La carga de la tristeza

Aunque ande en valle de sombra de muerte …

SALMO 23.4

Carlos Andrés Baisdon-Niño estaba acostado con su libro favorito de historias bíblicas. Desde la primera página lo hojeó hasta el final. Cuando hubo terminado, lanzó un beso de buenas noches a mamá y papá, a sus tres «niñas», y luego uno a Papá Dios. Cerró los ojos, se entregó al sueño y despertó en el cielo.

Carlos tenía tres años.

Cuando sus padres, Tim y Betsa, y yo nos reunimos para programar el funeral, querían que yo viera un video de Carlos. «Debiera verlo bailando», me dijo Tim. Una mirada me bastó para entender por qué. La forma en que el pequeño Carlos llevaba el ritmo de una canción latina no se puede describir con palabras. Se estremecía de arriba a abajo. Movía los pies, balanceaba los brazos, hacía oscilar la cabeza. Daba la impresión que el ritmo cardiaco había subido para estar a la altura de su nativo pulso colombiano.

Nos reímos; los tres reímos. En la risa, por sólo un momento, Carlos estuvo con nosotros. Por un momento no hubo leucemia, jeringas, sábanas ni quimioterapia. No hubo lápida que esculpir ni sepultura que cavar. Sólo estaba Carlos. Y Carlos estaba bailando.

Pero cuando se detuvo el video, se detuvo también la risa. El papá y la mamá reiniciaron su lento caminar por el valle de sombra de muerte.

¿Está pasando usted por la misma sombra? ¿Sostienen este libro las mismas manos que tocaron el rostro helado de un amigo? Los ojos que recorren estas páginas, ¿contemplaron también el cuerpo sin aliento de un marido, una esposa o un hijo? ¿Va usted por el valle? Si no, este capítulo puede parecer innecesario. Siéntase libre de avanzar; aquí estará cuando lo necesite.

Sin embargo, si es así, debe saber que el bolso negro de la es difícil de llevar.

Es difícil de cargar porque no todos entienden su pesar. Al principio sí. En el funeral. Junto al sepulcro. Pero no ahora; no entienden que la tristeza permanece.

Tan silenciosamente como una nube se interpone entre usted y el sol de la tarde, los recuerdos se deslizan entre usted y el gozo, y lo dejan en una sombra helada. No hay advertencia; no hay aviso. Basta el olor de la colonia que usaba o un verso de una canción que le gustaba, y usted está otra vez en la triste despedida.

¿Por qué la tristeza no se aparta de usted?

Porque sepultó más que una persona. Sepultó algo de usted mismo. John Donne dijo: «La muerte de cualquier hombre me disminuye». Es como si la raza humana residiera en un gran trampolín. Cuando uno se mueve, todos lo sienten, y mientras más cercana la relación, más emotiva es la partida. Cuando alguien que usted ama muere, se siente muy afectado.

Le afecta los sueños.

Hace algunos años, mi esposa y yo prestábamos servicio con otros misioneros en Río de Janeiro, Brasil. Nuestro grupo estaba formado por varias parejas jóvenes que, por estar lejos de nuestra tierra, nos hicimos muy íntimos. Nos regocijamos enormemente cuando dos miembros de nuestro grupo, Marty y Ángela anunciaron que esperaban su primer hijo.

Sin embargo, el embarazo fue difícil, y el gozo dio paso a la preocupación. A Ángela se le indicó que debía permanecer en cama, y se nos pidió que permaneciésemos en oración. Lo hicimos. El Señor nos respondió, aunque no como deseábamos. El bebé murió en la matriz.

Nunca he podido olvidar el comentario de Marty: «Murió algo más que un bebé, Max. Murió un sueño».

¿Por qué permanece la tristeza? Porque usted trata con algo más que recuerdos: usted lucha con mañanas no vividos aún. No sólo está luchando contra la tristeza: lucha contra la desilusión. Lucha contra la ira.

Puede estar en la superficie. Puede ir por dentro. Puede ser una llama. Puede ser un soplete. Pero la ira vive en la casa del dolor. Ira por sí mismo. Ira por la vida. Ira por los militares, por el hospital o por el sistema de carreteras. Pero por sobre todo, ira por Dios. Ira que asume la forma de una pregunta de dos palabras breves: ¿Por qué? ¿Por qué él? ¿Por qué ella? ¿Por qué a nosotros?

Usted y yo sabemos que no podemos responder esa pregunta. Sólo Dios sabe las razones que hay detrás de sus acciones. Pero hay una verdad clave sobre la cual podemos permanecer.

Nuestro Dios es un Dios bueno.

«Bueno y recto es Jehová» (Salmo 25.8).

«Gustad, y ved que es bueno Jehová» (Salmo 34.8).

Dios es un Dios bueno. Aquí es donde debemos empezar. Aunque no entendamos sus acciones, podemos confiar en su corazón.

Dios sólo hace lo bueno. Pero, ¿cómo puede ser buena la muerte? Algunos dolientes no hacen esta pregunta. Cuando la cantidad de los años ha superado la calidad de los años, no preguntamos cómo puede ser buena la muerte.

Pero el padre de la adolescente muerta pregunta. La viuda de treinta años pregunta. Los padres de Carlitos también. Mis amigos en Río también lanzan la pregunta. ¿Cómo puede ser buena la muerte? Parte de la respuesta puede hallarse en Isaías 57.1–2: «Perece el justo, y no hay quien piense en ello; y los piadosos mueren, y no hay quien entienda que de delante de la aflicción es quitado el justo. Entrará en la paz, descansarán en sus lechos todos los que andan delante de Dios».

La muerte es el método de Dios para sacar del mal a la gente. ¿De qué clase de mal? ¿Una enfermedad extensa? ¿Una adicción? ¿Una tenebrosa ocasión para la rebelión? No sabemos, pero sí sabemos que ninguna persona vive un día más ni un día menos de lo establecido por Dios. «En tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas» (Salmo 139.16).

Pero sus días fueron tan pocos …

Su vida fue tan breve …

Así nos parece a nosotros. Hablamos de una vida breve, pero en comparación con la eternidad, ¿quién tiene una vida larga? Los días de vida de una persona en la tierra pueden parecer como una gota en el océano. Los suyos y los míos parecen una gotita. Pero en comparación con el Pacífico de la eternidad, aun los años de Matusalén no alcanzan a llenar una copita. Santiago no habla sólo a los jóvenes cuando dice: «¿Qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece» (Stg 4.14).

En el plan de Dios, cada vida es suficientemente larga y cada muerte ocurre en el momento oportuno. Aunque usted y yo pudiéramos desear una vida más larga, Dios sabe mejor las cosas.

Y, esto es importante, aunque usted y yo quisiéramos una vida más larga para nuestros seres amados, ellos no. Irónicamente, el primero que acepta la decisión de Dios acerca de la muerte es el que muere.

Mientras todavía movemos la cabeza sin creer lo que ha ocurrido, ellos elevan sus manos en adoración. Mientras lloramos junto al sepulcro, ellos están maravillados en el cielo. Mientras lanzamos preguntas a Dios, ellos lo están alabando.

Pero, Max, ¿qué de los que mueren sin fe? Mi marido nunca oró. Mi abuelo nunca asistió a un culto. Mi madre nunca abrió una Biblia, y mucho menos su corazón. ¿Qué del que nunca creyó?

¿Cómo sabemos que no creyó?

¿Quién entre nosotros conoce los pensamientos finales de una persona? ¿Quién entre nosotros sabe lo que ocurre en los momentos finales? ¿Estás seguro que no oró? La eternidad puede doblar la rodilla más soberbia. ¿Podría alguien mirar el inmenso abismo de la muerte sin murmurar una oración pidiendo misericordia? Y nuestro Dios, que favorece al humilde, ¿podría resistirlo?

No pudo en el Calvario. La confesión del ladrón en la cruz fue la primera y la última. Pero Cristo la escuchó. Cristo la aceptó. Quizás usted nunca haya oído que su ser amado confiesa a Cristo, pero, ¿quién asegura que Cristo no le haya oído?

No conocemos los pensamientos finales de un alma moribunda, pero esto sabemos: Sabemos que Dios es bueno. Dios «es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento» (2 Pedro 3.9). Más que usted mismo, Dios desea que sus seres queridos estén en el cielo. Y Él generalmente obtiene lo que desea.

¿Sabe qué más desea Dios? Desea que hagamos frente a nuestros pesares. Ni la negación ni la subestimación son parte de la terapia divina para el dolor.

David pasó por esto. Cuando se enteró de la muerte de Saúl y Jonatán, David y todo el ejército rasgaron sus vestiduras, lloraron a gritos, y ayunaron hasta la puesta del sol. Su lamento fue intenso y público. «Montes de Gilboa, ni rocío ni lluvia caiga sobre vosotros», lloró, «ni seáis tierra de ofrendas … Saúl y Jonatán, amados y queridos; inseparables en su vida, tampoco en su muerte fueron separados. Más ligeros eran que águilas, más fuertes que leones» (2 Samuel 1.21–23).

David no sólo cantó esta elegía, sino que «dijo que debía enseñarse a los hijos de Judá» (v. 18). A la muerte no se le resta importancia, ni se pasa por alto. Enfréntela, luche contra ella, cuestiónela o condénela, pero no la niegue. Como dijo su hijo Salomón: Es «tiempo de llorar» (Eclesiastés 3.4). No oiga, pero perdone a quienes lo exhortan a no llorar.

Dios le guiará a través, no alrededor, del valle de sombra de muerte. Y, de paso, ¿no le da alegría que sea sólo una sombra?

El Dr. Donald Grey Barnhouse cuenta de la ocasión en que murió su primera esposa. Él y sus hijos regresaban a casa desde el funeral, vencidos por el dolor. Buscaba una palabra de consuelo para hablarles, pero no pudo pensar en nada. Entonces un camión con un furgón grande los adelantó. Cuando pasó, la sombra del camión cubrió el auto. El Dr. Barnhouse tuvo una inspiración. Se volvió hacia su familia y preguntó: «Hijos, preferirían ser atropellados por un camión o por su sombra?»

Los niños respondieron: «Por supuesto, papá, preferiríamos que nos atropellara su sombra. Una sombra no podría lastimarnos».

El Dr. Barnhouse explicó: «¿Saben que hace dos mil años el camión de la muerte atropelló al Señor Jesús … para que sólo su sombra nos atropellara a nosotros?» 1

Nosotros enfrentamos la muerte, pero gracias a Jesús, sólo enfrentamos su sombra. Gracias a Jesús creemos que nuestros seres queridos son felices y que los pequeños Carlitos del mundo están danzando como nunca antes.

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