Volver a Vida de Jesús

Nacimiento, infancia y juventud de Jesús

La natividad

Augusto César ocupaba el trono del imperio romano, y bastaba un movimiento de su dedo para poner en juego la maquinaría del gobierno sobre casi todo el mundo civilizado. Estaba orgulloso de su poder y riquezas, y era una de sus ocupaciones favoritas preparar un registro de las poblaciones y de los productos de sus vastos do­minios. Por esto promulgó un edicto, como dice Lucas el evangelista, “que toda la tierra fuese empadronada”, o para expresar con más exactitud lo que las palabras quieren decir, que se hiciera un censo de todos sus súbditos, para que sirviera como base para futuras contri­buciones.

Uno de los países afectados por este decreto fue , cuyo rey, Herodes el Grande, era vasallo de Augusto. Esto puso a toda la tierra en movimiento; porque, de conformidad con la antigua costumbre judai­ca, el censo se tomaba, no en las localidades en donde los habitantes residieran sino en los lugares a que perte­necían como miembros de las doce tribus originales.

Entre las personas que el edicto de Augusto, desde lejos, arrojó a los caminos, estaba una humilde pareja de la villa de Nazaret de Galilea, José, carpintero de la aldea, y María, su esposa. Para inscribirse en el registro debido, tenían que hacer un viaje de unos 150 kilóme­tros, porque a pesar de ser aldeanos, tenían en sus venas la sangre de reyes y pertenecían a la antigua y real ciudad de Belén, en la parte meridional del país. Día por día la voluntad del emperador, como una mano invisible, los impulsaba hacia el sur, por el pesado camino, hasta que por fin ascendieron la pedregosa subida que conducía a la puerta de la población; él amedrentado de ansiedad, y ella casi muerta de fatiga.

Llegaron al mesón, pero lo hallaron atestado de foras­teros que llevando el mismo negocio que ellos, habían llegado con anticipación. Ninguna casa abrió amistosa­mente sus puertas para recibirlos, y se resolvieron a preparar para su alojamiento un rincón del corral, que de otro modo hubiera sido ocupado por las bestias de los numerosos viajeros. Allí, en esa misma noche, ella dio a luz a su hijo primogénito; y por no haber una mano femenil que la ayudara, ni cama que lo recibiera, lo en­volvió ella misma en pañales y lo acostó en un pesebre.

De esta manera fue el nacimiento de . Nunca comprendí bien lo patético de la escena hasta que, estando un día en el cuarto de un antiguo mesón de la población de Eisleben, en la Alemania Central, me dije­ron que en ese mismo punto, cuatro siglos hacía, en medio del ruido de un día de mercado y la confusión de un mesón, la esposa del pobre minero Hans Lutero, que estuvo allí en un negocio, sorprendida como María por una angustia repentina, dio a luz, en medio de tristeza y pobreza, al niño que había de ser Martín Lutero, el héroe de la Reforma y el creador de la Europa moderna.

A la mañana siguiente, el ruido y la actividad comenzaron de nuevo en el mesón y en el corral. Los ciudada­nos de Belén seguían con sus ocupaciones; el empadrona­miento continuaba; y entre tanto el más grande suceso de la historia del mundo se había verificado. Nunca sa­bemos dónde pueda estarse iniciando el comienzo de una nueva época.    La venida de cada nueva alma al mundo es un misterio y un arca cerrada llena de posibi­lidades. Sólo José y María conocían el tremendo secreto; que sobre ella, la virgen rústica y esposa del carpintero, se había conferido la honra de serla de Aquel que era el Mesías de su raza, el Salvador del mundo y el .

Había sido predicho en la antigua profecía que el había de nacer en ese mismo punto: “Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel”. El decreto del soberbio emperador hizo caminar hacia el sur a la fati­gada pareja; pero otra mano los iba guiando, la de Aquel que encamina los intentos de emperadores y reyes, de estadistas y parlamentos, para llevar a cabo Sus propios propósitos, aunque ellos no lo conozcan. Los guiaba él que endureció el corazón de Faraón, llamó a Ciro como esclavo a sus pies, hizo del poderoso Nabucodonosor siervo suyo, y de la misma manera podía dominar para su magno propósito la soberbia y la ambición de Augusto César.

El grupo alrededor del niño

Aunque Jesús hizo su entrada al teatro de la vida de una manera tan humilde y silenciosa; aunque los ciudadanos de Belén ni soñaban lo que pasaba entre ellos; aunque el emperador de Roma ignoraba que su decreto había te­nido que ver con el nacimiento de un rey que había de reinar no sólo sobre el mundo romano, sino también so­bre muchas tierras en donde las águilas romanas no llegaron jamás; aunque a la mañana siguiente la historia del mundo seguía ruidosamente las vías de sus intereses ordinarios, completamente inconsciente del suceso que acababa de verificarse, sin embargo, este acontecimiento no pudo dejar del todo de llamar la atención. Tal como la criatura saltó en el vientre de la anciana Elizabet cuando se le acercó la madre del Señor, así cuando apa­reció Aquel que traía consigo un mundo nuevo, anticipa­ciones y presagios de la verdad nacieron en varios de los representantes del mundo antiguo que había de desapa­recer. Aquí y allá, un temblor indefinido y apenas per­ceptible, conmovió a almas sensibles que estaban en espera, y las reunió alrededor de la cuna del niño. ¡Ved al grupo que se juntó para mirarle! Representa en miniatura toda su historia futura.

Primero vinieron los pastores, de los campos vecinos. Lo que no fue visto por los reyes y los grandes del mun­do, fue motivo que arrebató a los príncipes del cielo hasta hacerles romper los límites de la invisiblidad con que se revisten, para expresar su gozo y explicar la signi­ficación del gran suceso. Y buscando los corazones más dignos para comunicarlo, los hallaron en estos sencillos pastores, que pasaban una vida de contemplación y ora­ción en los campos llenos de instructivos recuerdos; en donde Jacob había guardado sus rebaños, donde Booz y Rut se casaron, y David, el personaje máximo del Anti­guo Testamento, pasó su juventud. Allí aprendían éstos, por el estudio de los secretos y necesidades de sus pro­pios corazones, mucho más, tocante a la naturaleza del Salvador venidero, que lo que pudiera aprender el fariseo en medio de la pompa religiosa del templo, o el escriba hurgando a ciegas en las profecías del Antiguo Testamento. El ángel los dirigió a donde estaba el Salvador, y se apresuraron a ir a la aldea para hallarlo. Eran represen­tantes de la gente aldeana “de corazón bueno y recto” que más tarde formó la mayor parte de sus discípulos.

Después de ellos vinieron Simeón y Ana, represen­tantes de los devotos e inteligentes escrutadores de las Escrituras que en aquel tiempo esperaban que apareciera el Mesías, y después vinieron a ser algunos de sus más fieles adherentes.

Al octavo día después de su nacimiento, el niño fue circuncidado, “conforme a la ley”, ingresó en el pacto y con su propia sangre escribió su nombre en la lista de la nación. Poco después, cuando terminaron los días de la purificación de María, lo llevaron de Belén a para presentarlo al Señor en el templo. Era “el Señor del templo entrando al templo del Señor”; pero pocos de los que visitaban el sagrado recinto deben de haber recibido menos atención por parte de los sacerdotes, porque María, en vez de ofrecer el sacrificio que era usual en semejantes casos, sólo pudo ofrecer dos tórto­las, la ofrenda de los pobres.

Sin embargo, había ojos que observaban, sin ser deslumbrados por la ostentación y el brillo del mundo, ante los cuales la pobreza del niño no lo ocultaba. Simeón, el anciano santo, que en respuesta a sus oraciones había recibido promesa secreta de que no moriría sin que hu­biera visto al Mesías, encontró a los padres con el niño. Como un rayo pasó por su inteligencia la idea de que éste, por fin, era Aquél; y tomándolo en sus brazos, alabó a Dios por la venida de la luz que iba a ser reve­lada a los gentiles y la gloria de su pueblo Israel.

Mientras hablaba, otro testigo entró en el grupo. Era Ana, viuda piadosa que literalmente moraba en los atrios del Señor y había limpiado la vista de su espíritu con la eufrasia y la ruda de la y el ayuno, hasta que pudo traspasar con una mirada profética el velo del sentido. Agregó su testimonio al del anciano, alabando a Dios y confirmando el tremendo secreto a las otras almas que estaban en espera y en busca de la redención de Israel.

Los pastores y estos ancianos santos estaban cerca del punto en que el nuevo poder entraba al mundo. Pero el mismo suceso conmovió a almas susceptibles que esta­ban a una distancia mucho mayor. Es probable que fuera después de la presentación en el templo y después que sus padres habían vuelto a Belén, adonde querían fijar su residencia en vez de Nazaret, que Jesús fue visi­tado por los sabios del Oriente. Estos eran miembros de la clase instruida conocida por el nombre de magos, depositarios de la ciencia, la filosofía, la habilidad médi­ca y los misterios religiosos de los países de más allá del Eufrates.

Tácito, Suetonio y Josefo nos dicen que prevalecía, en las regiones de donde vinieron los magos, una expec­tación general di que un gran rey iba a levantarse en Judea. Sabemos también, por los cálculos del gran as­trónomo Kepler, que en ese mismo tiempo se veía en el cielo una brillante estrella temporaria. Los magos se de­dicaban con ardor al estudio de la astrología y creían que todo fenómeno extraordinario en el cielo era señal de algún suceso notable en la tierra; y es posible que, viendo alguna relación entre esta estrella, a la cual indu­dablemente su atención estaba activamente dirigida, y esa expectación general de que hablan los antiguos histo­riadores, se dirigieran hacia el Occidente para ver si esta esperanza había sido cumplida. Pero debe de haberse despertado en ellos un deseo más profundo, al que Dios respondió. Si su indagación comenzó por la curiosidad y la especulación científica, Dios la condujo en adelante hasta llegar a la verdad perfecta.

Este es su modo de actuar siempre. En vez de incre­par a los imperfectos, él nos habla en lenguaje que comprendemos, aunque exprese su idea muy imperfec­tamente y de este modo nos conduce a la verdad perfecta. De la misma manera que hizo uso de la astro­logía para conducir a la astronomía, y de la alquimia para conducir a la química, y tal como el Renacimiento literario precedió a la Reforma, así él empleó la erudición de estos , que era mitad error y superstición, para conducirnos a la luz del mundo. La visita de ellos era una profecía de cómo, en el futuro, el mundo gentil recibiría la doctrina y salvación divinas y traería sus riquezas y talentos, su ciencia y filosofía para ofrecerlos a los pies de Jesús.

Todos éstos se colocaron alrededor del niño para ado­rarle; los pastores con su sencilla admiración, Simeón y Ana con la reverencia aumentada por la sabiduría y la piedad de largos años, y por último los Magos con sus valiosos dones del Oriente y sus almas preparadas para recibir la instrucción. Pero mientras estos ilustres adora­dores contemplan al niño, podemos ver con la imagina­ción cómo aparece tras ellos, un semblante siniestro y asesino.

Este era Herodes. Este príncipe ocupaba entonces el trono de la nación, el trono de David y de los Macabeos. Era un usurpador extranjero de baja cuna; sus súbditos lo aborrecían, y ocupaba el trono solamente por el favor de los romanos. Era capaz, ambicioso y espléndido. Sin embargo, tenía un alma tan cruel, astuta, sombría e im­pura, que solamente podía encontrarse entre los tiranos de los países orientales. Había sido culpable de todos los crímenes, y había por decirlo así hecho nadar su palacio en la sangre de su esposa, de sus tres hijos, y de muchos de sus parientes. Ahora en su vejez estaba atormentado por las enfermedades, los remordimientos, el odio del pueblo, y el cruel temor que le causaba el pensamiento de que se levantara un aspirante al trono que él había usurpado.

Los magos habían tenido que llegar a la capital para preguntar dónde había de nacer Aquel cuya estrella habían visto en el Oriente. Esta pregunta hirió a Hero-des en su punto más susceptible, pero con diabólica hipocresía ocultó sus temores. Habiendo sabido por los sacerdotes que el Mesías nacería en Belén, hacia allá dirigió a los extranjeros e hizo de modo que volviesen y le dijeran con exactitud dónde se encontraba el nuevo Rey, a quien esperaba destruir de un solo golpe. Sus planes fueron frustrados. Los magos, amonestados por Dios para que no volviesen, regresaron a su país por otro camino.

Entonces su furia estalló como tempestad y envió sus soldados a que matasen en la ciudad de Belén a todos los de dos años abajo. Tan fácil le hubiera sido hender una montaña de diamante como cortar la cadena de los designios divinos. Metió su espada al nido, pero ya el pájaro había volado. José y María huyeron con el niño a Egipto y allí permanecieron hasta la muerte de Herodes. Volvieron después, y residieron en Nazaret, siendo amo­nestados que no fueran a Belén, porque allí hubieran estado en los territorios de Arquelao, hijo de Herodes y semejante a su sanguinario padre. El semblante asesino de Herodes, contemplando de una manera malévola al niño, era una triste profecía de cómo los poderosos del mundo habían de perseguirlo y cortar su vida de sobre la tierra.

 

Los años de silencio en Nazaret Falta de informes fidedignos

Los datos que hasta aquí poseemos son relativamente completos; pero con su establecimiento en Nazaret, des­pués del regreso de Egipto, se acaban nuestros informes. Lo demás de la vida de Jesús, hasta el principio de su ministerio público, nos está encubierto con un denso velo que se levanta una sola vez.

Nosotros habríamos deseado que la narración hubiese continuado, siendo igualmente completa con respecto a los años de su niñez y juventud. En las biografías mo­dernas hay pocas partes más interesantes que las anécdo­tas que relatan de la juventud de sus héroes, porque en éstas podemos ver, en miniatura y con encantadora simplicidad, el carácter y el plan de su vida en el porvenir, ¿Qué no daríamos por saber los hábitos, las amistades, los pensamientos, las palabras y las acciones de Jesús, durante tantos años? Pero así plugo a Dios, cuyo silen­cio no es menos admirable que sus palabras.

Era natural que donde Dios había guardado silencio y la curiosidad era muy intensa, la imaginación del hom­bre procurara llenar el vacío. Por eso, en los primeros tiempos de la iglesia, aparecieron evangelios apócrifos, pretendiendo dar todos los detalles de los acontecimien­tos que los evangelios inspirados no mencionan. Están llenos especialmente de dichos y hechos de la niñez de Jesús. Pero estos escritos sólo manifiestan cuan incapaz es la imaginación humana de tratar semejante tema, y por el contraste de su oropel y exageración, ponen en relieve la solidez y veracidad de la narración de las Escrituras. Ellos le hacen autor de frívolas maravillas, diciendo que hacía pájaros de barro y los echaba a volar, y que cambiaba en cabritos a sus compañeros de juego, etc. En una palabra, son colecciones de fábulas indignas y blasfemas.

Un mal éxito tan grotesco nos amonesta a no entro­meter la imaginación en el recinto sagrado. Bástanos saber que él crecía en sabiduría, en estatura, y en favor con Dios y con los hombres. Fue un niño y un joven real y pasó por todos los grados de un desarrollo natural. Su cuerpo y su inteligencia crecían juntos, el primero aumentándose en vigor, y la otra adquiriendo conoci­mientos y poder. Su carácter, en continuo crecimiento, manifestaba tal gracia que cualquiera que le viese des­cubría y amaba su bondad y pureza.

Pero aunque no se nos permite dar rienda suelta a nuestra imaginación, no se nos prohíbe y es más bien nuestro deber hacer uso del material auténtico que nos proporcionan costumbres de la época o incidentes de su vida posterior que se relacionan con su edad temprana, para enlazar la infancia con el período de su vida en que los evangelistas toman de nuevo el hilo de la biografía. Y es posible que de este modo adquiramos, a lo menos en cierto grado, una idea verdadera de lo que él era como niño y como joven, y entre cuáles influencias continuó su desarrollo durante tantos años de silencio.

 

Su

Sabemos cuáles fueron las influencias del hogar en que fue educado. Su hogar era uno de aquellos que hacían la gloria de su país como la hacen de los nuestros, hoga­res de piadosos e inteligentes artesanos. José, el jefe de la familia, era un hombre sabio y santo; pero el hecho de que no se le menciona en el resto de la vida de Jesús ha hecho que se crea generalmente que murió durante la ju­ventud de Cristo, dejando a es e el cuidado de la familia.

Su madre probablemente ejerció la más decisiva de to­das las influencias exteriores sobre el desarrollo de Jesús. Lo que era ella puede inferirse del hecho de haber sido escogida de entre todas las mujeres del mundo, para ser coronada con el más alto honor que a una mujer pudiera concedérsele. El cántico que de ella nos queda, tocante a su gran privilegio, nos la presenta como un alma religio­sa, rebosante de fervor poético y de patriotismo, y como una mujer que estudiaba las Escrituras y especialmente lo relativo a las mujeres célebres, porque está saturado del Antiguo Testamento y amoldado sobre el cántico de Ana. Ella no fue una reina milagrosa de los cielos, como la ca­lifica la superstición, sino una mujer pura, eminentemente santa, amante y de alma elevada. No necesita ella más aureola. Bajo el influjo del amor de María crecía Jesús, que igualmente la amaba con amor ardiente.

Había otros miembros de la familia; tenía hermanos y hermanas. De dos de ellos, Santiago y Judas, tenemos Epístolas en las Escrituras, y por ellas podemos conocer sus caracteres. Tal vez no sea irreverente inferir del tono severo de sus escritos, que en el estado de incredulidad deben de haber sido de carácter duro y poco simpático. Nunca creyeron en Jesús durante su vida y probablemen­te no fueron sus compañeros muy íntimos en Nazaret. Es probable que estuvo solo la mayor parte del tiempo, y lo patético de su dicho que “no hay profeta sin honra sino en su tierra y en su casa” tuvo también aplicación aun antes de que él iniciara su ministerio.

 

Influencias educativas

Jesús recibió su educación en casa, o tal vez en la de algún escriba de la sinagoga de la aldea; pero fue solamen­te la educación de un pobre. Como decían con desprecio los escribas, “nunca había aprendido”, o como nosotros diríamos, no era graduado de ninguna institución. Esto es cierto; pero el amor al saber se había despertado en él en edad muy temprana. Todos los días experimentaba la alegría que produce la buena y profunda meditación. Tenía la mejor clave para adquirir conocimientos: la in­teligencia lista y el corazón amante; y los tres grandes libros: la , el Hombre, y la Naturaleza, estaban abiertos delante de él.

Es fácil comprender el entusiasmo ferviente con que Jesús se dedicó al estudio del Antiguo Testamento. Sus dichos, llenos de citas de él, nos dan una prueba muy convincente de que este estudio formaba, por decirlo así, el alimento de su inteligencia y el consuelo de su alma. El estudio que hizo de las Escriturasen su juventud fue el secreto de la admirable facilidad con que hacía uso de ellas en lo sucesivo para enriquecer su predicación y reforzar su doctrina, para resistir los asaltos de sus oposi­tores, y para vencer las tentaciones del maligno.

Las citas que hizo Jesús de aquellas Escrituras nos indican también que las leyó en el original hebreo y no en la versión griega que se usaba generalmente. El hebreo era idioma muerto aun en Palestina, tal como actual­mente lo es el latín en Italia; pero era natural que él deseara leer las Escrituras en las mismas palabras en que fueron escritas. Aquellos que no han logrado tener una buena educación, pero que con muchas dificultades han logrado aprender lo suficiente del griego para leer el Nuevo Testamento, entenderán mejor como Cristo, en una aldea, se posesionaría de aquel antiguo idioma y con cuánto deleite se dedicaría al estudio de los pergami­nos de la sinagoga o de los manuscritos que él mismo pueda haber tenido. El idioma en que él hablaba y pensaba familiarmente era el arameo, rama del mismo tronco a que pertenecía el hebreo. Tenemos fragmentos de éste en algunos de los dichos memorables de Jesús, tales como: “Talita, cumi”, y “Eloi, Eloi, lama sabactani”. Por otra parte, tuvo la misma oportunidad de aprender el griego, que un mucha­cho nacido en Panamá o en Puerto Rico tendría para aprender el inglés, pues Galilea de los gentiles estaba ha­bitada por muchos que hablaban el griego. De modo que él poseyó, probablemente, tres idiomas: uno, el gran idioma religioso del mundo, en cuya literatura estaba profundamente versado; otro, el más perfecto que ja­más ha existido para expresar las ciencias y los conoci­mientos humanos, aunque no tenemos evidencia de que estuviese familiarizado con las grandes obras de literatura griega; y el tercero, el idioma del pueblo al cual con especialidad dirigía sus predicaciones.

Hay pocos lugares donde la naturaleza humana pueda estudiarse mejor, que en un pequeño pueblo o aldea, porque allí se conoce casi totalmente la vida y carácter de sus habitantes. En una ciudad puede verse mayor número de personas, pero con pocas está uno relacionado íntimamente, porque allí sólo la vida exterior es visible; no así en una aldea, donde la vista exterior es reducida, pero la interior es profunda y la espiritual ilimitada. Nazaret era una ciudad notable por su maldad, como puede muy bien inferirse de aquella pregunta proverbial: “¿De Nazaret puede haber algo de bueno?”. Jesús no conocía el pecado en su propia alma, pero en la ciudad tenía delante la exhibición completa del tremendo pro­blema del mal con el cual era su misión luchar.

Entraba en contacto íntimo con la naturaleza humana por motivo de su oficio. No cabe duda de que él traba­jaba como carpintero en el taller de José. ¿Quiénes podían conocerlo mejor que los que vivían en el mismo lugar y los que, más tarde, admirados por su predicación, exclamaron: “¿No es éste el carpintero? “. Sería difícil comprender plenamente la significación del hecho de que de entre todas las condiciones en que Dios pudiera haber colocado a su Hijo, durante su permanencia entre los hombres, escogiese la de un artesano. Este hecho selló con eterno honor el trabajo del obrero. Hizo también que Jesús se familiarizase con los sentimientos de la mul­titud y le ayudó a conocer lo que es el hombre. Después se dijo que él sabía esto tan perfectamente, que no nece­sitaba que ningún hombre se lo enseñase.

Los viajeros nos dicen que el lugar en donde él creció es uno de los más hermosos de la tierra. Nazaret está si­tuado en un valle apartado, en forma de cuenca, entre las montañas  de  Zabulón,  precisamente en donde éstas descienden al valle de Esdraelón, con el cual está unido por una vereda escarpada y pedregosa. Sus blancas casas. con vides que trepan por las paredes, se medio ocultan entre los huertos y arboledas de olivo, higuera, naranjo y granado. Sus campos están divididos por cercas de cacto, y adornados con flores de diferentes colores. Tras la al­dea se levanta una colina de 150 metros de altura, desde cuya cima se disfruta de una de las vistas más hermosas del mundo.   Al norte se ven las montañas de Galilea, y las cumbres del Hermón cubiertas de nieve; al oeste, la cumbre del Carmelo, la costa de Tiro y las relucientes aguas del Mediterráneo; a unas cuantas millas al este, la masa cónica del Tabor; y al sur el llano de Esdraelón con las montañas de Efraín más allá.

La predicación de Jesús nos muestra cuan profunda­mente él había aspirado la esencia de la belleza natural y lo mucho que se había deleitado en los variados aspec­tos de las estaciones. Fue mientras andaba por estos cam­pos cuando era joven que recogió aquellas hermosas figuras que usaba con tanta abundancia en sus parábolas y discursos. En aquella colina adquirió el hábito de su vida posterior, de retirarse a las montañas para pasar la noche en oración solitaria. Las doctrinas de su predi­cación no fueron formuladas en el momento de pro­nunciarlas. Fueron emitidas como una corriente al presentarse la ocasión, pero el agua de ella se había estado recogiendo en un recóndito manantial durante muchos años. Su doctrina la había desarrollado en los campos y en las montañas durante los años de feliz y tranquila meditación y oración.

Debe mencionarse todavía otra influencia educativa. Cada año, después de haber cumplido los doce años, iba con sus padres a Jerusalén, a la fiesta de la Pascua. Afortunadamente tenemos el relato de la primera de estas visitas. Es la única ocasión durante treinta años, en que el velo de lo desconocido se levanta un tanto.

Todos aquellos que recuerdan su primer viaje de la aldea a la capital de su país, comprenderán el gozo y agi­tación que debe de haber experimentado Jesús al salir del hogar. Por más de 100 kilómetros el camino atra­viesa una región de la cual cada kilómetro rebosaba de recuerdos históricos e inspiradores. El se unió a la creciente caravana de peregrinos que caminaban, llenos de entusiasmo religioso, para conmemorar la gran fiesta eclesiástica del año. Se dirigía hacia una ciudad que cada corazón judío amaba con una intensidad mayor que la que se haya dado jamás a cualquier otra capital. Una ciudad llena de objetos y recuerdos a propósito para tocar las más profundas fuentes de interés y emoción en su alma.

En tiempo de la Pascua la ciudad hervía con forasteros de más de SO países diferentes, que hablaban otros tan­tos idiomas y vestían otros tantos trajes diferentes. Jesús tomaba parte, por primera vez, en una solemnidad anti­gua y llena de recuerdos patrióticos y sagrados. No ha de extrañarnos que cuando llegó el día en que debía volver, estuviese tan excitado con los nuevos objetos de interés, que no se uniese a la compañía en el lugar y tiempo se­ñalados.   Un lugar fascinaba su interés sobre cualquier otro:   el templo, y especialmente la escuela donde ense­ñaban los maestros de la sabiduría. Su mente rebosaba de preguntas, cuya aclaración podía pedir a aquellos docto­res.   Su sed de sabiduría tenía la primera oportunidad para satisfacerse. Allí pues, escuchando a los oráculos de la sabiduría de aquel tiempo y con la excitación pintada en su semblante, le hallaron sus atribulados padres, que volvían con ansiedad para buscarlo, habiéndole echado de menos después de la primera jornada hacia el Norte.

Su respuesta a la pregunta un tanto reprensiva de su madre, descubre el carácter de su alma en el tiempo de su juventud, y nos deja ver ampliamente los pensamientos que lo ocupaban en las campiñas de Nazaret. Nos mues­tra que a pesar de su juventud se había elevado ya sobre las masas del pueblo, las que pasan la vida sin preguntarse cuál será la significación o el término de la existencia. Sabía que había de desempeñar una misión divinamente señalada, cuyo cumplimiento debía ser la sola ocupación de su vida. Este fue el pensamiento ardiente de toda su vida posterior. Debiera ser el primero y el último pensa­miento de toda vida. En la vida posterior de Jesús vemos que con frecuencia repite en sus predicaciones ese pen­samiento, y por último lo oímos resonar, cual campana de oro, al concluir su obra, en aquellas palabras tan solemnes: ” ¡Consumado es!”.

Se ha preguntado con frecuencia si Jesús supo siempre que era el Mesías, y en caso contrario, cómo y cuándo le vino este conocimiento; si le fue sugerido al oír a su madre referir la historia de su nacimiento, o si le fue anun­ciado por inspiración interior. ¿Vino este conocimiento de una sola vez, o gradualmente? ¿Cuándo fue que tomó forma en su alma el plan de su carrera, que llevó a cabo tan resueltamente desde el principio de su ministerio? ¿Fue el lento resultado de años de reflexión, o le vino instantáneamente? Estas preguntas han ocupado la aten­ción de los más eminentes cristianos, y han recibido muy diferentes contestaciones. Y no me atreveré a resolverlas; mucho menos, teniendo delante la respuesta que dio a su madre, me permito pensar en que haya habido un tiempo en que no supiese cuál iba a ser su misión en este mundo.

Sus visitas subsecuentes a Jerusalén deben de haber tenido mucha influencia sobre el desarrollo de su carácter. Si volvió con frecuencia a escuchar y a hacer preguntas a los rabinos de las escuelas del templo, no debe de haber tardado en descubrir cuan superficial era su renombrada sabiduría. Es probable que en estas visitas anuales descubriese la completa corrupción de la religión de aquel tiempo, y la necesidad de una reforma radical tanto en la doctrina como en la práctica, y mar­case las prácticas y las personas que más tarde había de atacar con la vehemencia de su indignación sagrada.

Tales fueron las condiciones externas entre las cuales creció Jesús hasta la edad madura. Sería fácil exagerar la influencia que pudiera suponerse que ejercieron sobre su desarrollo. Mientras más grande y original sea el ca­rácter, menos depende de las peculiaridades de su situa­ción. Se alimenta de las fuentes profundas que tiene dentro de sí, y en su germen encierra un tipo que se de­sarrolla según sus propias leyes y que desafía las circuns­tancias. En otras circunstancias cualesquiera, Jesús hu­biera llegado a ser, en todos los puntos esenciales, exacta­mente la misma persona que llegó a ser en Nazaret.

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