¿Recuerdan a El mago de Oz, uno de los famoso mitos de nuestros tiempos?
Al final de una larga búsqueda, Dorotea y sus amigos llegan a un espléndido palacio. Son
llevados al majestuoso trono del mago y tiemblan ante su poderosa presencia. Las luces
destellan y la poderosa voz como de trueno los cubre. Son aterrorizados. Pero entonces
Toto, el perro de Dorotea, desapercibido, con sus dientes corre las cortinas del escenario. A
descubierto queda toda una fantástica maquinaria con la que el mago los estaba engañando.
Se dan cuenta que él no tiene poderes superiores, sino que es un mero ser humano. Ahora
desenmascarado, Dorotea lo acusa de ser un deplorable y deshonroso charlatán. El mago
se defiende, contestando que es muy buen hombre pero muy mal mago.
Lo interesante es que en esa obra el mito se «deconstruye 1» —esta es una de las nuevas
expresiones del postmodernismo— quizás causándonos aun más desilusión que si se
hubiera dejado tal como se pensaba que era. Ojalá todas las películas tuvieran la misma
honestidad para esclarecer su propio engaño.
Voy, sin embargo, a otro efecto aun más dañino. Si lo que siente el público en el cine
(incluso miembros de nuestras congregaciones) ante una obra finamente elaborada, no es
cierto, ¿dónde está la realidad? El cine representa un púlpito de expresión y opinión
poderosísimo (¿somos nosotros los predicadores tan persuasivos como lo es Hollywood?).
¿Cuál es la imagen que más se queda pegada a la mente? ¿No serán los mitos de la
verdad y la realidad que se vieron sutilmente elaborados en la pantalla los que
verdaderamente impresionan? En lugar de querer y apreciar al verdadero Dios de los cielos
y lo que Él pide de nosotros, ahora los mitos anunciados en la pantalla han despertado
apetitos falsos. Los nuevos planteamientos que brotan de personajes y situaciones ideadas
tras la pantalla nos agradan y satisfacen. Nos gusta ese mundo libre, sin leyes, sin
prohibiciones, dedicado solo a satisfacer los más exóticos y eróticos deseos que sentimos.
Por ejemplo, para nuestros jóvenes y adolescentes, ¿será que una Fuerza impersonal les
parece preferible al Dios real de la Biblia, que condena el pecado y nos asusta con imágenes
del infierno? Después de todo, esa Fuerza impersonal no demanda obediencia, ni establece
normas de conducta, ni determina lo bueno o lo detestable, ni castiga, ni recompensa. ¡El
mito que ven en la pantalla es mil veces preferible!
He aquí el dilema potencial que enfrentamos como predicadores: Más creíble y aceptable
es una producción de Hollywood que los 66 libros de la Biblia. Más real lucen los
protagonistas de las películas que las personas de las que habla la Palabra de Dios. Más
gustoso y preferible el permisivo credo de los artistas modernos que la lista de requisitos
morales de Jesús y los profetas.
¿Quién prefiere a Juan el apóstol si puede tener a Obi-Wan Kenobi? Ciertamente la nave
Estrella Real Naboo es preferible al Arca de Noé llena de animales apestosos. ¿Quién quiere
a un legislador como Moisés cuando puede tener al dulce y sabio Yoda o al fascinante Dalai
Lama? ¿Por qué buscar a San Pablo si el escritor Lucas Skywalker o el sacerdote satanista
Anton Lavey nos pueden llevar a mundos fantásticos, galaxias imaginarias… o al paraíso,
que posiblemente esté un poquito más allá? Evidentemente la gente prefiere los mitos que
hoy los alimentan antes que las verdades de la Palabra de Dios.
1 Deconstucción es un proceso usado para despedazar cualquier concepto objetivo. Es la manera en que escépticos
cuestionan toda proposición y afirmación para llegar a la conclusión que no existe tal cosa como verdad.
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Todo, me parece, es un triste comentario de cuánto nos hemos apartado de la verdad
para ser alimentados por las doctrinas y mitos de los hombres. Fue esta la advertencia de
San Pablo a los Colosenses: Que nadie os engañe por medio de filosofías y huecas
sutilezas, conforme a los rudimentos del mundo, y no según Cristo (Colosenses 2.8). Es
triste que las películas de Hollywood cobren más atención y valor que la misma Biblia, la
Palabra del Dios viviente.
Pregunto: ¿será por un intento de contra restar este bombardeo de ideas anticristianas
lanzadas por Hollywood que tantos predicadores hoy están optando por el sensacionalismo?
¿Será que hemos llegado a la conclusión de que lo milagroso es más enriquecedor que el
evangelio? ¿Será verdad qué la predicación de la cruz, el pecado, el infiero y la vida eterna
ya ha perdido validez? ¿Será verdad que nadie vendrá a escucharnos si con pasión nos
dedicamos a predicar la Biblia, y sólo la Biblia?
Jesucristo nunca nos aseguró que predicar el evangelio sería popular:
1. Ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que
entran por ella; pero angosta es la puerta y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son
los que la hallan (Mt 7:13-14)
2. Acordaos de la palabra que yo os he dicho: “El siervo no es mayor que su señor”. Si a mí me
han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi palabra, también
guardarán la vuestra (Jn 15:20)
Mi ardiente deseo, al escribir estas líneas, es animarles como colegas a ser fieles a
Jesucristo y a su Palabra ante esta ola de falsas mitologías que como un tsunami irreverente
arrasan nuestra tierra. Quiero ser como el perro Toto que abre la cortina para ayudarnos a
ver la falsedad de los mitos creados por Hollywood (u otras fuentes modernas). Deseo
demostrar la real y verdadera gloria del incomparable Dios sobre todo lo que el mundo
puede producir. En fin, quiero retarles no solo a creer en la verdad eterna de Dios, pero
animarles a seguir fervorosamente predicando a nuestro glorioso, eterno, Jehová de los
ejércitos, porque de él, y por él, y para él son todas las cosas. A él sea la gloria por los
siglos. Amén.
Por Les Thompson









1 comentario
amen hermano
me algro muchisimo de que te hallas embullado (como quien dice) a escribir ese interesante articulo
espero que muchos lo llegen a leer y como yo se aparten con todas sus furzas del material televisivo de estos tiempos y renueven sus mentes con el conocimiento de la palabra de Dios sometiendose a sus verdades Rom. 12