la abuela está muy enferma. La gracia de Dios sea con vos y con nosotros. Amén. El sábado después de la Ascensión, 1531. Vuestro querido hijo,                                                                                                                                                                                                   Doctor Martín Lutero.

Confiando firmemente en esta misericordia divina a cuyas manos el hijo lejano la había encomendado, partió de este mundo. El mismo pastor de Eisleben, que había oído de los desfallecidos labios de los padres de Lutero la confesión de su fe; que había dado la última bendición, tanto a Margarita como a su esposo difunto, escuchó también, quince años después como el Reformador moribundo “el querido hombre de Dios” invocaba por última vez el nombre del Señor.

Pero volvamos a la niñez de Lutero.

Cuando llegó a la edad en que debía empezar su instrucción, sus padres invocaron sobre él la bendición de Dios y le enviaron a la escuela. Tampoco allí encontró una disciplina suave ni atractiva. En más de una ocasión su maestro le castigó varias veces en un día, y cuando Lutero lo refiere añade: “Bueno es castigar a los niños, pero es lo principal amarlos”. Sin embargo, sus adelantos en la escuela eran grandes, y pronto aprendió los diez mandamientos, el credo, el padrenuestro, himnos, , oraciones y lo demás que en aquellos tiempos se enseñaba en las escuelas.

El padre de Lutero quería hacer de él un hombre docto, de lo cual el talento singular y la aplicación extraordinaria del muchacho le permitían abrigar esperanzas muy fundadas. Así que cuando Martín cumplió once años su padre le envió a Magdeburgo, donde existía un famoso colegio. Allí empezó el Señor a preparar el espíritu de I.utero para la obra grande a que le tenía destinado. Joven, alegre y vivo, era al mismo tiempo dado a la piedad y a las prácticas religiosas, y frecuentaba con mucho interés, el año irgue permaneció en Magdeburgo, los sermones enérgicos que allí predicaba Andrés Proles, provincial de los agustinos, sobre la necesidad de reformar la religión y la Iglesia. Estos discursos fueron quizá los que sembraron en el ánimo de Lutero las primeras semillas de la idea de la Reforma. Después de haber estudiado allí un año, se trasladó, con el consentimiento de sus padres, a Eisenach, esperando que los parientes de su madre que allí moraban le ayudarían a su sostenimiento.

Los parientes en nada se cuidaron del adolescente; y como su padre era entonces todavía muy pobre, el joven Martín se vio obligado, según las costumbres de aquellos tiempos, a ganar su pan, en unión de otros pobres escolares cantando de puerta en puerta. Y más de una vez los pobres muchachos recibían, en lugar de dinero o pan, malas palabras y reproches. Pero una mujer piadosa y bastante rica, la esposa del ciudadano de Eiscnach, Conrado Cotta, había fijado su atención, ya hacia tiempo en Martín, y le recibió en su casa generosamente, prendada de la piedad que el joven mostraba en sus cantos y oraciones. Las crónicas de Eisenach la llaman la piadosa Sunamita, en recuerdo de la que en antiguos tiempos recogió en su casa al profeta Eliseo. Así pudo Martín dedicarse de lleno al estudio, sin que le distrajeran los cuidados de la vida, y lo hizo con tanta aplicación y celo, que realizó grandes progresos en todas las ciencias. Como la señora de Cotta amaba mucho la música, Martín aprendió a tocar la flauta y el laúd, y la acompañaba cantando con su bella voz de contralto.

Andando los tiempos, cuando un hijo de Conrado Cotta fue a estudiar a la Universidad de Wittemberg, siendo ya Lutero un doctor renombrado, éste le sentó a su mesa, acordándose y agradeciendo de esta manera lo que los padres del estudiante habían hecho con él en su juventud. Recordando muchas veces la caridad de aquella mujer, decía: “Nada hay más dulce en la tierra que el corazón de una mujer en que habita la piedad”. Y hablando sobre los jóvenes, que más tarde, en Alemania, buscaban su sostén de aquella manera, decía: “No despreciéis a los muchachos que piden cantando por las puertas panem propter Deum (pan por amor de Dios); yo también he hecho lo mismo: es verdad que más tarde me ha sostenido mi padre con mucho amor en la Universidad de Erfurt, manteniéndome con el sudor de su rostro; pero como quiera, yo he sido mendigo, y ahora, por medio de mi pluma, he llegado a tal situación, que no quisiera cambiar de fortuna con el mismo gran turco. Hay más: aun cuando amontonasen todos los bienes, no los tomaría a cambio de lo que tengo; pero no hubiera llegado al punto en que me hallo, si no hubiera ido a la escuela y hubiera aprendido a escribir.

En el año 1501, los padres de Martín le enviaron a la Universidad de Erfurt y costearon su carrera con el producto de su trabajo en Mansfeld. Aquí también se aplicó mucho a sus estudios; sus maestros le tenían en mucha estima, y pronto sobrepujó a la mayor parte de sus discípulos. Contaba entonces dieciocho años, y no solamente pensaba en el desarrollo de sus facultades, sino que tenía también muy presente a Aquel de quien viene la fuerza y la bendición para toda obra. Aunque era un joven alegre y jovial, siempre empezaba por las mañanas su trabajo con oraciones fervientes y asistiendo a la iglesia. Toda su vida llevó este refrán como lema: «Haber orado bien, adelanta en más de la mitad el trabajo de estudiar.

Pero Dios tenía reservada una misión especial para aquel joven diligente y piadoso, y pronto empezó a prepararle para ella. El debía abrir al mundo el libro de los libros, la Sagrada Escritura, y el Señor le ayudó para que la conociera pronto. Debe tenerse en cuenta que en aquel tiempo la Biblia era un libro desconocido para el vulgo. Millones y millones de cristianos morían sin haber visto un ejemplar. Las causas eran varias. Apenas se había inventado la imprenta, y en su consecuencia, casi todos los libros eran todavía manuscritos, y el precio de ellos exorbitante. Una Biblia en aquella época costaba una suma casi equivalente a mil pesetas. Otra de las causas era que había muy pocas Biblias escritas en lengua vulgar; la mayor parte lo eran en hebreo, griego y latín. Y aun cuando algunas veces este libro se encontrase escrito en el idioma del país, los fieles, sin embargo, no podían leerlo, porque la Iglesia lo tenía prohibido. No querían los papas que el pobre pueblo, leyendo la Biblia se apercibiese de las enseñanzas erróneas con que se había desfigurado y obscurecido el Evangelio puro y sencillo de Cristo.

Así se comprenderá la alegría que inundó el corazón del joven estudiante, cuando un día revolviendo libros en la biblioteca de la Universidad de Erfurt, se encontró con una Biblia latina. Hasta entonces había creído que los Evangelios y las Epístolas que se leían todos los domingos y días festivos en la iglesia, constituían por sí solos toda la Sagrada Escritura. Ahora abre la Biblia y, ¡oh maravilla!, encuentra tantas páginas, tantos capítulos y libros enteros, de cuya existencia no tenía la más remota idea. Su espíritu se estremeció de placer; estrechó el libro contra su corazón, y con sentimientos que no se pueden imaginar, presa de una excitación indescriptible, lo leyó página por página.

Una de las primeras cosas que llamaron su atención fue la historia de Ana y del joven Samuel (1º Samuel). Su alma se inundó de placer cuando leyó que aquel niño fue dedicado al Señor por toda su vida; cuando saboreó todas las bellezas del cántico de Ana y vio cómo el joven Samuel creció y se educó en el templo ante los ojos de Dios. Toda esta historia inunda su alma de sentimientos hasta entonces desconocidos, cual un descubrimiento nuevo. Su deseo y oración continua era ésta: ¡Ojalá que Dios me deparase un día un libro tan precioso! Desde entonces frecuentó mucho más la biblioteca, para recrear su corazón con el tesoro que allí había encontrado.

¡Altos e inescrutables planes del Señor! Aquel libro, así escondido entre los demás de la biblioteca, fue el que más tarde, vertido por Lutero al alemán, había de formar la lectura cotidiana de todas clases de la sociedad alemana, y esparcir en aquel país y en todo el mundo la luz divina, encendida por Dios mediante los Sagrados escritores, y sacrílegamente ocultada por los llamados vicarios de Jesucristo y sucesores del Pedro.

Poco después contrajo una enfermedad grave y peligrosa, consecuencia de su asiduo trabajo. Ya había hecho testamento y encomendado su alma al Señor, cuando le visitó un viejo sacerdote, que le consoló con las siguientes palabras: Mi querido bachiller, cobra ánimo, porque no morirás de esta enfermedad. Nuestro Dios hará de ti todavía un hombre grande, que dará consuelo a muchísimas almas. Porque Dios pone de vez en cuando su santa cruz sobre los hombros de los que él ama y quiere preparar para su salvación; y si la llevan con paciencia, aprenderán mucho en esta escuela de la cruz, En efecto, Lutero recobró la salud; siguió sus estudios y se graduó en 1505 de doctor en filosofía. Según la voluntad de su padre, debía estudiar también la jurisprudencia.

Pero Dios lo había dispuesto de otro modo. La Biblia, el peligro en que la enfermedad le había puesto, y las palabras del viejo sacerdote habían hecho profunda mella en su corazón, y siempre tenía en la mente aquella antigua pregunta: “¿Qué es lo que debo hacer para ser salvo?” En aquellos tiempos la contestación a tal pregunta, era por lo general, la siguiente: E1 convento con sus oraciones, ayunos, vigilias y otras obras meritorias es el camino más seguro para el cielo. Así, Lutero abrigó por mucho tiempo el deseo de entrar en un convento, para satisfacer de esta manera la voz de su conciencia despierta.

Un día, volviendo de la casa paterna en ‘Mansfeld’ y en el camino, cerca del pueblo de Stotternheim, le sorprendió una tempestad, y un rayo cayó cerca de él, causándole tal impresión que fue aquel uno de los momentos más críticos y decisivos de su vida. Se volvió a Erfurt, agitada su imaginación con pensamientos y dudas acerca de la salvación de su alma.

Sólo un convento podía proporcionarle, según creía, la paz que anhelaba tanto. Su resolución era inquebrantable. Sin embargo, le costaba mucho romper los vínculos que le eran tan caros. A nadie había comunicado su propósito. Una noche convidó a sus amigos de la Universidad a una alegre y frugal cena, en la cual también la música contribuía al solaz de la reunión; era la despedida que Lutero hacia al mundo. Desde hoy en adelante ocuparían los frailes el lugar de aquellos amables compañeros de placer y trabajo; el silencio del claustro substituiría a aquellos entretenimientos alegres y espirituales; los graves tonos de la tranquila Iglesia reemplazarían a aquellos cantos festivos. Dios lo exige, y es preciso sacrificarlo todo por El.

Al fin de la reunión, Lutero, no pudiendo contener los pensamientos graves que ocupaban su alma, descubrió a los amigos atónitos su firme propósito. Estos procuraron disuadirle, pero inútilmente. En la misma noche, tal vez temiendo que otros intentasen detenerle, si supieran su propósito, sale de su cuarto, deja en él toda su ropa, todos sus libros queridos, y se guarda sólo a Virgilio y Plauto, porque no tenía todavía la Biblia; y sin consultar con su padre, en la noche del 17 de Julio de 1505, llama a la puerta del convento de los agustinos en Erfurt. (Su padre no le hubiera permitido ciertamente tal paso; y cuando fue sabedor, estuvo por algún tiempo muy disgustado con su hijo.) La puerta se abre y se cierra tras él, separándole de sus padres, de sus amigos, de todo el mundo; y la tétrica comunidad de los monjes le saluda como hermano. Lutero tenía entonces veintiún años y nueve meses.

Rubianus, uno de los amigos de Lutero en la Universidad de Erfurt, le escribía algún tiempo después “La Providencia divina pensaba en lo que debías ser algún día, cuando a tu regreso de ña casa paterna, el fuego del cielo te derribó, como a otro Pablo cerca de la ciudad de Erfurt, te separó de nuestra sociedad y te condujo a la secta de Agustín”.

Lutero debía conocer por propia experiencia lo que había de reformar más tarde; debía aprender además que las buenas obras no pueden dar al hombre la paz de su alma, sino que  el hombre es justificado por la fe en el Señor Jesucristo sin las obras de la ley. (Rom. 3,28)

***

Lutero fraile y catedrático

No había entonces en Lutero lo que le debía hacer más tarde el Reformador de la Iglesia; su entrada en el convento lo demuestra claramente. Al obrar así seguía la tendencia del siglo, pero Lutero había de contribuir pronto a purificar la Iglesia de aquella superstición como de las demás tradiciones humanas. Lutero buscaba aún salvación en sí mismo y en las prácticas y observancias religiosas, porque ignoraba que la salvación viene solamente de Dios. Quería su propia justicia y gloria, desconociendo la justicia y la gloria del Señor. Pero lo que ignoraba todavía lo aprendió poco después. Este inmenso cambio se efectuó en el convento de Erfurt; allí fue donde la luz de Dios iluminó su alma, preparándole para la poderosa revolución, de la cual iba a ser el más eficaz instrumento.

Martín Lutero, al entrar en el convento, cambió de nombre, y se hizo llamar Agustín. ¡Qué insensatez e impiedad! – decía más tarde hablando de esta circunstancia – desechar el nombre de su bautismo por el del convento! Así los papas se avergüenzan del nombre que han recibido en el bautismo manifestándose desertores de Jesucristo.

Los frailes le acogieron con gozo; no era pequeña satisfacción para su amor propio el ver a uno de los doctores más estimados abandonar la Universidad por el convento. Sin embargo, le trataron con dureza y le destinaron a los trabajos más viles. Querían humillarle, y demostrarle que toda su ciencia y su saber no le daban preponderancia ni preeminencia alguna sobre sus hermanos. El que antes era doctor en filosofía, debía ahora ser portero, arreglar el reloj, limpiar la iglesia y barrer las celdas. Y cuando este pobre fraile, portero, sacristán y criado del convento, había acabado sus tareas, le decían: Ahora marcha con la alforja por la ciudad. Debía entonces ir por las calles de Erfurt con el saco, y mendigar pan de casa en casa. Lutero todo lo sobrellevó con humildad y paciencia. Quería acabar la buena obra de su propia santificación por sus propias fuerzas, porque no conocía otro camino. Y si algunas veces tenía media hora libre para poder ocuparse de sus queridos libros, entonces venían los monjes, le injuriaban, le quitaban los libros y le decían con enojo: Mendigando, y no estudiando, se hace bien a nuestro convento. En esta escuela tan dura adquirió aquella firmeza y constancia que más adelante demostró en todas sus resoluciones. Su impasibilidad ante las aflicciones y ásperos tratamientos fortaleció su voluntad. Dios le ejercitaba en la constancia en cosas pequeñas, a fin de que después fuese apto para perseverar en cosas grandes.

Pero esta severa disciplina no debía durar por mucho tiempo. Como Martín era miembro de la Universidad de Erfurt, ésta se interesó por él, y logró del prior del convento que se le dispensara de las ocupaciones propias de sirvientes. Así el fraile Martín pudo atender otra vez con nuevo celo a sus libros. Estudiaba las obras de los Padres de la Iglesia; pero especialmente se dedicó más que nunca a su querida Biblia. Porque había encontrado en el convento una copia de ella, la cual, por su gran valor en aquellos tiempos, se hallaba sujeta con una cadena. Allí se le veía muchísimas veces sacando agua de la limpia fuente de la Palabra de Dios, y fortaleciendo con ella su espíritu. Cosa era ésta que no agradaba mucho a los frailes. Una vez le dijo su maestro en el convento, el Dr. Usinger: ¡Ay hermano Martín! ¿Qué es la Biblia? Es preciso no leer más que los antiguos doctores; ellos han sacado ya de la Sagrada Escritura el jugo de la verdad; pero la Biblia es la causa de todas las revoluciones.

Por este tiempo empezó, a lo que parece, a estudiar las escrituras en las lenguas originales, y a echar los cimientos de la más perfecta y útil de sus obras: la traducción de la Biblia, para la cual se servía de un diccionario hebreo de Reuchlin, que acababa de aparecer, Un hermano del convento, versado en las lenguas griega y hebrea, y con quien tuvo siempre íntima amistad, Juan Lange, le dió probablemente las primeras direcciones, Se valió mucho también de los sabios comentarios de Nicolás Lyra, muerto en 1340. Esto hacia decir a Pflug, que fue después obispo de Naunburgo: Si Lyyra, no hubiese tocado a la lira Lutero no hubiera saltado, Si Lyra non lyrassett, Lutherus non saltaste.

El joven fraile estudiaba con tanta aplicación y celo, que muchas veces pasaba sin rezar las horas en dos o tres semanas; pero después se asustaba, pensando que había quebrantado las leyes de su Orden. Entonces se encerraba para reparar s descuido, y repetía escrupulosamente todas las horas que había dejado de rezar, sin pensar ni en comer ni en beber.

En el año 1507 fue ordenado sacerdote, y el 2 de Mayo celebró su primera misa. El Obispo que me consagró —dice Lutero— cuando me hizo sacerdote me puso el cáliz en la mano, dijo: Accipe potestatem sacrificandi pro vivis et mortuis (recibe la potestad de sacrificar por los vivos y los muertos). Cuando entonces la tierra no nos tragó, bien puede decirse que fue por la gran paciencia y longanimidad de Dios. A esta ceremonia asistieron también su padre y veinte parientes y amigos, y le fueron regalados por el primero veinte florines. Durante la comida, Lutero habló con su padre amigablemente acerca de su entrada en el convento; pero el padre, que no podía conformarse con este paso, le dijo: Quiera Dios que esto no sea un engaño y fraude del diablo. Y cuando los frailes le ponderaban la importancia del ministerio sacerdotal contestó: ¿No habéis, leído nunca, vosotros los sabios, aquello de honrarás a tu padre y a tu madre?.

Ordenado ya sacerdote, los frailes volvieron a quitarle la Biblia, dándole en su lugar las obras de los escolásticos y de los doctores letrados de la Edad Media, que habían obscurecido con sus sutilezas de escuela el camino de la salvación. Hubo tiempo en que estuvo cinco semanas sin poder conciliar el sueño. En el convento buscaba la santidad tan deseada, y para lograrla se había dedicado con toda sinceridad y con los propósitos más firmes a las observancias monásticas, en la plena persuasión de que para su propia santificación y para la gloria de Dios era preciso, además de sus estudios, mortificar su carne con vigilias, ayunos y castigos corporales. Jamás la Iglesia romana tuvo fraile más piadoso; jamás convento alguno había presenciado obras más severas y continuadas para ganar la salvación eterna. Todo lo que Lutero emprendía, lo hacía con toda la energía de su alma; y se había hecho fraile con tanta, sinceridad, que más tarde pudo decir de sí; Verdad es que he sido un fraile piadoso, y he observado tan rigurosamente las reglas de mi Orden, que puedo afirmar: si hubiera podido entrar un fraile en el cielo como recompensa de sus rígidas observancias, seguramente ese fraile sería yo. Testimonio de esto darán todos mis compañeros de convento que me han conocido; si aquello hubiera durado más tiempo, ciertamente habría sucumbido con tantos tormentos de vigilias, ayunos, oraciones, pasmos, meditaciones y otras obras.

Así vemos que Lutero se hacía cada día más rico en lo que se llamaba santidad de convento; pero al mismo tiempo era cada día más pobre en lo concerniente a la paz de su alma. Buscaba la seguridad de la salvación, pero no la encontró. Las paredes de la habitación en que se atormentaba y maltrataba permanecían mudas; no daban contestación a la pregunta ansiosa de su corazón. Las angustias sobre la salvación de su alma, que le llevaron al convento, se aumentaban de día en día. En aquellos obscuros claustros, cada suspiro de su corazón tornaba a él como un eco terrible. Dios le guiaba de esta manera para que se conociese a sí mismo y empezase a desesperar de sus propias fuerzas. Su conciencia iluminada por la Palabra de Dios, le decía claramente lo que era la santidad; pero al mirarse a sí mismo, ni en su vida, ni en su corazón encontraba ese dechado de la santidad que la Palabra de Dios le presentaba. Una cosa sin embargo, llegó a comprender: que por las obras que la Iglesia romana mandaba ejecutar, ninguno podía ganar el cielo, ni siquiera ascender hacia él un solo escalón. ¿Qué debía hacer entonces? ¿Todas aquellas reglas y ceremonias, eran nada más vanas tradiciones de hombres? Tal suposición le parecía algunas veces sugestión diabólica; otras, una verdad incontestable. Así luchaba sin descanso ni tregua, vacilando entre la santa voz que le hablaba en el corazón, y las antiguas reglas y tradiciones establecidas en la Iglesia por siglos y siglos. El joven fraile andaba apesadumbrado y con aspecto de esqueleto por los largos corredores del convento, mientras sus compañeros le miraban con asombro, y algunos se burlaban de él. Sus fuerzas físicas decayeron, su naturaleza se abatió hasta llegar a padecer desmayos.

En esta cruel y desesperada incertidumbre se franqueó, por fin, con un viejo fraile del mismo convento, el maestro de novicios; éste oyó tranquilamente sus pesares, y le dió después un consuelo maravilloso; con sencillez, pero con la convicción de la propia experiencia, le repitió las palabras del credo apostólico “Creo en la remisión de los pecados”, y le probó que esta remisión de los pecados era artículo de nuestra fe, que debía ser creído. Estas palabras, que Lutero recordó toda su vida con gratitud, alumbraron su alma con una luz benéfica y salvadora; fueron como el germen fructífero de toda su convicción cristiana y el fundamento de su obra posterior.

Mucho le ayudó también para la tranquilidad de su alma, el vicario general de los agustinos en Alemania, Dr. Staupitz. En una visita que éste hizo al convento de Erfurt, llamó su atención el joven fraile, cuya clara y penetrante inteligencia notó bien pronto aunque entonces estaba abatido y apesadumbrado. Le trató con mucha afabilidad; y cuando más tarde le descubrió Lutero en la confesión el estado de su alma y todas sus angustias, le aconsejó que leyese atentamente la Biblia y buscase su salvación solamente en Cristo, donde él había encontrado la suya. Su mirada perspicaz vio claramente los tesoros de imaginación y talento que poseía el joven fraile, y consolándole le dijo: Todavía no sabes, querido Martín, cuán útil y necesaria es para ti esta tribulación, porque Dios nunca la envía en vano. Ya verás cómo El te ha menester para cosas grandes.

Los corazones de Staupitz y de Lutero se entendieron. El vicario general comprendió a Lutero, y éste sintió hacia él una confianza que nadie le había inspirado hasta entonces. Le reveló la causa de su tristeza, le comunicó sus horribles pensamientos, y entonces se entablaron en el claustro de Erfurt conversaciones llenas de sabiduría.

—En vano es – decía con tristeza Lutero a Staupitz – que yo haga promesas a Dios; el pecado es siempre el más fuerte.

— ¡Oh amigo mío! – le respondía el vicario general – ; yo he jurado más de mil veces a nuestro santo Dios vivir devotamente, y no lo he cumplido jamás; pero ya no quiero jurar, porque seria falso. Si Dios no quiere concederme su gracia por el amor de Cristo, y permitirme salir con felicidad de este mundo, cuando llegó la hora, no podré, con todas mis promesas y buenas obras, subsistir en su presencia; necesariamente habré de perecer.

— ¿Por qué te atormentas – – le decía – con todas estas especulaciones y con todos estos altos pensamientos? Mira las llagas de Jesucristo y la sangre que ha derramado por ti; ahí es donde la gracia de Dios te aparecerá. En lugar de martirizarte por tus faltas, échate en los brazos del Redentor. Confía en él, en la justicia de su vida, en la expiación de su muerte. No retrocedas; Dios no está irritado contra ti, tú eres quien estás irritado contra Dios; escucha a su Hijo; él se ha hecho hombre por darte la seguridad de su divino favor, te dice: «Tú eres mi oveja, tú oyes mí voz, y nadie te arrancará de mi mano.

Sin embargo, Lutero no halla en si el arrepentimiento, que cree ser necesario para su salvación, y da al vicario general la respuesta ordinaria de las almas angustiadas y tímidas: –¿Cómo atreverme a creer en el favor de Dios, mientras no estoy verdaderamente convertido? Es menester que yo cambie para que me acepte.

Su venerable guía le hace ver que no puede haber verdadera conversión, mientras tema el hombre a Dios como a un juez severo. — ¿Qué diréis entonces — exclama Lutero — de tantas conciencias a quienes se prescriben mil mandamientos impracticables para ganar el cielo?

Entonces oye esta respuesta del vicario general, que le parece no venir de un hombre, sino que es una voz que baja del cielo: – No hay – dice Staupiz – más arrepentimiento verdadero que el que empieza por el amor de Dios y la justicia. Lo que muchos creen ser el fin y el complemento del arrepentimiento no es, al contrario, sino su principio. Para que abundes en amor al bien, es preciso que antes abundes en amor a Dios. Si quieres convertirte, en lugar de entregarte a todas esas maceraciones y a todos esos martirios, ¡ama a quien primero te amó!.

Lutero escucha y no se cansa de escuchar. Aquellas consolaciones le llenan de un gozo desconocido y le dan una nueva luz. – Jesucristo es – pensaba en sí mismo –; sí, el mismo Jesucristo es el que me consuela tan admirablemente con estas dulces y saludables palabras.

En efecto, ellas penetraron hasta el fondo del corazón del joven fraile, como la Hecha aguda arrojada por un fuerte brazo. ¡Para arrepentirse es menester amar a Dios! Iluminado con esta nueva luz, se pone a cotejar las Escrituras, buscando todos los pasajes en que se habla de arrepentimiento y de conversión. Estas palabras tan temidas hasta entonces, para emplear sus propias expresiones, son ya para él un juego agradable, y la más dulce recreación. Todos los pasajes de la Escritura que le asustaban, le parece que acuden ya de todas partes, que sonríen, saltan a su alrededor y juegan con él. – Antes – exclama –, aunque yo disimulase con cuidado delante de Dios el estado de mi corazón, y me esforzase a mostrarle un amor forzado y fingido, no había para mí en la Escritura ninguna palabra más amarga que la de arrepentimiento; pero ahora no hay ninguna que me sea más dulce y agradable. ¡Oh, cuán dulces son los preceptos de Dios, cuando se leen en los libros y en las preciosas llagas del Salvador!

Lutero siguió el consejo del Dr. Staupitz; leyó diariamente la Biblia (que los frailes le habían devuelto), especialmente las epístolas del apóstol Pablo y poco a poco vino a conocer que el Evangelio de Cristo (el cual fué entregado y muerto por nuestros pecados, y resucitó para nuestra justificación) es potencia de Dios para salud a todo el que cree (Rom. I. t6), y que somos justificados por la fe en él, y no por las obras de la ley. (Gál. 2.16.) Además, los escritos de San Agustín, padre de la Iglesia, que leía con mucho celo, le confirmaron en esta doctrina de la fe y en el consuelo que ella le proporcionaba.

Poco tiempo después de su consagración, hizo Lutero, por consejo de Staupitz, pequeñas excursiones a pie por los curatos y conventos circunvecinos, ya por distraerse y procurar a su cuerpo el ejercicio necesario, ya para acostumbrarse a la predicación.

La fiesta del Corpus debía celebrarse con gran pompa en Eisleben; el vicario general debía concurrir; Lutero asistió también. Tenía necesidad de Staupitz, y buscaba todas las ocasiones de encontrarse con aquel director instruido, que guiaba su alma por el camino de la vida.

La procesión fue muy concurrida y brillante; el mismo Staupitz llevaba el santo sacramento, y Lutero seguía revestido de capa. La idea de que era el mismo Jesucristo el que llevaba en sus manos el vicario general, y que el Señor estaba allí en persona delante de él hirió de repente la imaginación de Lutero y le llenó de tal asombro, que apenas podía andar; corríale el sudor gota a gota, y creyó que iba a morir de angustia y espanto. En fin, se acabó la procesión: aquel sacramento que había despertado todos los temores del fraile, fue colocado solemnemente en el sagrario; y Lutero, hallándose solo con Staupitz, se echó en sus brazos y le manifestó el espanto que se había apoderado de su alma. Entonces el vicario general, que hacía mucho tiempo conocía al buen Salvador, que no quiebra la caña cascada, le dijo con dulzura: – No era Jesucristo, hermano mío; Jesús no espanta, sino que consuela.

El insigne Staupitz había observado, sin duda, que el espíritu de Lutero no se avenía con la tranquilidad de un convento, y que las paredes del claustro eran muy estrechas para sus poderosos vuelos. Por lo tanto, trató de trasladarlo a otra esfera de acción más en armonía con su naturaleza. El año de 1502, el príncipe elector de Sajonia, Federico III, llamado con razón el Sabio, fundó la Universidad de Wittemberg, siguiendo los consejos del doctor Staupitz y de Martín Mellerstadt. Lejos estaba entonces de adivinar que esta Universidad había de ser la cuna de una reforma religiosa de tanta trascendencia. Staupitz, uno de los catedráticos de teología de dicha Universidad, hizo todo lo posible para elevar en ella los estudios teológicos al más alto grado de perfección. En el fraile Martín había notado gran talento y una piedad severa; y así influyó para que Lutero, el año 1509 y vigésimosexto de su edad, fuese nombrado catedrático de Wittemberg.

Allí empezó Lutero a enseñar las ciencias filosóficas; pero su ánimo y sus inclinaciones eran más propensos al estudio de la teología. El mismo año 1509 se graduó de bachiller en teología, y fue destinado a enseñar la teología bíblica. Entonces se encontró en su verdadero elemento, y conoció que el Señor le había llamado para este trabajo. Empezó a enseñar con tanta profundidad y desembarazo, que todos se maravillaban. En el otoño de 1509 fué destinado a la Universidad de Erfurt, de donde volvió a Wittemberg, año y medio después. Desde entonces acudían los estudiantes en número creciente a recibir sus lecciones, y hasta los mismos catedráticos concurrían a oírle. Cuando el doctor Mellerstadt le hubo oído una vez, dijo: Este fraile confundirá a todos los doctores: nos enseñará una doctrina nueva y reformará la Iglesia romana, porque se apoya en los escritos de los profetas y apóstoles, y se funda en la palabra de Jesucristo; y con este sistema ninguno podrá luchar en contra y vencer.

Staupitz, que era la mano de la providencia para desarrollar los dones y tesoros escondidos en Lutero, le invitó a predicar en la Iglesia de los Agustinos. El joven profesor no quería aceptar esta proposición, porque deseaba ceñirse a las funciones académicas, y temblaba al solo pensamiento de añadir a ellas el cargo de predicador. En vano le solicitaba Staupitz. – No, no – respondía,– no es cosa de poco más o menos hablar a los hombres en lugar de Dios. ¡Tierna humildad de este gran reformador de la Iglesia! Staupitz insistía; pero el ingenioso Lutero hallaba, dice uno de sus historiadores, quince argumentos, pretextos y efugios para defenderse de aquella vocación; y por último, continuando firme en su empeño el jefe de los Agustinos, le dijo Lutero: – ¡Ah, señor doctor, si hago eso me quitáis la vida; no podría sostenerme tres meses!

¡Sea enhorabuena! – Respondió el vicario general –; ¡que sea así en el nombre de Dios!, porque Dios nuestro Señor tiene también necesidad allá arriba de hombres hábiles y entregados a él de todo corazón. Lutero hubo de consentir, y predicó primeramente en el convento, y después públicamente en la iglesia. La consecuencia fue que el Ayuntamiento de la ciudad le nombró predicador de la iglesia principal de Wittemberg. Más tarde veremos la importancia de esta elección, porque por ella quedó obligado Lutero a ser confesor de su congregación y a consolar sus conciencias.

Pero Dios había elegido a Lutero, no solamente para maestro de una ciudad o de un país, sino para Reformador de su Iglesia; y, por lo tanto, le proporcionó también por camino extraordinario la ocasión de conocer a fondo la gangrena que la corroía. El año 1511, la orden a que pertenecía Lutero le envió a Roma para solicitar la decisión del Papa en una cuestión importante de dicha orden. Emprendió este viaje con tanto más gozo, cuanto que esperaba hallar consuelo y paz para su conciencia en la visita a una ciudad que se consideraba como sagrada. Mas no fue así; algunos años después dijo, sin embargo, que si le ofreciesen cien mil florines a cambio de su visita a Roma, no los aceptaría. Y no porque allí hubiese encontrado muchas cosas buenas y dignas de alabanza, sino por haber conocido allí mejor la perdición de la Iglesia. Este hombre sencillo, educado en todo temor, respeto y reverencia al Papa, vio entonces cosas que jamás hubiera podido sospechar. En lugar de la santidad que esperaba, ¿qué fue lo que encontró? El Papa de aquella época, Julio II, era un hombre de mundo, y un gran soldado, que tenía mucho más placer en derramar sangre conquistar tierras, que en las tareas propias de su ministerio espiritual, Entre los cardenales, obispos y sacerdotes, no solamente reinaba la más crasa ignorancia, sino que se burlaban de la manera más cínica de las cosas más sagradas, y estaban encenagados en la más degradante disolución. Lutero mismo dice: Yo he visto en Roma celebrar muchas misas, y me horrorizo cuando lo recuerdo. Yo sentía grande disgusto al ver despachar la misa en un trist-tras, como si fuesen prestidigitadores. Cuando yo celebraba al mismo tiempo que ellos, antes que llegase a la lectura del Evangelio, ya habían concluido sus misas, y me decían: Despacha, despacha, (¡Passa, passa!), hazlo brevemente. Envía pronto el hijo de nuestra Señora a casa. Y cuando tenían (según la doctrina de la Iglesia romana) el cuerpo del Señor en su mano, murmuraban: « Tú eres pan, y permanecerás pan.» En la mesa se burlaban de la Santa Cena. Cuanto más cerca de Roma, peores cristianos, y la moralidad de los sacerdotes se hallaba de tal manera pervertida, que un escritor católico (Nicolás Clémanges, muerto en 1440), dice que en muchos pueblos no admitían en sus iglesias a ningún sacerdote, si no traía consigo una concubina; pues solamente de este modo consideraban a sus propias mujeres protegidas contra las asechanzas de los clérigos. Así pudo Lutero conocer en este viaje la depravación reinante en la corte papal y el clero de aquella ciudad, y pudo también más adelante, como testigo ocular, dar testimonio contra ellos.

Pero este viaje le proporcionó una ventaja mayor y más preciosa. Sucede, algunas veces, que Dios bendice de una manera especial una palabra o una frase en el corazón de un hombre, haciendo que esta palabra o esta frase no le abandone hasta haber logrado su objeto en él. Lutero había sido grandemente conmovido antes de su viaje para Roma por la expresión: «El justo por su fe vivirá». (Habacuc, 2,4, y Rom. 1,7.) Esta expresión le acompañó en todo su viaje, aunque todavía no había conocido su verdadero sentido; porque siempre esperaba encontrar en Roma la luz que su corazón deseaba tanto. Allí hizo cuanto pudo para reconciliarse con Dios y hacer penitencia por sus pecados; subió de rodillas los peldaños de la escalera de Pilato, que dicen fué llevada de Jerusalén a Roma, esperando con esto ganar la indulgencia plenaria que el Papa había prometido a todos los que hacían tal obra. Pero mientras así se atormentaba, una voz como de trueno le gritaba sin cesar en su interior: «El justo por su fe vivirá.» Probó, pues, por su propia experiencia que tampoco en Roma podía ganar su propia justificación con obras exteriores.

Al regresar de su viaje, cayó enfermo en la ciudad de Bolonia; y tristes pensamientos le dominaban en el lecho del dolor. Entonces volvieron a iluminar su alma las palabras: «El justo por su fe vivirá», pero en aquel momento con toda la claridad de la verdad. Cayó ya la venda de sus ojos”, conoció por vez primera en toda su plenitud que la justificación que él buscaba no es dada por Dios a causa de las obras, sino que nos es atribuida solamente por la fe, de gracia y por causa de Cristo. Aquí sentí yo —escribe él—  que había nacido de nuevo, habiendo encontrado una puerta ancha y abierta para entrar en el Paraíso; y desde entonces comencé a mirar la Sagrada Escritura con otros ojos y de un modo enteramente diverso a las épocas anteriores. Así, en mi imaginación recorrí en un momento toda la Biblia, según me podía acordar de ella, recordando especialmente e interpretando los textos que se referían a la salvación por la fe. Y así como antes había llegado a aborrecer estas palabras, la justicia de Dios, con toda mi alma, ahora me parecían las más hermosas y consoladoras de toda la Biblia; y ese texto de la epístola de San Pablo fue, en verdad, la verdadera puerta del Paraíso para mí.

Habiendo regresado a Wittenberg, Lutero, en concurso público, se graduó de doctor en la Sagrada Escritura, según los consejos de su paternal amigo Staupitz, y también según el deseo del príncipe elector, el cual costeó los gastos de aquella solemnidad. Porque el príncipe, no sólo estaba pronto a hacer todo aquello que podía contribuir al esplendor de su requerida Universidad, sino que también sentía una verdadera inclinación personal hacia aquel predicador celoso y elocuente, que sacaba tantas cosas nuevas de las fuentes de las Sagradas Escrituras. Era el 19 de Octubre de 1512, cuando fue nombrado doctor bíblico y no de sentencias; debiendo por eso consagrarse más y más al estudio Bíblico, y no al de las tradiciones humanas. Como él mismo refiere, prestó el siguiente juramento a su bien amada y Santa Escritura: “juro defender la verdad evangélica con todas mis fuerzas”. Prometió predicarla fielmente, enseñarla con pureza, estudiarla toda su vida y defenderla de palabra y por escrito contra los falsos doctores, mientras Dios le ayudara (1). Muchas veces le sirvió de verdadero consuelo en su vida posterior recordar esta sacrosanta promesa, cuando la defensa de las verdades de la Escritura le llevó a grandes luchas con los papistas.

Desde entonces se Dedicó a estudiar con más celo que nunca el Libro santo; ya hacía tiempo que pronunciaba discursos y daba lecciones sobre los Salmos; después continuó sobre la Epístola a los Romanos; y presentaba las verdades bíblicas con tal claridad, precisión e interés a la numerosa concurrencia que le escuchaba, que producía gran impresión en sus almas, y llegó a perderse de día en día el gusto por las antiguas formas escolásticas, que no habían servido para dar vitalidad a la Iglesia; sí sólo para fomentar las tradiciones de los hombres en contra de la verdad divina.

El año 1516, y por encargo del Dr. Staupitz, tuvo Lutero que hacer una visita de inspección a todos los conventos de la orden de Agustinos, en Turingia y Meissen. ¡Cuánta ignorancia espiritual, cuán poca disciplina, y qué conducta tan poco evangélica encontró en la mayor parte de ellos! En vista de ello, hizo todo lo posible por fundar escuelas, recomendó en todas las partes la lectura asidua y diligente de la Sagrada Escritura, y que atemperasen todos su conducta a los ejemplos del Salvador.

De esta manera fué Dios preparando el instrumento para la Reforma. El Señor había puesto ya el sembrador en el campo, y en sus manos la buena semilla. El campo había estado por mucho tiempo sin cultivar, por eso la semilla encontró un suelo preparado. Iba a llegar pronto el día en que el hombre de Dios había de salir al campo. La Reforma iba a dar principio.

***

Las noventa y cinco tesis

El Papa León X, amante del esplendor y las artes, y necesitando mucho dinero para la magnificencia de su corte, había hecho predicar indulgencias en los años 1514 y 1516, es decir, indulgencia plenaria o indulto de las penas que la Iglesia impone a los hombres por sus pecados, a cambio de una cantidad de dinero previamente determinada. La primera vez tomó por pretexto la guerra con los turcos; la segunda, la terminación de la basílica de San Pedro en Roma. El comisario general de las indulgencias en Alemania era el príncipe elector de Maguncia, Alberto, muy semejante al Papa en muchas cosas, y principalmente en eso de necesitar siempre dinero, al paso que se cuidaba muy poco de la salvación de las almas. Este príncipe se encargó, mediante el estipendio de la mitad del dinero recogido en aquel negocio, de enviar lo restante a Roma. Calcúlese, pues, cuántos esfuerzos no haría para que esta venta fuese grandemente provechosa. Envió frailes por todas partes de Alemania para ofrecer las indulgencias, obligándolos bajo juramento, a no cometer con él fraude alguno; y dejándolos, en cambio en entera libertad para engañar a las pobres almas, con tal que le trajesen dinero. Como instrumento principal de este tráfico de indulgencias, eligió a un hombre que en verdad realizó toda clase de esfuerzos para hacer el negocio tan productivo como pudiera desearse.

Este hombre fue el nunca bastante censurado Juan Tetzel, nacido en Leipzig, y fraile de la Orden de los Dominicos en el convento de Pirna; hombre atrevido y dado a torpes concupiscencias; el cual ya anteriormente, por adulterio y por su conducta licenciosa, había sido condenado a morir ahogado en un saco; y sólo por la intercepción de una ilustre dama había salvado la vida. Este hombre degradó hasta lo sumo la práctica de las indulgencias (que ya de suyo constituía una irrisión de la religión cristiana), y no hizo de ellas sino un robo sacrílego y una impostura insigne. En sus discursos de alabanza y recomendación de las indulgencias, omitía deliberadamente la cláusula que siempre se añade a las bulas que las conceden, es decir, que la eficacia de las referidas indulgencias dependen principalmente del arrepentimiento y de la enmienda. Su cinismo e insolencia sobrepujó a todo lo que hasta entonces se había visto. El adulterio, según su tarifa, costaba seis ducados; el robo de las iglesias, el sacrilegio y el perjurio, unos nueve ducados; un asesinato, ocho ducados. Hasta dio cartas de indulgencias para pecados que se pudiesen cometer en el porvenir.

Cuando Tetzel subía al púlpito, mostrando la cruz de la que colgaban las armas del Papa, ponderaba con tono firme el valor de las indulgencias a la multitud fanática, atraída por la ceremonia al santo lugar; el pueblo le escuchaba con asombro al oír las admirables virtudes que anunciaba.

Oigamos una de las arengas que pronunció después de la elevación de la cruz.

Las indulgencias – dijo – son la dádiva más preciosa y más sublime de Dios. Esta cruz (mostrando la cruz roja) tiene tanta eficacia como la misma cruz de Jesucristo. Venid, oyentes, y yo os daré bulas, por las cuales se os perdonarán hasta los mismos pecados que tuvieseis intención de cometer en lo futuro. Yo no cambiaria, por cierto, mis privilegios por los que tiene San Pedro en el cielo; porque yo he salvado más almas con mis indulgencias que el apóstol con sus discursos. No hay pecado, por grande que sea, que la indulgencia no pueda perdonar; y aun si alguno (lo que es imposible, sin duda) hubiese violado a la Santísima Virgen María, madre de Dios, que pague, que pague bien nada más, y se le perdonará la violación. Ni aún el arrepentimiento es necesario. Pero hay más; las indulgencias no solo salvan a los vivos, sino también a los muertos. Sacerdote, noble, mercader, mujer, muchacha, mozo, escuchad a vuestros parientes y amigos difuntos, que os gritan del fondo del abismo: ¡Estamos sufriendo un horrible martirio! Una limosnita nos libraría de él; vosotros podéis y no queréis darla.

¡Calcúlese la impresión que tales palabras, pronunciadas con la voz estentórea de aquel frai­le, producirían en la multitud! En el mismo instante continuaba Tetzel en que la pieza de moneda resuena en el fondo de la caja, el alma sale del purgatorio. ¡Oh gen­tes torpes y parecidas casi a las bestias; que no comprendéis la gracia que se os concede tan abundantemente!… Ahora que el cielo está abier­to de par en par, ¿no queréis entrar en él? ¿Pues cuándo entraréis? ¡Ahora podéis rescatar tantas almas! ¡Hombre duro e indiferente, con un real puedes sacar a tu padre del purgatorio, y eres tan ingrato que no quieres salvarle! Yo seré jus­tificado en el día del juicio, pero vosotros seréis castigados con tanta más severidad cuanto que habéis descuidado tan importante salvación. Yo os digo que aun cuando no tengáis más que un solo vestido, estáis obligados a venderlo, a fin de obtener esta gracia! Dios nuestro Señor no es ya Dios, pues ha abdicado su poder en el Papa.

Después, procurando también hacer uso de otras armas, añadía: ¿Sabéis por qué nuestro señor, el Papa, distribuye una gracia tan preciosa? Es porque se trata de reedificar la iglesia destrui­da de San Pedro y San Pablo, de tal modo que no tenga igual en el mundo. Esta iglesia encierra los cuerpos de los santos apóstoles Pedro y Pablo y los de una multitud de mártires. Estos santos cuerpos, en el estado actual del edificio, son, ¡ay!, Continuamente mojados, ensuciados, profa­nados y corrompidos por la lluvia, por el grani­zo. ¡Ah!, estos restos sagrados, ¿quedarán por más tiempo en el lodo y en el oprobio?

Esta pintura no dejaba de hacer impresión en muchos. Ardían en deseos de socorrer al pobre León X, que no tenía con qué poner al abrigo de la lluvia los cuerpos de San Pedro y de San Pablo!

Enseguida, dirigiéndose a las almas dóciles, y haciendo un uso impío de las Escrituras decía:

Bienaventurados los ojos que ven lo que vos­otros veis; porque os aseguro que muchos profetas y reyes han deseado ver las cosas que veis y no las han visto, y también oír las cosas que vosotros oís y no las han oído! Y, por último, mostrando la caja en que recibía el dinero, con­cluía regularmente su patético discurso, dirigien­do tres veces al pueblo estas palabras: ‘¡Traed, traed, traed!’ Luego que terminaba su discurso, bajaba del púlpito, corría hacia la caja, y, en presencia de todo el pueblo, echaba en ella una moneda, de modo que sonara mucho.

Rara vez encontraba Tetzel hombres bastante ilustrados, y aun menos, hombres bastante animosos para resistirle; por lo común, hacía lo que quería de la multitud supersticiosa. Había planta­do en Zwickau la cruz roja de las indulgencias, y los buenos devotos se apresuraban a ir y a llenar la caja con el dinero que debía libertarios. Cuando Tetzel tenía que partir, los capellanes y sus acólitos le pedían la víspera una comida de despedida; la petición era justa; pero ¿cómo acceder a ella, si el dinero estaba contado y sella­do? A la mañana siguiente hacía tocar la campa­na mayor, la muchedumbre se precipitaba al templo, creyendo que había sucedido algo de extraordinario, porque la fiesta era ya concluida; y luego que estaban todos reunidos, les decía:

Yo había resuelto partir esta mañana, pero en la noche me he despertado oyendo gemidos; he aplicado el oído y… era del cementerio de don­de salían… ¡Oh Dios! ¡Era una pobre alma, que me llamaba y me suplicaba encarecidamente que la librase del tormento que la consume! Por esto me he quedado un día más, a fin de mover a lás­tima los corazones cristianos en favor de dicha alma desgraciada; yo mismo quiero ser el prime­ro en dar una limosna, y el que no siga mi ejem­plo, merecerá ser condenado.

¿Qué corazón no hubiera respondido a tal lla­mamiento? ¿Quién sabe, por otra parte, qué alma es aquella que grita en el cementerio? Dan, pues, con abundancia, y Tetzel ofrece a los capellanes y a sus acólitos una buena comida.

Los mercaderes de indulgencias se habían es­tablecido en Haguenau en 1517. La mujer de un zapatero, usando de la facultad que concedía la instrucción del comisario general, había adquirido, contra la voluntad de su marido, una bula de indulgencia, a precio de un florín de oro, y murió, poco después; no habiendo el marido hecho decir misas por el descanso del alma de su mujer, el cura le acusó de impío, y el juez de Ha­guenau le intimó a que compareciese a su presen­cia; el zapatero se fue a la audiencia con la bula de su mujer en el bolsillo, y el juez le pre­guntó:

-¿Ha muerto tu mujer?

-Si respondió el zapatero.

-¿Y qué has hecho por ella?

-He enterrado su cuerpo y he encomendado su alma a Dios.

-Pero has hecho decir una misa por el des­canso de su alma?

-No, por cierto, porque sería inútil, pues ella entró en el cielo en el instante que murió.

-¿Cómo sabes eso?

-He aquí la prueba; y al decir esto sacó la bula del bolsillo; y el juez, en presencia del cura, leyó en ella: “La mujer que la ha comprado, no irá al purgatorio cuando muera, sino que entrará derechamente en el cielo.”

-Si el señor cura pretende todavía que es necesaria una misa -añadió-, mi mujer ha sido engañada por nuestro santísimo padre, el Papa; y si no, el señor cura me engaña a mí.

Nada podía responderse a esto, y el acusado fue absuelto.

Así el buen sentido del pueblo hacia justicia a estos sacrílegos fraudes. Un gentil hombre sajón que había oído predi­car a Tetzel en Leipzig, quedó indignado de sus mentiras; se acercó al fraile y le preguntó si tenía facultad de perdonar los pecados que se pensa­ba cometer.

Seguramente -respondió Tetzel-, he reci­bido para ello pleno poder del Papa.

-Pues bien -replicó el caballero-, yo quisie­ra vengarme de uno de mis enemigos, pero sin atentar a su vida, y os doy diez escudos si me entregáis una bula de indulgencia que me justifi­que plenamente.

Tetzel puso algunas dificultades; sin embargo, quedaron conformes en treinta escudos. Poco después salió el fraile de Leipzig; el gentil hom­bre acompañado de sus criados, le esperó en un bosque entre Iueterbock y Treblin; cayó sobre él, hizo darle algunos palos, y le arrancó la rica caja de las indulgencias que el estafador llevaba consigo; éste se quejó ante los tribunales, pero el gentil hombre presentó la bula firmada por el mismo Tetzel, la que le eximía con anticipación de toda pena. El duque Jorge, a quien esta acción irritó mucho al principio, mandó a la vista de la bula, que fuese absuelto el acu­sado.

Pero para que se vea que esto no era obra de un solo hombre malvado, citaremos algu­nos datos de la instrucción del obispo de Ma­guncia.

Los plenipotenciarios, después de haber ponderado a cada uno en particular la grandeza de la indulgencia, hacían a los penitentes esta pre­gunta: “¿De cuánto dinero podéis privaros, en conciencia, para obtener tan perfecta remisión?” “Esta pregunta -dice la instrucción del arzobis­po de Maguncia a los comisarios- debe ser he­cha en este momento piara que los penitentes estén mejor dispuestos a contribuir.”

Estas eran todas las disposiciones que se requerían. La instrucción arzobispal prohibía aun el ha­blar de conversión o contrición. “Solamente -decían los comisarios-, os anunciamos el com­pleto perdón de todos los pecados; y no se pue­de concebir nada más grande que una gracia tal, puesto que el hombre que vive en el pecado está privado del favor divino, y que por este perdón total obtiene de nuevo la gracia de Dios. Por tanto, os declaramos que para conseguir estas gracias excelentes no es menester más que com­prar una indulgencia. Y en cuanto a los que de­sean librar las almas del purgatorio y lograr para ellas el perdón de todas sus ofensas, que echen dinero en la caja, y no es necesario que tengan contrición de corazón ni hagan confesión de boca. Procuren solamente traer pronto su dinero; porque así harán una obra muy útil a las almas de los difuntos y a la construcción de la iglesia de San Pedro.” No se podían prometer mayores bienes a menos precio.

Como Tetzel tenía también su obra y sus abo­minables predicaciones en Iueterbock, Lutero, en su confesionario, sentía las consecuencias de estas diabólicas artes de seducción. Los con­fesonarios quedaban casi vacíos, porque el pue­blo gustaba más de aquella manera fácil y cómo­da de remisión de los pecados; y los que todavía se confesaban, siguiendo las antiguas costum­bres eclesiásticas, apelaban siempre al perdón de los pecados que ya habían comprado de Tet­zel, y no querían seguir ninguno de los precep­tos paternales que el fiel sacerdote les quería imponer. Entonces Lutero se sintió obligado, en conciencia, a amonestar al pueblo y apartarle de abuso tan pernicioso; empezó, como él dice, predicando con dulzura. En estos primeros “dis­cursos sobre las indulgencias” no trató más que de corregir los errores más graves y manifiestos sobre la materia, demostrando que las indulgen­cias no tienen ninguna fuerza en cuanto a los castigos divinos contra los pecados, sino que sólo se refieren a las penitencias y buenas obras.

-Y éstas- decía-es mejor tomarlas sobre si y hacerlas para enmendarse que no evadir su cumplimiento con el dinero; una buena obra hecha en favor de un pobre, vale más que todas las in­dulgencias. Que las almas salgan del purgatorio mediante las indulgencias, no lo sé y no lo creo; tampoco la Iglesia lo ha resuelto; y es mucho mejor que ores por ellas y hagas buenas obras, porque esto es más seguro y más probado.

Natural era que esta opinión modesta y fundada no hiciese impresión alguna en el ánimo de Tetzel, cuya endurecida alma había llegado al más alto grado de cinismo. Empezó, pues, a dirigir sus apóstrofes y amenazas contra Lutero, mandó ha­cer una hoguera, y amenazó con quemar en ella a todos los que hablasen con desprecio de sus in­dulgencias. Entonces Lutero se resolvió por fin “a hacer un agujero en aquel tambor”.

El elector Federico de Sajonia estaba en su pala­cio de Schweinitz, a seis leguas de Wittemberg, dicen las crónicas del tiempo. El 31 de Octubre, a la madrugada, hallándose Federico con su her­mano el duque Juan, que entonces era corregen­te y reinó solo después de su muerte, y con su canciller, el elector dijo al duque: -Es menester, hermano mío, que te cuente un sueño que he tenido esta noche, y cuyo significado desearía mucho saber; ha quedado tan bien grabado en mi espíritu, que no lo olvidaría aunque viviese mil años; porque he soñado tres veces y siempre con circunstancias diferentes.

-¿Es bueno o malo el sueño?-preguntó el duque Juan.

-Yo lo ignoro; Dios lo sabe le contestó su hermano.

-Pues bien, no te inquietes por eso; ten la bondad de referírmelo. Y refirió el príncipe elector su sueño de esta manera:

-Habiéndome acostado anoche triste y fati­gado, quedé dormido inmediatamente que hice mi oración; reposé dulcemente cerca de dos ho­ras y media; habiéndome despertado entonces, estuve hasta media noche entregado a todo gé­nero de pensamientos; discurría de qué modo celebraría la fiesta de Todos los Santos; rogaba por las pobres almas del purgatorio, y pedía a Dios que me condujese a mí, a mis consejeros y a mi pueblo según la verdad. Volví a quedarme dormido, y entonces soñé que el Omnipotente Dios me enviaba un fraile que era el hijo verda­dero del apóstol San Pablo; todos los santos le acompañaban según la orden de Dios a fin de acreditarlo cerca de mí, y de declarar que no venía a maquinar ningún fraude, sino que todo lo que hacia era conforme a la voluntad de Dios; me pidieron que me dignase permitir que el frai­le escribiese algo a la puerta de la capilla del palacio de Wittemberg, lo que concedí por con­ducto del canciller; en seguida el fraile fue allí y se puso a escribir con letras tan grandes, que yo podía leer lo que escribía desde Schweinitz; la pluma de que se servia era tan larga que su ex­tremidad llegaba hasta Roma, y allí taladraba las orejas de un león que estaba echado (León X), y hacía bambolear la triple corona en la ca­beza del Papa; todos los cardenales y príncipes, llegando a toda prisa, procuraban sostenerla; yo mismo y tú, hermano mío, quisimos ayudar también; alargué el brazo… pero en aquel mo­mento me desperté con el brazo en alto, lleno de espanto y de cólera contra aquel fraile, que no sabía manejar mejor su pluma; me sosegué un poco… no era más que un sueño. Yo estaba aún medio dormido; cerré de nuevo los ojos y volví a soñar. El león, siempre incomodado por la pluma, empezó a rugir con todas sus fuerzas, tanto que toda la ciudad de Roma y todos los Estados del Sacro Imperio acudieron a informarse de la causa; el Papa pidió que se opusiesen a aquel fraile, y se dirigió sobre todo a mí, porque se hallaba en mis dominios; de nuevo me des­perté y recé el Padrenuestro; pedí a Dios que preservara a Su Santidad y me dormí de nuevo… Entonces soñé que todos los príncipes del Impe­rio, y nosotros con ellos acudíamos a Roma y tratábamos entre todos de romper aquella pluma, pero cuantos más esfuerzos hacíamos, más firme estaba; rechinaba como si fuese de hierro, y nos cansamos al fin; hice preguntar entonces al frai­le (porque yo estaba tan pronto en Roma como en Wittemberg) dónde había adquirido aquella pluma y por qué era tan fuerte: “La pluma -res­pondió- es de un ganso viejo de Bohemia, de edad de cien años (téngase en cuenta que el nombre del gran reformador de Bohemia, Juan Huss, a quien quemaron los fanáticos en el con­cilio de Constanza, significa ganso. Y muriendo Huss en la hoguera, había exclamado: “Ahora me asan a mí, pobre ganso; pero dentro de cien años vendrá un cisne, contra el cual no prevalecerán”). Yo la he adquirido de uno de mis an­tiguos maestros de escuela; en cuanto a su fuer­za, es tan grande, porque no se le puede sacar la medula y aun yo mismo estoy admirado… De repente oí un gran grito… De la larga pluma del fraile habían salido otras muchas plumas… Me desperté por tercera vez; era ya de día.”

El duque Juan se volvió entonces al canciller, y le dijo:-Señor canciller, ¿qué os parece? ¡Qué bien nos vendría aquí un José o un Daniel inspi­rado de Dios!

El canciller contestó: Vuestras altezas saben el proverbio vulgar que dice que los sueños de los jóvenes, de los sabios y de los grandes seño­res tienen ordinariamente alguna significación oculta; pero la de este sueño no se sabrá sino de aquí a algún tiempo, cuando lleguen las cosas que tienen relación con él; dejad su cumpli­miento a Dios, y encomendadlo todo en su mano.

-Pienso como vos, señor canciller -dijo el Duque-; no es cosa de que nos rompamos la cabeza por descubrir lo que esto pueda significar; Dios sabrá dirigirlo todo para su gloria.

– ¡Hágalo así nuestro fiel Dios! -interpuso Fe­derico el Sabio-. Sin embargo, yo no olvidaré nunca este sueño; ya me ha ocurrido una inter­pretación… pero la guardo para mí; el tiempo dirá tal vez si acerté.

Así pasó, según el manuscrito de Weimar, la mañana del 31 de Octubre en Schweinitz; veamos ahora cuál fue la tarde en Wíttemberg.

La fiesta de Todos los Santos era un día muy importante para Wittemberg, y aun más para la capilla que el príncipe elector había hecho cons­truir allí, llenándola de reliquias. Solían en ese día sacar aquellas reliquias adornadas de piedras preciosas y ponerlas de manifiesto a la vista del pueblo, atónito y deslumbrado con tanta magni­ficencia. Todos los que visitaban aquel día la capilla y se confesaban en ella, ganaban muchas indulgencias; así es que muchedumbre de gente concurría a aquella gran solemnidad de Wittem­berg.

Era la tarde del 31 de Octubre de 1517; Lute­ro, decidido ya, se encamina valerosamente hacia la capilla, a la que se dirigía la multitud supers­ticiosa de los peregrinos, y en la puerta de aquel templo fija noventa y cinco tesis o proposiciones contra la doctrina de las indulgencias; ni el elec­tor, ni Staupitz, ni Spalatin, ni ninguno de sus amigos, aun los más íntimos, habían sido preve­nidos de ello.

La fama de estas noventa y cinco tesis, fijadas en la puerta de la iglesia del castillo de Wittemberg, corrió muy pronto, no ya sólo por Alema­nia, sino por el mundo entero; en ellas declaraba Lutero, en forma de preámbulo, que las había escrito en espíritu de verdadera caridad y con el deseo terminante de exponer la verdad al pueblo cristiano; invitaba a la vez a todos los residentes en las cercanías o en países lejanos, a que pre­sentasen contra ellas sus objeciones de palabra o por escrito. Entre estas tesis, las principales eran las siguientes:

27.       Predican vana tradición de los hombres, cuantos dicen que tan pronto como el dinero se echa en la caja, el alma sale del purgatorio.

29.       Irán al infierno, junto con sus maestros, todos cuantos afirman que por las bulas de las indulgencias tienen asegurada su salvación.

36.       Cualquier cristiano que sienta verdadero arrepentimiento de sus pecados, tiene ya la ab­solución plenaria de culpas y penas, la cual le per­tenece y se le aplica sin cartas de indulgencias.

37.       Todo verdadero cristiano, sea vivo o di­funto, tiene parte en todos los bienes de Cristo y de la Iglesia, por el don de Dios, sin necesidad de cartas de indulgencias.

38.       Sin embargo, no se ha de despreciar la absolución del Papa y su dispensación, porque es la declaración de la remisión divina.

50.       Es preciso enseñar a los cristianos, que si el Papa supiese el robo y engaño de los predi­cadores de las indulgencias, antes preferiría que la Basílica de San Pedro fuese quemada o redu­cida a escombros, que verla construida con la piel, carne y hueso de sus ovejas.

53.       Son enemigos del Papa y de Jesucristo los que prohíben la predicación de la palabra de Dios porque se opone a las indulgencias.

62. El único tesoro verdadero de la igle­sia es el evangelio santísimo de la gloria y gracia de Dios.

Se ve que en estas tesis no se repudia la in­dulgencia misma, sino se condenan solamente los perniciosos abusos de ellas. Se trata de res­tituir las indulgencias a su objeto primitivo, se­gún el cual, se aplicaban únicamente a las peni­tencias eclesiásticas. No se dirigían en modo alguno contra el Papado. Lutero mismo dice:

“Cuando empecé esta obra contra las indulgen­cias, estaba tan lleno y satisfecho de la doctrina del Papa, que me hallaba dispuesto, o a lo menos habría sentido placer, y hasta habría ayudado a matar a todos los que no quisieran ser obedien­tes al Papa en la más mínima cosa.” Sin embargo, aunque todavía se movía dentro de ciertos limi­tes, se descubre ya en estas sentencias todo el ánimo de Lutero. La sencillez y rectitud de su alma, el celo sincero por la verdadera doctrina de Cristo, su grande amor a la Biblia, su vista clara y perspicaz para conocer los abusos de la Iglesia de aquella época, la firme convicción de que la remisión de los pecados es efecto sola­mente de la libre gracia de Dios mediante el arrepentimiento y la fe; todo esto que hizo de Lutero el Reformador, se encuentra ya en estas noventa y cinco sentencias. Aquí, es verdad, empieza todavía como fraile tímido que da un paso atrevido, pero con plena confianza en la bondad de la obra, aunque desconfiando de sí mismo, y no sin algún temor en cuanto a las consecuencias.

Lutero neutralizó en parte la rudeza y atrevi­miento de este paso, escribiendo el mismo día 31 de Octubre al elector Alberto de Maguncia, en­viándole copia de sus tesis, y rogándole hiciese cesar los abusos de los traficantes en indulgen­cias. En idéntico sentido escribió a algunos obis­pos. El digno obispo de Brandeburgo, Sculteto, aprobó el contenido de las tesis; pero rogó al mismo tiempo a Lutero que permaneciese quieto y tranquilo, a fin de no turbar la paz de las con­ciencias. Igual respuesta dieron otros hombres estimados por Lutero; y su príncipe, el elector Federico el Sabio, opinó casi del mismo modo. No quería éste imponer la verdad violentamente, pues amaba demasiado la tranquilidad pública, y no podía alegrarse en su corazón de la lucha comenzada. Y aunque en este primer paso del Reformador se ven mezclados miedo y atrevi­miento, es imposible dejar de conocer la pu­reza de sus sentimientos y sus propósitos. Estos se revelan tan claramente en cada una de sus pa­labras, y en toda su conducta, que el atribuir el comienzo de aquella lucha a la ambición y arro­gancia de Lutero, sólo prueba una completa ignorancia de los hechos o un deliberado pro­pósito de falsearlos.

“Yo empecé esta obra -dice el mismo Refor­mador- con gran temor y temblor; ¿quién era yo entonces, pobre, miserable y despreciable fraile, más parecido a un cadáver que a un hom­bre? ¿Quién era yo para oponerme a la majestad del Papa, a cuya presencia temblaban, no sólo los reyes de la tierra, sino también, si me es lícito expresarme así, el cielo y el infierno? Nadie puede saber lo que sufrió mi corazón en los dos primeros años en qué abatimiento y casi desesperación caí muchas veces. No pueden formarse una idea de ello los espíritus orgullosos” que han atacado después al Papa con grande audacia, bien que no hubieran podido con toda su habilidad hacerle el más pequeño mal, si Jesu­cristo no le hubiera hecho ya por mí, su débil e indigno instrumento, una herida de la que no sanará jamás… Pero mientras ellos se contenta­ban con mirar y dejarme solo en el peligro, no me hallaba tan gozoso, tranquilo y seguro del buen como lo estoy ahora, porque no sa­bía entonces muchas cosas que ahora sé, gracias a Dios… Yo entonces honraba de todo corazón la iglesia del Papa, como la verdadera iglesia; y lo bacía con más sinceridad y veneración que los infames y vergonzosos corruptores, que por con­tradecirla, la ensalzan tanto ahora. Si yo hubiera despreciado al Papa, como le desprecian los que le alaban tanto con los labios, hubiera temido que se hubiese abierto la tierra, y me hubiese tragado vivo como a Coré y a todos los que con él estaban.”

¿Qué dicen a esto los que a móviles tan indig­nos atribuyen el movimiento iniciado por Lutero? ¡Qué sinceridad, qué rectitud de alma revelan sus palabras! El que quiera emprender alguna cosa buena:

-dice en otra parte, aludiendo a sus noventa y cinco proposiciones-, que la emprenda confia­do en la bondad de ella, y de ninguna manera en el auxilio y consuelo de los hombres. Además, que no tema a los hombres ni al mundo entero, porque no mentirá esta palabra: Es bueno confiar en el Señor” y seguramente ninguno de los que confían en él será confundido, pero el que no quiere ni puede arriesgar ninguna cosa confiándose en Dios, que se guarde muy mucho de empren­derla.”

¿Es este el lenguaje de uno que emprendiera su obra, como dicen los enemigos de la Reforma, sólo por ambición, por rencor, por envidia y por afán de libertinaje?

Aun creemos que nos han de agradecer nues­tros lectores, para formar mejor su juicio, que les traslademos algunos párrafos de una carta que Lutero escribió al arzobispo de Magdeburgo el mismo día que fijó las tesis en las puertas de la capilla de Wittemberg. Dice así:

“Perdonadme, Rmo. P. en Cristo, y muy ilus­tre príncipe, si yo, que no soy más que la escoria de los hombres, tengo la temeridad de escribir a vuestra sublime grandeza. El Señor me es testi­go que, conociendo cuán pequeño y miserable soy, he dudado mucho tiempo de hacerlo. Que vuestra alteza, sin embargo, deje caer una mirada sobre un poco de polvo, y según su benignidad episcopal, reciba bondadosamente esta mi petición…”

¡Gran Dios! las almas confiadas a vuestra dirección, excelentísimo Padre, las instruyen, no para la vida, sino para la muerte. (Ha hablado antes de los predicadores y traficantes con las indulgencias.) La justa y severa cuenta que se os pedirá, se aumenta de día en día. No he podi­do callar más tiempo. ¡No! El hombre no se sal­va por la obra o por el ministerio de su obispo. El justo mismo se salva difícilmente, y el camino que conduce a la vida es estrecho. ¿Por qué, pues, los predicadores de indulgencias, con cuentos ridículos, inspiran al pueblo una segu­ridad carnal? Si se les cree, la indulgencia es la sola que debe ser proclamada y exaltada… ¡Y qué! ¿No es el principal y el único deber de los obispos enseñar al pueblo el Evangelio y el amor de Jesucristo? Jesucristo no ha ordenado en ninguna parte la promulgación de las indulgen­cias, pero sí ha mandado con todo encarecimiento predicar el Evangelio. ¡Qué horror y qué riesgo para un obispo, si consiente que no se hable del Evangelio, y que sólo el ruido de las indul­gencias suene sin cesar a los oídos del pobre pueblo!”

Contestando en otra ocasión a los que le til­daban de orgulloso y soberbio, dice, dirigiéndo­se a Lange: “Deseo saber cuáles son los errores que vos y vuestros teólogos habéis hallado en mis tesis. ¿Quién no sabe que rara vez se procla­ma una idea nueva sin que su autor sea acusado de orgulloso y de buscar disputas? Si la misma humildad emprendiese algo de nuevo, los que son de opinión contraria dirían que aquello era orgu­llo. ¿Por qué fueron inmolados Jesucristo y todos los mártires? Porque parecieron orgullosos, me­nospreciadores de la sabiduría mundana, y porque anunciaron otra nueva, sin haber consultado previa y humildemente a los órganos de la opi­nión contraria.

“Que no esperen, pues, los sabios del día que yo tenga bastante humildad, o más bien hipocre­sía, para pedirles un consejo antes de publicar lo que es mi deber hacerlo: en este caso no debo consultar a la prudencia humana, sino al consejo de Dios. Si la obra es de Dios, ¿quién la conten­drá? Si no lo es, ¿quién la adelantará?… No mi voluntad, ni la suya, ni la de nadie, sino la tuya, Padre Santo que estás en los cielos.”

Conviene ahora seguir a aquellas proposicio­nes, por todas las partes adonde penetraron, en el gabinete de los sabios, en la celda de los frai­les y en el palacio de los príncipes, para formarse una idea de los distintos y prodigiosos efectos que produjeron en Alemania.

Reuchlin las recibió; estaba cansado del rudo combate que tenía que sostener contra los frailes; la fuerza que el nuevo atleta desplegaba en sus tesis reanimó el espíritu abatido del antiguo cam­peón de las letras e infundió la alegría en su Corazón angustiado. ¡Gracias sean dadas a Dios! -exclamó después de haber leído las tesis-; ya por fin han encontrado un hombre que les dará tanto que hacer, que se verán obligados a dejar­me acabar en paz mi vejez.

El astuto Erasmo se hallaba en los Países Ba­jos cuando recibió las tesis; se alegró interiormente de ver manifestados con tanto valor sus deseos secretos de que se corrigiesen los abusos; aprobó dichas tesis aconsejando únicamente a su autor más moderación y prudencia; sin embargo, habiéndose quejado algunos en su presencia de la violencia de Lutero, dijo: “Dios ha dado a los hombres un médico que corta así las carnes, porque sin él, la enfermedad hubiera sido incu­rable.” Y más tarde, habiéndole pedido el elec­tor de Sajonia su opinión sobre el asunto de Lutero, respondió sonriéndose: “Nada me extra­ña que haya causado tanto ruido, porque ha co­metido dos faltas imperdonables, que son: haber atacado la tiara del Papa y el vientre de los frailes.”

El doctor Fleck, prior del convento de Stein­lausitz, no celebraba misa hacía tiempo, y nadie sabía el por qué; un día halló fijadas en el refec­torio de su convento las tesis de Lutero; acercóse a ellas para leerlas y apenas hubo recorrido algunas, cuando sin poder contenerse de alegría, exclamó: “¡Oh!, ¡oh! Al fin ha venido el que esperábamos hace mucho tiempo, y que os hará ver a vosotros, frailes…” Después, como si leyese el porvenir, dice Mathesius, y comentando el sentido de la palabra “Wittemberg”, dijo:

“Todos vendrán a esta montaña a buscar la sa­biduría, y la hallarán…” Escribió al doctor que continuara con valor aquel glorioso combate. Lu­tero le llama un hombre lleno de alegría y de consuelo.

Ocupaba entonces la antigua y célebre silla episcopal de Wurzburgo un hombre piadoso, honrado y sabio, según sus contemporáneos; Lorenzo de Bibra. Cuando iba un gentilhombre a decirle que destinaba su bija al claustro, le aconsejaba: “Dadle más bien un marido”; y luego añadía: “¿Necesitáis dinero para ello? Yo os lo prestaré.” El emperador y todos los prín­cipes le estimaban mucho: dolíase de los desór­denes de la Iglesia, y más aún de los de los con­ventos. Las tesis llegaron también a su palacio; las leyó con gran júbilo, y declaró públicamente que aprobaba a Lutero. Más tarde escribió al elector Federico: “No dejéis partir al piadoso doctor Martín Lutero, porque le culpan sin ra­zón.” El elector, satisfecho de este testimonio, escribió de su puño y letra al Reformador comu­nicándoselo.

El mismo emperador Maximiliano, predecesor de Carlos V, leyó con admiración las tesis del fraile de Wittemberg; previó que aquel oscuro agustino podría llegar a ser un poderoso aliado para la Alemania en su lucha contra Roma; así es que hizo decir al elector de Sajonia, por un enviado: “Conservad con cuidado al fraile Lute­ro, porque podrá llegar un tiempo en que haya necesidad de él”. Y poco tiempo después, ha­llándose en la Dieta con Pfeffiger, íntimo consejero del elector, le dijo: Y bien, ¿qué hace vuestro agustino? Verdaderamente no son de despreciar sus proposiciones; ya tendrán que habérselas con él.

Aun en Roma y en el Vaticano, no fueron re­cibidas las tesis tan mal como podía creerse. León X las juzgó como literato más bien que como Papa; la que le causaron las tesis le hizo olvidar las severas verdades que conte­nían; y cuando Silvestre Prierías, maestro del Sacro-Palacio, encargado de examinar los libros, le aconsejó que declarase a Lutero hereje, le respondió: “Este hermano, Martín Lutero, tiene un grande ingenio, y todo lo que se dice contra él no es más que envidia de frailes.”

Es casi increíble la rapidez con que, antes de que hubiesen transcurrido quince días, se propagaron estas tesis por casi toda Alemania; y en menos de un mes fueron conocidas en la mayor parte de la cristiandad europea. En todas partes se leyeron con ansiedad e interés sumo, y se hi­cieron de ellas muchas reimpresiones. Un histo­riador de aquel tiempo dice que la rapidez fue tan grande, que no parecía sino que los ángeles mismos habían ido como mensajeros para poner­las ante los ojos de todos los hombres. Muchos que ya en su interior eran poco favorables a la Iglesia de Roma, se llenaron de júbilo al oír ahora en alta voz lo que antes habían pensado en silencio, y saludaron este acto de Lutero como a una señal de fuego en la montaña que llamaba a toda la nación para librarse de las ca­denas del papado.

Pero los que admitían tales abusos y sacaban provecho de ellos, se enfurecieron. Mas ninguno de ellos acudió a disputar y discutir con Lutero, respondiendo a su invitación. Tetzel, que desde aquel momento perdió toda la influencia y el buen negocio que hasta entonces había hecho, porque las dichas tesis echaron por tierra su trá­fico de indulgencias, quemó las sentencias de Lutero, dio a luz un furibundo escrito, lleno de calumnias contra éste, y trató de revolver el cielo y la tierra con el fin de perderlo. Otros, es­cribieron también calumniosas acusaciones, y aconsejaron lo que siempre ha sido el remedio más fácil y eficaz de la Iglesia romana, es decir, que fuese quemado por hereje. Los amigos de Lutero empezaron a temer por su vida. Mas él contestaba con firmeza: “Si no se ha comenzado la obra en el nombre de Dios, pronto caerá; pero si ha empezado en su nombre, entonces dejadle a El que obre.”

Verdad es que el mismo Lutero tenía motivos para temer las consecuencias de la obra principiada; pero en medio de estas lu­chas internas y externas, se afirmó su convicción de que no emprendía la causa como suya, sino como de Cristo; y que conservando la dulce paz y alianza con su Salvador, no tenía nada que es­perar ni temer del mundo.

Mientras así empezaba la lucha con pequeñas escaramuzas, Lutero, cuya fama corría ya por el mundo, pero que, sin embargo, cumplía todos los deberes de su regla con la conciencia más estricta, hizo un viaje, en Abril de 1518, a Hei­delberg, para asistir allí a una reunión de dele­gados de la orden de Agustinos. Aprovechó, pues, esta ocasión para defender en una Contro­versia sus convicciones, basándolas en las San­tas Escrituras. Está controversia tuvo una impor­tancia tan grande para la obra de la Reforma en Alemania, que no puede dejar de verse en dicho Viaje el dedo de Dios y su Providencia. Porque tanto Lutero como sus tesis, eran poco cono­cidos en el Sur de Alemania, y al mismo tiempo, con intenciones nada cristianas se habían hecho correr sobre él muchos rumores, por cierto muy falsos y calumniosos. Ahora se presentó él mis­mo, y con su sinceridad y con el poder de su espíritu ganó pronto los corazones de casi todos. Allí conquistó y convirtió a los que después fue­ron sus colegas y colaboradores en la obra de la Reforma, Martín Butzer, Erhard Schnepf, Juan Brenz y otros, que en aquella ocasión admiraron no solamente su talento y personalidad, sino muy especialmente el modo que tenia de expli­car y aplicar las Escrituras.

***

La controversia de Leipzig

Y sus consecuencias

Pero sus adversarios no guardaron silencio.— El movimiento había ya avanzado tanto que era imposible detenerlo. El primer motivo para la continuación de la lucha le dolió al enemigo, más furioso de Lutero; El Dr. Eck de Ingolstadt. Ya para cuando principiaron las discusiones, un colega de Lutero, Bodestein, comúnmente llamado por el nombre, Carlostadio, había defendido la causa de Lutero y escribió a favor de él contra el Dr. Eck con mucho entusiasmo. El Dr. Eck, que no podía callarse, había lanzado réplicas violentas, tanto contra Lutero como contra Carlostadio; y este le replicó con la mayor energía. La lucha creció de tal manera, que por fin Eck, según la costumbre de aquellos tiempos, desafió a su adversario a una controversia pública, en la cual daba por segura la victoria, confiando en su probada destreza para esta clase de debates. Todavía antes de la polémica y a principio del año 1519, el Dr. Eck escribió Otro folleto más violento, en el Cual atacaba también a Lutero, que, como sabemos, había pactado con Miltitz el guardar silencio si sus adversarios hacían lo mismo. Este escrito, lleno de improperios y calumnias daba ya a Lutero el derecho de entrar otra vez en la lucha, tanto más, cuanto que el Dr. Eck hizo imprimir al mis­mo tiempo trece tesis o proposiciones, sobre las cuales quería disputar Con el mismo Lutero. Estas tesis se referían principalmente a las indul­gencias y al poder papal. Lutero estaba ya en e1 deber de contestar, e hizo imprimir igual número de tesis, en las cuales, con más energía y firmeza que en sus primeras, rechazaban las indulgencias como innovación, y también la autoridad incon­dicional del Papa. El Dr. Eck invitó también a Lutero a tomar parte en la controversia pública; y logró al efecto, el permiso del duque Jorge de Sajonia, porque a este ducado pertenecía Leip­zig, Ciudad designada para el debate. En el mes de Junio de 1519, los adversarios se encontraron en ella: Lutero y Carlostadio, acompañados por algunos estudiantes y profesores de la Universi­dad de Wittemberg; el Dr. Eck auxiliado con el favor del duque Jorge y por casi toda la Univer­sidad de Leipzig, que tenía celos de la de Wit­temberg.

Sorprendente es que Cayetano y Miltitz, que tenían grandísimo interés en evitar que se levan­tase de nuevo la tempestad, apenas calmada un poco, no hicieron lo más mínimo para impedir esta lucha: tal vez la ignorasen; tal vez confiaran demasiado en la habilidad del Dr. Eck. Nunca creyeron que de este ensayo pudiese salir una nueva derrota del papado.

Era esto sin duda una maravillosa providencia de Dios, que hace ciegos en su orgullo a los que ven y prende a los sabios en su misma sabidu­ría. El obispo Adolfo de Merseburg, en cuya diócesis se hallaba Leipzig, calculó el peligro de esta polémica con más acierto. Hizo las más enérgicas advertencias al duque Jorge, pero éste le respondió con mucho juicio: Estoy sorprendido de ver que un obispo tenga tanto horror a la antigua y laudable costumbre de nuestros pa­dres, de examinar las cuestiones dudosas en ma­teria de fe. Si vuestros teólogos se niegan a de­fender su doctrina más valdría invertir el dinero que se les da en el sostén de mujeres ancianas y de niños que a lo menos saben cantar e hilar… Pero esta carta no convenció al obispo: el día de San Juan de 1519 y por un edicto fijado en la puerta de la iglesia prohibió el acto. Pero el ma­gistrado de la ciudad de Lepzig estaba tan lleno de entusiasmo por el Dr. Eck que hizo caso omiso del mandamiento del obispo, y la contro­versia comenzó el 27 de Junio en una sala grande del castillo situado junto al río Pleisse.

El duque Jorge vino con su corte y otras per­sonas notables, y asistió durante trece días a las discusiones prestando la más viva atención. Los primeros ocho días disputaron Eck y Carlostadio, sobre el libre albedrío. Eck tenía la ventaja de su palabra agresiva; daba grandes gritos, vociferaba y gesticulaba como un actor, con mucho descaro y altisonantes palabras mientras el doc­tor Carlostadio, ateniéndose únicamente al fondo y a sus libros, aparecía más tímido y lento en sus argumentaciones. Así que el público se in­clinaba en favor del Dr. Eck. Pero el debate entre éste y Lutero fue mucho más provechoso al partido de la Universidad de Wittemberg. En Lutero tenía el Dr. Eck un adversario tan bien preparado en todo y por todo, que sus astucias, sofismas y vociferaciones fracasaron. En uno de los puntos principales, el primado del Papa, Lu­tero defendía su afirmación de que no el obispo de Roma sino Cristo, era la cabeza y jefe de la iglesia; y que el Papa poseía el primado, no por derecho divino, sino por tradición humana; fue el poder que el Papa había asumido era usurpado y contrario, tanto a las Sagradas Escri­turas, como a la historia eclesiástica de los pri­meros siglos. Esto lo afirmaba con todo el peso y fuerza de la lógica, y salió victorioso.

Eck apelaba a los Santos Padres; con ellos le respondía Lutero; y todos los espectadores admiraban la superioridad que tenía sobre su rival.

-Lo que yo expongo -dijo Lutero- es lo mis­mo que expone San Jerónimo, y voy a probarlo por su misma epístola a Evagrius: Todo obispo -dice él-, sea de Roma, sea de Eugubium, bien de Alejandría bien de Túnez, tiene el mismo mérito y el mismo sacerdocio. El poder de las riquezas y la humillación de la pobreza es lo que coloca a los obispos en una esfera más alta o más baja.

De los escritos de los padres, Lutero pasó a las decisiones de los concilios, que no ven en el obispo de Roma sino al primero entre sus iguales.

Eck responde con una de aquellas sutiles distinciones que le son tan familiares:

-El obispo de Roma, si queréis, no es obispo universal, sino obispo de la iglesia universal.

-Quiero guardar silencio sobre esa respuesta -dijo Lutero-; que los oyentes la juzguen por sí mismos.

-Cierto-añade enseguida-; he aquí una teoría digna de un teólogo, y muy a propósito para saciar a un disputador hambriento de gloria. No ha sido inútil mi costosa estancia en Leipzig, pues he aprendido aquí que el Papa no es, en verdad, obispo universal, sino que es el obispo de la Iglesia universal.

-Pues bien -dijo Eck-; vuelvo a lo esencial. El venerable doctor me pide le pruebe que la primacía de la iglesia de Roma es de derecho divino; lo que pruebo con estas palabras de Cris­to: Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mí iglesia. San Agustín, en una de sus epístolas ha expuesto así el sentido de este texto: Eres Pedro y sobre esta piedra es decir, sobre Pedro, edificaré mi iglesia. Es verdad que este mismo San Agustín ha manifestado en otra parte que por esta piedra debía entenderse Cristo mismo; pero él no ha retractado su primera exposición.

-Si el reverendo doctor quiere atacarme -dijo Lutero-, que concilie antes estas palabras contradictorias de San Agustín. Porque es cierto que San Agustín ha dicho muchas veces que la piedra era Cristo, y apenas una sola vez que era el mismo Pedro. Mas aun cuando San Agustín y todos los padres dijeran que el apóstol es la piedra de que habla Cristo yo me opondría a todos ellos, apoyado en la autoridad de la Escritura Santa, pues está escrito: Nadie puede poner otro cimiento que el que ha sido puesto que es Jesucris­to. (1ª. Corintios 3,11.) El mismo Pedro llama a Cristo la piedra angular y viva sobre la cual estamos edificados para ser una casa espirilual. (1ª. de San Pedro 2, 4, 5.)

El Dr. Eck no tuvo otra contestación sino de­cir que Lutero era otro hereje más que seguía las huellas de Juan Huss. Y cuando Lutero le contestó: -Querido doctor, no todas las doctri­nas de Juan Huss eran herejías- el doctor Eck se asustó de tal afirmación y quedó como fuera de si. Y hasta el duque Jorge exclamó con voz tan alta que se pudo oír en toda la sala:-¡Válgame la pestilencia! Disputaron después acerca del pur­gatorio, sobre las indulgencias, el arrepentimien­to y las doctrinas que con éstas tenían relación. Los debates terminaron el 15 de Julio. El Dr. Eck, siguiendo su costumbre, se atribuyó la victoria con grandes alardes de triunfo; mas todos vieron que en los puntos principales había tenido que ceder a la ciencia y a los argumentos de Lutero.

Pero esta controversia dio un gran impulso a la causa de la Reforma. Se había hablado sobre el papado, sus errores y abusos, con una clari­dad y franqueza inusitadas, y dichos errores se habían hecho más patentes que nunca. Y, por otro lado, las verdades allá proclamadas habían impresionado a muchos de los oyentes. Uno de los resultados más importantes fue que un joven colega de Lutero en la Universidad de Wittem­berg, Felipe Melanchton, en el curso de estos debates se decidiera completamente en favor de la doctrina de Lutero.

Este catedrático, joven de veintidós años, contribuyó desde entonces a la Reforma con la riqueza de sus conocimientos, y pronto llegó a ser, después de Lutero, el instrumento más im­portante de ella. Como en el curso de esta histo­ria hemos de nombrarle más de una vez, convie­ne que adelantemos sobre él algunas noticias.

Felipe Melanchton, hijo de Jorge Schwarzerd, famoso fabricante de armas, nació el 16 de Febre­ro de 1497 en Bretten, palatinado del Rhin. El renombrado humanista Juan Reuchlin era her­mano de su abuelo paterno. Después que Felipe hubo concluido sus primeros estudios en el Cole­gio latino de Pforzheim, pasó a la Universidad de Heidelberg, con el fin de seguir su carrera, aun­que no contaba más que doce años. Pero su ta­lento y disposición eran tan grandes, que en dos años recibió el grado de bachiller en filosofía, y pronto aspiró también al de doctor; mas por ser de tan corta edad, le fue negado. Poco satisfe­cho con esto, y como tampoco le agradaba el clima de Heidelberg, pasó a Tubingen, donde se aplicó con toda diligencia, escribió una gramáti­ca griega, se hizo doctor el año 1514, y poco después empezó a dar conferencias públicas.

La Santa Escritura le ocupaba principalmente. Los que frecuentaban la iglesia de Tubingen, habían notado que tenía muchas veces entre sus manos un libro, en el que leía durante el culto divino. Aquel desconocido volumen parecía ma­yor que los manuales de oraciones y corrió el rumor de que Felipe leía en aquel acto obras profanas; mas se vio con sorpresa que el libro que había inspirado tal sospecha era un ejemplar de las Santas Escrituras, impreso hacía poco tiempo en Basilea por Juan Frobenius. Toda su vida continuó aquella lectura con la más asidua aplicación; siempre llevaba consigo aquel pre­cioso volumen a todas las asambleas públicas a las que era llamado. Despreciando los vanos sistemas de los escolásticos, se atenía a la sim­ple palabra del Evangelio. Erasmo escribía en­tonces a Ecolampadio: Tengo el concepto más alto y las esperanzas más grandes acerca de Melanchton: que Cristo haga solamente que nos sobreviva largo tiempo, y eclipsará totalmente a Erasmo… Sin embargo, Melanchton participa de los errores de su siglo. Me estremezco –dice en una edad avanzada de su vida- al pensar en el Culto que yo daba a las estatuas, cuando per­tenecía aún al paganismo.

En 1518 fue nombrado catedrático de la Uni­versidad de Wittemberg por recomendación de Reuchlin. Aquí se le oía con tanto gusto e interés que la concurrencia de sus discípulos aumentaba de día en día, y pronto llegó a ejercer tanta influencia en los ánimos que se le puede llamar el Reformador científico. Al punto le designó la fama como el preceptor germánico, el maestro de Alemania.

Cuatro días después de su llegada, el 22 de Agosto, pronunció el discurso de inauguración; toda la Universidad se hallaba reunida; el mu­chacho, como le llamaba Lutero, habló en un latín tan elegante y descubrió un entendimiento tan cultivado y un juicio tan sano que todos sus oyentes quedaron sorprendidos.

Terminado el discurso todos se apresuraron a felicitarle; pero nadie se alegró tanto como Lute­ro, el cual comunicó a sus amigos los sentimien­tos que llenaban su corazón. Melanchton -es­cribió a Spalatin el 31 de Agosto- ha pronun­ciado, cuatro días después de su llegada una arenga tan sabia y bella, que todos le han oído con aprobación y sorpresa: pronto nos hemos desengañado de la idea que habíamos formado de él por su exterior; elogiamos y admiramos sus palabras y damos gracias al príncipe y a vos por el servicio que nos habéis prestado. No pido otro maestro de lengua griega; pero temo que su delicado cuerpo no pueda soportar nuestros alimentos, y que no le conservaremos mucho tiem­po, a causa de lo módico de su sueldo. Sé que los habitantes de Leipzig se jactan ya que van a llevárselo a su seno. ¡Oh mi querido Spalatin! Guardaos de despreciar la edad y la perso­na de este joven, el cual es digno de todo honor.

Melanchton se dedicó luego con mucho ardor a explicar a Homero, y la epístola de San Pablo a Tito. Haré todos mis esfuerzos -escribía a Spalatin- para merecer en Wittemberg la esti­mación de todos los que aman las letras y la vir­tud. Cuatro días después de la toma de posesión de su cátedra, Lutero escribía otra vez a Spalatin: Os recomiendo muy particularmente al muy sabio y muy amable helenista Felipe. Su audito­rio es siempre numeroso; todos los teólogos principales vienen a oírle: inspira tal afición a la lengua griega, que todos, grandes y pequeños se dedican a aprenderla.

Melanchton sabía apreciar y corresponder al afecto de Lutero. Pronto descubrió en él una bondad de carácter, una fuerza de espíritu un valor y una sabiduría que no había encontrado hasta entonces en ningún hombre. Le veneró y le amó. Si hay alguno -decía- a quien yo ame desde lo más íntimo de mi corazón es a Martín Lutero.

Muy pronto le unió con Lutero una amistad estrecha. Melanchton reunía en sí tanto la profundidad como la elegancia del estilo, gran pure­za de pensamientos y de conducta, la sencillez de un niño en su trato, y una piedad sincera y sin hipocresía; de manera que era estimado de todos. Sin mostrarse débil poseía mansedumbre, dulzura de carácter y deseo de reconciliar a los adversarios, cualidades que hicieron de él el ángel de paz de la Reforma, mientras Lutero era en aquellas grandes luchas el campeón siempre pronto a entrar en batalla. Esta mutua relación entre Lutero y Melanchton, en la cual el uno su­plía las faltas del otro, Lutero dando a Melanch­ton la fuerza de su energía, y Melanchton a Lute­ro la profundidad y el genio de su sabiduría y ciencia, es una de las cosas más dignas de notarse en aquel gran tiempo de la Reforma. Era una amistad sincera y noble, fundada en el amor común hacia el Altísimo, y en la común defensa de las más preciosas verdades y beneficios espi­rituales. Nunca la menoscabaron pequeñeces, envidias o suspicacias; aunque no faltaba quien quería sembrar la enemistad entre ellos; antes bien, aquella amistad creció con el tiempo por el reconocimiento mutuo de sus talentos y por el noble entusiasmo que ambos sentían en favor de la misma causa. Por lo demás, la llegada de Melancbton causó una revolución, no sólo en Wittemberg, sino en toda la Alemania y entre todos los sabios. Desapareció la esterilidad que había producido la doctrina escolástica en la enseñanza y empezó un nuevo método de ense­ñar y estudiar.

Por otra parte, era muy importante que un hombre que conocía a fondo el griego enseñase en aquella Universidad, en la que los nuevos horizontes de la teología llamaban a maestros y discípulos a estudiar en la lengua original los documentos primitivos de la fe cristiana. Desde entonces se dedicó Lutero con celo a este trabajo. El sentido de tal o cual palabra griega que había ignorado hasta entonces, aclaraba al instante sus ideas teológicas. ¡Qué alivio y qué gozo no sin­tió, por ejemplo, cuando supo que el término griego <arrepentimiento>, que según la Iglesia romana designaba penitencia, expiación humana, significa propiamente una transformación o con­versión del corazón!

Los dos sentidos diferentes, dados a dicha palabra, son precisamente los que caracterizan a las dos iglesias. La iglesia del Papa vincula la salvación en las obras de penitencia y mortifica­ción como si Jesucristo no lo hubiese expiado todo en sí mismo sobre el madero: la iglesia evangélica, siguiendo a Cristo y a los apóstoles la pone en la conversión o cambio del co­razón.

Cómo los debates de Leipzig no habían tenido un fin decisivo, continuó la lucha por medio de la pluma. Levantóse contra Lutero un verdadero torbellino de escritos. Pero tampoco faltaron amigos que le ayudasen, publicando multitud de artículos o folletos en que atacaban severamente la ignorancia y los vicios del clero. Hasta los nobles de Alemania le ofrecieron el apoyo de su espada; Silvestre de Schaumburgo, caballero piadoso y Francisco de Sickringen, la flor y nata de la nobleza Alemana, le ofrecieron sus castillos como lugares de refugio, y pusieron a su disposición sus servicios, sus bienes, sus per­sonas, y todo cuanto poseían. Ulrico de Hutten escribía: ¡Despierta, noble libertad! Y si acaso surgiese un impedimento cualquiera en estas co­sas que ahora tratáis con tanta seriedad y ánimo tan piadoso, por lo que veo y oigo, por cierto que lo sentiría. En todas ellas os prestaré gus­toso mi concurso, cualquiera que sea el éxito os ayudaré fielmente y con todo mi poder; ya podéis revelarme sin miedo alguno todos vues­tros propósitos y confiarme toda vuestra alma. Con la ayuda de Dios queremos proteger y con­servar nuestra libertad, y salvar confiadamente nuestra patria de todas las vejaciones que hasta ahora la han oprimido y molestado. Ya veréis cómo Dios nos ayuda.

Lutero se gozaba con tales pruebas de afecto; sin embargo, el áncora de su esperanza no des­cansaba en la espada, sino en la roca eterna del amor de Dios. Yo no quiero -decía-que recu­rran a las armas ni a la matanza para defender el Evangelio. Por la palabra fue vencido el mun­do; por la palabra se ha salvado la iglesia, y por la palabra deberá ser reformada. Yo no desecho tales ofertas; síu embargo, no quiero otro protec­tor sino a Cristo. En una carta que en aquel tiempo escribió a Spalatin dice: Si el Evangelio fuese de tal carácter que hubiera de ser preservado por los poderosos del mundo, entonces Dios no lo hubiera confiado a pescadores. No es cosa que atañe a los príncipes el proteger la Pala­bra de Dios. Ya habéis visto lo que Hutten desea. Pero yo no quisiera que el Evangelio fuese defendido a viva fuerza y con derramamiento de sangre, y en este sentido le he contestado. ¡Ojalá que así hubieran hablado también los papas, en lugar de derramar a torrentes la sangre de los Waldenses y Albigenses, y de quemar a Juan Huss en la hoguera!

En esta disposición de ánimo escribió Lutero aquella famosa carta, tan enérgica como atrevi­da, Manifiesto a Su Majestad Imperial y a la no­bleza cristiana de Alemania sobre la reforma del cristianismo. En este librito no lucha ya solamente contra los abusos del poder papal, sino contra el mismo papado. Exhorta a la nación a librarse de las cadenas de Roma, a quitar al Papa la influen­cia que hasta entonces ejerciera sobre la iglesia alemana, privarle de las enormes sumas que sacaba de este país, conceder otra vez a los sa­cerdotes la libertad de casarse, reformar los con­ventos y suprimir los de las órdenes mendican­tes. Con el dolor de un corazón cristiano, y con el justo enojo de un corazón alemán, emplaza al Papa y le acusa de que con sus indulgencias había enseñado a ser perjura e infiel a una nación fiel y noble.

No es por temeridad -dice- por lo que yo, hombre del pueblo, me determino a hablar a vuestras señorías. La miseria y la opresión que abaten actualmente todos los Estados de la Cristiandad, y en particular a la Ale­mania, me arrancan un grito de dolor. Es nece­sario que yo pida socorro. Dios nos ha dado por jefe a un príncipe joven generoso, el emperador Carlos V, y ha llenado así de grandes esperan­zas nuestros corazones. Mas nosotros debemos hacer de nuestra parte todo lo que podamos.

Los romanos se han encerrado dentro de tres murallas para resguardarse de toda reforma. Si el poder temporal los ataca, dicen que ningún derecho tiene sobre ellos, y que el poder espiritual es superior al temporal. Si se les quiere con­vencer con la Santa Escritura, responden que nadie puede interpretarla sino el Papa. Si se les amenaza con un concilio, contestan que nadie puede convocarlo sino el Soberano Pontífice.

Mas ahora que Dios nos ayude y nos dé una de aquellas trompetas que derribaron los muros de Jericó: derribemos con nuestro soplo las mu­rallas de paja y de papel que los romanos han construido en derredor suyo.

Se dice -continúa Lutero- que el Papa, los obispos, los presbíteros y cuantos habitan en los conventos forman el estado espiritual o eclesiás­tico, y que los príncipes, nobles, ciudadanos y plebeyos forman el estado seglar o laico. Esta es una bonita invención; sin embargo nadie se asuste por ella. Todos los cristianos forman el estado espiritual, y entre ellos no hay otra diferencia sino la de las funciones que desempeñan. Todos tenemos un mismo bautismo, una sola fe, y esto es lo que constituye al hombre espiritual. La tonsura, la ordenación y la consagración que dan los obispos o el Papa, pueden hacer un hipó­crita, pero jamás un hombre espiritual. Todos a la vez somos consagrados sacerdotes por el bau­tismo, como lo dice San Pedro: Sois sacerdotes y reyes. No está conferido a todos, el poder de ejercer tales cargos pues ninguno puede apro­piarse lo que es común a todos sin el beneplácito de la comunidad. Mas si la consagración de Dios no estuviese en nosotros, la unción del Papa no seria válida para ordenar un presbítero.

De ahí se sigue que entre los laicos y sacer­dotes príncipes y obispos, o, como dicen, ecle­siásticos y seglares, nada hay que los distinga, excepto sus funciones. Todos tienen una misma profesión, pero no todos tienen una misma obra que hacer.

Siendo esto así, ¿por qué el magistrado ha de dejar de corregir al clero? El poder secular ha sido establecido por Dios para castigar a los ma­los y proteger a los buenos. Es preciso dejarle obrar en toda la cristiandad, sea el que fuere aquel sobre quien caiga: Papa, obispos, presbí­teros, frailes, monjas, etc. San Pablo dice a todos los cristianos: Toda alma esté sumisa (por consiguiente, el Papa también) a las potestades superiores; porque no en vano llevan la espada., (Rom. 13,1-4.)

Lutero, después de haber derribado asimismo las otras dos murallas, pasa en revista todos los abusos de Roma.

Principia por el Papa. Es una cosa horrible -dice- contemplar al que se nombra vicario de Jesucristo, con una magnificencia superior a la de los emperadores. ¿Es esto parecerse al pobre Jesús o al humilde San Pedro? ¡El es -dicen- el Señor del mundo!. Mas Cristo, del que se jacta ser vicario, dijo: Mi reino no es de este mundo. El reino de un vicario, ¿se ha de extender más allá que el de su Señor? ¿No es ridículo que el Papa pretenda ser heredero legitimo del imperio? ¿Quién se lo dio? ¿Fue Jesucristo cuando dijo: Los reyes de las naciones se enriquecen, mas no vosotros? (Lucas 22, 25-26.).

Pasa luego a pintar los efectos de la domina­ción papal. ¿Sabéis de qué sirven los cardena­les? Voy a decíroslo: la Italia y la Alemania tienen muchos conventos y curatos ricamente dotados. ¿Cómo trasladar estas riquezas a Roma? ¡Se han creado cardenales, se les han dado estos claustros y estas prelacías; y actualmente la Ita­lia está casi desierta; los conventos están des­truidos; los obispados, devastados, las villas decaídas; los habitantes, corrompidos; el Culto está expirando y la predicación abolida! ¿Por qué? Porque es menester que todos los bienes de las iglesias vayan a Roma, ¡Jamás el turco mismo hubiera arruinado así a la Italia! Ahora que han chupado así la sangre de su pueblo, pasan al nuestro; principian poco a poco: pero, ¡cuidado con ellos!, pronto se encontrará Ale­mania en el mismo estado que Italia. ¿Cómo es posible que nosotros, alemanes, suframos tales latrocinios y exacciones del Papa? ¡Ah, si a lo menos no nos despojasen sino de nuestros bie­nes! Pero devastan las iglesias, trasquilan los corderos de Cristo; están aboliendo el culto y borrando la palabra de Dios.

¿No se podrá decir hoy día otro tanto de nues­tra España? Lutero se ocupa a continuación del matrimo­nio del clero. Es la primera vez que trata este asunto. ¡En qué estado ha caído el clero, y cuántos sacerdotes se ven cargados de mujeres, de hijos, de pesares sin que nadie se compadezca de ellos! Que el Papa y los obispos dejen correr lo que corre, y perderse lo que se pierde, en hora buena; mas yo quiero salvar mi conciencia, quiero abrir libremente la boca, aunque se escandalicen luego Papa, obispos y quienquiera. Yo digo, pues, que conforme a la institución de Jesucristo y de los apóstoles, cada pueblo debe tener un párroco u obispo, y que este ministro pueda tener legítimamente una mujer, como Pablo lo escribe a Timo­teo: Que el obispo sea marido de una sola mujer (1ª. Timoteo 3, 2); como se practica aún en la iglesia griega. Mas el diablo ha inducido al Papa, como lo dice San Pablo en 1ª. Tim. 4, 1-3, a prohibir el matrimonio al clero. Y de ahí han dimanado tales y tantas miserias que es imposi­ble enumerarlas.

Ningún orador habló jamás así a la nobleza del imperio, ni al mismo emperador y al Papa. En verdad, esta carta era una exhortación a los más nobles del pueblo, para romper las ca­denas que los sujetaban a Roma. Sacó a luz todas las vejaciones e iniquidades que los buenos ale­manes habían sufrido ya desde siglos anteriores por aquellas sanguijuelas romanas, y demostró cómo el clero en Roma hacia mofa 4e su pacien­cia. Con elocuencia poderosa apelaba al senti­miento nacional, y decidió el desenvolvimiento de la reforma.

Dirigida esta exhortación a la nobleza germá­nica pronto se esparció por todo el imperio. Los amigos de Lutero temblaban; Staupitz y los que querían seguir las vías de la dulzura encontraron el golpe demasiado fuerte. En nuestros días -respondió Lutero-, todo lo que se trata con lentitud cae en el olvido y nadie le hace caso. Al mismo tiempo mostraba una simplicidad y una humildad admirables en cuanto a su persona. Yo no sé qué decir de mi -escribía-; quizá soy el precursor de Felipe (Melanchton); le preparo, como Elías, el camino en fuerza y espíritu.

No era necesario esperar a otro; el que había de aparecer, ya estaba presente La exhortación a la nobleza germánica salió a luz el 26 de Junio de 1520; en poco tiempo se vendieron 4.000 ejemplares, número extraordinario para aquel si­glo. La fuerza, la claridad, y el noble atrevimiento que campeaban en ella, la hicieron un escrito verdaderamente popular.

En los palacios y en los castillos, en las moradas de los ciudadanos y en las cabañas, están ya todos dispuestos y armados contra la senten­cia de condenación que Roma va a descargar sobre este profeta del pueblo.

Inmediatamente después, Lutero, con prodi­giosa actividad, lanzó un escrito tras otro, como nuevos mensajeros henchidos de entusiasmo. En el libro De la cautividad babilónica demuestra que la institución del papado es obra del diablo para quitar de la vista del pobre cristiano todas las verdades del puro Evangelio. En dicho libro dice primeramente que debía negar la existencia de los siete sacramentos, porque no había más que tres: el bautismo, el arrepentimiento y la santa cena. (Cuando después comprendió mejor la enseñanza de Cristo sobre este punto, recono­ció el arrepentimiento como condición de la fe salvadora, pero no como sacramento.)

Estos sacramentos -añade- han sido ence­rrados por decirlo así, en una prisión miserable por la corte romana, que ha robado a la Iglesia todas sus libertades.

Hablando de la Cena del Seño, enumera tres modificaciones esenciales dc este sacramento, es decir: 1º. Que la iglesia romana había privado del cáliz a los legos. 2º. Que enseña la doc­trina de la transubstanciación (Conversión del pan y vino en carne y sangre de Cristo). 3º. Que obliga a todos a creer que la misa es una buena obra v un sacrificio. Para llegar al sacramento puro y verdadero, debían ante todo quitarse las fórmulas que los hombres habían añadido a la pri­mitiva y sencilla institución de este sacramento.

En el del bautismo está conforme con la forma en que lo administra la Iglesia romana; pero lamenta, con razón, que el poder y la gloria de este sacramento fuesen por ella tan poco respetados.

Del arrepentimiento dice que la avaricia de los pastores había abusado de él de una manera terrible contra las ovejas de Cristo. En lugar de la promesa y la fe, habían puesto tres cosas: el arrepentimiento, la confesión y la satisfacción. Se había hecho un mérito del arrepentimiento, en vez de considerarlo como una conversión del alma, y los más atrevidos hasta habían inventa­do un medio arrepentimiento o atrición. La con­fesión que era útil y necesaria, se había conver­tido en una tiranía y una fuente de provecho para los papas; y la satisfacción era explicada y enseñada de tal manera, que no podía el pueblo entender lo que constituía la verdadera satisfac­ción, que no es otra cosa que la renovación de la vida por la fe.

Sobre la confirmación expone que no puede    probarse que Cristo la haya instituido, aunque puso las manos sobre muchos: es una invención de la Iglesia que nunca puede ser considerada como sacramento.

El matrimonio -continúa diciendo- se considera también como sacramento, pero sin apoyo alguno en la Sagrada Escritura; y no se recibe gracia de Dios por él. Tampoco Dios lo ha instituido con el objeto de que tuviese mérito ante sus ojos como obra buena. Ni puede llamarse sacramento del Nuevo Testamento, porque existía ya desde el principio del mundo, y también entre los infieles. Demuestra que el pasaje en Efesios 5, 32: Este misterio es grande; mas yo   digo esto con respecto a Cristo y a la Iglesia,   se había aducido solamente por los que ignoraban el griego; porque en él se habla del matrimonio como una figura o parábola de Cristo y de la Iglesia, y no como un sacramento.

Sobre la consagración de los sacerdotes expone asimismo que no es sacramento, sino una institución eclesiástica; la Iglesia, empero, no tiene          poder de ordenar nuevas promesas de la gracia           divina. De aquí ha provenido la abominable tiranía de los individuos del clero, que se han considerado mejores que sus hermanos por causa de la unción papal. Los pastores se han convertido en lobos; los siervos, en esclavos, y los clérigos, en hombres mundanos.

Contra el sacramento de la extremaunción, que se pretende probar por la epístola de Santiago, capitulo 5, versículos 14 y 15, dice con razón que no es facultad de los apóstoles instituir un sacramento; este es privilegio de Cristo, y en los Evangelios no se lee nada de tal sacra­mento. Pero aun este texto que habían aducido no se refería en modo alguno a una última un­ción de los moribundos, sino todo lo contrarío, a la curación de enfermos por medio de la oración.

Como suplemento de este libro de polémica sirve el discurso Sobre las buenas obras, donde el Reformador expone con vigor la doctrina de la justificación por la fe. La primera, la más no­ble, la más sublime de todas las obras -dice- es la fe en Jesucristo. De esta obra deben pro­ceder todas las obras: todas ellas son súbditas de la fe, y de ella sola reciben su eficacia.

Si un hombre tiene en su corazón la certi­dumbre de que lo que hace es grato a Dios, la obra es buena, aunque no consistiere sino en le­vantar una paja del suelo; mas si no tiene esa certidumbre, su obra no es buena, aunque resu­citase a los muertos. Un pagano, un judío, un turco, un pecador puede hacer todas las demás obras; pero confiarse firmemente en Dios y tener la certidumbre de que uno le es agradable, es lo que sólo el verdadero cristiano puede hacer.

En consecuencia, yo he ensalzado siempre la fe; pero en el mundo sucede de otra manera. Predicar la fe -dicen- es impedir las buenas obras. Mas si yo digo a un enfermo: Posee la salud y gozarás de tus miembros, ¿se dirá que le privo del uso de sus miembros? ¿No debe pre­ceder la salud al trabajo? Esto es lo mismo que cuando predicamos la fe: ella debe preceder a las obras, a fin de que las mismas obras puedan subsistir.

¿Dónde hallaremos esta fe -diréis- y cómo podremos recibirla? En efecto; esto es lo que más importa conocer. La fe viene únicamente de Je­sucristo, es prometida y dada gratuitamente.

¡Oh hombre! Represéntate a Cristo y consi­dera cómo Dios te muestra en El su misericordia sin ningún mérito de tu parte. Saca de esta ima­gen de su gracia la fe y la certidumbre de que todos tus pecados te están perdonados: esto no lo pueden producir las obras. De la sangre, de las llagas, de la misma muerte de Cristo es de donde mana esa fe que brota en el corazón.

Melanchton, al enviar este discurso a uno de sus amigos, lo acompañaba con estas pala­bras: No hay ningún escritor griego ni latino que se haya aproximado más al espíritu de San Pablo que Lutero.

Una vez más fue Lutero impulsado y persua­dido por Miltitz a tender la mano para una reconciliación. Como base para ella escribió su Sermón de la libertad del hombre cristiano, y lo envió al Papa León X. Este excelente librito daba en breves palabras una explicación de la doctrina cristiana, según la Sagrada Escritura. En su carta al Papa le exhortaba con mansedumbre, pero también con firmeza a que evitase las últimas consecuencias de aquellas controversias, reformando la atmósfera pestilente que en su corte le rodeaba. El Papa no se enojó por esto; se regocijó de los brillantes talentos de Martín, y creía que todo ello no era más que disputas de frailes.

***

La bula del papa y la señal del fuego

El Dr. Eck, marchó a Roma lleno de enojo contra Lutero, y no descansó hasta que el 15 de Junio de 1520 logró que fuese expedida la bula de excomunión papal. Esta bula condenaba 41 sentencias o conclusiones de Lutero, así como sus libros, y le lanzaba de la comunión de la Iglesia, si no se retractaba en el término de sesenta días. Todo el que aceptase la doctrina de Lutero, quedaba conminado por la pérdida de todos sus oficios y dignidades, y privado de derramamiento en lugar sagrado, etc. Lleno de gozo por tal triunfo, volvió el Dr. Eck con esta bula a Alemania, pero no logró muy buena suerte con ella. El hecho de llevarla él mismo, daba al hecho tales apariencias de venganza personal, que la impresión causada por la bula fue poco eficaz y casi contraproducente. Hasta en Leipzing, le enviaron cartas llenas de amenazas, y se burlaron de él de todas maneras. En Erfurt la bula fue hecha pedazos por multitud de estudiantes y echada después al agua; y en otras muchas partes ni siquiera fue publicada. Más ¿qué significaban todas estas resistencias de estudiantes, rectores y del clero? Si la poderosa mano de Carlos V se une a la del Papa, ¿no aplastarán juntos a estos escolares?

Al Reformador no se le oculta el enorme peli­gro en que se halla, pero eleva sus ojos al cielo y su alma se acoge al trono de Dios. ¿Qué va a suceder? Lo ignoro -dice-; sin embargo, no tengo empeño en saberlo. Sólo sé, y me basta, que ni una hoja del árbol cae sin el beneplácito de nuestro Padre celestial. Es poca cosa morir por el Verbo, pues que este Verbo se hizo carne y murió por nosotros; con El resucitaremos si con El morimos.

Todo el mundo se preguntaba qué iba a hacer Lutero entonces. En primer lugar, reiteró en 17 de Noviembre la apelación al juicio de un con­cilio general de toda la Iglesia, que había hecho ya dos años antes.

El acto revistió la siguiente solemnidad; a las diez de la mañana se reunieron Lutero, un nota­rio público y cinco testigos en una sala del con­vento de Agustinos, y Lutero declaró en voz alta: En atención a que el poder general de la igle­sia cristiana es superior al del Papa, sobre todo en lo concerniente a la fe; En atención a que el poder del Papa no es superior, sino inferior a la Escritura, y que él no tiene derecho para degollar los corderos de Cris­to y abandonarlos al lobo; Yo, Martín Lutero, agustino, doctor en Sa­grada Escritura en Wittemberg, apelo por este escrito por mí y por los que están o estarán con­migo, del santísimo Papa León, a un concilio universal y cristiano.

Y apelo del dicho Papa León, primeramente, como de un juez inicuo, temerario, tirano, que me condena sin oírme y sin exhibir los motivos. Segundo, como de un hereje, condenado por la Sagrada Escritura, que me ordena negar que la fe cristiana sea necesaria para la recepción de los sacramentos. Tercero, como de un adversario y un tirano de la Sagrada Escritura, que osa opo­ner sus propias palabras a las palabras de Dios. Cuarto, como de un menospreciador de la santa Iglesia cristiana y de un concilio libre, y que pre­tende que un concilio no es nada en sí mismo.

Esta protesta fue enviada a muchas cortes de la cristiandad.

Después atacó la misma bula, en un escrito intitulado Contra la bula del Anticristo en el cual hacia la defensa de todas las doctrinas que la bula había condenado. Sólo citaremos un párra­fo. La décima proposición de Lutero estaba así concebida: Los pecados no le son perdonados a ningún hombre, si no cree que le están per­donados cuando le absuelve el confesor. Al condenar el Papa esta proposición, negaba fuese necesaria la fe en el sacramento de la penitencia. Pretenden exclama Lutero- que no debemos creer que nos sean perdonados los pecados sino cuando somos absueltos por el sacerdote. ¿Qué debemos hacer, pues? Escuchad, ¡oh cristianos!, la noticia que acaba de llegar de Roma. Se pro­nuncia condenación contra este artículo de fe que confesamos, diciendo: Creo en el Espíritu Santo, en la Iglesia Universal y en el perdón de los pecados.

Entretanto que Lutero hablaba con tanta ener­gía, el peligro arreciaba. Ya principiaba a poner­se en ejecución la bula; no era vana la palabra del sumo pontífice; las hogueras se levantaban a su voz y quemaban los libros del hereje, en Amberes, Lovaina, Maguncia, Colonia, Ingols­tadt y otras poblaciones; pero en todas partes el pueblo se alborotó y demostró su enojo por este proceder. Tampoco los príncipes de Alemania, reunidos entonces para asistir a la coronación del nuevo emperador Carlos V, estaban contentos. Mas lo que los nuncios del Papa anhelaban, no era quemar libros y papeles, sino al mismo Lutero. Emplearon todos los medios posibles para lograr un edicto contra la cabeza de Lutero. Pero Carlos no fue tan condescendiente. No puedo -les contestó-, sin el parecer de mis consejeros y el consentimiento de los príncipes, descargar semejante golpe sobre una fracción numerosa y protegida por tan poderosos defen­sores. Veamos primeramente qué piensa de esto nuestro padre el elector de Sajonia; veremos después lo que tendremos que contestar al Papa. En vista de esto, los nuncios se dirigen al elector para ensayar con él sus artificios y el poder de su elocuencia.

Era crítica la posición en que se hallaba Fede­rico. Por un lado, estaban el emperador, los príncipes del imperio y el sumo pontífice de la cristiandad, a cuya autoridad aún no pensaba sustraerse; por otro, un fraile, un pobre fraile; pues a él solo era a quien reclamaban. Mas el elector estaba convencido de la injusticia que hacían a Lutero. Se horrorizaba ante la idea de entre­gar a un inocente en las manos de sus enemigos. La justicia antes que el papa, fue la norma que adoptó, resuelto a no ceder a Roma.

En medio de esta agitación general, Lutero no pensaba en ceder. A sus valientes palabras puso el sello con una acción más valiente aún. No debía quedarse atrás en esta lucha: lo que había hecho el Papa, iba a hacerlo el fraile: pa­labra contra palabra, hoguera contra hoguera. El 10 de Diciembre se fijó en la Universidad de Wittemberg un aviso para que todos los profe­sores y estudiantes se encontrasen a las nueve de la mañana ante la puerta de la Elster. Docto­res, estudiantes y pueblo se reunieron, y se diri­gieron al lugar designado. Lutero iba entre los primeros. Roma había encendido muchas hogue­ras para quemar las vidas de los herejes; Lutero quería emplear el mismo procedimiento, no para destruir personas, sino para destruir inútiles y nocivos documentos para esto sirvió el fuego. La hoguera estaba preparada; un licenciado la encendió. Y apenas se levantaron las llamas, el Doctor en Teología Martín Lutero se acercó con su hábito de monje, llevando en sus manos las decretales pontificias, algunos escritos de sus adversarios y la bula papal. Primero, fueron quemadas las decretales; después elevó Lutero la bula sobre su cabeza, y dijo: ÛPor cuanto has turbado al Santo del Señor (es decir, a Jesucristo, cuya obra de salvación completa negaba la bula), el fuego eterno te turbe y consumaÜ. Josué, 7, 25), y la echó en las llamas. Esta era, por de­cirlo así, la señal del incendio y la prueba de que desde aquel momento la separación de Roma era completa.

Al día siguiente, todos los oyentes esperaban una arenga de Lutero. Concluida su explicación, que versó sobre los Salmos, permaneció silen­cioso algunos instantes, inmediatamente dijo con viveza:”Guardaos de las ordenanzas e ins­tituciones del Papa. Yo quemé las decretales, pero esto no fue sino un juego de niños. Ya se­ría tiempo y más tiempo de que se quemase la silla de Roma con todas sus abominaciones”. Tomando acto continuo un tono más grave, dijo:

“Si vosotros no combatís esforzadamente el impío gobierno del Papa, no podéis ser salvos. Cualquiera que se complazca en la religión y culto papista, será eternamente perdido en la otra vida. Si se ha desechado la comunión ro­mana, es menester resignarse a soportar con pa­ciencia toda clase de sufrimientos, como también a perder la vida. Pero más vale exponerse a todo esto en este mundo, que callarse. Mientras yo viva, manifestaré a mis hermanos la llaga y la peste de Babilonia, temiendo que muchos de los que están con nosotros sucumban con los demás en el abismo del infierno”.

No se puede imaginar el efecto que produjo sobre la asamblea este discurso, cuya energía nos admira. “Ninguno de nosotros -añade el sincero estudiante que nos lo ha conservado- no siendo un leño sin inteligencia, duda que esto sea la verdad pura. Es opinión de todos los fieles que el doctor Lutero es un ángel del Dios vivo, llamado para administrar el pasto de la Palabra de Dios a las ovejas de Cristo, que por tanto tiempo han permanecido descarriadas”.

Aquel discurso, con el acto que lo coronó, marcan una época importante de la Reforma. La conferencia de Leipzig, había separado interior­mente a Lutero del papa; mas el acto de quemar la bula fue una declaración formal de su separa­ción del obispo de Roma y de su Iglesia, y de su adhesión a la Iglesia universal, tal cual fue fundada por los apóstoles de Jesucristo.

Con esta valiente decisión empieza la Refor­ma, a lo menos en cuanto a sus consecuencias inmediatas, a saber: la formación de una Iglesia propia, independiente del Papa. Desde aquel momento era preciso declararse, o en pro de Lutero o contra él; y el que estuviese con él, se entendía que había roto todo lazo con la Iglesia romana.

***

La dieta de Worms

En el año 1519, a la muerte del emperador Maximiliano, la corona del impero alemán reca­yó en su nieto el joven rey Carlos I de España, porque el príncipe elector Federico el Sabio, al cual había sido ofrecida antes, la había rehusa­do. En Febrero de 1521 se reunió una asamblea general de todos los príncipes y representantes de las ciudades en Worms, y esta era la primera Dieta que celebraba el nuevo emperador Carlos.

Apenas rayaba Carlos entonces en los veinte años: aunque pálido y enfermizo, sabía, no obs­tante, montar a caballo con gallardía, y romper lanzas como cualquier otro; de carácter taciturno, de porte grave, melancólico, aunque expresivo y benévolo, no revelaba aún un espíritu emi­nente, ni parecía haber adoptado todavía una línea marcada de conducta.

El Papa, habiendo experimentado cuán poco podía influir en aquellas circunstancias en la opinión del pueblo alemán por medio de bulas condenatorias o edictos despóticos, trató de hacer callar a Lutero con grandes ofertas; pero esto fue también en vano. Ahora pidió a la Dieta ge­neral del imperio reunida en Worms que le ayu­dase eficazmente en su lucha contra Lutero. Mas con toda su elocuencia, el legado Papal, Aleandro no pudo conseguir que Lutero fuese conde­nado sin ser oído, sino que debía con este obje­to comparecer ante aquellos príncipes. Verdad es que bajo la influencia del Papa, Carlos V hizo quemar en los Países Bajos los escritos de Lute­ro; mas no por esto quería precipitarse; más bien se inclinaba a un sistema de transacción, que consistía en agasajar al Papa y al elector, y ma­nifestarse inclinado alternativamente, ya al uno, ya al otro, según conviniera a sus planes. Uno de sus ministros, enviado a Roma por asuntos políticos, llegó justamente allí mientras que el doctor Eck intentaba con gran ruido la condena­ción de Lutero. El astuto embajador reconoció al punto las ventajas que su amo podía sacar del fraile sajón, y escribió el 12 de Mayo de 1520 al emperador: “Vuestra Majestad debe ir a Alema­nia y hacer algún servicio a un tal Martín Lutero que reside en la corte de Sajonia. Sus predica­ciones causan mucho ruido en la corte de Roma”.

En verdad la causa evangélica estaba en un trance peligrosísimo. No le parecía reservada otra suerte que la del mismo Jesús; a saber, el ser vendida por un precio vil e indigno. Mas Dios ya tenía preparado al que la había de proteger; el príncipe elector Federico el Sabio había reco­nocido la verdad por los libros de Lutero, y le era cada día más propicio; por lo tanto, pidió al emperador que no se procediese contra Lutero sin darle ocasión para defenderse.

A su vez, el nuncio romano, Aleandro, hom­bre muy instruido, elocuente e intrigante, hizo todo lo posible para que no se presentase Lutero a la Dieta.

“No se discutirá con Lutero, decís -excla­mó–; pero el poder de ese hombre audaz, sus centelleantes ojos, la elocuencia de sus palabras, el espíritu misterioso de que está animado, ¿no serán bastantes para excitar alguna sedición?” Pronunció ante la Dieta en sesión solemne un discurso elocuentísimo de tres horas seguidas, combatiendo las doctrinas y la persona de Lute­ro. Luego trató de excusar y hasta de defender los abusos y vicios de Roma, exaltando la auto­ridad Papal, las santas doctrinas y prácticas de la Iglesia. Pero dio un mal paso con esto. En la pri­mera parte asistieron muchos, y otros fueron impresionados. Mas tan pronto como hubo aca­bado de defender los abusos y estado actual de la corte pontificia y la Iglesia, se levantó el duque Jorge de Sajonia, el adversario más en­carnizado de Lutero, atacando al Papa más fuer­te aún que el mismo Lutero. Los golpes que descargó fueron tales, que la Dieta, sin tardar, nombró una comisión encargada de recoger y redactar todas las demandas, quejas y proposi­ciones de Reforma presentadas a la Dieta. Se hallaron ciento y una, que fueron presentadas al emperador. ¡Cuántas almas cristianas se pier­den! -dijeron a Carlos V-; ¡Cuántas rapiñas se cometen, de cuántos escándalos está rodeado el Jefe de la cristiandad! Es menester precaver la ruina y el vilipendio de nuestro pueblo. Por esto, unánimemente os suplicamos que ordenéis una reforma general, que la emprendáis y la acabéis.

Así, pues, todos, sin distinción, reconocieron el mal. El único que expuso a la vez su origen y su remedio fue Lutero. Carlos no podía permane­cer insensible a tales demandas. Su mismo confe­sor le había amenazado con las venganzas del cielo si no reformaba la Iglesia. La opinión de la asamblea y la voz general exigían que compare­ciese Lutero ante la Dieta. Como consecuencia de todas estas gestiones e impresiones se expidió un edicto del emperador, no al condenado Lute­ro, como la bula Romana le llamaba, sino al “querido, honrado y piadoso doctor Martín Lu­tero” para que en el término de veintiún días se presentase en Worms ante el emperador y la Dieta. Carlos V envió además otra carta, en la cual le prometía toda seguridad en el viaje. Lu­tero tenía necesidad de esto porque la bula con­denatoria del Papa, que hasta entonces sólo se había anunciado condicionalmente, había sido publicada en definitiva contra Lutero el 3 de Enero de 1521.

Entre las lágrimas de todos los habitantes de Wittemberg, que ya creían a Lutero perdido y trataban vanamente de disuadirle del viaje, em­prendió éste con toda confianza su camino hacia Worms el 2 de Abril de 1521, en compañía de algunos amigos, y del heraldo del imperio, Gaspar Sturm. Del estado de ánimo en que em­pezó su viaje, da testimonio este cántico tan sublime que elevó en el camino: Castillo fuerte es nuestro Dios, componiendo él mismo también la música para entonarlo. Este canto es tan bello y ha tenido tanta importancia en la historia de la Reforma, que bien merece la pena de reprodu­cirlo aquí, aunque muchos de nuestros lectores lo sepan ya de memoria, y lo canten con la mis­ma música de Lutero. La traducción del alemán se ha hecho todo lo exactamente posible; es el cántico de batalla en el nombre de Dios:

Castillo fuerte es nuestro Dios, defensa y buen escudo.

Con su poder nos librará en este trance agudo.

Con furia y con afán, acósanos Satán:

por armas deja ver astucia y gran poder,

cual él no hay en la tierra.

Nuestro valor es nada aquí con él todo es perdido;

mas por nosotros pugnará de Dios el Escogido.

¿Sabéis quién es? Jesús, el que venció en la cruz,

Señor de Sabaoth; y pues El solo es Dios,

El triunfa en la batalla.

Aun si están demonios mil prontos a devorarnos,

no temeremos, porque Dios sabrá aún prosperarnos;

que muestre su vigor Satán, y su furor

dañarnos no podrá, pues condenado es ya

por la Palabra Santa.

Sin destruirla dejarán, aun mal de su grado,

esta Palabra del Señor; El lucha a nuestro lado.

Que lleven con furor los bienes, vida, honor,

los hijos, la mujer; todo ha de perecer;

de Dios el reino queda.

El viaje de Lutero desde Wittemberg a Worms fue un continuado triunfo. En todas par­tes el pueblo se acercaba a él y rodeaba su ca­rruaje. Hombres ancianos bendecían el día en que el cielo les había concedido la ventura de ver a este monje, que se atrevía a resistir a la tiranía de Roma, que los quería libertar de la escla­vitud Papal, y que les anunciaba el sincero Evangelio. Muchos querían disuadirle de ir a Worms y le pronosticaron que tendría la misma suerte fatal que Juan Huss, a quien habían que­mado en Constanza. Pero Lutero les contestó: “Aunque hicieran una hoguera que abrasase todo el trayecto de Wittemberg a Worms, y se levantase hasta el cielo, sin embargo, en el nombre del Señor me presentaría y confesaría a Cristo, y me confiaría a El en todas cosas.Ü Cuando ya estuvo cerca de la ciudad, recibió una carta de su amigo Spalatin, fechada en Worms, en la cual le aconsejaba no corriese tan ciego a tal peligro, y le mandaba que no se presentase. El inmutable Lutero clavó la mirada sobre el mensajero, y contestó: Id y decid a vuestro amo: Voy a donde me han llamado, y aunque hubiese en Worms tantos diablos como tejas en los tejados, aun así entraría. No habla de este modo ningún hombre que no tiene firme con­fianza en la justicia de su causa y que no consi­dera al Señor como su castillo y seguro refugio.

El 16 de Abril, a las diez de la mañana, entró Lutero en Worms, precedido por el heraldo del emperador. Una inmensa muchedumbre de todas las clases del pueblo se apiñaba en torno de su coche. Hombres, mujeres, ancianos y niños le saludaron con alegría e indescriptible júbilo. Durante el día y hasta las altas horas de la noche, fue visitado en su alojamiento por muchos condes y señores, clérigos y legos. También el conde duque de Hesse fue a verle, y cuando se despedía de él, le dio la mano, y dijo: “Señor doctor, sí tenéis razón, Dios sin duda os ayu­dará”.

Al día siguiente le condujeron ante la gran asamblea de los diputados del imperio. Era tanta la muchedumbre que quería verle, que muchos se subieron a los tejados con este objeto; para que pudiese penetrar en el local de la asamblea, fue necesario hacerle rodear por jardines y ca­lles poco frecuentadas. Había pasado toda la noche anterior contemplando el bello firmamen­to con sus estrellas; y orando había luchado con su Dios e implorado su auxilio, como hizo Jacob en Peniel.

En esa noche se le oyó, entre otras cosas, pronunciar estas palabras: “Dios Todopoderoso y eterno: ¡qué cosa tan vil es el mundo! ¡Cómo se abren en él las bocas de los hombres; cuán pequeña es la confianza de los hombres en su Dios! ¡Qué débil y temerosa es la carne, y que poderoso y activo el diablo con sus apóstoles y sus sabios del mundo! ¡Cuán pronto abandonan las cosas celestiales y corren a su perdición, yendo a los infiernos por el mismo ancho camino que los impíos y la muchedumbre del mundo. Ellos miran solamente lo que es grande y pode­roso, magnífico y fuerte ante sus ojos, y lo que tiene apariencias exteriores. Si yo hubiera de imitarlos, pronto me vería abandonado y juzgado por el mundo’ Dios mío, oh Dios mío; tú sólo eres Dios, el Dios mío! ¡Ayúdame tú contra toda la razón y sabiduría del mundo entero! Tú debes hacerlo, y sólo Tú, porque la causa no es mía, sino tuya: por mi persona no tengo nada que ver con ella, ni tampoco con estos hombres poderosos en el mundo. Porque yo por mi parte podría tener tranquilos y quietos días en el mun­do y vivir sin perturbación. ¡Pero tuya es la cau­sa, Señor, la causa justa y eterna! Ayúdame tú, ¡oh Dios mío!, fiel y eterno. Yo no tengo confianza en ningún hombre. Todo seria en vano, y nada me aprovecharía. ¡Todo lo que es carne y confía en carne, es falible y perecedero! ¡Oh Dios, oh Dios! ¿No me escuchas, mi Dios? ¿Es­tás muerto? No, no puedes morir; solamente te escondes de tus criaturas. ¿No me has elegido para esta causa, según creo saber de cierto? Te lo pregunto: ¡y si así es, Tú debes dirigir mis pasos! Porque nunca en mi vida me habría pro­puesto oponerme a señores tan grandes y po­derosos, y nunca lo hubiera pensado. ¡Pues bien, Dios mío; ayúdame en el nombre de tu Hijo querido Jesucristo, que ha de ser mi protección y mi amparo, mi castillo fuerte, mi poder en la fuerza del Espíritu Santo! Señor, ¿dónde te es­condes? ¿Por qué tardas? Tú, Dios mío, ¿dónde estás? ¡Ven, ven!; ¡yo estoy pronto hasta perder mi propia vida, paciente como un cordero! Por­que justa es la causa y tuya es; y por lo tanto, no me separaré de ella y de Ti en toda la eternidad. Así lo resuelvo ahora en tu nombre. Por­que el mundo nunca podrá constreñir mi con­ciencia, aunque estuviera lleno de diablos. Y no temo, aunque mi cuerpo, que es obra y criatura de tus manos, fuese en esta empresa destruido o despedazado; porque tu palabra y tu espíritu me quedarán: los enemigos pueden atacar sólo al cuerpo; el alma es tuya, a Ti pertenece y perma­nece también contigo por toda la eternidad. Amén. Dios mío, ayúdame. Amén”.

Cuando llegó ante la puerta del salón, donde estaba reunida la Dieta, Dios le envió un gran consuelo por boca del famoso capitán Jorge Frunsberg. Este le puso la mano en el hombro y le dijo: “Frailecito, frailecito, ahora empiezas un camino muy difícil, más difícil que el que yo y muchos capitanes han tenido que recorrer en la batalla más sangrienta. Pero si estás convencido de que tu causa es justa, avanza en el nombre de Dios y nada temas. No te abandonará”.

Momentos después, se encontraba nuestro doctor Martín Lutero ante el emperador Carlos y su hermano Fernando; ante seis electores, veintiocho duques, once marqueses, treinta obis­pos, otros doscientos príncipes y señores y más de cinco mil concurrentes, sin contar los que estaban en la antesala y los que miraban por las ventanas. Nunca se había encontrado en presen­cia de tanta magnificencia y poder, pero no temblaba.

Su sola presencia allí era ya un triunfo manifiesto, conseguido sobre el Papa que le había excomulgado.

Sobre una mesa se hallaban los libros que Lu­tero había hecho imprimir. Preguntáronle si los había escrito y si quería retractarse de su con­tenido. Según el consejo de su abogado, Jeróni­mo Schurff, pidió que antes se leyesen los títulos de sus libros, después contestó a la primera pregunta con un “sí”. Respecto a la segunda, Lute­ro dudó un momento sobre lo que debía contestar. Entonces hubo un movimiento general de ansiedad y emoción; y Lutero, que no quería aparecer como hombre imprudente, pidió que le concediesen un corto tiempo para pensar bien la contestación: “Porque –dijo- en esta pregunta se trata de la Palabra de Dios, de la fe cristiana y de la salvación del alma”.

Esta respuesta, lejos de dar a sospechar alguna vacilación en Lutero, era digna del Reformador, de la alta asamblea y de la gravedad del asunto. Lutero reprime su carácter impetuoso; esta reserva y calma le disponen para responder más tarde con una sabiduría, poder y dignidad que frustrarán las esperanzas de sus adversarios.

Mientras tanto Carlos, impaciente de conocer al hombre cuya palabra revolvía el imperio, no había apartado sus miradas de él. Se volvió ha­cia uno de sus cortesanos, y dijo con desdén: “Por cierto, no será este hombre el que me haga hereje”. El joven príncipe sólo miró lo que esta­ba delante de los ojos, el aspecto humilde de Lutero, y no alcanzó a comprender la grandeza del espíritu que le movía. ¡Ojalá que sus ojos hubieran penetrado más adentro, y la suerte de España y la del mundo habría sido otra!

Después de breves consideraciones, la peti­ción de Lutero fue aceptada por unanimidad, y le fue concedido un día de término. El heraldo le acompañó otra vez a su posada. En el tránsito, el pueblo, al verlo, se entusiasmó en su favor hasta tal punto, que una voz gritó: “¡Feliz la madre que te parió!Ü Muchos señores de la no­bleza fueron a verle a la posada, y dijeron: ÛSe­ñor doctor, ¿cómo estáis? Se dice que querían quemaros, pero esto no se hará, pues perecerían todos ellos juntos con vos.”Lutero pasó toda la noche en ferviente oración.

Al día siguiente, 18 de Abril, a las cuatro de la tarde, fue el heraldo otra vez a la posada donde paraba Lutero, con el fin de acompañarle a la Dieta; pero no pudieron llegar hasta dos horas después, cuando las luces estaban ya en­cendidas. Habiéndosele preguntado otra vez si quería retractarse, hizo sobre sus libros tres dis­tinciones. En unos, dijo, había tratado de la fe cristiana y de las buenas obras, tan sencilla y claramente, que hasta sus propios adversarios las declararían dignas y útiles. Si se retractase de lo expuesto en estos libros, condenaría a la misma verdad cristiana. En otros había atacado al Papa­do y a los papistas porque habían destrozado con sus perversas doctrinas y ejemplos la cristiandad entera en cuerpo y alma, y se habían apoderado de los bienes de la nación alemana con una tira­nía increíble. Si se retractaba de aquello, ensal­zaría implícitamente la tiranía y las obras impías. Y finalmente, los libros restantes eran aquellos que había escrito contra los amigos del despo­tismo Papal. Confesaba que en estos libros había algunos párrafos demasiado fuertes y de gran energía; pero tampoco podía retractarse de ellos, porque las personas aludidas, seguirían entonces en su mal camino y no se enmendarían: el desaprobarlos seria, pues, una defensa tácita de su mal proceder. «Tengo que decir con el Señor Jesús: Si he hablado mal, que se me pruebe dónde está el mal.» Después se declaró dispuesto a de­jarse refutar por cualquiera, aun por el más humilde, con tal que le probasen sus errores por la Sagrada Escritura. Lutero hablaba en latín lo mismo que el oficial del arzobispo de Tréveris, y luego repitió lo dicho en alemán. El canciller del elector de Tréveris le contestó que no esta­ban allí para disputar, sino para obtener una contestación clara y terminante: si quería retrac­tarse, o no.

Entonces Lutero contestó solemnemente:

“Puesto que su Majestad imperial y sus altezas piden de mi una respuesta sencilla, clara y precisa, voy a darla tal que no tenga ni dientes ni cuernos, de este modo: El Papa y los Concilios han caído muchas veces en el error y en muchas contradicciones consigo mismos. Por lo tanto, si no me convencen con testimonios sacados de la Sagrada Escritura, o con razones evidentes y claras, de manera que quedase convencido y mi conciencia sujeta a esta palabra de Dios, YO NOQUIERO NI PUEDO RETRACTAR NADA, POR NO SER BUE­NO NI DIGNO DE UN CRISTIANO OBRAR CONTRA LO QUE DICTA SU CONCIENCIA; HEME AQUÍ; NO PUEDO HACER OTRA COSA; QUE DIOS ME AYUDE. AMÉN.Ü Dos heraldos acompañaron a Lutero a su po­sada donde dijo a Spalatin: ÛSi mil cabezas tu­viese, todas me las dejaría cortar antes que retractar nada”.

La asamblea permanecía atónita; era extraor­dinaria la impresión que Lutero produjo en este día por su santo valor para confesar su fe ante toda la Dieta del imperio. Muchos príncipes no podían ocultar su admiración; volviendo el em­perador de su primera impresión, exclamó en alta voz: “El fraile habla con un corazón intré­pido, y con indomable valor”. Los partidarios de Roma se callaron, sintiéndose derrotados. Algunos de los españoles, empleados del empe­rador, sisearon. El fraile había vencido a los potentados de la tierra. Se había cumplido en él la promesa del Señor.”Si os guían ante prínci­pes y reyes por mi causa, no penséis cómo o qué habéis de hablar, porque en aquella hora os será dado lo que hayáis de hablar; porque no sois vosotros los que habláis, sino que el Espí­ritu de vuestro Padre es el que habla en vos­otros. (Mateo 10, 18-20.)

Se había ganado muchas voluntades hasta entre los príncipes, aunque no se atrevían a con­fesarlo públicamente. El elector Federico estaba lleno de gozo con la conducta de su fraile Martín, que había hecho una confesión tan va­liente y noble ante el emperador y los príncipes: y por la noche dijo a Spalatin: “¡Oh, qué bien y valientemente ha hablado hoy el padre Martín ante el emperador y los Estados del imperio! ¡Sólo que es demasiado atrevido!Ü El duque Eric de Brunswick, aunque entonces partidario de Roma, le envió un jarro de plata lleno de cerveza de Eimbeck, para que se refrigerase; y Lutero le mandó a decir, dándole las gracias: “Así como el duque Eric se ha acordado hoy de mí, nuestro Señor Jesucristo se acuerde de él en su última hora”. Estas palabras consolaron al piadoso duque en su lecho de muerte, recordan­do las de Cristo: “Cualquiera que os diere a beber un vaso de agua en mi nombre, porque sois de Cristo, en verdad os digo que no perderá su galardón”. (Marcos 9, 41.)

Pero el joven emperador a quien los papistas habían ya de antemano predispuesto en contra de Lutero, no conservó mucho tiempo la impre­sión que este le había hecho. Sus miras y móvi­les eran, en verdad, muy extraños a la religión.

Era inminente la guerra con Francia, y el Papa León, ambicioso de engrandecer sus Estados, negociaba a la vez con ambos partidos. A Carlos importaba poco el comprar la amistad del poderoso pontífice a precio de Lutero. Hizo informar al día siguiente a los Estados del imperio que estaba resuelto a proteger la fe católica y a Castigar a Lutero como a un hereje declarado; sin embargo, el salvoconducto de Carlos V le preservaba por de pronto. Es verdad que el nuncio del Papa y algunos otros señores, con su ancha conciencia papista, creyeron que no había obligación de cumplir a Lutero la promesa de seguridad, porque era un hereje; y recordaron lo que se hizo con Juan Huss, al que habían quemado en Constanza, por cima de lo prometido. Pero contra tanta perfidia se opuso hasta el corazón del emperador, quien pronunció estas palabras, dignas de un verdadero príncipe: “Aunque todo el mundo faltase a la fidelidad y a las promesas, un emperador alemán no debe hacerlas en vano; no quiero tener que sonrojarme como el emperador Segismundo”.

Algunos de los príncipes que eran favorables a la causa de Lutero, el arzobispo Ricardo de Tréveris, el margrave Joaquín de Brandemburgo y otros, lograron que se iniciasen algunas conferencias privadas con Lutero, en presencia de personas doctas y nobles, del duque Jorge de Sajonia, de los obispos de Augsburgo y de Brandemburgo, y otros. Por quince días seguidos, desde el 18 hasta el 26 de Abril, le molestaban amigos y adversarios, desde la mañana hasta altas horas de la noche, con exhortaciones, negociaciones, consejos y ensayos de reconciliación. Estas dos semanas fueron acaso más graves y difíciles de pasar que los días ante la Dieta. No había medio alguno que no emplea­ran; mas no lograron éxito alguno, porque todo su deseo era que Lutero se retractase, hasta contra su propia convicción, por amor a la paz de la Iglesia.

Por fin, el arzobispo de Tréveris citó en su casa a Lutero y a Spalatin, y ofreció como últi­ma proposición un concilio general, al cual Lu­tero debía sujetarse. Sin duda esta proposición, que disgustaría mucho a Roma, sería más acep­table para Lutero; porque podían transcurrir años y años antes de reunirse el concilio, y ga­nar tiempo era para la Reforma ganarlo todo. Mas la rectitud de Lutero no podía disimular lo más mínimo: ÛConsiento en ello -dijo-, mas con la condición de que el concilio juzgará según las Sagradas Escrituras.”Poner esta condición era rehusar el concilio porque jamás Roma podía consentirlo. Cuando el arzobispo, con mucha benevolencia se lo advirtió, pidiéndole que por la paz de la Iglesia se mostrase más tratable: Ilustrísimo señor -le contestó-, puedo soportar­lo todo, mas no abandonar la Sagrada Escritura”. He aquí la roca inquebrantable, la eterna Palabra de Dios, que sostuvo firme a Lutero en medio de todo un mar bramando contra él.

Cuando vio el arzobispo que era imposible lograr de Lutero que se retractase, le preguntó: “Pues, mi señor doctor, ¿qué es entonces lo que debemos hacer?” A lo cual contestó Lutero: ÛEminente señor: no conozco ahora mejor res­puesta que la que dio Gamaliel en los Hechos de los Apóstoles: Si el consejo o la causa es de los hombres, perecerá; pero si es de Dios, no podréis ahogarla. De la misma manera, si mi causa no es de Dios, no durará más que dos o tres años; pero sí es, en verdad, obra de Dios, no podréis ahogaría.Ü Esa profecía, por cierto, no ha dejado de cumplirse.

Por fin, según su deseo se le permitió salir de Worms, y partió de allí el 26 de Abril.

***

Lutero en el castillo de Wartsurg

En 26 de Mayo apareció el edicto del empera­dor, llamado Edicto de Worms, el cual ponía a Lutero fuera de la ley, de modo que cualquiera podía matarle impunemente, y ninguno debía protegerle. Todos sus partidarios y adictos eran amenazados con igual suerte. Además, se ordenaba que cualquiera que le cogiese le entregase, y que todos sus libros fuesen destruidos. Este edicto fue inspirado por el más cruel adversario de Lutero: el legado papal Aleandro, que había dicho, lleno de furia y enojo: “Aunque vosotros, alemanes, queráis libertaros del yugo de Roma, nosotros procuraremos que os destrocéis entre vosotros mismos hasta perecer ahogados en vuestra propia sangre”. El edicto llevaba la fecha de 8 de Mayo, fecha retrasada y puesta con toda malicia para que apareciese obligatoria en todos los Estados del imperio, mientras que la mayor parte de los príncipes, que ya habían salido antes del 26, ignoraban todo esto. Por lo tanto, era un edicto ilegal. Y cuando fue conocido, no obtuvo mucha aceptación en Alemania por estar redactado enteramente en el espíritu romano, tan en contradicción con el espíritu de la nación alemana. Sin embargo, Lutero hubiese sido tal vez víctima de esta tormenta, si el Señor no le hubiese guardado velando sobre él.

El elector Federico el Sabio le quería proteger de la persecución de sus enemigos, y eligió el medio que creyó más a propósito, mandando que algunos caballeros enmascarados sorpren­diesen a Lutero y le hicieran prisionero en las cercanías de Eisenach, cuando volvía de Worms, de regreso a Wittemberg. Así se hizo, y el elector lo hizo guardar en la inmediata fortaleza de Wartburg.

En este castillo, que Lutero llamaba su Patmos, residió en tranquila oscuridad cerca de un año, fuera del alcance de sus enemigos, y bajo el nombre supuesto del caballero Jorge. Se vistió como un hidalgo, dejó crecer su cabello y barba, corría por los bosques, buscaba fresas y gustaba también del placer agridulce de los grandes se­ñores: la caza. Pero a pesar de estas distracciones, absorbían su mente los pensamientos teológicos. Por un lado la soledad, y por otro los alimentos fuertes y suculentos que le daban, le ocasionaron muchas molestias de cuerpo y aflicciones de alma, que achacó a Satanás, pero contra las cuales lu­chaba con fortaleza.

Por algún tiempo nadie supo qué había sido de Lutero, de manera que sus amigos llegaron a quejarse de su ausencia, y sus enemigos clama­ban llenos de júbilo. Pero no tardó en desapare­cer la tristeza de los suyos, y nuevo terror cayó sobre sus enemigos, porque pronto dio señales de vida.

En el castillo de Wartburg no se dio un mo­mento de reposo; lleno de entusiasmo, como siempre, esparció nuevos escritos por el mundo. Sacó a luz un librito de la <confesión>, un tratado de los votos espirituales y de los votos mo­násticos, una explicación de algunos salmos, y el principio de un libro de sermones para todo el año. Es digno de mención especialmente un libro muy enérgico, que escribió contra el elec­tor Alberto de Maguncia, en el cual se ve que Lutero sabía lo que debía hacer, y la influencia que ejercía. Porque este príncipe había vendido otra vez indulgencias en Halle, haciendo caso omiso de lo sucedido anteriormente. Lutero, sin cuidarse del misterio en que hasta entonces ha­bía permanecido, y de su lugar de refugio, pidió al arzobispo que hiciese desaparecer ese tráfico indigno. Y cuando vio que ésta no tenía éxito, escribió un tratado muy fuerte contra el nuevo ídolo de Halle, aunque la impresión de este escri­to encontró dificultades en Wittemberg. Después dirigió otra carta a Alberto, en la cual le amo­nestaba, no ya como un fraile prisionero, sino como un siervo de Dios, llamado por el Rey de su Iglesia, Jesucristo, como ministro valiente del Evangelio, a que retirase las indulgencias; y le decía: “Su Alteza ha vuelto a colocar el ídolo que roba a los pobres cristianos dinero y alma. Acaso S. A. piensa ahora que está seguro de mí, por creerme desterrado y anulado por S. M. I.; mas yo cumpliré con el deber del amor cristiano, sin hacer caso del Papa, ni obispos, ni del mis­mo infierno. No se eche en olvido aquello del terrible fuego que procedió de una chispa des­preciada, que nadie temía; mas Dios ha fallado su sentencia y El vive aún; que nadie lo dude. El tiene un placer especial en quebrantar los altos cedros y humillar los Faraones endurecidos”. Al concluir, le fija el término de quince días para la suspensión de las indulgencias. El elector se humilló ante esta poderosa filípica del proscrito fraile, y le contestó dándole muchísimas discul­pas y excusas. Sea que lo hiciese movido por su conciencia O por temor, de todos modos, este resultado pone de manifiesto cuán superiores son los verdaderos siervos de Dios a toda gran­deza humana. Lutero, solitario, proscrito, prisio­nero, posee en su fe fuerza y ánimo invencibles. El arzobispo, elector y cardenal tiembla ante él, a pesar de todo su poder y fama. Aquí tenemos la clave de los singulares enigmas que ofrece la historia de la Reforma.

Pero el trabajo más importante, la obra inmor­tal, que Lutero concluyó en el castillo de Wart­burg, fue la traducción del Nuevo Testamento en lengua alemana. No hay necesidad de enca­recer el beneficio que Lutero dispensó a toda una nación, haciendo que todos, viejos o jóvenes, pobres o ricos, pudiesen escuchar la santa Palabra de Dios en la iglesia y en las escuelas, y leerla en casa. Mas no es una sola nación la que debe a Lutero la Palabra de Dios; sino que con este hecho quebrantó para siempre las cade­nas y barreras en que Roma había aprisionado y encerrado la Palabra divina, devolviendo a todo el mundo el tesoro más precioso: el pan de vida eterna. En todos los países y lenguas brotaron las ediciones de la Biblia como las hierbas y flores al principiar la primavera. Desde entonces ha sido imposible, y lo será para siempre, el robar a la humanidad esta palabra eterna: el Evangelio de salvación. ¡Debemos dar las gracias al Señor por estos beneficios todos los que tenemos y conocemos su Palabra!

Para que la Reforma extirpase enteramente el poder del papado romano y sus errores, era necesario que el pueblo fuese otra vez conducido a la fuente primitiva y pura de la verdad y de la salvación. El pueblo debía conocer por sí mismo y ver con sus propios ojos que los sacerdotes no le habían dado a beber el agua pura de la Palabra de Dios, sino el agua estancada de las tradiciones humanas. Era preciso que todo el pueblo pudiera tener la Biblia en su mano. Porque la Sagrada Escritura es la única regla y nor­ma de nuestra fe, así como la sangre y la justicia de Jesucristo son el único ornamento y vestido del cristiano. El que añade tradiciones humanas a la Palabra de Dios, y el que mezcla la justicia completa de Dios con la justicia humana, des­truye los dos pilares fundamentales de la doc­trina cristiana. Y eso precisamente es lo que hace Roma, y lo que la Reforma se encargó de remediar.

Es verdad que ya antes del tiempo de Lutero había algunas traducciones de la Biblia en lengua vulgar; pero estaban tan llenas de errores, y su estilo se adaptaba tan poco al lenguaje del pueblo, que no habían encontrado aceptación. Lutero había ya traducido algunos pasajes de la Sagrada Escritura, empezando por los siete sal­mos que tratan del arrepentimiento. Sus traduc­ciones habían sido leídas con interés, pero se deseaba que publicase más. Lutero conoció en esto la voz de Dios que le encargaba tal trabajo, y puso manos a la obra.

“Este libro solo -dice- debe llenar las manos, lenguas, ojos, oídos y corazones de todos los hombres. La Biblia sin comentarios es el sol que por sí solo da luz a todos los profesores y pastores”.

En el castillo de Wartburg Lutero tradujo so­lamente el Nuevo Testamento, que después de su vuelta a Wittemberg corrigió con ayuda de Melanchton, e hizo imprimir en el año 1522. En 21 de Septiembre apareció la primera edición completa, tres mil ejemplares, con el sencillo titulo de (El Nuevo Testamento) en alemán. Wit­temberg. Ningún nombre de hombre se añadió. Desde aquel momento cualquier alemán podía comprar la Palabra de Dios por tres pesetas. El éxito de este trabajo sobrepujó todas las espe­ranzas. En poco tiempo se agotó completamente la primera edición, y fue preciso que la segunda apareciese ya en Diciembre. En el año 1533 existían ya cincuenta y ocho diferentes edicio­nes del Nuevo Testamento traducido por Lutero. “Todos los que conocían el alemán, nobles y plebeyos, los artesanos, las mujeres, todos leían el Nuevo Testamento con el más ferviente deseo -dice un católico contemporáneo de la Refor­ma, Cochleus-. Lo llevaban consigo a todas partes; lo aprendían de memoria; y hasta gente sin gran instrucción se atrevía, fundando en las Sagradas Escrituras su conocimiento, a disputar acerca de la fe y del Evangelio con sacerdotes y frailes, y hasta con profesores públicos y docto­res en teología”.

Nada más natural que los adversarios persiguiesen encarnizadamente esta nueva obra de Lutero, porque era la más importante de cuantas había escrito. Con ella emancipó la Reforma de la autoridad del hombre y de sí mismo, fundán­dola en los cimientos eternos de la palabra divi­na escrita dando a cada cristiano el poder de reconocer por sí mismo los errores de Roma, y examinar las nuevas doctrinas de la salvación por la fe. Esta pluma que tradujo los sagrados textos era seguramente aquella que vio el elector Federico en sueños, que se extendía hasta las siete colinas y bacía estremecerse la corona del Papa. El monje en su celda y el príncipe en su trono dieron gritos de ira y de cólera; los sacer­dotes ignorantes temblaban al pensar que ahora cualquier hombre podía disputar con ellos sobre la doctrina de Jesús.

Hasta el rey Enrique VIII de Inglaterra presen­tó una acusación contra aquel libro al Elector Federico y al duque Jorge de Sajonia. Resultado de esto, Jorge mandó que todos los ejemplares del Nuevo Testamento fueran entregados a las autoridades. La Suabia, la Baviera, el Austria, todos los Estados inclinados a Roma, hacían lo mismo. En muchas partes fue quemada la Biblia en público. Roma restableció de esta manera en el siglo XVI los crímenes paganos, porque no otra cosa había hecho los antiguos emperado­res romanos con la religión cristiana. Y ¿quién no sabe que hoy día continúa aún el mismo pro­cedimiento? Mas con todo esto no impidió los progresos y la propagación del Evangelio; éste reformó toda la sociedad; la cristiandad empezó a ser otra; allí donde se leía la Biblia, entre las familias, producía otras costumbres, nuevos modales, otra conversación renovaba toda la vida. Al publicar el Nuevo Testamento, la Reforma salió de los colegios y entró en los hogares del pueblo.

Una vez impreso el Nuevo Testamento, poco a poco siguieron también los libros del Antiguo, traduciéndolos Lutero, con ayuda de sus amigos Melanchton, Bugenhagen y otros. En el año 1534 fue impresa por segunda vez la Sagrada Escritura. ¡Mas cuánto trabajo y sudor les costó la obra! Lutero mismo dice: “Algunas veces nos ha sucedido que durante quince días, y aun tres o cuatro semanas, hemos buscado una sola palabra, e inquirido su verdadero sentido, y tal vez no lo hemos encontrado. Como ahora está en alemán y en lengua fácil, cualquiera puede leer y entender la Biblia, y recorrer pronto con sus ojos tres o cuatro hojas, sin apercibirse de las piedras y tropiezos que antes había en el camino”. Pero también respecto a la ciencia lingüística esta traducción ha dado a la nación alemana un teso­ro riquísimo, que el juicio de tres siglos ha consagrado.

A su vez, Melanchton publicó los Loci commu­nes theologici, o sea principios fundamentales de teología, y dio con esto a la Europa cristiana un sistema de doctrina, cuyo fundamento era sólido y cuya construcción asombraba. La traducción del Nuevo Testamento justificó la Reforma ante el pueblo; la obra de Melanchton, ante los sa­bios. El lenguaje de ésta, lejos del pedantismo escolástico, era vivo, interesante y evidente, fundándose enteramente en la Biblia. La Iglesia no había visto obra igual hacía diez siglos. “Por cierto -dijo Calvino, cuando más tarde lo tradujo al francés-, la mayor sencillez es la primera ventaja para la demostración de la doctrina cristiana”. Lutero admiró esta obra toda su vida; las notas sueltas que él hasta entonces había hecho sonar, aquí se concertaban, formando una armo­nía deliciosa, Aconsejó a todos los teólogos que leyesen el Melanchton. Muchos adversarios de la Reforma, heridos por el lenguaje violento de Lutero, fueron atraídos por lo suave y sencillo del estilo, y convencidos por lo lógico y claro de las demostraciones. Después de la Biblia no hay otro libro que tanto haya contribuido a restablecer la doctrina del Evangelio.

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La salida de Lutero del castillo de Wartburg

Pero ya es tiempo que volvamos a Lutero, pri­sionero en el castillo de Wartburg, el cual era para él cada día más un <castillo de espera>, que es lo que significa la palabra alemana. El espera­ba y velaba allí como guardia fiel de la Iglesia, según nos lo testifican sus trabajos de que he­mos hablado; pero también esperaba con todo su corazón la hora de abandonar aquella prisión voluntaria; y pronto debía llegar esta hora, aun­que la causa de ello no fue la más agradable.

Hasta ahora el movimiento de la Reforma se había concretado principalmente a la modifica­ción de la doctrina; pero no había empezado la extirpación de los abusos y grandes errores. Mas mientras Lutero estuvo oculto, otros empeza­ron estos ensayos de una reforma exterior. Sus hermanos en la orden, los frailes agustinos, entre los cuales los más jóvenes eran especialmente adictos a la doctrina de Lutero, resolvieron, en una asamblea de Wittemberg, suprimir la misa privada y abrir los conventos. Lutero a quien habían preguntado antes, les dio su parecer sin reserva. Esta cuestión le había causado a él mis­mo poco antes muchas inquietudes y dudas. Estaba convencido de que los curas debían tener libertad para casarse, porque sólo así podían recobrar la consideración y respeto en el pueblo, evitar mil tentaciones y llegar a ser verdaderos pastores de su grey. El casamiento de los curas no suprimía los curatos, sino que los restablecía. Pero era diferente el caso de los frailes; cuando ellos se casaran, los conventos por fuerza debían desaparecer. ÛLos curas -dijo Lutero- son insti­tuidos por Dios y, por lo tanto, libres de precep­tos humanos; mas los frailes han escogido vo­luntariamente su estado y, por consiguiente, no pueden librarse del yugo que se han impuesto a sí mismosÜ. Así lucha en su conciencia la verdad con el error. Por fin rendido, se puso de rodillas, y exclamó: “Señor Jesús: instrúyenos tú y librarnos por tu misericordia para nuestra libertad, porque somos tu pueblo”.

No le faltó la contestación a su plegaria. La misma doctrina de la justificación por la fe le abrió otra vez el paso. “Mientras que este artícu­lo -escribe él- quede en pie, nadie se hará fácil­mente fraile; todo lo que no proceda de fe es pecado. (Romanos 14, 23.) Por tanto, el voto de castidad, pobreza, obediencia y cosas por el es­tilo, hecho sin fe, es impío y perjudicial; tales eclesiásticos no valen más que las sacerdotisas de Vesta y otras del paganismo, que hacían su voto a fin de lograr por él justicia y bienaventu­ranza; lo que sólo y únicamente debían atribuir a la misericordia de Dios, lo atribuyen a sus obras. No hay más que un solo estado eclesiás­tico que es sagrado y santifica, a saber: el cristia­nismo y la fe”. Es notable el camino por el que Lutero llegó a este resultado; procediendo y partiendo siempre de la base y centro del cristia­nismo, o sea la salvación gratuita por Jesucristo sin mérito nuestro, sabe resolver todas las difi­cultades y problemas.

Esta lucha interior demuestra cuán lejos esta­ba Lutero de ser innovador, y echa por tierra los vituperios y calumnias que se le levantan en to­das partes al afirmar que emprendió la Reforma con el fin de satisfacer sus apetitos o deseos de poder casarse y abandonar su convento. Al contrario, era aficionado al celibato por lo que res­pecta a su persona, y aun después de haber reconocido que el celibato obligatorio se opone a la Palabra de Dios, él por su parte permaneció soltero algunos años, continuó viviendo en el convento y conservó hasta el hábito de fraile. En este mismo espíritu, de una templanza desin­teresada redactó la contestación a las preguntas de sus hermanos en la misma orden. Se alegraba de su reciente conocimiento cristiano, pero al mismo tiempo se apresuró a amonestarles con energía, poniendo como fundamento el principio de que la Reforma no debía empezar por abrogar las cosas exteriores, por ejemplo, la misa y las imágenes en las iglesias y otras cosas, sino que debía empezar con lo interior; con la conversión de los corazones por la predicación pura del Evangelio. ÛTan pronto -dijo- como la doctri­na de la justificación del pobre pecador ante Dios por gracia, y sin mérito de las obras, sea bien conocida y verdaderamente creída, las antiguas ceremonias y obras que son contra la Escritura, y con las que se piensa merecer ante Dios la Justicia, caerán por si mismas.

Asimismo Melanchton, cuando le consultaron acerca de la misa, examinó la cuestión muy detenidamente, y la respuesta que dio prueba la firme convicción que había adquirido. “Como el mirar a una cruz no es en sí obra buena, sino por el recuerdo de la muerte de Cristo, así la participación en la Cena del Señor no es obra meritoria, sino que es como una señal que nos recuerda la gracia dada por Cristo. Es verdad que los símbolos inventados por hombres sólo pueden recordar lo que significan; mientras que las señales instituidas por Dios, no sólo recuerdan una cosa, sino que prueban la voluntad de Dios en el corazón. Sin embargo, así como la mirada a la cruz no justifica ni es sacrificio por pecados, tampoco la misa ni justifica ni es sacri­ficio; sólo hay un sacrificio, una sola satisfacción: Jesucristo mismo; fuera de él no hay justifica­ción”. En cuanto a la práctica, también aconse­jaba un progreso lento y gradual para no turbar los ánimos.

Pero no pensaba así Carlostadio, del que ya hemos hablado en la controversia de Leipzig. Este no estaba exento de cierto fanatismo; y tal vez efecto de la ambición, pensaba ponerse él mismo a la cabeza de la Reforma. Entre el pue­blo especialmente había ganado bastante partido, y cuando se sintió con bastante influencia, no solamente dio la Santa Cena en la Capilla del castillo de Wittemberg, en la fiesta de Navi­dad de 1521, con pan y vino, sin previa confesión y en lengua alemana, sino que promovió en la calle algunos tumultos. Con el pueblo fa­natizado y con los estudiantes entró en la men­cionada iglesia, destruyó las imágenes, quitó los altares e impidió a los otros sacerdotes decir misa. El carácter de Carlostadio, que no era de los más prudentes fue más excitado todavía por algunos fanáticos que vinieron a fines de 1521 de Zwickau a Wittemberg, bajo el nombre de los nuevos profetas.

El más conocido entre ellos era el que des­pués fue el capitán de los campesinos rebeldes, Tomás Munzer. Estos hombres profetizaban, según decían, impulsados por el Espíritu Santo, acontecimientos maravillosos; desechaban el bautismo de los niños, y querían una revolución total y violenta de todas las cosas y estados. Declararon iguales a todos los hombres; anun­ciaron un nuevo reino de Dios y querían suprimir dc una vez escuelas, libros, ciencias, magistrados y, en fin, todo cuanto hasta entonces había existido. El tímido y manso Melanchton y su colega Amsdorf no se atrevieron a oponerse formalmente a estos hombres, pensando que tal vez Dios quería obrar alguna cosa extraordinaria por ellos. Lutero, a quien se escribió acerca de estas cosas, contestó a Melanchton inmediata­mente con decisión y claridad; le reprendió por no haber escudriñado los espíritus, y no haber exigido de esta gente que probasen las supuestas relaciones superiores por señales y pruebas que pudieran considerarse como divinas. Sin embar­go, quería asegurar para ellos la misma libertad que exigía para su opinión: Ûque el elector no los ponga en prisión ni manche sus manos con su sangre.Ü Sólo con la palabra y el poder del Espíritu quiso vencerlos. Lutero superó, como se ve, en cuanto a la tolerancia religiosa, a todos sus contemporáneos y hasta a algunos de sus colegas en la Reforma. Pero la inquietud y el tumulto crecían en Wittemberg de día en día, y era inminente el peligro de que aquellos fanáti­cos ganasen allí los ánimos.

El elector Federico era tan bueno, que no pudo determinarse a adoptar medidas severas. Creció el mal sin que ninguno lo impidiera. La Reforma estaba al borde del precipicio. Este enemigo era más peligroso que el mismo Papa y el emperador. Todos en Wittemberg clamaban por Lutero; los vecinos lo deseaban, los profesores querían recibir su consejo, los mismos profetas falsos apelaban a él. Apenas podemos figurarnos lo que pasó en la mente de Lutero; jamás había sufrido tales penas. Toda la Alema­nia echaba la culpa a la Reforma. ¿Dónde iría a parar esto? Sólo con la oración venció estas angustias. ÛDios ha principiado la obra, Dios la consumará. Me prosterno -dice- ante su gracia, suplicándole que su nombre quede sobre su obra. Si algo inmundo se ha mezclado, no olvidará que yo soy pecador.Ü Mas le fue imposible guar­dar la reserva por más tiempo.

Conoció que estos tumultos pedían su presen­cia personal en Witteniberg, antes que sobreviniese a la obra de la Reforma un daño irrepa­rable, y por lo tanto, dejó el 8 de Marzo de 1522 el castillo de Wartburg, sin el conocimiento y permiso del tímido elector, porque temía que éste, que quería tener escondido algún tiempo mas a Lutero, a causa del destierro a que estaba condenado, no le consentiría la marcha. Pero Lutero sabia bien quién le protegería de todos los enemigos, y que teniendo refugio en Dios Todopoderoso, podía ir sin temor al peligro y a la tempestad. En el camino escribió al príncipe elector una carta llena de plena confianza en Dios: ÛPor amor a Vuestra Alteza he sufrido estar encerrado por todo este año; pero ahora debo dejar aquel lugar, obligado por mi propia conciencia; porque si yo permaneciese algún tiempo más, el Evangelio sufriría y padecería, y el diablo se pondría en su lugar, aun cuando yo no cediese más que un palmo. Por lo tanto, debo marchar, aunque por nueve días no lloviese del cielo más que duques Jorges (el duque Jorge era ahora uno de sus enemigos más pode­rosos y terribles), y cada uno de ellos nueve veces más furioso que éste. Yo no quiero pedir la protección de Vuestra Alteza. Yo voy a Wit­temberg con una protección mucho más alta que la del elector. Sí, yo creo que más bien podría yo proteger a Vuestra Alteza que Vuestra Alteza a mí. Porque el que tiene mayor confianza en Dios, será más protegido. En este asunto no debe ni puede la espada hacer cosa alguna para ayudar. Dios solo debe obrar aquí sin cui­dado ni asistencia de hombres. Y porque Vues­tra Alteza una vez me ha preguntado sobre lo que debía hacer en estas cosas, pensando que Vuestra Alteza ha hecho demasiado poco, yo contesto con toda humildad: Vuestra Alteza ha hecho demasiado y no debió hacer nada. Dios quiere que se le deje hacer en estas cosas, y Vuestra Alteza debe tener esto en cuenta. Y como yo no quiero seguir los consejos de Vues­tra Alteza y quedarme aquí, Vuestra Alteza queda sin responsabilidad ante Dios, y sin culpa en el caso de que me cogiesen o matasen. Y en cuanto a los hombres, Vuestra Alteza ha de ser obediente a los que Dios ha puesto sobre vos; según las leyes del reino, la majestad imperial ha de ordenar, y Vuestra Alteza no debe resistir ni oponerse, sí quieren atraparme o matarme. Porque esto sería rebelión contra Dios. Cristo no me ha enseñado a ser cristiano perjudicando a otros. Yo tengo que tratar con otra persona que con el duque Jorge; él me conoce a mí y yo le conozco también bastante. Si Vuestra Alteza tuviese suficiente fe, por cierto que vería la glo­ria de Dios. Pero como no cree nada, tampoco ha visto nada. A Dios sea gloria y alabanza y amor por toda la eternidad. Amén”.

Apenas llegó Lutero a Wittemberg, predicó durante ocho días consecutivos contra los faná­ticos que habían destruido las imágenes y querían en sus cerebros exaltados renovar el mundo. La gente se apiñaba para escuchar su palabra. Su lenguaje era sencillo, suave y poderoso; se conducía como un padre que a su vuelta pregun­ta a los niños por su conducta; reconoció con gusto sus progresos en la fe, y continuó: “Mas no sólo la fe hace falta, sino también el amor. Si uno lleva una espada, debe manejarla de tal modo que no haga daño a sus compañeros. Ved cómo trata la madre a su niño; primero le da leche, luego papilla. Si enseguida le diera car­ne, vino y comida fuerte, no le haría provecho; portémonos así nosotros con el hermano flaco. Decís que la Biblia os enseña a suprimir la misa yo digo lo mismo; mas, ¿dónde está el orden? Lo habéis hecho alborotada y desordenadamen­te para escándalo del prójimo, mientras que an­tes debíais haber orado y consultado con los superiores; entonces se podía ver que era obra de Dios. Primero debemos ganar el corazón de los hombres, esto se logra predicando el Evan­gelio; la semilla cae en el corazón y obra allí. Así se convence el hombre, y deja la misa. Mañana viene otro, y pasa lo mismo; así Dios con su Palabra obra más que yo y vosotros y todos juntos con la fuerza. Pablo, cuando entró en Atenas, vio muchos altares e ídolos; mas no tocó ni destrozó ninguno, sino que se puso en la plaza, predicó el Evangelio y probó que aque­llas cosas eran supersticiones. Cuando la Pala­bra ganó sus corazones, los ídolos cayeron por sí mismos”.

Así habló Lutero el domingo; también predicó el martes; el miércoles volvió a resonar su poderosa voz, el jueves, viernes, sábado y domin­go, habló de los ayunos, de la Santa Cena, la restitución del cáliz, la derogación de la confe­sión, ora con tierno cariño, ora con santa gra­vedad. Atacó vivamente a los que con ligereza participaban de la Santa Cena. ÛLa participación exterior no vale nada; sólo la interior espiritual que se verifica mediante la fe, es a saber, cuan­do creamos firmemente que Cristo, Hijo de Dios, está en nuestro lugar y toma todas nues­tras maldades sobre sí. Es la satisfacción eterna por nuestro pecado y la reconciliación con Dios el Padre; este pan es consuelo de los afligidos, medicina de los enfermos, vida de moribun­dos, comida de hambrientos, rico tesoro de pobres”.

Los sermones de Lutero son modelos de elocuencia religiosa y popular. Más fácil es fanati­zar y turbar la gente que apaciguar la fanatizada. Pero Lutero logró esto último. En sus sermones no pronunció palabra injuriosa contra los au­tores de los tumultos; cuanto más se atemperó a este modo de proceder, tanta más eficacia tenía la verdad. Ni aún en Worms se había mostrado más grande. El que no temía el cadalso, podía amonestar que se sujetasen a la autoridad; el que despreciaba toda persecución humana podía exigir la obediencia hacia Dios. Así era que sus discursos, llenos de claridad, de poder y de mansedumbre, ayudados por la impresión poderosísima de su personalidad, tuvieron el éxito más completo. Los ánimos se calmaron, las ideas confusas se aclararon, y pronto echó fuera de las puertas de Wittemberg a todos aquellos fanáticos con la influencia de su predicación.

Así se salvó la Reforma. Una vez para siempre había demostrado la inmensa diferencia que existe entre reforma y revolución; entre la liber­tad cristiana sujeta a la Palabra de Dios, y el fa­natismo que traspasa los límites para sujetarlo todo a su albedrío. Para todos los tiempos dio el ejemplo de cómo la verdad tiene que luchar contra el error, y vencerle por su propio poder, por la libre convicción.

Terminada esta crisis, la Reforma pudo des­envolverse con más tranquilidad exterior de lo que pudo esperarse en un principio. Los edictos de Worms llegaron a ser ejecutados sólo en una pequeña parte de Alemania. El Papa León X, que había excomulgado a Lutero, murió. El emperador Carlos V tuvo que volver a España por rebeliones que en ésta habían estallado. Además, penetraron los turcos en Hungría y el representante de Carlos, su hermano Fernando, trató de ganarse la buena voluntad de los Esta­dos alemanes para que le ayudasen contra ellos, dejándoles más libertad en la cuestión religiosa, y muchísimos aprovecharon esta ocasión para introducir la Reforma en sus dominios. De este modo, la Reforma, que hasta la Dieta de Worms fue obra personal, por decirlo así, de Lutero, tomó desde entonces carácter público y fue representada por los Estados mismos. Esto era lo que Lutero deseaba, aunque no pareciese favorable para su propia autoridad y gloria, porque tenía por lema aquella palabra célebre de Juan Bautista: “El debe crecer y yo menguar”.

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Actividad y trabajos de Lutero en los años siguientes hasta la dieta de Augsburgo

En los ocho años siguientes, es decir, hasta la Dieta de Augsburgo, en la cual los príncipes y municipios favorables a la Reforma se agruparon alrededor de aquella magnifica confesión de fe que hizo célebre el nombre de dicha ciudad, te­nemos que considerar la vida y actividad de Lu­tero bajo tres aspectos: 1º. Su relación con los movimientos religioso-políticos, cuyo jefe fue Tomás Munzer. 2º. Sus disputas con otras per­sonas especialmente con los reformadores sui­zos; y 3º. Su continuo trabajo en la obra de la Reforma y en su ministerio.

Episodio muy triste fue la llamada guerra de los campesinos, de la cual se ha querido culpar a la Reforma, aunque sin razón, pues ya en el año 1491 los campesinos se habían rebelado en los Países Bajos; en 1503, en las cercanías de Suiza; en 1513 y 15!4, en el Sur de Alemania, y en 1515, en Carintia y Hungría. Estas rebeliones fueron originadas en su mayor parte por las inauditas opresiones que sufrían los pobres la­bradores de parte de los príncipes, nobles y clé­rigos, a lo cual se unía la agitación que la Re­forma había llevado a todas las clases de la sociedad. Las nuevas doctrinas de libertad que Lutero y sus amigos entendían espiritualmente, los campesinos las tomaron en sentido político o carnal según la expresión de Lutero y los es­fuerzos por reformar y renovar las condiciones actuales, en vez de ser dirigidos por hombres prudentes y sabios hacia el bien, fueron dirigi­dos por gente apasionada y malvada de una manera violenta y perversa. La doctrina de Lu­tero sobre la libertad cristiana pareció a muchos probar el derecho de rebelión. Es verdad que Lutero ya desde Wartburg había enviado una “Amonestación a todos los cristianos para evitar rebeliones y alborotos”; pero la gente estaba ya demasiado agitada, y el escrito produjo poco efecto.

Los primeros alborotos tuvieron lugar entre los aldeanos suabos del lago de Constanza en el año 1524, porque el Abad de Reichenau les negó predicadores protestantes. El fuego se comunicó pronto a otras partes de Suabia. Se trató de cal­mar los ánimos agitados, prometiendo varias Concesiones; pero algunas veces los pactos he­chos no se cumplieron; los presos eran ejecuta­dos, y con esto se atizaba más y más la llama de la rebelión.

En el año de 1525 los aldeanos se sublevaron en masa en Suabia, Alsacia, Lorena hasta Tu­ringía, en todo el Sur y centro de Alemania, tratando de hacer valer sus derechos, legítimos o pretendidos, por la fuerza, el pillaje y la ma­tanza. Sus pretensiones principales eran: Libre elección de los predicadores; abolición completa de la servidumbre hereditaria y del diezmo; libre caza y pesca; disminución de los trabajos personales y de las multas, y otras semejantes.

Lutero, a quien los aldeanos habían nombrado por árbitro, publicó una amonestación dirigida a los príncipes y señores, especialmente a los obcecados obispos, curas y frailes recordándo­les que toda su rabia era impotente para acabar con el Evangelio, y que la tiranía de ellos era la que había provocado la revuelta. Debían mirar el suceso como castigo de Dios, y convertirse de buena voluntad. “Si os dejáis aconsejar, se­ñores les -dice-, ceded un poquito vuestra ira, por Dios. Debíais dejar el enojo, la terque­dad y la tiranía, y tratar a los labradores con razones como a engañados”.

Con no menor dureza habló después a los labradores. ¿Sabéis -les dice- cómo he logrado yo que mi predicación haya tenido tanto más éxito, cuanto más el Papa y el diablo se han enfurecido? Nunca saqué la espada, nunca quise venganza. No hice alborotos ni revueltas; al contrario, defendí cuanto podía el poder y res­peto a la autoridad humana, aun a la que me perseguía a mí mismo y al Evangelio. Toda la causa la puse en las manos de Dios, y me confié siempre resueltamente en su brazo. Ahora vos­otros me turbáis; queréis prestar socorro al Evangelio, y no sabéis que así le perjudicáis y oprimís terriblemente. Por esto, vuelvo a deci­ros, yo abandono vuestra causa, por buena y justa que sea. El cristiano no puede consentir tales empresas, sino disuadiros cuanto pueda, tanto de palabra como por escrito, mientras pal­pite una sola vena en su cuerpo; porque los cristianos no pelean con la espada, sino con la cruz y la paciencia, como Jesucristo, que no lle­vó espada sino que murió crucificado”.

De la misma manera, Melanchton se declaró desde el principio contra los campesinos, aun­que también amonestó a los príncipes y nobles Ambos reformadores deseaban un arreglo pacifi­co, pero no lo consiguieron; de un lado, la autoridad no procedía con sinceridad, y de otro, los campesinos se enfurecían más y más en su fanatismo. El más ilustrado, pero a la vez más furioso de todos ellos, era Tomás Münzer. Antes había estado en Wittemberg, y reprendido seve­ramente por Lutero, le aborrecía de corazón. Hecho más tarde predicador en el pueblo de Turingia, se gloriaba de tener el Espíritu Santo, y de haber recibido mandato divino de predicar por todo el mundo. Combatía a un tiempo al Papa y a Lutero. Expulsado de allí por su insen­sata agitación, se fue a Mühihausen, y encendió desde allí la revolución en toda la Turingia.

Conmovido por las crueldades cometidas por los revoltosos, lanzó Lutero otro folleto contra los campesinos Ûsalteadores y asesinos» aconsejan­do a los príncipes que los matasen como a perros rabiosos. Estos no aguardaron más, y el 15 de Mayo de 1525 los príncipes de Sajonia, el Landgrave de Hesse y el duque Enrique de Brünswik, batieron a Münzer y su bando de unos 8.000 hombres, y le derrotaron enteramente. Münzer fue cogido y ejecutado junto con su ayudante. Y como ésta, así las demás revueltas fueron ahogadas en sangre. Lutero y sus amigos habían manifestado muy claramente que no tenían ninguna comunión interior ni exterior con los rebeldes.

Mientras Lutero luchaba así en la política, no tuvo tampoco punto de reposo en la controversia doctrinal. Nuevos adversarios le salieron al encuentro. El ataque del Papa y sus secuaces no le extrañó; pero no había esperado nunca tener            que habérselas con un rey.

Enrique VIII de Inglaterra, habiendo compilado de libros viejos uno nuevo, ofreció al mundo la Defensa de los siete sacramentos contra Martín Lutero, por Enrique VIII, rey invencible de Inglaterra y Francia, Señor de Irlanda.

Plagados de errores e invectivas contra Lutero, hablaba de un modo tan insolente, que debía replicársele, y Lutero lo hizo con un escrito tan enérgico que asustó a los mismos amigos de Lutero.

Aniquila una afirmación tras otra, y combate las opiniones de los padres y doctores de la Iglesia con invencibles textos de la Biblia. Verdad es que la vehemencia e invectivas con que Lutero contesta a las del rey, no concuerdan con el espíritu manso de Jesucristo, pero Lutero era hombre y tenía sus defectos. Mas todo el mundo comprendió que el rey no tanto inten­taba defender el catolicismo, como adquirir de parte del Papa el titulo de Defensor Fidei como los reyes de Francia y España. Esto lo consiguió, pero no ganó la victoria contra Lutero, pues se vio precisado a retirarse de la arena.

Pocos años después, habiendo asegurado a Lutero el rey de Dinamarca que Enrique se había convertido, y que no faltaba sino dirigirse benignamente a él para hacerle amigo del Evan­gelio, Lutero le escribió una carta, declarando que, a la verdad, no podía ni quería conceder nada en cuanto a la doctrina, pero le pedía per­dón con noble humildad y respeto por algunas expresiones demasiado fuertes y ofensivas que había usado. Mas sólo obtuvo de Enrique por contestación otro libelo más infamatorio y de­nigrante.

Lo notable es, que aquel defensor de la fe ca­tólica romana rompió más tarde enteramente con el Papa y le atacó como lo había hecho antes con Lutero. El fue el que libertó, aunque no por motivos nobles y puros, a Inglaterra del dominio del Papa.

Con motivo de esta controversia, dio Lutero contra otro hombre, el célebre Erasmo (nacido en Rotterdam en 1463 y fallecido en Basilea en 1536), el más famoso literato de aquellos tiem­pos. Hasta entonces no se había decidido ni en pro ni en contra de la Reforma. Estimaba mucho a Lutero por sus conocimientos y franqueza; se alegraba del progreso que hacían las letras como consecuencia de la Reforma. Tampoco quería defender al papismo con sus abusos, vi­cios y supersticiones. Mas siendo racionalista en el fondo, no comprendió la fuerza, decisión e intransigencia con que Lutero y sus amigos combatían todo el sistema romano; pues varias doctrinas, por ejemplo, la de las buenas obras y del mérito del hombre, le parecían muy convenientes y más razonable que la de la justifica­ción por gracia. Lo que él prefería era “el termino medio”, ignorando que no lo hay entre la verdad y el error: anhelaba una reforma, sí, mas sólo de los abusos y doctrinas supersticio­sas, dejando el fondo integro e intacto; olvidan­do aquella máxima: el árbol malo no puede lle­var frutos buenos.

Era el tipo de los que abundaban entonces como abundan hoy día: enemigos del papismo, mas no amigos del Evangelio; quieren destruir el edificio de la superstición; mas no tienen con qué suplirlo, a no ser con una filosofía árida, deleznable y seca que no da consuelo al corazón ni seguridad a la conciencia, que jamás ha logrado victorias duraderas contra el Romanismo, ni contra ninguna superstición.

Así sucedió que la Reforma, cuanto más ade­lantaba y adquiría forma más concreta, tanto menos aceptable parecía a Erasmo; mas con todo, no tenía ganas de meterse en estas dispu­tas teológicas, como solía llamarlas; y por otra parte, temía el genio de Lutero. Pero estrecha­mente ligado Erasmo con Enrique VIII, se sintió igualmente atacado por Lutero en la persona de su amigo; y a pesar de que Lutero, no queriendo batirse con este literato, a quien estimaba mu­cho, le había rogado que no tomase parte activa en la controversia, se resolvió el célebre Eras­mo, azuzado desde luego por los papistas de todas partes, a lanzarse contra el Reformador. El tema de su escrito caracteriza al hombre: El libre albedrío; trata de demostrar que el hombre por voluntad y determinación propia es capaz de hacer bien; y aun cuando no puede prescin­dir en absoluto de la ayuda divina, tampoco está tan privado de todo mérito que la justificación se verifique por pura gracia. Concede en parte la cooperación de la gracia; mas tiende a cer­cenar todo lo posible esa influencia, para enal­tecer la energía y obra.

Lutero contestó con su discurso de El albe­drío esclavo, en el que probaba que no existía ese pretendido libre albedrío. El hombre original había tenido la voluntad libre para el bien, y nacido otra vez y santificado por el Espíritu Santo, volvía a tenerla; mas desde la caída de Adán el hombre natural era esclavo del pecado; y cualquiera que creyese poder hacer lo más mínimo para su salvación por sí mismo, y con­fiase, no en la gracia de Dios, sino en sí mismo, no podía alcanzar la salvación; pues el hombre es justificado ante Dios sólo por la fe. Erasmo prolongó la controversia con dos tratados más, pero sin éxito.

Mucho más importante que las mencionadas controversias fue la sostenida sobre la Santa Cena.

Lutero ya antes había tenido grandes dudas acerca de la doctrina de la transubstanciación de la Santa Cena. Sabido es que la Iglesia romana pretende que el pan y el vino se convierten real y esencialmente en cuerpo y sangre de Je­sucristo por las palabras de la institución pro­nunciadas por el sacerdote sobre los elementos, quedando sólo la forma, los accidentes del pan y el vino, es decir, lo que entra por las sen­tidos pero de ninguna manera el pan y vino mismo. Consecuencia forzosa de esto era que siendo el Sacramento material y esencialmen­te cuerpo y sangre de Cristo, debía adorár­sele. También que bastaba dar a los legos comulgantes sólo una especie del Sacramento, el pan; puesto que en el cuerpo está ya contenida la sangre. Sólo los sacerdotes deben recibir tam­bién la otra especie, el cáliz. Mas la supresión del cáliz pugna manifiestamente con la institución de Cristo cuando dijo expresamente: Bebed de él todos (Mateo 26, 27); y es injusto otorgar a los sa­cerdotes como privilegio el cáliz de que se priva a los legos. El apóstol San Pablo nada sabía de tal privilegio (véase 1ª Corintios 11, 25-29). Ade­más, el dogma de la transubstanciación se pro­mulgó en la Iglesia romana, muy tarde, en el año 1215.

Lutero, pues, desechó esta doctrina contraria a la Escritura, y afirmó únicamente la presencia real, pero espiritualmente, del cuerpo y sangre de Cristo bajo y con el pan y vino. Pero su co­lega Carlostadio fue más adelante; interpretó las palabras de la institución “este es mi cuerpo, etcétera”, diciendo que al pronunciarlas Jesucris­to, las refería hacia su cuerpo, anunciando a los discípulos, que lo había de sacrificar por ellos, y enseñándoles que habían de recordar esto en lo venidero, cuando juntos partiesen el pan. Tal era la interpretación de Carlostadio, que éste divulgó y predicó, acompañando sus predica­ciones con expresiones algo apasionadas en con­tra de Lutero. Algunos discípulos de éste la acep­taron y la desenvolvieron, con especialidad los teólogos Bútzer y Capiton, quedando, sin embar­go de esto, amigos y veneradores de Lutero.

También se puso por este tiempo en contradic­ción con Lutero, en cuanto a esa doctrina, el teólogo Ulrico Zuinglio, de Zurich, que había comenzado la Reforma en la Suiza al mismo tiempo que Lutero en Alemania.

Desde el año 1527 venia declarando en sus obras que Jesucristo, según San Juan, cap. 6, exige tan solamente que su carne se tome espiritualmente como verdadero alimento del alma; es decir, con la fe viva de que había entregado su cuerpo y sangre a la muerte para la vida del mundo; declarando, por lo tanto, inútil el comer materialmente su carne como los judíos lo habían entendido. Si a esa comida espiritual, añadía, se juntan las señales de recuerdo, esto es, el pan que representa su cuerpo destrozado, y el vino que recuerda el derramamiento de su sangre, entonces se tomaba sacramentalmente el cuerpo y sangre de Jesucristo, en lo cual consistía lo característico de la Santa Cena. Las palabras de la institución “Tomad, comed, esto es mi cuer­po”, según Zuinglio, significan: “Esto simboliza o significa mi cuerpo”.

Contra esa doctrina se levantó entonces Juan Bugenhagen, amigo y colega de Lutero, defendiendo la verdadera presencia del cuerpo espiri­tual de Cristo en la Santa Cena; al mismo tiempo que Zuinglio halló un compañero de su parecer en Oecolampadio de Basilea. Con este motivo Lutero mismo intervino en la disputa.

Para comprender estas disensiones, que traje­ron tan tristes consecuencias para la Reforma, preciso es tener bien en cuenta lo dificilísimo de la materia. La Biblia nos dice bien poco para aclarar el misterio que está contenido en la San­ta Cena. Desde luego se entiende que el sentido de la Biblia es que el cristiano celebra una ver­dadera y real comunión con Cristo glorificado, por medio de los elementos materiales. Mas sobre el modo en que se verifica esta unión, nos da escasas referencias. Lo cierto es que hay que evitar dos extremos: primero, el traer todo el misterio al terreno material y físico, tal como lo comprende la Iglesia Romana, la que con su dogma de la transubstanciación lleva a la idola­tría y a un Dios material y carnal; el otro extremo sería quitar todo el valor a los elementos, o sea a la forma e institución exterior, interpretando la comunión con Cristo que en ella disfruta el cristiano de un modo tan vago, que allí no se vea más que lo que el cristiano puede y debe tener en todas partes y épocas a saber: Ûla comunión con Cristo por la feÜ. Es evidente que con esta interpretación el sacramento pierde todo su valor y dignidad: y así lo comprendie­ron aquellos fanáticos y falsos profetas antes mencionados, que Lutero combatió al volver de Wartburg.

Los reformadores todos, fuerza es decirlo, re­conociendo que ambos extremos eran erróneos, los combatieron y trataron de excluirlos en sus definiciones respectivas. Mas Lutero, impre­sionado fuertemente por los recientes comba­tes con aquellos fanáticos, y presintiendo los graves peligros que aquel espiritualismo traería a la Iglesia, se esforzó en combatirlo, definiendo la presencia espiritual de Cristo en la Santa Cena de la manera más positiva que era posible. Al contrario, Carlostadio, Zuinglio y sus amigos temiendo que se retrocediera a la idolatría ro­mana, procuraron apartar de sus definiciones respectivas todo cuanto pudiera dar pie a una inteligencia material. Partiendo así unos y otros de un mismo fundamento, pero con puntos de vista divergentes, llegaron también a definicio­nes distintas. Esto no tiene nada de extraño si se considera lo misterioso, difícil e intrincado de la materia y la limitación del entendimiento humano. Ni tampoco tal diferencia de pareceres hubiera sido en si misma perjudicial, puesto que el recibir la bendición y gracia del sacramento no depende de la mucha o poca inteligencia del misterio, sino únicamente de la fe con que se toma. Mas por desgracia sucedió aquí lo que tantas veces hay que deplorar entre cristianos: la pasión se mezcló en la controversia, y agravó la disensión; se lanzaron folletos de ambas par­tes con encarnizamiento poco cristiano. Por fin se propuso celebrar una controversia, que pusie­se fin a la diversidad de pareceres, esclareciendo perfectamente el asunto. El conde Felipe de Hesse, reconociendo la gran importancia de la acción unida y fraternal de todos los reformadores de la Sajonia y de la Suiza, convocó en 1529 a ambas partes en Marburg  para que viniesen a un acuerdo, después de discutirlo concienzudamente.

Felipe había dispuesto que primero disputasen Lutero y Oecolampadio, y después Zuinglio con Melanchton separadamente, porque temía que si los dos espíritus vehementes, Lutero y Zuinglio, luchaban frente a frente, frustrarían toda inteli­gencia. Después se tuvo la disputa pública por tres días enteros, asistiendo a ella el conde Fe­lipe, el duque Ulrico de Wittemberg y sus con­sejeros, con muchos otros doctores y catedráti­cos. Todos los argumentos en pro y en contra, empleados ya en los folletos, se reprodujeron de nuevo. Resultado de esto: los reformadores redactaron catorce artículos, firmándose trece de éstos con completa conformidad de ambas partes sobre las demás doctrinas de la fe. Al artículo catorce, sobre la Santa Cena, añadieron: “No habiendo llegado a un acuerdo sobre si el verdadero cuerpo y sangre de Jesucristo está contenido en el pan y vino; sin embargo, los unos deben mirar y tratar a los otros con amor cristiano, en cuanto la conciencia de cada uno lo permita; y ambas partes suplicar a Dios asiduamente que El mismo por su Espíritu Santo nos confirme en la recta inteligencia de tales pa­labras. Amén”.

¡Ojalá que se hubiese puesto en práctica este convenio! Reinando el amor fraternal y soste­niendo con fuerzas comunes y unidas los trece artículos convenidos, o sea el resumen de la doctrina evangélica, ciertamente el decimocuarto no debía haber producido escisión. Pero, por desgracia, este convenio no fue sino una paz aparente. En la confesión de Augsburgo y otras, la doctrina de Lutero acerca de la Santa Cena se pronunció clara y explícitamente, mientras que los reformados en la confesión Helvética y otras, proclamaron la presencia solamente es­piritual de Cristo, estando y permaneciendo su cuerpo en los cielos, de modo que la Santa Cena era sólo una conmemoración de su muerte. Más tarde la lucha se hizo más y más encarnizada, hasta declararse una ruptura entre luteranos y reformados, que ha  sido una gran rémora para los progresos de la Reforma en muchos países.

Por lo demás, no es difícil hallar excusas en pro de Lutero y demás reformadores. Altamente agitados todos en su interior por la lucha terri­ble que, siendo tan pocos, pero obedeciendo a la voz de su conciencia, sostenían ya por tantos años contra el mundo entero, no es de maravillar que en el ardor y encarnizamiento de la pelea se equivocaran en algún caso, tomando opiniones secundarias por dogmas principales. Mas una vez imbuidos en este concepto erróneo, les hon­ra altamente la inquebrantable rectitud y rectitud y religiosidad con que defienden su convicción sin mirar en nada a las conveniencias políticas. Era evidente, desde luego, que nada podía perjudi­car tanto a la obra de la Reforma como esta discordia entre sus iniciadores, enfrente del for­midable y uniforme poder del papado. La conve­niencia política aconsejaba disimular la diver­gencia a toda costa; mas la conciencia no les permitió ocultarla.

Meditando luego sobre las razones por las que permitió Dios que estallase esta lucha entre hermanos en la fe igualmente defensores de la ver­dad evangélica, una al menos hallamos muy evidente y palpable. Dios quería demostrar a todo el mundo que la causa era suya y no de los hombres, para que él solo fuese glorificado. A ser obra de hombres, tamaño error, como era esa lucha incomprensible entre luteranos y re­formados, debía darle el golpe de gracia y arrui­narla completamente. Mas la causa de Dios está por encima aun de las faltas de sus mismos de­fensores. Así es que aquellos errores hacen re­saltar la omnipotencia de Dios. Y otra segunda enseñanza no menos importante se desprende, a saber: que estos sucesos de tan triste recuerdo nos hacen entender y atender al único medio que liga la libertad con la unidad evangélica, cual es, como lo explica San Pablo: “Sed asi­duos en conservar la unidad de espíritu por el vinculo de amor”.

Felizmente, el mismo país donde estalló la guerra, a saber, la Alemania, ha sido el primero en restablecer la paz: en el año 1817, con motivo de la celebración del tercer centenario de la Reforma, el piadoso rey de Prusia, Federico Gui­llermo III,  emprendió la tarea de reanudar de nuevo el lazo del amor y comunión cristiana en­tre ambas iglesias, uniéndolas en una ÛIglesia evangélicaÜ y su empresa ya ha traído consigo por la gracia de Dios gran bendición.

Por lo demás, Lutero mismo, a pesar de insis­tir sin vacilar en sus opiniones, siempre perma­neció muy modesto en cuanto a sí mismo; lejos de querer establecer él una nueva Iglesia y darle su nombre, escribió un día: “No debes llamarte luterano: ¿qué es Lutero?, ni es la doctrina mía; ruego que se calle mi nombre, y no se llamen luteranos, sino cristianos. Extirpemos los apelativos de partido; llamémonos cristianos, pues que profesamos la doctrina de Cristo. Ni soy ni quie­ro ser maestro de nadie. Hasta aquí hemos visto a Lutero ocupado ma­yormente en las luchas de afuera. No por esto dejó de dirigir siempre su atención hacia aden­tro. No quería sólo derribar, sino más bien edi­ficar; y así nunca dejó de trabajar para la conso­lidación interior de la Reforma. Sin desfallecer se ocupó en este tiempo, como ya hemos dicho, en la traducción de la Biblia. Escribió además varios tratados, a fin de instruir al pueblo sobre los errores del papado y sobre la pura doctrina evangélica. En el 1527 dio al pueblo alemán el primer himnario, titulándolo Primera colección de canciones espirituales y salmos. La mayor parte de estos himnos son aún hoy día muy conocidos y amados en Alemania; muchos de ellos han sido traducidos a otras lenguas.

También tenía un vivo interés por establecer escuelas cristianas de todas clases, convencido de que el Evangelio no podía hacer mucho pro­greso en la nación, a no ser instruida sencilla y rectamente en él la juventud; pero en esto tuvo muchas y muy grandes dificultades con que luchar: Se quejaba amargamente de que, habiendo emprendido los príncipes y ayuntamientos de tan buena voluntad la secularización o desamortiza­ción de los bienes eclesiásticos, nada se aplicase para las escuelas. En su discurso A los alcaldes y consejeros de todas las ciudades de Alemania para que estableciesen y sostuviesen escuelas cristianas,, dice, entre otras cosas: “Gastándose cada año tanto dinero en puentes, carreteras, ca­minos, diques, etc., ¿por qué no se gasta en favor de la juventud pobre y necesitada lo que sea ne­cesario para darle buenos profesores? Es cuestión de mucha importancia para Cristo y todo el mun­do, el prestar consejo e instrucción a los jóvenes, puesto que con ello todos reciben socorro”.

Sobre todo esto Lutero pensó en establecer un nuevo orden de cosas eclesiásticas. El 5 de mayo de 1525 el príncipe elector Federico el Sa­bio falleció, sucediéndole su hermano Juan, lla­mado el Constante, el cual tomó parte activa en la Reforma, mientras que Federico sólo había dejado obrar a Lutero y a sus amigos. Ya en ese mismo año de 1525 mandó este príncipe que todos los predicadores introdujesen en el culto la llamada “misa alemana”, redactada por Lute­ro. Es verdad que Lutero conservaba en ella mucho de la anterior; pero abrogaba enteramente el sacrificio de la misma, y el uso de la lengua latina; y acentuaba como lo más importante la predicación del Evangelio. Además, ordenó que se predicase exclusivamente la pura Palabra de Dios, para lo cual se dio a luz un sermonario redactado por Lutero, que sirviese de guía a los menos instruidos. Después de esto pidió el elec­tor a Lutero y Melanchton su parecer acerca de la constitución de la Iglesia e institución del cul­to y colocación de los predicadores. Hizo publi­car estos principios fundamentales por delega­dos, legos y eclesiásticos: en 1527 removió los malos predicadores y los sustituyó por otros mejores. Esto se verificó con motivo de una visita eclesiástica hecha del 1527 al 1529, que por primera vez estableció orden y uniformidad en las congregaciones de Sajonia. Después se proclamó la nueva constitución eclesiástica se­gún la cual la Iglesia no se considera como un cuerpo enteramente separado del Estado, gober­nado por una jerarquía que tiene por jefe supre­mo al Papa, sino más bien como un conjunto de congregaciones creyentes que tienen la misma confesión, y son protegidas y no inspeccionadas, en cuanto a lo exterior, por el Gobierno del Estado, de tal manera, que éste ejerce sus dere­chos sobre la Iglesia por medio de las personas nombradas por ella misma, que son los super­intendentes, y después los consistorios. Pero la época en que se estableció esta nueva constitu­ción de la Iglesia era tan agitada, que no se explicaron ni determinaron claramente algunos de sus principios, especialmente sus relaciones con el Supremo Gobierno del Estado; así resultó cierta confusión del régimen eclesiástico con el político del país, que muchas veces ha perjudi­cado a la libertad e independencia de la Iglesia.

Con estas nuevas instituciones se llevó a cabo el establecimiento de la Reforma en la Sajonia, Hesse, Anhalt, Luneburgo y muchas ciudades libres; la Prusia, Dinamarca, Suecia, Noruega, casi todo el norte de Alemania y de Europa.

Esta nueva constitución y el establecimiento de las escuelas, movió a Lutero, en el año 1528, a escribir su catecismo grande, y en 1525, su catecismo pequeño. No se puede calcular las bendiciones que han traído Consigo estas obras inmortales: estos catecismos existen hoy día, traducidos en treinta y tantos idiomas. El elector Federico II quiso que se le enterrase con el catecismo en la mano.

En el preámbulo, Lutero nos da un magnífico modelo del método sencillo de instrucción que quiere sea empleado. Dice: “Todas las preguntas deben referirse en último término a dos puntos:fe y caridad. La parte de fe se subdivide en otras dos: en la primera se desarrolla aquel artí­culo, que todos estamos corrompidos y condenados por el pecado de Adán”; en la segunda, “que somos librados por Cristo Jesús de todo pecado y de la condenación eterna.”Igualmente, la parte de la caridad se subdivide en dos, a saber: la primera expone el mandato «de que de­bemos servir y hacer bien a cualquiera corno Jesús nos lo hizo a nosotrosÜ; la segunda, “que tenemos que sufrir y padecer cualesquiera males de buena voluntad”.

Empezando ahora -dice-a comprender esto el niño, se le acostumbra a aprender en las predicaciones textos de la Escritura, y juntarlos con estos artículos como se juntan cuartos, reales y escudos en los bolsillos y portamonedas. La bolsa de la fe es un portamonedas de oro, y en él entran: primero, el texto de Romanos 5, 12, y Salmo 51, que son dos onzas preciosas; y segundo el texto Romanos 4, 25, y Evangelio de San Juan 1, 36, que son dos doblones. Nadie por sabio que sea, debe despreciar este método infantil. Cristo, queriendo salvar a los hombres, hubo de hacerse hombre; para educar a niños, debemos hacernos nosotros niños como ellos. ¿No es esto un espejo excelente para tantos or­gullosos profesores y pedantes de hoy en día, que piensan que cuanto más abstracta y pe­sada presentan su doctrina, tanto más mérito tiene?

Aparte de todas estas luchas y trabajos de Reforma, no descuidó Lutero en lo más mínimo su cargo de predicador y párroco, manifestándo­se buen pastor del rebaño confiado a su direc­ción, no solamente predicando el más puro Evangelio, sino también practicándolo. A menu­do predicaba más de una vez al día, visitaba los enfermos, instruía a los catecúmenos y cuidaba            de los pobres y afligidos de la congregación. Especialmente, en 1527, dio una prueba insigne de su fidelidad de pastor.

En dicho año sobre las muchas tribulaciones    y enfermedades que personalmente tenía que sufrir, se declaró la peste en Wittemberg, y la Universidad, por mandato del elector, se trasladó a Jena. También a Lutero amonestó aquel príncipe que se retirase a Jena juntamente con su familia; pero él y Bugenhagen con los diáconos quedaron solos en Wittemberg; mas no solos-escribía a un amigo;-Cristo y vuestras oraciones nos acompañan, y están también con nosotros los santos ángeles invisibles. Si Dios quiere que nos quedemos aquí en esta plaga y nos muramos, nuestro cuidado de nada servirá; por tanto, que cada cual disponga así su corazón: “Señor, en tus manos estoy, tú me has atado aquí, hágase siempre tu voluntad”.

 Lutero entraba en las habitaciones de la peste y de la muerte; consolaba a los enfermos y moribundos con el Evangelio, y los fortalecía con el santo sacramento del cuerpo y sangre de Cristo. En Noviembre tuvo su propia casa llena de enfermos; escribía a un colega suyo: ÛSoy como el apóstol, como muriendo, más he aquí, vivo.Ü

Al fin del año pudo volver a escribir a su amigo, lleno de gozo: La peste está muerta y enterrada; Dios ha manifestado su misericordia magnífica y maravillosamente; probando así que le complace nuestra predicación del Evangelio, a pesar de ser nosotros pecadores.

¡Qué mal se compagina este proceder y esas palabras tan espirituales de Lutero con lo que a voz en cuello están diciendo de él sus enemigos! Pero el día de la gran revelación hará patentes todas las cosas ocultas, ya hayan sido ocultadas por la voluntad de Dios, que debemos siempre respetar, ya por la malicia de los hombres.

***

El matrimonio y la vida privada de Lutero

El año 1524, el vigésimo domingo después de Trinidad, Lutero se despojó de su vestido de fraile y empezó a usar la toga negra de catedrá­tico, habiéndole regalado el paño el elector. Estaba sólo en el convento, por haberlo abando­nado todos los frailes. Entonces muchos amigos, y particularmente su padre, le rogaron que con­trajese matrimonio, una vez que lo había acon­sejado a otros, mas algunos le disuadían por temor a las calumnias de los adversarios.

Fue una acción digna de ser puesta al lado de aquella de las tesis de Wittemberg, de la confe­sión pública en la Dieta de Worms y de la tra­ducción de la Biblia en el castillo de Wartburg, la de Martín Lutero, cuando el 13 de Junio de 1525 casó con Catalina de Bora. No era él el primero de los hombres más importantes de la Reforma que a la predicación de la palabra aña­dían el propio ejemplo, para confirmar la verdad de que el matrimonio es una santa institución divina, y que la doctrina del celibato de los sacerdotes es un engaño del diablo (1ª. Timoteo, 4, 1-3). En Suiza, Ulrico Zuinglio y León Iudae vivían ya en matrimonio santo y bendito. En Strasburgo, Capitón había seguido el ejemplo de Butzer, y Matías Zelí se había casado con Ca­talina Schulz, la cual, bajo el nombre de Catalina Zelí, se ha hecho muy conocida como una de las mejores esposas de pastor. Y en Wittemberg mismo, los dos pastores Justo Jonas y Juan Bu­genhagen, que Lutero convidó como testigos a su casamiento, estaban casados ya hacia años. Pero que ahora, en medio de un tiempo tan ex­citado por la guerra de los campesinos, el hom­bre más importante de la Reforma entrase en el matrimonio, significaba un cambio completo en la vida de los ministros de la palabra y una in­fluencia profunda en la vida del pueblo entero; porque el matrimonio de Lutero no procedió, como calumniosamente y sin ninguna prueba di­cen sus enemigos, del deseo de hacer más grata su vida privada. El matrimonio de Lutero fue un hecho con el cual quería él defender la Palabra y orden de Dios en contra de la ordenanza y desorden del Papa.

Ya su folleto A la nobleza cristiana de la nación alemana sobre el mejoramiento del estado cristiano, que escribió en 1520 contra Roma, era como el poderoso eco de la trompeta dirigido contra el celibato de los sacerdotes. ÛTambién vemos -dice en el decimocuarto punto de queja- cómo ha decaído el clero y cómo algunos pobres curas, abrumados con mujer y niños, tienen gran re­mordimiento de conciencia, mientras ninguno cuida de ayudarles, aunque seria cosa fácil el hacerlo. Pues si el Papa y el obispo no hacen caso de esto, y más bien ayudan a perder lo que está perdido, yo quiero salvar mi conciencia y abrir con toda franqueza mi boca aunque disguste al Papa, al obispo o a otro cualquiera, y digo así: que según institución de Cristo y sus apóstoles, cada ciudad debe tener un cura u obispo, como Pablo claramente dice (Tito, 1, 6), y que este cura no está obligado a vivir sin mujer legítima, sino que pueda tener una como San Pablo es­cribe (1ª. Timoteo, 3, 2, y Tito, 1) diciendo: Ûpues es necesario que el obispo sea irreprensi­ble, marido de una sola mujer, que tenga sus hi­jos en sujeción con toda honestidadÜ. Porque un obispo y un cura es una misma cosa para San Pa­blo, como lo expresa también San Jerónimo.

En 1522, en su folleto Contra el estado del Papa y de los obispos que se consideran falsamente como clase sacerdotal, profundizaba más sus razones tomadas de las Sagradas Escrituras, como en la explicación de 1ª. Corintios, 7. Y cual defiende el matrimonio de sacerdotes; así también aboga por que los caballeros de la orden de San Juan tengan libertad para casarse, y las monjas para abandonar los monasterios. Nunca hombre algu­no ha sido mejor armado para abrir brecha en el baluarte del papado, para exhibir el buen funda­mento de una doctrina saludable, como él.

La Palabra de Dios y su buen sentido le asistían en la comprensión de la voluntad divina; y su clara inteligencia, su santa indignación y el incisivo sarcasmo que sabía manejar con acierto, todo le ayudaba para defender una cosa que la na­turaleza y la revelación califican con igual vigor como buena. Podrá parecer algunas veces, como si en la lucha contra el error no se elevase a com­prender el matrimonio como institución divina y agradable a Dios, es decir, que insiste demasia­do en que el sacerdote ha de casarse para no pe­car, y no comprende aún bastante la vida santa y benéfica que se desarrolla por la familia. La culpa de esto la tiene Roma, porque había pro­fanado con sus doctrinas esta institución divina. Sin embargo, es de maravillar cuán pronto un antiguo discípulo de Roma comprendió sólo por la Palabra de Dios la verdad principal.

Dice que el celibato clerical no es un estado sagrado, porque le falta la consagración de la conformidad con la Palabra de Dios, mientras el matrimonio que tiene esta conformidad es por lo mismo en verdad un estado sagrado; y da precisamente en el blanco, cuando pone en contraposición, por una parte, los pecados abomi­nables con los cuales puede un sacerdote quedar en su estado sacerdotal, y por otra la santa y divina institución del matrimonio que, según la doctrina romana, destruye el sacerdocio: “Nin­gún pecado y vergüenza, por grande que sea ni por muchas veces que sea practicado en todo el mundo, les impide ser y hacerse sacerdotes con la sola excepción del santo matrimonio, al cual ellos mismos llaman y confiesan ser un sacra­mento e institución divina. Y esta única institu­ción divina no puede ser armonizada con el sa­cerdocio”. Especialmente afirma que para el ce­libato no hace falta la fe, mientras el matrimonio promueve la fe y todas las virtudes cristianas. “Mirad los clérigos que hasta ahora han gozado de tanta fama de santidad, y veréis ante todo que están bien dotados con todo lo que les hace falta para las necesidades de la vida; que tienen comida, vestido, casa y dinero segurísimo y con toda abundancia, por el trabajo y el sudor de otros ganado y entregado; de manera que por todo esto no tienen cuidado ninguno ni quieren tenerlo: en suma, la fe en este estado no tiene lugar, ni sitio, ni tempo, ni obra, ni práctica. Porque ellos están sentados en medio de su ha­cienda con todo sosiego y seguridad, y no hay allí sustancia rerum sperandarum, confianza de los bienes que no se ven, que es la esencia de la fe (Hebreos 11:1), sino certitudo rerum possessa­rum, seguridad completa de los bienes presentes. Pero si tomas mujer y te casas, entonces es tu primer cuidado de qué has de alimentarte a ti, a tu mujer y a tus hijos, y esto dura por toda tu vida; de manera que el estado casado tiene de sí mismo esta condición, que enseña y nos mueve a mirar la mano y la gracia de Dios, y así nos obliga a creer. Y también vemos que donde falta la fe en el estado de matrimonio allí es la exis­tencia pobre y miserable, llena de cuidados y quejas y trabajos. De esto se ve, por lo tanto, que la misma naturaleza del estado casado es la que mueve y obliga y empuja al hombre para entrar en la facultad más espiritual, más interior y más elevada, es decir, la fe, porque no hay ciencia más elevada y más interior que la fe, porque ésta se adhiere solamente a la Palabra de Dios, y queda desnuda y privada de todo lo que no es Palabra divina”.

Por cinco años había reivindicado ya Lutero al matrimonio su derecho natural como santo e instituido por Dios; pero todavía él mismo no pensaba en casarse, aunque la incomodidad de su vida privada le hubiera podido mover a ello. Todavía seguía viviendo en su convento solo con el que antes era su superior. Nadie le asistía en esta celda monástica; muchas veces se echa­ba por la noche fatigado del trabajo sobre una cama que ninguna mano amable le había prepa­rado. Sólo con los amigos tenía de vez en cuan­do un rato de expansión. Bastante le han calum­niado sus enemigos porque bebía con los otros doctores cerveza y tocaba el laúd; pero todavía se resistía a entrar en el estado matrimonial, aunque pocos tenían un corazón tan bien dis­puesto para los afectos de la familia como Lutero.

En la conclusión de su tratado de los monasterios y los votos eclesiásticos había dicho a sus adversarios, con aquella sana ironía que le era pro­pia: “Aquí los corazones castos, los santos sacer­dotes a quienes nada agrada sino lo que ellos mis­mos dicen o hablan, abrirán su boca y gritarán: -¡Oh!, cómo le oprime a este fraile su hábito y cuánto desea tener mujer!- Pero deja que ca­lumnien los santones y corazones castos, deja que sean de hierro o de piedra como ellos mismos se figuran; pero tú no niegues que eres hombre, que tienes carne y sangre, y deja que luego Dios juzgue entre estos héroes fuertes y angélicos y el pobre pecador; no me quisiera yo parecer a tales corazones; lo sentiría en el alma y que Dios en su gracia me guarde de ello”.

Pero aunque no sentía gran inclinación al ma­trimonio, ya se había declarado en su favor, y “la confesión ha de ser perfecta -dice en sus discursos- confesión por palabra y hecho: por­que antes de tomar una mujer ya había yo re­suelto conmigo mismo de honrar el estado del matrimonio, y si de repente hubiera caído mor­talmente enfermo, me hubiera hecho casar con una doncella piadosa, dándole dos copas de plata como dote”.

Vivía entonces en Wittemberg una doncella de noble cuna, Catalina de Bora, que hacia diez años había entrado en el convento de Nimpts­chen; pero a consecuencia del movimiento de la Reforma había sido libertada de él con ocho compañeras, y vivía hacía dos años en la casa del secretario del Ayuntamiento, Reinchenbach; aquélla fue la que eligió por su mujer. Los ene­migos ya acechaban este paso del Reformador, y hasta sus mismos amigos lo estaban temiendo.

“Si este fraile se casa -dijo su amigo Jerónimo Schurf-, todo el mundo y hasta el mismo diablo se echarán a reír de escarnio, y su obra iniciada se perderá. » Mas esta palabra produjo en Lutero el efecto contrario. Valerosamente se levantó, diciendo: ÛPrecisamente por esto lo voy a hacer, para burla del mundo y del diablo, y alegría de mi anciano padre”. Y de una vez puso fin a las calumnias de los enemigos y a los temores de los amigos. El mismo dice: “Sí yo no hubiese verificado mi casamiento de repente, silenciosa­mente, y sólo con conocimiento de pocos, todos lo hubieran impedido; porque mis mejores ami­gos hubieran gritado: Esa no; esta otra”.

En la tarde del 13 de junio de 1525 invitó a su casa a una cena a Lucas Kranach, el célebre pin­tor, uno de los más importantes ciudadanos, consejero y secretario del Ayuntamiento, y a su esposa; al doctor Apell, catedrático muy estima­do y afamado de cánones, que se había conver­tido a la fe evangélica, y además a los primeros pastores de la ciudad, Justo Jonás, párroco, y Juan Bugenhagen, y ante estos testigos casó con Catalina. Quince días más tarde, el 27 del mismo mes, celebró una fiesta mayor y pública, convi­dando para ella a muchos hombres importantes, sobre todo, por el deseo de la presencia de sus padres, que aún vivían. No hay duda de que Lutero quiso, por una parte, evitar ruido innecesa­rio, y por otra parte, con los testigos tan impor­tantes que había convidado, sellar su matrimonio con el sello de una legitimidad perfecta. No era la belleza de su Catalina la que le había movido al casamiento; sus retratos nos presentan una mujer de una constitución sana y fuerte y faccio­nes vivas e inteligentes, aunque de nariz un poco irregular y pómulos algo salientes; no era un amor fantástico el que le había movido; era la seguridad de que su matrimonio contribuiría al adelanto de la obra de la Reforma, a la renova­ción de las costumbres, según la Palabra de Dios.

Así se fundó la casa doméstica del pastor evangélico, y desde entonces, la familia del pas­tor, el ministro de la Palabra y su esposa, los padres y los hijos, amos y criados, huéspedes y hospedados, han ofrecido en la Iglesia cristiana cuadros mil que regocijan a los ángeles; y no hay en ella, como en la casa del cura romano, la falsamente llamada espiritualidad con que se mortificaban un Jerónimo y un Agustín, un Bene­dicto y un Francisco, con sufrimientos secretos, ni tampoco esa carnalidad desenfrenada en que caen tan fácilmente los que se quieren conside­rar santos; no hay la soledad tétrica del sacerdo­te severo, ni la compañía licenciosa del sacerdo­te liviano. Todo lo que una casa de un cristiano debe encerrar de la paz de Dios y de la bondad humana se encontraba en la casa del pastor evangélico. La cristiandad debe ser como un cuerpo cuya cabeza es Cristo y cuyos miembros se han de ayudar mutuamente para que crezca todo él con una salud perfecta. Se altera la salud del cuerpo si un miembro se desarrolla demasia­do y quita el jugo a los demás. Hasta el tiempo de la Reforma en la cristiandad se había desarro­llado demasiado el sacerdocio en su propio per­juicio y en perjuicio de la familia y el Estado, que también son órdenes instituidos por Dios. Desde el momento en que Lutero restableció los limites del estado de los pastores, según la Pala­bra de Dios, desde entonces la familia y las auto­ridades recobraron también su posición evan­gélica.

Con este enlace se separó el Reformador completa y definitivamente de las instituciones papales, animando a las almas ansiosas y débiles a seguir su ejemplo, y a renunciar para siempre a los errores papistas.

Se culpa a la Reforma de haber profanado el sacerdocio, y los romanos no quieren considerar a los pastores de la Iglesia Evangélica como mi­nistros de Dios; pero en realidad la Reforma ha enseñado lo que estaba ya olvidado: el funda­mento sólido del sacerdocio de todos los fieles, en el cual se funda el ministerio especial de los ministros de la Palabra. Vindicando así el sacer­docio general a todos los creyentes, no ha quitado importancia por eso al ministerio que predica la reconciliación con Dios, y que administra la Palabra divina y los sacramentos, pues ensalza a la vez la dignidad del ministerio de la predicación como de un cargo u orden esta­blecido por Dios. Pero este oficio en sí no da a los predicadores ningún carácter diferente al que deben tener todos los creyentes a quienes Jesu­cristo ha hecho reyes y sacerdotes ante Dios y su Padre.

Por el matrimonio de los pastores éstos empe­zaban a enseñar ya no sólo de palabra, sino también por el ejemplo, lo que debe ser una casa cristiana; ningún cura podía decir con una conciencia tan tranquila y alegre lo que dice Martín Lutero a su esposa: “La mayor gracia y don de Dios es tener una mujer piadosa y ama­ble, a la que puedas confiar todos tus bienes y lo que tienes, hasta tu cuerpo y tu vida, engen­drando hijos con ella. Catalina, tienes un esposo piadoso y que te ama; tú eres una emperatriz, y yo doy gracias a Dios”. Y un sacerdote que no es padre, no puede decir como Lutero: “¡Oh buen Dios! ¡Cómo le palpitaría el corazón a Abraham cuando debió sacrificar a su hijo único y muy amado Isaac! ¡Con qué pena caminaría al monte Moriah! No diría a Sara nada de ello.” Entonces Catalina replicó: “No puedo yo com­prender cómo Dios podía exigir cosa tan cruel de un padre”. Y contestó el Dr. Lutero: “Queri­da Catalina, ¿no puedes creer que Dios ha hecho morir a su único Hijo, nuestro Señor y Salvador Jesucristo, por nosotros, aunque nada había en el cielo y en la tierra que amara tanto como él…? Abraham debió creer que había una resurrección de los muertos, porque antes ya tenía la promesa de que de la simiente de Isaac saldría el Mesías del mundo. Otra vez, ensalzando el matrimonio como un estado feliz, dice: ¡Ay! ¡Cuánto desea­ba yo ver a los míos cuando estaba en Schmal­kalda enfermo de muerte! No pensaba volver a ver a mi esposa y a mis hijitos, y ¡cuánto sentía esta separación! Pero ahora, siendo restablecido por la gracia de Dios, los amo aún más. Y nin­guno hay tan espiritual que no sienta este afecto y amor innato y natural, porque el enlace y comunión ente hombre y mujer, es una cosa grande.

Mucha importancia da también a la obedien­cia de los hijos y de los criados en la casa. Como él estaba en aptitud de juzgar las obras de los frailes y monjas, siempre ensalza las obras verdaderamente buenas y la sencillez de la obediencia a la Palabra de Dios: “¡Que ven­gan con todas sus obras grandes, difíciles y me­ritorias, a ver si pueden nombrar una que sea más noble y grande que el obedecer al padre y a la madre!” Se burla de los que inventaron las obras que se dice hizo el Señor Jesús cuando niño: “En esto está dicho todo: obedeció a sus padres. No eran aquellas obras las que nos cuen­tan los evangélicos apócrifos que hacia en su niñez pajaritos y otros animalitos; tampoco eran las obras de los conventos, pues ¿qué es lo que hacia? Hacía precisamente lo que necesitaba el padre y la madre: traía agua, leña, bebida y co­mida; pan, carne, etc; cuidaba de la casa y otras cosas por el estilo, como otro niño cualquiera. Estas cosas ha hecho el querido Jesús, y todos los niños que quieran imitarle y ser piadosos, deberán decir: “No soy digno de tener la honra de poder imitar al Niño Jesús, haciendo lo que ha hecho mi Señor Cristo. Si El ha recogido la leña, y hecho todo lo que le han mandado sus padres, ¡qué buen niño seré si sigo su ejemplo!”

Y como las obras de la obediencia filial, alaba también la obediencia de los criados. Si una pobre criada dice: “Ahora hago la cama, barro la habitación, hago el quehacer de la casa, ¿quién me lo ha mandado? ¿Mi amo o mi ama? ¿Quién les ha dado tal poder sobre mí? Dios. Entonces es verdad que sirvo, no sólo a ellos, sino a Dios en el cielo, y que así agrado a Dios. ¿Cómo podía yo ser más feliz? Porque es lo mismo que si guisara para Dios”.

La obra gigantesca que Lutero tenía que hacer para la cristiandad, no perjudicó a su deber para con sus domésticos; a la oración diaria añadía él en el domingo un discurso en casa: “Estas predicaciones —escribe él en su prólogo a sus oraciones domésticas—he hecho de vez en cuando en mi casa y ante mis criados, para hacer como padre de familia lo que era de mi par­te, a fin de que los criados fuesen enseñados y viviesen cristianamente. Así lo hacían los patriarcas en sus casas y con sus criados; y cuando leemos que Abraham, Isaac y Jacob edificaron altares y predicaban, allí también vendrían los vecinos de las aldeas cercanas; porque el patriarca no haría un altar para si solo, sino que irían con él su mujer, hijos, criados y criadas, y ora­rían como él les enseñaba.

No olvidaba el tener cuidado especial de las almas de los suyos. Habiendo amonestado una vez a su Catalina a que leyese diligentemente las Sagradas Escrituras, especialmente el salte­rio, ella contestó: “Ya oigo y leo bastante”. Entonces Lutero lanzó un suspiro y la reprendió por estar ya cansada, y le advirtió que tuviese cuidado de no caer en fastidio de la Palabra de Dios, creyendo saber ya todo, y, sin embargo, entendiendo tanto de ella como un ganso. Y cuando otra vez, en el año 1535, estaba ella afanosa en sus quehaceres, porque era mujer muy económica y trabajadora, él le prometió cincuen­ta florines si quería comenzar a leer toda la Biblia seguida y acabarla antes de las Pascuas. A todos sus criados los alentaba a leer la Palabra de Dios y a aprender bien los Evangelios, cán­ticos y catecismos. Y cuando los niños y los criados debían decirle su catecismo y se corta­ban, entonces le recordaba el último juicio, en que todos hemos de dar cuenta franca y abier­tamente.

Una historia vamos aún a referir para probar de qué influencia ha sido para toda la cristiandad el restablecimiento del sagrado y divino orden del matrimonio en la casa de los pastores evangélicos.

Era en marzo de 1530. El príncipe elector había hecho venir los teólogos a Torgau, para que concertasen los artículos de la confesión que habían de presentar en la Dieta de Augsburgo. La política no se presentaba favorable a la Re­forma, y especialmente Melanchton, sobre el cual pesaba la mayor parte del trabajo, se sentía triste y fatigado. Una vez, volviendo a su habi­tación, encontró allí las mujeres del párroco y de los dos capellanes con sus hijos. Algunos estaban mamando, otros mayorcitos ya recitaban su catecismo y sus oraciones. Melanchton, escu­chando la voz balbuciente de los niños, se acuer­da del texto del Salmista: “Por boca de los niños y de los que maman, fundaste tu fuerza a causa de tus enemigos”. Especialmente le con­movió el cuadro de la mujer de un capellán que daba de mamar a su niño, escuchaba la oración de otro y preparaba la cena para su marido. “¡Ay, qué obra tan santa y agradable a Dios!” -exclama Melanchton-, y se vuelve a los otros teólogos con rostro alegre y confiado. Lutero le pregunta qué era lo que le había cambiado tan de repente, y él contesta: “¡Oh señores míos! No debemos perder el ánimo, porque acabo de ver a los que lucharán por nosotros, que nos prote­gerán y que serán y nos harán invencibles con­tra todos los poderes del mundo”. Lutero preguntó quiénes eran estos valientes héroes, y Felipe contesta: “Son las mujeres y niños de nuestro párroco y de los capellanes, cuya oración he escuchado: hasta ahora el fiel Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo no ha despre­ciado esta su oración”. Esto dio a los teólogos gran alegría y confianza, tanto que perseveraron firmes en la verdad y dieron con valentía su tes­timonio evangélico.

Pero volvamos a Lutero.

El matrimonio fue hasta el fin muy feliz. Cata­lina merecía, tanto por su inteligencia y discre­ción, como por su piedad y amabilidad, la esti­mación cumplida y el cariño del Reformador. Cuando, un año más tarde, escribía a un amigo, que Dios le había concedido un hijo el 7 de julio de 1526, añadió: “Te saluda Catalina, mi esposa, y te da las gracias de haberla honrado con carta tan cariñosa. Está bien (gracias a Dios), es com­placiente, obediente y graciosa en todo más de lo que yo podía esperar, a Dios sean dadas las gracias; de suerte que no quisiera cambiar mi pobreza con los tesoros de Creso”. Su amor hacia ella no fue como fogata de virutas, sino el producto sagrado de un corazón rico en los sen­timientos humanos más tiernos y profundos. Tenemos aún hoy día muchas cartas que Lutero escribió a su esposa, en las que la apellida con los nombres más lisonjeros y jocosos, aun tra­tando de cosas grandes lo mismo que pequeñas; y siempre, ya hablase en serio o jocosamente, le muestra la más profunda estimación y ca­riño.

Es verdad que no faltaron algunas pequeñas disensiones; ¿qué cielo hay que no tenga nubes?; mas no por causas graves. Lutero era excesiva­mente generoso para con los pobres, a la vez que no tenía mucho salario. Cuando un pobre le pedía socorro, le daba hasta su último escudo, su misma copa de plata, y un día dio hasta el regalo del padrino a su mujer; de todo se deshacía de buena voluntad. En cierta ocasión, des­pués de buscar por mucho rato algo que dar, encontró un escudo que contenía el retrato de Joaquín, y exclamó alegremente: ¡Hola! Sal, Joaquín, Jesucristo está a la puerta y te necesi­ta. Esta generosidad pareció muchas veces exa­gerada a su económica esposa, que le hizo varios reproches blandamente; mas por fin se acomodó a un honesto pasar, según la voluntad de su marido.

Algunas veces llama Lutero a su Catalina su Señor y su Moisés Catalino; otra vez la reco­mienda a un huésped de Inglaterra como maes­tra en la elocuencia alemana; y si en ocasiones se desbordaba la corriente de aquella elocuencia, solía preguntarle si había olvidado el orar el Padrenuestro antes de un discurso tan largo. Lutero sabía muy bien hacer respetar aquella Palabra de Dios: “El marido es la cabeza de la mujer”. Y por cierto que ella no turbaba la paz doméstica; ella valía más a sus ojos que el reino     de Francia y el señorío de Venecia; y cuatro años antes de su muerte da testimonio en su testamento de que ella, como esposa piadosa, fiel y honrada, siempre le había amado, reverenciado, estimado y cuidado bien.

 Muchas veces Lutero rehusaba regalos de sus amigos, hasta del mismo elector. Los libreros le ofrecieron darle hasta cuatrocientos duros anuales por la edición de sus libros; mas él no lo aceptó, diciendo que “no quería vender los dotes que había recibido de Dios”. Todas sus lecciones eran gratuitas.

Lutero tuvo de su Catalina seis hijos, de los     cuales dos murieron muy niños. El primogénito se llamó Juan; murió ya doctor en Derecho, en 1575, en Koenigsberg. La segunda era Isabel, que murió cuando tenía sólo ocho meses. La tercera, Magdalena, que llegó hasta los quince años. El cuarto, Martín, muerto en 1565. El quinto, Pablo, médico de cámara de diferentes príncipes, murió en 1593. La sexta, Margarita, casada con el Sr. de Kunheim, y murió en 1570.

En el trato con sus hijos manifestó Lutero su corazón fiel, cariñoso e infantil hasta el encanto. Era un padre ejemplar, educaba a sus hijos con benigna clemencia y mansedumbre, en disciplina y amonestación cristiana, y lo mismo que interpretaba el Evangelio al pueblo tan claramente que todos podían palparlo, sabía despertar en sus hijos el amor hacia su Salvador de una manera dulce y digna. No tiene igual la carta que escribió en el año 1530 a su hijo Juanito, de cuatro años; es el lenguaje más ingenioso de poesía infantil. Dice así:

“Gracia y paz en Cristo Jesús, mi muy querido hijito. Veo con mucha alegría que estudias diligentemente y oras con amor. Hazlo así sin cesar. Cuando yo vuelva a esa, te llevaré cositas muy lindas. ¡Y escucha! Sé de un jardín muy bonito y precioso, por el cual andan muchos niños. Tienen vestidos dorados; recogen sabro­sas manzanas, cerezas, peras y ciruelas de deba­jo de los árboles; cantan y corren; en una palabra, se divierten muchísimo. Tienen también caballitos con bridas de oro y sillas de plata. Y cuando pregunté al Señor, dueño de aquel jardín, quiénes eran aquellos niños, me contestó: “Son los niños a quienes gusta estudiar, orar y ser piadosos”. Y yo le dije: Querido Señor, tengo   un niño llamado Juanito; ¿no podría también venir a este jardín para comer estas exquisitas frutas, montar en estos preciosos caballitos y jugar con estos niños? Entonces el Señor me respondió: “Si le gusta orar, si es bueno y aplicado, no hay inconveniente en que venga: además puede traerse a Felipe y Justo, y recibirán desde luego pitos, tambores, ballestas para tirar; también podrán cantar y bailar”. Y entonces me enseñó en aquel jardín una pradera magnífica, preparada para la danza, donde había pitos de oro, tambores y ballestas de plata.

Pero como era todavía muy de mañana, y los niños estaban sin almorzar, no pude esperar a la danza, y así dije a aquel Señor: “Querido Señor, voy a escribir a mi hijito para que ore mucho, sea aplicado y piadoso, a fin de que pueda entrar en este jardín. Pero tiene una tía muy querida; ésta debe acompañarle.

Y él me dijo: “Sea así, ve y díselo.” Pues, querido Juanito; te encargo que seas aplicado y ores con amor; dilo a Felipe y Justo también, para que podáis ir juntos al jardín con esto te encomiendo en las manos del Dios Todopoderoso; saluda a tu tía Magdalena y recibe un abrazo de tu querido padre.-MAR­TIN LUTERO”.

Mas al lado de esta benignidad y espíritu in­fantil, nunca olvidó Lutero la gravedad necesa­ria para con sus niños. Si cometían faltas, tam­bién sabia imponerles castigos, y ninguno de sus niños le causó pesadumbres. Todos llegaron a ser hombres honrados.

Así podemos formar una idea del cuadro be­llísimo que se presentaría en la antigua casa de Wittemberg: el padre sentado junto con su Ca­talina, con sus niños alrededor, contándoles leyendas serias y jocosas, o cantando con ellos un himno de alabanzas a Dios; o en la Natividad, cuando el niño Jesús traía sus regalos, y Juanito y Pablito y Martín, Rita y Luisa saltaban alrededor del árbol de Navidad, espléndidamente iluminado, llenando el cuarto de voces de alegría. ¡Qué contento y dicha sentirían entonces los padres Martín y Catalina! ¡Cómo resplandecería en su rostro la alegría de los niños! Toda la vida doméstica de Lutero, prueba aquel dicho de un célebre sabio, que “Lutero, con su cabeza tocaba al cielo, a la vez que sus pies estaban en la tierra”. Lutero no era melancólico o místico; es­tando seguro de una vez para siempre de su sal­vación, y habiendo logrado la libertad verdadera que sabe usar del mundo sin abusos, disfrutó de los placeres inocentes de la tierra, sin escrúpulos de ningún género; siendo puro él, todas sus obras eran puras.

El mismo dijo: “Dejemos a los frailes mudos y contumaces mirar su tristeza y silencio como santidad y culto; alegrarse es pecado si es obra del diablo; mas alegrarse con hombres honrados y piadosos en el temor de Dios, en modestia y honestidad, complace a Dios, porque El mismo ha mandado que nos alegremos delante de El, y no le gustan ofrendas tristes”. Estando en casa le gustaba, después de haber pasado la mayor parte del tiempo estudiando en su despacho, tener en la mesa una agradable reunión para la distracción necesaria. A menudo él mismo diri­gía la conversación, sabiendo divertir y dar ex­pansión a sus huéspedes, uniendo maravillosa­mente lo serio con lo jocoso. Sus amigos han coleccionado anécdotas y chistes pronunciados en tales ocasiones, que andan impresos bajo el título de Conversaciones de mesa del Dr. Lutero. Es verdad que en alguna ocasión Lutero no era todo lo escrupuloso que debiera en escoger sus frases; mas querer calumniarle por esto como lo han hecho muchos, tratando de atacarle en la comida y junto al vaso de cerveza, por no po­derle vencer en las Dietas y en el púlpito, es manifiesta injusticia. Además, hay que tener en cuenta que el lenguaje familiar hace trescientos años era muy diferente al de hoy, tenía algo de duro; pero en lo demás, era franco y leal.

También buscaba a veces Lutero su recreo en la naturaleza libre. No lejos de Wittemberg hay un pozo rodeado de encinas y tilos, que hoy día se apellida aún la fuente de Lutero. Allí iba muchas veces, acompañado de su familia y ami­gos; y en tales ocasiones, recordaba la fuente de Jacob en Sichar, y la conversación que allí tuvo Jesús con la Samaritana. Encontraba tam­bién placer especial en sus jardines, de los cua­les tenía varios fuera de las puertas de la ciudad. La mayor parte los cultivaba por sí mismo; y así escribía un día a su amigo Spalatin: “He cuidado mi jardín y arreglado mi pozo, y todo ha ido bien; ven a verme y te obsequiaré con rosas y azucenas. Si Dios me conserva la vida, voy a salir jardinero.” Y en otra ocasión: “El mundo no conoce ni a Dios su Criador, ni a sus criaturas. ¡Ah! Si Adán no hubiese pecado, ¡cómo reconocería el hombre a Dios en sí mismo; pero lo reconocería, alabaría y amaría también en todas sus criaturas; de tal suerte, que en la más pequeña flor hubiera considerado y visto la omnipotencia, sabiduría y bondad divinas! Aho­ra estamos en la aurora de la vida que ha de ve­nir porque volvemos a lograr el conocimiento de las criaturas que perdimos por la caída de Adán; ahora miramos las criaturas bien y mejor que en el papismo, principiando por la gracia de Dios a reconocer sus magnificas obras y mara­villas, aun en las florecitas; en ellas vemos el poder de su palabra; ¡qué poderosa es cuando El dijo y todo fue hecho! Disfrutando así de la naturaleza con su ingenio contemplativo, la crea­ción era para él una revelación divina de lo in­visible y lo espiritual. Así, comparaba la Biblia a un hermoso bosque, en el cual no había nin­gún árbol que no llevara frutas de oro.

En una hermosa tarde de primavera (1541), entre sentimientos mezclados de gozo y ansie­dad, como algunas veces nos sorprenden en la estación deliciosa de mayo, dijo a Justo Jonás: “Si el pecado y la muerte fueran quitados de en medio, ya podríamos contentarnos con tal paraí­so; mas será mucho más delicioso cuando este viejo mundo sea renovado enteramente, y prin­cipie la primavera eterna que ha de permanecer para siempre”. Cuando el mal tiempo le impedía buscar con los suyos solaz y diversión en la na­turaleza, libre después del estudio, apelaba a otras diversiones domésticas; sabía jugar al aje­drez, y a veces hacía trabajos de tornero; mas su placer favorito era la música. Rodeado de sus amigos y de sus niños cantaba los primeros him­nos evangélicos. “No pocas horas amenas -nos dice el maestro de capilla del elector, Juan Wal­ther- he pasado junto con él cantando, y a menudo veía que con el canto el espíritu de este grande hombre se ponía tan alegre, que no podía contenerse, ni se cansaba de cantar. El mismo ha compuesto la música para los Evangelios y Epístolas, y me la ha cantado pidiendo mi pare­cer; una vez me detuvo por tres semanas enteras en Wittemberg hasta cantarse la primera misa evangélica en la iglesia parroquial. Por fuerza me hizo asistir y llevarla luego a Torgau para presentarla al elector”. – “Durante y después de la comida- nos refiere Mathesio-, el doctor cantaba algunas veces; también sabía tocar el laúd; yo le he acompañado con frecuencia, y entre los cánticos insertaba buenos sermones. Teniendo una vez, en Adviento de 1538, en su casa buenos cantores que ejecutaban hermosas composiciones, exclamó conmovido: «Cuando nuestro buen Dios derrama tan magníficos goces en esta vida, ¿qué será en aquella vida eterna? Aquí tenemos sólo un principio”.

Antes hemos ya mencionado los magníficos frutos que reportó la Iglesia evangélica de esta afición de Lutero a la música. En el preámbulo a la mencionada colección de himnos espiritua­les y salmos dice: “que eran compuestos a cuatro voces, porque quería que los jóvenes, debiendo ser educados en la música lo mismo que en otras buenas artes, tuviesen alguna cosa con qué sustituir las cosas y cantares licenciosos, reempla­zándolos con canciones de provecho, para apren­der de esta suerte lo bueno de buena gana, como corresponde a la juventud”. Ojalá que se hubie­ran cumplido estos deseos en todas partes.

Con todo, no le faltó en casa a nuestro Lutero la cruz doméstica; él mismo pasó varias veces por graves enfermedades, pero el golpe más fuerte que sufrió, fue la muerte de su querida Magdalena, que expiró en los brazos de su pa­dre, orando, el 20 de octubre de 1542, a la edad de catorce años; mas, como fiel discípulo del Salvador, llevó esta cruz con resignación y sa­crificó al Señor, aunque con pena, lo más queri­do que poseía. “La amo de corazón -dijo orando al lado de su cama-; mas, Dios mío, si es tu voluntad, si tú quieres tomarla, también me será grato verla unida contigo en el cielo”. A su pre­gunta: -Magdalena, hijita mía, ¿quieres quedar­te aquí con tu padre, o también te gustará irte al Padre de arriba? -contestó la moribunda: -Sí, sí, padre de mi alma, como Dios lo quie­ra.- “¡Oh, Lena mía querida, qué bien estás ahora -dijo al lado de su ataúd-; tú resucitarás y brillarás como una estrella, como el mismo sol! Sí; estoy alegre según el espíritu; mas según la carne, estoy muy afligido: la carne no quiere consentirlo, la separación le duele a uno sobre­manera”. Después del entierro dijo: “Ahora mi hija está bien guardada, tanto de cuerpo como de alma; nosotros, cristianos, no tenemos nada de qué quejarnos, sabiendo que así ha de ser; estamos segurísimos de la vida eterna: Dios, que nos la ha prometido por su Hijo, no puede men­tir. Si mi hija, volviendo a la vida, me trajera un reino, no la querría; ella ha ido bien; bienaven­turados los muertos que mueren en el Señor; el que muere así tiene asegurada la vida eterna. Esta oración nos trae a la memoria la del piado­so Job: “El Señor lo ha dado, el Señor lo ha quitado; sea alabado el nombre del Señor”.

***

 Últimos días y muerte de Lutero

La noche se acerca, el sol va declinando y las sombras se alargan. Sombras y muy tristes cubrieron también algunos días el fin de la vida de Lutero. En los últimos años sufrió mucho del mal de piedra; tenía además reuma en la cabeza, que le causaba vértigos, y zumbidos en los oídos. A estos dolores de cuerpo, se agregaban otros que daban más pena al corazón. El comba­te con los papistas todavía no había concluido.

En el año 1543 volvió a declararse la lucha con los calvinistas con mayor furia; aun en medio de la Iglesia luterana había disensiones causadas por un tal Agrícola, que afirmaba que la ley mo­ral mosaica ya no tenía valor, y se debía abrogar en la Iglesia. Pero lo que más afligía a Lutero era que los frutos de la pura doctrina del Evan­gelio, adquirida por él con tantas penas, comba­tes y luchas, eran muy escasos. Se lamentaba que, salvo algunos que habían aceptado el Evangelio seria y agradecidamente, los demás eran tan ingratos e impertinentes y torcidos, que no vivían de otra manera que como si Dios les hubiese dado su Palabra y salvado del papismo, para poder hacer y dejar libremente lo que les diese la gana, sirviéndoles así su Palabra, no para su gloria y salvación, sino más bien para su perversión. La nobleza quería apoderarse de todo lo que poseía el aldeano, y los simples ciudadanos querían hacerse príncipes; por otro lado, el aldeano subía los cereales, causando hambre por este su mal proceder, mientras que los géneros no escaseaban; el artesano en su oficio ponía los precios a su capricho. Los cria­dos de las casas se daban a la holganza, al hurto e infidelidad y malignidad de todo género, de tal suerte, que todos los padres de familia se quejaban y lamentaban; sobre todo, había algu­nos nobles y Ayuntamientos, villas, ciudades y pueblos que prohibían a su párroco y demás pastores reprender desde el púlpito sus pecados y vicios, y amenazaban de echarlos fuera o de­jarlos morir de hambre, y cualquiera que les ro­base alguna cosa era inocente. Calcúlese si todo esto fuese placer y gusto para el Reformador, o si más bien le obligase a predicar con voz de trueno la palabra del Señor: “Mirad, haced fru­tos propios de arrepentimiento y que obre vues­tra fe en amor”.

En Wittemberg mismo había tantos desórde­nes, que Lutero resolvió abandonar enteramente la ciudad; sólo las peticiones de una diputación especial y la mediación del elector le movieron por fin, a volver a su hogar. Así, su gozo sobre el campo verde, fruto de la simiente que había sembrado, se disminuyó por la cizaña que, sem­brada por enemigos, creció juntamente; mas el Señor no le dejó afligirse mucho tiempo, y le llamó del campo terrestre a su hermoso cielo, donde no hay cizaña entre el trigo ni el mal se mezcla con el bien.

Había una cuestión entre los condes de Mans­feld y algunos súbditos suyos sobre unas minas, y pidieron a Lutero que fuera a componerla. Acompañado de sus tres hijos, el viejo campeón se puso en camino para poner paz en su país natal, el 23 de Enero de 1546. Este iba a ser su último viaje, como lo presintió, que le llevaría a la paz eterna y a la patria verdadera. “El mundo está cansado de mí -dijo-, y yo me canso de él; no nos pesará el separarnos, como el huésped abandona la fonda sin sentimiento”. Su Catalina le abrió toda la congoja de su corazón, pues presentía que no volvería a verle sino en el ataúd. En vano trató Lutero de calmar sus presentimientos con sus cartas, unas jocosas, otras serias: “Lee, Lina mía, a San Juan y el catecismo pequeño, pues quieres cuidar, en vez de tu Dios, como si El no fuera el Omnipotente que puede crear diez doctores Martines, si acaso este viejo se ahogase en el río Saale. Déjame en paz con tus temo­res; tengo uno mejor que tú y todos los ángeles, que me cuida; está en el pesebre, y una virgen le cría; pero está sentado a la diestra del Dios Padre Omnipotente; por tanto, estate en paz. Amén”.

En Halle tuvo que detenerse unos días por haberse inundado el río de Saale; mas por fin se decidió a pasar, con gran peligro de vida. En las fronteras del condado de Mansfeld los con­des le recibieron con mucha alegría.

Apenas hubo llegado a Eisleben, le sobrevino una indisposición tan fuerte, que se temió por su vida. Mas se alivió pronto, y pudo predicar cuatro veces en los veintiún días que se detuvo en su pueblo natal y asistir a los negocios de los condes y trabajar mucho en favor de las escuelas.

El 16 de Febrero fundó el Gimnasio de Eisle­ben (colegio de segunda enseñanza), hoy día floreciente aún; pero en todos estos trabajos sintió mucha debilidad.

Hasta el 17 de Febrero, y eso por las reitera­das súplicas de su amigo el príncipe de Anhalt, no abandonó los negocios de la mencionada contienda arreglada ya en su parte principal. Su debilidad iba creciendo, y le obligó a guardar cama; en ella no dejó de edificar a los que le rodeaban, con conversaciones sobre la única cosa necesaria, hablando mucho de la muerte y de la unión venidera con todos sus amigos; un día concluyó diciendo: “Me han bautizado aquí en Eisleben; ¡como si debiera morir aquí”! Después se acercó, según acostumbraba, a la ventana, y dijo en oración: “Dios mío, te suplico en nombre de tu Hijo a quien he predicado, que escuches ahora también mi plegaria, y hagas que mi patria siga en la pura religión y la ver­dadera confesión de tu Palabra”.

Poco después las ansias aumentaron consi­derablemente, se le condujo a su cuarto y le pusieron en cama; él apretó la mano a todos sus amigos que le rodeaban afligidísimos, dán­doles las buenas noches y diciendo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. ¡Orad al Señor por su Evangelio para que tenga éxito, porque el pobre papa y el concilio de Trento es­tán harto, enojados contra él”. Luego durmió un rato tranquilamente; mas a la una de la noche, el 18 de Febrero, le despertaron los crecientes dolores del pecho. Todos los remedios que pa­recían saludables se emplearon, mas todo fue en vano. Una vez todavía se levantó con el rostro alegre, pronunciando con voz alta y cla­ra estas palabras: “Me voy, mas tenemos un Dios que ayuda, y un Señor que salva de la muerte”. Entonces volvió a echarse, cerró los ojos y juntó las manos.

Justo Jonás y Coelio le preguntaron última­mente: “Venerable padre, ¿queréis morir en Jesucristo y sus doctrinas que habéis predicado?” Lutero contestó con un claro <Sí>. Este sí fue su última palabra aquí en la tierra. El 18 de Fe­brero, a las tres de la madrugada, entró el va­liente guerrero de Dios en la paz eterna.

Cuando se extendió la noticia de su muerte, toda la ciudad se conmovió profundamente: los condes y muchos vecinos corrieron a la casa mortuoria, para ver por última vez, con mucho sentimiento y lágrimas, los restos mortales de este hombre querido. Los condes de Mansfeld desearon que fuera enterrado en Eisleben; más el elector, informado en seguida por el Dr. Jonás de la muerte de Lutero, mandó llevar el cuerpo a Wittemberg.

El 19 de Febrero llevaron el féretro que con­tenía el cadáver del Reformador a la iglesia de San Andrés, donde Lutero había pronunciado su último sermón, y Jonás dirigió el sermón fúnebre allí a millares de oyentes que lloraban. El 20 de Febrero, a la una de la tarde, salió el fé­retro, bajo el doblar de las campanas y los himnos de los habitantes, por las puertas de Eisleben.

Muchos vecinos de la ciudad y sus contornos acompañaron sollozando al cadáver gran parte del camino. Los condes de Mansfeld, y cuarenta y cinco de a caballo, acompañaron al soldado de Dios a su último reposo en Wittemberg. En todas las aldeas por donde pasaba la comitiva fúnebre doblaron las campanas. La gente se la­mentaba y lloraba. Ante las puertas de Halle, el Ayuntamiento, los colegios y el clero recibieron el féretro y le acompañaron a la catedral, donde la gente, con voz quebrantada, entonó el salmo: “De los profundos clamo a ti, Señor”. Durante la noche estuvo allá el féretro guardado por los ciudadanos. El 22 de Febrero llegaron los condes con el cadáver ante Wittemberg. Los miembros de la Universidad y del Consejo, la vecindad y un gran número de forasteros recibieron aquí a la comitiva fúnebre, y la acompañaron a la Capilla de Palacio, donde debía enterrarse. Bugenhagen pronunció la oración fúnebre ante muchos miles sobre el texto: “Tampoco, hermanos, quere­mos que ignoréis de los que duermen, etcétera” (1.8 Tes. 4.13, 14.) Habló con tanta emoción, que a menudo tuvo que detenerse por causa de las lágrimas, y todos los oyentes lloraban con él.

Después de haber pronunciado también Me­lanchton, en representación de la Universidad, a su amigo difunto una oración latina, deposita­ron los restos del gran hombre en el sepulcro abierto al lado de su púlpito.

En 1817, el rey de Prusia Federico Guiller­mo III, levantó un monumento al Reformador en la plaza de Wittemberg, en prueba de veneración y gratitud. Este monumento de bronce debe dar testimonio a las generaciones venideras de los grandes méritos de aquel varón de Dios para la Iglesia de Cristo. Mas los monumentos de bronce y piedra son roídos por el tiempo.

20 comentarios

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  1. bueno, las razones son más de una, pero, ¿serías tan amable de decirme a que denominación perteneces?

    • Yaimara en 22 enero, 2014 a las 8:20 am
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    Me podrías decir que significa Maranata.

    1. Eso lo puedes ver en:
      http://maranata.cubava.cu/2013/11/porque-maranata/

    • Dayan en 22 junio, 2014 a las 1:06 pm
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    Me impresiona como de una forma u otra buscan el momento para criticar y ridicularizar a la Iglesia Catolica. Leyendo esta descripcion recordaba el comentario de un protestante(Yordani Davila) en el escrito referido al pulgatorio cuando dice que los catolicos solo viven de los recuerdos de los padres de la iglesia,que su fe no se fundamenta en la palabra de Dios, expresado de una manera ironica. Si vamos a medir a todos con la misma regla, veo que los protestantes recuerdan y admiran( para no decir que lo idolatran) la “justa” decision o asaña hecha por el padre Martin Lutero.¿ Porque solo revelamos en nuestras opiniones lo que queremos que otros sepan, negando toda informacion, negando la verdad ?. Me gustarian que a esta descripcion sobre la vida y obra del Padre Lutero le agregaran lo que aqui expondré referido a su veneracion y creencia a la Virgen Maria (tema no tocado en el escrito) madre de Dios y madre nuestra. Creo que le falto, al redactor de este escrito, mas busqueda bibliografica, al igual que mas apego a la verdad.
    Reflexiones de Lutero sobre Maria.
    ” Maria es la Madre de Jesus y Madre de todos, aunque Cristo solamente fue quien reposó en su regazo… Si él es nuestro, deberiamos estar en su lugar, ya que donde él esta debemos estar tambien nosotros y todo lo que él tiene debe ser nuestro, y su madre es tambien nuestra Madre “. Sermon, Navidad, 1529
    “(Ella es) la mujer mas encumbrada y la joya mas noble de la crstiandad despues de Cristo… ella es la noble, sabiduria y santidad personificada. Nunca podremos honrarla lo suficiente. Aun cuando ese honar y alabanza debe sarle dado en un modo que no falte a Cristo ni a la escritura “. Sermon, Navidad, 1553
    “Ella con justicia es llamada no solamente Madre del hombre, sino tambien Madre de Dios… es cierto que Maria es Madre de real y verdadero Dios ”
    “Es dulce y piadoso creer que la infusion del alma de Maria se efectua sin pecado original, de modo que en la mismisima infusion de su alma ella fue tambien purificada del pecado original y adornada con los dondes de Dios, recibiendo un alma pura infundida por Dios, de modo que desde el primer momento que ella comenzo a vivr fue libre de todo pecado “. Sermon sobre el dia de la Concepcion de la Madre de Dios, 1527.
    Hermanos, retomo las palabras de Taladrid: Saquen ustedes sus propias conclusiones, o de lo contrario, si poseen demasiadas dudas, asuman la posicion de investigador , consulten personas cultivadas, formadas en el tema. Dejemos de emitir opiniones sin fundamento y ayudemos a su crecimiento.
    Saludos y Bendiciones
    Dayan

    1. Gracias a Dios, como ya te dije por correo, como Bautista que soy no tengo que ver con la reforma protestante, así que el término protestante no me cae.

  2. Saludos hermanos, la Paz sea con todos ustedes. Disculpa querido hermano en Cristo Anibal, pero difiero con lo que expresas, si eres Bautista provienes de una iglesia que si es parte de la Reforma Protestante, por lo tanto si eres protestante, bueno al menos tu denominación lo es. Puede que tu iglesia en particular no se considere protestante y si ecuménica o en particular tu te sientas de esa forma. Ojalá sea así. Bendiciones

    1. Vale, no tengo ganas de discutir el asunto, pero por favor, estudie un poco más la historia Bautista, please, diríjase a los materiales de historia del cristianismo, especialmente al libro “El rastro de la sangre”, y tome la biografía expuesta en el mismo.
      Dios le bendiga

  3. Pienso que para que esta discusión tenga base hace falta un poco de información adicional:
    En lo personal estoy en contra de ambas doctrinas pues las considero a ambas sectarias y únicas del catolicismo, ambas se basan en bulas papales y ninguna de las dos tiene una base bíblica sólida que las respalde:

    Inmaculada Concepción
    De Wikipedia, la enciclopedia libre

    El dogma de la Inmaculada Concepción, también conocido como Purísima Concepción, es una creencia del catolicismo que sostiene que María, madre de Jesús, a diferencia de todos los demás seres humanos, no fue alcanzada por el pecado original sino que, desde el primer instante de su concepción, estuvo libre de todo pecado.

    No debe confundirse esta doctrina con la de la maternidad virginal de María, que sostiene que Jesús fue concebido sin intervención de varón y que María permaneció virgen antes, durante y después del embarazo.

    Al desarrollar la doctrina de la Inmaculada Concepción, la Iglesia Católica contempla la posición especial de María por ser madre de Cristo, y sostiene que Dios preservó a María libre de todo pecado y, aún más, libre de toda mancha o efecto del pecado original, que había de transmitirse a todos los hombres por ser descendientes de Adán y Eva, en atención a que iba a ser la madre de Jesús, que es también Dios. La doctrina reafirma con la expresión “llena eres de gracia” (Gratia Plena) contenida en el saludo del arcángel Gabriel (Lc. 1,28), y recogida en la oración del Ave María, este aspecto de ser libre de pecado por la gracia de Dios.
    Definición dogmática

    La definición del dogma, contenida en la bula Ineffabilis Deus, de 8 de diciembre de 1854, dice lo siguiente:

    …Para honra de la Santísima Trinidad, para la alegría de la Iglesia católica, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, con la de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra: Definimos, afirmamos y pronunciamos que la doctrina que sostiene que la Santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original desde el primer instante de su concepción, por singular privilegio y gracia de Dios Omnipotente, en atención a los méritos de Cristo-Jesús, Salvador del género humano, ha sido revelada por Dios y por tanto debe ser firme y constantemente creída por todos los fieles. Por lo cual, si alguno tuviere la temeridad, lo cual Dios no permita, de dudar en su corazón lo que por Nos ha sido definido, sepa y entienda que su propio juicio lo condena, que su fe ha naufragado y que ha caído de la unidad de la Iglesia y que si además osaren manifestar de palabra o por escrito o de otra cualquiera manera externa lo que sintieren en su corazón, por lo mismo quedan sujetos a las penas establecidas por el derecho
    ” Bula Ineffabilis Deus”‘[1]

    El historiador y catedrático francés Louis Baunard narra lo siguiente:

    Pío IX, contemplando el mar agitado de Gaeta, escuchó y meditó las palabras del cardenal Luigi Lambruschini: ‘Beatísimo Padre, Usted no podrá curar el mundo sino con la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción. Sólo esta definición dogmática podrá restablecer el sentido de las verdades cristianas y retraer las inteligencias de las sendas del naturalismo en las que se pierden’.[cita requerida]

    El historiador Francesco Guglieta, experto en la vida de Pío IX, señala que el tema del naturalismo, que despreciaba toda verdad sobrenatural, podría considerarse como la cuestión de fondo que impulsó al Papa a la proclamación del dogma: La afirmación de la Concepción Inmaculada de la Virgen ponía sólidas bases para afirmar y consolidar la certeza de la primacía de la Gracia y de la obra de la Providencia en la vida de los hombres. Guglieta señala que Pío IX, pese a su entusiasmo, acogió la idea de realizar una consulta con el episcopado mundial, que expresó su parecer positivo, y llevó finalmente a la proclamación del dogma.[cita requerida]

    Protestantismo

    La doctrina de la Inmaculada Concepción no es aceptada por los miembros de las iglesias protestantes. Los protestantes rechazan la doctrina ya que no consideran que el desarrollo dogmático de la teología sea un referente de autoridad y que la mariología en general, incluida la doctrina de la Inmaculada Concepción, no se enseña en la Biblia.

    Los protestantes argumentan que si Jesús necesitó de un vientre sin pecado para nacer sin pecado, también Dios tuvo que haber intervenido en la concepción de la madre de María, en su abuela, y así sucesivamente a lo largo del tiempo. La respuesta del catolicismo es que sólo María tenía que mantenerse libre de pecado pues ella iba a concebir directamente a Cristo, mientras que sus ancestros no. Es decir, que Cristo sí necesitó de un vientre sin pecado, pero María no.

    Otro argumento sostenido por los protestantes proviene de los evangelios de Marcos 10:18 y Lucas 18:9. Cuando Jesús es nombrado como Buen pastor (NIV Mc 10:17), replica “Nadie es bueno – excepto Dios”. Señalan que con esta frase Cristo enseña que nadie está sin pecado, dejando margen para la conclusión de que él es Dios encarnado. Los católicos señalan que la Biblia entera, y no una frase o sentencia aislada manifiesta la verdadera doctrina de Jesucristo.

    Otro argumento en contra de la creencia en la Inmaculada Concepción aparece en la primera epístola de San Juan 1: 8 “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros”.

    Sin embargo, el iniciador del movimiento protestante, Martín Lutero, dijo:

    Es dulce y piadoso creer que la infusión del alma de María se efectuó sin pecado original, de modo que en la mismísima infusión de su alma ella fue también purificada del pecado original y adornada con los dones de Dios, recibiendo un alma pura infundida por Dios; de modo que, desde el primer momento que ella comenzó a vivir fue libre de todo pecado.
    Sermón: “Sobre el día de la Concepción de la Madre de Dios”, 1527.

    No obstante, la ley registrada en Levitico 12:1-8 menciona que la mujer que daba luz a un varón tenia que ser inmunda siete días. Maria cumplió esta ley, según san Lucas 2:22-24.

    Eso no indica que Maria haya pecado. Desde este punto de vista Jesús recibe el bautismo de Juan predicado para el perdon de los pecados, no siendo el mismo Jesús pecador.¨Déjame hacer por el momento, porque es necesario que así cumplamos lo ordenado por Dios¨
    Tomado íntegramente de Wikipedia 2013

    En lo personal pienso que el Dogma de la inmaculada concepción de María es una doctrina sectaria.

    Asunción de María
    De Wikipedia, la enciclopedia libre.

    Asunción de María o Asunción de la Virgen es la creencia, de acuerdo a la tradición y teología de la Iglesia católica y de la Iglesia ortodoxa, de que el cuerpo y alma de la Virgen María, la madre de Jesucristo, fueron llevados al Cielo después de terminar sus días en la Tierra. No debe confundirse con la Ascensión, que hace referencia al propio Jesucristo.

    Este traslado es llamado Assumptio Beatæ Mariæ Virginis (Asunción de la Bienaventurada Virgen María) por los católicos romanos, cuya doctrina fue definida como dogma de fe (verdad de la que no puede dudarse) por el papa Pío XII el 1 de noviembre de 1950.La Iglesia católica celebra esta fiesta en honor de María en Oriente desde el siglo VI y en Roma desde el siglo VII. La festividad se celebra el 15 de agosto.

    Historia
    Primeras referencias litúrgicas

    La primera referencia oficial a la Asunción se halla en la liturgia oriental; en el siglo IV se celebraba la fiesta de “El Recuerdo de María” que conmemoraba la entrada al cielo de la Virgen María y donde se hacía referencia a su asunción. Esta fiesta en el siglo VI fue llamada la Dormitio (χοίμŋσις) o Dormición de María, donde se celebraba la muerte, resurrección y asunción de María.
    Relatos apócrifos

    Los relatos apócrifos sobre la asunción de María aparecen aproximadamente desde el siglo IV y V. Siendo el más difundido y posiblemente uno de los más antiguos en el oriente bizantino el Libro de San Juan Evangelista (el Teólogo). Este y otros escritos apócrifos tuvieron gran influencia en diversas homilías y escritos de los oradores orientales, como por ejemplo Juan de Tesalónica, Juan de Damasco, san Andrés de Creta, san Germán de Constantinopla, entre otros. Si bien no tenían ni tienen carácter histórico, la Iglesia católica vio en estos escritos el fondo teológico que existía y del cual los relatos eran expresiones adornadas.

    La Asunción en Occidente

    Debido a factores políticos y lingüísticos, ya que las relaciones con oriente eran tensas y el griego no se dominaba todavía, la doctrina de la Asunción de María no fue desarrollada sino hasta el siglo XII donde aparece el tratado Ad Interrogata, atribuido a san Agustín, el cual aceptaba la asunción corporal de María. Santo Tomás de Aquino y otros grandes teólogos se declararon en su favor.

    Pío V, en el siglo XVI, al momento de reformar el Breviario, quitó las citas del “Seudo-Jerónimo” y las sustituyó por otras que defendían la asunción corporal.

    Benedicto XIV señaló la doctrina de la asunción como pía y probable pero sin señalarla aún como dogma.

    La influencia del libro llamado el Seudo-Jerónimo el cual ponía en duda si María fue asunta al cielo con o sin su cuerpo (aunque manteniendo la creencia en su incorrupción) hizo surgir la duda de si la asunción corporal estaba incluida en la celebración de la fiesta. A esto se sumó otro libro que gozó de fama entre los conventos y cabildos, llamado el Martirologio, del monje Usuardo (el cual murió hacia el año 875) el cual alababa la reserva de la Iglesia de aquella época que preferiría no saber “el lugar donde por mandato divino se oculta este dignísimo templo del Espíritu Santo y nuestro señor el Dios”.

    El dogma
    Retablo Mayor de la Catedral de Nuestra Señora de la Asunción de Zacatecas.

    En 1849 llegaron las primeras peticiones al Vaticano de parte de los obispos para que la Asunción se declarara como doctrina de fe; estas peticiones aumentaron conforme pasaron los años. Cuando el papa Pío XII consultó al episcopado en 1946 por medio de la carta Deiparae Virginis Mariae, la afirmación de que fuera declarada dogma fue casi unánime.

    Así el 1 de noviembre de 1950 se publicó la bula Munificentissimus Deus en la cual el Papa, basado en la tradición de la Iglesia católica, tomando en cuenta los testimonios de la liturgia, la creencia de los fieles guiados por sus pastores, los testimonios de los Padres y Doctores de la Iglesia y por el consenso de los obispos del mundo, declaraba como dogma de fe la Asunción de la Virgen María:

    Por eso, después que una y otra vez hemos elevado a Dios nuestras preces suplicantes e invocado la luz del Espíritu de Verdad, para gloria de Dios omnipotente que otorgó su particular benevolencia a la Virgen María, para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte, para aumento de la gloria de la misma augusta Madre, y gozo y regocijo de toda la Iglesia, por la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo y nuestra, proclamamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado: Que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrestre, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial.

    Tomado de Wikipedia 2013.

    En lo personal también la considero una doctrina sectaria.

    1. Ño mano, esto no es una discución, es una entrada y la lancé con el fin de cualquier cosa menos discución, pero por lo que veo te encantan las discuciones porque las ves donde no las hay, perdona pero VOY A ORAR POR TI.

      • edo en 6 enero, 2015 a las 4:43 pm

      @Anibal: Si te diste cuenta me limité a poner información. y a dar mi opinión para nada me interesa discutir el asunto.
      De todos modos si oras por mi, para mi es mejor, y aun mejor para ti pues dice la escritura que es mas bienaventurado dar que recibir.
      Hch 20:35 En todo os he enseñado que, trabajando así, se debe ayudar a los necesitados, y recordar las palabras del Señor Jesús, que dijo: Más bienaventurado es dar que recibir.
      Bendiciones.

    2. Vale

    3. Anibal este @edo es el “hermano” del que me hablaste.?

    4. el mismo

    5. Dios te este bendiciendo en este momento “hermano” @edo es mi mayor deseo:
      [notice]El objetivo de Maranata no es el de entrar en discusiones sobre temas denominacionales, aquí es solo Cristro-Centro[/notice]
      Respetamos tu criterio, pero no llenes más este Blog de tus comentarios, lo que quieras decir o contender coméntalo y publícalo en el tuyo pues nosotros también lo respetaremos. Para acabar quiero que reflexiones en:
      Tito 3:9-11 “Mas las cuestiones necias, y genealogías, y contenciones, y debates acerca de la ley, evita; porque son sin provecho y vanas. Rehusa hombre hereje, después de una y otra amonestación; Estando cierto que el tal es trastornado, y peca, siendo condenado de su propio juicio.”
      Así que Anibal o Roiler si estos post se están moderando porque siguen saliendo, o sino revisen el sistema de baneo de ip por spam, así nos evitamos este tipo de molestias.
      No Reprendemos lo que crees, ni tu denominación, ni nada por el estilo, solo Reprendemos lo que está en ti, que cada vez que escribes es para contender, pero el que está mal nunca se dé cuenta de sus problemas, así que oraremos por ti. Porque sabemos que nuestro criterio o comentarios no te van a cambiar, pues el que cambia y transforma es el espíritu santo, pero eso usted no lo va a entender, pues al no ser Evangélico tiene otro criterio del mismo. Pero le recuerdo lo que dice la santa palabra en Marcos 3:29 “Mas cualquiera que blasfemare contra el Espíritu Santo, no tiene jamás perdón, mas está expuesto á eterno juicio”.
      A partir de este momento de tu forma de actuar depende, el que tus comentarios sean publicados en la Comunidad Maranata.
      [important]Esta Comunidad no necesita de este tipo de comentario.[/important]
      Y como dice mi hermano Anibal:
      [warning]Shalom[/warning]

      • edo en 7 enero, 2015 a las 11:33 am

      @Rafael Pérez Saborit, en mi defensa.
      Hermano que Dios te bendiga.
      Según tus palabras:
      1- Reprendes lo que hay en mi. (eso según lo que dices debe ser el espíritu de un demonio o algo así [ese asunto se pone raro y no estoy burlándome, estoy estremecido aquí de una forma que no creo que hallas sabido comprender o nunca hallas experimentado])
      2- Dices:”A partir de este momento de tu forma de actuar depende, el que tus comentarios sean publicados en la Comunidad Maranata.” Vas a vanear mi IP y por lo que veo soy un problema para los autores del blog y para ti.
      3- Dices que respetas mi criterio. (Pero sin embargo te niegas a soportar mis comentarios.)
      4- Dices: “lo que quieras decir o contender coméntalo y publícalo en el tuyo pues nosotros también lo respetaremos.” (No tengo blog)
      5- Mis comentarios han tenido en su amplia mayoría como principio una base bíblica o histórica sólida innegable, lo cual se que también molesta. Dudo que hallas leído algo de lo que he escrito siquiera en defensa de mis doctrinas.
      6- Mis principales conflictos como dices han sido en su gran mayoría en las páginas de apología o de debate, aunque admito que frecuentemente he debatido en otras páginas. No voy a decir que significan apología y debate pues de sobra es conocido su significado.
      7- Cuando he sido duro, generalmente me he explicado luego el porqué.
      8- Dices “Porque sabemos que nuestro criterio o comentarios no te van a cambiar, pues el que cambia y transforma es el espíritu santo, pero eso usted no lo va a entender, pues al no ser Evangélico tiene otro criterio del mismo.” (Crees que el hecho de que para creer en el Espíritu Santo no me guie por los sentimientos sino por la biblia me hace menos “transformable” mediante el poder del Espíritu Santo. Eso me parece excluyente en gran manera y no pienso discutir de su base bíblica (ni siquiera dentro de tu misma denominación))
      9- Dices: “pero el que está mal nunca se dé cuenta de sus problemas, así que oraremos por ti.” (Al menos leo lo que ponen y trato de entender en que creen antes de responder, prueba de esto es que ayer me comunicaba con el hermano católico Ricardo Meneses que comentaba recientemente en la página de la APOLOGÍA del Sábado y le pedí que me mandara su doctrina para estudiarla y leerla y tener bases con que responderle. Ustedes muchas veces ni siquiera leen o tratan de entender lo que pongo (si les dan una evidencia diferente simplemente no la analizan a profundidad sino que se limitan a decir y cito:
      “no, no es nada de eso, es que para mi, y según mis estudios y doctrina, el ángel Miguel es el ángel Miguel, y que Cristo es Cristo.
      De todas maneras, no pienso caer en discusión, usted, crea lo que desee.
      Dios le bendiga.”) de todas forma no digo que sean todos ustedes los que no analizan lo que se escribe; o tal vez, solo prefieren estar más a gusto sin el dolor de cabeza que se vuelve el defender todo lo que dices sobre una base bíblica.)
      10- Dices: “Esta Comunidad no necesita de este tipo de comentario.” (Cada quien sabe lo que necesita, pero cuando yo me estaba formando como cristiano, nunca logré que un bautista (que fue quien me predicó el evangelio) me explicara el asunto del sábado según la biblia y no según Calvino. Yo siempre le decía: Dime mediante la biblia y no mediante la opinión de Calvino, por muy dedicado que el haya sido no puede contradecir a la biblia (le decía yo). En ningún argumento pudo convencerme y yo solo había leído la biblia con oración y ayuno (una RV60) unas 4 veces seguidas y los evangelios muchas veces tal vez unas 4 o 5 veces más todo eso en el trascurso de pocos años (estaba en la universidad tenia muuuucho tiempo…, los universitarios me comprenderán). Me di cuenta que lo que me enseñaba no tenía una base bíblica que me convenciera.(Tal vez pienses irónicamente “patético”) Pero al final te digo algo, yo cuando estudio necesito tener todos los puntos de vista posible delante de mí, ¿Para qué? pues para poder decidir por mí mismo y no mediante lo que me diga cualquiera por mucho que haya estudiado (Eso es la base del protestantismo, y también es para los católicos “herejía”)) Pienso que maranata.cubava.cu necesita todos los puntos de vista posibles si quieres tener un pueblo preparado entre los lectores de Maranata.
      11- Dices “Marcos 3:29 “Mas cualquiera que blasfemare contra el Espíritu Santo, no tiene jamás perdón, mas está expuesto á eterno juicio”.” (Es decir según el versículo que estas citando ya yo estoy perdido y sin salvación posible. (Hermano es difícil que yo le diga eso a alguien alguna vez. En una ocasión me lo dijeron “en jarana” pero yo me lo creí muy seriamente (aún no estaba bautizado y fue por una pregunta que hice (solo por preguntar en mi inocencia)) luego me di cuenta que había sido en broma, pero esa persona no se dio cuenta de lo mucho que me había afectado eso, al punto que casi dejo el cristianismo por considerarme completamente perdido y sin posibilidad de salvación))
      Sabes creo que los que buscan a Dios con todo el corazón y tratando de conseguir toda la información posible para saber en qué creer hoy día prefieren maranata por encima de los otros blogs y sabes ¿por qué? porque encuentran lo que buscan (Información cruzada que enfrenta puntos de vista y pueden escoger mejor en que o en quien creer). Recuerda una cosa mi objetivo nunca va a ser el destruir o matar almas, sino el tratar de salvar.

      Después de este comentario puedes decidir hacer efectivas tus medidas disciplinarias (Estás en todo tu derecho). Puedes pensar que yo no te escuché y no estoy transformado y todo lo que desees pensar. Puedes decidir eliminar todos mis comentarios, puedes decidir acallar a todo el que de una opinión contraria a todo lo que ustedes dicen y regulan, pero espero que eso no te lleve a ser todo lo que también odias en el fondo de tu corazón.
      Una actitud como la que dices te llevará a solo escuchar el eco de tu propia voz resonando en la multitud de seguidores… perfecta actitud, diferente de la que Cristo tomó cuando discutía en plena calle a la vista de la gente con los fariceos y los saduceos, con fundamento bíblico hablando en contra de la iglesia organizada, solo con el objetivo de llamarlos a la reflexión y el análisis de las escrituras y un cambio de actitud en sus vidas para su propia salvación (no creo que sea al fin de cuentas el mismo caso).
      Esto ahora lo digo con despecho de mi parte:
      “Puede que incluso no publiques este comentario, pero al menos queda el hecho de saber que muchas personas decidirán buscar a Cristo por encima de lo que se les diga, simplemente buscando la evidencia por si mismos en la biblia y no aceptando sin comprobar todo lo que les exponga delante de sus narices.”
      Si sus decisiones fuesen estas, las aceptaré. No tendrías que vanear mi IP, solo tendrías que pedirme por favor no comentes más, eso se lo dije una vez a Anibal por correo electrónico. Si quieres saber que les gusta a los usuarios del blog, pon una encuesta y anunciala a ver si ellos prefieren un blog callado o prefieren un blog vivo. Si prefieren un blog con preguntas y respuestas y debates o prefieren un blog que solo diga una sola cosa. Si les gusta el blog tal y como está ahora con el odioso de “edo” como contrincante de Anibal y Roiler o con todos plenamente de acuerdo en todos los aspectos sin que nadie cuestione nada.
      Oro, por que tengas un ánimo comprensivo cuando leas esto, y no uno similar a Saúl cuando exigía la presencia de David en la mesa.
      Que dios te bendiga.

    6. ATENCIÓN
      Mano, en el amor de Cristo te informo que este será el último comentario que publicaremos el cual nos imagenemos que valla a crear discución.
      Shalom

    7. jejejeje, querido hermano, me alegro ntonces que tenga un blog propio para que permita todas esas cosas en ese espacio, pero ya en Maranata eso ha comenzado a terminarse, créeme que trabajaremos arduamente para que Maranata sea un espacio de PAZ.

    8. En serio, no estoy para esto.

    9. Dios te bendiga hermano @dcruz, hoy miraba la nueva galería de fotos, que bien se ve los “hermanos” juntos y en armonía, solo que no puede explicarle cuales eran los varones y las varonas, pues los que no tenían arete tenían el pelo largo, Dios que me perdone pero parecían más bien un grupo de “Emos” que de Cristianos.
      Y después dices que vivo “atacando”, pero lo que no puedo permitir es que a lo “Malo”se le diga “Bueno” o peor aun que aparentemos se “caliente” cuando somos tibio, ruego a Dios porque al menos fueran “frío” tendrían oportunidad porque dice la palabra en Apocalipsis 3:15-16 “Yo conozco tus obras, que ni eres frío, ni caliente. ¡Ojalá fueses frío, ó caliente! Mas porque eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca”.
      Hermano @dcruz seguimos orando por usted.
      Shalom

    10. @edo, no en mi defensa, sino esperando siempre en la promesa del Señor cuando dijo:
      “JEHOVÁ peleará por vosotros, y vosotros estaréis tranquilos”.Éxodo 14:14
      Te quiero dar mi bendición en esta mañana.
      Y para dirigirme a usted lo haré del mismo modo que lo hizo conmigo, pero no de la misma forma.

      Según tus palabras:
      [cito]
      1- Reprendes lo que hay en mi. (eso según lo que dices debe ser el espíritu de un demonio o algo así [ese asunto se pone raro y no estoy burlándome, estoy estremecido aquí de una forma que no creo que hallas sabido comprender o nunca hallas experimentado])[/cito]

      Bueno lo de “espíritu de un demonio” lo agregó usted no yo, solo me refería a su “viejo hombre” que mora en usted, , pero por lo que dice su testimonio creo que debe de debería juzgar ese “espíritu”.

      [cito] 2- Dices:”A partir de este momento de tu forma de actuar depende, el que tus comentarios sean publicados en la Comunidad Maranata.” Vas a vanear mi IP y por lo que veo soy un problema para los autores del blog y para ti.[/cito]

      No eres un problema, no te creo tan así, vaya para mí serías una “situación incómoda” por así decirlo, pues haces el trabajo de los Staff un poco más abrumador para personas que dedican su tiempo para el Señor, tiempo que en se podría aprovechar para seguir enriqueciendo el Blog. De hecho he dedicado “mi tiempo libre que es bastante corto” para darle la respuesta que como usuario de Maranata merece.
      Mira no importa tu criterio teológico ni mucho menos, pues como trabajo en varios ministerios interdenominacionales he aprendido a convivir con todas estas cosas, sabiendo siempre que nada que entre en “contienda” edifica a otro, pues nuestro criterio no cambia a las personas sino el espíritu santo que da testimonio de nuestro Padre, así que podemos enseñar la verdad al que anda errado, pero no podremos hacer por nuestras obras que se aparten del mal camino.
      Y nosotros lo que vemos en tus criterios siempre es algo para contender, y si no es así te pido que en el amor de Cristo me perdones.

      [cito] 3- Dices que respetas mi criterio. (Pero sin embargo te niegas a soportar mis comentarios.)[/cito]

      Lo que no acabas de entender es que el hecho que yo te respete tu teología y no que significa sea partícipe de seguir compartiendo una herejía (no lo digo su teología lo sea) pero es mi forma de actuar es este sentido.
      Cuando en un comentario usted se refiere a que mi “criterio es este” en cuanto “a esto” y “por esto” siempre será respetado, pero cuando el criterio va con carácter ofensivo y de crear contiendas con personas que no practican su fe o no tienen su misma teología, va dirigido hacia alguien específico de manera ofensiva ya eso si es otra cosa, en la cual no queremos caer.

      [cito]4- Dices: “lo que quieras decir o contender coméntalo y publícalo en el tuyo pues nosotros también lo respetaremos.” (No tengo blog)[/cito]

      Buen punto en vía tu dirección electrónica, el dominio y el título del que quieras hacer y es un Blog más en la Plataforma Reflejos que dará “Gloria y Honra al Santísimo”

      [cito]5- Mis comentarios han tenido en su amplia mayoría como principio una base bíblica o histórica sólida innegable, lo cual se que también molesta. Dudo que hallas leído algo de lo que he escrito siquiera en defensa de mis doctrinas.[/cito]

      Bien dices, pues como te dije no me importa tu forma como pienses a veas las cosas, o de base bíblica te basas para dar tus argumentaciones, para mi todo lo que se diga que no esté respaldado en la Biblia es “herejía” como ella misma manifiesta en 2 Pedro 2:1
      -3 “PERO hubo también falsos profetas en el pueblo, como habrá entre vosotros falsos doctores, que introducirán encubiertamente herejías de perdición, y negarán al Señor que los rescató, atrayendo sobre sí mismos perdición acelerada. Y muchos seguirán sus disoluciones, por los cuales el camino de la verdad será blasfemado;
      Y por avaricia harán mercadería de vosotros con palabras fingidas, sobre los cuales la condenación ya de largo tiempo no se tarda, y su perdición no se duerme”.

      [cito]6- Mis principales conflictos como dices han sido en su gran mayoría en las páginas de apología o de debate, aunque admito que frecuentemente he debatido en otras páginas. No voy a decir que significan apología y debate pues de sobra es conocido su significado.[/cito]

      Bueno ponemos es Maranata lo que para nosotros los Evangélicos, consideramos sana doctrinas,
      Si tienes algún inconveniente realiza una Tesís donde refutes y demuestres bíblicamente lo que dices, no con palabras humanas sino con Palabra de Dios.

      [cito]7- Cuando he sido duro, generalmente me he explicado luego el porqué.[/cito]

      La biblia dice 2 Timoteo 3:16-17 “Toda Escritura es inspirada divinamente y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instituir en justicia, Para que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente instruído para toda buena obra.”
      Por lo tanto si hablaste conforme a lo que dice la Biblia a cualquiera le puede parecer duro lo que decimos, y no hay que justificar nada pues escrito está, pero cuando nos justificamos humanamente nuestras acciones es porque no tenemos el respaldo de Dios.

      [cito]8- Dices “Porque sabemos que nuestro criterio o comentarios no te van a cambiar, pues el que cambia y transforma es el espíritu santo, pero eso usted no lo va a entender, pues al no ser Evangélico tiene otro criterio del mismo.” (Crees que el hecho de que para creer en el Espíritu Santo no me guie por los sentimientos sino por la biblia me hace menos “transformable” mediante el poder del Espíritu Santo. Eso me parece excluyente en gran manera y no pienso discutir de su base bíblica (ni siquiera dentro de tu misma denominación))[/cito]

      Esas son ras respuestas que esperamos de usted pues aunque no está de acuerdo no entra en discusión, pero le más la Biblia me guía mis sentimientos en cuanto y te pongo el ejemplo contigo ahora mismo Proverbios 15:1
      “LA blanda respuesta quita la ira: Mas la palabra áspera hace subir el furor”, pero si el espíritu santo no trata con tu corazón como vas a actuar de esa manera, además esta de más enseñarte eso pues usted se aferra fervientemente a su teología y yo a más a las mías y se muy bien que es para mi el Espíritu Santo.

      9- Dices: “pero el que está mal nunca se dé cuenta de sus problemas, así que oraremos por ti.” (Al menos leo lo que ponen y trato de entender en que creen antes de responder, prueba de esto es que ayer me comunicaba con el hermano católico Ricardo Meneses que comentaba recientemente en la página de la APOLOGÍA del Sábado y le pedí que me mandara su doctrina para estudiarla y leerla y tener bases con que responderle. Ustedes muchas veces ni siquiera leen o tratan de entender lo que pongo (si les dan una evidencia diferente simplemente no la analizan a profundidad sino que se limitan a decir y cito:
      “no, no es nada de eso, es que para mi, y según mis estudios y doctrina, el ángel Miguel es el ángel Miguel, y que Cristo es Cristo.
      De todas maneras, no pienso caer en discusión, usted, crea lo que desee.
      Dios le bendiga.”) de todas forma no digo que sean todos ustedes los que no analizan lo que se escribe; o tal vez, solo prefieren estar más a gusto sin el dolor de cabeza que se vuelve el defender todo lo que dices sobre una base bíblica.)[/cito]

      Ya también soy de los que lee y trato de cuando voy a responder aunque se el otro esta para mi en criterio herrado, trato de hacerlo sin discusión y tratando siempre de no contender. No crees que ahora no tengo ganas de refutar lo se dice si cristo es o no el arcángel Miguel o no, pero dice la palabra 1 Corintios 14:32
      “Y los espíritus de los que profetizaren, sujétense á los profetas” no de todo podemos hablar he imponernos a nadie ya llegará la ora y el momento.

      [cito]10- Dices: “Esta Comunidad no necesita de este tipo de comentario.” (Cada quien sabe lo que necesita, pero cuando yo me estaba formando como cristiano, nunca logré que un bautista (que fue quien me predicó el evangelio) me explicara el asunto del sábado según la biblia y no según Calvino. Yo siempre le decía: Dime mediante la biblia y no mediante la opinión de Calvino, por muy dedicado que el haya sido no puede contradecir a la biblia (le decía yo). En ningún argumento pudo convencerme y yo solo había leído la biblia con oración y ayuno (una RV60) unas 4 veces seguidas y los evangelios muchas veces tal vez unas 4 o 5 veces más todo eso en el trascurso de pocos años (estaba en la universidad tenia muuuucho tiempo…, los universitarios me comprenderán). Me di cuenta que lo que me enseñaba no tenía una base bíblica que me convenciera.(Tal vez pienses irónicamente “patético”) Pero al final te digo algo, yo cuando estudio necesito tener todos los puntos de vista posible delante de mí, ¿Para qué? pues para poder decidir por mí mismo y no mediante lo que me diga cualquiera por mucho que haya estudiado (Eso es la base del protestantismo, y también es para los católicos “herejía”)) Pienso que maranata.cubava.cu necesita todos los puntos de vista posibles si quieres tener un pueblo preparado entre los lectores de Maranata.[/cito]

      Mira Maranata de se creó con el objetivo de poner los “puntos de vista de nadie” ni de los propios autores, que sea una plataforma tipo Blog y permita esta funcionalidad, es otra cosa, además lo que queremos saber de los usuarios que nos visitan no es sus “fundamentos teológicos”, sino su criterio en cuanto le ha servido Maranata para su crecimiento espiritual, que le gustaría ver, leer, conocer el Maranata, además que se para conocer otros hermanos de distintos lugares y denominaciones.

      Pero el objetivo principal de Maranata fue para “Predicar el Evangelio” como se nos manda en 2 Timoteo 4:2
      “Que prediques la palabra; que instes á tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende; exhorta con toda paciencia y doctrina”.
      Y llevar la “Palabra de Dios a Toda Cuba”, eso es lo que Dios a puesto en el sentir de los hermanos del Staff de Maranata, pues sabemos las limitantes que existe para hacer su obra. Y Dios a dado la oportunidad de Bendecirlos, con este espacio.

      Lo que si no quiere Maranata ser piedra de tropiezo ni contribuir a ello, pues que podemos andar una sana doctrina, incluso publicar para tí “lo que es sana doctrina”, que hacemos cuando aquellos que no conocen a Dios, ven que el puedo de Dios en ves de estar unido entra en polémica y discusiones que en nada favorece al que no conoce a Cristo. Con que testimonio podemos decir somos “cristianos”, pues muchos podrían llamarnos fariseos y con razón, pues no somos hacedores de lo que predicamos.

      Ahora te pido que por temor a Jehová, no por una amenaza de un administrador de Blog, que por favor medites en estas palabras, que te he dicho “Varón de Dios” y así permite que el Cuerpo de Cristo crezca por medio de Maranata, que podamos ver criterios que digan que gracias a un blog llamado Maranata conoció un Dios que le promete vida eterna, en Cristo Jesús Señor nuestro.

      Más otra cosa te digo, lo que es de Dios “permanece” al final veremos los resultados.

      [cito] 11- Dices “Marcos 3:29 “Mas cualquiera que blasfemare contra el Espíritu Santo, no tiene jamás perdón, mas está expuesto á eterno juicio”.” (Es decir según el versículo que estas citando ya yo estoy perdido y sin salvación posible. (Hermano es difícil que yo le diga eso a alguien alguna vez. En una ocasión me lo dijeron “en jarana” pero yo me lo creí muy seriamente (aún no estaba bautizado y fue por una pregunta que hice (solo por preguntar en mi inocencia)) luego me di cuenta que había sido en broma, pero esa persona no se dio cuenta de lo mucho que me había afectado eso, al punto que casi dejo el cristianismo por considerarme completamente perdido y sin posibilidad de salvación))[/cito]

      Esa no fue la intención, vez como no todo lo vemos con la misma intención, vez como existe la diversidad de criterio y de pensamiento, lo dije que por temor a él aveces no es saludables tocar temás tan delicados, pues no sabemos si con eso pecamos, sabes cuantos Evangelista, Predicadores, Teólogos, han tenido que arrepentirse de las cosas que una vez blasfemaron.

      [cito]Sabes creo que los que buscan a Dios con todo el corazón y tratando de conseguir toda la información posible para saber en qué creer hoy día prefieren maranata por encima de los otros blogs y sabes ¿por qué? porque encuentran lo que buscan (Información cruzada que enfrenta puntos de vista y pueden escoger mejor en que o en quien creer). Recuerda una cosa mi objetivo nunca va a ser el destruir o matar almas, sino el tratar de salvar.[/cito]

      Exacto usted lo ha dicho encuentran (Información cruzada que enfrenta puntos de vista y pueden escoger mejor en que o en quien creer), información por la cual Dios pone el sentir a el Staff y la publicar, pero nadie viene a Maranata a “Buscar los Criterios de Nadie”.

      Bueno con respecto a “Matar almas”, a eso es lo que me he tratado de referir en el comentario anterior, vamos a analizar lo que comentamos, no valla ser que pueda ser eso una piedra de tropiezo para alguien.

      [cito]Después de este comentario puedes decidir hacer efectivas tus medidas disciplinarias (Estás en todo tu derecho). Puedes pensar que yo no te escuché y no estoy transformado y todo lo que desees pensar. Puedes decidir eliminar todos mis comentarios, puedes decidir acallar a todo el que de una opinión contraria a todo lo que ustedes dicen y regulan, pero espero que eso no te lleve a ser todo lo que también odias en el fondo de tu corazón.[/cito]

      Mira todo en la vida tienes reglas, hasta Dios nos mando sus mandamientos, porque cuando vio que había problemas les enseño el camino y al que se alejo de ellas obtuvo condenación.

      Lo mismo pasa con Maranata o aceptas sus reglas o tendrás lo que acogerte a sus medidas.

      [cito]Una actitud como la que dices te llevará a solo escuchar el eco de tu propia voz resonando en la multitud de seguidores… perfecta actitud, diferente de la que Cristo tomó cuando discutía en plena calle a la vista de la gente con los fariceos y los saduceos, con fundamento bíblico hablando en contra de la iglesia organizada, solo con el objetivo de llamarlos a la reflexión y el análisis de las escrituras y un cambio de actitud en sus vidas para su propia salvación (no creo que sea al fin de cuentas el mismo caso).[/cito]

      Creemos y tenemos fe de que el Espíritu Santo cambiara nuestros corazones y cada día los limpiara y perfeccionará para hacer en nosotros lo que Dios quiere hacen en nosotros. Pues sabemos que perfecto no somos.

      [cito]Esto ahora lo digo con despecho de mi parte:
      “Puede que incluso no publiques este comentario, pero al menos queda el hecho de saber que muchas personas decidirán buscar a Cristo por encima de lo que se les diga, simplemente buscando la evidencia por si mismos en la biblia y no aceptando sin comprobar todo lo que les exponga delante de sus narices.”[/cito]

      Amen y lo creo, pero recuerdas lo que te paso a ti con el hermano que por su criterio casi abandonas la fe, no todos tienen la posibilidad de seguir aguantando la Cruz, a sí que por amor ellos es que nos apartaremos de nuestros viejos caminos.

      [cito]Si sus decisiones fuesen estas, las aceptaré. No tendrías que vanear mi IP, solo tendrías que pedirme por favor no comentes más, eso se lo dije una vez a Anibal por correo electrónico. Si quieres saber que les gusta a los usuarios del blog, pon una encuesta y anunciala a ver si ellos prefieren un blog callado o prefieren un blog vivo.[/cito]

      Mira este Blog no se va a “callar” solo que va a “moderar”, pues como en una iglesia no todos se paran en el atril a predicar, así mismo será en Maranata, el Staff de Maranata como velará como velan sus pastores a las obejas y le dan de veber y comer algo bueno y que sea saludable.
      Por lo tanto no todo los comentarios serán expuestos, no estamos obligados a eso, no es nuestro “objeto social” por así decidirlo de una manera.

      [cito]Si prefieren un blog con preguntas y respuestas y debates o prefieren un blog que solo diga una sola cosa. Si les gusta el blog tal y como está ahora con el odioso de “edo” como contrincante de Anibal y Roiler o con todos plenamente de acuerdo en todos los aspectos sin que nadie cuestione nada.

      Mira y si mejor pongo la encuesta “Creen el el odioso de edo deba seguir con sus comentarios en Maranata”, je je je creo que todos ya sabríamos la estadística verdad, je je je

      Pero es el caso hermano, ni lo que queremos para usted, Maranata es un hospital para atender y levantar y para ayudarnos todos por amor a Dios.
      Usted siempre será bienvenido a Maranata, siempre y cuando modere sus criterios.

      [cito]Oro, por que tengas un ánimo comprensivo cuando leas esto, y no uno similar a Saúl cuando exigía la presencia de David en la mesa.
      Que dios te bendiga.[/cito]

      Al igual oro para que Dios ponga paz en su corazón para cuando lea estas palabras, y así todos con nuestras virtudes y defectos podamos como que todos podamos amarnos los unos por los otros.
      Y para acabar el comentario quiero regalarte:
      Romanos 14:19 -21 “Porque el que en esto sirve á Cristo, agrada á Dios, y es acepto á los hombres. Así que, sigamos lo que hace á la paz, y á la edificación de los unos á los otros. No destruyas la obra de Dios por causa de la comida. Todas las cosas á la verdad son limpias: mas malo es al hombre que come con escándalo. Bueno es no comer carne, ni beber vino, ni nada en que tu hermano tropiece, ó se ofenda ó sea debilitado.

      Dios te siga bendiciendo y fortaleciendo.
      Shalom.

      PD: Cualquier comentario o sugerencia al respecto, dámela a través de email en rafael arroba alastorgrm.co.cu

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