Pedir, y tener

Texto: “Codiciáis y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatéis  y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís. Pedís y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites.” Santiago 4:2,3.

Que estas notables palabras nos sean provechosas por la enseñanza del Espíritu Santo.

El hombre es una criatura abundante en necesidades, y siempre intranquilo, y por eso su cora­zón está lleno de deseos. No puedo casi imaginar n un hombre existente que no tenga muchos deseos de una ú otra especie. El hombre es comparable con la anémona mari­na con su multitud de tentáculos que siempre está cazando su alimento del agua; o como ciertas plantas que envían zarcillos, buscando los medios para trepar. El poeta dice: “El hombre nunca es, pero siempre está por ser, bendito.” Lleva el timón hacia donde piensa que su puerto, sin embargo, es sacudido por las olas. Uno de estos días espera encontrar la delicia de su corazón, y así continúa deseando con más o menos expectativas.

Este hecho ocurre con los peores de los hombres y con los mejores. En los malos hombres los deseos se corrompen y llegan a convertirse en lujuria: anhelan lo que es egoísta, sensual y consecuentemente, malo. La corriente de sus dese­os está puesta firmemente en una dirección equivocada. En muchos casos la lujuria se hace extremadamente intensa: hacen del hombre su esclavo. Dominan su juicio; lo estimulan a la violencia: pelea y hace la guerra, quizás literalmente mate. A la vista de Dios, que cuenta la ira como homicidio, mata frecuentemente. Tal es la fuerza de sus deseos que comúnmente son llamados pasiones, y cuando estas pasiones se excitan plenamente, entonces el hombre mismo lucha vehementemente, de manera que el reino del diablo sufre violencia y los violentos lo arrebatan por la fuerza.

Mientras tanto hay deseos también en los hombres de la gracia. Quitar a los santos sus deseos sería dañarlos gran­demente, porque debido a ellos elevan su bajo ser. Los deseos de los hombres de la gracia son por cosas mejores: cosas puras y pacíficas, loables y con elevadas miras. Desean la gloria de Dios, y por eso sus deseos brotan de motivos más elevados que los que inflaman la mente no renovada. Tales deseos en los cristianos frecuentemente son muy fervientes y contundentes; siempre debieran ser así. Y los deseos engen­drados por el Espíritu de Dios agitan la nueva naturaleza, excitándola, y haciendo que el hombre anhele y entre en angustia y afanes hasta que puede lograr aquello que Dios le ha enseñado que puede anhelar. El codiciar del malo y el santo desear de los justos tienen sus propios medios de buscar satisfacción. El codiciar de los malvados se convierte en contienda; mata y desea tener; pelea y hace guerra; mien­tras por otra parte el deseo de los justos, correctamente guia­dos, toman un curso mucho mejor para lograr sus propósitos, porque se expresa en oración ferviente e importuna. El hom­bre piadoso, cuando está lleno de deseos pide a Dios y recibe de la mano de Dios.

En esta oportunidad, con la ayuda de Dios, trataré de exponer a partir de nuestro texto, primero, la pobreza de codiciar, ‑‑“Codiciáis y no tenéis.” En segundo lugar, con tris­teza mostraré la pobreza de muchos cristianos profesantes en las cosas espirituales, especialmente en su calidad de iglesia; también desean y no tienen. En tercer lugar, y para terminar, hablaremos de la riqueza con que serán recompensados los santos deseos si tan sólo usamos los medios correctos. Si pedimos, recibiremos.

I. Primero, consideramos LA POBREZA DE CODICIAR, ‑‑ “Codiciáis y no tenéis.’

Las codicias carnales, sin importar lo fuertes q puedan ser, en muchísimos casos no obtienen lo que siguen: como dice el texto, “Codiciáis ano tenéis.” El hombre anhela ser feliz, pero no lo es; suspira por ser grande, pero hace menor cada día. Aspira a lograr esto y aquello, q piensa lo dejarán contento, pero sigue insatisfecho. Es como el mar tormentoso que no tiene . De una u otra forma su vida es una desilusión. Se agita como si estuviera en fuego mismo, pero el resultado es vanidad y aflicción espíritu. ¿Cómo podría ser de otro modo? Si sembrara vientos, ¿no debemos cosechar torbellinos, y nada más? 0, por ventura los fuertes deseos de un hombre activo, talen y perseverante le dan lo que busca, pronto lo pierde. Ti de tal modo que es como no tener. La búsqueda es trabajo pero la posesión es un sueño. Se sienta a comer, y he aquí fiesta desaparece y la copa se desvanece cuando toca s labios. Gana para perder; edifica y su fundamento arenoso desliza por debajo de su torre, que cae en ruinas. El que h conquistado reinos muere descontento en una solitaria r en medio del océano; y el que ha revivido un imperio cae p no volver a levantarse. Así como la calabacera de Jonás se marchitó en una noche, hay imperios que han caído repentinamente, y sus señores han muerto en el exilio. Así que lo que los hombres obtienen por medio de guerras y peleas es una propiedad con un contrato por breve tiempo. El lograr e tan temporal que sigue siendo cierto que “codician y no tienen.”

0 si hay hombres con dones y poder suficientes para retener lo que han obtenido, sin embargo, en otro sentido no tienen, porque el placer que esperaban encontrar en ello no está allí. Sacan la manzana del árbol, y se les convierte en una de esas manzanas del Mar Muerto que en la mano se hacen cenizas. El hombre es rico, pero Dios aleja de él el poder de disfrutar su riqueza. Por sus codicias y batallas el hombre licencioso obtiene el objeto de sus anhelos, y después de un momento de deleite, siente aversión por lo que tan apasionadamente había codiciado. Anhela el placer tentador, lo agarra, y lo hace trizas debido a las ansias con que lo toma. Mirad al que caza una mariposa, que revolo­tea de flor en flor, mientras él la persigue ardorosamente. Finalmente queda a su alcance y con su gorro la hace caer de un golpe. Cuando recoge sus pobres restos, descubre que el insecto de pintadas alas yace destrozado por el acto mismo que lo cazó. Lo mismo se puede decir de multitudes de los hijos de los hombres: “Codiciáis y no tenéis.”

Su pobreza se presenta de tres maneras. “Matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar.” “No tenéis lo que deseáis porque no pedís.” “Pedís y no recibís, porque pedís mal.”

Si los que codician fracasan, no es porque no se pongan a trabajar para lograr sus objetivos. Porque de acuerdo con su naturaleza, utilizaron los medios más prácticos a su alcance, y los usaron ávidamente, además. Según la mente carnal el único modo de obtener una cosa es pelear por ella, y Santiago deja escrito esto como la razón de todas las luchas. ¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros?” Este es la forma de esfuerzo del que leemos: “combatís y lucháis, pero no tenéis.” A este modo de obrar se aferran los hombres de época en época. Si alguien va a progresar en este dicen que debe luchar con su prójimo, y sacarlos del lugar ventajoso en que se encuentran. No debe darle importancia al como los demás van a pros­perar, sino que debe tener presente, debe preocuparlo la oportunidad que a él se le presenta, y cuidarse de surgir, no importa a cuántos deba pisar en el proceso. No puede esperar progreso si ama al prójimo como a sí mismo. ¿Les parece que soy satírico? Podría ser, pero he oído este modo de hablar de personas que lo decían en serio. Así que ellos emprenden la lucha, y esa lucha es siempre victoriosa, porque según el texto “Matáis,” es decir, combaten de tal manera que derrotan a su adversario, y lo acaban.

Multitudes de hombres están viviendo para sí mismos, combatiendo aquí y luchando allá, haciendo la guerra con sus t propias manos con la máxima perseverancia. No tiene elección en cuanto a la forma de hacerlo. No permiten que la conciencia interfiera sus transacciones, pero suena en sus oídos, el antiguo consejo: “Gana dinero; gánalo honestamente, si puedes, pero por todos los medios, gana dinero.” No importa que se arruinen cuerpo y alma, y que otros sean ahogados por . la miseria, combate, porque en esta guerra no hay tregua. Bien dice Santiago: “Matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis.”

Cuando los hombres se entregan a sus propósitos egoístas y no logran el éxito, podrían posiblemente oír que la razón de su falta de éxito es “porque no pedís.” Entonces, hay que alcanzar el éxito pidiendo? Eso es lo que parece insinuar el texto, y eso es lo que entiende el justo. ¿Por qué este hombre de deseos intensos no pide? La razón es, en primer lugar, que es contra la naturaleza del hombre natural que ore. Es como esperar que vuele. Siente desprecio por la idea de suplicar. “¿Orar?” pregunta. “No, yo quiero trabajar. No puedo desperdiciar mi tiempo en devociones; la oración no es práctica; quiero luchar a mi manera. Mientras tú oras, yo derrotaré a mi adversario. Yo me voy a mi oficina de conta­bilidad, y te dejo con tus Biblias y oraciones.” No tiene inten­ciones de pedirle a Dios. Es tan orgulloso que se considera a sí mismo como su propia providencia. Su propia diestra y su brazo fuerte le llevarán a la victoria. Cuando hace gala de mucha liberalidad en sus opiniones reconoce que aunque no ora podría haber algo de bueno en la oración, porque tran­quiliza la mente de la gente, y les hace sentirse bien, pero desecha la idea de que alguna respuesta pueda venir de la oración, y habla filosófica y teológicamente de lo absurdo que es pensar que Dios altere el curso de su conducta o respuesta a las oraciones de hombres y mujeres. “Ridículo,” dice, “com­pletamente ridículo”; y entonces, en su gran sabiduría, vuelve a la lucha y a su guerra, porque por tales medios espera lo­grar sus objetivos. Pero no alcanza. Toda la historia de la humanidad muestra el fracaso de la codicia por obtener su objetivo.

Por un momento el hombre carnal sigue siendo el mis­mo, pero si no puede lograrlo de‑un modo, lo intentará de otro modo. Si tiene que pedir, pedirá; se hará religioso, y ese será el método por el cual alcanzará su objetivo. Descubre que algunos religiosos prosperan en el mundo, y que aun los cris­tianos sinceros están lejos de ser necios en los negocios, y por lo tanto probará el plan de ellos. Y entonces cae bajo la tercera censura de nuestro texto: «Pedís y no recibís.» ¿Cuál es la razón por la que el hombre que es esclavo de su codicia no obtiene lo que desea, a pesar de que empieza a pedir? La razón es que su pedir es un puro formalismo; su corazón no está en su . Compra un libro que contiene lo que se denominan formularios de oración, y las repite, porque repetir es más fácil que orar, y no requiere que se piense.

No tengo objeciones contra el uso de un formulario de oración si con él tú oras; pero sé que la gran mayoría no ora con ellos, sino sólo repiten la fórmula. Imaginaos lo que llegaría a ser nuestra familia si en vez de hablarnos franca­mente, nuestros niños ante cualquier necesidad consideran como un requisito entrar en la biblioteca, buscar un libro de oraciones y leernos una de las fórmulas. Ciertamente tocaría a su fin todo sentido hogareño y el amor. La vida se vería llena de trabas. Nuestra casa se convertiría en una especie de internado o de cuartel, y todo sería revista y formalidad, en vez de ojos felices que miran con cariñosa confianza hacia ojos amados que se deleitan en responder. Muchos hombres espirituales usan un formulario, pero los hombres carnales es seguro que la hacen porque siempre caen en el formalismo.

Si tus deseos son anhelos de la naturaleza caída, si tus deseos comienzan y terminan en tu propio yo, y si el fin prin­cipal por el que vives no es el de glorificar a Dios, sino glorificarte a ti mismo, entonces podrás luchar, pero no tend­rás; podrías levantarte temprano y acostarte tarde pero de ello no obtendrás ninguna que valga la pena. Recuerda lo que el dice en el salmo treinta y seite: “Deja la ira, y dese­cha el enojo; no te excites en manera alguna a hacer lo malo.’ “Porque de aquí a poco no existirá el malo; observarás su lugar, y no estará allí. Pero los mansos heredarán la tierra, y se recrearán con abundancia de paz.”

Y basta en cuanto a la pobreza del codiciar.

II. En segundo lugar, tengo ante mí una grave tarea y es la de mostrar COMO LAS IGLESIAS CRISTIANAS PUE­DEN SUFRIR DE POBREZA ESPIRITUAL, de modo que ellas también “codician y no pueden alcanzar.”

Por supuesto, el busca cosas más elevadas que las cosas mundanas, de otro modo no sería digno de ser llamado así. Al menos, profesadamente, su objetivo es alcan­zar las verdaderas riquezas, y glorificar a Dios en espíritu y en verdad. Sí, pero mirad, hermanos queridos, no todas las iglesias logran lo que desean. Tenemos que quejarnos no en uno que otro lugar, sino en muchos lugares, de iglesias que están casí dormidas, y declinan gradualmente. Por cierto, tie­nen sus excusas. La población está menguando, u otro lugar de adoración está atrayendo a la gente. Siempre hay una cuando el hombre necesita una. Pero sigue en pie el hecho: el culto público está casi desierto en algunas partes, el pastor no tiene poder de reunir gente, y los que entran por aparien­cia, están descontentos o indiferentes. En tales iglesias no hay conversiones. ¿Cuál es la razón de ello?

En primer lugar, aun entre los que profesan ser cristia­nos, puede haber la búsqueda de cosas deseables por métodos erróneos. “Combatís y lucháis, pero no tenéis.” ¿No hay igle­sias que han pensado prosperar compitiendo con otras? En tal y tal lugar de adoración tienen un hombre muy astuto. Tenemos que conseguir uno nosotros también. De hecho de­bería ser más astuto que  el héroe de nuestros vecinos. Esa es la cosa: ¡un hombre astuto! ¡Ay de mí! ¡Qué tengamos que vivir en una era en que hablamos de tener un hombre astuto que predique el evangelio de Jesucristo! ¡Ay, que pueda pensarse que este santo servicio dependa de la astucia humana!

Las iglesias han competido entre sí en arquitectura, en , en equipamiento y en estado social. En algunos casos hay una medida de amargura en la rivalidad. A las mentes estrechas no les resulta agradable ver que otras iglesias prosperan más que la propia. Pueden ser más fervientes que nosotros, y pueden estar haciendo mejor que nosotros la obra de Dios, pero somos dados a mirarlos con envidia, y más bien quisiéramos que no les fuera tan bien. “¿Pensáis que la Escri­tura dice en vano: El Espíritu que él ha hecho morar en noso­tros nos anhela celosamente?” Si pudiéramos ver un escán­dalo en ellos, de modo que sufrieran un quebrantamiento y quedaran eclesiásticamente muertos, no nos regocijaríamos. Por cierto que no; pero no nos daría una tristeza mortal. En algunas iglesias hay permanentemente un espíritu malo. No tengo una acusación denigrante que presentar, y por lo tanto no diré más que esto: Dios nunca bendecirá tales medios ni tal espíritu; los que se dejan llevar por esto desearán tener, pero nunca alcanzarán.

Mientras tanto, ¿cuál es la razón por la que no tiene una bendición? El texto dice: “Porque no pedís,» temo que hay iglesias que no piden. Se descuida la oración en todas sus formas. Se permite que decaiga la oración privada. Dejo a la conciencia de cada persona el punto hasta el cual se está preocupando de la oración secreta, y cuánta comunión con Dios haya en secreto entre los miembros de la iglesia. Cierta­mente su existencia saludable es vital para la prosperidad de la iglesia. La oración familiar es más fácil de juzgar, por­que podemos verla. Temo que en estos días muchos han abandonado la oración familiar. Os ruego que no les imitéis.

Quisiera que todos fuéremos del mismo pensamiento que el trabajador escocés que obtuvo un puesto en la casa de un rico agricultor famoso porque pagaba bien. Todos sus amigos lo envidiaban porque había entrado en su servicio. Poco tiempo después, regresó a su aldea natal y cuando le preguntaron por qué había dejado su trabajo, contestó que “no podía vivir en una casa que no tenía techo.” Una casa sin oración es una casa que no tiene techo. No podemos esperar bendiciones en nuestras iglesias si no la tenemos en nues­tras familias.

En cuanto a la oración congregacional ¿no está deca­yendo el reunirse en lo que llaman cultos de oración? En muchos casos la reunión de oración es despreciada, y mirada como una suerte de reunión de segunda categoría. Hay miem­bros de la iglesia que nunca están presentes, y no les re­muerde la conciencia por el hecho de mantenerse alejados. Algunas congregaciones mezclan la oración con una reunión de estudio, de modo que tienen un solo servicio durante la semana. Hace unos días leí una excusa para esto: se dice que las personas están mejor en casa atendiendo las preocu­paciones familiares. Son palabras infundadas, porque ¿quién entre nosotros desea que la gente descuide sus deberes domésticos? Se descubrirá que los que mejor atienden sus preocupaciones hogareñas, que son diligentes en ponerlas en orden, son los que hacen para poder participar de las reuniones de adoración. El descuido de la casa de Dios con frecuencia es un indicador de la negligencia de sus propias casas. No traen sus hijos a , de ello estoy convencido, de otro modo los traerían a los servicios. De todos modos, las oraciones de la iglesia miden su prosperidad. Si retenemos la oración retenemos la bendición. Nuestro verdadero éxito como iglesia sólo se puede obtener pidiéndolo de Dios. ¿No estamos dispuestos para hacer una reforma y enmendar en cuanto a esto? ¡Oh, que llegue la hora de la angustia de Sión, cuando una agonía en oración mueva a todo el cuerpo de los fieles!

Pero algunos responden: ¡Hay reuniones de oración, y pedimos bendiciones, sin embargo no llegan.” ¿No se encuentra la explicación en otra parte del texto: “No recibís porque pedís mal?” Cuando las reuniones de oración se convierten en una pura formalidad, cuando los hermanos se levantan y agotan el tiempo con sus largas oraciones, en vez de hablar a Dios con palabras sinceras y ardientes, cuando no hay expectación de una bendición, cuando la oración es fría y congelante, entonces nada sale de ella. El que ora sin fervor, en realidad no ha orado. No podemos tener comunión con Dios, que es fuego consumidor, si no hay fuego en nues­tras oraciones. Muchas oraciones no llegan a su destino por­que no hay fe en ellas. Las oraciones que están llenas de dudas, son peticiones de rechazo. Imagina que le escribes a un amigo y le dices: “Querido amigo: Estoy en graves proble­mas, y por lo tanto te escribo para pedirte ayuda porque me parece bueno hacerlo. Pero aunque te estoy escribiendo, no creo que vayas a ayudarme en algo. Por cierto, me soprende­ría mucho recibir tu ayuda, y hablaría de ello como una gran maravilla.”

¿Piensas que recibirías ayuda? Yo diría que tu amigo tendría suficiente sensibilidad para observar la poca confian­za que le tienes. Entonces respondería que, como no esperas nada, no te provocaré una sorpresa. Tu opinión de su gene­rosidad es tan baja que no se siente llamado a salirse de su curso por tu causa. Cuando las oraciones son de ese estilo, no cabe sorprenderse si “no recibís, porque pedís mal.” Además, si nuestras oraciones, por fervientes y confiadas que sean son un puro pedir la prosperidad de nuestra iglesia porque queremos gloriamos en ello, si queremos ver que nuestra denominación crezca en gran número y mejore en respetabi­lidad, para poder participar de los honores, entonces nuestros deseos no pasan de ser sólo codicias. ¿Puede ser posible que los hijos de Dos manifiesten las mismas emulaciones, celos y ambiciones de los hombres del mundo? ¿Puede ser la obra religiosa una cuestión de rivalidad y de competición? Ah, entonces las oraciones que buscan éxito no tendrán acepta­ción ante el trono de la gracia. Dios no nos oirá, sino que nos despedirá, por que no se cuida de responder las peticiones, de las cuales el yo es el objeto. “No tenéis, porque pedís mal.”

III. En tercer lugar, tengo una tarea mucho más grata que hacer y es dar indicios en cuanto a LA RIQUEZA QUE ESPERA AL USO DE LOS MEDIOS ADECUADOS, a saber, de pedir en forma correcta a Dios.

Os invito a poner una atención solamente a este asunto porque es de vital importancia. Mi primera observación e® esta: después de todo, cuán pequeña es esta demanda que Dios nos hace. ¡Pedid! Es lo menor que puede esperar de nosotros, posiblemente, y no es más de lo que nosotros ordinariamente exigimos de quien necesita nuestra ayuda. Esperamos que un pobre pida, y si lo hace no le echamos la culpa de su carencia. Si Dios da al que pide, y nosotros seguimos en la pobreza, ¿de quién es la culpa? ¿No es la culpa más grave? ¿No da la impresión que estuviéramos fuera de orden con Dios, de modo que ni siquiera condescendemos a pedirle un favor? Cierta­mente debe de haber en nuestros corazones una secreta enemistad con El, o de otro modo en vez de ser una necesidad indeseable sería considerado un gran placer.

Sin embargo, hermanos, nos guste o no, recordad: pedir es la regla del reino. “Pedid y recibiréis.” Es una regla que nunca será alterada en el caso de nadie. Nuestro Señor Jesucristo es el hermano mayor de la familia, pero Dios no ha aflojado la regla para El. Recordad este texto: “Jehová dice a su Hijo: “Pídeme y te daré por heredad las gentes y por posesión tuya los términos de la tierra.” Si el , real y divino no puede ser exceptuado de la regla de pedir, se relaja en favor nuestro. Dios bendecirá a Elías y enviará lluvia a Israel, pero Elías debe orar por ello. Si la nación elegida ha de prosperar, Samuel debe suplicar al respecto. Si los judíos han de ser liberados, Daniel debe interceder. Dios bendecirá a Pablo, las naciones serán convertidas por su intermedio, pero Pablo debe orar. Oró sin cesar. Sus epístolas muestran que nada esperaba sino era pidiéndolo.

Además, es claro, aun al pensador más superficial, que hay algunas cosas necesarias para la iglesia de Dios que no podemos obtener de otro modo que no sea por la oración. Podéis tener al hombre astuto del que os hablé; y la nueva iglesia, el nuevo órgano, y el coro podéis obtenerlos sin oración. Pero no podréis obtener la unción celestial: el don de Dios no se puede comprar con dinero. Algunos miembros de una iglesia en una primitiva aldea de América pensaban que podrían levantar una congregación colgando una muy hermo­sa araña de luces en la casa de reuniones. La gente hablaba de la araña, y algunos iban a verla, pero la luz pronto comen­zó a disminuir. Tú puedes comprar toda clase de pintura, bronce, muselina, azul, escarlata y lino fino, junto con flau­tas, arpas, gaitas, salterios y todo tipo de música‑‑ todo ello sin oración; en realidad, sería una impertinencia orar por tales cosas; pero no puedes tener el Espíritu Santo sin ora­ción. “El sopla de dónde quiere.” No se acercará por ningún proceso o método controlado por nosotros, sino por el pedir. No hay medios mecánicos que puedan sustituir su ausencia. La oración es la gran puerta de las bendiciones espirituales, y si la cerráis dejáis afuera el favor.

Hermanos amados, ¿no pensáis que este pedir que Dios requiere es un privilegio muy grande? Supongamos que se ha publicado un edicto según el cual no puedes orar. Por cierto sería una dificultad. Si la oración interrumpiera el flujo de la bendición en lugar de aumentarlo, sería una triste calami­dad. ¿Has visto a un mudo bajo una fuerte excitación, o sufriendo un gran dolor, y debido a ello deseoso de hablar? Es un espectáculo terrible. Se le desfigura el rostro, el cuerpo lo agita en forma atroz. El mudo se retuerce y sufre en espan­tosa angustia. Cada miembro lo contorsiona con el deseo de ayudar a la lengua, pero no puede romper sus ligaduras. Cavernosos sonidos salen de su pecho, y tartamudeos ine­ficaces como habla tratan de atraer la atención. Todo ello no alcanza el nivel que nosotros podríamos llamar de expresión. El sufrimiento de la pobre criatura es indescriptible. Supon­gamos que nuestra naturaleza espiritual estuviera llena de deseos intensos, y sin embargo, estuviera muda en cuanto a la expresión en oración. Pienso que ello sería una de las aflic­ciones más espantosas que pudiera sobrevenirnos. Estaría­mos terriblemente lisiados y desmembrados y nuestra agonía sería abrumadora. ¡Bendito sea su nombre! El señor establece una forma de expresión y pide a nuestro corazón que le hable.

Amados, debemos orar. Me parece que debiera ser la primerísima cosa por hacer cuando estamos en necesidad. Si los hombres estuvieron en buena relación con Dios y le amaran de verdad, orarían en forma tan natural como respiran. Es mi esperanza que algunos de nosotros estemos en una buena relación con Dios y no tengamos que ser arrastrados a la oración, porque en nosotros ello ha llegado a ser un instinto natural. Ayer un amigo me contó la historia de un niñito alemán, historia que a su pastor le gusta narrar. El niñito amado, creía en su Dios, y se deleitaba en la oración. Su maestro estaba exigiendo a los estudiantes que llegaran a la escuela a tiempo, y este pequeño estaba tratando de cumplir con ella. Pero el papá y la mamá eran personas lentas, y una mañana, solamente por falta de ellos, el niño salió de casa en el momento en que el reloj marcó la hora del inicio de las clases. Un amigo que estaba cerca del niño lo oyó clamar: “Querido Dios, concédeme que pueda llegar a tiempo a la escuela.” La persona que lo oyó pensó que por esta vez la oración no podría ser contestada, porque ya había llegado la hora, y aún le quedaba camino por recorrer. Tenía curiosidad por saber el resultado. Ahora bien, esa mañana ocurrió que el maestro, al tratar de abrir la puerta de la escuela, dio una vuelta al revés a la llave, y no pudo mover el pestillo, viéndose en la necesidad de llamar a un cerrajero para abrir la puerta. Hubo una dilación, y cuando la puerta fue abierta, nuestro pequeño amigo entró con el resto, a tiempo. Dios tiene muchas formas de conceder nuestros deseos. Fue muy natural que un niño que realmente ama a Dios le hablase a El; de su problema en vez de poner­se a llorar y a gimotear. ¿No debiera ser natural que tú y yo espontáneamente y de inmediato le contáramos al Señor nuestro primer recurso?

¡Ay! Según la Escritura y por la observación, me duele añadir, según la experiencia, la oración con frecuencia es la última cosa. Mirad al hombre enfermo del Salmo ciento siete. Los amigos le traen diversos alimentos, pero su alma abo­rrece todo tipo de comida. Los médicos hacen lo que pueden por sanarle, pero se agrava más y más, y llega cerca de las puertas de la muerte: “Clamaron a Jehová en su angustia.” Lo que debió ser primero lo hicieron al final. “Llamen al doctor. Prepárenle alimentos. Envuélvanlo en frazadas.” Todo está muy bien, pero, ¿habéis orado a Dios? Dios será invo­cado cuando la situación se hace desesperada. Mirad a los marineros descritos en el mismo salmo. El barco está a punto de naufragar. “Suben hasta el cielo, descienden a los abis­mos; sus almas se derriten con el mal.” Todavía hacen todo lo que pueden para escapar de la tormenta; pero cuando “tiemblan y titubean como ebrios, y toda ciencia es inútil. Entonces claman a Jehová en su angustia, y los libra de sus aflicciones.” ¡Oh, sí! Buscan a Dios cuando se ven arrincona­dos y próximos a perecer. Y ¡qué misericordia es que El escuche oraciones tan tardías, y libere a los suplicantes de sus angustias! Pero, ¿debiera ser así contigo, conmigo y con las iglesias en decadencia decir: “Oremos día y noche hasta que el Señor venga a nosotros. Reunámonos unánimes en un lugar, y no nos separemos hasta que descienda sobre noso­tros la bendición”?

Sabéis hermanos, ¿qué grandes cosas podríais tener con solo pedir? Todos los cielos están al alcance del hombre que pide. Todas las promesas de Dios son ricas e inagotables, y su cumplimiento puede lograrse por la oración. Jesús dice: “Todas las cosas me fueron entregadas por mi padre,” y Pablo dice: “Todo es vuestro,” y vosotros de Cristo.” ¿Quien no podría orar cuando todas las cosas nos son entregadas de esa manera? Sí y promesas que al principio fueron hechas a individuos especiales, son todas hechas para nosotros si sabemos cómo pedirlas en oración. Israel cruzó el Mar Rojo hace muchos años; sin embargo, leemos en el Salmo sesenta y seis: “Allí en El nos alegramos.” Sólo Jacob estaba presente en Peniel, sin embargo, Oseas dice: “Allí habló con nosotros.”

Pablo quiere darnos una gran promesa para los tiem­pos de necesidad, y cita del Antiguo Testamento: “Porque él dijo: No te desampararé, ni te dejaré.” ¿De dónde sacó eso Pablo? Es la seguridad que Jehová da a Josué: “No te dejaré, ni te desampararé.” Es seguro que la promesa era para

Josué solamente. No; es para nosotros.  “Ninguna escritura es de interpretación privada.” Toda la Escritura es nuestra. Mirad como Dios aparece a Salomón de noche y le dice: “Pide lo que quieras que yo te dé.” Salomón pide sabiduría. “Oh, ese es Salomón,” dices tú. Oíd: “Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios.” Dios dio a Salomón rique­za y fama dentro del trato. ¿No es peculiar a Salomón? No, porque de la verdadera sabiduría se dice: “Largura de días está en su mano derecha; en su izquierda, riquezas y honra”; y esto no difiere mucho de las palabras de nuestro Salvador: “Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas:” Así podéis ver que las pro­mesas del Señor tienen muchos cumplimientos y siguen espe­rando para derramar sus tesoros en el regazo de la oración. ¿No eleva esto la oración a un elevado nivel, cuando Dios está dispuesto a repetir en nosotros las biografías de sus santos, cuando espera mostrar su gracia y cargarnos con sus bene­ficios?

Mencionar otra verdad que debiera hacernos orar, y es ésta, que si nosotros pedimos, Dios nos dará mucho más de lo que pedimos. Abraham pidió a Dios que Ismael pudiera vivir. Pensaba “Seguramente él es la simiente prometida: no puedo esperar que Sara pueda engendrar un hijo en su vejez. Dios me ha prometido una simiente, y seguramente es este hijo de Agar. Ojalá Ismael pueda vivir delante de ti.” Dios le conce­dió esto, pero también le dio a Isaac, y todas las bendiciones del pacto. Allá está Jacob, se arrodilla a orar, y pide al Señor que le dé “pan para comer y vestido para vestir.” Pero, ¿qué le dio Dios? Cuando volvió a Betel, tenía dos campamentos, miles de ovejas y camellos, y mucha riqueza. Dios le había oído y habían hecho mucho más abundantemente por sobre lo que había pedido. De David se dice: el Rey “vida te demandó y se la diste largura de días,” sí, no solamente le dio largura de días para él mismo sino un trono para sus hijos para todas las generaciones, hasta que David se sentó delante de Jehová, abrumado por la bondad de Dios.

“Bueno,” dices, “pero, ¿vale eso para las oraciones del Nuevo Testamento?” Sí, así ocurre con las que oran en el Nue­vo Testamento, sean santos o pecadores. Traen un hombre paralítico a Cristo y le piden que lo sane, y él dice: “Hijo, tus pecados te son perdonados.” El no había pedido eso, ¿ver­dad? No, pero Dios da cosas más grandes que las que pedimos. Escuchad la humilde oración de aquel pobre ladrón moribundo, “Señor, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino.” Jesús le responde: “Hoy estarás conmigo en el paraíso.” No soñaba con tal honor. Aun la historia del pródigo nos enseña esto. El había resuelto decir: “No soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros.” ¿Cuál fue la respuesta? “Este mi hijo muerto era, y ha revivido; sacad el mejor vestido y vestidle; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies.” Una vez que has entrado en la posición de uno que pide, tendrás lo que no has pedido y nunca pensaste recibir. El texto con frecuencia se cita mal: Dios es poderoso para hacer “todas las cosas mucho más abundantemente de lo que podemos pedir o entender.” Noso­tros podríamos pedir, con sólo ser un poco más sensibles y con tener más fe, cosas de las más grandes, pero Dios está dispuesto a darnos infinitamente más de lo que pedimos.

En este momento creo que la iglesia de Dios podría tener bendiciones inconcebibles si sólo estuviera. dispuesta a orar ahora. ¿Has notado alguna vez el maravilloso cuadro del capítulo ocho de Apocalipsis? Es digno de ser considerado con mucho cuidado. No intentaré explicarlo en sus conexiones, sino que voy a señalarle simplemente el cuadro tal como se presenta. Leemos: “Cuando abrió el séptimo sello, se hizo si­lencio en el cielo como por media hora.” Silencio en el cielo: ¡no había himnos! ¡No había aleluyas, ni ángel que moviera un ala! ¡Silencio en el cielo! ¿Podéis imaginaros ¡Y mirad! Veis siete ángeles de pie delante de Dios, a los que son entregadas siete trompetas. Allí esperan trompeta en mano, pero no hay sonidos. Ninguna nota de alegría o de advertencia durante un intervalo que fue suficientemente largo para provocar viva, emociones, pero suficientemente breve como para evitar 1 impaciencia. Un silencio ininterrumpido, profundo y terrible; reinaba en el cielo. La acción se suspende en el cielo, el centre do toda actividad. “Y otro ángel vino y se paró junto al altar; con un incensario de oro.” Allí se‑para, pero no presenta, ofrenda alguna; todo está quieto y en silencio. ¿Qué será que lo pueda poner en movimiento? Y se le dio mucho incienso para añadirlo a las oraciones de los santos, sobre el altas’:, de oro que estaba delante del trono. La oración es presentada junto con el mérito del Señor Jesús.

Ahora, ved lo que aconteció. “Y de la mano del ángel; subió a la de Dios el humo del incienso con las ora­ciones de los santos.” Ese es la clave de todo el asunto. Ahora veréis: el ángel comienza su tarea. Toma el incensario, lo llena con el fuego del altar, y lo arroja en tierra, “y hubo truenos, voces y relámpagos, y un terremoto.” “Y los siete ángeles s que tenían las siete trompetas se dispusieron a tocarlas.” Ahora todo se empieza a mover. Tan pronto como las oracio­nes de los santos fueron mezcladas con el incienso del mérito eterno de Cristo, y el humo comenzó a subir desde el altar, entonces las oraciones se hicieron eficaces. Cayeron las brasas vivas entre los hijos de los hombres, mientras los ángeles de la divina providencia, que aún estaban quietos, hicieron sonar sus truenos y se hace la voluntad del Señor. Tal es la escena en el cielo, en cierta medida, aun hasta el día de hoy. Trae hasta acá el incienso. Trae hasta acá las oraciones de los santos. Les enciende el fuego con los muertos de Cristo, y sobre el altar de oro deja que humeen delante del Altísimo. Entonces veremos al Señor en acción y su voluntad será hecha en la tierra como en el cielo. Dios envíe su bendición con estas palabras, por amor de Cristo. Amén.

1 comentario

    • Janet en 24 julio, 2014 a las 4:15 pm
    • Responder

    Anibal: Por lo general no soy una persona que pide a Dios cosas materiales, a pesar de vivir modestamente. A dios le he pedido por la salud de mi madre y me lo ha concedido, ya tiene 80 años.

    Mi madre como conoces es adventista y ora constantemente por la vida de sus hijos y nietos, por poder encontrarse con sus padres y hermanos fallecidos en cristo y con su descendencia en el cielo cuando Cristo regrese. Eso no puedo decir si sucederá como ella lo pide. Pero te contaré una historia: Mi mamá tuvo un infarto cerebral hace ya dos años y fue ungida por el pastor de su iglesia porque no se sabía si iba a rebasar la enfermedad. Pues la rebasó y a pesar de tener un área extensa de su cerebro necrotizada (muerta) mi madre luego de rebasar la crisis, no ha perdido ni un ápice de su conocimiento y conciencia. Pero eso es una oración constante, ella pide a Dios todos los días que la mantenga consciente mientras tenga vida y yo le doy gracias porque a pesar de su edad ella aún está ahí para orar por mi.

    Hay algo que siempre digo – no me gusta decir que soy pobre, solo que soy persona de bajos recursos porque lo que no se puede ser es pobre de espíritu.

    Hoy además de pedir a Dios por la salud y la vida de mi madre, pido por que me de conocimiento y me ayude a definir mi vida en Cristo porque mientras más pasa el tiempo más me doy cuenta que la vida fuera de el no significa nada.

    Querido hermano, continúa con tu fe y recuerda a esta hermanita descarriada en tus oraciones.
    Como me dices siempre – Que la paz de Dios sea contigo – SHALOM.

    Janet

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