¿Como incrementar nuestra comunión con Dios? I

En que se muestra

¿Cómo empezar cada día con ?

«¡Oh, Jehová, de mañana oirás mi voz; de mañana me presentaré delante de ti, y esperaré!»

(Salmo 5:3)

 

Si hiciera a alguno de vosotros la pregunta «¿Qué te trae aquí esta mañana tan temprano?», es posible que pensarais que la pregunta es un poco brusca, poco delicada; y sin embargo ésta es la pregunta que quiero hacer, y seriamente: ¿Qué es lo que buscas? Siempre que andamos en tratos con Dios, sea en el culto o donde sea, deberíamos poder dar una buena respuesta a la pregunta que Dios le hizo a Elías: «¿Qué haces aquí, Elías?» Cuando regresamos o hemos terminado este en­cuentro con Dios hemos de poder dar una buena respuesta a la pregunta que hizo Cristo a aquellos que seguían la predicación y ministerio de Juan el Bautista: «¿Qué fuisteis a ver al desierto?»

Es sorprendente ver cuántos se han congrega­do aquí; sin duda, los campos están blancos para la siega, y estoy dispuesto a creer que no fue meramente por el placer de pasear en una mañana agradable que habéis venido aquí, o por curiosi­dad, porque la conferencia matutina nunca se había dado en este lugar; y que no es por la compa­ñía, por el placer de encontrar amigos, sino que estáis aquí con un propósito piadoso, de dar glo­ria a Dios, y de recibir gracia de Él, y en los dos casos de mantener la con Él. Y si me preguntáis a mí, que soy un ministro, por qué he venido yo, espero poder contestar con sinceridad que es para ayudaros a vosotros en vuestro propó­sito (en cuanto Dios me lo permita). «¿Vienes en paz?», le preguntaron los ancianos de Belén a Sa­muel; y quizá me preguntaréis lo mismo, a lo cual voy a contestar, como hizo el profeta: en paz he­mos venido a sacrificar al Señor y a invitaros a vosotros a sacrificar.

El mensaje matutino os da la oportunidad para doblar vuestras devociones por la mañana además de adorar a Dios en privado y en la fami­lia, lo cual no debe ser suprimido o eliminado por venir a escuchar este mensaje; aquí os halláis reu­nidos en solemne asamblea en el nombre de Dios, tanto para orar juntos como para oír un sermón (según he oído decir, estas reuniones por la maña­na se iniciaron en tiempos en que la nación se ha­llaba bajo la desolación y juicio de una guerra ci­vil). Tenéis también la oportunidad de conversar con la Palabra de Dios; allí tenéis la voluntad de Dios, precepto sobre precepto y línea sobre línea. Ojala que cuando se os presenta la oportunidad de hablar con Dios, mañana tras mañana, como dice el profeta, «vuestros oídos puedan oír como los sabios». (Isaías 50:4.)

Pero esto no es todo; deseamos que esta serie de oportunidades pueda hacer una impresión tal en vosotros que podáis permanecer siempre bajo su influencia; que el mensaje de esta mañana os deje mejor dispuestos para la adoración matuti­na después; que estos frecuentes actos de devo­ción puedan confirmaros en el hábito, y que en adelante vuestro culto diario pueda seros más fá­cil, o, como podríamos decir, os parezca más na­tural.

Para ayudaros a ello quisiera recomendaros el santo ejemplo de David en nuestro texto, el cual después de haber resuelto, en general (versículo 2), que abundaría en el deber de la oración y per­manecería en él, «A ti oraré», establece el mo­mento adecuado para ello, y este momento es la mañana: «De mañana me presentaré delante de ti», «De mañana oirás mi voz». Pero no sólo por la mañana. David ejecuta este deber de la oración tres veces al día, como Daniel, «mañana y tarde y a mediodía oraré y clamaré» (Salmo 55:17). Y aun esto no basta, sino «siete veces al día le ala­baré» (Salmo 119:164). Pero de modo particular por la mañana.

Es prudente y es nuestro deber el empezar cada día con Dios.

Observemos en el texto:

La buena obra que tenemos que hacer en sí. Dios tiene que oír nuestra voz, hemos de dirigirle nuestra oración a Él, hemos de esperar en Él.

El tiempo designado y observado para hacer esta buena obra. Este momento es hoy por la mañana, y de nuevo la próxima mañana, esto es, cada mañana, cada vez que empieza el día.

En cuanto a lo primero, o sea, la obra, o la buena obra que se nos enseña por medio del ejemplo de David, se resume en una palabra: orar. Un deber que ya nos dicta la luz y la ley de la naturaleza, que nos habla de modo claro y alto: ¿No deben los hombres buscar a su Dios? Pero el Evangelio de Cristo aun nos da instrucciones más claras y nos anima a hacerlo mejor que la natura­leza; y es en su nombre que hemos de orar, y con su ayuda, y nos invita a presentarnos con confian­za ante el trono de la gracia, y entrar en el lugar santísimo por la sangre de Jesús. Esta obra la he­mos de hacer no solamente por la mañana, sino en todo momento; leemos de «predicar la palabra fuera de tiempo», pero no leemos de «orar fuera de tiempo», porque nunca es fuera de tiempo para orar; el trono de la gracia está siempre abierto y suplicantes humildes son recibidos siempre con una bienvenida, y no pueden presen­tarse a deshora.

Pero veamos en qué forma expresa aquí David su piadosa resolución de cumplir este deber.

Oirás mi voz. La voz de David puede ser oída de dos maneras. O bien:

Considera que será aceptado por Dios en su gra­cia. Oirás mi voz cuando por la mañana dirigiré a ti mi oración; éste es el lenguaje de la fe, funda­do en la promesa de Dios de que su oído oirá siempre el clamor de su pueblo. David había ora­do (versículo 1): «Escucha, ¡oh!, Jehová, mis pala­bras», y en el versículo 2: «Está atento a la voz de mi clamor»; y aquí hay una respuesta de aquella petición, la convicción de que «Oirás». No tengo la menor duda de que la oirás; y aunque de mo­mento no tengo una garantía concedida de la cosa que pido, con todo, estoy seguro de que mi ora­ción será oída, aceptada y presentada, como ocu­rrió con la oración de Cornelio; es guardada, catalogada, pero no olvidada. Si hemos mirado den­tro y podemos decir por experiencia que Dios ha preparado nuestro corazón, podemos mirar hacia arriba y hacia delante y decir con confianza que Él nos oirá.

Podemos estar seguros de esto, y hemos de orar estando seguros de ello, en la plena seguridad de la fe, de que dondequiera que Dios halla un corazón que ora, este corazón hallará un Dios que escucha la oración, aunque sea en voz baja, o sea una voz dé­bil; con todo, si procede de un corazón recto, es una voz que Dios escucha, que escuchará con placer, ya que el hacerlo es su deleite, y que le dará una res­puesta; Él ha visto tus oraciones, ha visto tus lágri­mas. Cuando, por tanto, estamos orando, éste es el terreno en que nos basamos, éste es el principio so­bre el cual descansamos: nada de dudas, nada de vacilaciones, porque todo lo que pedimos a Dios como Padre, en el nombre de Jesucristo, el Media­dor, según la voluntad de Dios revelada en la Escri­tura, nos será concedido, conforme a la petición, o, mejor aún, en su amor; ésta es la promesa de Juan 16:23, y la verdad de esta afirmación está sellada por la experiencia concurrente de los santos de todas las edades, desde los mismos principios en que los hombres empezaron a invocar el nombre del Señor, porque el Dios de Jacob no ha dicho nun­ca a la simiente de Jacob «buscadme», y los ha deja­do buscar en vano, y no va a empezar ahora. Cuan­do nos acercamos a Dios en oración, si estamos bien con Él, podemos estar seguros de esto, que a pesar de la distancia entre el cielo y la tierra y nuestra fal­ta de valor o indignidad total para que Él se ocupe de nosotros o nos muestre su favor, Dios escucha nuestra voz, y no se apartará de nuestra oración o de su misericordia.

Hay que entender esta expresión como que David le promete a Dios que esperará siempre en Él, en la forma que Él ha designado: «Oirás mi voz», esto es: hablaré a ti, porque Tú has inclina­do tu oído a mí muchas veces, por tanto, he toma­do la resolución de clamar a ti en todo momento, hasta el fin de mis días. No pasará un solo día que no me oigas. No que sea la voz en sí aquello que Dios considera, como parecen creer los que levan­tan su voz en alto en la oración (Isaías 58:4). Ana oró y prevaleció aun cuando no se podía oír su voz; es la voz del corazón la que se entiende aquí; Dios dijo a Moisés: «porque clamas a mí», cuando no se nos dice que Moisés hubiera dicho una sola palabra. (Éxodo 14:15.) La oración es levantar el alma a Dios y derramar el corazón delante de Él; con todo, para la expresión de los afectos devotos del corazón por medio de las palabras necesarias para precisar los pensamientos y estimular los de­seos, es conveniente presentarse delante de Dios, no sólo con el corazón puro, sino también con voz humilde; así que hemos de entreabrir los labios, pero no levantar la voz.

No obstante, Dios entiende el lenguaje del co­razón, y éste es el lenguaje en el cual hemos de es­perar en Dios; David ora aquí (versículo 1) no sólo pidiendo que Dios le escuche, sino que considere su meditación (Salmo 19:14): «Sean gratos los di­chos de mi boca y la meditación de mi corazón delante de ti.»

Esto, pues, hemos de hacer en toda oración; hemos de hablar a Dios; hemos de escribirle; de­cimos que oímos de un amigo cuando recibimos carta de él; hemos de procurar que Dios nos oiga cada día.

Él lo espera y lo requiere. Aunque Él no tiene necesidad de nosotros o de nuestros servicios, ni puede sacar provecho de ellos; con todo, Él nos ha mandado que le ofrezcamos el sacrificio de ora­ción y alabanza continuamente.

Así Él mantendrá su autoridad sobre nosotros y hará presente en nuestra mente nuestra sumi­sión a Él, algo que tenemos tendencia a olvidar. Él requiere que le prestemos nuestro homenaje solemnemente por medio de la oración, y que de­mos honor a su nombre, para que por medio de este acto y hecho nuestro, propio, repetido fre­cuentemente, cumplamos la obligación que tene­mos de observar sus estatutos y guardar sus leyes, y estar más y más atentos a las mismas. Él es tu Señor y tú le adoras para que por medio de la hu­milde adoración de sus perfecciones puedas llevar a cabo un humilde y constante cumplimiento de su voluntad que sea más fácil para ti. Al rendir obediencia aprendemos obediencia.

Así Él testificará su amor y compasión hacia no­sotros. Ya habría sido una señalada prueba de su in­terés y afecto por nosotros el mero hecho de que hubiera dicho: Háblame cuando haya la oportuni­dad; llámame cuando te encuentres en apuros o necesidad y ya es bastante; pero para mostrar su complacencia en nosotros, como un padre con su hijo cuando le envía fuera de casa y nos encarga que le enviemos noticias nuestras cada día por cada correo, aunque no haya ningún asunto espe­cial para discutir; lo que muestra que la oración del justo es su deleite; música a sus oídos, como Cristo dice a la paloma: «Muéstrame tu rostro, hazme oír tu voz, porque dulce es tu voz y hermo­so tu semblante.» (Cantares 2:14.) Y es a la espo­sa, la Iglesia, que Cristo habla al cerrar el Cantar de los Cantares: «¡Oh!, tú que habitas en los huertos; los compañeros prestan oído a tu voz, házme­la oír.» (Capítulo 8:13.) ¡Qué vergüenza es para nosotros que Dios quiere que oremos a Él con más frecuencia de lo que nosotros estamos dis­puestos a dejarle oír nuestra oración.

Tenemos algo que decir a Dios cada día. Mu­chos no se dan cuenta de esto, y esto es su pecado y su desgracia; viven sin Dios en el mundo, creen que pueden vivir sin Él, son insensibles a su de­pendencia, y por tanto, por su parte no tienen nada que decirle; Él ni tiene noticias de ellos, como no las tenía el padre del hijo pródigo cuan­do iba por el mundo por su cuenta. Preguntan con mofa qué es lo que puede hacer para ellos el To­dopoderoso, y no es de extrañar que después de esto pregunten qué provecho les va a resultar de orar a Dios. Y el resultado es que dicen práctica­mente al Todopoderoso que se aparte de ellos, con lo que están sellando su sentencia. Pero yo espero cosas mejores de vosotros, hermanos, y que voso­tros no sois de los que han descartado todo temor y que restringen su oración a Dios; vosotros es­táis dispuestos a confesar que hay mucho que el Todopoderoso puede hacer por vosotros, y que hay provecho en orar a Dios, y habéis resuelto acercaros más a Dios para que Él se acerque a vo­sotros.

Tenemos algo que decir a Dios diariamente como amigo a quien amamos y con el cual tene­mos franqueza. A un amigo así cuando pasamos cerca de su casa lo visitamos, y nunca nos halla­mos sin tener algo que decirle, aunque no haya ningún asunto especial pendiente entre los dos; con un amigo así podemos derramar nuestro co­razón, podemos profesarle nuestro afecto y esti­ma, y le comunicamos nuestros pensamientos con placer; Abraham es llamado el amigo de Dios, y este honor es asimismo el de todos los santos, pues dijo Cristo: no os he llamado siervos, sino amigos. Él guarda su intimidad con los justos; no­sotros somos invitados a familiarizarnos con Él, a andar con Él como un amigo anda con otro ami­go; la comunión de los creyentes ha de ser con el Padre y con su Hijo, Jesucristo; y ¿no tenemos algo para decirle?

¿No es bastante ir al trono de su gracia para admirar sus infinitas perfecciones que nunca po­demos comprender plenamente, y que nunca con­templaremos bastante y en las que nunca tendre­mos bastante complacencia? ¿O para complacer­nos en contemplar la hermosura del Señor y darle la gloria que debemos a su nombre? ¿No tenemos mucho que decirle en reconocimiento de su gracia condescendiente en favor de nosotros, al manifes­tarse a nosotros y no al mundo, y en la profesión de nuestro afecto y sumisión a Él: Señor, tú sabes todas las cosas, Tú sabes que te amo?

Dios tiene algo para decirnos como amigo, cada día, por medio de su Palabra escrita en la cual hemos de oír su voz; por medio de sus actos providentes y en nuestras conciencias, y Él escu­cha para ver si nosotros tenemos algo que decirle como respuesta, y es un acto hostil si no lo hace­mos. Cuando Él nos dice: Buscad mi rostro, ¿no tendrían que contestar nuestros corazones como a alguien a quien amamos «Tu rostro buscaré, Se­ñor»? Cuando nos dice: «Volved, hijos descarria­dos», ¿no deberíamos contestar inmediatamente: He aquí, hemos venido a ti, porque Tú eres nues­tro Señor Dios? Si Él nos habla por medio de la reprimenda y nos redarguye, ¿no deberíamos con­testarle por medio de la confesión y la sumisión?

Si nos habla por medio del consuelo, ¿no debería­mos contestarle con alabanza? Si amas a Dios no tienes por qué estar buscando algo que decirle, algo que tu corazón derrame delante de Él, pues Él ya lo ha puesto allí por su gracia.

Como amo a quien servimos y con el cual te­nemos tratos. Piensa en los numerosos e impor­tantes intereses que hay entre nosotros y Dios, y al instante reconocerás que tienes mucho de que hablarle. Estamos en dependencia constante de Él. Toda nuestra expectativa es en Él; tenemos tratos continuos con Él; «todas las cosas están desnudas y descubiertas a los ojos de aquel a quienes tenemos que dar cuenta». (Hebreos 4:13.)

¿No sabemos que nuestra felicidad se halla en­trelazada con su favor; que es vida, la vida de nuestras almas, mejor que la vida, que la vida de nuestros cuerpos? ¿Y no tenemos tratos con Dios para procurar conseguir su favor, para implorarle en nuestro corazón, para pedirle que nos alumbre con la luz de su rostro, para rogarle por la justicia de Cristo, como el único medio por el cual tene­mos esperanza de conseguir la benevolencia de Dios?

¿No sabemos que hemos ofendido a Dios, que por medio del pecado nos hemos hecho detesta­bles y dignos de su ira y maldición, y que nuestra culpa va aumentando cada día? ¿No tenemos tra­tos suficientes con Él para confesarle nuestras fal­tas y locuras, para pedirle perdón por la sangre de Cristo, y en Él, que es nuestra paz, hacer nues­tra paz con Dios, y renovar nuestro pacto con Él en su propia fuerza e irnos y no pecar más?

¿No sabemos que tenemos trabajo cada día para hacer por Dios, y para nuestras almas, la obra de cada día, que hay que hacer en su día? ¿Y no tenemos tratos con Dios para pedirle que nos muestre lo que quiere que hagamos, que nos diri­ja en ello y nos fortalezca? ¿Para buscarle, para obtener ayuda y aceptación, para que obre en no­sotros el querer y el hacer lo que es bueno, y lue­go, contemplar y reconocer su propia obra? Éstos son los asuntos sobre los cuales el siervo se rela­ciona con su amo.

¿No sabemos que estamos constantemente en peligro? Nuestros cuerpos lo están, y por consi­guiente, nuestras vidas y bienestar. Estamos ro­deados continuamente de enfermedades y de muerte, cuyas saetas vuelan de día y de noche; ¿y no tenemos nada de que hablar con Dios cuando entramos y salimos, al estar acostados o al levan­tarnos, para ponernos bajo la protección de su providencia, para estar bajo el cuidado de sus santos ángeles? Nuestras almas están aún más en peligro, pues es contra ellas que nuestro sutil y fuerte adversario, el diablo, está haciendo guerra, y procura devorarnos; ¿y no tenemos tratos con Dios para que nos ponga bajo la protección de su gracia, que nos revista de su armadura para que podamos resistir las acechanzas y violencias de Satán, para que no nos sorprenda y caigamos en pecado, en una tentación súbita en que consiga derrotarnos y someternos?

¿No sabemos que estamos muriendo cada día, que la muerte obra en nosotros, acercándosenos apresuradamente, y que la muerte nos lleva al juicio, y el juicio a nuestro estado eterno? ¿Y no tenemos nada de que hablar con Dios en prepara­ción para lo que tenemos delante? ¿No le pedire­mos al Señor que nos haga conocer nuestro fin? ¡Señor, enséñanos a contar nuestros días! ¿No te­nemos tratos con Dios, nuestro juez, para evitar el juicio y procurar enderezar nuestros asuntos?

¿No sabemos que somos miembros del cuerpo del cual Cristo es la cabeza; y no nos preocupa el ser aprobado como miembros vivos? ¿No tene­mos nada que ver con Dios a fin de hacer interce­sión por su iglesia? ¿No tenemos nada que decir en favor de Sión? ¿Nada para la paz y bienestar de la tierra en que hemos nacido? ¿No somos de la familia, en estado de infancia quizá, para que nos preocupemos de sus asuntos?

¿No tenemos parientes, amigos a quienes que­remos entrañablemente y cuyos gozos y penas de­seamos compartir? ¿Y no tenemos quejas que pre­sentar o peticiones para hacerle conocer? ¿No es­tamos enfermos o afligidos? ¿Ninguno es tentado o se siente desconsolado? ¿Y no tenemos mensajes para enviar al trono de la gracia para pedir el oportuno socorro?

Ahora pon todo esto junto, y luego considera si tienes o no algo que decir a Dios cada día; y par­ticularmente en días de tribulación, cuando es sa­ludable que le digas al Señor: he aceptado y lle­vado tu disciplina, y si tienes algún sentido de las cosas, le dirás a Dios que no te condene.

Si tienes todo esto para decirle a Dios, ¿qué es lo que te impide decírselo? ¿Por qué no dejarle que escuche nuestra voz, cuando tenemos tantos recados para darle?

La distancia no tiene por qué ser un obstáculo para que se lo digas. Tienes deseos de hablar con un amigo, pero resulta que está a gran distancia; no puedes ponerte en contacto con él, ni recibir una carta suya, y, por tanto, no tenéis oportuni­dad de entrar en tratos; pero la distancia no te impide hablar con Dios, porque aunque es verdad que Dios está en el cielo y nosotros en la tierra, con todo, Él está siempre cerca de su pueblo que ora, porque Él escucha su voz dondequiera que los suyos se encuentren. «De lo profundo, a ti cla­mo», dijo David en el Salmo 130:1. «Desde el con­fín de la tierra clamaré a ti, cuando mi corazón desmaye.» (Salmo 61:2.) «Desde el seno del Seol clamé, y oíste mi voz», dijo Jonás (Jonás 2:2). En todas partes podemos hallar el camino abierto hacia el cielo; gracias a Aquel que con su sangre ha con­sagrado para nosotros un camino nuevo y vivo hasta el Santísimo, y ha resuelto las diferencias entre el cielo y la tierra.

Que no te venza el temor y por ello dejes de decir a Dios lo que debes decirle. Es posible que tengas tratos con un hombre importante, pero este hombre está muy por encima de ti, y es tan riguroso y severo hacia sus inferiores que tienes miedo de hablarle, y no tienes a nadie que te pre­sente, o le diga unas palabras en favor tuyo, y por ello decides dar tu causa por perdida; pero no hay ninguna razón para que te sientas desanimado así al hablar con Dios; puedes acudir con confianza al trono de su gracia, puedes tener, li­bertad de palabra, permiso para derramar tu alma. Y tales son sus misericordias a los que hu­mildemente imploran a Él, que no tienen por qué sentir terror de Él. Es contra la mentalidad de Dios que te sientes amedrentado; Él quiere que tengas confianza, que os animéis los unos a los otros, porque no habéis recibido el espíritu de ser­vidumbre para que tengáis miedo, sino el espíritu de adopción, por el cual somos introducidos a la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Y esto no es todo aún: tenemos a Uno que nos introduce, y que habla por nosotros; un abogado para con el Padre. ¿Necesitaron nunca un abogado los hijos en los tratos con su padre? Pero para que por medio de estas dos cosas podamos tener una mayor con­solación, no sólo tenemos con Él la relación de un padre, de la que dependemos, sino que además disfrutamos del favor e intercesión de un aboga­do, un Sumo Sacerdote en la casa de Dios, en cuyo nombre tenemos acceso con confianza.

Que el hecho de que Él ya sabe de qué asunto quieres tratar con Él y lo que tienes para decirle no te sea un estorbo. Tú ya tienes tratos con este Amigo, pero piensas que no tienes de qué preocu­parte porque Él ya está enterado de tus cosas; Él ya sabe lo que quieres y lo que deseas, y por tan­to, no hay nada de que tengáis que hablar. Es ver­dad que todo tu deseo está delante de Dios; Él co­noce tus necesidades y cargas, pero Él quiere co­nocerlas de ti; Él ha prometido ayudarte, pero su promesa ha de recibir un cauce, y como vemos de la casa de Israel: «Seré solicitado para hacerles esto, multiplicaré los hombres como se multipli­can los rebaños.» (Ezequiel 36:37.) Aunque no po­demos darle nueva información con nuestras ora­ciones, le damos honor. Es verdad que nada de lo que podamos decir va a influir en Él, o será nece­sario para moverle a que nos muestre misericor­dia, pero lo que decimos puede tener una influen­cia en nosotros mismos y ayudarnos a estar en un estado receptivo en que recibamos la misericor­dia. Es una condición fácil y razonable para que nos dé sus favores: «Pedid y recibiréis.» Fue para ense­ñarnos la necesidad de orar para recibir su favor, que Cristo hizo esta extraña pregunta a los ciegos: «¿Qué queréis que os haga?» Él sabía lo que que­rían, pero los que quieren recibir sus favores tienen que estar dispuestos a decirles cuál es su petición.

Que ningún otro asunto te impida decirle a Dios lo que tienes que decirle. Quizá tenemos ne­gocios de que tratar con un amigo, pero no pode­mos hacerlo porque no tenemos tiempo; tenemos otra cosa que hacer que es más necesaria, pero no podemos decir lo mismo de Dios, porque no hay la menor duda de que aquello que tenemos con Él es lo más necesario, ante lo cual toda otra cosa tiene que ceder. No es necesario para nuestra fe­licidad que seamos importantes en el mundo o que alcancemos grandes posesiones, pero es abso­lutamente necesario que hagamos la paz con Dios, que consigamos su favor y nos mantenga­mos en su amor. Por tanto, no hay asunto en este mundo que pueda ser excusa de que no estemos atentos a Dios, sino al contrario; cuanto más im­portante sea el negocio que tengamos con el mun­do, más necesario nos es dirigirnos a Dios por me­dio de la oración para tener su bendición y tener­le a Él con nosotros. Cuanto más cerca permanez­camos de la oración, y de Dios en oración, más prosperarán nuestros asuntos.

Quisiera persuadiros ahora de que Dios ha de oír con frecuencia vuestra voz; «oíste mi grito; no cierres tu oído a mi grito de socorro». (Lamenta­ciones 3:56.) Éste es un signo de vida, aunque se «trate de gemidos indecibles» (Romanos 8:26). Habíale, aunque sea en un lenguaje entrecortado, como el de Ezequías: «Como la grulla y la golon­drina me quejaba, gemía como paloma.» (Isaías 38:14.) Habíale con frecuencia, Él siempre está es­cuchando. Escúchale cuando Él te habla, presta atención a todo lo que te dice: Como cuando es­cribes la respuesta a una carta de negocios, la po­nes delante de ti; la Palabra de Dios tiene que ser la guía a tus deseos, y no esperes que te escuche si  tú  haces  oídos  sordos  a  lo  que  Él  te  dice.

Procura, pues, tener ocasiones frecuentes para hablar con Dios, y ten interés en que aumente tu amistad con él, procurando no hacer nada que le desagrade; y refuerza tu interés en el Señor Jesús, ya que sólo por medio de Él tienes acceso con confianza delante de Dios. Mantén tu voz afinada para la oración y que tu lenguaje sea puro, para que sea apto para invocar el nombre de Jehová. (Sofonías 3:9.) Y en toda oración recuerda que estás hablando a Dios, y deja claro que sientes re­verencia y temor en tu espíritu; no te apresures con la boca, cuando hables delante de Dios, sino que toda palabra sea bien ponderada, porque Dios está en el cielo, y nosotros en la tierra. (Eclesiastés 5:2.) Y si Él no nos hubiera invitado y ani­mado a hacerlo, habría sido una presunción inca­lificable que humildes gusanos pecadores como somos nosotros nos hubiéramos atrevido a hablar al Señor de la gloria. (Génesis 18:27.) Y procure­mos hablarle con el corazón, con sinceridad, por­que es por nuestras vidas y la vida de nuestras almas que estamos hablando delante de Él.

Hemos de dirigir nuestra oración a Dios. No sólo tiene que oír El nuestra voz, sino que hemos de dirigirnos a Él de modo mesurado y cuidadoso. «A Ti, ¡oh, Jehová!, levantaré mi alma.» (Salmo 25:1.) «Dirigiré a Ti mis afectos; habiendo puesto mi amor en Ti, a Ti lo dirigiré.» En el original dice sólo: «A Ti me dirigiré», pero la traducción dice muy bien: «A Ti, ¡oh, Jehová!, levantaré mi alma: dirigiré mi oración.» Esto es:

Cuando oro a Ti te dirijo mis oraciones; y con­centro en ello mis pensamientos, aplico mi alma asiduamente al deber de la oración. Hemos de ha­cerlo de modo solemne; como aquellos que tienen algo de gran importancia en su corazón, que para ellos es de valor, y no lo tratan a la ligera. Cuando voy a orar, no debo ofrecer el sacrificio de los ne­cios, que no piensan en lo que van a hacer o lo que han de sacar de ello, sino que he de decir las palabras de los sabios, que tienen un objetivo rec­to y claro en lo que dicen, y adaptan lo que dicen bien a él; nosotros hemos de tener como propósito la gloria de Dios y nuestra verdadera felicidad; y el pacto de la gracia está tan bien ordenado que Dios se ha complacido en unir sus intereses a los nuestros, de modo que al buscar su gloria real y efectivamente, buscamos nuestros verdaderos in­tereses. Esto es dirigir la oración como el que dis­para una saeta al blanco directamente, y está apuntando con el ojo fijo y el pulso seguro. Esto es ocupar nuestro corazón en Dios a fin de des­prenderlo de todo lo demás. El que toma la mira con un ojo, cierra el otro; el que quiere dirigir una oración a Dios tiene que descartar las otras cosas, tiene que recoger sus pensamientos sueltos, con­gregarlos y prestar atención, porque orar es tra­bajo que los necesita todos y es digno de todos; así que hemos de poder decir con el salmista: «Oh, Dios, mi corazón está fijo, mi corazón está fijo.»

Cuando dirijo mi oración, la dirigiré a Ti. Y así, la oración manifiesta:

La sinceridad de nuestra intención habitual en la oración. No hemos de hacer nuestra oración pensando en los hombres, para poder recibir ala­banza y aplauso de ellos, como hacían los fari­seos, que ostentaban sus devociones y hacían li­mosnas con miras a ganarse una buena reputa­ción; verdaderamente ya tienen una recompensa; los hombres los alaban aquí, pero Dios aborrece su orgullo e hipocresía. No tenemos que dejar nuestras oraciones inespecíficas de un modo gene­ral, como los que decían: ¿Quién nos va a favore­cer en algo? Ni hemos de dirigirlas al mundo, fes­tejando sus sonrisas, persiguiendo la riqueza, como aquellos de los que se dice que no claman a Dios en sus corazones, sino que se congregan para el trigo y para el mosto. (Oseas 7:14.) Que el re­sorte y centro de nuestras oraciones no sea el yo, el yo carnal, sino Dios; que el ojo del alma esté fijo en El como su objetivo más elevado, y se apli­que a Él; que ésta sea la disposición habitual de nuestra alma; el glorificar su nombre y darle ala­banza; que éste sea el intento de tus deseos, que Dios sea glorificado y que esto los dirija, determi­ne, santifique y si es necesario los domine. Nues­tro Señor nos enseñó esto claramente en la prime­ra petición de la oración dominical: Padre nues­tro, santificado sea tu nombre. Éste es nuestro ob­jetivo y las demás cosas son deseadas con miras al cumplimiento de este objetivo; la oración es di­rigida a la gloria de Dios, en todo aquello en lo que Él nos ha dado a conocer de sí mismo: la glo­ria de su santidad.

Es con miras a la santificación de su nombre que deseamos que venga su reino, que se haga su voluntad, y que seamos alimentados, guardados y perdonados. El que la gloria de Dios sea nuestro objetivo habitual, da por resultado la sinceridad que es nuestra perfección evangélica. Todo el ojo todo el cuerpo, y también el alma están llenos de luz. Por ello la oración es dirigida a Dios.

Manifiesta la firmeza de nuestra consideración a Dios en la oración. Hemos de dirigir nuestra oración a Dios, esto es, hemos de pensar continua­mente en Él como Aquel con quien tenemos tratos en oración. Hemos de dirigirle nuestra oración, como dirigimos nuestras palabras a la persona con la cual tratamos. La Biblia es una carta que Dios nos ha enviado; la oración es una carta que nosotros le enviamos a Él; ahora bien, ya sabéis que es esencial que una carta tenga dirección, y es necesario que esté bien dirigida; si no es así, corre peligro de perderse, lo cual puede ser de graves consecuencias; vosotros oráis cada día, y con ello enviáis cartas a Dios; si se pierden estas cartas es difícil evaluar la pérdida; es, pues, necesario que la oración sea dirigida a Él. ¿Cómo?

Llámale con sus títulos, como cuando te diri­ges a una persona de honor; dirígete a Él como el gran Jehová, Dios sobre todas las cosas, bendito para siempre; rey de reyes, y señor de señores: como Dios de misericordia; que tu corazón y tu boca estén llenos de santa adoración y admira­ción a Él, y usa los títulos más apropiados para producir santo temor y reverencia en tu mente. Dirige tus oraciones a Él como el Dios de la glo­ria, cuya majestad es indescriptible, y cuya gran­deza no puede ser escudriñada, para que no te atrevas a faltarle o tratarle con ligereza en lo que le dices.

No te olvides de cuál es tu relación con Él, como hijo suyo, y no pierdas esto de vista en la tremenda adoración de su gloria. Se me ha dicho de un buen hombre que escribía un diario de sus experiencias, y que entre ellas se hallan las si­guientes: con ocasión de su oración en privado, su corazón, al principio de su deber, sentía la nece­sidad de dar a Dios títulos sobrecogedores y tre­mendos, y le llamaba Poderoso, Terrible, pero más adelante él mismo se dijo: ¿y por qué no lla­marle también Padre? Cristo, tanto en precepto como en ejemplo, nos enseñó a dirigirnos a Dios como nuestro Padre, y el espíritu de adopción nos enseña a clamar: «Abba, Padre»; un hijo, aunque sea pródigo, cuando se arrepiente y regresa, pue­de ir a su padre y decirle: «Padre, he pecado; ya no soy digno de ser llamado tu hijo», pero, con todo, se atreve a llamarle padre. Cuando Efraín se queja de que, como novillo indómito, fue castiga­do, Dios dice de él: «Hijo predilecto, niño mima­do» (Jeremías 31:18, 20), y si Dios no se avergüen­za de llamarle hijo, bien podemos nosotros lla­marle Padre.

Dirige tu oración a Dios en el cielo. Esto nos lo ha enseñado nuestro Salvador al comienzo de la oración dominical: «Padre nuestro que estás en los cielos.» No que se halle confinado en los cie­los, ni se trata si el cielo o el cielo de los cielos le contiene, sino que se nos dice que allí ha prepara­do su trono, no sólo el de gobierno por medio del cual su reino rige sobre todos, sino su trono de gracia, al cual hemos de allegarnos por medio de la fe. Tenemos que verles como el Dios en los cie­los, en oposiciones a los dioses de los paganos que habitan en templos hechos de manos. Los cielos son un alto lugar, y hemos de dirigirnos a Él como a un Dios infinitamente por encima de no­sotros; Él es el origen de la luz, y a Él hemos de dirigirnos como el Padre de las luces; el cielo es un punto para observar, y hemos de ver sus ojos sobre nosotros, contemplando a todos los hijos de los hombres; es un lugar de pureza, y hemos de ver a Dios en oración, como un Dios santo, y darle gracias al recordar su santidad; es el firmamento de su poder, y hemos de depender de Él, ya que es a Él que pertenece el poder. Cuando nuestro Se­ñor Jesús oraba, dirigía sus ojos al cielo, para indicarnos a nosotros de dónde esperar las bendiciones que necesitamos.

Envía esta carta, o sea la oración, a través del Señor Jesús, el único Mediador entre Dios y los hombres. La carta se va a perder si no la pones en sus manos. Él es el «ángel» que pone mucho in­cienso en las oraciones de los santos, y así perfu­madas las presenta al Padre, según vemos en Apo­calipsis 8:3. Lo que pedimos al Padre debemos pe­dirlo en su nombre; lo que esperamos del Padre debe ser a través de su mano, porque Él es el Sumo Sacerdote de nuestra profesión; el que es ordenado para que los hombres entreguen sus ofrendas a través de Él. (Hebreos 5:1.) Deja la car­ta en su mano, y Él la entregará, y hará nuestro servicio aceptable.

Hemos de mirar hacia arriba, esto es, hemos de mirar hacia arriba en nuestras oraciones, como quienes hablan a un superior, alguien que está infinitamente más arriba, el alto y santo que habita en la eternidad; como los que esperan que todo don perfecto y bueno venga de arriba, del Padre de las luces; como los que desean en ora­ción entrar en el lugar santísimo y acercarse con corazón verdadero. Con una mirada de fe hemos de mirar por encima del mundo y todo lo que hay en él hemos de mirar más allá de las cosas del tiempo; ¿qué es este mundo y todas las cosas de aquí abajo, al que sabe dar su valor adecuado a las bendiciones espirituales, en las cosas celestia­les, por Jesucristo? El espíritu del hombre, al mo­rir, va hacia arriba (Eclesiastés 3:21), porque vuelve al Dios que lo dio, y por tanto, conforme a su origen, tiene que mirar hacia arriba en toda oración, pues ha puesto sus afectos en las cosas de arriba, y allí es donde ha depositado su tesoro.

Por tanto, elevemos nuestros corazones y nues­tras manos, en oración, al Dios de los cielos. (La­mentaciones 3:14.) Antiguamente era costumbre en algunas iglesias que el ministro estimulara al pueblo a la oración por medio de las palabras (arriba los corazones); «a Ti, ¡oh, Señor!, elevamos nuestras almas».

Hemos de mirar hacia arriba después de nues­tras oraciones:

Con ojo de satisfacción y de complacencia. El mirar hacia arriba es una señal de contento, como el mirar hacia abajo es una señal de melancolía. Hemos de mirar hacia arriba, ya que habiéndonos encomendado en oración a Dios estamos tranqui­los y hemos puesto nuestra confianza entera en su sabiduría y bondad, y esperamos pacientemente el resultado. Ana, después de orar, miró hacia arriba con aspecto satisfecho; siguió su camino, y comió, y su rostro ya no estuvo triste (1.a Samuel 1:18). La oración da tranquilidad al corazón del buen cristiano y cuando hemos orado deberíamos mostrar que la tenemos.

Con un ojo observador, por ver lo que Dios nos da como resultado de ellas. Hemos de mirar arri­ba como el que ha disparado una flecha y trata de ver cuan cerca del blanco ha dado; hemos de mi­rar dentro de nosotros y observar el estado de nuestro espíritu después de haber estado en ora­ción, para ver lo satisfechos que estamos en la vo­luntad de Dios, y lo dispuestos que nos hallamos a acomodarnos a ella; hemos de mirar alrededor y observar cómo obra la providencia en nuestras cosas para que, si nuestras oraciones son contes­tadas, podamos regresar para dar gracias; si no es así podemos eliminar aquello que impide la res­puesta y seguir esperando. Así que hemos de subir a nuestra atalaya para observar lo que Dios nos dice (Hebreos 2:1), y estar dispuestos a escucharle (Salmo 85:8), esperando que Dios nos dará una respuesta de paz, y hacer la resolución de no vol­ver más a aquel error. Por ello tenemos que man­tenernos en comunión con Dios, esperando que siempre que elevemos nuestro corazón a Él, Él re­flejará la luz de su rostro sobre nosotros. Algunas veces la respuesta viene rápidamente: mientras estamos aún hablando ya se oye la voz; mucho más rápido que nuestros mensajeros o correos, pero si no es así, cuando hemos orado tenemos que esperar.

Aprendamos, pues, a dirigir propiamente nuestras oraciones, y miremos hacia arriba para saber bien lo que quiere Dios en todo deber, para hacerlo con celo, pues si no tiene muy poco valor lo que hacemos. No adoremos en el patio exterior cuando se nos manda y estimula a que entremos dentro del velo.

Veamos ahora lo segundo, o sea el tiempo. El tiempo particular establecido en el texto para esta buena obra, es la mañana, y el salmista pa­rece hacer énfasis sobre esto: por la mañana, y aún lo repite, por la mañana; no sólo esto, sino que insiste: De mañana me presentaré delante de Ti y esperaré. Cuando Israel estaba bajo la ley, sa­bemos que cada mañana se ofrecía un cordero en sacrificio (Éxodo 29:39), y cada mañana el sacer­dote quemaba incienso (Éxodo 30:7), y los canto­res estaban allí cada mañana para dar gracias al Señor (1.a Crónicas 23:10). Y también fue estableci­do éste en el templo, en días de Ezequiel (46:13, 14, 15), por medio de lo cual se dejaba ver bien claro que los sacrificios espirituales tenían que ser ofre­cidos por sacerdotes espirituales, cada mañana, tan seguro como la llegada de esta misma mañana. Cada cristiano debería orar en secreto y cada pa­dre de familia con los suyos, mañana tras mañana, y hay buenas razones para ello.

La mañana es la primera parte del día, y es apropiado que Él, que es el primero, tenga lo pri­mero y sea servido antes. Los paganos decían: «todo lo que hagas empiézalo con Dios». El mundo tuvo su comienzo de Él, noso­tros tuvimos el nuestro también, y todo lo que em­pecemos tenemos que hacerlo contando con Él. Los días de nuestra vida, tan pronto como se le­vanta el sol de la razón en nuestra alma, deben ser dedicados a Dios, y empleados en su servicio. Des­de el amanecer deja a Cristo que tenga el rocío de la juventud (Salmo 110:3). Las primicias siempre fueron para el Señor, y también los primogénitos del rebaño. En la oración de la mañana y de la tar­de damos gloria a Aquel que es el Alfa y la Omega, el primero y el último; con Él hemos de empezar y terminar el día, empezar y terminar la noche; Él es el principio y el fin, la primera causa y la última.

La sabiduría dijo: Los que me buscan me halla­rán pronto en sus vidas, temprano en el día, por­que así damos a Dios lo que debe tener, la prefe­rencia sobre todas las cosas. Por ello mostramos que nos preocupamos de agradarle y de merecer su aprobación y que le buscamos con diligencia.

Lo que hacemos con diligencia nos dice la Es­critura que lo hacemos temprano (véase Salmo 101:8). Los hombres activos se levantan temprano. David expresó la fuerza y el calor de su devoción cuando dijo: ¡Oh, Dios! Tú eres mi Dios; de madru­gada te buscaré. (Salmo 63:1.)

Por la mañana nos sentimos renovados y en el mejor estado de ánimo. Nuestros espíritus han sido avivados por el descanso y sueño de la noche, y vivimos una especie de vida nueva, y las fatigas del día anterior han sido olvidadas. El Dios de Is­rael no duerme ni dormita; con todo, cuando se es­fuerza en favor de su pueblo se nos dice: «Despertó el Señor como si se hubiese dormido.» (Salmo 78:65.) Si en algún momento somos buenos para algo, es por la mañana, y por ello se hizo el prover­bio: «Aurora Musís Árnica»; y si la mañana es ami­ga de las musas, estoy seguro de que no lo es me­nos de las gracias. Del mismo modo que el que es primero debe tener lo primero, así el que es mejor debe tener lo mejor; y por ello, cuando somos más aptos para las actividades, debemos dedicarnos a lo que es más importante.

El adorar a Dios es obra que requiere las mejo­res potencias del alma, cuando están en mejores condiciones; ¿y en qué pueden estar mejor ocupa­das o dar de sí más buena cuenta? «Que todo lo que hay en mí bendiga su santo nombre», dijo Da­vid, y todo aún no es bastante. Si tenemos algún don por el cual podemos honrar a Dios, la hora de la mañana es la más apropiada para usarlo (2.a Ti­moteo 1:6), cuando nuestros espíritus están fres­cos, y hemos ganado nuevo vigor. «Despierta, alma mía; despierta, salterio y arpa; yo despertaré a la aurora.» (Salmo 57:8.) Así que avivémonos para echar mano de Dios.

Por la mañana estamos más libres de compañía y de negocios, y, generalmente, tenemos la mejor oportunidad para la soledad y el retiro, a menos que seamos de aquellos perezosos que se quedan en la cama aunque tengan poco sueño: ¿hasta cuándo vas a dormir, oh, perezoso? Aquellos que tienen mucho que hacer en el mundo, que apenas tienen un minuto para ellos mismos duran­te el día, obran sabiamente al tomar por la maña­na un rato, antes de que los absorba la multitud de negocios, para los asuntos de su religión, para po­der dedicarse totalmente a ella, pues es cuando es­tán más alertas y dispuestos.

Cuando nos disponemos a adorar a Dios, hemos de estar lo menos posible inertes por dentro y ex­puestos a distracciones por fuera. El apóstol insis­te en que hemos de vernos libres de distracciones y que esto facilita nuestro trato asiduo con el Señor (1 .a Corintios 7:35). Y por tanto, un día de cada sie­te (y éste es el primer día también, el día del Señor, la mañana de la semana) está designado para ser el día de descanso de todo trabajo. Abraham lo dejó todo en la falda de la montaña y subió a ado­rar a Dios. Por la mañana, por tanto, tengamos nuestros tratos con Dios y dediquémonos a los asuntos de la otra vida, antes de que nos veamos envueltos por los asuntos de ésta. Nuestro Señor Jesús nos dio ejemplo de esto, ya que como tenía el día lleno de actividades públicas para Dios y las almas de los hombres, se levantaba muy de maña­na, y antes de que llegara nadie, se iba a orar a un lugar solitario. (Marcos 1:35.)

Por la mañana hemos recibido nuevas miseri­cordias de Dios que deseamos reconocer con agra­decimiento y alabanza.

Él está haciéndonos bien y enviándonos sus beneficios continuamente. Cada día tenemos razones para bendecirle, porque Él nos bendice cada día; por la mañana de un modo particular, pues es cuando nos envía los frutos de su favor, que se nos dice que son nuevos cada ma­ñana (Lamentaciones 3:23). Son nuevos porque aunque son los mismos que recibimos la mañana anterior, todavía son necesarios, y por ello podemos decir que son nuevos; por ello debe­mos repetir las expresiones de nuestra gratitud a Él y el afecto de devoción que, como el fuego del altar, debe ser renovado cada mañana. (Levítico 6:12.)

¿Hemos pasado una buena noche, y no tene­mos un mensaje para enviar al trono de la gracia en agradecimiento? ¿Cuántas mercedes son nece­sarias para hacer una noche buena? Éstas son mercedes dignas de nota que nos han sido conce­didas a nosotros, pero negadas a otros; muchos no han tenido un lugar donde reclinar su cabeza; nuestro Maestro no lo tenía; las zorras tienen sus madrigueras y los pájaros sus nidos, pero el Hijo del Hombre no tenía donde reclinar su cabeza; pero nosotros tenemos casas en donde resguar­darnos, habitaciones tranquilas y apacibles, qui­zás, incluso, señoriales; tenemos camas en que echarnos, calientes y cómodas, y nos vemos obli­gados a vagar por desiertos y montañas, cavernas y escondrijos de la tierra, como se han visto obli­gados a hacer muchos de los mejores santos de Dios, de los cuales el mundo no era digno. Mu­chos tienen camas en que yacer, pero no se atre­ven a hacerlo, o no pueden hacerlo, pues les priva de ello la enfermedad de algún amigo o el temor que les inspiran sus enemigos. Pero nosotros he­mos dormido y nadie nos ha aterrorizado, no ha habido alarma a causa de la espada, ni guerra ni persecución. Muchos se echan, pero no pueden dormir, sino que pasan la noche inquietos, revol­viéndose de un sitio a otro hasta la madrugada, sea por dolor del cuerpo o ansiedad de la mente. Pasan noches de angustias en que no pueden pe­gar ojo;  pero nosotros nos acostamos y hemos dormido sin ser perturbados, y nuestro sueño ha sido tranquilo y renovador, un paréntesis agrada­ble entre nuestras ocupaciones y cuidados; es Dios el que nos ha dado el sueño, nos lo ha dado como lo da a aquellos a quienes ama. Muchos se echan para descansar y duermen, pero ya no se despiertan; duermen el sueño de la muerte, y sus camas son sus tumbas; pero nosotros hemos dor­mido y nos hemos despertado otra vez, descansa­dos y refrescados; abrimos los ojos y vimos que todo era igual que antes, porque el Señor nos ha sostenido, y si El no lo hubiera hecho nos habría­mos hundido con nuestro propio peso cuando nos dormimos (Salmo 3:5).

¿Tenemos una mañana agradable? ¿Es la luz dulce para nosotros; la luz del sol, la luz de los ojos, nos regocija esto el corazón? ¿Y no deberíamos con­fesar nuestras obligaciones a Aquel que nos abre los ojos, y abre nuestros párpados por la mañana? ¿Te­nemos vestidos para ponernos por la mañana, ves­tidos que nos calientan? (Job 37:17.) ¿Cambias tu vestido no por necesidad solamente, sino como adorno? Estos vestidos los tenemos de Dios; es su lana, su lino, que Él nos da para cubrir nuestra des­nudez, y por la mañana, cuando nos vestimos, es el tiempo apropiado para darle las gracias por ellos; con todo, dudo de que lo hagamos con tanta regula­ridad como cuando nos sentamos a la mesa y damos las gracias por la comida, por más que tengamos las mismas razones para hacerlo. ¿Nos hallamos en sa­lud y ágiles? ¿Hace tiempo que nos sentimos así? ¿No deberíamos estar agradecidos por esta cons­tante serie de misericordias, como por los casos es­peciales de ellas, especialmente cuando considera­mos cuántos hay enfermos y en dolor, y que noso­tros podríamos hallarnos también así?

Quizás hemos experimentado alguna miseri­cordia especial para nosotros mismos o nuestras familias, al ser preservados de un incendio o de ladrones, de peligros que ni aun conocíamos, al­gunos invisibles; quizás «el lloro duró una noche, pero con la mañana vino el gozo», y esto nos in­vita a reconocer la bondad de Dios. El ángel des­tructor se ha mostrado activo, y como saeta que vuela a medianoche ha tocado otras ventanas, pero por nuestras casas ha pasado de largo, gra­cias a Dios, porque la sangre del pacto había ro­ciado nuestros postes, y por la ministración de los buenos ángeles hemos sido preservados de la ma­licia de los ángeles malos, los príncipes de las ti­nieblas de este mundo que se arrastran como ani­males de presa al amparo de la oscuridad. ¡Toda la gloria sea a los ángeles de Dios!

Por la mañana tenemos nuevo material que nos es suministrado para adorar la grandeza y la gloria de Dios. Es verdad que debemos tomar buena nota de los abundantes dones recibidos de Dios de que disfrutamos, pero las almas que limi­tan su reconocimiento a los bienes recibidos son muy estrechas y encogidas; nosotros hemos de ob­servar los ejemplos que despliegan de modo inefa­ble su poder en el reino de la providencia, que re­dundan en su honor y en el bien común del uni­verso. El salmo 19 parece haber sido una medita­ción matutina en la cual se nos dirige a observar cómo los cielos declaran la gloria de Dios, y la ex­pansión denuncia la obra de sus manos; se nos hace notar en él no sólo las ventajas que recibi­mos de su luz e influencia, sino el honor que ha­cen a Aquel que extendió los cielos como una cor­tina, estableció sus pilastras, y determinó sus ordenanzas, que aún siguen, pues todas las criaturas son sus siervos. Un día comunica el mensaje a otro día, y una noche a la otra noche declara la noticia, a saber, el conocimiento del poder eterno de la Divinidad del Gran Creador del mundo, el que lo rige. La sucesión invariable de tinieblas y luz en sus revoluciones, según las órdenes recibi­das para que se alternaran regularmente, tiene que servir para confirmar nuestra fe en esta parte de la revelación divina que es la historia de la creación, y es la promesa de Dios a Noé y a sus hijos (Génesis 8:22), su pacto con el día y con la noche (Jeremías 33:20).

Mira por la mañana y ve con qué exactitud la aurora conoce su lugar y su tiempo, y cómo los observa fiel, y cómo la luz de la mañana alcanza los cabos de la tierra. Oí decir a un anciano mi­nistro recientemente: «¡Cuántos millares de mi­llas ha viajado el sol durante la noche para traer­nos la luz de la mañana a nosotros, miserables desgraciados, para que no nos quedáramos ente­rrados por la oscuridad de la noche!» Mira, ve el sol, como un esposo que sale de su tálamo, que se alegra cual atleta corriendo su carrera, observa lo brillantes que son sus rayos, cuan dulces sus son­risas, cuan fuerte su influencia. Y si no hay len­guaje o tribu que no pueda captar la voz de estos predicadores naturales que proclaman la gloria a Dios, es lástima que haya algunas lenguas en que no se oiga la voz de los adoradores de Dios ha­ciéndose eco al canto de estos predicadores natu­rales, y adscribiendo gloria a Aquel que hace que la mañana y la noche se regocijen: Pero hagan lo que quieran los demás, y que Dios oiga nuestra voz por la mañana, y por la mañana dirijámosle nuestras alabanzas.

Por la mañana tenemos o deberíamos tener nuevos pensamientos sobre Dios y meditación dulce en su nombre, y tendríamos que ofrecérse­los en oración. Conforme al ejemplo de David, ¿hemos venido recordando a Dios en nuestra cama, y meditando durante las noches de vela? ¿Podemos decir, cuando nos levantamos, todavía estoy con Dios? Si es así, tenemos algo que llevar al trono de la gracia con las palabras de nuestra boca para ofrecer a Dios las meditaciones de nuestro corazón, y esto será para Él un sacrificio de olor suave. Si el corazón ha estado puliendo un bello canto, que nuestra lengua lo recite al Rey, nuestro Dios. (Salmo 45:1.)

Tenemos la palabra de Dios con la cual con­versar, y tendríamos que leer de ella una porción cada mañana: por medio de ella Dios nos habla, y en ella tendríamos que meditar de día y de no­che; si lo hacemos, nos enviará al trono de la gra­cia, y nos proveerá buenos mensajes para entre­gar allí. Si Dios, por la mañana, con su gracia, nos dirige su palabra, de modo que nos llegue al corazón, esto dará por resultado que dirijamos nuestra oración a Él.

Por la mañana es más que probable que tenga­mos causa para reflexionar sobre los muchos pen­samientos vanos y pecaminosos en que nuestra mente se ha ocupado durante la noche, y a causa de esto es necesario que nos dirijamos a Dios en oración por la mañana, pidiendo perdón por ellos. Las palabras de la oración dominical parecen apropiadas de modo especial para la mañana, porque nos enseñan a pedir nuestro pan cotidia­no, y también hemos de pedir: Padre, perdónanos nuestras deudas, porque como en el apresuramien­to del día incurrimos en culpa por nuestras pala­bras y acciones irregulares, lo mismo hacemos en la soledad de la noche, a causa de nuestra imagi­nación corrompida y nuestra fantasía sin gobier­no y no santificada. Es cierto, el pensamiento del necio es pecado. (Proverbios 24:9.) Los pensa­mientos necios son pecaminosos, y ¡cuántos de estos vanos pensamientos se alojan dentro de no­sotros!; su nombre es legión, pues son muchos. ¿Quién puede entender estos errores? Son más numerosos que los cabellos de nuestra cabeza. Leemos de algunos que imaginan el mal en sus camas y cuando llega la mañana lo practican. (Miqueas 2:1.) ¡Con qué frecuencia, por la noche, la mente se inquieta y desconfía con dudas y preocupaciones, pensamientos ambiciosos, conta­minados, livianos, impertinentes, instigados y fer­mentados por la malicia y la venganza, y, en todo caso, muy lejos de la piedad debida. Del corazón proceden los malos pensamientos que hay en no­sotros, y por todas partes los llevamos, porque su fuente está en nosotros y fluye de modo natural. Sí, en la multitud de sueños y desvaríos, como en las muchas palabras, hay mucha vanidad. (Eclesiastés 5:2.)

¿Y nos atrevemos a salir sin haber renovado nuestro arrepentimiento, para el que hemos acu­mulado material todo el día y toda la noche? ¿No queremos confesarlo a Aquel que conoce nuestros corazones, nuestros descarríos, nuestras rebelio­nes, nuestras retractaciones, para hacer las paces en la sangre de Cristo y orar, para que perdone los pensamientos de nuestro corazón? No pode­mos ir con tranquilidad a hacernos cargo de las tareas del día con una carga de pecado del que no nos hemos arrepentido y que no ha sido perdona­do.

Por la mañana nos preparamos para la obra del día, y por tanto, procuramos por medio de la oración buscar la presencia y la bendición de Dios; se nos dice que podemos ir con confianza al trono de la gracia, no sólo para pedir que se nos perdone aquello en que hemos faltado, sino para pedir gracia, que nos ayude en todo tiempo de ne­cesidad. Y ¿qué momento hay que no sea un mo­mento de necesidad para nosotros? Y por tanto, ¿qué mañana debería pasar sin oración? Leemos de «las cosas que han sido ordenadas conforme al rito para cada día» (Esdras 3:4), y es por esto que vamos a Dios cada mañana para orar, para la gra­ciosa concesión de su providencia respecto a no­sotros y las operaciones de gracia del Espíritu.

Tenemos familias a las que debemos cuidar, quizás, y hemos de proveer para ellas. Presenté­moslas, pues, cada mañana en oración ante Dios, encomendándolas al cuidado y gobierno de su gracia, y así las ponemos de modo efectivo bajo la protección y cuidado de su providencia. El santo Job se levantaba temprano por la mañana y ofre­cía holocaustos conforme al número de sus hijos. (Job 1:5.) Así conseguimos que la bendición des­canse sobre nuestros hogares.

Cuando nos dedicamos a nuestras actividades: miremos a Dios, en primer lugar, esperando que nos dé sabiduría y gracia para ejecutarlas bien, en el temor de Dios y que permanezcamos con Él; y entonces podemos pedirle con fe que nos pros­pere y nos acreciente, nos fortalezca, que nos sos­tenga en las fatigas y nos dirija y nos dé consuelo en estas tareas. Tenemos jornadas que hacer, qui­zás así pidamos a Dios que su presencia nos acompañe, y no vayamos donde no podamos espe­rar que nos acompañe.

Quizá tengamos oportunidades de hacer o conseguir algo bueno: pidamos a Dios que nos dé un corazón a la altura de lo que hay en nuestras manos, que nos dé habilidad, voluntad y valor para mejorarlo. Cada día tiene sus tentaciones, al­gunas, quizá, las podemos prever, pero muchas no nos las imaginamos y en ellas se pone a prueba nuestra sinceridad a Dios; que no seamos llevados a la tentación, sino guardados de todas ellas; que cualquier relación o compañía en que entremos sea una oportunidad para que hagamos bien y no perjudiquemos, para conseguir bien y no ser da­ñado por los otros.

No sabemos lo que nos traerá el día; no sabe­mos las noticias que nos traerá la mañana, o lo que puede sucedemos antes de la noche, y por tanto, tenemos que pedir a Dios que nos dé gracia para llevar a cabo los deberes y dificultades que no podemos prever, así como las que vemos; que nuestra fuerza sea suficiente para mantenernos en conformidad con toda la voluntad de Dios, según sea cada día. Hallaremos que basta para cada día su propio afán, y por tanto, así como es locura el pensar y apenarnos por los sucesos de mañana, es de sabios pensar en los de hoy, para que sea sufi­ciente para aquel día y para sus deberes la provi­sión de la divina gracia que necesitemos; para toda obra o palabra buena y para fortificarnos contra toda obra o palabra mala; para no decir, pensar o hacer nada durante el día que pueda ser causa de que deseemos no haberlo pensado, dicho o hecho.

Aplicación práctica de la doctrina anterior

Primero: Que estas palabras nos recuerden nuestras omisiones, porque éstas son pecado y han de venir a juicio. ¡Cuántas veces nuestro culto matutino ha sido olvidado o ha sido rendido con descuido! La obra, o bien no ha sido hecha, o ha sido hecha con doblez; o bien no se presentó sa­crificio, y si se hizo, ha sido el perniquebrado, el cojo, el enfermo, o bien no ha habido oración o no ha sido dirigida propiamente, y por tanto, no se ha elevado. Hemos tenido las misericordias de la mañana, Dios no ha fallado en su compasión y nos ha cuidado como Padre, no obstante, no he­mos hecho el servicio matutino, sino que hemos faltado de modo vergonzoso al deber de hijos suyos.

Humillémonos verdaderamente delante de Dios esta mañana por nuestros pecados y locura de haberle privado, con frecuencia, del honor del culto matutino, y a nosotros mismos de sus bene­ficios. Dios se había llegado a nuestra despensa pensando hallar fruto, pero no lo halló, o no halló casi nada, estuvo escuchando, pero no le ha­blábamos a Él o no le hablábamos bien. Con algu­na excusa minúscula lo hemos dejado y cuando se ha interrumpido la costumbre, la conciencia se ha entumecido, nos hemos ido enfriando y probable­mente la hemos abandonado del todo.

Segundo: Os ruego que escuchéis una palabra de exhortación respecto a esto. Sé bien cuál será la influencia que tendrá sobre la prosperidad de vuestras almas el ser constantes y sinceros en el culto del privado, y por tanto, permitidme que haga énfasis en él con toda premura; que Dios tenga oportunidad de oír de vosotros cada maña­na; que cada mañana dirijáis a Él vuestra ora­ción, y que miréis hacia Él.

Tomad a conciencia vuestro culto privado y mantenedlo, no ya porque ha pasado a ser una costumbre que habéis recibido de vuestros padres o porque es un deber que habéis recibido orden de guardar del Señor. Dedicadle el rato estipula­do y sed fieles al mismo. Que los que han vivido hasta ahora en descuido total, se persuadan, a partir de ahora, a considerarlo como la parte más deleitosa de su consuelo diario, como el deber más necesario en sus negocios cotidianos, y que sea su placer constante y su cuidado permanente.

No hay persona que tenga uso de razón que pueda pretender ser una excepción de este deber; lo que se dice de algunos se dice de todos: Orad, orad; continuad en oración y velad en ella. Los ricos no están tan obligados a trabajar con sus manos como los pobres; los pobres no tienen tan­ta obligación a dar limosna como los ricos, pero ambos están obligados igualmente a la oración. Los ricos no están por encima de la necesidad de hacerlo, ni los pobres por debajo de ser aceptados por Dios en ella. Nunca es demasiado pronto para que los jóvenes aprendan a orar, y aquellos a quienes los muchos años han enseñado sabiduría, al final de sus días, obrarán como necios si creen que ya no tienen necesidad de orar.

Que ninguno diga que no puede orar. Si estuvie­ras a punto de perecer de hambre mendigarías la comida, si no hubiera otro remedio, y si ves que eres vencido por razón del pecado, ¿no puedes pedir gra­cia y misericordia? ¿No eres cristiano? No digas que no puedes orar, porque esto es tan absurdo como que un soldado dijera que no puede manejar la espada o que un carpintero no puede manejar el hacha. ¿A qué has sido llamado en la comunión de Cristo sino a tener por medio de Él comunión con Dios? Si no puedes orar tan bien como otros, ora tan bien como puedas, y Dios te aceptará.

Que ninguno diga que no tiene tiempo para la oración por la mañana, porque puedes hallarlo para otras cosas que no son tan necesarias; es me­jor que le quites tiempo al sueño, que no que te falte tiempo para la oración. Y ¿en qué forma puedes emplear el tiempo mejor y con mayor sa­tisfacción y provecho? Todos los negocios del día prosperarán mejor si los empiezas con Dios.

Que nadie diga que no tiene un lugar conve­niente para la oración a solas. Isaac se retiraba al campo para orar; y el salmista estaba sólo con Dios en un rincón de su terrado. Si no puedes con­seguir toda la soledad que deseas, no por eso has de dejar de orar; sólo la ostentación es reprocha­ble, no el que te vean orar si no puedes evitarlo. Recuerdo que cuando era joven iba con frecuen­cia a Londres, en una diligencia, en tiempos del rey Jaime, y que había un señor en la compañía que no tenía inconveniente en admitir que era un jesuita; una de las ocasiones en que nos encontra­mos, el jesuita estaba alabando la costumbre de los países católicos de conservar las puertas de las iglesias siempre abiertas para que la gente pudie­ra ir a ellas a decir sus oraciones. Yo le dije que esta práctica parecía la de los fariseos que oraban en las sinagogas, y que esto no se compaginaba con las órdenes de Cristo de que cuando ores, en­tres, no en la iglesia con las puertas abiertas, sino en tu aposento y cierres la puerta; a este argu­mento replicó el hombre con alguna vehemencia: Creo que vosotros los protestantes no decís vues­tras oraciones en ninguna parte porque he viaja­do mucho en diligencia en compañía de protes­tantes, y he parado en posadas, en la misma ha­bitación con ellos, y he observado cuidadosamen­te lo que hacían, y nunca he visto que ninguno dijera sus oraciones de noche ni de mañana, excep­to uno, que era presbiteriano. Yo desearía que hu­biera más malicia que verdad en lo que dijo, pero lo menciono como indicación de que aunque no podemos siempre estar tan a solas como quisiéra­mos en nuestras devociones, con todo, no pode­mos omitirlas para evitar que esta omisión dé lu­gar no sólo a pecado, sino también a escándalo. Sé diligente en tu culto secreto, y no seas pe­rezoso en él, sino ferviente en espíritu, sirviendo al Señor. Procura que no degenere en formalidad; que te acostumbres simplemente. Procura cum­plir tu deber con solemnidad. Sé íntimo con Dios; no basta con que digas tus oraciones, es necesario que ores fervientemente, como hizo Elías (Santiago 5:17). Aprende a esforzarte en la oración, como Epafras (Colosenses 4:12), y verás que la diligen­cia en este deber es la que enriquece. Dios no con­sidera la longitud de nuestras oraciones, sino que Dios requiere la verdad en lo íntimo, y la oración del justo es su deleite. Cuando has orado conside­ra que ello te ocupa y te anima a servir a Dios y a confiar en El; que el consuelo y el beneficio de tus devociones no sea como la nube mañanera que pasa y se va, sino como la luz de la aurora que va en aumento hasta que el día es perfecto.

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