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La nación y la época

Llegamos ahora al tiempo en que, después de treinta años de silencio y retiro en Nazaret, iba Jesús a presentarse en el teatro de la vida pública. Es pues, el punto en que con­viene hacer un examen de las circunstancias de la nación en la cual iba a trabajar, y formar un concepto claro de su carácter y de sus propósitos.

Toda biografía notable es el registro de la entrada al de una nueva fuerza, que trae consigo algo di­ferente de todo lo que ha habido antes, y del modo en que esto nuevo es gradualmente incorporado con las fuerzas conocidas, para formar parte de lo futuro. Es obvio, pues, que los que quieren formarse idea de esta fuerza necesi­tan dos cosas: primero, una clara comprensión del carác­ter de la nueva fuerza misma; y segundo, una considera­ción del en que se ha de incorporar. Sin ésta, no es posible entender la diferencia específica de aquélla, ni puede apreciarse la manera en que será recibida; es decir, la bienvenida que le sea dada o la oposición con que tenga que luchar. Jesús hizo al el aporte más original ten­diente a modificar la historia futura de la raza que lo que ha traído cualquier otro. Pero no podemos comprender ni su carácter, ni las dificultades que confrontó mientras procuraba incorporar en la historia el don que traía, sin tener una idea clara de la condición de la esfera en que iba a pasar su vida.

 

El teatro de su vida

Cuando al concluir el último capítulo del Antiguo Tes­tamento, volteamos la hoja y vemos el primer capítulo del Nuevo, tendemos a pensar que en el tiempo de Mateo se hallaban las mismas personas y el mismo estado de cosas que en el de Malaquías. Pero no puede haber idea más errónea. Cuatrocientos años pasaron entre Mala­quías y Mateo, y efectuaron en Palestina un cambio tan completo como no se ha efectuado en ningún otro país en igual tiempo. Hasta el lenguaje mismo del pueblo ha­bía cambiado; y ahora existían costumbres, ideas, parti­dos, e instituciones tales que si Malaquías hubiese resucitado, apenas habría conocido su país.

 

La condición política del país

Políticamente el país había pasado por vicisitudes extraordinarias. Después del cautiverio había sido orga­nizado como una especie de Estado sagrado bajo la dirección de sus sumos sacerdotes; pero conquistador tras conquistador lo había hollado, cambiando todas las cosas. Por algún tiempo los valientes macabeos habían restaurado la antigua monarquía. La batalla de la libertad se había ganado muchas veces y otras tantas se había per­dido; un usurpador ocupaba el trono de David; y por fin el país estaba completamente bajo el poder del gran im­perio romano, que había extendido su dominio sobre todo el mundo civilizado. El país había sido dividido en varias porciones pequeñas, que el extranjero tenía bajo diferentes formas de gobierno tal como los ingleses gobernaban la India. Galilea y Perea eran gobernadas por reyezuelos, hijos de aquel Herodes bajo cuyo reinado nació Jesús, quienes mantenían con el imperio romano una relación semejante a la que tenían los reyes subditos de la India para con la reina Victoria. Judea estaba bajo un oficial romano que era subordinado del gobernador de Siria y guardaba para con aquel funcionario una relación como la del gobernador de Bombay con el gobernador general de Calcuta. Los soldados pasaban revista en las calles de Jerusalén; los estandartes romanos ondeaban sobre las fortalezas del país; los recaudadores del tributo del imperio se sentaban a las puertas de todas las ciuda­des. Al Concilio Sanedrín, órgano supremo del gobierno judío, le era todavía concedida una sombra de su poder; sus presidentes los sumos sacerdotes eran viles instrumen­tos de Roma, puestos y quitados según el capricho de aquélla. Tanto había caído la nación orgullosa, cuyo ideal siempre había sido gobernar el mundo, y cuyo pa­triotismo era una pasión religiosa y nacional tan intensa como nunca ardió en otro país alguno.

 

La condición religiosa y social

Respecto a la los cambios habían sido igual­mente grandes y la caída igualmente completa. Es cierto que exteriormente parecía haber progreso en lugar de retroceso. La nación era mucho más ortodoxa que en ningún período anterior de su historia. En un tiempo, su peligro principal había sido caer en la idolatría; pero lo que había sufrido en la cautividad la había corregido de aquella tendencia para siempre. Desde entonces, dondequiera que han llegado los judíos han sido los mo­noteístas más intransigentes.

Después de la vuelta de Babilonia se organizaron los oficios y órdenes sacerdotales, y los servicios del templo y las fiestas anuales continuaron observándose en Jeru-salén con estricta regularidad. Además se organizó una nueva y muy importante institución religiosa que casi dejó en segundo término el templo y su sacerdocio. Esta fue la Sinagoga con sus rabinos. Parece que anti­guamente no existía, pero debe su existencia a la reve­rencia que se tenía a las Escrituras. Las sinagogas se multiplicaban dondequiera que había judíos, y cada sá­bado se llenaban con las congregaciones ocupadas en la oración; se pronunciaban exhortaciones por los rabi­nos— una nueva orden creada por la necesidad de que hubiera traductores del hebreo, en el que se encontraban las Escrituras y que había llegado a ser un idioma muerto—y se daba lectura a casi todo el Antiguo Testamento una vez al año, en oídos del pueblo. Se establecieron escuelas de teología semejantes a nuestros seminarios, donde se educaban los rabinos y donde los libros santos eran inspirados.

Pero, a pesar de toda aquella religiosidad, la religión había declinado tristemente. Las exterioridades se habían multiplicado y la espiritualidad había desapare­cido. Por más ruda y pecaminosa que haya sido a veces la nación antigua, era capaz, aun en sus peores tiempos, de producir poderosas figuras religiosas que sostenían en alto el ideal de la vida y conservaban la relación entre la nación y el cielo; y las inspiradas voces de los profetas mantenían fresca y limpia la corriente de la verdad. Pero no se había oído la voz de ningún profeta desde hacía cuatrocientos años. Los libros de las antiguas pro­fecías se conservaban con reverencia idolátrica; pero no había con suficiente inspiración del Espíritu para entender lo que él mucho antes había escrito.

Los representantes de la religión de aquel tiempo eran los fariseos. Como su nombre hebreo lo índica, en su origen se levantaron como campeones de la separación de los judíos de entre las demás naciones. Era una idea noble mientras la distinción a que se daba importancia consistía en la santidad. Pero era mucho más difícil mantener esta distinción que la diferencia en las pecu­liaridades exteriores, tales como el vestido, el alimento, el lenguaje, etc. En el curso del tiempo esta diferencia vino a sustituir aquélla.

Los fariseos eran ardientes patriotas, listos siempre para dar su vida por la libertad de su país, y aborrecían el lujo extranjero con intensidad apasionada. Despre­ciaban y aborrecían a las demás razas, y retenían con una fe tenaz la esperanza de un futuro glorioso para su país. Pero insistieron tanto en la misma idea que llegaron a creerse especialmente favorecidos del cielo simplemente porque eran descendientes de Abraham, y perdieron de vista la importancia del carácter personal. Multiplicaron las peculiaridades judaicas y sustituyeron con observan­cias exteriores tales como ayunos, oraciones, diezmos, abluciones, sacrificios, etc., la gran diferencia caracterís­tica de amor hacia Dios y hacia el .

Al partido fariseo pertenecía la mayor parte de los escribas. Se llamaban así porque eran a la vez intérpre­tes y copistas de las Escrituras y abogados del pueblo; pues estando el código legal de los judíos incorporado en las Escrituras, la jurisprudencia llegó a ser una rama de la teología.

Eran los principales intérpretes en las sinagogas, aunque se permitía hablar a todo varón que estuviera presente en el culto. Profesaban una reverencia ilimi­tada a las Escrituras, contando cada palabra y letra de ellas. Tenían magnífica oportunidad para difundir entre el pueblo los principios religiosos del Antiguo Testamento, exhibiendo los gloriosos ejemplos de sus héroes y disemi­nando las palabras de los profetas, pues la sinagoga fue uno de los medios más poderosos de instrucción que ja­más se ha inventado en país alguno. Pero ellos perdieron del todo esta oportunidad. Formaron una estéril clase eclesiástica y escolástica, usaron de su posición para su propio engrandecimiento y despreciaron a aquellos a quienes daban piedras en lugar de pan, considerándolos como una canalla vulgar e ignorante. Lo más espiritual, esencial, humano y grande en las Escrituras lo pasaban por alto.

Generación tras generación se multiplicaban los co­mentarios de sus hombres notables, y los discípulos estudiaban los en vez del texto. Aún más, era entre ellos una regla que la interpretación correcta de un pasaje tenía tanta autoridad como el texto mismo; y puesto que las interpretaciones de los maestros famo­sos se considerabais correctas, el cúmulo de opiniones tenidas en tanto aprecio como la misma llegó a adquirir proporciones enormes. Estas eran “las tradicio­nes de los ancianos”.

Gradualmente vino a estar en boga un sistema arbi­trario de exégesis por el cual, cada opinión podía rela­cionarse con algún texto y recibir el sello de la autoridad divina. Cada una de las peculiaridades farisaicas que se inventaban eran sancionada de este modo. Estas se mul­tiplicaron hasta aplicarse a todos los detalles de la vida personal, doméstica, social y pública, y llegaron a ser tan numerosas que requerían toda una vida para aprenderlas. La instrucción de un escriba consistía en estar familiarizado con ellas, con los fallos de los grandes rabinos, y con las formas de exégesis que ellos habían sancionado. Esta era la hojaresca con que ellos alimentaban al pueblo en las sinagogas. Cargaban la conciencia con innumerables detalles, cada uno de los cuales se representaba tan divinamente sancionado como cualquie­ra de los diez mandamientos. Esta fue la carga intolerable que Pedro dijo que ni él ni sus padres habían podido so­portar. Esta fue la horrible pesadilla que se apoderó, por tanto tiempo, de la conciencia de Pablo.

Pero tuvo consecuencias aún peores. Es una ley bien conocida de la historia que, siempre que el ceremonial es elevado al mismo nivel que la moral, ésta pronto se pierde de vista. Los escribas y los fariseos habían apren­dido a hacer a un lado, mediante su exégesis arbitraria y sus discusiones casuísticas, las obligaciones morales de mayor peso, y compensaban el desprecio que de ellas ha­cían, aumentando las observancias rituales. Así podían ostentar el orgullo de la santidad, mientras daban rienda suelta a sus egoístas y viles pasiones. La sociedad estaba podrida por dentro con los vicios, y barnizada por fuera con una religiosidad engañosa.

Había un partido de protesta. Los saduceos impug­naban la autoridad que se daba a las tradiciones de los padres, demandaban que se volviera a la Biblia, y a nada más que la Biblia, y reclamaban la moralidad en lugar del ritual. Pero su protesta era efecto solamente de un espí­ritu de negación y no impulsada por el ardiente principio opuesto de religión. Eran escépticos, fríos y mundanos. Aunque alababan la moralidad, era una moralidad raquí­tica, y sin la iluminación de ningún contacto con las regiones elevadas de las fuerzas divinas, de donde debe venir la inspiración de una moralidad pura. Rehusaban sobrecargar sus conciencias con los penosos escrúpulos de los fariseos; pero era porque deseaban llevar una vida de comodidad y regalo. Ridiculizaban el exclusivismo farisaico, pero habían perdido lo que era más propio del carácter, la fe y las esperanzas de la nación. Se mezcla­ban libremente con los gentiles, afectaban la cultura griega, acostumbraban diversiones extranjeras, y consi­deraban inútil pelear por la libertad de la patria. Una de las ramas extremas de esta secta eran los herodianos, quienes aprobaban la usurpación de Herodes, y trataban, por medio de corteses lisonjas, de ganarse el favor de los hijos de éste.

Los saduceos pertenecían principalmente a las clases más elevadas y ricas de la sociedad. Los fariseos y los escribas formaban lo que pudiéramos llamar la clase media aunque algunos de ellos pertenecían a las fami­lias de alto rango. Las clases bajas y los campesinos estaban separados de sus ricos vecinos por una gran cima; pero se apegaban a los fariseos por admiración, como los ignorantes se allegan siempre a los partidos extremos. Más abajo todavía había otra clase numerosa que había perdido toda conexión con la religión y con la vida social bien ordenada; ésta la formaban los publí­canos, las rameras, y otros pecadores, por cuyas almas nadie se interesaba.

Tal era el estado lastimoso de la sociedad en medio de la cual Jesús había de desarrollar su influencia. Una na­ción esclavizada; las clases más elevadas entregadas al egoísmo, a las intrigas de la corte y al escepticismo; los maestros y representantes principales de la religión perdi­dos en un mero formalismo, jactándose de ser los favoritos de Dios, mientras que sus almas estaban carco­midas por la falsa esperanza y por el vicio; el pueblo común desviado por ideales falsos; e hirviendo en el fondo de la sociedad, una masa abandonada de pecado desvergonzado y desenfrenado.

¡Este era el  pueblo de  Dios! Sí, a pesar de su horrible degradación, éstos eran los hijos de Abraham, de Isaac y de Jacob, los herederos del pacto y de las pro­mesas.    Atrás, más allá de los siglos de degradación, descollaban las figuras imponentes de patriarcas, de reyes según el corazón de Dios, de salmistas, de profetas y de generaciones de fe y de esperanza.

Sí, y por delante había grandeza también. La pala­bra de Dios, una vez enviada del cielo y vertida por la boca de los profetas, no podía volver a él vacía. El había dicho que a aquella nación le sería concedida la perfecta revelación de Sí mismo, que en ella aparecería el ideal perfecto del hombre, y que de ella saldría la regeneración de toda la raza humana. Por eso les esperaba un futuro maravilloso. El río de la historia se había perdido como en las arenas del desierto; pero estaba destinado a reapa­recer y a seguir el curso que Dios le había señalado. El término en que se cumpliría esta promesa estaba cer­cano, por más que las señales de los tiempos parecían extinguir toda esperanza. ¿No es cierto que todos los profetas desde Moisés habían hablado de uno que había de venir, precisamente cuando la oscuridad fuera más profunda, y más honda la degradación, para restaurar la perdida gloria del pasado?

Tal pregunta se hacían no pocas almas fíeles en aquel tiempo tan penoso y lleno de degradación. Hay hombres buenos aún en las épocas peores de la historia. Había hombres buenos aun en los egoístas y corrompidos partidos judaicos. Pero especialmente persiste la piedad en tales épocas, en los hogares humildes del pueblo. Así como nos es permitido esperar que en la Iglesia Romana en los tiempos modernos haya quienes a pesar de todas las ceremonias interpuestas entre el alma y Cristo puedan llegar hasta él, y por medio de un instinto espiritual apoderarse de la verdad y dejar a un lado lo falso, así entre el pueblo común de Palestina hubo algunos que oyendo leer las Escrituras en las sinagogas y leyéndolas en sus hogares, instintivamente descuidaron las exageradas e interminables explicaciones de sus maes­tros y vieron la gloría del pasado, de la santidad, y de Dios, que los escribas no alcanzaban a ver.

El punto de más interés para estas personas era la promesa de un libertador. Sintiendo hondamente la ver­güenza de la esclavitud nacional, lo falaz de los tiempos, y la iniquidad tremenda que se fermentaba bajo la su­perficie de la sociedad, ansiaban y oraban por el adveni­miento del Prometido y la restauración del carácter y la gloría nacionales.

También los escribas se ocupaban mucho de este punto de las Escrituras; y era un distintivo principal de los fariseos el apreciar altamente las esperanzas mesiánicas. Pero ellos habían torcido las profecías sobre el particular por interpretaciones arbitrarias, y pintaban el futuro con colores tomados de su propia imaginación carnal. Hablaban del advenimiento como de la venida del reino de Dios, y del Mesías como el Hijo de Dios. Pero lo que ellos principalmente esperaban de él era que por la acción de sus maravillas y por su fuerza irresistible, libertara a la nación de la servidumbre y la levantara al más alto grado de esplendor mundano. No dudaban que simplemente porque eran miembros de la nación esco­gida, serían destinados a ocupar los lugares más elevados en el reino, y nunca sospecharon que les era necesario un cambio interior para poder llegar hasta él. Los elementos espirituales del mejor tiempo, es a saber la santidad y el amor, estaban ocultos a sus mentes tras las formas des­lumbrantes de una gloria material.

Tal era el aspecto de la historia judía cuando llegó la hora de realizarse el destino nacional. Esto complicó extraordinariamente la obra que el Mesías debía llevar a cabo. Era de esperarse que él encontrase una nación empapada en las ideas inspiradas por las visiones de sus precursores los profetas, a cuya cabeza pudiera colocarse y de la cual recibiera una cooperación entusiasta y eficaz. Pero no fue así, Apareció en un tiempo en que el país había caído de sus ideales y había falseado sus tradicio­nes más sublimes. En vez de hallar a una nación llena de santidad y consagrada a la obra divinamente ordenada de ser una bendición para todos los pueblos, nación que él podría fácilmente llevar a su completo desarrollo y salir con ella luego a la conquista espiritual del mundo, halló que su primera obra debía ser proclamar una re­forma en su propio país, y soportar la oposición de las preocupaciones que se habían acumulado allí durante si­glos de degradación.

 

Las últimas etapas de su preparación

Entre tanto, Aquél que cada uno esperaba conforme a sus miras, estaba en medio de ellos sin que se sospechara su presencia. Difícilmente podían ellos pensar que Aquél que era el objeto de sus y oraciones, crecía en el hogar de un carpintero allá en la despreciada Nazaret. Pero así era. Allí estaba, preparándose para su carrera. Su mente estaba ocupada en considerar las vas­tas proporciones de la obra que tenía por delante, tal como las profecías del pasado y los hechos del presente indicaban; sus ojos estaban fijos en todo el país, y su corazón doliente a causa del pecado y vergüenza de la nación. Sentía moverse dentro de sí las fuerzas gigan­tescas necesarias para hacer frente al vasto designio; y gradualmente se volvía una pasión irresistible el deseo de salir y dar expresión a los pensamientos que tenía, y de eje­cutar la obra que le había sido encomendada.

Jesús no tenía más que tres años para llevar a cabo la obra de su vida. Si tomamos en consideración cuan rápidamente pasan tres años de una vida ordinaria y lo poco que generalmente queda hecho a su fin, compren­deremos cuáles deben de haber sido la grandeza y la calidad de ese carácter, y cuáles la unidad e intensidad de esa vida que en un tiempo tan asombrosamente breve hizo impresión tan honda e indeleble sobre el mundo, y legó a la humanidad una herencia tan valiosa de verdad y de influencia.

Es generalmente admitido que al entrar en la vida pública Jesús tenía una mente cuyas ideas estaban com­pletamente desarrolladas  y  ordenadas, un carácter perfectamente  definido  en todas sus partes, y unos designios que marchaban a su fin sin la menor vacila­ción.  Durante los tres años no hubo ninguna desviación de la línea que marcó para sí desde el principio.   La razón  de  esto  debe de haber sido que durante los treinta años anteriores a su ministerio público, sus ideas, su carácter, y sus designios pasaron por todos los grados de un desarrollo completo. A pesar del humilde aspecto exterior de su vida en Nazaret, era debajo de la superficie una vida de intensidad, variedad y grandeza.   Bajo su si­lencio y retiro se verificaron todos los grados de un creci­miento que dio nacimiento a la magnífica flor y fruto que todos los siglos contemplan con admiración. Su pre­paración duró mucho tiempo.    Para uno que poseía facultades como las de que él disponía, treinta años de reticencia y reserva absolutas fueron largo tiempo. En su vida posterior él no desplegó otro rasgo característico mayor que su grandiosa reserva en palabra y obra. Esto también lo aprendió en Nazaret.  Allí esperó hasta que sonara la hora de su preparación completa. Nada podía tentarlo a que saliera antes de su tiempo, ni el ardiente deseo de intervenir con protesta indignada en la escanda­losa corrupción de la época, ni las creces de su pasión de hacer bien a sus semejantes.

Pero al fin arrojó de sí la herramienta del carpintero, dejó a un lado el vestido de trabajador, y se despidió de su hogar y del querido valle de Nazaret. Pero faltaba algo todavía. Su carácter, aunque en secreto había crecido hasta adquirir tan nobles proporciones, necesitaba toda­vía una preparación especial para la obra que tenía que hacer; y sus ideas y designios, a pesar de estar muy madu­ros ya, necesitaban ser solidificados por el fuego de una importante prueba. Aún faltaban los últimos dos inci­dentes de su preparación: el bautismo y la tentación.

 

El bautismo de Jesús.

Jesús no vino ante la nación, de su retiro de Nazaret, sin una nota de aviso. Puede decirse que su obra fue comenzada antes de que él pusiera mano a ella.

Una vez más, antes de oír la voz de su Mesías, la na­ción había de escuchar la voz de la profecía, callada du­rante tanto tiempo. Por todo el país corrían nuevas de que en el desierto de Judea había aparecido un predica­dor; no como los que repetían en las sinagogas las ideas de hombres ya muertos, ni como los cortesanos y lison­jeros maestros de Jerusalén, sino un hombre rudo y fuerte, que hablaba de corazón a corazón, con la autoridad de uno que está seguro de su inspiración.

Juan había sido nazareno desde su nacimiento; había vivido años enteros en el desierto, vagando en comunión con su propio corazón por las solitarias riberas del Mar Muerto. Vestía el manto de pelo y el cinto de cuero de los antiguos profetas, y su rigor ascético no buscaba ali­mento más delicado que langostas y miel silvestre que hallaba en el desierto. Sin embargo, conocía bien lo que es el hombre. Estaba informado de todos los males de la época, de la hipocresía de los partidos religiosos, y de la corrupción de las masas; poseía un poder maravilloso para escudriñar el corazón y conmover la conciencia, y sin temor alguno descubría los pecados favoritos de todas las clases sociales.

Pero lo que más llamó la atención hacia él, e hizo vibrar todo corazón judaico de un cabo del país al otro, era el mensaje que traía. Este no era otra cosa que ma­nifestar que estaba para venir el Mesías, y que iba a establecer el reino de Dios. Toda Jerusalén salía a él. Los fariseos estaban ansiosos de oír las nuevas mesiánicas, y aun los saduceos fueron despertados momentáneamen­te de su letargo. Multitudes venían de las provincias para oír su predicación, y los esparcidos y ocultos individuos que ansiaban y oraban por la redención de Israel se congregaban para dar la bienvenida a la conmovedora promesa.

Pero a la vez que este mensaje, Juan traía otro, que en diferentes almas despertaba muy diferentes senti­mientos. Decía a sus oyentes que la nación en general no estaba preparada para recibir al Mesías; que el simple hecho de descender de Abraham no sería motivo sufi­ciente para que fuesen admitidos a su reino, sino que había de ser un reino de y de santidad, y que la primera obra de Cristo sería rechazar a todos aquellos que no fuesen caracterizados por estas cualidades, así como el agricultor arroja con su aventador la paja y el hortelano corta todo árbol que no da fruto. Por esto llamaba a la nación en general—a toda clase y a todo individuo—al arrepentimiento, mientras todavía había tiempo, como una preparación indispensable para gozar de las bendiciones de la nueva época. Como signo externo de este cambio interior, bautizaba en el Jordán a todos aquellos que recibían con fe su mensaje. Muchos fueron movidos por el temor y la esperanza y se some­tieron al rito, pero eran muchos más los que se irritaban por la exposición de sus pecados y se retiraban llenos de ira e incredulidad. Entre éstos estaban los fariseos hacia los cuales él era especialmente severo, y quienes se ofendieron hondamente porque él tenía en tan poco aprecio la descendencia de Abraham a la cual ellos daban tanta importancia.

Un día apareció entre los oyentes del Bautista, uno que llamó su atención de una manera especial, e hizo temblar su voz que nunca había vacilado mientras denun­ciaba en lenguaje enérgico a los más elevados maestros y sacerdotes de la nación. Y cuando éste se presentó, después de concluido el discurso, entre los candidatos para el bautismo, Juan retrocedió. Comprendía que a éste no correspondía el baño de arrepentimiento que no vacilaba en aplicar a todos los otros, y que él mismo no tenía derecho para bautizarlo. Había en el semblante del candidato una majestad, una pureza, una paz, que hirió a este hombre duro como una roca, con un senti­miento de indignidad y de pecado. Era Jesús, que había venido directamente acá, de la carpintería de Nazaret.

Parece que Juan y Jesús no se habían visto antes, aunque sus familias tenían parentesco, y la conexión entre sus carreras había sido predicha antes de su naci­miento. Esto puede haber sido debido a la distancia entre sus respectivos hogares en Galilea y en Judea, y aún más a los hábitos peculiares de Juan. Pero cuando, obedeciendo al mandato de Jesús, procedió Juan a la administración del rito, llegó a entender la significación de la abrumadora impresión que el desconocido había hecho sobre él; porque le fue dado el signo por el cual, como Dios le había indicado, había de conocer al Me­sías, de quien él era precursor. El descendió sobre Jesús, al tiempo que salía del agua en actitud de oración, y la voz de Dios en el trueno lo anunció como su Hijo amado.

La impresión hecha en Juan por la simple mirada de Jesús revela mucho mejor que lo que harían muchas palabras, cuál era su aspecto cuando iba a comenzar su obra, y las cualidades del carácter que había estado madu­rándose en Nazaret hasta su perfecto desarrollo.

El bautismo mismo tenía una significación importante para Jesús. Para los demás candidatos que lo recibieron, el rito tenía un significado doble. Indicaba el abandono de sus pecados anteriores, y su entrada en la nueva era mesiánica. Para Jesús no podía tener la primera de estas significaciones, sino en tanto que él se hubiera identifica­do con su nación, adoptando este modo de expresar su convicción de la necesidad que ella tenía de ser purifi­cada. Pero significaba que también estaba ya entrando por esta puerta a la nueva época de la cual él mismo iba a ser el autor. Este acto expresaba su idea de que había llegado el tiempo en que debía abandonar las ocupacio­nes de Nazaret y dedicarse a su obra especial.

Pero aun más importante fue el descenso del Espíritu Santo sobre él. No era ésta una vana manifestación, ni simplemente una indicación para el Bautista. Era el sím­bolo de un don especial, dado entonces, para prepararlo para su obra, y para culminación del prolongado desarro­llo de sus facultades peculiares.

Es una verdad que se olvida con frecuencia, que el carácter humano de Jesús dependía, desde el principio hasta el fin, del Espíritu Santo. Estamos inclinados a imaginarnos que la conexión entre este carácter y la naturaleza divina hacía esto innecesario. Al contrario, lo hacía mucho más necesario, porque para ser órgano de su naturaleza divina, su naturaleza humana debía estar in­vestida de dones supremos y sostenida constantemente por el ejercicio de ellos. Estamos acostumbrados a atri­buir la sabiduría y gracia de sus palabras, su conocimiento sobrenatural aun de los pensamientos de los hombres, y los milagros que hacía, a su naturaleza divina. Pero en los Evangelios tales prerrogativas se atribuyen constante­mente al Espíritu Santo. Esto no significa que eran independientes de su naturaleza divina, sino que en ellos su naturaleza humana fue capacitada mediante un don especial del Espíritu Santo, para ser el instrumento de su naturaleza divina. Este don le fue dado en su bautismo. Era análogo al posesionamiento de los profetas, tales como Isaías y Jeremías, por el Espíritu de inspiración en aquellas ocasiones de que han dejado el relato, en que fueron llamados a iniciar su vida pública. Es análogo también al derramamiento especial de la misma influen­cia que reciben a veces en su ordenación, aquellos que van a comenzar la obra de su ministerio. Pero a él le fue dado sin medida, mientras que a otros siempre ha sido dado sólo en cierta medida; y comprendía especialmente el don de poderes milagrosos.

 

La tentación de Jesús

Un efecto inmediato de esta nueva investidura parece haber sido el que experimentan con frecuencia, en menor grado, otros que en su pequeña medida han recibido el mismo don del Espíritu para alguna obra. Todo su ser fue conmovido con respecto a su obra. Su anhelo de ocuparse de ella fue elevado al punto más alto, y sus pen­samientos se ocuparon intensamente de los medios por los   cuales  la   había   de   llevar  a  cabo.

Aunque su preparación para su obra había durado muchos años, aunque su corazón estaba puesto en ella, y el plan de su vida estaba claramente definido, era natural que cuando se dio la señal de comenzarla inmediatamen­te, y se sintió repentinamente poseído de los poderes sobrenaturales necesarios para ejecutarla, se presentaron en tumulto a su mente innumerables pensamientos y sen­timientos, y que buscara un lugar solitario en donde reflexionar una vez más sobre toda la situación. Por tanto, se retiró apresuradamente de las riberas del Jordán y fue impulsado al desierto, según se nos dice, por el Espíritu que acababa de serle dado. Allí, por cuarenta días vagó entre arenales y montañas áridas, estando su mente tan absorbida con las emociones e ideas que se amontonaban sobre él que se olvidó aun de comer.

Pero nos causa sorpresa y asombro cuando leemos que durante estos días su alma era escenario de una terrible lucha. Se nos dice que fue tentado por Satanás. ¿Con qué podría él ser tentado, en momentos tan sagrados?

Para entender esto es menester recordar lo antes dicho del estado de la nación judaica, y especial­mente sobre la naturaleza de las esperanzas mesiánicas que abrigaban. Esperaban a un Mesías que obrara mara­villas deslumbrantes y estableciera un imperio que abarcara todo el mundo, con Jerusalén como su centro, y habían puesto en segundo término las ideas de justicia y santidad. Invirtieron por completo el concepto divino del reino que no podía menos que dar a los elementos espirituales y morales la preferencia sobre las considera­ciones materiales, morales y políticas. Ahora bien, lo que tentó a Jesús fue ceder en algo a estas esperanzas, al eje­cutar la obra que su Padre le había encomendado. Debe de haber previsto que de no hacerlo así, era probable que la nación, viendo frustradas sus esperanzas, se apar­tara de él con incredulidad e ira.

Las diferentes tentaciones no fueron más que modi­ficaciones de este mismo pensamiento. La sugestión de que cambiara las piedras en pan para satisfacer su hambre era una tentación a hacer uso del poder de milagros de que acababa de ser dotado, para un objeto inferior a aquellos para los cuales le fue conferido. Esta tentación fue precursora de otras en su vida posterior, tales como cuando la multitud pedía una señal, o que descendiera de la cruz para que pudieran creer en él.

Es probable que la sugestión de que se arrojara del pináculo del templo fuera también una tentación a con­descender con el deseo del vulgo de ver maravillas, porque era parte de la creencia popular que el Mesías aparecería repentinamente y de una manera maravillosa; tal como, por ejemplo, si saltara del pináculo del templo para caer en medio de las multitudes congregadas abajo.

Es claro que la tercera y principal tentación, la de ganarse el dominio de todos los reinos del mundo por un acto de homenaje al maligno, no fue más que un símbolo de obediencia al concepto universal de los judíos de que el reino venidero había de ser una vasta estructura de fuerza material. Era una tentación tal como la que todo obrero de Dios, fatigado con el lento progreso de la justicia, debe de sentir con frecuencia, y a la cual personas aun de las mejores y más sinceras han cedido a veces; una tentación a comenzar por fuera en vez de comenzar por dentro, a hacer primero una gran armazón de conformidad externa con la religión, y llenarla des­pués con la realidad. Fue la tentación a que sucumbió Mahoma cuando hizo uso de la espada para sojuzgar a aquellos a quienes después iba a dar la religión, y a la que sucumbieron los jesuitas cuando bautizaban a los paga­nos primero y los evangelizaban después.

Nos causa asombro pensar en que se presentaran semejantes sugestiones a la santa alma de Jesús. ¿Podía ser tentado él a desconfiar de Dios y aun a adorar al maligno? No hay duda de que estas tentaciones fueron arrojadas de él como las imponentes olas se retiran, he­chas pedazos, del seno de la peña sobre la que se han arrojado. Pero estas tentaciones pasaron sobre él no sólo en esta ocasión, sino muchas veces antes en el valle de Nazaret, y frecuentemente después en las luchas y crisis de su vida. Debemos tener presente que no es pecado el ser tentado, que sólo es pecado ceder a la tentación. Y de hecho, cuanto más pura sea el alma tanto más do­loroso será el aguijón de la tentación al buscar entrada en su pecho.

Aunque el tentador se apartó de Jesús sólo por algún tiempo, fue ésta la lucha decisiva; fue completamente derrotado y su poder destruido de raíz. Milton ha indi­cado esto concluyendo en este punto el Paraíso Restaura­do. Jesús salió del desierto con el plan de su vida, formado sin duda mucho antes, endurecido por el fuego de la prueba. Nada es más notable en su vida posterior que la resolución con que llevaba a cabo este plan. Otros hombres, aun aquellos que han ejecutado grandes obras, no han tenido a veces ningún plan definido, y sólo han visto gradualmente, en la evolución de las cir­cunstancias, el camino que debían seguir. Sus propósitos han sido modificados por los eventos y por los consejos de otros. Pero Jesús principió con su plan perfeccionado, y nunca se desvió de él ni en el grueso de un cabello. Rechazó la intervención en este plan de su madre y de su discípulo principal, tan resueltamente como lo sostenía bajo la furibunda oposición de sus enemigos declarados. Y su plan era establecer el reino de Dios en el corazón de cada hombre, y poner su confianza no en las armas de fuerza política y material sino en el poder del amor y en la fuerza de la verdad.

 

Su ministerio

Divisiones de su ministerio público

Se calcula generalmente que el ministerio público de Jesús duró tres años. Cada uno de ellos tiene su carácter propio. El primero puede llamarse el año de retiro, tanto porque los datos que tenemos de él son muy escasos, como porque durante este año, parece sólo haber estado saliendo muy lentamente a la luz pública. Fue pasado en su mayor parte en Judea. El segundo fue el año de popularidad, durante el cual todo el país había llegado a saber de él. Su actividad era incesante, y su fama reso­naba por toda la extensión del país. Transcurrió casi totalmente en Galilea. El tercero fue el año de oposición. durante el cual su popularidad iba menguando, sus ene­migos se multiplicaban, y lo atacaban con más y más tenacidad, y por fin él sucumbió, víctima del odio. Pasó los primeros seis meses de este año final en Galilea, y los otros seis en otras partes del país.

Bajo este aspecto el bosquejo de la vida del Salvador se parece al de muchos reformadores y bienhechores de la humanidad. Una vida tal comienza, muchas veces, con un período durante el cual el público llega gradualmente a te­ner noticias del nuevo hombre que está entre ellos. Luego viene el período en que su doctrina o reforma es llevada en hombros de la popularidad; y concluye con una reac­ción en la cual las añejas preocupaciones e intereses que han sido atacados por él se recobran del ataque, y ganando a su favor las pasiones del vulgo lo destruyen en su rabia.

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