Aunque ande en valle de sombra de muerte,
no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo;
tu vara y tu cayado me infundirán aliento
SALMO 23.4
Es verano en la antigua Palestina. Una lanuda manada de cabezas inclinadas sigue al pastor que sale por la puerta. El sol matinal apenas se asoma sobre el horizonte, y él ya va guiando su rebaño. Como en los demás días, lo guía hacia las praderas. Pero a diferencia de los demás días, el pastor no regresará esta noche. No se acostará en su cama, y las ovejas no dormirán en su redil. Es el día en que el pastor lleva a las ovejas a las partes altas de la región. Hoy lleva su rebaño a las montañas.
No tiene opción. El pastoreo de la primavera ha dejado desnudo el suelo, de modo que debe buscar nuevos campos. Sin otra compañía que la de sus ovejas, y sin otro deseo que su bienestar, las guía a los densos pastos de las laderas de las montañas. Estarán durante semanas, quizás meses. Estarán hasta bien entrado el otoño, hasta que el pasto se haya acabado y el frío se haga insoportable.
No todos los pastores hacen este viaje. Es largo. El sendero es peligroso. Las plantas ponzoñosas pueden infectar el rebaño. Los animales salvajes pueden atacar al rebaño. Hay senderos estrechos y valles tenebrosos. Algunos pastores prefieren la seguridad de las desprovistas praderas de abajo.
Pero el buen pastor no se conforma con eso. Conoce el camino. Ha recorrido esta senda muchas veces. Además, está preparado, cayado en mano y la vara atada a su cintura. Con su cayado empuja suavemente el rebaño; con su vara los protegerá y guiará. Los conducirá hacia la montaña.
David sabía de este peregrinaje anual. Antes de guiar a Israel, guiaba ovejas. ¿Podría ese tiempo como pastor haber inspirado uno de los grandes versículos de la Biblia? «Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento» (Salmo 23.4).
Porque lo que el pastor hace por su rebaño, nuestro Pastor lo hará por nosotros. Nos conducirá a las altas montañas. Cuando el pasto escasee aquí abajo, Dios nos conducirá hacia allá. Nos hará pasar la puerta, nos llevará a través de los valles y luego por el sendero de la montaña.
Pero, como escribe un pastor:
Cada montaña tiene sus valles. Sus lados están marcados por profundas quebradas, barrancos y otros accidentes. Y la mejor ruta hacia la cumbre siempre es través de estos valles.
Todo pastor familiarizado con las tierras altas lo sabe. Conduce su rebaño con cuidado, pero en forma persistente por el sendero serpenteante hacia arriba a través de oscuros valles.1
Algún día nuestro Pastor hará lo mismo con nosotros. Nos llevará hacia los montes a través del camino del valle. Nos guiará hasta su hogar a través del valle de sombra de muerte.
Hace muchos años, cuando vivía en Miami, la oficina de nuestra iglesia recibió una llamada de una funeraria cercana. Un hombre había identificado el cadáver de un indigente como el de su hermano y quería un culto fúnebre. No conocía ningún ministro en el sector. ¿Podíamos nosotros decir algunas palabras? El pastor y yo accedimos. Cuando llegamos, el hermano del muerto había seleccionado un versículo de una Biblia en castellano: «Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento» (Salmo 23.4).
Necesitaba la seguridad de que, aunque su hermano había vivido solo, no había muerto solo. Y para tener esa seguridad había recurrido a este versículo. Usted probablemente hubiera hecho lo mismo.
Si ha asistido a un culto fúnebre, habrá oído estas palabras. Si ha caminado por un cementerio, seguramente las ha leído. Se citan en las tumbas de pobres y se hallan esculpidas en lápidas de reyes. Los que no conocen nada de la Biblia, conocen esto, por lo menos. Los que nunca mencionan las Escrituras pueden recordar este versículo, el del valle, las sombras y el pastor.
¿Por qué? ¿Por qué son tan apreciadas estas palabras? ¿Por qué es tan querido este versículo? Puedo pensar en un par de razones. En virtud de este salmo, David nos recuerda dos cosas importantes que pueden ayudarnos a vencer el temor del sepulcro.
Todos tenemos que enfrentarlo. En una vida marcada por citas con el doctor, citas con el dentista y citas con la escuela, hay una cita que ninguno de nosotros podrá eludir: la cita con la muerte. «Está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio» (Hebreos 9.27). ¡A cuántos les gustaría cambiar este versículo! Bastaría con cambiar un par de palabritas: «Para algunos de los hombres … », o «Casi todos, menos yo … », o «Todo el que deja de comer bien y de tomar vitaminas debe morir … » Pero esas no son las palabras de Dios. En su plan todos deben morir, aun los que comen bien y se toman sus vitaminas.
Yo podría haber dejado pasar el día sin recordarle eso. Hacemos todo lo posible por no abordar el tema. Un sabio, sin embargo, nos exhorta a enfrentar de lleno la realidad: «Aquello es el fin de todos los hombres, y el que vive lo pondrá en su corazón» (Eclesiastés 7.2). Salomón no fomenta una obsesión mórbida con la muerte. Nos recuerda que debemos ser sinceros en cuanto a lo inevitable.
Moisés dio la misma exhortación. En el único salmo atribuido a su pluma, oró: «Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría» (Salmo 90.12).
El sabio tiene en cuenta la brevedad de la vida. El ejercicio puede darnos unos pocos latidos más. La medicina puede concedernos algunos respiros más. Pero a la postre, hay un fin. La mejor manera de enfrentar la vida es ser sincero acerca de la muerte.
David lo fue. Es cierto que dio muerte a Goliat, pero no se hizo ilusión alguna en cuanto eludir al gigante de la muerte. Aunque su primer recordatorio nos hace ser cautos, su segundo recordatorio nos anima: No tenemos que enfrentar solos la muerte.
No pase por alto el desplazamiento en el vocabulario de David. Hasta este punto, usted y yo hemos sido la audiencia y Dios ha sido el tema. «Jehová es mi pastor». «Me hará descansar». «Junto a aguas de reposo me pastoreará». «Confortará mi alma». «Me guiará por sendas de justicia». En los tres primeros versículos, David nos habla y Dios escucha.
Pero repentinamente, en el versículo cuatro, David habla a Dios y nosotros escuchamos. Es como si el rostro de David, hasta ahora dirigido hacia nosotros, ahora se levantara hacia Dios. Su poema se convierte en oración. En lugar de hablarnos a nosotros, le habla al Buen Pastor. «Estarás conmigo; tu vara y tu cayado, me infundirán aliento».
El mensaje implícito de David es sutil pero de gran importancia. No enfrentes la muerte sin enfrentar a Dios. Ni siquiera hables de muerte sin hablarle a Dios. Él y sólo Él puede guiarte a través del valle. Otros pueden especular o aspirar, pero sólo Dios sabe el camino para llevarte a su hogar. Sólo Dios está comprometido a llevarte hasta allá a salvo.
Años después que David escribió estas palabras, otro Pastor de Belén diría: «En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis» (Juan 14.2–3).
Nótese la promesa de Jesús: «Vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo». Promete llevarnos al hogar. No delega esa tarea. Puede enviar misioneros que te enseñen, ángeles que te protejan, maestros que te guíen, cantores que te inspiren y médicos que te curen, pero no envía a otro para que te lleve. Esa tarea la reserva para sí mismo. «Vendré otra vez, y os tomaré conmigo». Él es su Pastor personal. Es personalmente responsable de llevarlo al hogar. Dado que Él está presente cuando muere alguna de sus ovejas, podemos decir lo que dijo David: «No temeré mal alguno».
Cuando mis hijas eran menores, pasamos muchas tardes disfrutando juntos la piscina. Como todos nosotros, tuvieron que vencer sus temores para nadar. Uno de los últimos temores que enfrentaron fue el temor a la profundidad. Una cosa es nadar en la superficie; otra es zambullirse hasta el fondo. ¿Quién sabe que clase de dragones y serpientes habitan las profundidades de una piscina de unos pocos metros cuadrados? Usted y yo sabemos que no hay mal que temer, pero una niña de seis años no lo sabe. Un niño siente hacia las profundidades lo mismo que usted y yo sentimos ante la muerte. No estamos seguros de lo que nos espera.
Yo no quería que mis hijas tuvieran miedo a lo profundo, así que con cada una jugué a Shamu, la ballena. Mi hija sería la entrenadora. Yo sería Shamu. Ella tenía que apretarse la nariz con los dedos, poner un brazo alrededor de mi cuello, y entonces nos iríamos a lo profundo. Íbamos más y más hondo hasta que podíamos tocar el fondo de la piscina. Luego subíamos rápidamente, hasta aparecer en la superficie. Después de varias zambullidas comprendieron que no tenían nada que temer. No temían mal alguno. ¿Por qué? Porque yo estaba con ellas.
Cuando Dios nos llame al profundo valle de la muerte, Él estará con nosotros. ¿Nos atreveríamos a pensar que Él nos abandonará en el momento de la muerte? ¿Obligaría un padre a sus hijos a descender solos a las profundidades? ¿Exigiría el pastor a sus ovejas que hagan solas el viaje hacia las tierras altas? Por cierto que no. ¿Exigiría Dios a su hijo que viajara solo a la eternidad? ¡Absolutamente no! ¡Él está contigo!
Lo que Dios dijo a Moisés se lo dice a usted: «Mi presencia irá contigo, y te daré descanso» (Éxodo 33.14).
Lo que Dios dijo a Jacob se lo dice a usted: «Yo estoy contigo, y te guardaré por dondequiera que fueres» (Génesis 28.15).
Lo que Dios dijo a Josué se lo dice a usted: «Como estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré ni te desampararé» (Jos 1.5).
Lo que Dios dijo a la nación de Israel se lo dice a usted: «Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo» (Isaías 43.2).
El Buen Pastor está con usted. Porque está con usted, puede decir lo que David dijo: «No temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento».
Hace años, un capellán del ejército francés usó el Salmo 23 para animar a los soldados antes de la batalla. Les pidió que repitieran la oración inicial del salmo, tocando un dedo a la vez por cada palabra. El dedo meñique era El; el dedo anular era Señor; el dedo cordial, es; el dedo índice, mi; y el pulgar, Pastor. Luego pidió a cada soldado que escribiera las palabras en la palma de la mano y repitiera el versículo cuando necesitara fortaleza.
El capellán puso especial énfasis en el mensaje del dedo índice: mi. Recordó a los soldados que Dios es un pastor personal con una misión personal: llevarlos a salvo a su hogar.
¿Dieron en el blanco las palabras del capellán? Por lo menos en la vida de un hombre, sí. Después de una batalla, hallaron muerto a uno de los jóvenes soldados. Su mano derecha tenía aferrado el dedo índice de la izquierda. «El Señor es mi pastor … »2
Que la hora final le encuentre aferrado a la misma esperanza.
Autor: Desconocido








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