Serie sobre historia de la Iglesia. La era del Imperio Romano “Cristiano” (312 d.C. – 590 d.C.)

Tal vez usted haya escuchado la anécdota sobre el grupo de teólogos que se encontraban discutiendo las doctrinas de predestinación y libre albedrío. Cuando se acaloró el debate, los disidentes quedaron divididos en dos grupos. Cierto hombre, incapaz de tomar una decisión firme para unirse a algún grupo, se metió en la comitiva de la predestinación. Al sentirse acorralado por los que le preguntaron por qué estaba allí, contestó: “Llegué aquí por mi propia voluntad”.

 El grupo replicó: “¡Libre albedrío! ¡Usted pertenece a este grupo!” De inmediato el hombre pasó al grupo opuesto y cuando le preguntaron por qué se había cambiado respondió: “Ustedes me mandaron a venir aquí”. “¡Salga de aquí!”, le increparon. “No se puede unir a nosotros hasta que lo haga por una decisión propia en su libre albedrío”.

Al final de todo, el confundido hombre quedó por fuera de la discusión.

 

pelagio

Pelagio

Pelagio

En la primera parte del siglo quinto, esta cuestión y todas sus implicaciones fue el objeto de un debate acalorado. Todo empezó cuando un monje británico de nombre Pelagio expresó su distanciamiento de una afirmación hecha por Agustín, el gran teólogo de la ciudad de Hipona al norte de África.

 El comentario que inició la controversia fue una sola frase en una oración escrita por Agustín, quien tenía una profunda conciencia de su propia pecaminosidad. Convencido de su indefensión absoluta ante los ojos de Dios, clamó: “Oh Dios, manda lo que sea tu voluntad, pero concede lo que mandas”.

 El punto de Agustín era muy simple; si Dios esperaba algo de él, Dios tendría que conceder lo que era esperado. En sí mismo, Agustín estaba demasiado encadenado al pecado como para guardar hasta el más básico de los mandatos de Dios.

  El padre de Agustín había sido un pagano y su madre, Mónica, una devota cristiana. A pesar de la pobreza en que vivieron, la familia pudo brindarle una buena educación, primero cerca de Roma y luego en Cartago, la capital del norte de África. Allí Agustín cayó en pecado moral y engendró un hijo ilegítimo, Adeodato. Luego abandonó a su amante y terminó “enmarañado en un torbellino de vicios sexuales”. Debido a que era incapaz de controlar sus pasiones, vivía atormentado por la culpa y la impotencia moral.

 En un día la conversión de Agustín había sido por completo de un esclavo del pecado a un esclavo de la justicia. Pelagio, el monje británico, no tenía ese mismo sentido de impotencia espiritual. Era un hombre bien disciplinado y un estudiante de teología griega que creía que con un poco de ayuda de Dios el hombre podía mejorar su situación. Cerca de 409 viajó a Roma y escribió un comentario sobre las epístolas de Pablo. Convirtió a un joven teólogo llamado Celestio a su enseñanza, según la cual el hombre era capaz por su propia fuerza de guardar cualquier mandamiento que Dios le diera.

 Sería incongruente que Dios diera al hombre un mandato que no pudiese obedecer. Pelagio creía que como Cristo dijo: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto”, era imposible que diera un mandamiento de tal dimensión si estuviera más allá del alcance humano. Habló con elocuencia acerca de las virtudes del hombre y su capacidad inherente para hacer la voluntad de Dios: “Puesto que yo hablo tantas veces acerca del mejoramiento moral y del llevar una vida santa, me he acostumbrado primero que todo a mostrar el poder y la calidad de la naturaleza humana así como los grandes logros que puede alcanzar”.

 La piedra angular de la teoría de Pelagio era la libertad de la voluntad. Al verse enfrentado a tomar la decisión entre pecar o no pecar el hombre puede escoger cualquiera de las dos direcciones. Para citar a Pelagio, el hombre tiene “la capacidad en absoluto igual en todo momento para hacer el bien o el mal”. Por lo tanto, el hombre puede, si así lo desea, vivir libre de pecado. Si no pudiéramos guardar todos los mandamientos de Dios, no sería justo de su parte exigir su cumplimiento perfecto por parte de los hombres. La frase emblemática de Pelagio era: “Todo lo que debo hacer, lo puedo hacer”.

 

Celestio, el pupilo de Pelagio, aseveró lo siguiente:

        1.    Adán fue creado mortal y habría muerto aun si no hubiese pecado.

        2.    La caída de Adán le ocasionó daño a él pero no a la raza humana.

       3.    Los niños entran al mundo en la misma condición en que Adán vivió antes de la caída.

      4.    La raza humana no muere a causa de la caída de Adán ni se levanta de nuevo a causa de la resurrección de Cristo.

      5.    Los niños bautizados, al igual que los demás, se salvan.

      6.    La ley, al igual que el evangelio, conduce al reino de los cielos.

      7.    Incluso antes de la muerte de Cristo hubo hombres sin pecado.

 

No obstante, debemos dar crédito a Pelagio por haber planteado una interrogante que sería objeto de serios debates durante siglos: si el hombre no tiene libertad para obrar conforme a su voluntad (libre albedrío), ¿cómo puede Dios hacerle responsable de sus acciones?

 

Agustín de Hipona

Agustín de Hipona

Agustín de Hipona

 Agustín creía que Adán fue creado con la capacidad para no pecar, pero a causa de la caída el pecado se había convertido en algo inevitable. A partir de ese momento, ningún hombre en sus propias fuerzas tiene la libertad para vivir de una manera recta delante de Dios. Lo que es todavía más obvio es que el hombre no puede cambiar su propio corazón.

 Agustín creía que los infantes nacen y entran al mundo bajo la condenación del pecado de Adán. No solo nacen con este pecado original, sino que tienen una naturaleza corrupta y por lo tanto carecen de la capacidad para cumplir los mandamientos de Dios. Si los hombres se salvan, solo es gracias a la intervención directa de Dios. La regeneración del alma debe ser la obra exclusiva y sobrenatural del Espíritu Santo. La salvación solo es por gracia. Como el teólogo norteamericano William Shedd escribe: “La gracia se imparte al hombre pecador, no porque él crea, sino con el fin de que pueda creer; esto se debe a que la fe misma es un regalo de Dios”.

 Por lo tanto, si un hombre es tan pecaminoso que no puede cooperar en su propia salvación, surge la pregunta: ¿Por qué se salvan algunos hombres y otros no? La respuesta, según Agustín, es que Dios ha predestinado algunos hombres a la vida eterna. Dios da a estos tanto el deseo como la capacidad de creer en Cristo; lo hacen a causa de la elección de Dios y no la de ellos.

 Para Agustín, la voluntad del hombre no era libre como Pelagio había enseñado. Si Pelagio tenía razón, el hombre podría de alguna manera trastornar los propósitos de Dios, pero debido a que la voluntad humana está bajo la dirección de Dios, es indudable que el propósito divino se cumple a perfección.

 En consecuencia, Agustín creía que los no convertidos carecían de libre albedrío, en cambio los cristianos sí tenían por lo menos la capacidad para elegir hacer lo bueno. Debido a que Dios les ha dado el Espíritu Santo, poseen la capacidad para

hacer lo que deben hacer. Libertad significa que les es dada la gracia para compensar el peso de su pecaminosidad. Así como la ley es establecida por fe, el libre albedrío es establecido por la gracia. La gracia cura a la voluntad de tal manera que pueda amar la justicia.

 ¿Por qué manda Dios a los pecadores que hagan lo que no pueden hacer? “Dios ordena algo que no podemos hacer, a fin de que podamos saber lo que debemos pedirle”.


Resumen

Es claro que las perspectivas de Pelagio y Agustín se encuentran en aguda oposición entre sí. Al resumir el progreso del debate hasta ahora vienen a la mente varias observaciones.

 En primer lugar, podemos ver cómo se relacionan entre sí las doctrinas. Cuando Pelagio llegó a creer en la capacidad humana, disminuyó la necesidad de la gracia de Dios. Cuando Agustín concluyó que el hombre había caído de una manera tan profunda que su voluntad estaba sometida al pecado en esclavitud, magnificó la necesidad de la gracia divina. Como veremos más adelante, una creencia, bien sea verdadera o falsa, dicta casi siempre la constitución de todo un sistema teológico.

 En segundo lugar, podemos ver la profunda influencia de un hombre en la historia del pensamiento cristiano. A partir de Agustín se bifurcan dos corrientes teológicas que definen el desarrollo de la doctrina en los siglos siguientes. Los reformadores, tales como Lutero y Calvino, le citan con aprobación a medida que desarrollan la doctrina bíblica de la salvación que se había perdido en tiempos medievales. Los católicos romanos le utilizaron para respaldar su visión de la iglesia.

 Como se podría esperar, el pelagianismo fue condenado por la iglesia pero el pensamiento de Agustín tampoco fue aceptado del todo. La naturaleza humana se resiste a la idea de que Dios toma la decisión final en cuanto a quiénes se van a salvar y quiénes se van a perder. Por esa razón se adoptó con posteridad una posición mediadora que trató de combinar estos dos sistemas teológicos divergentes.

 

Semipelagianismo

La visión agustiniana de predestinación doble y el carácter irresistible de la gracia no fue acogida en algunos círculos teológicos. Algunos teólogos creían que conducía al fatalismo.

Acusaron a Agustín de decir: “Por predestinación de Dios los hombres están forzados a pecar y son impulsados a la muerte por alguna clase de necesidad fatal”. Es más, si Agustín sigue su lógica hasta las últimas consecuencias, tendría que afirmar que el mal es voluntad de Dios.

 Como resultado, algunos teólogos trataron de rescatar los mejores aspectos de los dos extremos. El hombre sin duda se había corrompido a causa de la caída, pero sus poderes racionales no habían sido tan afectados. Por lo tanto, la salvación era por gracia pero el hombre podía cooperar con Dios en su propia salvación.

 Estos hombres afirmaban que la soberanía de Dios y el libre albedrío del hombre operaban juntos en forma de antinomia, es decir, que su contradicción mutua solo era aparente. Agustín había resuelto el dilema en favor de la gracia y por eso tuvo

que negar la libertad humana; Pelagio lo resolvió a favor de la libertad humana y negó la gracia. El semipelagianismo prometía evitar ambos errores.

Los teólogos estaban seguros de que existía un sendero medianero con el cual se pudiera afirmar la necesidad de tanto libertad humana como gracia divina. ¿Cómo podría darse el llamado al arrepentimiento a menos que todos los hombres pudieran ser salvos? Si solo podían salvarse los elegidos, la invitación a todos los hombres sería algo superfluo. De hecho, si los elegidos van a ser salvados por la voluntad predeterminada de Dios, ¿para qué tomarse la molestia de evangelizar a los incrédulos?

Por eso el semipelagianismo enseñaba que había lugar para la gracia al lado del libre albedrío. Por un lado, Dios envió a Cristo para morir por los pecados del mundo entero; por otro lado, Él en su gracia dio al hombre libre albedrío para que pudiera aceptar o rechazar el regalo de la salvación.

 Esta capacidad natural del hombre también es un don de gracia. El hecho de que Dios ha plantado estas semillas de bondad en el hombre no disminuye la maravilla de la redención. Exaltar el libre albedrío del hombre es exaltar a su Creador.

 Aunque el semipelagianismo fue condenado punto por punto en el concilio de Orange en 529 d.C., llegó a convertirse en la postura oficial de la iglesia católica romana. En la actualidad también goza de amplia aceptación entre los evangélicos que enseñan que no es Dios sino cada hombre como individuo quien elige si es o no salvo. Queda la impresión de que a Dios le gustaría salvar a muchos más de los que se salvan, pero que no lo puede hacer porque no viola el libre albedrío del hombre.

 Para muchos el semipelagianismo es un camino intermedio y satisfactorio entre los dos extremos de Pelagio y Agustín. Sí, la salvación es por gracia, pero que sea recibida o rechazada depende de la voluntad del hombre. Cuando el ser humano recibe el don gratuito de la salvación está cooperando con Dios en la salvación.

 Para otros, sin embargo, el semipelagianismo no responde algunas preguntas difíciles sobre los propósitos y el poder de Dios.

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Bibliografía

 Dennis J. Mock (1995) Perspectiva General de la Iglesia. Atlanta, USA.

 

 

Tal vez usted haya escuchado la anécdota sobre el grupo de teólogos que se encontraban discutiendo las doctrinas de predestinación y libre albedrío. Cuando se acaloró el debate, los disidentes quedaron divididos en dos grupos. Cierto hombre, incapaz de tomar una decisión firme para unirse a algún grupo, se metió en la comitiva de la predestinación. Al sentirse acorralado por los que le preguntaron por qué estaba allí, contestó: “Llegué aquí por mi propia voluntad”.

 

El grupo replicó: “¡Libre albedrío! ¡Usted pertenece a este grupo!” De inmediato el hombre pasó al grupo opuesto y cuando le preguntaron por qué se había cambiado respondió: “Ustedes me mandaron a venir aquí”. “¡Salga de aquí!”, le increparon. “No se puede unir a nosotros hasta que lo haga por una decisión propia en su libre albedrío”.

Al final de todo, el confundido hombre quedó por fuera de la discusión.

 

Pelagio

 

En la primera parte del siglo quinto, esta cuestión y todas sus implicaciones fue el objeto de un debate acalorado. Todo empezó cuando un monje británico de nombre Pelagio expresó su distanciamiento de una afirmación hecha por Agustín, el gran teólogo de la ciudad de Hipona al norte de Africa.

 

El comentario que inició la controversia fue una sola frase en una oración escrita por Agustín, quien tenía una profunda conciencia de su propia pecaminosidad. Convencido de su indefensión absoluta ante los ojos de Dios, clamó: “Oh Dios, manda lo que sea tu voluntad, pero concede lo que mandas”.

 

El punto de Agustín era muy simple; si Dios esperaba algo de él, Dios tendría que conceder lo que era esperado. En sí mismo, Agustín estaba demasiado encadenado al pecado como para guardar hasta el más básico de los mandatos de Dios.

 

 

El padre de Agustín había sido un pagano y su madre, Mónica, una devota cristiana. A pesar de la pobreza en que vivieron, la familia pudo brindarle una buena educación, primero cerca de Roma y luego en Cartago, la capital del norte de África. Allí Agustín cayó en pecado moral y engendró un hijo ilegítimo, Adeodato. Luego abandonó a su amante y terminó “enmarañado en un torbellino de vicios sexuales”. Debido a que era incapaz de controlar sus pasiones, vivía atormentado por la culpa y la impotencia moral.

 

En un día la conversión de Agustín había sido por completo de un esclavo del pecado a un esclavo de la justicia. Pelagio, el monje británico, no tenía ese mismo sentido de impotencia espiritual. Era un hombre bien disciplinado y un estudiante de teología griega que creía que con un poco de ayuda de Dios el hombre podía mejorar su situación. Cerca de 409 viajó a Roma y escribió un comentario sobre las epístolas de Pablo. Convirtió a un joven teólogo llamado Celestio a su enseñanza, según la cual el hombre era capaz por su propia fuerza de guardar cualquier mandamiento que Dios le diera.

 

Sería incongruente que Dios diera al hombre un mandato que no pudiese obedecer. Pelagio creía que como Cristo dijo: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto”, era imposible que diera un mandamiento de tal dimensión si estuviera más allá del alcance humano. Habló con elocuencia acerca de las virtudes del hombre y su capacidad inherente para hacer la voluntad de Dios: “Puesto que yo hablo tantas veces acerca del mejoramiento moral y del llevar una vida santa, me he acostumbrado primero que todo a mostrar el poder y la calidad de la naturaleza humana así como los grandes logros que puede alcanzar”.

 

La piedra angular de la teoría de Pelagio era la libertad de la voluntad. Al verse enfrentado a tomar la decisión entre pecar o no pecar el hombre puede escoger cualquiera de las dos direcciones. Para citar a Pelagio, el hombre tiene “la capacidad en absoluto igual en todo momento para hacer el bien o el mal”. Por lo tanto, el hombre puede, si así lo desea, vivir libre de pecado. Si no pudiéramos guardar todos los mandamientos de Dios, no sería justo de su parte exigir su cumplimiento perfecto por parte de los hombres. La frase emblemática de Pelagio era: “Todo lo que debo hacer, lo puedo hacer”.

 

Celestio, el pupilo de Pelagio, aseveró lo siguiente:

1.    Adán fue creado mortal y habría muerto aun si no hubiese pecado.

2.    La caída de Adán le ocasionó daño a él pero no a la raza humana.

3.    Los niños entran al mundo en la misma condición en que Adán vivió antes de la caída.

4.    La raza humana no muere a causa de la caída de Adán ni se levanta de nuevo a causa de la resurrección de Cristo.

5.    Los niños bautizados, al igual que los demás, se salvan.

6.    La ley, al igual que el evangelio, conduce al reino de los cielos.

7.    Incluso antes de la muerte de Cristo hubo hombres sin pecado.

 

No obstante, debemos dar crédito a Pelagio por haber planteado una interrogante que sería objeto de serios debates durante siglos: si el hombre no tiene libertad para obrar conforme a su voluntad (libre albedrío), ¿cómo puede Dios hacerle responsable de sus acciones?

 

Agustín de Hipona

 

Agustín creía que Adán fue creado con la capacidad para no pecar, pero a causa de la caída el pecado se había convertido en algo inevitable. A partir de ese momento, ningún hombre en sus propias fuerzas tiene la libertad para vivir de una manera recta delante de Dios. Lo que es todavía más obvio es que el hombre no puede cambiar su propio corazón.

 

Agustín creía que los infantes nacen y entran al mundo bajo la condenación del pecado de Adán. No solo nacen con este pecado original, sino que tienen una naturaleza corrupta y por lo tanto carecen de la capacidad para cumplir los mandamientos de Dios. Si los hombres se salvan, solo es gracias a la intervención directa de Dios. La regeneración del alma debe ser la obra exclusiva y sobrenatural del Espíritu Santo. La salvación solo es por gracia. Como el teólogo norteamericano William Shedd escribe: “La gracia se imparte al hombre pecador, no porque él crea, sino con el fin de que pueda creer; esto se debe a que la fe misma es un regalo de Dios”.

 

Por lo tanto, si un hombre es tan pecaminoso que no puede cooperar en su propia salvación, surge la pregunta: ¿Por qué se salvan algunos hombres y otros no? La respuesta, según Agustín, es que Dios ha predestinado algunos hombres a la vida eterna. Dios da a estos tanto el deseo como la capacidad de creer en Cristo; lo hacen a causa de la elección de Dios y no la de ellos.

 

Para Agustín, la voluntad del hombre no era libre como Pelagio había enseñado. Si Pelagio tenía razón, el hombre podría de alguna manera trastornar los propósitos de Dios, pero debido a que la voluntad humana está bajo la dirección de Dios, es indudable que el propósito divino se cumple a perfección.

 

En consecuencia, Agustín creía que los no convertidos carecían de libre albedrío, en cambio los cristianos sí tenían por lo menos la capacidad para elegir hacer lo bueno. Debido a que Dios les ha dado el Espíritu Santo, poseen la capacidad para

hacer lo que deben hacer. Libertad significa que les es dada la gracia para compensar el peso de su pecaminosidad. Así como la ley es establecida por fe, el libre albedrío es establecido por la gracia. La gracia cura a la voluntad de tal manera que pueda amar la justicia.

 

¿Por qué manda Dios a los pecadores que hagan lo que no pueden hacer? “Dios ordena algo que no podemos hacer, a fin de que podamos saber lo que debemos pedirle”.

 

 

Resumen

Es claro que las perspectivas de Pelagio y Agustín se encuentran en aguda oposición entre sí. Al resumir el progreso del debate hasta ahora vienen a la mente varias observaciones.

 

En primer lugar, podemos ver cómo se relacionan entre sí las doctrinas. Cuando Pelagio llegó a creer en la capacidad humana, disminuyó la necesidad de la gracia de Dios. Cuando Agustín concluyó que el hombre había caído de una manera tan profunda que su voluntad estaba sometida al pecado en esclavitud, magnificó la necesidad de la gracia divina. Como veremos más adelante, una creencia, bien sea verdadera o falsa, dicta casi siempre la constitución de todo un sistema teológico.

 

En segundo lugar, podemos ver la profunda influencia de un hombre en la historia del pensamiento cristiano. A partir de Agustín se bifurcan dos corrientes teológicas que definen el desarrollo de la doctrina en los siglos siguientes. Los reformadores, tales como Lutero y Calvino, le citan con aprobación a medida que desarrollan la doctrina bíblica de la salvación que se había perdido en tiempos medievales. Los católicos romanos le utilizaron para respaldar su visión de la iglesia.

 

Como se podría esperar, el pelagianismo fue condenado por la iglesia pero el pensamiento de Agustín tampoco fue aceptado del todo. La naturaleza humana se resiste a la idea de que Dios toma la decisión final en cuanto a quiénes se van a salvar y quiénes se van a perder. Por esa razón se adoptó con posteridad una posición mediadora que trató de combinar estos dos sistemas teológicos divergentes.

 

Semipelagianismo

 

La visión agustiniana de predestinación doble y el carácter irresistible de la gracia no fue acogida en algunos círculos teológicos. Algunos teólogos creían que conducía al fatalismo.

Acusaron a Agustín de decir: “Por predestinación de Dios los hombres están forzados a pecar y son impulsados a la muerte por alguna clase de necesidad fatal”. Es más, si Agustín sigue su lógica hasta las últimas consecuencias, tendría que afirmar que el mal es voluntad de Dios.

 

Como resultado, algunos teólogos trataron de rescatar los mejores aspectos de los dos extremos. El hombre sin duda se había corrompido a causa de la caída, pero sus poderes racionales no habían sido tan afectados. Por lo tanto, la salvación era por gracia pero el hombre podía cooperar con Dios en su propia salvación.

 

Estos hombres afirmaban que la soberanía de Dios y el libre albedrío del hombre operaban juntos en forma de antinomia, es decir, que su contradicción mutua solo era aparente. Agustín había resuelto el dilema en favor de la gracia y por eso tuvo

que negar la libertad humana; Pelagio lo resolvió a favor de la libertad humana y negó la gracia. El semipelagianismo prometía evitar ambos errores.

Los teólogos estaban seguros de que existía un sendero medianero con el cual se pudiera afirmar la necesidad de tanto libertad humana como gracia divina. ¿Cómo podría darse el llamado al arrepentimiento a menos que todos los hombres pudieran ser salvos? Si solo podían salvarse los elegidos, la invitación a todos los hombres sería algo superfluo. De hecho, si los elegidos van a ser salvados por la voluntad predeterminada de Dios, ¿para qué tomarse la molestia de evangelizar a los incrédulos?

 

Por eso el semipelagianismo enseñaba que había lugar para la gracia al lado del libre albedrío. Por un lado, Dios envió a Cristo para morir por los pecados del mundo entero; por otro lado, Él en su gracia dio al hombre libre albedrío para que pudiera aceptar o rechazar el regalo de la salvación.

 

Esta capacidad natural del hombre también es un don de gracia. El hecho de que Dios ha plantado estas semillas de bondad en el hombre no disminuye la maravilla de la redención. Exaltar el libre albedrío del hombre es exaltar a su Creador.

 

Aunque el semipelagianismo fue condenado punto por punto en el concilio de Orange en 529 d.C., llegó a convertirse en la postura oficial de la iglesia católica romana. En la actualidad también goza de amplia aceptación entre los evangélicos que enseñan que no es Dios sino cada hombre como individuo quien elige si es o no salvo. Queda la impresión de que a Dios le gustaría salvar a muchos más de los que se salvan, pero que no lo puede hacer porque no viola el libre albedrío del hombre.

 

Para muchos el semipelagianismo es un camino intermedio y satisfactorio entre los dos extremos de Pelagio y Agustín. Sí, la salvación es por gracia, pero que sea recibida o rechazada depende de la voluntad del hombre. Cuando el ser humano recibe el don gratuito de la salvación está cooperando con Dios en la salvación.

 

Para otros, sin embargo, el semipelagianismo no responde algunas preguntas difíciles sobre los propósitos y el poder de Dios.

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2 comentarios

  1. Quizás este no sea espacio para debatir sobre doctrina, sino sobre historia. Pero bueno, por si acaso se permitiera quisiera dar mi punto de vista: Pienso que la diferencia está en el corazón del hombre: Hacernos una y otra vez la pregunta siguiente:¿qué quieres en realidad, el pecado y el infierno, o el bien y Dios y Jesús? La respuesta es lo que está en nuestro corazón. No hay que forzar las cosas. Eso es lo que nos enseñan las doctrinas bíblicas de la gracia y la predestinación cuando estudiamos el significado de varios argumentos en griego. Dios es el que produce en nosotros el querer como el hacer así que si nosotros nos preguntamos lo que queremos y qué es lo que queremos hacer constantemente llegaremos a un punto en el que abandonaremos el estado de condenación por propia convicción y nos ocuparemos siempre en nuestra salud y salvación(Filipenses 2.12-13), Hay una cosa que podemos aprovechar de Pelagio y es tomar un rol activo en esa ocupación. Es nuestro deber abrirnos a toda verdad de las Escrituras más allá o a pesar de lo que nuestra denominación cree. Por eso pienso que se trata de una división doctrinal innecesaria ya para estos tiempos.

    • Miguel Angel en 15 enero, 2016 a las 1:21 pm
    • Responder

    Yo pienso que aunque la postura moderna sobre este tema, arminianismo, no llega al punto de ser herejia, hay un punto clave para mi que es Soli Deo Gloria o sea toda la gloria es para Dios. Si yo, por mi libre albedrio tengo que tomar la decision de seguir a Jesus o rechazar la salvacion que me promete, al decidir seguir a Jesus me toca parte de la gloria por mi salvacion. Hay otras aristas del debate, como la eficacia de la muerte de Jesus y otras mas, pero para mi esta es la mas importante.

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