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La Ciencia Cristiana

La ciencia cristiana es una Secta norteamericana que también se le conoce como Iglesia de Cristo Científica. Dicha iglesia fue fundada en Boston por Mary Baker Eddy en 1879 y se convirtió en organización internacional en 1892. La señora Eddy creía haber sido curada de una enfermedad crónica por un mesmerista y desde un principio la llamada ciencia cristiana está asociada con las curaciones por fe.
La iglesia de Boston, conocida como «La Primera Iglesia» es considerada la iglesia madre. La señora Eddy escribió el libro Ciencia y Salud con Clave para las Escrituras, que los miembros de la iglesia consideran un libro inspirado con prelación sobre la misma Biblia. La iglesia no tiene predicadores sino lectores, los cuales leen públicamente la Biblia y el libro de la señora Eddy; y «practicantes» que se encargan de aplicar las enseñanzas acerca de que la enfermedad es una ilusión.
Para estos religiosos no hay realidad, sino la mente o el espíritu. No identifican a Jesús con . Pero a Cristo, quien para ellos es el Principio de la Mente, lo identifican con . También enseñan el carácter ilusorio de la muerte. Tal conocimiento hace posible la salvación.
La iglesia se ha extendido por varios países y publica el importante diario The Christian Science Monitor, así como varias publicaciones religiosas. Para el introito biográfico de la Ciencia Cristiana, hemos recurrido, entre otros autores, a la obra “La Curación por el Espíritu” de Stephen Zweig, escritor y filósofo bien conocido. De su amplio y frondoso trabajo, que bien vale la pena leer, entresacamos los siguientes párrafos:
Pregunta Zweig: “¿Quién es María Baker Eddy?” Y responde: “Una entre tantas; una cualquiera… ni del todo veraz, ni muy inteligente… Muy poco ilustrada… sin amigos ni relaciones. Una que no se apoya más que en su limitadísimo cerebro. Todo, desde el primer momento, está contra ella: la ciencia, la religión, las escuelas, las universidades, y aún más: la razón, el sentido común… Contra todos estos obstáculos no puede oponer más que creencia tenaz, obstinada y casi estúpida, y sólo con su monomaníaca obsesión puede hacer verdadero lo inverosímil…
“En 20 años hace de una maraña metafísica toda una terapéutica… y recoge para sí misma una fortuna de tres millones de dólares. En la pujanza del resultado, en la rapidez del éxito… esta vieja mujer, escasamente ilustrada, escasamente espiritual, enfermizo y ambigua, ha sobrepasado a todos los guías e investigadores de nuestros tiempos…
“La fantástica vida de María Baker Eddy ha sido escrita varias veces y desde puntos de vista totalmente opuesto. Exista una biografía oficial, aprobada por su iglesia canonizada por la autoridad suprema de la Ciencia Cristiana; de su puño y letra María Baker Eddy, en persona, ha estampado en el original un autógrafo recomendando a su fanática comunidad aquel retrato de su propia vida; así que esta biografía, trazada por Sibila Wilbur debe ser de una fidelidad figurosa. A esta biografía yo siempre la llamo ‘la biografía Rosa’, porque en ella se nos pinta a María Baker Eddy llena de la divina gracia, dotada de sabiduría supraterrena, mensajera del cielo en la tierra, dechado de perfecciones, inmaculada a nuestros indignos ojos. Todo cuanto hace está bien hecho; todas las virtudes contenidas en el devocionario se condensan en ella. Su personalidad, descomponiéndose en los siete colores del arco iris, aparece: buena, femenil, cristiana, maternal, filantrópica, modesta, dulce; por contra, todos sus impugnadores son criaturas menguadas, viles, envidiosas, maledicentes y ofuscadas. En resumen: no hay ángel más puro.
“Contra este dorado espejo, arremete sin piedad la otra biógrafa, la señorita Milmine, armada con el seco palo del documento, y trabaja tan consecuentemente en negro como la primera lo hiciera en rosa. Presenta ella a la gran descubridora como una plagiaria vulgar, que robó toda su teoría del pupitre de un precursor inconsciente, como embustera patológica, malvada, histérica, aprovechada negociante y furia desatada… subrayando toda la hipocresía, embuste, astucia y codicia de la persona; y todo lo absurdo y ridículo de la … Todos los ejemplares de esta segunda biografía han desaparecido de las librerías…
“María Baker nació el 6 de Julio de 1821… Es una muchacha voluble, flacucha y pálida y nerviosa, que crece sentitiva y hasta supersensitiva… En todas partes, y ante todo quiere sobresalir, aparece distinta a los demás, y fue así como año más tarde la encontramos consumiéndose ‘en la maraña inimitable de espiritual candidez y de práctica sed de oro, en el extraño acoplamiento de histeria y cálculo…’ antes de la pubertad se habían manifestado en María frecuentes convulsiones, espasmos, excitaciones extraordinarias y caprichos histéricos… En su aspecto exterior es una mosquita muerta…
“A los 22 años se casó con Washington Glover; pero en 1844, al año y medio de casados, la fiebre amarilla la dejó viuda, en trance de ser madre, y regresó al paterno. Hasta los 50 años María Baker deberá vivir de la limosna; hasta los 50 años dormirá en cama ajena y se sentará en mesa ajena… Desde la muerte de su esposo, María vuelve a ser presa de accesos nerviosos y, a pesar de su condición de pensionista gratuita, no cede de tiranizar con su irritabilidad a toda la familia.
“Nadie se atreve a contradecirla para evitar desmayos; hay que cerrar las puertas con gran cuidado y todo el mundo en casa debe andar de puntillas, para no molestar a la ‘enferma’. A veces rueda por la habitación, fija la mirada como una noctámbula; a veces permanece días enteros en cama, en un estado de absoluta inmovilidad, afirmando que no puede andar ni sostenerse y que todo movimiento le produce dolor. Se deshace de su propio hijo…,pues esta alma dura no quiere inquietarse para nada, ni por nadie, aunque se trate de su propia sangre; su ‘yo’ inquieto no conoce otra preocupación que sí mismo.
“Finalmente se forja una nueva manía. Ha descubierto que sólo puede calmar sus nervios cuando, echada en una hamaca, alguien la mece. Naturalmente -¡qué harán para tenerla sosegada!- y la familia procura enseguida el sofá-columpio y los chiquillos de Tilton encuentran un nuevo oficio: se ganan unas monedas meciendo unas horas a María Baker. Esto que parece cómico y exótico, es terriblemente serio. Y, cuando más se queja, más empeora… La historia de esta actriz es capaz de representar la parodia de la dolencia con unos síntomas tan perfectos y acabados que necesariamente se confunden con la dolencia misma. Simula la enfermedad; pero esta simulación, a veces, y apesar suyo, la sobrepasa en realidad, y la histérica, que pretendía otra cosa que persuadir a los demás que sufría un achaque, resulta, al fin, persuadida a sí misma… María Baker sabe, por medio de su egocéntrico instinto que, al hallarse en estado normal de salud, se le exigiría, en su carácter de huésped gratuito, su concurso en los quehaceres de la casa. Pero ella está firmemente resuelta a no trabajar nunca con otros, por otros, al lado de otros; y así, para conservar la independencia, se pincha, estando enferma, con púas electrizadas…
“El 21 de Junio de 1853 María Baker se casa por segunda vez con el médico, Dr. Daniel Patterson… Se pasa las horas en la otomana o en la cama, leyendo novelas en vez de recoger al hijo de su primer matrimonio, que se está embruteciendo en un rincón del Oeste, en compañía de personas ignorantes; se ocupa del ocultismo… En imponente letargo, su enmarañada vanidad espera y sueña incesantemente en algo grande… y así aguarda ociosa. Así pasarán diez años, siendo la misma de siempre, la enferma monótona e incurable, desahuciada de todos los médicos y amigos, la mujer ‘incomprendida’. El doctor Patterson se convence que no es fácil la convivencia con esta déspota voluntariosa; con esta mujer voleidosa hasta el espasmo. Cada día resulta más insoportable su vida de matrimonio. Al principio prolonga sus viajes, y por fin, la guerra de 1863 le brinda la oportunidad de librarse de aquella existencia. Se incorpora, en calidad de médico, al ejército, y en la primera batalla es hecho prisionero hasta el fin de la campaña. María Baker Patterson vuelve a quedar tan sola y desvalida como veinte años atrás quedara la viuda Glover.
“Cuarenta años cuenta ya María Baker y todavía vive sin saber por qué y para quién… y sigue viviendo de la limosna en mesa ajena, sin amar ni ser amada; ella, el ser más inútil entre el Atlántico y el Pacífico… Y así vaga sin objeto, malhumorada, en la casa de su hermana, mientras permanecen amuralladas, profundas e invisibles, las energías indomables y satánicas de esta enigmática mujer. Cada vez con más violencia se producen las crisis nerviosas, cada vez más dolorosas son las convulsiones y espasmos, cada vez más graves las paralizaciones. Ya en los mejores días es incapaz de andar media milla sin fatigarse. Cada día más pálida, más débil, cada día más abatida e impotente, yace en cama, ¡pobre pedazo de cuerpo humano! Enferma crónica, está hastiada de sí misma y convencida de que supone una carga para los demás. Los médicos han renunciado a la lucha con sus nervios. En vano ha recurrido a los más extravagantes experimentos, al mesmorismo y al espiritismo, o toda clase de hierbas y medicamentos… María Baker lleva ya cuarenta y un año de vida estéril y desaprovechada.
“Es en esta época, y bajo tales condiciones, que María Baker llegó a conocer al doctor Phineas Pankhurst Quimby, que ha aparecido precedido de la fama de realizar curaciones maravillosas e incomparables, ‘valiéndose de un tratamiento tan nuevo como misterioso’. Este estupendo médico, Quimby -empecemos por dejar establecido-, no es tal doctor, ni es licenciado en medicina, ni erudito latinista sino, escuetamente, un ex-relojero de Belfast, hijo de un herrero pobre… En 1838 llega a Belfast… un cierto doctor Poyen que, por primera vez, ejecuta en aquella plaza demostraciones hipnóticas en público. Este médico francés, discípulo de Masmer, ha despertado, con sus experimentos de hipnotismo, la atención de toda América… El suelo americano, seco y árido en apariencia, es siempre, aun sin cultivo, un semillero ideal para todos los afanes suprasensibles… También el humilde relojero Quimby pertenece al grupo de los fascinados por Poyen… Poyen examina a Quimby y le reconoce dotado de innegables cualidades de hipnotismo activo. Repetidas veces se sirve de Quimby para dormir a los ‘médiums’ y, pasmado, se da cuenta Quimby de su hasta entonces ignorada actitud para la transmisión de la voluntad. Resuelto, deja el relojero su oficio para ejercitar en aquel otro sus capacidades sugestivas, y descubre en un muchacho alemán de quince años, Lucius Burgmayr, un ‘médium’ ideal…
“Empieza por dormir, ante al público, a su Lucius Burgmayr; en cuanto éste se halla en estado de trance es conducido el enfermo, y entonces Burgmayr, siempre con los ojos cerrados, explica la dolencia que sufre el paciente y prescribe la medicina adecuada… Doquier acuden los pacientes en masa y Quimby y Burgmayr Ltd., hacen pingües negocios… Después de algún se le ocurre a Quimby que no son las píldoras, ni las pociones las que curan, sino tan solo la fe del enfermo en tales píldoras y pociones; de que toda aquella magia de la salud se condensa simplemente en la sugestión y auto sugestión; en resumen: se repite en él la experiencia de antaño de Mesmer.
“Quimby rescinde el contrato con Burgmayr y se lanza solo a fundar un tratamiento exclusivamente en la comprobada eficacia sugestiva. A tal terapéutica la llamó ‘Mind Cure’ (Curación por la Mente), la misma que más tarde María Baker Eddy transformará en ‘Christian Science’ (Ciencia Cristiana), presentándola como suya propia, directamente inspirada por Dios. Quimby… llegó al convencimiento de que muchas enfermedades tienen su asiento en la imaginación y que el mejor modo de curarlas es destruir en el enfermo la fe en su enfermedad. La naturaleza debe ser la gran obrera, y el médico psicólogo está únicamente allí para fortalecer la acción de la propia naturaleza… En las circulares de propaganda de Quimby, se dice textualmente: ‘Siendo mi tratamiento fundamentalmente distinto de todo tratamiento médico, debe insistir en manifestar que no doy medicina alguna ni aplico remedios externos, sino que me limito a sentarme ante el enfermo y a explicarlo lo que pienso en su enfermedad, y esta sola explicación constituye mi terapéutica. Si consigo corregir los conceptos equivocados, por el mismo hecho transformo el fluido en su sistema orgánico y vuelvo a dejar la verdad en su sitio. Mi sistema es la verdad’.
“Hasta el matrimonio Patterson-Baker… habían llegado años atrás noticias de la maravillosa ‘Science of Health’ (Ciencia de la Salud) del ex-relojero Quimby… y María Baker se aferra desesperadamente a esta última tabla de salvación y pide tres veces a Quimby que la visite y, entre las cosas que le escribe le dice: ‘… Moriré si no es usted capaz de salvarme’. Al fin ella se decide en 1862 a ir a Portland a visitar a Quimby… y una semana después esta misma María Baker, esta inválida desahuciada de todos los doctores, está completamente sana…
“Ella creyó que un viento la había llevado a casa de Quimby: se hace explicar y narra todo lo referente a su método y tratamiento, solicita hojear sus notas, apuntes y manuscritos, en que el improvisado doctor tienen estampadas, sin otras luces que las propias, sus vagas teorías. En cambio para ella aquellas páginas son otras tantas revelaciones: ‘las copia una por una’ (¡muy importante este detalle!), página por página, en particular el capítulo de Preguntas y Respuestas, que constituye la quintaesencia del método… Saca del bonachón de Quimby todo cuanto sabe. La Baker con su fogosidad característica barrena en sus teorías y pensamientos, chupando de ellos con entusiasmo salvaje y fanático… y este entusiasmo por la nueva terapéutica es el agente principal de su propia curación y nueva salud. Por primera vez se descubre esta naturaleza egocéntrica, que nunca sintió apego por nadie, cuyo erotismo descentró la concepción exagerada del propio valor, cuyo instinto maternal aplastará una obstinación morbosa; por primera vez en su vida siente María Baker una verdadera pasión, un estímulo espiritual. Y ‘una pasión fundamental es siempre válvula de la neurosis…’.
Aquí haremos un paréntesis en el relato de Stephen Zweig para no extender demasiado su interesantísima disección del carácter de María Baker Eddy. Explica los cuatro años de luchas en que la Baker sufrió lo indecible, en gran parte por culpa de ella, por entremeterse en la vida privada de varias familias y pretender gobernarles a su antojo y capricho.
Vale la pena observar que en su llamada biografía rosa, tales años son pasados por alto, a igual que un abundante cantidad de embustes oficiosos. Volvamos a Stephen Zweig:
“El 4 de Julio de 1868 María Baker publica en el periódico espiritualista ‘Banner of Light’ (El Estandarte de Luz), entre oscuros adivinos, videntes, astrólogos y echadores de cartas, su primera oferta pública de impartir, contra el correspondiente pago, el magno secreto de la terapéutica psíquica a quien tenga fe en ella. El aviso rezaba así: ‘Toda persona que desee aprender cómo enseñar a los enfermos, puede recibir instrucciones de la abajo firmada que le permitirán comenzar el tratamiento, a base de un principio científico con el que obtendrá un éxito muy superior al que conseguiría con otro cualquiera de los métodos actuales. No es necesaria la medicina, ni la electricidad, ni la fisiología ni la higiene para obtener resultados incomparables en los casos más difíciles. No se exige pago alguno si no da resultado. Dirigirse a Mrs. Mary B. Glover, Amesbury, Mass., Box 61’.
“Pero al parecer, nadie respondió. Y otra vez transcurren doce, veinticuatro meses de esta vida que persiste en ser inútil. Finalmente, en el año cincuenta y uno de su existencia, consigue encontrar un . Por desgracia es excesivamente joven, porque apenas ha cumplido los veintiún años. Es operario en una fábrica de cartones y se llama Richard Kennedy. Para sus fines hubiera preferido la mujer un más firme, más viejo e impotente. Pero ha pasado ya los tres cuartos de su vida; y no le queda tiempo para esperar, para escoger y, puesto que los adultos no le escuchan y que, en su excesiva cordura, prudencia y cálculo se burlan de sus osados planes, juega la última carta sobre este adolescente… El muchacho no rehusa; para él no significa ningún riesgo y nada expone. Al contrario; deja la blusa de obrero y, sin necesidad de pasar por las dificultades académicas, se ve trocado en un médico universal; esto le halaga y honra. Y antes de salir a la conquista del mundo, la singular pareja firma un contrato comercial bien definido: María Baker se obliga a instruir en su ‘ciencia’ a Richard Kennedy y, por contra, éste se compromete a cuidar de la subsistencia de la contratante y a partir con ella los ingresos, producto de su trabajo. Una hoja de papel sellado y un reparto de beneficios en porciones iguales es el primer documento histórico de la ‘Ciencia Cristiana’. Y, a partir de ese instante, los principios metafísicos y materiales; Cristo y el dólar, quedan unidos indisolublemente en la historia de esa doctrina terapéutica norteamericana…
“María Baker, figura alta y enjuta, recia y huesuda, con línea severa y masculina… de andar brusco, impaciente, con manos que gesticulan nerviosas… el vestido abrochado hasta el cuello, con severidad puritana, lleva una especie de rebuscado hábito, provisto de una fina gorguera, que disimula todas las formas femeninas bajo un negro inexorable o un gris indiferente y, como único adorno, aparece, como retando a todo lo carnal, una gran cruz de oro… y aparece majestuosa y dueña de si… cuando se siente observada… pero, al encontrarse detrás de las puertas de sus aposentos, es presa enseguida de convulsiones y transformada en una neurasténica, alucinada por visiones angustiosas… La más insignificante vibración pone en peligro este organismo hipersensible… Una dosis infinitesimal de morfina hasta para dormirla… En plena noche sus convecinos acuden, sobresaltados, a sus agudos gritos, y tienen que aquietar a la enajenada con toda suerte de remedios secretos. Los accesos violentos acometen con frecuencia; entonces comienza a andar a tientas por la habitación y desahogar en alaridos y espasmos sus místicos tormentos, que nadie, y ella menos que los demás comprende. Es un hecho típico en ella, y en muchos casos de médicos psiquiatras: la maga que ha sabido curar a miles, no ha conseguido curarse a sí misma…
“A los cincuenta años actúa como si tuviera treinta; a los cincuenta y seis conquista a un tercer marido… Nunca consentirá su orgullo que sea sorprendida en un momento de debilidad…
“Desde el principio -continúa diciendo Zweig- hay en la metafísica de María Baker una curiosa tarea: desprecia el cuerpo, los sentidos, tratándolos como si fueran mera ilusión; en cambio, los billetes de banco los considera como realidad. A partir del primer momento mira su supraterrena inspiración como un medio indicadísimo para, pregonando la inexistencia del mal, recaudar buenas sumas de dinero…
“Manda imprimir tarjetas: Mrs. M. Glover, Maestra de Ciencia Moral. Todavía, en 1870 no ha encontrado la denominación, salvadora y definitiva, de Ciencia Cristiana… Su exclusivo propósito es formar médicos a base de su sistema mental… lo que verifica por medio de un curso de seis semanas, pagadero de una sola vez por adelantado, de cien dólares (que más tarde elevará a trescientos), aparte de la obligación, sumamente previsora y que demuestra su habilidad para los negocios, de pagarle el 10% de todos los ingresos.
“El éxito fue enorme. Algunos pacientes curados por Kennedy: zapateros, tenderos y campesinos y unas cuantas mujeres desocupadas ensayaron el negocio. ¿No valía la pena exponer cien dólares para ser doctor en seis semanas, de un modo tan sencillo? ¿Acaso Richard Kennedy, mozalbete de 21 años, triste operario de cartonería, no ganaba sus mil dólares mensuales en 1870? Y, aunque algo más tarde María Baker Eddy hará esfuerzos desesperados por negarlo terminantemente, lo cierto es que todo su sistema de curación ‘lo copió integro’, palabra por palabra, de las notas y apuntes de Quimby. Pero siempre manifestó el tupe y la audacia de afirmar que lo que ella decía era la verdad, y que lo que los demás decían eran mentiras. Así se zafaba de las dificultades…
“En 1875 aparece por primera vez ‘Ciencia y Salud’, volumen de 450 páginas de apretada escritura… Precisamente esta edición agotada -de la que quedan contados ejemplares-, la primera, la única redactada de su propia mano de la autora, es, a mi entender, la sola que puede servir para un estudio psicológico de su personalidad, ya que ninguna de las 400 ó 500 ediciones siguientes poseen, ni con mucho, el encanto primitivo y bárbaro de ese original. En las ediciones sucesivas más próximas, son eliminados ya algunos de los más temerarios asaltos a la razón, las fallas históricas y filosóficas más groseras, y esta obra de depuración es realizada por manos expertas; además, un tal Wiggins, ha tomado sobre sí el arduo trabajo de traducir a un correcto inglés el primitivo lenguaje, ‘verdaderamente bárbaro’. Poco a poco se van eliminando las más burdas incongruencias, y antes que todas, el ataque desenfrenado a los médicos. Por eso en su forma original y primitiva, Ciencia y Salud pertenece a la categoría de los tratados geniales y absurdos en su salvaje testarudez. Se pierde la mesurada razón, se cree uno en la cocina de las brujas de Fausto y piensa con él estar oyendo hablar a ‘cien mil locos’… pero hay que considerar la obra como la de una mujer de escasísima instrucción, ineducada e ilógica”.
Hasta aquí Stephen Zweigg, los hemos citado “in extenso” porque creímos necesario dar al lector pormenores de la trastienda de la herejía que nos preocupa ahora; y a todos recomendamos leer íntegro el capítulo II de la mencionada obra “La Curación por el Espíritu”.
Todavía presentaremos otro poquito de historia. La señora Pundita Ramabai, célebre educacionista de la India, y miembro destacado de la Iglesia Metodista, visitó los Estados Unidos de Norteamérica, y ella misma narra lo que le sucedió en este país: “A mi llegada a Nueva York se me dijo de una nueva filosofía que se estaba enseñando en el país y que había conquistado a muchos adeptos. La tal filosofía se había dado en llamar Ciencia Cristiana, y cuando pregunté cuáles son sus enseñanzas, reconocí en ella la misma clase de filosofía que se ha enseñado entre mis connacionales por más de 4,000 años. Tal filosofía ha destruido a millones de vidas y causado sufrimientos innumerables a través de toda mi patria, porque está basada en el egoísmo y no sabe nada de simpatía ni conmiseración. Significa sencillamente esto: La Filosofía de la Nada. Pretende que contemplemos a todo el universo como una falsedad. Pretende que los seres humanos supongan que no existen. Ustedes no existen. Yo no existo. Los pájaros y bestias que diariamente veis, no existen. Cuando realicéis de que no tenéis personalidad, entonces habréis llegado a la más alta perfección de lo que es llamado Yoga, y eso es lo que os dará liberación, y entonces seréis librados de vuestro cuerpo y alcanzaréis un estado semejante al de Yoga, es decir, desprovistos de personalidad” (The Cristian Science Delusion, por el Dr. A. C. Dixon, p. 15).
Entremos ahora en materia. La señora María Baker Eddy, fundadora de la Ciencia Cristiana -que para nosotros los evangélicos, lo mismo que para toda persona de sentido común no es ni ciencia ni cristiana- ya ha fallecido -y que aseguró que resucitaría después de muerta-, y fue un “médium” espiritista. Su libro, pomposamente llamado “Ciencia y Salud”, representa una segunda Biblia para los adeptos de ese culto y herejía.
El lector recordará que ella copió las notas y puntos de Quimby, sin embargo, en 1901 escribiendo acerca de su propio libro, dijo: “Yo me avergonzaría mencionar la obra Ciencia y Salud como si fuera de origen humano, siendo Dios su autor; pero como yo no fui más que una amanuense que hice eco de las armonías celestiales de la Metafísica Divina, no puedo sentirme excesivamente modesta del texto de la Ciencia Cristiana”.
Tales palabras, naturalmente, harían suponer la existencia armónica de las enseñanzas de la Ciencia Cristiana con las de la Palabra de Dios, o sea la Biblia. Veamos, entonces si podemos descubrir tal armonía.
Empecemos poniendo al descubierto una de las tantas flagrantes falsedades de la María Baker Eddy. Ella declaró que la obra “Ciencia y Salud”, es decir, el sistema y enseñanza que el libro contiene, lo recibió por revelación de Dios. Ya hemos visto que Stephen Zweig afirma y prueba que ella copió, página tras páginas las notas del cándido Quimby. Y esto, en términos cristianos y honrados se llama “plagiar”, y plagiar, en términos literarios significa “robar” la propiedad literaria de un autor.
María Baker Eddy afirma que “en 1886 yo descubrí la ciencia de la curación metafísica, y la llamé Ciencia Cristiana”. Tal declaración estampada en su obra Ciencia y Salud, está en abierta contradicción con las tarjetas que ella usaba en 1870 en las que aparecía como maestra de “ciencia moral”, y con el aviso que, en 1868, apareció en el periódico espiritista “Banner of Light”. Lo que no dice en su obra mencionada es que años antes ella misma estuvo dando conferencias tituladas, “La ciencia espiritual de P. P. Quimby para curar enfermedades”.
¿En qué quedamos? ¿Qué deducimos de estos hechos? Que la María Baker Eddy es, además de plagiaria, una embustera. Fue Quimby quien concibió y planeó el método; pero como era persona honrada, no lo quiso monopolizar ni comercializar, y fue María Baker Eddy, la fanática y comercialista, que hizo un filón de oro. Sin embargo, los seguidores de la Ciencia Cristiana creen a ojos cerrados que ella fundó la pretendida religión como revelación de Dios…
Ahora vayamos al testimonio de la Biblia, la Palabra de Dios, que es capaz y poderosa para decapitar toda suerte de herejías y supercherías. Empecemos diciendo que, según las enseñanzas de la Ciencia Cristiana, no existe un Dios personal. Enseña que Dios es individual, pero no personal; que su individualidad es la de la idea, un principio. Que Dios es un principio, no una personalidad, y que es un principio solamente. Este principio permea todo el universo. El universo es todo principio, o sea todo idea o mente. No existe otra substancia; de modo que Dios es todo, y todo es Dios. Dios es idéntico al hombre. La naturaleza y el hombre coexisten en Dios. No existe nada más que Dios. La materia no existe; porque nada puede existir fuera de Dios, y Dios es mente y nada más. Dios nunca creó la materia, porque debido a su naturaleza él no pudo crear nada, porque no existe nada más que Dios, y siendo Dios existente en si mismo jamás tuvo comienzo y jamás tendrá fin. Por consiguiente, todo es Dios; y Dios es individual y no personal, y la individualidad es otro nombre que damos al principio o idea. Hasta aquí la Ciencia Cristiana.
¿Entendió este galimatías? Esto es extracto puro, al 100 por ciento de Panteísmo. La declaración de que Dios no es una persona se repite en la obra Ciencia y Salud y otros escritos.
¿Qué dice la Biblia? Si vamos al primer capítulo del Génesis como a muchas otras de sus partes, ya se nos dice que “Dios creó, Dios dijo, Dios vio; Dios dijo: Hagamos” etc. El principio no “ve”, no “hace”, no “dice”, porque el principio es algo abstracto. Hablamos de principios filosóficos, químicos, matemáticos, etc., pero ver, hablar, hacer, etc., son características de la personalidad humana, por lo menos entre personas que hablan y discurren con el lenguaje e ideas del común de los mortales. Cuando hablamos de un tornillo de bronce, todo el mundo sabe que es lo que queremos decir. Nos referimos a un tornillo y que es de bronce. Si decimos esto y queremos significar y hacer creer que un tornillos de bronce es la rotación de la tierra, la gente con toda razón deducirá que debiéramos consultar a un médico psiquiatra. Esto es, precisamente, lo que hace la Ciencia Cristiana como lo veremos más adelante, lo mismo que en el desarrollo de esta exposición.
Volvemos a preguntar, ¿qué enseña la Biblia?
1) Que Dios tiene emociones: “Y ninguno de vosotros piense mal en su corazón contra el prójimo, ni améis juramento falto; porque todas estas cosas Yo detesto, dice el Señor” (Zac. 8:17). Un principio cualquiera que sea, no puede tener misericordia.
2) Que Dios tiene misericordia: “Empero Dios, que es rico en misericordia, por su mucho amor con que nos amó…” (Ef. 2:4). Un principio cualquiera que sea, no puede tener emociones.
3) Que Dios es amor: “De tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo Unigénito…” (Jn. 3:16). Un principio, cualquiera que sea, no puede amar.

Aquí surge de inmediato uno de los garrafales errores de la herejía que nos ocupa, error que es, además contradicción, porque por un lado sostiene e insiste en que Dios es un principio y, por otro, continuamente está machacando en que Dios es amor. ¿Cómo puede ser amor si no es personalidad? Pero este es uno de los cabos que el enemigo de las almas emplea arteramente para perder a los incautos que caen en sus redes.
Para darnos cuenta de lo ridícula que es esta enseñanza de la Ciencia Cristiana, tomemos el conocido pasaje de Jn. 3:16 que dice: “De tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”, y sustituyámoslo de esta manera: “De tal manera la mente amó al mundo, que dio a su idea unigénita, para que todo aquel que cree en la idea o principio, no se pierda, más tenga una conciencia eterna de la verdad”. ¿Qué tal? ¿Cómo suena? ¿Tiene sentido común?
Veamos ahora a Jn. 3:36: “El que cree en el Hijo, tiene vida eterna; mas el que no obedece al Hijo, no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él”. Repitamos el experimento y leamos: “El que cree en la idea, tiene conciencia eterna de la verdad; pero el que no cree en la idea no tendrá esta conciencia, sino que el error de la mente permanece en él”. ¿Podrá alguna persona cuerda y razonable pretende que los dos pasajes bíblicos pueden ser substituidos por el fárrago de palabras que hemos expuesto?
Veamos todavía a Gn. 1:1: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra”. Repitamos la operación: “En el principio la verdad, la idea crearon los cielos y la tierra”. ¿No suena todo esto a una diabólica majadería, propia de algún recluido en un manicomio?
Vayamos ahora al problema neurálgico, la prueba de fuego que aplicamos en todos los capítulo: ¿Qué enseña la Ciencia Cristiana referente al Señor Jesucristo? ¿Quién es? ¿Qué dice la Biblia de María Baker Eddy, esa Biblia que, según su autora le fue inspirada por Dios mismo y que para los adeptos de este culto tiene el mismo valor que la Palabra de Dios. Rogamos al estudiante prestar cuidadosa atención:
“Jesús experimentó muy poco de los placeres de los sentidos físicos; pero sus sufrimientos fueron el fruto de los pecados de otros no de los suyos. El Cristo eterno, su ser espiritual, jamás sufrió. Jesús trazó el camino para otros. El desveló al Cristo, la idea espiritual del amor divino…” (Ciencia y Salud, p. 38, edición inglesa de 1915).
“Jesús fue el hijo de una virgen; pero la concepción de María fue espiritual, porque solamente la pureza podía reflejar la verdad y el amor, que evidentemente estuvieron encarnados en el más puro y bueno Cristo Jesús. El expresó el tipo más alto de divinidad, el que en forma humana pudo manifestarse en aquella época; porque el elemento humano no puede entrar realmente en el hombre real o ideal”. (Idem., p. 332) (El lector avisado descubrirá en esta afirmación el 100 porciento de gnosticismo).
“El nombre de Cristo no es propiamente un sinónimo de Jesús, aunque generalmente es usado así”. (Idem., p. 333).
“El Cristo invisible fue imperceptible a los así llamados sentidos corporales, mientras que Jesús apareció en su existencia corporal”. (Idem., p. 334).
¿Qué haremos con estas enseñanzas que pretenden ser científicas y cristianas? Pues, aplicarles el metro bíblico. ¿Podrán resistir la prueba? Si la Ciencia Cristiana es de origen divino y está en concordancia con las Sagradas Escrituras, nada debe temer. Ella misma tiene la audacia y temeridad de declarar que: “El verdadero Logos es la Ciencia Cristiana demostrada”. Vamos, entonces, a colocarla en el crisol del fuego de la verdad bíblica de Dios:
La Ciencia Cristiana enseña que “Jesús fue el producto de la comunión consciente de María con Dios”. La Biblia dice en Jn. 1:14, que El es “el Unigénito del Padre”.
La Ciencia Cristiana enseña que “El Cristo fue invisible, pero que Jesús tuvo una existencia corporal”. La Biblia en Lc. 2:26 dice “Y Simeón… había recibido respuesta del Espíritu Santo, que no vería la muerte antes que viere al Cristo del Señor”. La visibilidad es una de las características de todo cuerpo. La Palabra de Dios desmiente categóricamente la declaración de la herejía.
En Mt. 26:67-68, relatando un pasaje de la pasión, dice: “Entonces le escupieron en el rostro, y le dieron de bofetadas; y otros le herían con mojicones, diciendo: profetizanos, Tu, Cristo, quien es el que te ha herido”. ¿Se puede dar golpes y mojicones a un Cristo invisible?
La Sagrada Escritura dice que Cristo tuvo un cuerpo real: “Así también vosotros, hermanos míos, estáis muertos a la ley por el cuerpo de Cristo…” (Ro. 7:4).
Pero, lo interesante sobre este asunto es que “el pez por la boca muere”. La famosa obra Ciencia y Salud está tan plagada de contradicciones, que su autora se enreda a pasa en sus propias redes, porque en la p. 38 dice que “el Cristo eterno, su ser espiritual, jamás sufrió”, y en frente, en la p. 39 declara: “Necesitamos a Cristo, y al Cristo crucificado…” ¿En qué quedamos, pues? ¿Sufrió, no sufrió? ¿Es invisible o no lo es? Esta es la muestra de contradicciones de que está llena la obra.
Suponemos que ya habrá descubierto que la Ciencia Cristiana, a igual que el espiritismo, el russellismo y la Teosofía, enseñan que Jesús y Cristo fueron dos personas distintas, en flagrante y abierta contradicción con las declaraciones del N.T.
No debemos, entonces, extrañarnos que para la Ciencia Cristiana la muerte de Cristo Jesús no fuera penal. Según esta herejía El no llevó el peso de la ira de Dios contra el pecado. Y la razón para ella es sumamente sencilla y terminante: “el pecado no existe”. Por consiguiente, Jesús no hizo expiación alguna por el pecado, y su sacrificio no puede expiar ningún pecado. Cada individuo tiene que hacer la expiación por sí mismo. En Ciencia y Salud dice:
“Un sacrificio, por grande que sea, es insuficiente para pagar la deuda del pecado. La expiación requiere la constante inmolación de parte del pecador” (p. 23). Esto quiere decir lo siguiente: La muerte de Cristo representó un gran sacrificio; pero fue solamente un sacrificio. Y, como gran sacrificio es insuficiente para pagar la deuda del pecado. Por tanto, el sacrificio de Cristo no puede pagar la deuda del pecado.
En la p. 25 de la Biblia de María Baker Eddy se lee lo siguiente: “La sangre material de Jesús no fue más eficaz para borrar el pecado mientras chorreó el madero de la cruz, que cuando circuló por sus venas diariamente mientras hacia la voluntad de su Padre Celestial. Su verdadera carne y su verdadera sangre eran su vida; y quien verdaderamente come su carne y bebe su sangre, participa de esa vida eterna”.
Observemos que en este párrafo la paisa de la Ciencia Cristiana habla de “la sangra material”, y que uno de los decantados postulados de esta herejía es la irrealidad de la materia. De modo que, cuando a ella le conviene existe la materia, como en el caso de los dólares constantes y sonantes, lo mismo que cuando a ella le dolían las muelas se hacía asistir por su dentista, aunque afirma con desparpajo único que el dolor no existe; que es una ilusión.
Por otra parte, en el párrafo citado sostiene que la sangre derramada en el Calvario, o la sangre no derramada que estaba en las venas de Jesús, no puede pagar la deuda del pecado. ¿Qué dice la Palabra de Dios? “La sangre de Jesucristo, su Hijo, nos limpia de todo pecado” (1 Jn. 1:7). También dice: “Sea Dios verdadero y todo hombre mentiroso” (Ro. 3:4). Vemos, entonces, que la Ciencia Cristiana niega rotundamente que Jesús y Cristo sean la misma persona (1 Jn. 2:22), lo cual quiere decir que rechaza la divinidad de nuestro bendito Salvador y niega su obra salvadora y redentora del Calvario.

¿Y qué enseña referente a su resurrección de entre los muerto? Rogamos prestar mucha atención a lo que sigue, porque es casi inconcebible que ser humano haya escrito semejante ovillo de majaderías:

“Los solitarios precintos de la tumba prestaron refugio a Jesús contra sus enemigos; un lugar donde El pudiera resolver los grandes problemas de la existencia. Los tres días que pasó trabajando en el sepulcro, pusieron un sello de eternidad en el tiempo… El hizo frente, y dominó toda esa situación sobre la base de la Ciencia Cristiana; el poder de la muerte sobre la materia y todas las pretensiones de la medicina, la cirugía y la higiene…

“Los discípulos de Jesús creyeron que él estaba muerto mientras permaneció escondido en el sepulcro, cuando en realidad estaba vivo… Los estudiantes de Jesús, que no estaban lo suficientemente avanzados como para comprender el triunfo de Jesús, no efectuaron muchos hechos y portentos, hasta que lo vieron después de la crucifixión y supieron que no había muerto “ (pp. 44-46). Además, al citar a Ro. 5:10 que dice: “Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte (aparente, añade María Baker Eddy) de su Hijo…”. ¡Qué audacia! ¿Con qué derecho enmienda ella la plana de Dios? Para hacer encuadra al N.T. dentro de su fantástica e insolente teoría que no es de ella, sino que ya la explotó siglos antes que ella naciera.

Además, escribiendo sobre la resurrección de Lázaro, hecho relatado en Jn. 11, María Baker Eddy dice textualmente: “Jesús dijo de Lázaro: ‘Nuestro amigo Lázaro duerme, mas voy a despertarle del sueño’. Jesús restauró a Lázaro bajo el entendimiento de que Lázaro nunca había muerto, no por el entendimiento de su cuerpo humano hubiera muerto y luego vuelto a vivir otra vez. Si Jesús hubiera creído que Lázaro había vivido o muerto en cuanto a su cuerpo, el Maestro se hubiera hallado en la misma situación de creencia que aquellos que enterraron su cuerpo y no hubiera podido resucitarlo” (p. 75).

Todo lo cual, en buen criollo, quiere decir que Jesús engaña a sus discípulos diciéndoles que Lázaro estaba muerto, cuando en realidad no lo estaba, y que El se prestó a representar el papel de un prestidigitador que pretendió escamotear a Lázaro de entre los muertos, sabiendo que no estaba muerto.

Igualmente sucede con la resurrección del Señor. Si El estaba vivo en el sepulcro, trabajando por tres días, entonces todo el testimonio del N.T. es falso e indigno de crédito, porque todos los escritores del N.T., sin excepción, dicen que El murió y resucitó de entre los muertos. De modo que en este punto tan capital y básico María Baker Eddy se revela falsaria, o como la han dada en calificar algunos de sus connacionales, “una embaucadora y charlatana”. Y éste es el sistema que tiene la supina audacia de llamarse Ciencia Cristiana.

Examinemos otra de las innumerables contradicciones de esta fantástica mujer. En la p. 475 de su Ciencia y Salud, dice:

“El hombre es espiritual y perfecto… el hombre es incapaz de pecar, lo mismo que de sentir enfermedad y muerte. El verdadero hombre no puede apartarse de la santidad, ni puede Dios, por quien el hombre ha sido evolucionado, engendrar la capacidad o libertad para pecar. El pecador mortal no es un hombre de Dios”.

¿Valdrá la pena detenernos para probar, no digamos bíblicamente, pero lógica y humanamente que el ser humano es pecador, incapaz de hacer lo bueno? Cuando Jesús curó al paralítico de Capernaum, le dijo: “Hijo, tus pecados te son perdonados” (Mt. 9:1-8). ¿Estaría Jesús burlándose de aquel pobre necesitado? ¿Estaría Jesús usando de palabras que no quieren decir lo que dicen? Porque es una de las maneras como pretende escabullirse la Ciencia Cristiana cuando la colocamos entre la espada y la pared, alegando que nosotros no entendemos lo que ella quiere enseñar.

Pero, abra bien los ojos para leer lo que Ciencia y Salud dice en la p. 53: “Jesús llevó nuestros pecador en su cuerpo” , y en la p. 342 añade: “La Ciencia Cristiana despierta al pecador” . O no nos entendemos, o no hablamos el mismo idioma, o las palabras no quieren decir para ello lo que para nosotros. Preguntemos directamente a la Ciencia Cristiana: ¿Existe el pecado? Esto es lo que contesta:

“Toda la realidad se halla en Dios y su creación, armoniosa y eterna. Lo que Dios ha creado es bueno, y él ha hecho todo cuanto existe. Por lo tanto, la única realidad del pecado, la enfermedad o la muerte es el terrible hecho de que la irrealidad parece real al hombre, la creencia errónea, hasta que Dios borre tal disfraz. No son verdad, porque no son de Dios. En la Ciencia Cristiana aprendemos que toda falta de armonía de la mente del cuerpo mortal es ilusión, y que no posee ni realidad ni identidad, aunque parezca ser real e idéntico… El pecado y la muerte deben ser clasificados como errores de la mente. Cristo vino a libertarnos de la creencia del pecado… Jesús es el nombre del hombre quien, más que ningún otro hombre, nos presentó a Cristo, la verdadera idea de Dios, curando a los enfermos y pecadores (¿Pero no acaba de decir que el pecado e irreal?) Y destruyendo el poder de la muerte. Jesús es el hombre humano, y Cristo es la idea divina; de aquí la dualidad de Jesús el Cristo” (pp. 472-473).

¿Este es el concepto bíblico y cristiano del pecado? Evidentemente que no. El pecado es desacato, desobediencia del ser humano a la voluntad de Dios, y la muerte es la consecuencia del pecado, lo mismo que todos los desórdenes personales y sociales que ha traído al mundo. El pecado es un elemento intruso en la creación de Dios; no forma parte de Dios ni de su creación. Pero, si el pecado no existe, si es irreal, entonces en vano vino Cristo Jesús al mundo y su muerte fue la de Quijote que ni sabía lo que estaba haciendo.

En la p. 53 de Ciencia y Salud se lee: “Jesús llevó nuestros pecados en su cuerpo. El conoció los errores mortales que constituyen el cuerpo material, y pudo destruir tales errores; pero al mismo tiempo, cuando Jesús sintió nuestras enfermedades, él no había conquistado todas las creencias o su sentido de la vida material; no se había elevado a su final demostración de poder espiritual”.

¿Qué quiere decir todo esto? En buen romance lo siguiente: Que Jesús no llegó a la altura espiritual a que arribó María Baker Eddy ¿Puede alguien concebir blasfemia mayor? ¿Nos acusará alguien de intolerantes porque clasificamos a este fárrago de ridiculeces e imperfecciones como doctrinas de demonios? ¿Podrá alguien creer que esta plagiadora tuvo la osadía de decir que la Ciencia Divina, o sea, la Ciencia Cristiana es el Espíritu Santo? (pp. 55 y 331).

Son cuatro las proposiciones básicas de la Ciencia Cristiana:

1) Dios es todo en todos.
2) Dios es bueno; la bondad es mente.
3) Dios es espíritu: siéndolo todo la materia no existe.
4) La Vida, Dios, el bien omnipotente niegan la muerte, el mal, el pecado, la enfermedad. La enfermedad, el pecado, el mal, la muerte, niegan el bien, Dios omnipotente, la Vida (p. 113).

Inconsciente de lo absurdo de sus pretendidas tesis metafísicas, María Baker Eddy dice ingenuamente que, desde el momento en que sus proposiciones pueden leerse igualmente desde el principio al fin, o desde el fin al principio, prueban que son verdad, y alega que “la metafísica divina… prueba la regla de la inversión” (p. 113). ¿Si? Veamos: en cuanto a lo que a su valor se refiere, las cuatro proposiciones podrían leerse perpendicular u oblicuamente, y siguiendo el mismo método de argumentación, dado que esto sea argumentar, sería muy fácil demostrar que los , arcángeles, querubines, y serafines son mariposas, orugas, chanchitos de la India, caballos y mosquitos; y que los mosquitos, caballos, chanchitos de la India, orugas y mariposas son serafines, querubines, arcángeles y .
No crea que estamos bromeando, el tema no se presta para ello. Pero, ¿qué podemos creer que hace ella con sus adeptos y discípulos? Observemos lo que dice: “En la verdad no hay dolor, y no hay dolor en la verdad; no hay nervios en la mente, y no hay mente en los nervios; no existe materia en la mente, y no existe mente en la materia; en la vida no hay materia, y no hay vida en la materia; no hay materia en la bondad, y no hay bondad en la materia” (p. 113).
Y en otra parte: “La noción de que el mal y el bien son reales, es un engaño del sentido material, al que la Ciencia Cristiana aniquila. El mal no existe; no es cosa, no es mente, no es poder. Tal como lo manifiesta la humanidad, representa una mentira, porque ninguna de sus manifestaciones reclama ser algo -ni la lascivia, ni la deshonestidad, ni el egoísmo, ni la envidia, ni la hipocresía, ni el odio, ni el robo, ni el adulterio, ni el crimen, ni la demencia, ni la inanición, ni el demonio, ni el infierno con todas las etcéteras que tal palabra implica” (p. 330).
Si el mal y el bien son un engaño del sentido material, ¿cómo llega a ser María Baker Eddy que la lista de pecados de la humanidad que ella menciona son mentira? ¿No dice que a ella, como al resto de los mortales, la ha engañado el sentido material? Con toda razón el insigne fundador de la escuela pragmática, William James, escribió diciendo: “La majadería será siempre majadería, aunque lleve un nombre científico”. Para la Ciencia Cristiana el mal es irreal; el pecado es irreal; el dolor es irreal; la enfermedad es irreal; solamente el dinero es real…
A continuación vamos a colocar paralelamente algunos párrafos del frondoso libro Ciencia y Salud, la Biblia de esta herejía, y compararlos con declaraciones terminantes de las Sagradas Escrituras, y usted podrá juzgar dónde están el error y la superstición.
La Ciencia Cristiana enseña
La Biblia enseña

El hábito de suplicar con la mente divina en la misma forma que se hace con un ser humano, perpetúa la creencia en un Dios humanamente circunscrito, y es un error que impide el crecimiento espiritual (p. 2).

Dios no es influenciado por el hombre (p. 7).
Si vosotros siendo malos sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos, dará buenas cosas a los que le piden? (Mt. 7:11).

Todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, esto haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo (Jn. 14:13).

A pesar de estas declaraciones de la Ciencia Cristiana, que son antibíblicas y anticristianas, no tiene empacho de copiar y usar himnos evangélicos. ¿Por qué lo hace? Para engañar mejor a los evangélicos tibios o que jamás han tenido una experiencia religiosa de conversión. Sigamos con el análisis:

Un solo sacrificio, por más grande que sea, es insuficiente para satisfacer la deuda del pecado (p. 23).

Mas ahora, una vez para siempre en la consumación de los siglos, se ha manifestado, por el sacrificio de sí mismo, para quitar de en medio el pecado (He. 9:26).

La expiación requiere la constante inmolación de si mismo, por parte del pecador (p. 23).
Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo (Ro. 5:1).

Los discípulos de Jesús, no estando lo suficientemente adelantados como para comprender su triunfo, no hicieron obras milagrosas hasta que lo vieron después de su crucifixión, y supieron que no había muerto (p. 45).

Cristo murió y resucitó (Ro. 14:9).
Yo entiendo que el Consolador es la Ciencia Cristiana (p. 55).
Y yo rogaré al Padre, y El os enviará otro Consolador para que esté con vosotros para siempre… él os enseñará todas las cosas y os recordará todas las cosas que os he dicho (Jn. 14:16, 26).

Es un error la suposición de que existan espíritus buenos y malos. El mal no tiene realidad (p. 70-71).

En aquella hora Jesús curó a muchos que tenían malos espíritus (Lc. 7:21).
Jesús restauró a Lázaro bajo la suposición de que nunca había muerto (p. 75).

Entonces Jesús les dijo claramente: Lázaro ha muerto (Jn. 11:14).

En la Ciencia Cristiana los milagros son imposibles (p. 83).

Muchos creyeron en Jesús cuando vieron los milagros que hizo (Jn. 2:23).

La muerte no es un escalón que nos conduce a la vida, a la inmortalidad y a la bienaventuranza (p. 203).
Deseo partir y estar con Cristo que es mucho mejor (Fil. 1:23).
Ausentes del cuerpo y presentes con el Señor (2 Co. 5:8).

Dios nunca creó la materia (p. 335).
En el principio creó los cielos y la tierra (Gn. 1:1).

La teoría de tres personas en un solo Dios -esto es, una trinidad personal- sugiere más bien a los dioses paganos y no al siempre presente Yo soy (p. 256).

Bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo (Mt. 28:19).
El hombre coexistió con Dios y el universo (p. 280).

Dios creó al hombre (Gn. 1:27).
La materia es desconocida en la infinitud de la mente (p. 280).
Cristo es el Salvador del cuerpo (Ef. 5:23).

El hombre tiene un cuerpo libre de sensaciones (p. 280). Ella sintió en su cuerpo que había sido curada (Mr. 5:29).

El espíritu y la materia se repelen, como la luz y las tinieblas; cuando el uno aparece la otra desaparece (p. 261).
Vuestro cuerpo es el templo del Espíritu de Dios (1 Co. 6:19).
La verdad demostrada en la vida eterna (p. 289). Esta, empero, es la vida eterna: Que te conozca a ti, único Dios verdadero y a Jesucristo a quien tu enviaste (Jn. 17:3).

A los mortales no les espera ningún juicio final (p. 291).
Está determinado que después de la muerte viene el juicio (He. 9:27).
En realidad el mal no existe (p. 311).
Aborreced lo malo (Ro. 12:9).
Lo que se pierde no es el alma pecadora, sino el sentimiento del pecado (p. 311). ¿De qué aprovechará al hombre ganar todo el mundo, y al fin perder su alma? (Mt. 16:26).

Puesto que el alma es inmortal, no puede pecar (p. 468). El alma que pecare, esa alma morirá (Ez. 18:4).

La segunda aparición de Jesús es incuestionablemente, el advenimiento de la idea avanzada de Dios en la Ciencia Cristiana (p. 96). Yo vendré otra vez (Jn. 14:3). Este Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, ha de venir de igual modo que le habéis visto ir al cielo (Hch. 1:11).

En un párrafo anterior dijimos que la Ciencia Cristiana pretende enseñar pasajes bíblicos y temas afines, pero empleando palabras y términos que no quieren decir lo que generalmente se entiende por ellos. Si usamos el vocablo “mesa”, todo el mundo entenderá lo que queremos decir; nadie supondrá que queremos decir “zapato”, porque tal conducta significaría el más terrible confusionismo. Pero resulta que eso es exactamente lo que hace la Ciencia Cristiana, y para quien dude lo que afirmamos aquí van las pruebas.
La Biblia de María Baker Eddy contiene un glosario. Alguien ha dicho que muy bien podría formar parte de alguna revista cómica y chistosa. Usted juzgará si es exagerada la frase:
Benjamín, el hijo del patriarca Jacob, quiere decir “la creencia física en cuanto a la vida, a la subsistencia y a la mente”.
Dan, otro hijo de Jacob, quiere decir “magnetismo animal”.
Eufrates, río de Babilonia, es “la ciencia divina, abarcando el universo y el hombre”.
Hiddekel, otro nombre que se da al río Tigris, de Babilonia, es “la ciencia divina, comprendida y reconocida”.
El Espíritu Santo quiere decir la “Ciencia Cristiana”; los desarrollos de la vida eterna, de modo que, según el axioma geométrico de que varias cosas que son iguales a una misma cosa son iguales entre sí, el río Hiddekel es el Espíritu Santo. Esta el la lógica de la metafísica de María Baker Eddy.
Madre quiere decir Dios. Esta explicación es muy significativa por el hecho de que María Baker Eddy exigió a sus discípulos que a ella sola la llamaran madre y ella se deshizo de su hijo.
Cartera es el lugar donde se ahorran tesoros en la materia, o sea el error, error que no impidió que María Baker Eddy ahorrará muchos millones de pesos oro en pocos años, y que todos los alumnos curanderos que se graduaban en su Escuela Metafísica, durante toda la vida tenían que entregarle una participación de sus ganancias…
Antes de cerrar este capítulo, deseamos decir algo referente a la Ciencia Cristiana en relación con la cura de las enfermedades por medio de la fe. Y lo queremos decir porque es sobre este aspecto que esta herejía tiene un ascendiente bastante efectivo sobre cierto tipo de mentalidades, especialmente si han surgido del catolicismo romano donde la caso totalidad de sus feligreses no sabe nada, o casi nada, de la Biblia. Esta herejía usa la Biblia, es verdad; pero la usa como la empleó Satanás en el desierto cuando tentó al Señor, es decir según a ella le conviene. Cita los pasajes que parecen favorecer su sistema, los retuerce a su antojo y paladar y los entremezcla con la famosa metafísica y ya tiene la cocción fabricada, lista para propinarla a los ignorantes de la Biblia e incautos que caen en sus redes.
También existen sedicientes evangélicos que han caído en sus trampas. ¿Quiénes eran? Personas que nunca han tenido la experiencia de su conversión y salvación; gente que nunca estudió la Biblia; que era evangélica por tradición, como podrían haber sido musulmana o incrédula. Porque es imposible que un cristiano evangélico, que sabe lo que es la vida cristiana y la Palabra de Dios se deje atrapar por este enredo de tinieblas. Frente a la luz de las Sagradas Escrituras la Ciencia Cristiana es una abominación, como fue la de los nicolaítas en el tiempo del Juan (Ap. 2:15).
Dijimos que antes de cerrar este capítulo deseamos decir una palabras sobre esta herejía en relación con la curación de las enfermedades por la fe. No podremos extendernos mucho, porque el espacio no lo permite; pero si quisiéramos orientar algo:
En primer lugar declaramos que creemos en el poder de la , pero la en la relación con un Dios personal, no un principio abstracto y metafísico. La siempre es diálogo, no monólogo; es conversación entre dos personas: Dios y el ser humano. Creemos en la curación divina, pero Dios no está circunscrito ni encerrado dentro de un método o sistema determinado.
En segundo lugar, la religión cristiana no es superstición, magia ni superchería; de ninguna manera rechaza la que puede suministrar la medicina, la cirugía, la higiene, etc., para restaurar la salud perdida.
El cebo que emplea la Ciencia Cristiana es la curación de las enfermedades; ella pretende curarlas todas, aunque por otro lado, niega su realidad y existencia. Debemos recordar que existen dos tipos de enfermedades: funcionales y orgánicas. A las primeras pertenecen los estados de ánimo, nerviosidades de distintos tipos, reveladas por insomnios, dispepsias, muchos tipos de neuralgias, jaquecas, etc. y a las segundas pertenecen la tuberculosis, cáncer, Mal de Pott, difteria, etc. Las de primer tipo pueden ser curadas si el enfermo cambia de ánimo, ya sea porque tiene confianza en la persona que trata de infundírselo por medio de otro método de vida, alimentación, distracción o, a veces, yendo a causas morales y espirituales que son las causantes de tales trastornos funcionales.
La Ciencia Cristiana pretende fundase sobre la Biblia para justificar sus posiciones. Pero, cuando leemos el N.T. con atención, ¿qué descubrimos? Que para Jesús existió:
1) La realidad del pecado.
2) La necesidad de su destrucción (He. 2:14 y 1 Jn. 3:8).
3) La realidad del perdón.
4) La necesidad de anteponerlo a la salud física (Mt. 9:1-8).

Para Jesús existió:
1) La realidad del mundo físico. Habló de pájaros, flores, graneros, dinero, etc.
2) La realidad del hombre con sus necesidades: comida, vestido, trabajo, familia, pleitos, etc.

Para Jesús existió:
1) La realidad de las enfermedades.
2) La necesidad de curarlas.
3) Usó medios para curarlas.

Jesús jamás empleó palabras capciosas, engañosas o de doble sentido. Al pan lo llamó pan, y al agua, agua, y al pecado, pecado. Jesús nunca buscó la fe, o confianza, de los hombres por lo que El podía hacer en ellos por medio de la curación de sus males físicos. Siempre buscó la fe que descansó en El personalmente.
Concluimos este capítulo diciendo que esta herejía, no tiene nada de ciencia, y mucho menos de “cristiana”.

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