Volver a Vida de Jesús

El año de Retiro

Los datos que de este año poseemos son en extremo escasos, y consisten sólo en dos o tres incidentes, que deben ser enumerados aquí, especialmente porque for­man una especie de programa de la futura obra de .

Los primeros discípulos

Cuando él salió del desierto después de los cuarenta días de tentación, con su plan para el futuro mejor comprendido y más asegurado por aquella terrible lucha, y con la inspiración de su bautismo que henchía aún su corazón, apareció otra vez en la ribera del Jordán, y Juan lo señaló como su gran sucesor, del cual había hablado frecuentemente. Lo presentó especialmente a algunos de sus discípulos escogidos, quienes al momento se hicie­ron discípulos de Jesús.

Es probable que el primero de éstos a quienes Jesús habló fuera el que más tarde había de ser su discípulo favorito y dar al mundo el más inspirado re­trato de su carácter y vida. Juan el Evangelista—porque en lo era—ha dejado de este primer encuentro, y de la entrevista que siguió, una narración que retiene en toda su frescura la impresión que la majestad y pureza de Cristo hicieron en su alma impresionable.

Los otros jóvenes que se juntaron a él al mismo fueron Andrés, Pedro, Felipe, y Natanael. Habían sido preparados para seguir a su nuevo Maestro, por haber estado asociados con el Bautista; y aunque no abandonaron por lo pronto sus ocupaciones para seguir a Jesús, como lo hicieron más tarde, recibieron en su pri­mera entrevista impresiones que determinaron toda su carrera subsecuente.

Parece que los discípulos del Bautista no pasaron to­dos a la vez a unirse con Cristo. Pero los mejores de ellos lo hicieron. Algunos mal intencionados trataron de excitar envidia en Juan, llamando su atención al hecho de que él iba perdiendo influencia mientras el otro la ga­naba. Pero conocían poco a ese gran hombre, cuyo principal rasgo característico era su humildad. Les con­testó diciendo que era su menguar mientras Jesús crecía, porque Cristo era el esposo que conduce la esposa a su casa, mientras que él no era más que el amigo del esposo, cuya felicidad consistía en ver la corona de fes­tiva alegría puesta en las sienes del otro.

 

El primer milagro

Con sus nuevos seguidores Jesús se apartó de la escena del ministerio de Juan y se fue para el norte, a Cana de Galilea, para asistir a unas bodas a que había sido invi­tado. Aquí hizo la primera manifestación del poder milagroso de que acababa de ser dotado, cambiando el agua en vino. Fue una manifestación de su gloria hecha especialmente para sus nuevos discípulos quienes según se nos dice, desde entonces creyeron en él, lo cual quiere decir sin duda, que fueron completamente convencidos de que él era el Mesías. También tenía por objeto dar la nota fundamental de su ministerio como totalmente di­ferente del ministerio del Bautista. Juan era un ermitaño ascético, que huía de las moradas de los y lla­maba a sus oyentes a que salieran al desierto. Pero Jesús traía nuevas de gozo a los hogares de los ; iba a mezclarse en la vida común de ellos, y a efectuar una fe­liz revolución en sus circunstancias, lo cual sería como cambiar en vino el agua de su vida.

 

La purificación del templo

Poco después de este milagro, Jesús volvió otra vez a Judea para asistir a la Pascua, donde dio otra prueba aún más notable del alegre y entusiasta estado de su mente en aquel tiempo. Purgó el templo de los vendedores de animales y de los cambiadores de dinero, que habían in­troducido su tráfico a los atrios sagrados.

Se les permitía a estas personas seguir su sacrílego trá­fico bajo el pretexto de la comodidad de los forasteros que venían para adorar en , vendiéndoles las víctimas que no podían traer desde países extranjeros, y proporcionándoles a cambio de dinero extranjero las mo­nedas judaicas que eran las únicas con que podían pagar sus contribuciones al templo. Pero lo que había comen­zado bajo el velo de un pretexto piadoso, había llegado a ser una perturbación enorme al culto, y a echar a los pro­sélitos gentiles del lugar que les había concedido en su casa.

Es probable que Jesús haya presenciado con indigna­ción esta vergonzosa escena muchas veces durante sus visitas a Jerusalén. Ahora, con el celo profetice de su bautismo sobre él, prorrumpió en una manifestación de su desagrado. La misma mirada de irresistible pureza y majestad que había asombrado a Juan cuando Jesús pedía el bautismo, evitó de parte del innoble gentío toda resistencia hizo que los espectadores reconocieran en él las facciones de los profetas de los días antiguos, ante quienes reyes y turbas igualmente temblaban. Fue el principio de su obra de reformación contra los abusos religiosos de la época.

 

Nicodemo

Hizo otros milagros durante la fiesta, los cuales deben de haber suscitado muchos entre los pere­grinos de todo lugar, cuya multitud llenaba la ciudad. Uno de los resultados de estos milagros fue el traer a su alojamiento, una noche, a aquel venerable y ansioso in­vestigador a quien pronunció el maravilloso discurso so­bre la naturaleza del nuevo reino y los requisitos para ser admitido en él, que nos ha sido conservado en el capítulo 3 del según San Juan. Parecía ser una señal de esperanza el que uno de los principales de la nación se acercara a él en un espíritu tan humilde; pero Nicodemo fue el único de ellos sobre cuya mente la primera mani­festación del poder del Mesías produjo una impresión honda y favorable.

 

 

Causas de la escasez de informes sobre este año

Hasta aquí seguimos con claridad los primeros pasos de Jesús. Pero en este punto nuestros informes con respecto al primer año de su ministerio, después de co­menzar con tanta abundancia, terminan por completo y durante los ocho meses siguientes nada sabemos de él, sino que bautizaba en Judea—”aunque Jesús no bauti­zaba, sino sus discípulos”—y que él “hacía y bautizaba más discípulos que Juan”.

¿Qué puede significar semejante vacío? Es de notarse también que sólo en el cuarto Evangelio tenemos los po­cos detalles indicados arriba. Los otros tres omiten por completo el primer año de su ministerio, y comienzan su narración con el ministerio en Galilea, apenas indican­do de la manera más ligera que hubo uno anterior en Judea.

Es harto difícil explicar esto. La explicación más natural sería tal vez, que los incidentes de este año eran’ imperfectamente conocidos al tiempo en que los evangelios fueron escritos. Sería enteramente natural que los pormenores del período durante el cual Jesús no había llamado mucho la atención pública, se hubie­ran recordado con menos exactitud que los períodos en que él era, por mucho, el personaje más conocido del país. Pero, en verdad, los sinópticos hacen poca men­ción de lo que sucedía en Judea hasta que se acercaba el fin de su vida. Es a Juan a quien debemos la narra­ción sistemática de sus repetidas visitas al Sur.

Pero es difícil que Juan, al menos, haya ignorado los acontecimientos de estos ocho meses. Quizás hallemos la explicación, fijándonos en un hecho poco observado, referido por Juan; que por algún tiempo Jesús conti­nuó en la obra del Bautista. Bautizaba por manos de sus discípulos y juntaba aun mayores multitudes que Juan. ¿No quiere decir esto que estaba convencido, por la poca impresión que su manifestación de sí mismo en la Pascua había producido, que la nación aún estaba ente­ramente incapaz de recibirlo como el Mesías, y que era necesario continuar la obra preparatoria de arrepenti­miento y bautismo; y por consiguiente, teniendo en reserva su carácter más elevado, se hizo por algún tiempo colega de Juan? Confirma esta opinión el hecho de que fue al tiempo de la prisión de Juan, a fines de este año, cuando  entró  de  lleno  en  su  carrera  mesiánica en Galilea.

También se ha sugerido otra explicación más pro­funda del silencio de los sinópticos acerca de este pe­riodo, y sus pocas noticias de sus visitas posteriores a Jerusalén. Jesús vino primeramente a la nación judaica, cuyos representantes autorizados se hallaban en Jerusalén. El era el Mesías prometido a sus padres, el complemento de la historia de su nación. En verdad tenía una misión mucho más extensa para con todo el mundo, pero debía comenzar con los judíos y en Jerusalén. La nación sin embargo, representada por sus caudillos en Jerusalén, lo rechazó, y así él se vio obligado a establecer desde otro centro la comunidad que había de abarcar todo el mundo. Habiéndose hecho evidente esto antes del tiempo en que fueron escritos los evangelios, los sinópti­cos pasaron casi en silencio, como obra de resultados puramente negativos, su actividad en el centro de la na­ción, y concentraron la atención en el período de su ministerio en el cual él estaba formando la compañía de almas fíeles que había de ser el núcleo de la iglesia cristiana. Sea esto como fuere, a fines del primer año del ministerio de Jesús ya se proyectaba sobre Judea y Jerusalén la sombra de un tremendo suceso futuro; la sombra del más espantoso crimen nacional que el mundo ha visto jamás, el rechazamiento y la crucifixión de su Mesías.

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