Entre aquellos ministros que creen que es necesario sacar la familia a algún lugar para recrearse, me encuentro yo. Así que un buen día tomé la familia para visitar un zoológico.
—¡Papaíto, mire la jirafa!
—¡Papá, mira aquellas cebras!
—¡Papaíto! ¡Qué animal más raro es ese! ¿Cómo se llama?
Estar junto con mi familia me producía un no sé qué muy adentro, que me llenaba de paz y de gozo.
De pronto oí un ruido muy fuerte. Miré hacia todos los lados, pero no logré captar nada. De nuevo oí el sonido. Le dije a mi familia que me esperaran, y me dirigí hacia el lugar de donde provenía aquel extraño sonido. Un buen grupo de personas a cierta distancia habían rodeado una jaula.
Me acerqué más y más, y superé a todos los demás, hasta donde mi máxima curiosidad me llevó. Estaba a casi 50 centímetros de distancia de la jaula.
El animal que hacía el ruido era un chimpancé. Golpeaba con un objeto de metal su celda. El animal tomaba un envase de plástico, y lo llenaba como de agua sucia estancada en el suelo. Por el olor me di cuenta de que hacía sus necesidades fisiológicas en ella.
Sin tener más tiempo a pensar, sentí que aquel líquido bañaba mi cara, mi cabeza y corría por mis mejillas. Toda mi ropa estaba mojada e impregnada de aquel olor nauseabundo. La gente a mi alrededor a carcajadas comenzaron a reírse. Muy satisfecho, el chimpancé comenzó a golpear la reja, procurando así atraer la atención de un próximo curioso incauto.
Mi familia se reía de mí. No me quedó más remedio que comenzar a reír. ¡Qué lecciones tan desagradables podemos recibir por ser curiosos!
La curiosidad ha seducido y destruido a muchos. En la Biblia se nos presenta a la madre de todos los vivientes como la primera incauta. Atraída por la curiosidad, produjo el gran desequilibrio espiritual y físico a la raza humana.
Millares son los jóvenes que caen en las redes difíciles de zafar las drogas. Son atraídos a experimentar por curiosidad.
La curiosidad por el sexo ha hecho que muchas jovencitas pierdan su virginidad.
Miembros de nuestras iglesias y algunos ministros abandonan sus congregaciones para ir a oír, a ver a un don chimpancé, que sin identificación alguna, ni credencial espiritual, llega con un mensaje nuevo. ¿Cuántos hoy engrosan las filas de las falsas doctrinas, tales como Sólo Jesús y Testigos de Jehová, por no haber tenido la precaución de haber puesto límite a su curiosidad?
Que Dios nos ayude en estos tiempos tan peligrosos y de tanta confusión espiritual, a no caer en la virulencia maligna de los que están señalados en la Palabra “con la comezón de oír” para que no se amontonen a nuestro alrededor maestros que, conforme a sus concupiscencias, nos hagan desviar de la fe sencilla pero verdadera del evangelio o del ministerio que hemos recibido de nuestro Señor Jesucristo. ¡Que podamos con San Pablo decir en aquel día: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe”!









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