Volver a Vida de Jesús

El año de oposición

El cambio de sentimientos hacia él.

Durante todo un año Jesús prosiguió su obra en Galilea con energía incesante, andando entre las multitudes dignas de lástima que solicitaban su ayuda milagrosa y aprovechando toda oportunidad para derramar sus pala­bras de gracia y verdad en el oído de la muchedumbre o del ansioso inquiridor solitario. En centenares de hogares a cuyos miembros había devuelto la salud y la alegría, su nombre debe de haber llegado a ser el asunto principal de conversación. Miles de espíritus cuyas profundidades habían sido movidas por su predicación, pensaban en él con gratitud y amor. El eco de su fama resonaba cada vez más distante. Por algún tiempo parecía que todos los de Galilea iban a ser sus discípulos y que el movi­miento comenzado de esta manera podría con facilidad extenderse hacia el sur, venciendo toda oposición y envolviendo todo el país en un entusiasmo de amor para con el que los curaba, y de obediencia al Maestro.

Pero apenas habían pasado doce meses, cuando se hizo tristemente evidente que esto no había de ser. La mente galilea resultó ser terreno pedregoso, en donde la semilla del reino brotó con rapidez, pero con igual rapi­dez se marchitó. El cambio fue repentino y completo, y alteró de una vez todas las condiciones de la vida de Jesús. Permaneció en Galilea otros seis meses: pero és­tos fueron muy diferentes de los doce anteriores. Las voces que se oían alrededor de él ya no eran aclamaciones resonantes de gratitud y aplauso, sino voces amargas y blasfemas de oposición. Ya no se le podía ver moviéndo­se de una población grande a otra en el centro del país, bien recibido por los que lo aguardaban para ver o experimentar sus milagros, y seguido por miles, ansiosos de no perder ni una sola palabra de sus discursos. Era un fugitivo buscando los lugares más distantes y extraños y acompañado sólo por un número reducido de discípulos.

Al fin de los seis meses dejó a Galilea para siempre, pero no como en un tiempo pudiera haberse esperado, llevado en alto sobre la crecida ola de reconocimiento público, para hacer fácil conquista de los corazones en la parte meridional del país y tomar posesión victoriosa de Jerusalén, hecha incapaz de resistir a la voz unánime del pueblo. Es cierto que trabajó por otros seis meses en la parte meridional del país —Judea y Perea— y que donde sus milagros eran vistos por primera vez no falta­ban las mismas señales de entusiasmo público que había encontrado en los primeros meses de gozo en Galilea; pero lo más que hizo fue añadir unos pocos a la compa­ñía de los fieles discípulos.

En verdad, desde el día en que salió de Galilea, se dirigió constantemente hacia Jerusalén; y los seis meses que pasó en Perea y Judea pueden considerarse como ocupados en un lento viaje para allá; pero el viaje fue emprendido con la plena convicción, que expresaba abiertamente a sus discípulos, de que en la capital no habría de conseguir ningún triunfo sobre corazones entusiastas y mentes convencidas, sino un rechazamiento nacional definitivo, ser muerto en vez de coronado.

Debemos indicar las causas y el progreso de este cambio de sentimiento de parte de los galileos, y de este triste cambio en la carrera de Jesús.

 

Causas  de  la  oposición

Desde el principio, las clases influyentes e instruidas habían tomado una actitud de oposición a Jesús. Los sectores más mundanos de ellas —los saduceos y los herodianos— por largo tiempo les prestaron poca aten­ción. Tenían sus propios negocios en que ocuparse: sus riquezas, su influencia política y sus diversiones. Poco les interesaba el movimiento religioso que se veri­ficaba entre las clases inferiores. El rumor público de que había aparecido uno que profesaba ser el Mesías no des­pertó ningún interés en ellos, porque no participaban de las esperanzas populares sobre el asunto. Se decían unos a otros que éste no era más que otro de los pretendientes que las ideas peculiares del pueblo seguramente levanta­rían de tiempo en tiempo. Fue sólo cuando les pareció que el movimiento amenazaba conducir a una revolución política, la cual atraería sobre el país la mano férrea de sus gobernantes romanos y daría al Procurador una excusa para nuevas extorsiones en que peligrarían las propiedades y comodidades de ellos mismos, que se despertaron y fijaron su atención en él.

 

Motivos de la oposición de los fariseos

Fue muy diferente la reacción de los sectores más religiosos de las clases elevadas: los fariseos y los es­cribas. Ellos tomaban un interés profundo en todos los acontecimientos eclesiásticos y religiosos. Un movi­miento de carácter religioso entre el pueblo excitaba fuertemente su atención, porque ellos mismos aspiraban a la influencia popular. Una voz nueva en el campo profe­tice o la promulgación de una nueva doctrina o dogma cautivaba su oído inmediatamente. Pero sobre todo, cualquiera persona que se presentara como el Mesías, producía en ellos una grande excitación, ya que abriga­ban los más ardientes deseos mesiánicos, y en este tiempo sufrían intensamente bajo el yugo extranjero.

En su relación con el resto de la comunidad, ellos correspondían a nuestro clero y principales legos religio­sos, y es probable que formaban una proporción similar de la población y ejercían cuando menos tanta influencia como éstos tienen entre nosotros. Se ha calculado que el número de ellos puede haber llegado a seis mil. Se consideraban como las personas mejores del país, los que conservaban la respetabilidad y la ortodoxia, y las masas los respetaban como personas que tenían el derecho de juzgar y determinar todos los asuntos religiosos.

No se les puede acusar de haber desatendido a Jesús. Le daban su más empeñosa atención desde el principio. Le seguían paso a paso. Discutían sus doctrinas y sus pretensiones, y tomaron por fin una decisión respecto a él. Esta decisión fue adversa, y la confirmaron con hechos, no disminuyendo su actividad ni por una hora.

Esta es tal vez la más solemne y asombrosa circunstan­cia en toda la tragedia de la vida de Cristo. Aquellos que lo rechazaban, lo perseguían como a una fiera, y lo asesinaron, eran los hombres que se consideraban como los mejores de la nación, como sus maestros y modelos, los que celosamente conservaban las Escrituras y las tradiciones del pasado. Eran hombres que esperaban ansiosamente al Mesías, quienes juzgaron a Jesús, según ellos creían, de conformidad con las Escrituras, y pensaban que estaban obedeciendo los dictados de su conciencia y sirviendo a Dios al tratarle como lo hacían.

No puede dejar de pasar a veces por la mente del lector de los Evangelios un fuerte sentimiento de lástima y una especie de simpatía hacia ellos. ¡Jesús era tan diferente del Mesías que ellos esperaban y que sus padres les habían enseñado a esperar! ¡Contrariaba tan completamente sus preocupaciones y máximas, y des­honraba tantas cosas que ellos habían aprendido a con­siderar como sagradas! Se les puede compadecer segura­mente; nunca hubo crimen como el de ellos, y nunca hubo castigo como el de ellos. Sentimos la misma tristeza con respecto a aquellos que se hallan arrojados en medio de cualquiera grande crisis en la historia del mundo y que, no entendiendo las señales del tiempo, han caído en errores fatales, como lo hicieron, por ejem­plo aquellos que en el tiempo de la Reforma no pudieron declararse y seguir la marcha de la Providencia.

Sin embargo, ¿qué era lo que les pasaba en el fondo? Era precisamente que estaban tan cegados por el pecado que no podían ver la luz. Sus opiniones con respecto al Mesías habían sido pervertidas por siglos enteros de ape­go al mundo y de falta de espiritualidad. En esto eran herederos parecidos a sus antepasados. Consideraban a Jesús como pecador, porque no se conformaba con las ordenanzas que sus padres profanamente habían añadido a la Palabra de Dios, y porque el concepto que ellos te­nían de lo que es un hombre bueno, al cual concepto no correspondía Jesús, era completamente falso.

Jesús les daba evidencia suficiente, pero no podía darles ojos para verla. Hay algo en el fondo de los corazones buenos y sinceros que, por más larga y pro­fundamente que haya sido sepultado bajo la preocupación y el pecado, salta con alegría y con el deseo de abrazar lo que sea verdadero, lo que sea venerable, lo que sea puro y grande, cuando se acerca. Pero nada de esto había en ellos; sus corazones estaban cauterizados, endurecidos y muertos. Para juzgarle, usaban sus reglas anticuadas y normas arbitrarias, y nunca bastó la grandeza de él para desviarles de su fatal actitud de oposición. El les ponía delante la verdad, pero no tenían el oído afecto a la verdad para reconocer su sonido encantador. Les traía la más deslumbrante pureza, tal que hubiera hecho a los arcángeles velar sus semblantes para mirarla, pero ellos no fueron intimidados. Les acercó el rostro mismo de misericordia y amor celestial, pero sus ofuscados ojos no respondieron.

Podemos en verdad tener lástima de la conducta de tales personas como una espantosa calamidad, pero es mejor temerla y temblar ante ella como una espantosa culpabilidad. Mientras más completamente pecaminosos llegan a ser los hombres, más inevitable es que pequen; en cuanto más grande se hace el cúmulo de pecado de una nación, más inevitable es que se cometa algún ho­rrendo crimen nacional. Pero cuando lo inevitable sucede, es objeto no sólo de lástima, sino también de santa y celosa ira.

Una cosa en Jesús que desde el principio excitó la oposición de ellos fue lo humilde de su origen. Sus ojos estaban deslumbrados por las preocupaciones pro­pias de los ricos y sabios, y no podían ver la grandeza del alma cuando se les presentaba aparte de los acciden­tes de posición y cultura. El era hijo del pueblo. Había sido carpintero, y según creían ellos, había nacido en la ruda y malvada Galilea. No había cursado las escuelas de Jerusalén, ni bebido de las fuentes acreditadas de sabidu­ría que existían allí. Creían que un profeta, y sobre todo el Mesías, debía nacer en Judea, educarse en Jerusalén como el centro de la cultura y de la religión, y aliarse con todo lo que fuera distinguido e influyente en la nación.

Por el mismo motivo se ofendían a causa de los dis­cípulos que él escogió y en cuya compañía andaba. Sus instrumentos escogidos no eran de entre ellos mismos, los sabios y de alta cuna, sino legos sin educación, po­bres pescadores. Aún más, uno de ellos era publicano.

Nada de lo que Jesús hizo, tal vez, ofendió más que la elección de Mateo, recaudador de tributos, para apóstol. Como agentes de una potencia extranjera, los recaudado­res de impuestos eran odiados por todo patriota y por toda persona respetable, tanto por su ocupación como por sus extorsiones y su carácter. ¿Cómo podía Jesús esperar que hombres respetables y educados entraran en un círculo como el que había formado alrededor de sí?

Además, se mezclaba libremente con la clase ínfima de la población; con publícanos, rameras y pecadores. Nosotros que vivimos en los tiempos cristianos hemos aprendido a amarle más por esto que por otra cosa alguna. Nos es fácil ver que si en verdad él era el que salvaba del pecado, no podía hallarse en una compañía que le conviniera mejor que la de los que más necesita­ban la salvación. Ahora sabemos que podía creer que muchas de aquellas almas perdidas eran más bien víctimas de las circunstancias, que pecadores volunta­rios, y que pasando el imán por encima de la basura atraería muchos fragmentos de metal precioso. Los más puros de espíritu y los de más elevada cuna han aprendi­do, desde entonces, a seguir sus pisadas, bajando a los confines de la inmundicia y del vicio para buscar y hallar a los perdidos.

Pero ningún sentimiento de esta naturaleza se recono­cía en el mundo antes de su venida. La masa de pecadores que estaban fuera de los límites de la respeta­bilidad eran despreciados y aborrecidos como enemigos de la sociedad, y no se hacía ningún esfuerzo para sal­varlos. Al contrario, todos los que aspiraban a una distinción religiosa evitaban como una contaminación aun el contacto con ellos. Simón el fariseo, cuando hos­pedó a Jesús, no dudaba de que si fuera profeta y supiera quién era la mujer que le tocaba, la habría despedido.

Tales eran los sentimientos del tiempo. Sin embargo cuando Jesús trajo al mundo el nuevo sentimiento y les mostró el rostro divino de misericordia, debían haberío reconocido. Si sus corazones no hubieran sido completa­mente duros y crueles habrían corrido a dar la bienvenida a esta revelación humana de lo divino. El espectáculo de pecadores que abandonaban sus malos caminos, de mujeres pecaminosas que lloraban a causa de su mala vida, y de extorsionadores como Zaqueo que se volvían sinceros y generosos, debía haberles deleitado. Pero no produjo este resultado, sino sólo que aborreciesen a Je­sús por su compasión, y le llamasen amigo de publícanos y pecadores.

Un tercer y muy grave motivo de oposición era que él mismo no practicaba ni instaba a sus discípulos a practicar muchas de las observancias rituales, tales como ayunos, escrupulosidad en el lavamiento de manos antes de la comida, etc., que se consideraban entonces como los distintivos de un hombre santo.

Se ha explicado ya cómo tuvieron principio estas costumbres. Habían sido inventadas en una edad fer­vorosa pero mecánica, con el fin de hacer resaltar las peculiaridades del carácter judaico y mantener la sepa­ración entre los judíos y las demás naciones. La intención en su origen fue buena, pero el resultado fue deplorable. Pronto se olvidó que no eran más que invenciones humanas; se consideraban como obligato­rias por autoridad divina, y fueron multiplicadas hasta regir toda hora del día y toda acción de la vida. Para la mayoría de los hombres, llegaron a sustituir a la verda­dera piedad y moralidad. Para las conciencias sensibles formaban una carga intolerable, porque apenas se podía dar un paso o mover un dedo, sin peligro de infringir alguna de ellas. Pero nadie dudaba de su autoridad, y la observancia escrupulosa de ellas era reputada como la insignia de una vida santa.

Jesús las consideraba como el mal más grande de la época. Por esto las desatendía y animaba a otros a hacer lo mismo, conduciéndolos al mismo tiempo a los gran­des principios de juicio, misericordia y fe, y haciéndolos sentir la majestad de la conciencia y la profundidad y espiritualidad de la ley. Pero de allí resultó que Jesús fue considerado como impío y engañador del pueblo.

Especialmente en lo referente al sábado se notaba la diferencia entre él y los maestros religiosos. Sobre este punto las restricciones y reglas arbitrarias inventadas por ellos habían llegado a la más portentosa exageración, has­ta el grado de cambiar el día de descanso, de gozo y bendición, en una carga insoportable. El acostumbraba hacer sus curaciones en el sábado. Ellos creían que seme­jantes trabajos eran una violación del mandamiento. Elexpuso el error de su objeción repetidas veces, expli­cándoles el carácter de la institución misma como hecha “para el hombre”, haciendo referencia a los antiguos san­tos, y aun a la analogía de las costumbres de ellos mismos en el día santo. Pero no se convencieron, y como él seguía con su práctica a pesar de las objeciones de ellos, quedó esto como motivo constante y amargo para que lo odiaran.

Se comprenderá fácilmente que habiendo llegado a estas conclusiones por consideraciones tan mezquinas, no estaban de ningún modo dispuestos a escucharle cuando se anunciaba a sí mismo como el Mesías, profesaba perdonar el pecado, e insinuaba su relación superior con Dios. Habiéndose convencido de que él era impostor y engañador, consideraban semejantes aseveraciones como blasfemias odiosas, y no podían menos que desear tapar la boca al que las profería.

Puede parecer extraño que no fueran convencidos por los milagros que hacía. Si realmente hacía los numero­sos y estupendos milagros que se refieren de él, ¿cómo podían resistir a una prueba tan evidente de su misión divina? La discusión entre las autoridades y el rudo razonadora quien Jesús curó de la ceguera, en el capítulo nueve de San Juan, demuestra cuan estrechados se veían a veces por razonamientos semejantes. Pero se habían satisfecho a sí mismos con una réplica audaz. Debe recordarse que entre los judíos, los milagros nunca se habían considerado como prueba concluyente de una misión divina; podían ser hechos por profetas falsos lo mismo que por los verdaderos. Podían ser atribuidos a la acción divina o a la diabólica. Si era una cosa o la otra, debía determinarse por otras consideraciones. Por estas otras consideraciones ellos habían llegado a la conclu­sión de que él no era enviado por Dios; por consiguiente, atribuían sus milagros a una alianza con los poderes de las tinieblas. Jesús combatió esta interpretación blasfema con toda la fuerza de una indignación santa y con argumentos concluyentes; pero es fácil ver que ésta era una posición en que espíritus como los de sus opositores podían atrincherarse con un sentimiento de mucha confianza.

Muy temprano ellos habían formado un juicio ad­verso a él, y nunca lo cambiaron. Aun durante su primer ano en Judea, ya estaba casi formada la decisión en su contra. Cuando se extendió la noticia de su éxito en Galilea, los llenó de consternación, y enviaron comisiones desde Jerusalén, para actuar de acuerdo con los adherentes locales de ellos para hacerle oposición.

Aun durante su año de regocijo Jesús tuvo repetidos encuentros con ellos. Al principio los trataba con consi­deración y apelaba a su inteligencia y a su corazón. Pero pronto vio que esto era inútil, y aceptó su oposición como inevitable. Exponía a sus oyentes lo vacío de las pretensiones de aquéllos, y amonestaba a sus discípulos en contra de ellos. Entre tanto, ellos hacían todo lo que podían pan envenenar la mente del público en contra de él. Su éxito fue tristemente completo. Cuando a fines del año la ola de popularidad de Jesús comenzó a retro­ceder, se aprovecharon de esa ventaja, atacándole más y más atrevidamente.

En su propósito maligno incluso llegaron a azuzar los espíritus fríos de los saduceos y herodianos, persua­diéndoles, sin duda, de que él estaba fomentando una revuelta popular que pondría en peligro el trono de su amo Herodes, que reinaba sobre Galilea.

Aquel príncipe despreciable y sin carácter se hizo también perseguidor de Jesús. Tenía otros motivos de temerlo además de los que indicaron sus cortesanos. Hacía tiempo él había asesinado a Juan Bautista. Era uno de los crímenes más viles y detestables que se hallan en la historia, ejemplo aterrador del modo en que el pe­cado conduce al pecado, y de la perseverancia maligna con que una mujer mala consigue su objeto. Poco des­pués de cometido este crimen, sus cortesanos vinieron para hablar de los supuestos designios políticos de Jesús. Pero cuando tuvo noticia del nuevo profeta, un pensa­miento aterrador atravesó su conciencia culpable. “Es Juan Bautista”, exclamó él, “a quien degollé. Se ha levantado de entre los muertos”.  Sin embargo deseaba verlo, sobrepujando su curiosidad a su terror.

Era el deseo del león de ver al cordero. Jesús nunca respondió a la invitación. Pero precisamente por esto Herodes puede haber estado más inclinado a escuchar las sugestiones de sus cortesanos de que lo arrestara como persona peligrosa. No pasó mucho tiempo sin que pro­curase matarlo. Jesús se mantenía fuera de su alcance, y sin duda esto, a la vez que otros motivos más importantes, ayudó a cambiar el carácter de la vida de Jesús en Galilea durante los últimos seis meses de su permanencia allí.

 

Enajenación del pueblo común

Opiniones populares acerca de él. Había parecido por algún tiempo que su dominio sobre el espíritu y el cora­zón del pueblo común llegaría a ser tan poderoso que traería irresistiblemente un reconocimiento nacional. Muchos son los movimientos vistos al principio con desagrado por autoridades y dignatarios que, encomen­dándose a las clases inferiores y consiguiendo su entusiasta reconocimiento, han podido llegar a posesio­narse de las clases más elevadas y conquistar los centros de influencia. Hay en el consentimiento nacional un punto en donde cualquier movimiento que a él llega se vuelve avalancha contra la cual la preocupación y el desagrado oficial, por grandes que sean, no pueden sostenerse.

Jesús se entregó al pueblo común de Galilea y ellos le dieron en cambio su amor y admiración. En lugar de odiarlo como lo hacían los fariseos y los escribas, y llamarlo comilón y bebedor de vino, lo consideraban co­mo profeta. Lo comparaban con las más grandes figuras del pasado, y muchos, según se impresionaban más por lo sublime o lo conmovedor de sus enseñanzas, decían que era Isaías o Jeremías, resucitado de entre los muertos.

Era una idea común de la época que la venida del Mesías debía ser precedida por la resurrección de algún profeta. Aquel en quien más se pensaba era Elías. Por consiguiente, algunas personas creían que Jesús era Elías. Pero lo consideraban sólo como el precursor del Mesías, y no como el Mesías mismo. El no corres­pondía en nada a su concepto groseramente materialista del Libertador venidero. De vez en cuando en verdad, después de que él había hecho algún milagro extraordina­riamente notable se levantaba una o algunas pocas voces, diciendo: “¿No es éste el que había de venir? ” Pero maravillosos como eran sus hechos y sus palabras, sin embargo, todo el aspecto de su vida era tan diferente de las preocupaciones de ellos, que la verdad no alcanzó a imponerse en sus espíritus fuerte y universalmente.

Efecto de alimentar a los cinco mil. Por fin pareció haber llegado la hora decisiva. Esto fue precisamente en aquel punto crítico a que nos hemos referido a menudo: el fin de los doce meses en Galilea. Jesús ha­bía sabido de la muerte del Bautista, e inmediatamente se apresuró a ir con sus discípulos a un lugar desierto pa­ra meditar y hablar sobre el funesto suceso. Navegó al la­do oriental del lago, y desembarcando con sus discípulos en la verde llanura de Betsaida, subió con ellos a una montaña.

Pronto se juntó al pie de la montaña una gran multi­tud para oírle y verle. Supieron en donde estaba, y vinieron a él de todas partes. Siempre pronto a sacrifi­carse por otros, descendió para hablarles y curarles. Se iba acercando la noche al mismo tiempo que se prolon­gaba su discurso, cuando movido de un impulso de compasión por la multitud necesitada, efectuó el estu­pendo milagro de alimentar a los cinco mil.

El efecto fue tremendo. Ellos se convencieron instantáneamente de que éste no era otro sino el Mesías, y como no tenían sino un solo concepto de lo que esto quería decir, procuraron tomarlo por la fuerza y hacerlo rey. Querían obligarlo a hacerse el jefe de una revuelta mesiánica, por la cual podrían arrebatar el trono al César y a los principillos que éste había establecido sobre las diferentes provincias.

Negativa de Jesús a ser su rey. Parecía ser la hora suprema del buen éxito. Pero para Jesús mismo era una hora de triste y amarga vergüenza. ¡Este era el único re­sultado de su año de trabajo! ¡Este era el concepto que todavía tenían de él! ¡Y querían ellos determinar el cur­so de sus acciones, en vez de preguntarle humildemente qué quería que ellos hicieran!

Aceptó esto como una indicación decisiva del efecto de su obra en Galilea. Vio cuan poco profundos eran sus resultados. Galilea se había sentenciado a sí misma como indigna de ser el centro desde donde su reino pu­diera extenderse sobre el resto del país. Huyó de tales deseos carnales, y al día siguiente, encontrándolos otra vez en Capernaum, les dijo cuánto se habían equivocado respecto de él. Ellos buscaban un rey de pan, que les diera ociosidad y abundancia, montañas de pan, ríos de leche, toda clase de comodidad sin trabajar. Lo que él tenía para dar era el pan de vida eterna.

Su discurso fue como una corriente de agua fría sobre el entusiasmo fogoso de aquellas turbas. Desde esa hora la causa de Jesús estaba perdida en Galilea. “Muchos de sus discípulos se volvieron atrás, y no andaban más con él”. Esto era lo que él buscaba. El mismo dio el golpe mortal a su popularidad. Resolvió dedicarse desde entonces a los pocos que realmente entendían su carácter y que eran capaces de ser adherentes de una empresa espiritual.

 

El aspecto cambiado de su ministerio

Prueba de los discípulos. Sin embargo, a pesar de que el pueblo de Galilea, en su generalidad, se había mostrado indigno de él, un número considerable perma­necía fiel. El núcleo de este grupo lo formaban los apóstoles; pero había también otros, probablemente has­ta el número de algunos centenares.

Estos llegaron ahora a ser objeto de su cuidado especial. Los había salvado como “tizones arrebatados ‘de en medio del fuego”, cuando toda la Galilea lo había abandonado. Para ellos debe de haber sido un tiempo de grande prueba. Sus opiniones eran, en gran parte, las del pueblo. Ellos también esperaban un Mesías de esplendor mundano. Es cierto que habían aprendido a incluir en su concepto elementos más profundos y espirituales, pero este concepto contenía además los elementos tradicionales y materialistas. Debe de haber sido un misterio penoso para ellos que Jesús tardara tanto en ceñirse la corona. Tan penoso había sido esto para el Bautista en su solitaria prisión, que comenzó a dudar si no habrían sido ilusiones la visión que había tenido en la ribera del Jordán y las grandes convicciones de su vida, y envió a preguntar a Jesús si él realmente era el Cristo. La muerte del Bautista debe de haberles sido un golpe tremendo. Si Jesús era el Poderoso que ellos pensaban, ¿cómo podía permitir que su amigo llegase a tal fin?

Pero a pesar de esto, no lo abandonaron. Mostraron qué éralo que los retenía cerca de él por la respuesta que uno de ellos dio cuando, después de la dispersión que siguió al discurso de Capernaum, les hizo la triste pre­gunta: “¿Queréis acaso iros también vosotros? ” Le respondió Simón Pedro: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”. Sus opiniones no eran claras; estaban en medio de perplejidades; pero sabían que de él estaban recibiendo la vida eterna. Esto los li­gaba estrechamente con él, y les dio fuerza para esperar hasta que les aclarara aquellos misterios.

Durante los últimos seis meses que pasó en Galilea, abandonó en gran parte su antiguo trabajo de predicar y hacer milagros, y se consagró a la instrucción de estos adherentes. Hizo con ellos largos viajes a las partes más distantes de la provincia, evitando la publicidad en cuan­to fuera posible. Así lo hallamos en Tiro y Sidón, lejos* al noroeste; en Cesárea de Filipo, en el lejano nordeste; y en Decápolis al sur y oriente del lago. Estos viajes, o más bien huidas, se debían en parte a la amarga oposición de los fariseos y en parte al temor de Herodes, pero principalmente al deseo de estar a solas con sus discípu­los. El resultado precioso de estos viajes se ve en un incidente que se verificó en Cesárea de Filipo. Jesús comenzó a preguntar a sus discípulos cuáles eran las opi­niones populares acerca de él, y le dijeron las varias conjeturas que circulaban: que era un profeta, que era Elias, que era Juan Bautista, etc. “Pero vosotros, ¿quién decís que soy”, preguntó él; y Pedro contestó por todos; ” ¡Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo! “. Esta era la convicción deliberada y definitiva en la cual ellos estaban resueltos a permanecer, sucediera lo que sucediera. Jesús recibió esta confesión con grande regocijo, e inmediata­mente reconoció en los que la hicieron el núcleo de la futura iglesia que iba a ser edificada sobre la verdad a que ellos habían dado expresión.

Pero el haber alcanzado ellos esto no hizo sino prepararles para una nueva prueba de su fe. Desde entonces, se nos dice, comenzó él a informarles sobre sus sufrimientos y muerte que se aproximaban. Estos acontecimientos se destacaban con claridad en su propia mente como el único fin que podía esperarse de su carre­ra. Esto lo había indicado a ellos antes; pero con esa fina y cariñosa consideración con la que siempre acomo­daba su enseñanza a la capacidad de ellos, no se refería a estas cosas con frecuencia. Pero ahora que eran capaces hasta cierto punto de soportarlo, y como era inevitable y estaba ya cerca, lo afirmaba constantemente.

Sin embargo, ellos mismos nos dicen que no lo enten­dían ni en lo más mínimo. En unión de sus compatriotas esperaban a un Mesías que se sentara en el trono de David, y cuyo reino no tendría fin. Creían que Jesús era este Mesías; y les era completamente incomprensible cómo, en lugar de reinar, había de ser muerto al llegar a Jerusalén. Le escuchaban, discutían sus palabras entre sí, pero consideraban la significación literal de lo que decía como una absoluta imposibilidad. Pensaban que él no hacía más que emplear una de las expresiones parabólicas a que era tan afecto, y que el verdadero significado era que la humilde forma actual de su obra había de morir y desaparecer, y que su causa se levanta­ría, por decirlo así, del sepulcro en una forma gloriosa y triunfante. El procuraba desengañarlos, entrando más y más minuciosamente en los detalles de sus sufrimientos venideros. Pero sus mentes no podían recibir la verdad.

Las frecuentes disputas entre ellos en este período, sobre quién sería el mayor de ellos en el reino venidero, y la petición de Salomé, que deseaba que sus hijos se sentaran el uno a la derecha de Jesús y el otro a su izquierda en su reino, demuestran cuan lejos del sentido verdadero estaban aun los mejores de ellos. Cuando dejaron a Galilea y subieron a Jerusalén, fue con la con­vicción de que “el reino de Dios iba a ser manifestado inmediatamente”, es decir, que Jesús, al llegar ala capi­tal, dejaría la apariencia de humillación que había llevado hasta entonces, y venciendo todo obstáculo por alguna manifestación de su gloría hasta entonces oculta, se sentaría sobre el trono de sus padres.

¿Cuáles eran los pensamientos y sentimientos de Jesús mismo durante este año? Para él fue un año de dolorosa prueba. Ahora por primera vez las profundas lineas de ansiedad y dolor se trazaban en su semblante. Durante el año de trabajos prósperos en Galilea, él estaba sostenido por el gozo de su constante buen éxito. Pero ahora llegaba a ser, en el sentido más exacto el “varón de dolores”. Detrás de él estaba su rechazamiento por Galilea. La tristeza que sentía al ver que el terreno en el cual había empleado tanto trabajo resultaba ser estéril, puede medirse sólo por la grandeza de su amor a las almas que deseaba salvar, y la profundidad de su consagración a su obra. Delante de él estaba su rechaza­miento en Jerusalén. De este rechazamiento en Jerusalén estaba ahora seguro; se le presentaba y se destacaba constantemente y de una manera inequívoca a sus ojos, cada vez que los dirigía hacia el futuro. Absorbía sus pensamientos. Era una perspectiva terrible; y ya que se acercaba, conmovía a veces su alma con un conflicto de sentimientos tales que apenas nos atrevemos a imaginár­noslos.

Permanecía mucho tiempo en oración. Este había sido siempre su deleite y su recurso. En su período de mayor ocupación estuvo a menudo tan cansado de los trabajos del día, que al acercarse la noche estaba para dejarse caer rendido de fatiga. A pesar de esto, acostum­braba escaparse de las multitudes y de sus discípulos y subir a la cima de una montaña, donde pasaba la noche en solitaria comunión con su Padre. Nunca dio un paso importante sin pasar una noche así. Pero ahora él estaba a solas con mucha mayor frecuencia que en ningún otro período, exponiendo su situación a Dios “con vehemen­te clamor y lágrimas”.

Sus oraciones recibieron una respuesta admirable en la Transfiguración. Esta escena gloriosa se verificó a mediados del año de oposición, un poco antes de que dejara a Galilea y emprendiera su viaje final.

La Transfiguración se verificó en parte para bien de los tres discípulos que lo acompañaron a la cima de la montaña, para aumentar su fe y hacerlos capaces de confirmar a sus hermanos. Pero tuvo un propósito espe­cial referente a él mismo. Era una gracia especial de su Padre, un reconocimiento de su fidelidad hasta esta hora y una preparación para lo que aún le esperaba. Su parti­da, que iba a efectuar en Jerusalén, fue el tema de que conversaba con sus grandes predecesores Moisés y Elías, quienes podían participar de sus mismos sentimientos y a cuya obra había de dar cima con su muerte.

Inmediatamente después de este suceso, dejó a Gali­lea y se dirigió hacia el sur. Ocupó seis meses en el camino a Jerusalén. Era parte de su misión predicar el reino en todo el país, y así lo hizo. Envió setenta de sus discípulos delante de él a fin de preparar las aldeas y poblaciones para recibirlo. Otra vez, en este nuevo campo, hubo las mismas manifestaciones que se habían visto en Galilea durante los primeros meses de su trabajo allí; las multitudes que le seguían, las maravi­llosas curaciones, etc.

No tenemos sobre este período informes suficientes para seguirlo paso a paso. Lo encontramos en los con­fines de Samaria, en Perea, en las riberas del Jordán, en Betania, en la aldea de Efraín. Pero Jerusalén era su término. Puso su rostro como un pedernal para ir allí. A veces estaba tan absorto en la anticipación de lo que le iba a suceder allí, que sus discípulos, viéndole caminar delante de ellos rápidamente y en silencio, quedaban llenos de asombro y aterrados. Una que otra vez, es cierto, cedía en algo su exaltación, como cuando bende­cía a los niños o cuando visitaba la casa de sus amigos en Betania. Pero su modo de ser en este período era más austero, absorto y excitado que nunca. Sus disputas con sus enemigos eran más violentas, y las condiciones que imponía a los que se ofrecían para ser discípulos eran más rigurosas. Todo indicaba que el fin se acercaba. Estaba poseído de su gran propósito de expiar los pecados del mundo, y su alma se angustiaba hasta que no fuera cumplido.

La catástrofe se acercaba rápidamente. Durante los últimos seis meses de su vida hizo dos visitas breves a Jerusalén antes de la última de todas. En cada ocasión la oposición de las autoridades tomó una forma más ame­nazante. Procuraron arrestarlo en la primera ocasión, y tomaron piedras para apedrearlo en la segunda. Ya ha­bían decretado que cualquiera que lo reconociese como el Mesías fuese excomulgado. Pero la excitación produ­cida en el espíritu popular por la resurrección de Lázaro a las puertas mismas de la ciudadela eclesiástica fue lo que acabó de convencer a las autoridades de que no podían quedar satisfechas sino con su muerte. Así lo resolvieron en su concilio. Esto se verificó sólo un mes antes de que llegase el fin, y le hizo salir, por lo pronto, de las inmediaciones de Jerusalén. Pero se retiró sola­mente hasta que sonara la hora que su Padre le había designado.

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