Bien podría ser que nuestros supuestos éxitos no sean más que pérdidas.”
A. W. Tozer
Por: Yeneisy Segredo Cabrera
El mundo de hoy está realmente fascinado con el éxito en todos los sentidos, y esta fascinación ha invadido a la iglesia. La literatura cristiana moderna está plagada de títulos que tienen la mencionada palabra: “Siete pasos hacia el éxito”, “Las 7 leyes espirituales del éxito” “Cómo tener éxito en aceptarte a ti mismo” y un largo etc.
¿Qué es el éxito? ¿Cómo lograrlo? ¿Cómo mantenerlo? Estas y otras preguntas son respondidas en libros como los mencionados. Sin embargo, existen otras que bien pudieran hacerse: ¿Puede una persona ser exitosa según las leyes de este mundo y haber fracasado según los estándares de Dios? ¿Qué precio hay que pagar para obtener el éxito deseado? ¿Cualquier camino sirve para lograrlo? ¿El concepto de Dios y del mundo hoy, en cuanto al éxito, es el mismo? Dada la relevancia y el alcance que ha tomado este término es necesario considerarlo.
Para comenzar hay una buena pregunta que responder ¿Qué es el éxito?
El diccionario dice al respecto que es “Resultado feliz o positivo; buena aceptación; cosa con la que se ha alcanzado la fama.” [1] Algunos sinónimos son: triunfo, victoria, laurel, conquista, premio.
Generalmente cuando se piensa en el éxito, muchos lo asocian con riquezas, fama, renombre, popularidad, influencia, prestigio, autoridad, reputación.
Las corrientes teológicas que se han introducido en la iglesia han traído consigo la idea del “evangelio de éxito”. Es normal evaluar el trabajo de un líder en la actualidad, no por su perseverancia, obediencia, fidelidad a la Palabra, sino por la cantidad de miembros que tiene su congregación, por el crecimiento explosivo que pueda mostrar, por los libros que haya escrito, por el bello templo que exhiba, o por los recursos que maneje. De acuerdo a estos parámetros, es el nivel de influencia y de popularidad que tienen muchos líderes evangélicos hoy.
Actualmente más de un buen siervo de Dios se ha sentido tentado a seguir los pasos de quienes consiguieron el éxito anhelado; aunque para lograrlo tengan que usar métodos que le hagan descuidar el camino estrecho y seguir el más fácil y funcional. Muchos piensan: si funcionó para él, yo lo debo aplicar. Olvidando que no todo lo que funciona es bíblico. Por otra parte, lo que fue aplicado por otros y resultó, no necesariamente tiene que repetirse.
La presión que en ocasiones se ejerce sobre el líder cristiano se puede hacer insoportable. La búsqueda del éxito siguiendo estos parámetros puede llevar al siervo de Dios al desánimo, a la frustración. No todos pueden alcanzar notoriedad, no todos tendrán mega iglesias, no todos podrán manejar grandes sumas de dinero, no todos tienen la misma capacidad intelectual, ni exhibirán los mismos resultados. Lo que no significa que se haya fracasado en el servicio a Dios.
La parábola de los talentos ilustra lo antes mencionado. Al regresar el señor pidió cuentas, no por lo que no podían dar sus siervos, sino por lo que, pudiendo, no dieron. La fidelidad mostrada era lo que tenía valor. “Y su señor le dijo: Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor.” (Mt 25:15).
Por otra parte, es cierto que si el líder muestra liviandad espiritual, no se esfuerza, no trabaja, no busca la guía de Dios, por supuesto no obtendrá resultados que Dios apruebe, por lo que estará en la posición del negligente que enterró su talento y fue justamente reprendido.
Por ser tan importante alcanzar éxito en la actualidad, al mundo de los deseos, los anhelos, las ambiciones, se debe tener bajo escrutinio. Es fácil desviar la mirada de lo eterno y ponerla en lo que es pasajero, en lo que no durará. La iglesia de Jesucristo no debe dejarse arrastrar por los parámetros del mundo. Los líderes que tienen buenos proyectos, aspiraciones y propósitos, no pueden quedar cegados por el beneficio personal o el deseo impío de alcanzar renombre (Gn 11:4). Nada tiene valor para Dios si la motivación que la impulsa no es noble, si el engrandecimiento es al final la meta. El verdadero éxito va seguido de la obediencia.
Jesús dijo: “…el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que de vosotros quiera ser el primero, será siervo de todos.” (Mr 10:43-44).
Algunos profetas de la antigüedad no fueron muy bien mirados, no fueron aplaudidos, fueron incluso desechados. Su popularidad no era más que la burla de muchos. Sin embargo, ¿quién duda que tuvieran éxito en su ministerio? La palabra que tenían que dar a veces les era por escarnio, pero ¿no era palabra de Dios? ¿Cambiaría Jeremías su mensaje por hacerse famoso y ser un profeta bien recibido? Desde luego que no; el fuego que tenía dentro no se apagaba a menos que hiciera lo que había sido llamado a hacer. Su pregunta y consejo a Baruc fue: “¿Y tú buscas para ti grandezas? No las busques…” (Jer 45: 5).
El mejor ejemplo está en el mismo Señor. ¿Dónde tuvo el mayor triunfo Jesús? ¿No fue muriendo en una cruz? Mientras era exhibido como malhechor estaba triunfando sobre los principados. Definitivamente el Señor no tiene el mismo concepto de muchos.
Un siervo de Dios puede ser exitoso económicamente, puede alcanzar fama y reputación por la obra que ha hecho, por la utilidad del servicio que ha prestado; puede tenérsele en gran estima por la fe que trasmite, por la humildad que manifiesta, por el amor que muestra a sus semejantes; puede ser popular por su habilidad para comunicar, sus conocimientos, etc. Pero ¿Existe el peligro de que lo que fuera éxito no buscado, una vez tenido se convierta en fracaso? Realmente existe ese peligro.
¿Cuándo el éxito se convierte en fracaso?
1) Cuando lleva a la persona al orgullo espiritual: El sentimiento de superioridad debe ser vigilado por aquellos que logran tener reputación y estima entre sus hermanos. Creerse realmente superior es una tentación a la que no debe ceder el hijo de Dios.
Cuando le hace creer a la persona que tiene suficiente poder como para demandar obediencia ciega a su liderazgo. Quien pierde de vista que no es más que un siervo de Dios usado por Él para su gloria, no importa cuán exitoso sea frente al mundo, ha fracasado en su ministerio.
2) Cuando la persona pierde el temor de Dios y deja de examinar sus acciones. El cristiano, no importa el lugar que haya alcanzado, debe actuar en sujeción a la Palabra de Dios. Dios no da licencias a los siervos más encumbrados. Las acciones deben ser examinadas. Pablo es un ejemplo a imitar. En su primera epístola a los corintios dijo:
“Así que, yo de esta manera corro, no como a la ventura; de esta manera peleo, no como quien golpea el aire, sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado.” (1 Co 9:26)
3) Cuando hace que la persona se siente indispensable e infalible. Algunos que han alcanzado eminencia alimentan su ego creyéndose que no pueden ser sustituidos. Sin embargo, que se haya logrado algo por la gracia de Dios, no significa que otros no lo puedan hacer también o que Dios no use a nadie más. Tampoco que Dios haya usado a un hombre es sinónimo de que ese hombre no se equivoca.
4) Cuando para mantener el éxito el creyente pierde integridad. Una vez que se ha alcanzado la fama es difícil perderla. La naturaleza pecaminosa se puede sentir tentada a transgredir sus principios con tal de mantener el lugar al que ha llegado. La honradez, la honestidad, la virtud del siervo de Dios no debe verse amenazada por algo que puede ser tan pasajero, pero tristemente con frecuencia ocurre.
Es necesario recordar que nadie va por este mundo queriendo fracasar en lo que se propone. La obra de Dios necesita hombres fieles, esforzados, que pongan todo su empeño en lograr aquello para lo cual fueron llamados por su Señor. Es triste ver a líderes desinteresados e indiferentes a los propósitos divinos. Sin embargo, muy lamentable es observar cómo siervos que comenzaron bien, terminen mal, por el deseo desmedido de lograr el aplauso de los hombres o de satisfacer sus sueños de gloria personal.
¿Llamó Cristo a sus hijos para que adquieran riquezas, fama, reconocimiento y poder? No es propósito de Dios el engrandecimiento personal. El mayor éxito que puede tener el cristiano es acabar su carrera con gozo, ser fieles a la Palabra de Dios, tener su nombre escrito en el libro de la vida. (Hch 20:24; Lc 10:20). Si en el trayecto se alcanza fama y reconocimiento, el creyente debe mantener su integridad, humildad, sencillez. Bien lo dice la Escritura: “No a nosotros, oh Jehová, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria.” (Sal 115:1).
Para que el éxito no se convierta en fracaso, el hijo de Dios deberá decidir ante él, si continuará siendo un siervo que glorifique a su Señor o se convertirá en un señor que sólo busque su propia gloria.
Conociendo la naturaleza pecaminosa del hombre, su tentación a buscar la grandeza y comparándola con el ejemplo de Cristo, alguien escribió lo siguiente:
Porque somos hijos de Adán,
Y queremos engrandecernos,
El se hizo pequeño.
Porque no queremos doblegarnos,
El se humilló a sí mismo.
Porque queremos gobernar,
El vino a servir.








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