Serie sobre historia de la Iglesia. La era del Nuevo Testamento (33 d.C. – 100 d.C.)

Documento elavorado por el MSc. Teológicas Renato Sarmiento, ministro de enseñanza de la1ra Iglesia Bautista de Jiguaní

Nueva secta judía:

Los primeros cristianos no creían que pertenecían a una nueva religión. Ellos eran judíos, y la principal diferencia que les separaba del resto del judaísmo era que creían que el Mesías había venido, mientras que los demás judíos seguían aguardando su advenimiento. Su mensaje a los judíos no era por tanto que tenían que dejar de ser judíos, sino al contrario, que ahora que la edad mesiánica se había inaugurado debían ser mejores judíos. De igual modo, la primera predicación a los gentiles no fue una invitación a aceptar una nueva religión recién creada, sino que fue la invitación a hacerse partícipes de las promesas hechas a Abraham y su descendencia.

Desde el punto de vista de los judíos no cristianos, la situación era la misma. El cristianismo no era una nueva religión, sino una secta herética dentro del judaísmo. Ya hemos visto que el judaísmo del siglo primero no era una unidad monolítica, sino que había en él diversas sectas y opiniones. Por lo tanto, al aparecer el cristianismo, los judíos lo veían como una secta más. La conducta de aquellos judíos hacia el cristianismo se comprende si nos colocamos en su lugar, y vemos el cristianismo, desde su punto de vista, como una nueva herejía que iba de ciudad en ciudad tentando a los buenos judíos a hacerse herejes. Además, en aquella época —y no sin fundamentos bíblicos— muchos judíos creían que la razón por la cual habían perdido su antigua independencia, y quedado reducido al papel de súbditos del Imperio, era que el pueblo no había sido suficientemente fiel a la fe de sus antepasados. Por tanto, el sentimiento nacionalista y patriótico se exacerbaba ante la posibilidad de que estos nuevos herejes pudieran una vez más provocar la ira de Dios sobre Israel.

Luego, los romanos concordaban con los primeros cristianos y con los judíos en que se trataba aquí de un conflicto entre judíos. Siempre que no se produjera un alboroto excesivo, los romanos preferían que los propios judíos resolvieran esa clase de problemas. Pero cuando el tumulto era demasiado, los romanos intervenían para restaurar el orden y a veces para castigar a los culpables. Un caso que ilustra esta situación es la expulsión de los judíos de Roma por el emperador Claudio, alrededor del año 51. Hechos 18:2 menciona esta expulsión, aunque no explica sus razones.

Pero el historiador romano Suetonio nos ofrece un dato intrigante al decirnos que los judíos fueron expulsados de Roma porque estaban causando disturbios constantes “a causa de Cresto”. La mayoría de los historiadores concuerda en que “Cresto” no es otro que Cristo, cuyo nombre ha sido mal escrito. Por lo tanto, lo que sucedió en Roma parece haber sido que, como en tantos otros lugares, la predicación cristiana causó tantos desórdenes entre los judíos, que el emperador decidió expulsarles a todos. En Roma, en esos tiempos, todavía la disputa entre judíos y cristianos parecía ser una cuestión interna dentro del judaísmo.

Antes de pasar a otro punto, debemos señalar un hecho que ha tenido consecuencias fatídicas para las relaciones entre los cristianos y los judíos a través de los siglos. Durante los primeros años del cristianismo, éste existió dentro del marco del judaísmo. En esa situación, el judaísmo trató de aplastarlo, y de ello hay abundantes pruebas en el libro de Hechos y en otros libros del Nuevo Testamento. Pero a partir de entonces, nunca más ha estado el judaísmo en posición de perseguir a los cristianos, mientras que muchas veces los cristianos sí han estado en posición de perseguir a los judíos. Cuando el cristianismo vino a ser la religión de la mayoría, y los judíos se volvieron una minoría dentro de toda una sociedad que se llamaba cristiana, fueron muchos los cristianos que, impulsados por lo que se dice en el Nuevo Testamento acerca de la oposición de los judíos al cristianismo, fomentaron el sentimiento antijudío, y llegaron hasta el extremo de las matanzas de judíos. Por lo tanto es de suma importancia que nos percatemos de que aquellos judíos que persiguieron a los cristianos en el siglo primero lo hicieron creyendo servir a Dios, y que los cristianos que hoy vuelven la situación al revés, y practican el antijudaísmo, están haciendo precisamente lo mismo que condenan en aquellos judíos de antaño.

 

Jesús, la destrucción de Jerusalén y el Apocalipsis:

Jesús comenzó su famoso discurso del Monte de los olivos alejándose del mismo lugar que proveía al pueblo judío su significado teológico y sociológico. Había pronunciado siete ayes sobre los fariseos y luego pronunció lo inimaginable: «la casa de ustedes va a quedar abandonada» (Mateo 23.38). Cuando Jesús expulsó a los mercaderes del templo y volcó sus mesas, Él la designó como «mi casa» (Mateo 21.13). Ahora quedaba relegada a ser «la casa de ustedes». La que una vez fue la morada de Dios ahora simplemente era una casa de personas.

Los maestros de la ley, sin embargo, preferían sus tradiciones en lugar del Maestro que era el cumplimiento de esas tradiciones. Tal como Jesús lo aclaró, el templo viviente se encontraba en medio de ellos, por lo tanto los que adoraban a Dios en espíritu y en verdad no tendrían que adorarle más en un templo samaritano en el monte Guerizín o en un templo judío en Jerusalén (luan 4.21-24). Cuando los discípulos llamaron la atención del Maestro con respecto a la magnificencia del templo y de sus alrededores, El respondió: «Les aseguro que no quedará piedra sobre piedra, pues todo será derribado» (Mateo 24.2).

Sobrecogidos por una ansiedad apocalíptica, los discípulos le preguntaron: «¿Cuándo sucederá eso, y cuál será la señal de tu venida y del fin del mundo?» (Mateo 24.3). Respondiéndoles de manera sobria, Jesús predijo que primero el «evangelio del reino se predicaría en todo el mundo como testimonio a todas las naciones, y entonces vendrá el fin» (v. 14).

Luego sus pronunciamientos proféticos continuaron con palabras como: «se oscurecerá el sol y no brillará más la luna; las estrellas caerán del cielo y los cuerpos celestes serán sacudidos» (v. 29). Hasta le señaló a sus discípulos que verían «en el lugar santo “el horrible sacrilegio” de que habló el profeta Daniel» (v. 15). En ese momento les dijo Jesús: «La señal del Hijo del hombre aparecerá en el cielo, y se angustiarán todas las razas de la tierra. Verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo con poder y gran gloria» (v. 30). Y para no dejar ninguna duda acerca del tiempo de su venida, Jesús dijo: «Les aseguro que no pasará esta generación hasta que todas estas cosas sucedan. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras jamás pasarán» (vv. 34-35).

Permítame reiterar lo que es obvio. Nuestro Señor no tiene problemas de gramática. Si hubiera querido que los discípulos entendieran que Él se refería a una generación 1.900 años después de ellos, no los hubiera confundido utilizando el adjetivo “esta”. El doctor Kenneth Gentry lo ha expresado correctamente: «esta generación», en el contexto del discurso del Monte de los olivos, es «una afirmación didáctica, que no es ambigua, poética o apocalíptica».” Por lo tanto, no existe un significado misterioso escondido en la gramática. Cuando Jesús dijo: «cuando vean en el lugar santo “el horrible sacrilegio”, de la que habló el profeta Daniel» (Mateo 24.15), sus discípulos no pensaron ni por un momento que él se estaba refiriendo a una generación futura.

“Esta generación” aparece catorce veces en los Evangelios y siempre se aplica a los contemporáneos de Jesús.

Cuando Jesús dijo: «Verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo con poder y gran gloria» (Mateo 24.30), estaba utilizando un lenguaje que cualquiera que conociera el Antiguo Testamento entendería fácilmente.

Recuerde el pasaje conocido del Antiguo Testamento en el cual Daniel ve una visión de «alguien con aspecto humano venía entre las nubes del cielo. Se acercó al venerable Anciano y fue llevado a su presencia» (Daniel 7.13). Aquí Cristo claramente no está descendiendo a la tierra en su Segunda Venida, sino más bien ascendiendo al trono del Todopoderoso en vindicación y exaltación.

Un estudiante de la Escritura sabe bien que las «nubes» son un símbolo común en el Antiguo Testamento que muestran a Dios como el Juez soberano de todas las naciones. En palabras de Ezequiel: «El día del Señor se acerca, sí, ya se acerca el día. Día cargado de nubarrones, día nefasto para los pueblos» (Ezequiel 30.3).

O como lo menciona el profeta Joel: «ya viene el día del Señor; en realidad ya está cerca. Día de tinieblas y oscuridad, día de nubes y densos nubarrones» (Joel 2.1-2).

Sin duda que en este momento una gran cantidad de pasajes similares están inundando las mentes de los lectores que conocen las Escrituras. Muchos pueden recordar el lenguaje épico utilizado en el juicio a Egipto: «¡Miren al Señor! Llega a Egipto montado sobre una nube ligera. Los ídolos de Egipto tiemblan en su presencia; el corazón de los egipcios desfallece en su interior» (Isaías 19.1).

Ciertamente nadie sería tan ignorante como para pensar que venir en las nubes en este contexto significa otra cosa más que un lenguaje que denota juicio.

Al igual que Daniel, Isaías, Ezequiel y la gran cantidad de profetas antes que Él, Jesús empleaba el simbolismo de las «nubes» para advertir a sus discípulos del juicio que caería sobre Jerusalén en el período de una generación. El maestro profetizó, utilizando un lenguaje de consumación final para caracterizar un evento cercano: «La señal del Hijo del hombre aparecerá en el cielo, y se angustiarán todas las razas de la tierra. Verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo con poder y gran gloria» (Mateo 24.30). En lugar de predecir su segunda venida, Jesús estaba diciéndoles a sus discípulos que los que fueran testigos de la destrucción de Jerusalén igualmente verían su vindicación y exaltación como el Rey verdadero de Israel.

De manera similar, cuando los discípulos le preguntaron a Jesús acerca de «el fin de siglo», no estaban preguntándole a Jesús acerca del fin del mundo (kosmos). Más bien estaban preguntándole a Jesús acerca del fin de la era corrupta actual (aion) en el contexto de la predicción de la destrucción del templo y de sus edificios. Con la destrucción del templo terminaría el antiguo pacto de los sacrificios que simbolizaban el sacrificio final del Cordero donde todos los símbolos quedarían total y completamente consumados.

Norman Wright lo explica de manera ingeniosa: “Los discípulos habían venido a Jerusalén esperando que Jesús fuera entronado como el legítimo rey. Para esto Jesús tendría que tomar la autoridad que el templo simbolizaba. Ahora ellos se enfrentaban con la noticia de que tomar esa autoridad significaba la demolición, literal y metafórica, del templo cuya desaparición Jesús había predicho constantemente, y que Él mismo ya había derrocado simbólicamente con su acción dramática (pero sin consecuencia aparente) en el templo mismo. Los discípulos ahora «oyeron» el anuncio profético de la destrucción del templo como un anuncio de su propia vindicación. En otras palabras, de su «venida» no flotando en una nube, sino de su «venida» a Jerusalén como el rey vindicado y legítimo”.

 En la misma forma en que Jesús se dirigía a un auditorio del siglo I cuando habló de la destrucción del templo, le estaba hablando a sus contemporáneos cuando dijo:

Así que cuando vean en el lugar santo «el horrible sacrilegio», de la que habló el profeta Daniel (el que lee, que lo entienda), los que estén en Judea huyan a las montañas. El que esté en la azotea no baje a llevarse nada de su casa. Y el que esté en el campo no regrese para buscar su capa. ¡Qué terrible será en aquellos días para las que estén embarazadas o amamantando! Oren para que su huida no suceda en invierno ni en sábado. Porque habrá una gran tribulación, como no la ha habido desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá jamás. (Mateo 24.15-21)

Los judíos que no hicieron caso de la advertencia de Cristo fueron masacrados salvajemente. Alrededor de un millón de ellos murieron a espada; muchos otros fueron hechos prisioneros. Cuando vieron a Jerusalén «rodeado de ejércitos», debieron saber que «su desolación estaba cerca». No obstante, aunque sabían que el pronombre ustedes se refería específicamente a su generación, no hicieron caso de la advertencia porque no creían.

Así que lo que Jesús había visualizado cuando lloró por Jerusalén se convirtió en la peor pesadilla de ellos: «le sobrevendrán días en que tus enemigos levantarán muro y te rodearán, y te encerrarán por todos lados. Te derribarán a ti y a tus hijos dentro de tus murallas. No dejarán ninguna piedra sobre otra, porque no reconociste el tiempo en que Dios vino a salvarte» (Lucas 19.43-44).

Hay algo que debe quedar muy claro para los que leen el discurso del Monte de los olivos de Cristo con ojos bíblicos. El uso de nuestro Señor del pronombre ustedes durante todo el texto es una referencia específica y directa a un auditorio del siglo I, no del siglo XXI. De hecho, las palabras de nuestro Señor se mantienen en congruencia con los profetas del Antiguo Testamento. Cuando dice: «se oscurecerá el sol y no brillará más la luna; las estrellas caerán del cielo y los cuerpos celestes serán sacudidos”» (Mateo 24.29; Marcos 13.24-25; Lucas 21.25), las imágenes de los profetas del Antiguo Testamento deberían mostrarse ante nuestros ojos.

Recuerde, por ejemplo, las imágenes vívidas utilizadas por Isaías con respecto al juicio de Babilonia en el año 539 A.C.: ¡Miren! ¡Ya viene el día del Señor, día cruel, de furor y ardiente ira; convertirá en desolación la tierra y exterminará de ella a los pecadores! Las estrellas y las constelaciones del cielo dejarán de irradiar su luz; se oscurecerá el sol al salir y no brillará más la luna. (Isaías 13.9-10)

Con seguridad nadie supone que las estrellas se convirtieron en supernovas en los días de Isaías. Más bien, de la misma forma en que Isaías utilizó el sol, la luna y las estrellas como metáforas de juicio en contra de Babilonia, Jesús las utilizó como imágenes de juicio en contra de Jerusalén. Al final no depende del «significado de la palabra “existe”», sino más bien de si se va a interpretar la Escritura a la luz de la Escritura, en lugar de la Escritura a la luz de un periódico sensacionalista.

Jesús estaba prediciendo un Apocalipsis ahora, en un período de una generación los judíos experimentarían la destrucción de su ciudad y de su templo. Tal como fue demostrado previamente, cuando Jesús le decía a sus seguidores que dentro de una «generación» lo verían «viniendo en las nubes del cielo», estaba utilizando una metáfora de juicio del Antiguo Testamento.

Caifás y el concilio que condenó a Cristo la entendieron muy bien (Mateo 26:63-65). Más que decir que el fin del mundo estaba a la vuelta de la esquina, Jesús empleaba el simbolismo del Antiguo Testamento de las nubes para advertirle al concilio que así como el juicio había caído en Egipto, también el juicio caería en Jerusalén (vea Mateo 24.34; 26.64; comp. Isaías 19.1).

El contexto histórico debería ser suficiente para afirmar que Jesús no le estaba dando a Caifás una disertación acerca del fin del concepto tiempo y espacio. Más bien, Jesús estaba profetizando que aquellos que no doblaran su rodilla ante el templo viviente que se encontraba en medio de ellos, experimentarían la demolición de un templo físico que se había convertido en el objeto de su idolatría. Caifás y el concilio gobernante judío verían a Cristo viniendo en las nubes como juez de la tierra y el cielo (comp. Apocalipsis 1.7). Cristo no estaba diciendo que Caifás vería montado en un carruaje de nubes, sino que comprenderían que Jesús era quien clamaba ser.

Con la destrucción de Jerusalén y el templo, ellos comprenderían que Jesús ciertamente había ascendido a la mano derecha del poder como juez del cielo y de la tierra. De modo que «verlo» es una metáfora de comprensión obvia. Malentender las figuras de lenguaje no sólo causa que se mal interprete el significado de las palabras de Jesús ante Caifás, sino en todas partes también.

Es un error interpretar la metáfora de la «nube» de Cristo de un modo literal. Caifás conocía la historia del Antiguo Testamento, y reconoció inmediatamente las palabras de Cristo como una referencia clara de su ascensión a la mano derecha (otra metáfora) del «venerable anciano» (vea Daniel 7.13-14; comp. Hechos 1.9).

En lugar de la metáfora de las nubes, Lucas escribe: «Pero de ahora en adelante el Hijo del hombre estará sentado a la derecha del Dios Todopoderoso» (Lucas 22.69). Si tomamos seriamente el significado histórico de la metáfora, reconocemos que Lucas, escribiendo principalmente a una audiencia gentil, estaba sencillamente comunicando la frase «viniendo en las nubes» en la lengua vernácula de su época.

 

Apocalipsis

Teniendo esta perspectiva histórica de las palabras de Jesús en Mateo 24 veamos ahora la perspectiva del apóstol Juan en el libro de Apocalipsis. Hasta este momento Jesús profetizó la destrucción de Jerusalén, la persecución a sus discípulos y las tribulaciones que enfrentarían sus seguidores. Por eso es necesario definir la fecha del Apocalipsis según la evidencia del mismo libro.

En primer lugar, si el apóstol Juan estuviera escribiendo en el año 95 A.D., sería increíble que no mencionara nada sobre el evento más apocalíptico de la historia judía: La destrucción de Jerusalén y del templo a manos de Tito.

Además, pensemos que el libro del Apocalipsis fue escrito en el año 95 A.D., aquí nos enfrentamos a un obstáculo aún más formidable. Considere uno de las profecías más asombrosas de la Escritura. Jesús está saliendo del templo cuando sus discípulos le refieren los edificios. Al mirar las piedras y los edificios magnificentes, Jesús expresa lo inimaginable: «¿Ven todo esto? Les aseguro que no quedará piedra sobre piedra, pues todo será derribado» (Mateo 24.2; Marcos 13.2; Lucas 21.6).

Una generación después de haber sido dicha esta profecía, se cumplió vivida y horriblemente quedando marcada en la conciencia de los oyentes. El templo fue destruido el 30 de agosto del año 70 A.D. Y Josefo mismo dijo: «El mismo día en que el templo anterior había sido destruido por el rey de Babilonia». Tan asombrosa como la profecía de Cristo y su cumplimiento son, igualmente asombroso es suponer que el apóstol Juan no hiciera mención de ella.

 

Imagínese esto:

Usted es un devoto judío del siglo I. El centro de su vida religiosa económica y nacional es Jerusalén, especialmente el templo. Por más de mil años esa ha sido la norma para su nación, su familia y para casi cualquier familia judía desde que Salomón construyó el primer templo. La mayor parte del nuevo templo, fue construido por el rey Herodes, cuando usted era un niño. No obstante algunas partes del edificio todavía están bajo construcción desde el año 19 A.D.

Toda su vida ha asistido a los servicios y ha hecho sacrificios para expiar los pecados que ha cometido contra Dios. ¿Por qué? Porque usted y sus compatriotas consideran que ese templo es el lugar terrenal de la morada del Dios del universo; el creador del cielo y la tierra, la misma deidad cuyo nombre es tan santo que nadie se atreve a expresarlo.

Siendo un hombre joven, usted comienza a seguir a un judío llamado Jesús que dice ser el Mesías esperado predicho por la Escritura. Él realiza milagros, enseña verdades profundas, y amonesta a los sacerdotes que están a cargo del templo. Predice, increíblemente, su propia muerte y resurrección. Y también predice que el templo mismo será destruido antes de que pase su generación (Marcos 13.2-3).

¡Esto es algo escandaloso! Jesús es culpado de blasfemia por parte de los sacerdotes del templo y muere crucificado en la víspera de la Pascua, uno de los días festivos más sagrados. Lo entierran en una tumba judía, pero tres días después, usted y otros seguidores de Jesús lo ven vivo tal como él lo anunció. Usted lo toca, come con Él. Él continúa realizando milagros, el último de ellos cuando asciende al cielo. Cuarenta años más tarde, el templo queda destruido junto con la ciudad y miles de sus compatriotas, tal como Jesús lo había predicho.

Una pregunta: Si usted y los otros seguidores de Cristo escriben acerca de Jesús después de que el templo y la ciudad fueron destruidos en el año 70 A.D., ¿usted va a omitir esa tragedia religiosa nacional económica y humana, sin precedente, en sus escritos, especialmente cuando el Cristo resucitado lo había predicho? ¡Por supuesto que no! Este es un problema para esas personas que dicen que el Nuevo Testamento fue escrito después del año 70 A.D. ya que no hay ninguna mención del cumplimiento de esta tragedia predicha en ningún lugar del Nuevo Testamento. Eso significa que la mayoría, del Nuevo Testamento debió haber sido escritos antes del año 70 A.D.

Un estudiante de la Escritura sabe bien que los escritores del Nuevo Testamento resaltaban las profecías cumplidas. La frase «eso sucedió para que se cumpliera lo que fue dicho por el profeta» se encuentra en muchas páginas de la Escritura y demuestra concluyentemente que la Biblia tiene un origen divino en vez de humano. Por tanto es inconcebible que Jesús expresara una profecía apocalíptica concerniente a la destrucción de Jerusalén y del templo judío y que Juan no mencionara que esa profecía se cumplió una generación después de que Jesús la pronunciara.

Finalmente, permítame agregar una evidencia interna más que podía detener a aquellos que dogmáticamente se aferran a una fecha tardía del Apocalipsis. En Apocalipsis 11, Juan dice: «Se me dio una caña que servía para medir, y se me ordenó: “Levántate y mide el templo de Dios y el altar, y calcula cuántos pueden adorar allí. Pero no incluyas el atrio exterior del templo; no lo midas, porque ha sido entregado a las naciones paganas, las cuales pisotearán la ciudad santa durante 42 meses» (Apocalipsis 11.1-2).

En contexto, Jesús ha enviado a su ángel «para mostrar a sus siervos lo que ocurrirá pronto». De modo que esta profecía habla de un evento futuro, no de un evento que sucedió 25 años antes. El doctor Norman Geisler, un dispensacionalista y apologista, reconoce la fortaleza de este argumento y por lo tanto usa Apocalipsis 11 para demostrar que «los documentos del Nuevo Testamento hablan de Jerusalén y del templo, o de actividades asociadas con ellos, como si estuvieran intactos al momento de escribir de ellos.

En resumen, entre las razones que nos aseguran que el libro del Apocalipsis no fue escrito veinticinco años después de la destrucción de Jerusalén, tres razones se presentan por encima de las demás.

Primero, de la misma forma que es irrazonable suponer que alguien escribiera una historia del World Trade Center después del 11 de septiembre de 2001 y no mencionara la destrucción de las torres gemelas, así también lo sería sugerir que el Apocalipsis fue escrito después de la devastación de Jerusalén y del templo judío sin hacer mención de ello.

Además, si Juan escribió en el año 95 A.D. sería increíble suponer que no mencionara el cumplimiento de la visión apocalíptica más improbable de Cristo.

Finalmente, los documentos del Antiguo Testamento, incluyendo el libro del Apocalipsis, se refieren al templo judío y Jerusalén de manera intacta en el momento en que fueron escritos.

Si el Apocalipsis fue escrito antes del año 70 A.D., es razonable suponer que la visión que le fue dada a Juan sirvió para revelarle los eventos apocalípticos que rodeaban la destrucción de Jerusalén y que se encontraban el futuro de Juan pero que ahora están en nuestro pasado. Esto por supuesto, no quiere decir que todas las profecías del Apocalipsis ya han sido cumplidas.

Cuando vemos esta perspectiva, vemos a una iglesia preparada para la persecución, alertada de antemano y fortalecida por el Señor para las cosas que vendrán pronto. Con esto en mente veremos las persecuciones que la iglesia atravesó.

 

La persecución bajo Nerón:

Nerón llegó al poder en octubre del año 54, gracias a las intrigas de su madre Agripina, quien no vaciló ante el asesinato en sus esfuerzos por asegurar la sucesión del trono en favor de su hijo. Al principio, Nerón no cometió los crímenes por los que después se hizo famoso. Aún más, varias de las leyes de los primeros años de su gobierno fueron de beneficio para los pobres y los desposeídos. Pero poco a poco el joven emperador se dejó llevar por sus propios afanes de grandeza y placer, y por una corte que se desvivía por satisfacer sus más mínimos caprichos. Diez años después de haber llegado al trono ya Nerón era despreciado por buena parte del pueblo, y también por los poetas y literatos, a cuyo número Nerón pretendía pertenecer sin tener los dones necesarios para ello. Cuantos se oponían a su voluntad, o bien morían misteriosamente, o bien recibían órdenes de quitarse la vida.

Así estaban las cosas cuando, en la noche del 18 de julio del año 64, estalló un enorme incendio en Roma. Al parecer, Nerón se encontraba a la sazón en su residencia de Antium, a unas quince leguas de Roma, y tan pronto como supo lo que sucedía corrió a Roma, donde trató de organizar la lucha contra el incendio. Para los que habían quedado sin refugio, Nerón hizo abrir sus propios jardines y varios otros edificios públicos. Pero todo esto no bastó para apartar las sospechas que pronto cayeron sobre el emperador a quien ya muchos tenían por loco.

El fuego duró seis días y siete noches; y después volvió a encenderse en diversos lugares durante tres días más. Diez de los catorce barrios de la ciudad fueron devorados por las llamas. En medio de todos sus sufrimientos, el pueblo exigía que se descubriera al culpable, y no faltaban quienes se inclinaban a pensar que el propio emperador había hecho incendiar la ciudad para poder reconstruirla a su gusto, como un gran monumento a su persona. Nerón hizo todo lo posible por apartar tales sospechas de su persona. Pero todos sus esfuerzos resultaban inútiles mientras no se hiciera recaer la culpa sobre otro. Dos de los barrios que no habían ardido eran las zonas de la ciudad en que había más judíos y cristianos. Por tanto, el emperador pensó que le sería fácil culpar a los cristianos.

El historiador Tácito nos cuenta lo sucedido en Roma a raíz del gran incendio: “Además de matarles [a los cristianos] se les hizo servir de entretenimiento para el pueblo. Se les vistió en pieles de bestias para que los perros los mataran a dentelladas. Otros fueron crucificados. Y a otros se les prendió fuego al caer la noche, para que la iluminaran. Nerón hizo que se abrieran sus jardines para esta exhibición, y en el circo él mismo ofreció un espectáculo, pues se mezclaba con las gentes disfrazado de conductor de carrozas, o daba vueltas en su carroza. Todo esto hizo que se despertara la misericordia del pueblo, aun contra esta gente que merecía castigo ejemplar, pues se veía que no se les destruía para el bien público, sino para satisfacer la crueldad de una persona” (Anales 15.44).

Una vez más, vemos que este historiador pagano, sin mostrar simpatía alguna hacia los cristianos, sí da a entender que el castigo era excesivo, o al menos que la persecución tuvo lugar, no en pro de la justicia, sino por el capricho del emperador. Además, en estas líneas tenemos una descripción, escrita por uno que no fue cristiano, de las torturas a que fueron sometidos aquellos mártires. Del número de los mártires sabemos poco. Además de lo que nos dice Tácito, hay algunos documentos cristianos de fines del siglo primero, y del siglo segundo, que recuerdan con terror aquellos días de persecución bajo Nerón. También hay toda clase de indicios que dan a entender que Pedro y Pablo se contaban entre los mártires. Por otra parte, todas las noticias que nos llegan se refieren a la persecución en la ciudad de Roma, y por tanto es muy probable que la persecución, aunque muy cruenta, haya sido local, y no se haya extendido hacia las provincias del imperio.

 

La persecución bajo Domiciano:

En el año 81 Domiciano sucedió al emperador Tito. Al principio, su reino fue tan benigno hacia la nueva fe como lo habían sido los reinos de sus antecesores. Pero hacia el final de su reino se desató de nuevo la persecución. No sabemos a ciencia cierta por qué Domiciano persiguió a los cristianos. Sí sabemos que Domiciano amaba y respetaba las viejas tradiciones romanas, y que buena parte de su política imperial consistió en restaurar esas tradiciones. Por lo tanto, era de esperarse que se opusiera al cristianismo, que en algunas regiones del Imperio había ganado muchísimos adeptos, y que en todo caso se oponía tenazmente a la antigua religión romana. Además, ahora que ya no existía el Templo de Jerusalén, Domiciano decidió que todos los judíos debían enviar a las arcas imperiales la ofrenda anual que antes mandaban a Jerusalén. Cuando algunos judíos se negaron a hacerlo o mandaron el dinero al mismo tiempo que dejaban ver bien claro que Roma no había ocupado el lugar de Jerusalén, Domiciano empezó a perseguirles y a exigir el pago de la ofrenda.

Puesto que todavía no estaba del todo claro en qué consistía la relación del judaísmo con el cristianismo, los funcionarios imperiales empezaron a presionar a todos los que practicaban “costumbres judías”. Así se desató una nueva persecución que parece haber ido dirigida, no sólo contra los cristianos, sino también contra los judíos. Como en el caso de Nerón, no parece que la persecución haya sido igualmente severa en todo el Imperio. De hecho, es sólo de Roma y de Asia Menor que tenemos noticias fidedignas acerca de la persecución.

En Roma el emperador hizo ejecutar a su pariente Flavio Clemente y a su esposa Flavia Domitila. Se les acusó de “ateísmo” y de “costumbres judías”. Puesto que los cristianos adoraban a un Dios invisible, por lo general los paganos les acusaban de ser ateos. Por tanto, es muy probable que Flavio Clemente y su esposa hayan muerto por ser cristianos. Estos son los únicos dos mártires romanos bajo Domiciano que conocemos por nombre. Pero varios escritores antiguos afirman que fueron muchos, y una carta escrita por la iglesia de Roma a la de Corinto poco después de la persecución se refiere a “los males y pruebas inesperados y seguidos que han venido sobre nosotros” (I Clemente 1).

Afortunadamente, cuando se desató la persecución el reino de Domiciano se acercaba a su fin. Al igual que Nerón, Domiciano había cobrado fama de tirano, y por fin fue asesinado en su propio palacio, y el senado romano hizo que se borrara su nombre de todas las inscripciones y monumentos en su honor.

Una vez más, el Imperio parece haberse olvidado de la nueva fe que iba esparciéndose por entre sus súbditos, y por tanto la iglesia gozó de un período de relativa paz.

 

Bibliografía

  • Dennis J. Mock (1995) Perspectiva General de la Iglesia. Atlanta, USA.
  • Justo González (1994) Historia del Cristianismo I. Miami, USA.

4 comentarios

Ir al formulario de comentarios

    • Siervo de Dios en 10 noviembre, 2015 a las 12:55 pm
    • Responder

    Muy bueno este artículo, es un pase de las diferentes eras de la historia de la Iglesia bastante resumido mostrando los principales eventos que se han tenido repercución.
    En verdad, esto está muy bueno, muy poco se nos habla de nuestra historia, espero con ancias ver todos los estudios.
    Dios les bendiga

    1. En verdad es muy bueno, la persona que lo elavoró tiene bastante conocimiento sobre historia de la iglesia y hitoria del cristianismo, estas clases las recibimos en el centro de capacitación bíblica de nuestra iglesia y fue el el que impartió la asignatura.

      • Siervo de Dios en 10 noviembre, 2015 a las 1:52 pm

      Yo estoy tratando de conseguirme al menos uno de los tomos de Historia del Cristianismo, pero no he tenido suerte con ello

    2. Yo estoy en lo mismo, mi pastor tiene el tomo 1 físico, y Renato tiene todos los tomos digitales, estoy por pedirle el tomo 1 al pastor a probar suerte a ver si me lo presta porque no cualquiera presta algo como eso.

Deja un comentario

Tu email nunca se publicará.

MaranataCubaTV

Ya estamos en Youtube, únete al canal