Volver a Vida de Jesús

El Fin

La Pascua

Estaba por terminarse el tercer año del ministerio de Jesús, cuando las estaciones trajeron en su giro la gran fiesta anual de la Pascua. Se dice que en semejante ocasión se juntaban en Jerusalén hasta dos o tres mi­llones de forasteros. No sólo se congregaban de todas partes de , sino que venían por mar y por tierra de todos los países en donde la raza de Abraham estaba dispersa, para celebrar el suceso que dio comienzo a su historia nacional.

Eran atraídos por varios motivos. Algunos venían con los pensamientos solemnes y el profundo gozo religioso que correspondían al recuerdo venerable que se cele­braba. Algunos deseaban principalmente reunirse con parientes y amigos de quienes habían estado largo tiempo separados por residir en tierras lejanas. No pocos de los más bajos traían consigo las pasiones favoritas de su ra­za, y se interesaban principalmente por hacer algún buen negocio en un concurso tan grande.

Pero este año, los de miles de personas esta­ban llenos de excitación especial y venían a la capital esperando ver algo más notable que todo lo que habían visto hasta entonces. Esperaban ver en la fiesta a Jesús, y abrigaban muchos vagos presagios sobre lo que pudiera suceder relativo a él. El nombre de él era la palabra que más que ninguna otra, pasaba de boca en boca entre los grupos de peregrinos que llenaban los caminos, y entre las reuniones de judíos que conversaban entre sí sobre la cubierta de las naves que venían de Asia Menor y de Egipto.

Sin duda estarían presentes casi todos los discípulos de Jesús, abrigando la ardiente esperanza de que por fin, en esta reunión nacional él dejaría la apariencia de humillación que ocultaba su gloria, y de alguna manera irresistible demostraría que era el Mesías. Debe de ha­ber acudido multitud de personas de la parte meridional del país, en donde él había pasado los últimos meses, llenos de las mismas opiniones entusiastas acerca de él que habían prevalecido en Galilea a fines de su primer año allá. Sin duda había también miles de galileos favo­rablemente dispuestos hacia él y prontos a tomar el más profundo interés en todo nuevo aspecto de sus asuntos. Otros miles, de puntos más lejanos, que habían oído hablar de él pero nunca lo habían visto, subían a la capi­tal con la esperanza de que él estaría allí, y de que tendrían la ocasión de ver un milagro o de escuchar las palabras del nuevo profeta.

Las autoridades de Jerusalén también esperaban su venida, aunque con sentimientos muy diferentes. Espera­ban que algún suceso les daría por fin la oportunidad de quitarlo de en medio; pero no podían menos que temer que él se presentase a la cabeza de un séquito provincial que le diera la supremacía sobre ellos.

 

El rompimiento final con la nación Su arribo a Betania

Seis días antes de que comenzara la Pascua, Jesús llegó a Betania, la aldea de sus amigos Marta, María y Lázaro, situada a media hora de distancia de la ciudad al otro lado de la cumbre del Monte de los Olivos. Era un lugar muy a propósito para vivir durante la fiesta, y allí se alojó con sus amigos. Las solemnidades comen­zaban el jueves, de modo que fue el viernes de la semana anterior cuando él llegó a Betania. Había sido acom­pañado, en los últimos 30 kilómetros, por una inmensa multitud de peregrinos, de quienes él era el centro de interés. Lo habían visto curar al ciego Bartimeo en Jericó y el milagro había producido en ellos una excita­ción extraordinaria. La aldea resonaba con la reciente resurrección de Lázaro, cuando los peregrinos llegaron a Betania y en seguida llevaron a las multitudes que desde todas partes se habían reunido ya en Jerusalén, la noticia de que Jesús había llegado.

 

Entrada triunfal en Jerusalén

Por consiguiente, cuando después de descansar en Betania durante el sábado, salió el domingo para ir a la ciudad, halló las calles de la aldea y los caminos cercanos llenos de una vasta multitud. Estaba formada en parte por los que lo habían acompañado el viernes, en parte, por nuevas aglomeraciones que habían venido tras él des­de Jericó y habían oído hablar en el camino de sus milagros, y en parte por aquellos, que, oyendo que él se acercaba, habían salido en gran número para verlo.

Lo recibieron con entusiasmo, y comenzaron a excla­mar ” ¡Hosana al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosana en las alturas! “. Era un movimiento mesiánico tal como aquellos que él antes había evitado. Pero ahora él lo aceptó. Probable­mente estaba satisfecho de la sinceridad del homenaje que se le tributaba; y la hora había llegado en que nin­guna consideración podía permitirle ocultar más a la nación el carácter con que él se presentaba y lo que exi­gía de la fe de ellos. Pero al ceder a los deseos de la multitud de que asumiera el carácter de un rey, mostró de una manera inequívoca en qué sentido aceptaba tal honor. Mandó traer un pollino de asno, y habiendo sus discípulos puesto sobre el animal sus vestidos, se sentó encima y caminó a la cabeza de la multitud. No venía armado de pies a cabeza, ni montado en caballo de guerra, sino como Rey de sencillez y de paz.

El cortejo pasó la cuesta del Olivete y bajó por su costado; atravesó el Cedrón, y subiendo el declive que conducía a la puerta de la ciudad, pasó por las ca­lles hasta llegar al templo. La procesión se aumentaba conforme avanzaba. Gentes en gran número corrían de todas direcciones para unirse a ella. Las aclamaciones resonaban cada vez más fuertes. Los de la comitiva cor­taban ramas de palmeras y de olivos y las agitaban triunfalmente. Los ciudadanos de Jerusalén corrían a sus puertas, se asomaban a sus balcones, y preguntaban: “¿Quién es éste?”. Los de la procesión contestaban: “Este es Jesús, el profeta de Nazaret”.

Fue en efecto, una demostración enteramente provin­cial. Los de Jerusalén no tomaron parte en ella, sino que se abstuvieron con indiferencia. Las autoridades sabían demasiado bien lo que aquello quería decir, y lo vieron con ira y temor. Llegaron a Jesús y le mandaron dar orden a sus seguidores de que se callasen, insinuando sin duda que si no lo hacía, la guarnición romana que tenía su cuartel cerca, descendería sobre él y sobre ellos, y castigaría la ciudad misma por un acto de traición al César.

No hay punto en la de Jesús en el cual nos sinta­mos más inclinados a preguntar: ¿Qué habría sucedido, si sus aspiraciones se hubieran realizado; si los ciudada­nos de Jerusalén hubieran sido arrastrados por el entusiasmo de los provincianos, y si las preocupaciones de los sacerdotes y escribas hubieran sido vencidas por el torrente de la aprobación pública? Estas cuestiones nos llevan muy pronto a un punto donde no hallamos fondo, pero ningún lector inteligente de los Evange­lios puede menos que hacérselas.

Jesús se había ofrecido formalmente a la capital y a las autoridades de la nación, pero no lo aceptaron. El reconocimiento provincial de sus pretensiones no bastaba para conseguir el consentimiento nacional. Aceptó la decisión como final. La multitud esperaba una señal de él, y en su condición excitada la hubiera obedecido, cualquiera que hubiera sido. Pero no les dio ninguna y, después de mirar un poco a su alrededor en el templo, los dejó y volvió a Betania.

Frustrada así las esperanzas de la multitud, las auto­ridades tuvieron una oportunidad de la cual no tardaron en aprovecharse. Los fariseos no necesitaban estímulo, y aun los saduceos, aquellos fríos y orgullosos amigos del buen orden, viendo en el estado del espíritu popular un peligro para la paz pública, se aliaron con sus acerbos enemigos en la decisión de quitarlo de en medio.

 

El gran día de controversia

El lunes y el martes volvió a aparecer en la ciudad y se ocupó de su antiguo trabajo de sanar y enseñar. Pero en el segundo de estos dius intervinieron las autoridades. Fariseos, saduceos y herodianos. pontífices, sacerdotes y escribas, hicieron en esta sola ocasión causa común. Vinieron a él mientras enseñaba en el templo y le pregun­taron con qué autoridad hacía estas cosas.

Con toda la pompa de traje oficial, de orgullo social y de celebridad popular, se pusieron en contra del sencillo galileo, mientras las multitudes presenciaban la escena. Entraron en una astuta y prolongada controversia con él. sobre puntos escogidos de antemano, poniéndole al frente sus más hábiles controversias para sorprenderle en sus propias palabras.

Procuraban o desacreditarlo ante la concurrencia, o sacar de sus labios, en el calor de la discusión, algo que sirviera de base para acusarlo ante la autoridad civil. Así, por ejemplo, le preguntaron si era lícito dar tributo a César. Si contestaba que sí. ellos sabían que su popu­laridad se acabaría al instante, porque esta sería una contradicción completa a las ideas mesiánicas del pueblo. Si por el contrarío contestaba que no, lo acusarían ante el gobernador romano.

Pero Jesús era en extremo superior a ellos. Hora por hora rechazaba el ataque con firmeza. Su rectitud ponía en vergüenza la duplicidad de ellos, y su destreza en el argumento volvió contra el pecho de ellos todos los dardos que le dirigían. Por fin él llevó la lucha a los te­rrenos de ellos mismos, y les convenció de tanta ignorancia o tanta falta de sinceridad que les puso en completa vergüenza delante de los espectadores. Entonces, cuando los hubo hecho callar, soltó sobre ellos la tempestad de su indignación en la filípica que nos ha sido conservada en el capítulo veintitrés de San Mateo. Expresando sin restricción alguna el juicio adverso que había estado formando durante toda su vida sin haberlo manifestado, expuso las hipócritas prácticas de ellos en que caían como rayos e hicieron de ellos un objeto de escar­nio y de risa, no sólo para los oyentes en aquella ocasión, sino desde entonces para el mundo entero.

Este fue el rompimiento final entre él y ellos. Habían sido completamente humillados delante de todo el pueblo, sobre el cual estaban puestos en autoridad y honor. Esto les parecía intolerable, y se resolvieron a no perder ni una hora en buscar la venganza. Esa misma noche el Concilio Sanedrín celebró una sesión, en el calor de su ira, con el fin de formar algún plan para deshacerse de él. Quizás Nicodemo y José de Arimatea hayan pro­testado contra los procedimientos; pero los hicieron callar con indignación, y por unanimidad acordaron ma­tarlo inmediatamente.

Pero las circunstancias contuvieron su cruel premura. Convenía guardar cuando menos las apariencias de la , y además, era evidente que Jesús gozaba de una popularidad inmensa entre los forasteros que llenaban la ciudad. ¿Qué no podía hacer esa multitud ociosa si se le arrestaba en presencia suya? Era necesario esperar hasta que la masa de los peregrinos saliera de la ciudad. Acababan de llegar con grande repugnancia a esta con­clusión, cuando recibieron una sorpresa inesperada y muy grata; uno de los propios discípulos de él se presentó y ofreció entregarlo por precio.

 

Judas Iscariote

Judas Iscariote es la palabra de escarnio usada por toda la raza humana. En su “Visión del infierno”, Dante lo coloca en el más profundo de todos los círculos de los condenados, como el único que participa con Satanás mismo del castigo más extremado; y al fallo del poeta corresponde el de toda la humanidad.

Sin embargo, Judas no era un monstruo de iniquidad tal que esté más allá de nuestra comprensión o aun de nuestra simpatía. La historia de su vil y espantosa caída es perfectamente inteligible. El se había unido con los discípulos de Jesús, como lo hicieron los otros apóstoles, con la esperanza de tomar parte en una revolución polí­tica y de ocupar algún alto puesto en un reino terrenal. Parece inconcebible* que Jesús lo hubiera hecho apóstol si no hubiera habido en él, en algún tiempo, un entusiasmo noble y una consagración a él.

Que era persona de energía superior y de capacidad administrativa, puede inferirse del hecho de que era tesorero de la compañía apostólica. Pero había en la raíz de su carácter un germen de corrupción que gradual­mente absorbió todo lo que había de bueno en él, y se convirtió en una pasión tiránica. Era el amor al dinero. Lo alimentaba con los hurtos de las pequeñas sumas de dinero que Jesús recibía de sus amigos para las necesida­des de su acompañamiento y para el auxilio de los pobres entre los cuales él estaba continuamente. Judas esperaba dar satisfacción ilimitada a esta pasión cuando llegara a ser canciller de la tesorería en el nuevo reino.

Las miras de los otros apóstoles eran quizás tan mun­danas, al principio, como las de él. Pero el efecto de sus relaciones con el Maestro fue muy diferente. Ellos se hacían cada vez más espirituales; él se hacía siempre más mundano. En verdad, mientras Jesús vivía, ellos nunca alcanzaron a tener la idea de un reino espiritual aparte de uno terrenal, pero los elementos espirituales que su Maestro les había enseñado a agregar a su concep­to material se hacían cada vez más prominentes. En gran manera fue quitado todo lo esencial de su concepto mundano, y quedó solamente la corteza, que a su debido tiempo sería destruida y desaparecería.

Pero las ideas terrenales de Judas lo ocupaban más y más, y lo despojaban cada vez más de todo lo que hu­biera en él de espiritual. Se impacientaba por la realización de estas ideas. Predicar y curar a los enfermos le parecía pérdida de tiempo; la pureza y la espiritualidad de Jesús lo irritaban. ¿Por qué no establecía el reino de una vez? ¡Después podría predicar tanto como quisie­ra! Por fin comenzaba a sospechar que no habría reino alguno tal como lo había esperado. Se consideraba como engañado, y comenzó no sólo a despreciar a su Maestro, sino a aborrecerlo.

El hecho de que Jesús no se hubiese aprovechado de la buena disposición del pueblo en el Domingo de Ra­mos, acabó de convencerlo de que era inútil continuar más en la causa. Vio que el barco se hundía, y se resol­vió a abandonarlo. Llevó a cabo su resolución de una manera tal que correspondía a su pasión dominante y ganaba para sí el favor de las autoridades. El ofreci­miento de Judas llegó a éstas en el momento más a propósito. Lo aceptaron ansiosamente, y habiendo convenido en el precio con este miserable, lo enviaron a que buscara la oportunidad conveniente para entregarlo. La halló más pronto de lo que ellos esperaban; a la segunda noche después de haberse concluido el vil contrato.

 

Jesús en presencia de la muerte Multitud de sus pensamientos

El cristianismo no tiene otra posesión más preciosa que el recuerdo de Jesús durante la semana en la cual estuvo cara a cara con la muerte. Inefablemente grande como era siempre, puede decirse reverentemente que nunca fue tan grande como durante estos días de la más horrenda calamidad. Todo lo que tenía de más sublime y de más tierno, los aspectos humano y divino de su carácter fue manifestado como nunca lo había sido antes.

Jesús vino a Jerusalén con el conocimiento pleno de que su muerte se acercaba. Durante todo un año el hecho había estado constantemente a su vista, y llegó por fin lo que por mucho tiempo se había esperado. Sabía que era la voluntad de su Padre, y cuando llegó la hora dirigió sus pasos con valor sublime al lugar fatal. Pero no fue sin un conflicto terrible de sentimientos; flujo y reflujo de las más diversas emociones. Angustia y éxtasis, el abatimiento más prolongado y abrumador, el gozo más triunfante y la paz más majestuosa iban y ve­nían dentro de él como los movimientos de un vasto océano.

 

 

La muerte en perspectiva

Algunas personas han dudado en atribuir a Jesús algo del horror a la muerte tan natural en los hombres, pero seguramente carecen de razones suficientes. Es un ins­tinto perfectamente inocente; quizás el mismo hecho de que el organismo físico de Jesús era puro y perfecto, puede haber sido causa de que este instinto fuera más fuerte en él que en nosotros. Téngase presente cuan joven era. Tenía apenas treinta y tres años, y las corrientes de la vida eran fuertes en él. Estaba lleno de actividad. Que estas corrientes poderosas fuesen de­tenidas y que la luz y el calor de su vida fuesen apagados en las aguas heladas de la muerte, debe de haberle sido completamente repugnante.

 

La visita de los griegos

Un incidente acaecido el lunes le causó un grande acceso de este dolor instintivo. Algunos griegos que ha­bían venido a la fiesta expresaron por conducto de dos de los apóstoles su deseo de tener una entrevista con él. Había en este período muchos paganos en diferentes partes del mundo donde se hablaba el griego, que habían hallado en la religión de los judíos radicados entre ellos un asilo contra el ateísmo y la repugnante inmoralidad de la época, y se habían hecho prosélitos del culto a Jehová. A esta clase pertenecían estos que le buscaban. Pero su petición conmovió a Jesús con pensamientos que ellos ni se imaginaban.

Solamente dos o tres veces en el curso de su ministe­rio, según parece, tuvo contacto con los representantes del mundo de más allá de los límites de su propio pueblo, siendo su misión exclusivamente para las ovejas perdidas de la casa de Israel. Pero en cada una de estas ocasiones encontró una fe, una cortesía, y una nobleza que con­trastaba con la incredulidad, la grosería y la pequeñez de los judíos. ¿Cómo podía él menos que ansiar sobrepasar los límites estrechos de Palestina y visitar naciones de genio tan sencillo y generoso? Debe de haber tenido a menudo visiones de una carrera como la que Pablo efectuó después, cuando llevó las gozosas nuevas de tierra en tierra y evangelizó a Atenas, Roma y los demás grandes centros del Occidente. ¡Qué gozo habría proporcionado a Jesús semejante carrera, que sentía den­tro de sí la energía y la abundante benevolencia tan a propósito para ese objeto! Pero la muerte estaba cerca para extinguirlo todo.

La visita de los griegos hizo que lo inundara una gran­de ola de pensamientos. En vez de responder a su petición, permaneció absorto, su semblante se oscureció, y su cuerpo se estremecía con la angustia del conflicto interior. Pero pronto se recobró y dio expresión a los pensamientos con los cuales fortificaba su alma en aquellos días: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, él solo queda; mas si muriere, mucho fruto lleva”. “Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos traeré a mí mismo”. Podía ver más allá de la muerte, por terri­ble y extraña que fuese la perspectiva, y podía asegurarse de que el efecto del sacrificio de sí mismo sería infinita­mente más grande y más extenso que jamás podría serlo el de una misión personal al mundo pagano. Además, la muerte era lo que su Padre le había designado. Esta era la última y más profunda consolación con la que calmaba su alma humilde y fiel en esta ocasión como en otras se­mejantes: “Ahora está turbada mi alma; ¿y qué diré? ¡Padre, sálvame de esta hora! Mas por esto he venido en esta hora. ¡Padre, glorifica tu nombre!”

 

Compasión por su patria

La muerte se le acercaba con todo su acompañamien­to terrible. Debía ser víctima de la traición de uno de sus propios discípulos a quienes había escogido y amado. Su vida iba a ser arrebatada por manos de los de su pro­pia nación, en la ciudad tan querida de él. Había venido para exaltar su nación hasta el cielo, y la había amado con una consagración nutrida de la más inteligente y tierna familiaridad con su historia pasada y con los gran­des hombres que la habían amado antes de él, y también del conocimiento de todo lo que podía hacer por ella. Pero su muerte haría descender el azote de mil maldicio­nes sobre Palestina y Jerusalén.

Cuan claramente preveía el porvenir, lo muestra el memorable discurso profetice de Mateo 24, que pronun­ció a sus discípulos en la tarde del martes, sentado en la pendiente del Monte de los Olivos, con la desgraciada ciudad a sus pies. Cuan amarga era la angustia que le causaba quedó demostrado el domingo, cuando aun en la hora de su triunfo, mientras la multitud gozosa lo conducía por el camino de la montaña, se detuvo en el punto en que la ciudad se presenta a la vista, y con lágri­mas y lamentaciones predijo su ruina. Este debía haber sido el día de bodas de la hermosa ciudad, cuando se desposara con el ; pero la palidez de la muerte estaba ya sobre su faz. El, que la hubiera estre­chado contra su corazón, como la gallina recoge sus polluelos debajo de sus alas, veía las águilas ya en el cielo, volando velozmente para despedazarla.

 

Soledad

En las tardes de esta semana iba a Betania; pero es lo más probable que haya pasado la mayor parte de las noches a solas, al aire libre. Vagaba por la soledad de la cumbre y entre los olivares y jardines que cubrían las la­deras de la colina, quizá pasando muchas veces por el mismo camino por donde la procesión había avanzado. Mientras miraba al través del valle, desde el punto en que se había detenido antes, a la ciudad que dormía a la luz de la luna, interrumpía el silencio de la noche con gritos más amargos que las lamentaciones que había inti­midado a la multitud; repitiendo muchas veces a su solitario corazón las grandes verdades que había pronun­ciado en presencia de los griegos.

Su aislamiento era terrible. Todo el mundo estaba en su contra: Jerusalén que ansiaba su muerte con odio apa­sionado, y los miles de provincianos que se habían apartado de él por el desengaño que habían sufrido. Ni uno solo de sus apóstoles, ni aun Juan, comprendía en el menor grado la situación, ni era capaz de ser el depositario de los pensamientos de Jesús. Esta era una de las gotas más amargas de su cáliz. Comprendía, como ninguna otra persona lo ha comprendido, la necesidad de vivir en el mundo después de su muerte.  La causa que él había inaugurado no debía morir.    Era para todo el mundo, y había de durar por todas las generaciones y alcanzar todas las partes del globo.  Pero después de su partida, quedaría en manos de los apóstoles, quienes se mostraban ahora tan débiles, tan indiferentes e ignorantes. ¿Eran capaces de desempeñar la obra?     ¿No había resultado uno de ellos ser traidor?    ¿No naufragaría la causa, ya ido él?    —tal vez así le decía el tentador— y todos sus extensos planes para la regeneración del mundo ¿no desaparecerían como las visiones imaginarias de un sueño?

 

Consuelo en la

Sin embargo, no estaba solo. Entre las densas sombras de los huertos y en la cima del Olivete, buscaba el recur­so inagotable de otros y más felices tiempos, y lo halló en su necesidad extrema. Su Padre estaba con él, y ofreciendo súplicas con vehemente clamor y lágrimas, fue oído y librado de su temor. Tranquilizaba su espíritu la convicción de que el perfecto amor y sabiduría de su Padre determinaban todo lo que le sucedía, y de que estaba glorificando a su Padre y cumpliendo con la obra que le había encomendado. Esto bastaba para desvane­cer todo temor, y llenarlo de un gozo inefable y glorioso.

 

En el cenáculo

Por fin se aproximaba la conclusión. Llegó la noche del jueves, cuando en toda casa de Jerusalén se comía la Pascua. Jesús también, con los doce, se sentó para co­merla. El sabía que ésta era su última noche sobre la tierra y que ésta era su reunión de despedida de los suyos. Afortunadamente se nos ha conservado una his­toria bastante completa de esta ocasión, la cual es bien conocida de todo cristiano. Fue la noche cumbre de su vida. Su alma rebosaba ternura y grandeza indescripti­bles. Algunas sombras, es verdad, cruzaron su espíritu en las primeras horas de la noche. Pero pronto pasaron; y durante las escenas de lavar los pies de los apóstoles, comer la Pascua, instituir la cena del Señor, el discurso de despedida, y la oración pontifical, toda la gloria de su carácter se daba a conocer. Se dejó llevar completamente de los alegres impulsos de la amistad, manifestando sin límite su amor a los suyos. Como si se hubiera olvidado de las imperfecciones de los discípulos, se regocijaba previendo las futuras victorias de ellos y el triunfo de su propia causa. Ninguna sombra interceptaba a su vista el rostro de su Padre, ni disminuía la satisfacción con que miraba su obra ya a punto de consumarse. Era como si la Pasión hubiera pasado ya, y la gloria de su exaltación comenzase a brillar sobre él.

Getsemaní Pero muy pronto vino la reacción.  Levantándose de la mesa a la media noche,pasaron por las calles y salieron fuera de la población por la puerta oriental de la ciudad; atravesando el Cedrón, llegaron a un lugar muy frecuen­tado por él al pie del Olivete; el huerto de Getsemaní. Aquí siguió la pasmosa y memorable agonía. Fue el ac­ceso final del espíritu de depresión que había estado luchando toda la semana con el espíritu de gozo y con­fianza que llegó a su colmo mientras estuvieron a la mesa. Fue el ataque final de la tentación, de la cual su vida nunca había estado exenta.   Pero no nos atrevemos a analizar los elementos de la escena.  Sabemos que todo concepto nuestro ha de ser completamente incapaz de agotar su significado.     ¿De qué manera, sobre todo, podemos apreciar aun en el menor grado,lo que formaba el elemento principal de esa escena, el peso abrumador, aselador, del pecado del mundo, que él expiaba?

Pero la lucha terminó en una victoria completa. Mientras los pobres discípulos pasaban dormidos las ho­ras de preparación para la crisis que ya estaba cerca, El se había preparado completamente para ella. Había subyugado los últimos restos de tentación; la amargura de la muerte había pasado ya; y pudo sostener las esce­nas que siguieron con una calma que nada podía alterar, y con una majestad que convirtió su juicio y crucifixión en el orgullo y la gloria de la humanidad.

 

El juicio

Acababa de triunfar en esta lucha cuando por entre las ramas de los olivos vio moverse a la luz de la luna la turba de sus enemigos, que venían bajando por la ladera opuesta, con el fin de arrestarlo. El traidor estaba a la cabeza de ellos. El conocía bien este sitio tan favorito de su Maestro, y probablemente esperaba hallarlo allí dormido. Por este motivo había escogido para su negro intento la media noche. Esta hora convenía tam­bién a los que lo enviaban, porque temían el estado exaltado de los forasteros galileos que llenaban la ciudad. Por otra parte sabían cuánto horror causaría a sus amigos si habiendo terminado el juicio durante la noche, lo podían presentar al despertarse el pueblo por la mañana, como un criminal ya sentenciado y en manos de los que habían de ejecutar la ley.

Habían traído linternas y antorchas, pensando que podrían hallar a su víctima escondido en alguna cueva o que tendrían que perseguirlo por entre el bosque. Pero él salió a encontrarlos a la entrada del huerto, y ellos temblaron cobardemente ante su mirada majestuosa y sus asoladoras palabras. El se entregó voluntariamente y lo condujeron otra vez a la ciudad. Probablemente era cerca de la media noche, y las horas restantes de la noche y de la madrugada fueron ocupadas con los procedimien­tos legales que debían observar antes de que pudieran satisfacer su sed de venganza.

 

El juicio doble; motivo de esto

Hubo dos juicios: uno eclesiástico y otro civil, en cada uno de los cuales hubo tres grados. Aquel se ve­rificó primero ante Anas, luego ante Caifás, y una comisión irregular del Concilio Sanedrín y finalmente ante una sesión formal de esta corte; el juicio civil se verificó, primero ante Pilato, luego ante Herodes, y por fin ante Pilato otra vez.

La razón de este juicio doble era la situación política del país. Judea, como ya se ha explicado, estaba sujeta directamente al imperio romano. Formaba parte de la provincia de Siria, y era gobernada por un oficial romano que residía en Cesárea. Pero no era la política de Roma despojar de todas las formas de gobierno propio a los países que había subyugado. Aunque regía con manos de hierro, recolectando tributos con severidad, supri­miendo con prontitud toda señal de rebelión y haciendo efectiva su autoridad suprema en las grandes ocasiones, concedía sin embargo a los conquistados, tanto como podía, las insignias de su antiguo poder.

Era especialmente tolerante en materia de religión. En Palestina permitía al Concilio Sanedrín, corte supre­ma eclesiástica de los judíos, juzgar todas las causas religiosas. Solamente si la sentencia era de pena capital, su ejecución no podía verificarse sin que la causa fue­se revisada por el gobernador. Cuando un reo era senten­ciado a la pena capital por el tribunal eclesiástico judío, debía ser enviado a Cesárea y procesado ante la corte civil, a menos que el gobernador estuviera por acaso, en ese tiempo en Jerusalén. El crimen de que fue acusado Jesús correspondía naturalmente a la corte eclesiástica. Esta corte le sentenció a la última pena. Pero no tenía el poder para ejecutarla. Debía entregarlo al tribunal del gobernador, que estaba en ese tiempo en la capital, pues era su costumbre visitada en la Pascua.

 

El juicio eclesiástico

Jesús fue conducido primero al palacio de Anas. Este era un anciano de setenta años, que había sido sumo sa­cerdote veinte años antes, y aún conservaba el título, como lo hacían cinco de sus hijos que le habían sucedido, aunque su yerno Caifás era el sumo sacerdote actual. Su edad, su inteligencia y la influencia de su familia le daban una inmensa importancia social y era en la realidad aunque no en la forma, cabeza del Concilio

EL FIN/  129

Sanedrín. No juzgó a Jesús, pero quiso verlo y hacerle algunas preguntas, de modo que pronto fue llevado del palacio de Anas al de Caifás,que probablemente formaba parte del mismo grupo de edificios oficiales.

Caifás, como actual sumo sacerdote, era presidente del Concilio Sanedrín ante el cual Jesús fue juzgado. Una se­sión legal de esta corte no podía verificarse antes de que saliera el sol, quizá cerca de las seis. Pero muchos de sus miembros estaban ya presentes, atraídos por su interés en el juicio. Estaban ansiosos de emprender su trabajo, tanto para satisfacer su propio odio contra él, como para evitar que el pueblo interviniera en los procedimientos. Por esto resolvieron tener una sesión irregular, en la cual pudiera prepararse la acusación, las pruebas y lo demás, de modo que cuando llegara la hora legal de abrir las puertas, no hubiera más que hacer que repetir las formalidades necesarias y llevarlo al gobernador. Así se hizo; y mientras Jerusalén dormía, estos “jueces celosos” se apresuraron a poner por obra sus negros designios.

No comenzaron como podría haberse esperado, con una exposición clara del crimen de que le acusaban. En verdad, les hubiera sido difícil hacerlo así porque estaban muy divididos entre sí mismos. Muchas de las cosas de la vida de Jesús que los fariseos consideraban como crimi­nales eran vistas por los saduceos con indiferencia; y otros de sus actos tales como la purificación del templo, que habían causado enojo entre los saduceos, agradaban a los fariseos.

El sumo sacerdote comenzó por preguntarle acerca de sus discípulos y su doctrina, evidentemente con el pro­pósito de descubrir si había enseñado algunos principios revolucionarios que pudieran formar la base de una acu­sación ante el gobernador. Pero Jesús rechazó la insinuación, afirmando con indignación que siempre había hablado abiertamente ante todo el mundo, y exi­giendo que indicaran y probaran cualquier mal que él hubiera hecho. Esta réplica poco común indujo a uno de los sirvientes de la corte a herirle en el rostro con una bofetada, acto que según parece, la corte no reprimió, y que demostraba qué clase de “justicia” podía él esperar de parte de sus jueces.

Después se intentó presentar testigos contra Jesús, y varios se presentaron repitiendo afirmaciones que decían haber oído de él, de las cuales se esperaba poder formar una acusación. Pero esto no dio resultado alguno. Los testigos no concordaban entre sí; y cuando por fin, se logró que dos se unieran en una relación torcida de algo que él había dicho al principio de su ministerio, la cual parecía tener algún carácter criminal, resultó ser tan insuficiente que hubiera sido absurdo presentarse con eso ante el gobernador como la base de una grave acusación.

Ellos estaban resueltos a que él había de morir; pero parecía que la presa se les escapaba de las manos. Jesús contemplaba todo en absoluto silencio, mientras los testimonios contradictorios de los testigos se destruían mutuamente. Tranquilamente tomó su posición natural de superioridad sobre sus jueces. Lo comprendían; y por fin el presidente, en un rapto de ira e irritación, se levantó y le mandó que hablase. ¿Por qué habló el pre­sidente en voz tan alta y penetrante? El espectáculo humillante que se estaba verificando en el tribunal y la dignidad silenciosa de Jesús comenzaban a turbar las conciencias aun de estos hombres así congregados al amparo de la noche.

La causa se había perdido por completo, cuando Caifás se levantó de su asiento y con una solemnidad teatral le hizo esta pregunta: ” ¡Te conjuro por el Dios viviente, que nos digas si eres tú el Cristo, el Hijo de Dios!”. Fue una pregunta hecha simplemente con el fin de que se recriminara a sí mismo. Pero él, que había guardado silencio cuando bien podía haber hablado, ahora habló cuando podía haber guardado silencio. Con gran solemnidad contestó afirmativamente que sí, que él era el Mesías y el Hijo de Dios. Nada más necesitaron sus jueces. Por unanimidad lo declararon culpable de blas­femia y digno de muerte.

Todo el juicio se había conducido con precipitación y con total desatención a las debidas formalidades de un cuerpo judicial. Todo era dictado por el deseo de descu­brir alguna criminalidad y no de hacer justicia. Las mismas personas eran a la vez acusadores y jueces. Ni se pensó en presentar testigos a favor de la defensa. Aunque los jueces actuaban, sin duda, en conciencia al dar el fallo, su decisión era la de espíritus cerrados desde mucho antes contra la verdad y poseídos de las pasiones más amargas y vengativas.

El juicio se consideró como terminado ya, siendo una mera formalidad los procedimientos legales después de la salida del sol, que se concluirían en pocos momentos. Por consiguiente, Jesús fue entregado como reo senten­ciado, a la crueldad de sus carceleros y del gentío.

Siguió una escena sobre la cual quisiéramos correr un velo. Estalló sobre él una brutalidad oriental de ultrajes tal que hiela la sangre. Parece que los mismos miembros del Concilio Sanedrín tomaron parte en ella. Este hom­bre que los había confundido, disminuido su autoridad y expuesto su hipocresía, era para ellos muy odioso. Aun la frialdad de los saduceos podía Hervir con bas­tante calor, una vez que se excitara. El fanatismo fari­saico inventó nuevas crueldades. Le dieron de bofetadas, le escupieron, y cubriéndole el rostro y mofándose de sus dones proféticos le mandaban profetizar quién le había herido, mientras le golpeaban cada uno a su turno. Pero no nos detendremos en contemplar una escena tan vergonzosa para la naturaleza humana.

 

El juicio civil

Probablemente fue entre las seis y las siete de la ma­ñana cuando llevaron a Jesús, atado de cadenas, a la residencia del gobernador. ¡Qué espectáculo! ¡Los sacerdotes, maestros y jueces de la nación judaica conduciendo a su Mesías, para pedirle a un gentil que le diera la muerte! Era la hora del suicidio de la nación. ¡Esto era todo lo que había resultado de la elección que Dios había hecho de ellos, tomándolos sobre alas de águilas, y sosteniéndolos todos los días de la antigüedad, enviándoles profetas y libertadores, redimiéndolos de Egipto y de Babilonia, y haciendo que su divina gloria por muchos siglos pasase delante de sus ojos! Parecía estar burlada la misma Providencia. Pero Dios no puede ser burlado. Sus designios marchan a través de todo el hilo de la historia con paso irresistible, sin atender a la voluntad del hombre; y aun esta hora trágica, en que la nación judaica convertía los beneficios divinos en objeto de irrisión, estaba destinada a demostrar las profundida­des de su amor y de su sabiduría.

El hombre ante cuyo tribunal iba Jesús a aparecer era Pondo Piloto, gobernador de Judea desde hacía seis años. Era el tipo de un romano, no de los sencillos del tiempo antiguo, sino de los del tiempo del imperio; un hombre cuya alma carecía por completo de la antigua justicia romana, pero amante de los placeres, imperioso y corrompido. Aborrecía a los judíos a quienes goberna­ba, y en momentos de cólera derramaba libremente la sangre de ellos. Los judíos correspondían con pasión a su aborrecimiento, y lo acusaban de todo crimen, mala administración, crueldad y robo. Visitaba a Jerusalén con la menor frecuencia posible; porque en verdad, para una persona acostumbrada a los placeres de Roma, con sus teatros, baños, juegos y alegre sociedad, Jerusalén, con su religiosidad y el espíritu revoltoso de sus habi­tantes, era una residencia triste. Cuando la visitaba, habitaba en el magnífico palacio de Heredes el Grande, pues era costumbre común que los oficiales enviados por Roma a los países conquistados ocuparan los palacios de los soberanos depuestos.

Por la ancha avenida que conducía al frente del edificio, atravesando un magnífico parque, arreglado con calles, estanques y árboles de todas clases, los miembros del Concilio Sanedrín y la multitud que se había ido uniendo a la procesión a su paso por las calles, condu­jeron a Jesús. El tribunal estaba al aire libre, sobre un embaldosado de mosaico, al frente de aquella porción del palacio que unía sus dos colosales alas.

Las autoridades judaicas esperaban que Pilato acepta­ra la decisión de ellos como suya propia, y que sin entrar en los pormenores del asunto pronunciara la sentencia que deseaban. Los gobernadores de las provincias hacían esto con frecuencia, especialmente en asuntos de reli­gión, los que, como extranjeros, no era de esperarse que entendiesen. Por esto, cuando él preguntó cuál era el cri­men de Jesús, ellos respondieron: “Si este no fuera malhechor, no te lo habríamos entregado”. Pero él no es­taba en disposición de hacer concesiones, y les dijo que si él no juzgaba al criminal, ellos tendrían que contentar­se con aplicarle el castigo que la ley les permitía.

Parece que él sabía algo de Jesús. “Sabía que por envidia lo habían entregado”. Es seguro que estaba informado de la procesión triunfal del domingo; y el he­cho de que Jesús no hiciera uso de aquella demostración para realizar algún fin político, puede haberle convencido de que no era peligroso bajo este punto de vista. El sueño de su esposa puede indicar que Jesús había sido objeto de conversación en el palacio; y quizá el hombre de sociedad y su esposa hayan sentido que su tedio por la visita a Jerusalén había disminuido con la historia del entusiasta y joven aldeano que desafiaba a los fanáti­cos sacerdotes.

Forzados, contra lo que esperaban, a hacer cargos for­males, las autoridades judaicas arrojaron una andanada de acusaciones, de entre las cuales sobresalían estas tres: que pervertía la nación, que prohibía pagar el tributo romano y que se había establecido como rey. En el Concilio Sanedrín ellos lo habían condenado por blas­femia; pero tal acusación habría sido tratada por Pilato, como ellos bien sabían, de la misma manera que fue tratada después por el gobernador romano, Galión, cuan­do los judíos de Corinto la presentaron contra Pablo. Por eso tuvieron que inventar nuevas acusaciones, las cuales presentaran a Jesús como peligroso al gobierno. Es humillante pensar que al hacerlo así, no sólo llegaron a la más grosera hipocresía, sino hasta a falsedades deli­beradas; porque ¿de qué otro modo podemos calificar la segunda acusación, cuando recordamos la respuesta que él dio a esta misma pregunta el martes anterior?

Pilato comprendía su pretendido celo por la auto­ridad romana. Conocía el valor de esta vehemente ansiedad de que el tributo romano fuese pagado. Levan­tándose de su asiento para escapar de los gritos fanáticos de la turba, condujo a Jesús al interior del palacio con el objeto de interrogarlo. Aunque no lo sabía, era para él un momento solemne. ¡Qué suerte tan terrible era la suya que le conducía a ese lugar y en tal tiempo! Había centenares de oficiales romanos esparcidos por el impe­rio, que regían su vida por los mismos principios que normaban la de él. ¿Por qué le tocó a él venir a aplicar estos principios a este caso?

Pilato no tenía ni la más remota idea de los resultados que estaba determinando. El reo puede haberle parecido un poco más interesante y su causa más difícil que las de otros; pero era solamente uno de los centenares que pa­saban diariamente por sus manos. vNo era posible que le ocurriera que, aunque él parecía ser el juez, tanto él como el sistema que representaba comparecían ante el juicio de Uno cuya perfección juzgaba y descubría el carácter de todo hombre y sistema que se aproximaba a él. Le preguntó acerca de las acusaciones hechas en su contra, informándose especialmente de si era verdad que pretendía ser rey. Jesús respondió que no había susten­tado tal pretensión en un sentido político, sino solamente en el terreno espiritual, como Rey de la verdad.

Esta respuesta habría conmovido a cualquiera de aquellos espíritus más nobles del paganismo que pasaban su vida en busca de la verdad; y fue dada tal vez para ver si en el espíritu de Pilato había respuesta a tal sugestión. Pero éste no abrigaba tal pasión por la verdad, y pasó adelante con una risa de desprecio. Sin embargo, estaba convencido de que detrás de ese rostro puro, pacífico y melancólico no había nada de demagogo o revoluciona­rio mesiánico y volviendo al tribunal, dijo a los acusadores que lo había absuelto .

Este anuncio fue recibido con gritos de ira contraria­da, y con la reiteración en alta voz de las acusaciones en contra de Jesús. Era aquel un espectáculo enteramente judaico. Muchas veces esta chusma fanática había venci­do los deseos y decisiones de sus gobernantes extranjeros, solamente por sus clamores y pertinacia. Pilato debía haberlo librado y protegido inmediatamente. Pero él era un verdadero hijo del sistema en que había sido educado; la política de conveniencias y estratagemas. En medio de los gritos que herían sus oídos tuvo el gusto de oír uno que le brindaba una excusa para deshacerse de todo el negocio. Ellos gritaban que Jesús había excitado al pueblo “por todo el país, comenzando desde Galilea, hasta este lugar”. Esto le recordó que Herodes, goberna­dor de Galilea, estaba en la ciudad y que podía excusarse de tan dificultoso asunto enviándoselo a él, pues era un procedimiento común de la ley romana transferir un prisionero del tribunal en que era arrestado al del terri­torio en que residía. Por esto lo mandó en manos de los soldados de su guardia y acompañado por los infatiga­bles acusadores, al palacio de Herodes.

Hallaron a este principillo, que había venido a Jerusalén para asistir a la fiesta, en medio de su pequeña corte de aduladores y alegres compañeros, y rodeado de los guardias que mantenía en imitación de sus amos extranjeros. Mucho se alegró al ver a Jesús, cuya fama había sonado por tanto tiempo en todo el territorio que él gobernaba. Era el tipo de un príncipe oriental; tenía un solo pensamiento en su vida: su propio placer y diver­sión. Fue a la Pascua solamente para distraerse. La venida de Jesús parecía prometerle una nueva sensación, cosa de la cual él y su corte tenían a menudo necesidad urgente; esperaba ver a Jesús hacer algún milagro.

Era un hombre completamente incapaz de tomar en serio cosa alguna, y aun pasó por alto el negocio por el que los judíos estaban tan preocupados, y comenzó a proferir un diluvio de preguntas y observaciones sin dar lugar a la respuesta. Pero al fin se cansó, y entonces esperó la contestación de Jesús. Pero esperó en vano, pues Jesús no se dignó dirigirle una sola palabra de ninguna clase.

Herodes había olvidado el asesinato del Bautista, pues en su alma sin carácter toda impresión era como escrita en el agua; pero Jesús no lo había olvidado. Comprendía que Herodes debía avergonzarse al ver en su presencia al amigo del Bautista. No se humillaría ni aun hablando a un hombre capaz de tratarlo como un simple operador de milagros que podía comprar el favor de su juez exhi­biendo su habilidad; miraba con tristeza y vergüenza a aquel que había abusado tanto de sí mismo que ya no le quedaba ni conciencia ni virilidad. Pero Herodes era incapaz de sentir la fuerza aniquiladora del desdén de aquel silencio. El y sus hombres de guerra tuvieron en nada a Jesús. Echaron sobre sus hombros una túnica blanca a imitación de la que usaban en Roma los candidatos que aspiraban a algún cargo, para indicar que era candidato al trono de los judíos, pero tan ridículo que era inútil tratarlo sino con desprecio, y lo mandó volver a Pilato. En ese traje volvió Jesús sus cansados pa­sos al tribunal del romano.

Entonces siguió de parte de Pilato una serie de proce­dimientos que hicieron de su persona el tipo del contemporizador, para ser exhibido a los siglos bajo la luz de Cristo que todo lo revela. Era evidentemente su deber, cuando Cristo volvió de Herodes, pronunciar des­de luego el fallo de absolución. Pero en vez de hacerlo así, echó mano a la política y, forzado de un paso falso a otro, fue por fin despeñado al precipicio de una com­pleta traición a la justicia.

La ejecución de aquel monstruoso propósito fue sin embargo interrumpida por un incidente que parecía ofrecer a Pilato una vez más, un medio de escaparse de la dificultad. Era costumbre del gobernador romano, en la mañana de la Pascua, poner en libertad cualesquiera de los presos que el pueblo deseara. Era un privilegio alta­mente apreciado por los habitantes de Jerusalén, porque siempre había en la cárcel una abundancia de presos, a quienes la multitud consideraba como héroes, por haberse rebelado contra el aborrecido yugo extranjero. En este momento del juicio de Jesús la turba de la ciudad, desbordándose de las calles y callejuelas a la manera de los orientales, llegó como un torrente por toda la avenida, hasta frente del palacio, pidiendo a gri­tos su prerrogativa anual.

Por esta vez la petición agradó a Pilato, porque vio en ella una manera de escaparse de su desagradable posi­ción. Pero esto resultó ser un lazo en que estaba metiendo el cuello. Ofreció a la turba la vida de Jesús. Por un momento ésta quedó indecisa. Pero ellos tenían un favorito, un caudillo distinguido contra la dominación romana. Además empezó inmediatamente a correr por todos los oídos una voz que acudía a todo motivo de persuasión con el objeto de inducirles a que no aceptaran a Jesús. En lugar del celo que una hora antes habían mostrado tener para con la ley y el orden, los miembros del Concilio Sanedrín no tuvieron escrú­pulo en ponerse del lado del campeón de la revuelta, y tuvieron muy buen éxito en envenenar la mente del pueblo, que comenzó a clamar a favor de su propio héroe Barrabás. “¿Qué, pues, haré con Jesús? “, pregun­tó Pilato, esperando que la respuesta de ellos fuera: “Dánoslo también”. Pero él se equivocaba; las autorida­des judaicas habían ejecutado con éxito su trabajo. De miles de pechos resonó el grito: ” ¡Sea crucificado!”. Ta­les sacerdotes, tal pueblo: la nación ratificaba lo que sus sus gobernantes decían. Completamente confundido, Poncio Pilato preguntó con enojo: “¿Por qué? ¿Qué mal les ha hecho?”. Pero él había puesto la decisión en sus manos, y ellos gritaron: “¡Fuera con él! ¡Crucifícale, crucifícale! “.

Pilato no pensaba todavía en sacrificar la justicia por completo. Todavía tenía un recurso en reserva, pero entre tanto mandó a azotar a Jesús; el acostumbrado preliminar de la crucifixión. Los soldados lo llevaron al cuartel vecino, y allí satisficieron sus instintos crueles con los sufrimientos de Jesús. No podemos describir la vergüenza, y el dolor de este repugnante castigo, ¡Qué sería para él, con su honor y amor a la naturaleza humana, el ser maltratado por aquellos hombres groseros y ver tan de cerca la más extrema crueldad de la natura­leza humana!

Los soldados se daban gusto en esta obra, y agregaban el insulto a la crueldad. Cuando acabaron de azotar­le, le hicieron sentar, pusieron sobre sus hombros un manto de grana en burlesca imitación de la púrpura real y un pedazo de caña en las manos como cetro; y tejiendo algunas ramas espinosas de una zarza cercana y dándole la apariencia grosera de una corona, clavaron las pun­zantes espinas sobre sus sienes. Entonces, pasando por delante de él, cada uno por turno hincaba la rodilla, mientras al mismo tiempo escupían su semblante y to­mando de su mano la caña, le herían en la cabeza y en el rostro.

Al fin, habiendo saciado su crueldad, lo condujeron nuevamente al tribunal, llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Al ver la mofa de los soldados las multitudes lanzaron gritos y carcajadas insensatas. Pilato, con semblante burlesco, empujó adelante a Jesús, para que las miradas de todos se concentraran en él, y exclamó: ” ¡He aquí el hombre! ” Quería decir que seguramente no era necesario hacer más con él; que no valía la pena ocuparse de él. ¿Acaso podría uno tan quebrantado y tan miserable hacer algún daño?

¡Cuan poco entendía sus propias palabras! Aquel ” ¡Ecce Homo! ” resuena todavía por todo el mundo y atrae las miradas de todas las generaciones a aquel rostro maltratado. Y contemplándolo, la vergüenza desaparece; se ha quitado de él para caer sobre Pilato mismo, sobre los soldados, los sacerdotes y la multitud. La deslum­brante gloria ha destruido el último resto de ignominia, y ha tachonado la corona de espinas con centenares de puntos de deslumbrante brillantez.

Pero Pilato estaba igualmente equivocado en su concepto del pueblo que gobernaba, cuando supuso que la vista de la miseria y debilidad de Jesús satisfaría la sed de venganza. La objeción que ellos habían hecho siempre contra él había sido que uno tan pobre y sin ambición quisiera ser el Mesías; y la vista de él ahora, azotado y escarnecido por el soldado extranjero pero todavía queriendo ser rey, hizo que su ira rayara en locu­ra. Ahora más que nunca, gritaron: ” ¡Crucifícale!”

Ahora también por fin dejaron escapar la acusación verdadera, la que hacía mucho que tenía lacerando sus corazones y que ya no podían soportar por más tiempo: “Nosotros tenemos una ley”, gritaron, “y según nuestra ley debe morir, porque se hizo Hijo de Dios”.

Estas palabras tocaron en el corazón de Pilato una fibra en la cual ellos no pensaron. En las antiguas tradiciones de su tierra natal había muchas leyendas de hijos de los dioses que en tiempos pasados habían vivido sobre la tierra de modo tan humilde que no se podían distinguir del común de los hombres. Era peligroso tener que ver con ellos, pues un mal que se les hiciera atraería sobre el ofensor la ira de los dioses padres.

La fe en estos antiguos mitos había desaparecido desde hacía mucho tiempo, porque no se veían en la tierra hombres tan distintos de sus semejantes que hiciera necesaria semejante explicación. Mas en Jesús, Pilato había visto algo inexplicable que le había llenado de un terror indefinido. Y ahora las palabras de la multitud: “El se hizo Hijo de Dios…”, cayeron como un rayo. Hicieron volver de lo más escondido de su memoria las antiguas y olvidadas historias de su niñez, y revivieron el terror pagano, que forma el tema de algunos de los más grandes dramas griegos, de cometer inadvertidamente un crimen que desatara la venganza tremenda de los cielos. Su mente pagana razonaba de este modo: ¿No podría Jesús ser el Hijo del Jehová de los hebreos, como Castor y Pólux lo fueron de Júpiter? Apresuradamente lo hizo entrar otra vez al palacio y mirándole con nuevo pavor y curiosidad, le preguntó: “¿De dónde eres tú?”

Pero Jesús no le respondió ni una palabra. Pilato no le había escuchado cuando Jesús deseaba explicarle todo; había ultrajado su propio sentimiento de justicia por la flagelación; y si un hombre vuelve la espalda a Cristo cuando él habla, la hora vendrá en que preguntará y no recibirá respuesta. El orgulloso gobernador estaba sorprendido e irritado a la vez, y preguntó: “¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo potestad para crucifi­carte, y que tengo potestad para soltarte? “. A lo que Jesús respondió, con la indescriptible dignidad de que la brutal vergüenza de su tortura no le había hecho perder nada: “Ninguna potestad tendrías contra mí, si no te fuese dada de arriba”.

Pilato se había jactado del poder que tenía para hacer lo que quisiera con el prisionero; pero era en realidad muy débil. Volvió de su entrevista privada con la deter­minación de ponerlo en libertad inmediatamente. Los judíos vieron esta resolución pintada en su semblante y esto les hizo sacar su última arma, la que tenían en reserva desde el principio; amenazaron acusarle ante el emperador. Esto fue el significado del alarido con que interrumpieron sus primeras palabras: “Si a éste sueltas, no eres amigo de César”. Esto había estado en la mente tanto de ellos como de Pilato en todo el curso del juicio. Esto era lo que le había hecho estar tan indeciso.

No había otra cosa que un gobernador romano temiera tanto como que fuese enviada por sus súbditos semejante queja. En este tiempo era especialmente peli­groso; porque ocupaba el trono imperial un sombrío y desconfiado tirano, que se complacía en degradar a sus propios servidores, y que se encendería en un momento a la insinuación de que uno de sus subordinados favorecía a un aspirante al poder real. Pilato comprendía demasia­do bien que su administración no podía resistir a una inspección, pues había sido cruel y corrompido en extre­mo. Nada puede estorbar tan absolutamente a un hombre en hacer el bien que quiere, como el mal que ha practicado en su vida pasada. Esta fue la tentación que rindió por fin a Pilato, precisamente cuando se había resuelto a obedecer a su conciencia. El no era un héroe que siguiera sus convicciones a toda costa. Era entera­mente mundano, y vio que tenía que entregar a Jesús a la voluntad de ellos.

Sin embargo, él era preso no sólo de la ira por su completa derrota, sino también de un poderoso temor religioso. Pidiendo agua, se lavó las manos en presencia de la multitud, y exclamó: “Soy inocente de la sangre de este justo”. Se lavó las manos cuando debía haberlas usado. El agua no lava tan fácilmente la sangre. Pero la turba, en triunfo completo, hizo mofa de sus escrúpulos llenando el aire con sus vociferaciones de: “Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos”.

Pilato sintió vivamente el insulto, y volviendo contra ellos su enojo, quiso tener también su triunfo. Echó a Jesús delante de modo que todos lo vieran, comenzó a burlarse de ellos, pretendiendo considerarlo como verda­deramente su Rey, y preguntó: “¿A vuestro rey he de crucificar?”. Ahora tocó a ellos su turno para sentir el a-guijón de la mofa y gritaron: ” ¡No tenemos más rey que César!”. ¡Qué confesión en boca de los judíos! Era re­nunciar a la libertad y la historia de la nación. Pilato les tomó la palabra y entregó inmediatamente a Jesús para que lo crucificaran.

 

La crucifixión

Ellos habían conseguido arrebatar a su víctima de las manos de Pilato, en contra de la voluntad de éste, y “tomaron entonces a Jesús y le condujeron fuera de la ciudad”. Al fin podían satisfacer su odio en el más alto grado. Lo llevaron precipitadamente al lugar de ejecu­ción, con todas las manifestaciones de un triunfo inhumano. Los ejecutores eran soldados de la guardia del gobernador; pero moralmente la acción pertenecía por completo a las autoridades judías. Ni aun así quisie­ron dejarla a cargo de los empleados de la ley a quienes correspondía, sino que con indecorosa ansiedad se pusie­ron ellos mismos a la cabeza de la procesión, con el objeto de celebrar su venganza contemplando los sufri­mientos de Jesús.

La turba

Deben de haber sido ya cerca de las diez de la mañana. La multitud frente al palacio se había ido au­mentando. Cuando la procesión fatal, encabezada por los miembros del Concilio Sanedrín pasó por las calles, atrajo a muchos más. Era día de fiesta, de modo que había millares de ociosos, listos para cualquier novedad. Todos aquellos, especialmente, que habían sido inocula­dos con el fanatismo de las autoridades, salieron en gran número para presenciar la ejecución. Era pues en medio de millares de espectadores despreciativos y crueles que Jesús caminaba a la muerte.

 

El Calvario

El lugar donde él padeció no puede señalarse ahora con certeza. Estaba fuera de las puertas de la ciudad, y era indudablemente el lugar común de ejecución. Se llama generalmente el monte del Calvario, pero no hay nada en los Evangelios que justifique semejante nombre, ni parece haber habido ninguna colina en las inmedia­ciones sobre la cual pudiera haber tenido lugar. El nombre Gólgota, “lugar de la calavera”, puede significar la cima de una colina que tuviese tal forma, pero más probablemente se refiere a las horribles reliquias allí espar­cidas de las tragedias verificadas en aquel lugar. Era probablemente un espacio ancho y despejado, en el que podía reunirse una multitud de espectadores; y parece haber estado al lado de algún camino muy frecuentado, porque además de los espectadores estacionarios, había muchos otros que pasando por allí, hacían también mofa de Jesús en sus sufrimientos.

 

Los horrores de esta forma de muerte

La crucifixión era una muerte indeciblemente horri­ble. Como nos dice Cicerón, que estaba familiarizado con este suplicio, era el más cruel y vergonzoso de todos los castigos. Añade “que nunca al cuerpo de un ciudada­no romano se acerque esto, ni aun a su pensamiento, vista ni oído”. Estaba reservada para los esclavos y los revolucionarios, cuyo fin debía marcarse con especial infamia. Nada podía ser más contranatural y repugnante que colgar a un hombre con vida en semejante posición. La idea parece haber tenido su origen en la costumbre de clavar bestias dañinas en algún lugar público, como una especie de diversión vengativa.

Si la muerte hubiera venido durante los primeros golpes, aún así habría sido terrible y dolorosa. Pero generalmente la víctima padecía dos o tres días con el dolor ardiente de los clavos en sus manos y pies; la tor­tura de tener las venas sobrecargadas; y lo peor de todo, la sed insoportable que aumentaba cada vez más. Era impo­sible no moverse para aliviar sus penas; sin embargo, cada movimiento traía consigo una nueva y excesiva agonía.

Su triunfo sobre ellos

Pero con gusto nos apartamos del horrible espectáculo para pensar cómo, por la fuerza de su alma, su resigna­ción y su amor, triunfó Jesús sobre la vergüenza, la crueldad, y el horror de esa muerte. De la misma manera que el sol, al ponerse con encamada gloria, hace que aun el charco corrompido brille como un escudo de oro, e inunda de esplendor aun los objetos más viles que alum­bren sus rayos, así él convirtió el símbolo de la esclavitud, maldad y horror, en símbolo de lo más puro y glorioso en el mundo.

La cabeza estaba suelta en la crucifixión, de modo que él podía no sólo ver lo que sucedía abajo, sino también hablar. Pronunció a intervalos siete palabras, las cuales se nos han dejado como siete ventanas por las cuales podemos ver aun dentro de su misma mente y corazón y aprender las impresiones hechas en él por lo que aconte­cía. Ellas nos demuestran que mantenía inquebrantable la serenidad y majestad que le caracterizaron durante el juicio, y que exhibía de una manera sobresaliente todas las cualidades que ya habían hecho ilustre su carácter.

Triunfó sobre sus sufrimientos, no por la serenidad indiferente del estoico, sino por el amor que le hacía olvidarse de sí mismo. Cuando desmayaba en la vía dolorosa, bajo la carga de la , olvidó su fatiga y an­siedad para compadecerse de las hijas de Jerusalén y de los hijos de ellas. Cuando lo clavaron en la , es­taba absorto en oración por sus asesinos. Olvidó los sufri­mientos de las primeras horas de crucifixión por su interés en el ladrón arrepentido, y en su cuidado de proveer un nuevo hogar para su . Nunca mostró su verdadero carácter más completamente; carácter de absoluta nega­ción en su trabajo por los demás.

 

Sus sufrimientos mentales

Fue en verdad, solamente por su amor que pudo su­frir tan profundamente. Sus sufrimientos físicos, aunque intensos y prolongados, no fueron mayores que los que han soportado otros, a menos que lo exquisito de su organismo físico los haya aumentado a un grado que a los demás hombres nos es inconcebible. El no duró más que cinco horas, tiempo más corto que el común, tanto que los soldados que estaban encargados de quebrarle las piernas, se sorprendieron al encontrarlo ya muerto. Sus peores sufrimientos eran los del espíritu. El, cuya vida era amor, que ansiaba el amor como el ciervo suspi­ra por las corrientes de agua, estaba rodeado de un mar de odio y de pasiones oscuras, amargas e infernales, que surgían a su alrededor y rompían en oleadas contra la cruz. Su alma era completamente pura; la santidad era su misma vida; pero el pecado la rodeaba y la oprimía con su contacto detestable, que la hacía estremecerse en todas sus partes.

Los miembros del Concilio Sanedrín fueron los pri­meros en descargar sobre él todas las expresiones posibles de desprecio y de odio malicioso, y el pueblo seguía fiel­mente su ejemplo. Estos eran los hombres que él había amado y amaba aún con pasión inextinguible; y ellos le insultaban, le golpeaban y pisoteaban su amor. Por los labios de ellos el maligno reiteraba una y otra vez la tentación con la cual había acometido a Jesús durante toda su vida, la de salvarse a sí mismo y ganar la fe de la nación por alguna manifestación de poder sobrenatu­ral hecha para su propia gloria.

Aquella masa agitada de seres humanos, de sem­blantes desfigurados por la pasión y que le miraban con ferocidad, era un epítome de la iniquidad de la raza humana. Los ojos de Jesús tuvieron que mirar todo esto, y la brutalidad, la tristeza, la falta de honor a Dios y esta exhibición de la vergüenza de la naturaleza humana fueron para él como un haz de lanzas concentradas en su pecho.

 

Llevando el pecado del mundo

Había otra angustia todavía más misteriosa. No sola­mente oprimía así su alma santa y amante el pecado del mundo reflejado en las personas de los que estaban a su derredor; también venía a atormentarlo de lejos, del remoto pasado y-del futuro. El llevaba los pecados del mundo; y el fuego destructor del carácter de Dios, que es el reverso de la luz de su santidad y amor, flameaba con­tra él para destruir así el pecado. Así plugo al Señor afligirlo, cuando a Aquél que no conoció pecado, cons­tituyó en pecado a causa de nosotros.

 

Obscuridad

Estos son los sufrimientos que hicieron aterradora la cruz. Después de dos horas, se apartó él completamente del mundo exterior y dirigió su mirada hacia el mundo eterno. Al mismo tiempo, una extraña oscuridad cubrió la tierra,y Jerusalén tembló bajo una nube cuyas lóbregas sombras parecían el comienzo de su condenación. El Gólgota estaba casi desierto. Jesús, silencioso, permane­cía suspendido de la cruz, en medio de la oscuridad exterior e interior, hasta que al fin, de las profundidades de una angustia que ningún pensamiento humano son­deará jamás, salió la exclamación: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”. Este fue el momento en que el Angustiado bebió la copa de amargura hasta las últimas gotas.

 

Ultimas palabras

Pero la oscuridad pasó, y el sol volvió a brillar. Tam­bién el espíritu de Cristo salió de su eclipse. Con la fuerza de la victoria obtenida en la última lucha, exclamó: ” ¡Consumado está! ” y entonces, con perfecta sere­nidad, entregó su espíritu con un texto de un salmo favorito: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

 

La resurrección y la ascensión La muerte del cristianismo

Nunca hubo en el mundo una empresa que pareciera más completamente terminada que la de Jesús, en aquel sábado que era el último de la antigua dispensación. El cristianismo moría con Cristo y era sepultado con él en la tumba. Es cierto que nosotros, mirando atrás desde esta distancia y viendo la piedra colocada a la boca del sepulcro, experimentamos poca emoción. Nosotros esta­mos ya en el secreto de la Providencia y sabemos lo que ha de suceder. Cuando él fue enterrado, no había un solo ser humano que creyera que él se levantaría antes del día del juicio.

Las autoridades judaicas estaban completamente sa­tisfechas de esto. La muerte finaliza toda contro­versia; y había terminado aquella que existía entre Jesús y ellos, con el triunfo de ellos. El se había puesto delante como el Mesías, pero casi no tenía ninguna de las señales que ellos esperaban de uno que se presentara con tales pretensiones. Nunca recibió ningún reconoci­miento nacional de importancia. Sus adeptos eran pocos y sin influencia. Su carrera había sido muy corta. Ahora yacía en la tumba. No había que pensar más en él.

 

La reacción de los discípulos

El quebrantamiento de los discípulos había sido com­pleto. Cuando él fue aprehendido, “dejándolo, huye­ron”. Pedro, en verdad, le siguió hasta el palacio del sumo sacerdote, pero sólo para caer más ignominiosa­mente que todos los demás. Juan le siguió hasta el Gólgota, y puede haber esperado, casi sin creerlo, que en el último momento descendiera de la cruz para as­cender al trono mesiánico. Pero aun el último momento pasó sin que nada se hiciera. ¿Qué les quedaba, sino volver a sus hogares y a su pesca, como hombres engaña­dos, que serían burlados durante el resto de su vida por la insensatez de seguir a un pretendiente, y a quienes se preguntaría por los tronos en que había prometido sentarlos?

Jesús, en verdad, había predicho sus sufrimientos, muerte y resurrección. Pero ellos nunca entendieron estas palabras; las olvidaron o les daban un significado alegórico, y cuando él estaba ya muerto, ellas no les im­partían consuelo alguno. Las mujeres vinieron al sepul­cro, el primer domingo cristiano no para ver la tumba vacía, sino para embalsamar el cuerpo. María corrió para decirles a los discípulos, no que había resucitado, sino que su cuerpo había sido quitado y puesto no sa­bía ella dónde. Cuando las mujeres dijeron a los demás discípulos que él las había encontrado, “sus palabras les parecían un desvarío, y no las creyeron”. Pedro y Juan, como Juan mismo nos dice, “no conocían todavía la Escritura, que él había de resucitar de entre los muertos”. ¿Podría haber otra cosa más patética que las palabras de los dos discípulos que iban a Emmaús: “Espe­rábamos que él era aquel que había de redimir a Israel?” Cuando los discípulos se reunieron, “estaban lamen­tándose y llorando”. Nunca hubo hombres tan com­pletamente desilusionados y desalentados.

Pero ahora nosotros podemos alegramos de que ellos se hayan entristecido tanto. Ellos dudaron para que nosotros pudiéramos creer. Porque ¿cómo se explica que estos mismos hombres, algunos días después, estuvieran llenos de confianza y gozo, su fe en Jesús reavivada, y la empresa de la cristiandad otra vez en movimiento con una vitalidad mucho mayor que la que había poseído jamás? Ellos nos dicen que la causa de esto es que Cristo ya había resucitado y que ellos lo habían visto.

Nos hablan de sus visitas a la tumba vacía, y de cómo él apareció a María Magdalena, a las otras mujeres, a Pedro, a los que iban a Emaús, a diez de ellos en una oca­sión, a once de ellos en otra, a Santiago, a los quinientos, etc.

¿Son creíbles estas historias?    Pudieran no serlo, si se encontrasen aisladas.   Pero la afirmación de la resu­rrección de Cristo iba acompañada con la resurrección, indiscutible del cristianismo.    ¿Y cómo se explica la segunda sino por la primera?   Podría decirse que Jesús había llenado las mentes de sus discípulos con sueños de imperios que no había podido llevar a cabo; y que éstos, habiendo tenido una vez la idea de una tan magnífica carrera, no podían volver a sus redes, e inventaron esta historia con el objeto de llevar adelante la empresa por su propia cuenta.  O podría decirse que solamente se imagi­naron haber visto lo que cuentan acerca del resucitado.

Pero lo que causa admiración es que cuando renovaron su fe en él, ya no se les ve más siguiendo fines mundanos, sino fines intensamente espirituales. Ya no esperaban tronos, sino la persecución y la muerte. Sin embargo, se dirigieron a su nueva obra con una fuerza de inteligencia, nunca antes habían mostrado. Así como Cristo se le­vantó de entre los muertos con un cuerpo transfigura­do, lo mismo sucedió con el cristianismo. Se había desembarazado de todo lo que tenía de carnal. ¿Qué es lo que efectuó este cambio? Ellos dicen que fue la resurrección y la vista de Cristo resucitado. Pero no es el de ellos en sí la prueba de que él resucitó. La prueba incontestable es el cambio mismo, el hecho de que pronto llegaran a ser valientes, llenos de esperanza, creyentes, sabios, poseídos de ideas nobles y razonables sobre el porvenir del mundo, y preparados con recursos suficientes para fundar la iglesia, convertir al mundo, y establecer entre los hombres el cristianismo en toda su pureza.

Entre el último sábado de la antigua dispensación y el tiempo, pocas semanas después, en que este estupendo cambio se había indudablemente verificado, debe de haber intervenido algún acontecimiento que pueda pre­sentarse como causa suficiente de tan grande efecto. Solamente la resurrección responde a las exigencias del problema, y en tal virtud, está probada con una demos­tración más convincente de lo que pudiera serlo cualquier otro testimonio. Es una felicidad que este aconteci­miento sea capaz de tal prueba; porque si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe; pero si él resucitó, entonces toda su vida milagrosa es creíble, porque éste es el mayor de los milagros; su misión divina queda demostrada, porque debe de haber sido Dios quien lo resucitó, y se nos da la visión más consoladora que la historia ofrece de las verdades del mundo eterno.

 

Cristo resucitado

Cristo resucitado permaneció sobre la tierra el tiempo suficiente para satisfacer a sus adherentes de la verdad de su resurrección. Ellos no se convencieron fácilmente. Los apóstoles recibieron la noticia de las mujeres con incredulidad sarcástica; Tomás dudó del testimonio aun de los otros apóstoles, y algunos de los quinientos, a quienes él apareció sobre la montarla de Galilea, dudaron de su propia vista, y creyeron sólo cuando oyeron su voz. La paciencia tan tierna con que él trató a estos incrédulos muestra que aunque su apariencia física estaba cambiada, en su corazón era el mismo de siempre. Esto fue patéticamente demostrado también por los lugares que visitó en su forma gloriosa. Estos fueron los sitios queridos en los cuales había orado, predicado, trabajado y sufrido: las montañas de Galilea, el muy amado lago, el Monte de los Olivos, la aldea de Betania y sobre todo Jerusalén, la ciudad fatal que había matado a su propio hijo, pero a la cual él no podía dejar de amar.

 

La ascensión

A pesar de esto, había claras y evidentes indicaciones de que él no pertenecía ya a este mundo inferior. En su humanidad resucitada notamos cierta reserva que no existía antes. Prohibió a María Magdalena tocarle, cuando ella quiso besar sus pies. Se aparecía en medio de los suyos repentinamente y también repentinamente desaparecía de la vista. Sólo de vez en cuando estaba en su compañía, y ya no concediéndoles el trato constante y familiar de días pasados. Al fin, al cabo de cuarenta días, cuando el propósito que le detenía aún en la tie­rra estuvo cumplido, y cuando los apóstoles, fortalecidos por su nuevo gozo, estaban listos para llevar las nuevas de Su vida y de Su obra a todas las naciones, su humanidad glorificada fue recibida arriba en aquel mundo a que pertenecía por perfecto derecho.

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